jueves, 29 de septiembre de 2016

Terrorismo…, o de cómo nos agarran de tontos



Marcelo Colussi

I

Desde hace ya unas décadas, hacia fines del siglo XX, fue estableciéndose como una táctica militar un tipo amplio y difuso de acciones al que se le ha dado el impreciso nombre de “terrorismo”. Quienes otorgan ese nombre (instituciones oficialmente constituidas) tienen una idea determinada de lo que entienden por él; pero quienes lo reciben, en realidad jamás se autodefinen como “terroristas”. Además, si bien puede haber grandes diferencias entre los que así son designados (partidos políticos de izquierda, movimientos sociales, grupos de acción armada, etc.), ninguno de ellos se reconoce como “señor del terror” sino, en todo caso, luchador social. Con lo que vemos que es muy difuso el término, equívoco, hasta incluso: engañoso. En verdad ¿quién es “terrorista”? ¿Qué significa con precisión ser un “terrorista”?

Siendo estrictos, no hay una definición unívoca del término. En todo caso, puede advertirse desde el inicio que su nombre mismo ya presenta una carga negativa: evoca el terror. Pero eso, lo sabemos, es excesivamente amplio: puede entrar allí desde una amenaza de bomba hasta un desequilibrado mental que asesina en serie, una broma de mal gusto o una muchedumbre enardecida que se permite linchar a alguien. Un acto terrorista, por tanto, más que significado político -según la lógica con que usualmente se usa en Occidente- es sinónimo de salvajismo. Carga que no tiene, por ejemplo, la llamada guerra convencional. Quien mata en guerra es un héroe. Más aún: se le premia, es un héroe de la patria, se le puede llegar a inmortalizar. Ninguna bomba inteligente de alta tecnología es asesina, es terrorista, pero sí lo son, por ejemplo, quienes resisten a la ocupación estadounidense en Irak, o quienes bloquean una carretera pidiendo alguna reivindicación.

¿Tiene sentido eso, o se trata sólo de un discurso de dominación, un ejercicio de poder? En un Manual de Entrenamiento Militar de la Escuela de las Américas de Estados Unidos puede leerse como una sana recomendación para sus alumnos, por ejemplo, “aplicar torturas, chantaje, extorsión y pago de recompensa por enemigos muertos”. ¿Eso es guerra limpia o terrorismo? Y más aún: ¿es posible que haya guerra limpia?



Entonces, en definitiva: ¿qué es el terrorismo? ¿Hay alguna definición seria al respecto? Desde ya vemos la dificultad intrínseca. De hecho, se han aportado varias, pero los mismos ideólogos que debaten sobre sus propiedades no terminan de encontrar una versión convincente. El Departamento de Estado de los Estados Unidos de América en uno de sus Informes anuales sobre “Tendencias del Terrorismo Mundial”, antes de definirlo siquiera comienza diciendo que “la maldad del terrorismo siguió azotando al mundo este año, desde Bali hasta Grozny y hasta Mombasa. Al mismo tiempo, se libró intensamente la guerra mundial contra la amenaza terrorista en todas las regiones, con resultados alentadores”, con lo que, ante todo, se parte de una valoración: el terrorismo es intrínsecamente malo. Acto seguido lo caracteriza diciendo que “se constituye, tanto en el ámbito interno como en el mundial, en una vía abierta a todo acto violento, degradante e intimidatorio, y aplicado sin reserva o preocupación moral alguna”. Preguntamos: ¿las invasiones entran allí? ¿Y las peleas de box? ¿Son actos violentos y degradantes también las corridas de toro? ¿Y las riñas de gallo o de perro? ¿Cuándo algo empieza a ser "terrorista"?

El entonces presidente de Estados Unidos, George Bush hijo, declaró en alguna ocasión que “no se cansará, no titubeará y no fracasará en la lucha por la seguridad del pueblo estadounidense y por un mundo libre del terrorismo. Seguiremos sometiendo a nuestros enemigos a la justicia o les llevaremos la justicia a ellos”. Claro que esa justicia puede ser la invasión militar, obviamente, pasando por sobre el derecho internacional y las resoluciones de la ONU. En nombre de la lucha contra él, está visto que puede hacerse cualquier cosa. ¿Tan malo es el “terrorismo” que da lugar a todo tipo de intervención, incluidas guerras preventivas -hasta con armamento nuclear, como pretende hoy la Casa Blanca en más de alguna de sus hipótesis de conflicto- o hay ahí “gato encerrado”?

II

De acuerdo a datos suministrados por el mismo gobierno federal de Washington, el terrorismo ha matado en el mundo, entre en los primeros cinco años de este siglo, a 24.429 personas (la misma cantidad que contrae el VIH en 8 días); es decir: un promedio de 13 personas diarias (contra 1.000 personas diarias que mueren de diarrea por falta de agua potable, o más de 2.000 por día que fallecen por hambre). Lo curioso es que, para combatir este flagelo del VIH-SIDA en el ámbito de la salud, la Casa Blanca utiliza 100 veces menos presupuesto que lo que emplea para su guerra preventiva contra el “terrorismo”. O hay un error en los cálculos, o evidentemente la apreciación de los estrategas estadounidenses se equivoca, puesto que ven una mayor amenaza a la seguridad de la especie humana en el siempre mal definido e impreciso “terrorismo” que en la pandemia de VIH-SIDA. O, mucho más crudamente: son unos descarados delincuentes que trabajan para un proyecto donde lo único que cuenta son los intereses de las grandes corporaciones de su complejo militar-industrial y petrolero, asegurando así sus privilegios de clase.

El tema es complejo, y estamos dominados más que nada por un cargado discurso ideológico que la manipulación mediática de estos últimos años nos legó: algunos soldados (en general blancos, rubios, amantes de la libertad y la democracia -y la Coca-Cola-) suelen ser los “buenos”, y los “terroristas” -que curiosamente no son blancos…ni toman Coca-Cola- suelen ser los “malos”. Problemático, ¿verdad?

¿Son prácticas “terroristas” las guerras de guerrillas, las guerras de liberación nacional, las luchas anticolonialistas? ¿Cuándo empiezan a ser “terroristas” las acciones militares? Por cierto que el campo conceptual es amplio, difuso, cargado ideológicamente. Si lo que busca el “terrorismo” es crear conmoción y pavor -según una sesgada visión-, eso fue lo que logró, por ejemplo, la invasión angloestadounidense en Irak, a punto que así se designó oficialmente la operación: “Conmoción y pavor”; y no se la llamó “invasión terrorista”. ¿Quiénes son más “terroristas”: las guerrillas antiimperialistas latinoamericanas o los grupos musulmanes anti-sionistas?, ¿el ejército israelí o la ETA vasