martes, 22 de diciembre de 2009

Ricardo Ribera 2009, EN LA CANCHA HONDUREÑA: ESTADOS UNIDOS – 0 ; BRASIL – 1

Nunca antes visto. En Honduras un nuevo capítulo, sorprendente, de una saga que se arrastra ya por tres meses. Cuando parecía que perdía interés y actualidad, el audaz retorno de Mel Zelaya, que no cesa en reclamar su restitución a la Presidencia que legítimamente le corresponde, vuelve a colocar al centro de la atención mundial la crisis hondureña.

Parece de película. En la era de las telenovelas y los reality-shows los acontecimientos en el hermano país, que se pueden seguir “en vivo y en directo” a través de TeleSur y por internet, van camino de convertirse en paradigma de las nuevas formas de hacer política a la altura del siglo XXI. Donde la realidad supera, con creces, la ficción. Comedia, drama, farsa, melodrama y tragedia: la escena y sus actores cambian de registro y de género, una y otra vez, con lo que la tensión por el desarrollo del guión y su desenlace mantiene expectantes a los espectadores, que somos todos. Desde la captura y expulsión en pijama de un presidente en mitad de la noche, hasta la rocambolesca operación de regreso por sorpresa, tras otros dos intentos frustrados, a cual más espectacular, el del aeropuerto y el de la frontera terrestre, los sucesos en torno a este caso no dejan de asombrar al mundo.

Política-espectáculo: la crisis es local, mas el escenario en que se desarrolla es global. Importa la correlación de fuerzas nacional, pero también, como nunca antes, la internacional. Y en todo ello la lucha de ideas convertida en lucha por ganarse la opinión pública, tanto la local como la mundial. Cargado de dramatismo, el proceso histórico transcurre y se desarrolla ante los ojos del mundo.

Mucho tiene que ver con la figura y con la personalidad, para nada convencional, de Mel Zelaya. Con pose de galán maduro del cine de otras épocas, estampa típica de hacendado centroamericano acomodado, su aura decimonónica de caudillo independentista se complementa con la capacidad del prestidigitador, capaz de maravillar con sus trucos y de distraer la atención del público con su verbo incesante, mientras desaparece objetos y saca conejos de su sombrero de ala ancha. Los suyos lo odian, los pobres lo aman.

Se suma a una lista de nuevos líderes latinoamericanos, atípicos todos ellos, que deslumbran al mundo y significan el surgimiento de lo nuevo en un planeta dominado todavía por lo viejo. Ahí está un egresado de Harvard, doctor en economía, dirigiendo en el país que es cintura del globo una “revolución ciudadana” y popular. Está ese periodista, crítico y conocedor, buen estudioso de los problemas del país, gran analista, impulsado desde su popularidad a conductor del golpe de timón que hace ratos ya necesitaba el pulgarcito de América. También el primer presidente indígena, un aymara, uno de los pueblos originarios del continente, en el duro proceso de convertir en verdaderos ciudadanos a los miembros de mayorías marginadas y oprimidas por más de quinientos años.

Y el primer obispo electo democráticamente presidente, en el país de la eterna dictadura, activista social inspirado en la teología de la liberación y calificado por todos, no sin ironía, como “padre de la patria”. Están asimismo la hija de una víctima del pinochetismo y la actual heredera del legado populista de Evita Perón. Y el militar de origen humilde, convertido al ideario de Bolívar, que habla y habla, en exceso a veces, pero que también lee y lee, que estudia y que se prepara, que cita obras y autores, que recomienda libros, capaz de convertir un discurso en la Organización de Naciones Unidas en una charla de tono coloquial, amena e instructiva, una plática dirigida no tanto a los dirigentes como a los pueblos del mundo, para hacerlos pensar y reaccionar. Y un líder sindical, antiguo organizador de huelgas, obrero metalúrgico, autodidacta, elevado por capacidad y tenacidad a la conducción de un país que es continente al tiempo que una de las mayores economías del mundo, que ha demostrado talla de estadista y liderazgo mundial.

Frente a todos ellos, los poderes de este mundo. Incluido el poder imperial, encabezado esta vez por un personaje asimismo distinto y atípico, un brillante mulato, ganador de premios de oratoria, al que los medios han bautizado como “el primer presidente negro” en la patria de Martin Luther King, alguien que levanta esperanzas y acumula sospechas, tal vez pronto francas decepciones.

La partida de ajedrez mundial que venía jugándose desde mucho antes, continúa en el presente siglo. Con nuevos jugadores. Hay peones y piezas mayores. Simples peones se creen figuras, las torres vigilan, los caballos se amenazan y los alfiles se inquietan. Algunos peones son sacrificados, se entrelazan jugadas y se preparan estrategias, como en el juego-ciencia. Tensión en el tablero para ocupar posiciones, por quitarle espacio al otro, por avanzar las piezas propias y encerrar las del adversario, por ir quitándole movilidad y acabar dominándolo.

Pero el juego se parece también al fútbol, donde el equipo cambia jugadores, algunos del banquillo saltan a la cancha y otros que estaban en ella son sustituidos. Hay que calcular bien la estrategia del adversario, preguntarse por qué hace el cambio, qué pretende con él y con qué cambio puedo responder yo. En medio de todo esto, se produce el grito de gol. Tras varias oportunidades fallidas, la pelota al fin entró…

Entró. Zelaya entró. Y quien se apunta el gol es Brasil. Se abrió el marcador. El adversario, desconcertado, manda al portavoz de la Casa Blanca, Ian Kelly, a recoger la pelota al fondo de la portería: “Al parecer Zelaya está en Tegucigalpa, pero no sabemos dónde.” Lula sí sabe. Y sabe Chávez. Probablemente sepa también Daniel Ortega. Y el FMLN. Salió de Managua, en un avión de PDVSA, se le vio con dirigentes efemelenistas y… desapareció. Para horas más tarde aparecer, cual maestro del ilusionismo, en la embajada brasileña de Tegucigalpa. En territorio brasileño, pero junto a su pueblo, en su patria, como había prometido: Mel Zelaya está en Honduras y asegura que “de aquí no me volverán a sacar”.

Diferentes izquierdas latinoamericanas han estado en la jugada y le han metido gol al imperio. Por primera vez y por varias horas no sabe lo que está pasando. Ni su servicio de inteligencia ni el del ejército golpista se han enterado de nada. No saben. Tampoco sabe Micheletti, que insiste en que “Zelaya está en una suite de hotel en Managua” y denuncia la noticia como “terrorismo mediático”. El fascismo hace el ridículo ante los ojos del mundo; el público goza.

En la sede del poder una desencajada Hillary Clinton, pillada fuera de juego, pronuncia vaguedades sobre reanudar el diálogo con la mediación tica. Pero su peón, mandado a traer a toda prisa, con aspecto consternado asiente pero de hecho la desmiente cuando agrega: “siempre que ambos acepten venir a San José”.

El escenario ha cambiado, es ya otro partido, y pronto tendrán que aprenderlo. “El mediador será el secretario general de la OEA, no hay otro” – afirma categórico Lula, dueño de la situación – por si no hubiese quedado claro todavía añade: “ni Zelaya ni Micheletti han propuesto a nadie más”. Es cierto, ciertísimo: a Óscar Arias lo propuso la Hillary. La propuesta de San José aparece sobrepasada por los acontecimientos. El imperio se aferrará a ella.

Zelaya está en Honduras, pero en territorio brasileño. Lula se lo recuerda muy pronto: no más arengas a los manifestantes, “calma y tranquilidad”. Y solicita en la ONU reunión urgente del Consejo de Seguridad, la instancia que podría incluso enviar cascos azules.

Los golpistas cometen un error tras otro. La tarea de los activistas del movimiento de resistencia hubiera sido paralizar el país. No va a hacer falta. Micheletti lo hace por ellos. Genera el caos. Pérdidas de más de cincuenta millones de dólares diarios. Los empresarios se quejan. La población se vuelca a los supermercados, tiendas y gasolineras. El desabastecimiento amenaza. Se producen saqueos y nadie hace caso del toque de queda, pues urge aprovisionarse.

Los golpistas cometen un crimen tras otro. Su carácter fascista es patente ante la mirada del mundo. Se les caen las caretas. Cientos de detenidos, de golpeados, de mujeres violadas. El asedio contra la embajada de Brasil se multiplica y justifica la firme advertencia del Consejo de Seguridad. El secretario general de la ONU proclama que las elecciones previstas para noviembre “no son creíbles” y que en las actuales condiciones carecerían de “las garantías mínimas”.

Los usurpadores comprenden ahora, demasiado tarde, que ahora el tiempo juega en contra suya. Con Zelaya afuera era al revés. Ellos jugaban a ganar tiempo, es decir, a perderlo, con la vana esperanza de que el proceso electoral acabara oxigenándolos. Hoy juega a favor de su adversario, aparentemente sitiado en la embajada, pero de hecho él tiene rodeados a los golpistas.

Ya no sirve una restitución condicionada, como pretendía el plan Arias o Acuerdo de San José. La resistencia interna exige más que el simple retorno de su presidente, exige convocar a una Asamblea Constituyente. Pronto exigirá postergar la fecha electoral, permitir la inscripción de otros candidatos afines al movimiento. Mel tiene derecho a que se le concedan los tres meses de mandato que le han arrebatado los usurpadores. Habrá que conformar un gobierno de unidad nacional capaz de organizar elecciones creíbles y limpias. Su proyecto y lo que representa tiene derecho a medir fuerzas en una contienda electoral con los candidatos de la oligarquía.

El proceso no termina, apenas comienza. El pueblo morazánico ha entrado en vías de asumir el protagonismo de su propia historia. Su lucha es la del resto de pueblos del mundo. La democracia ha de imponerse. A los fascistas y a sus amigos en la región un gran muro debe alzarse, una muralla con la inscripción ya legendaria: ¡No pasarán!

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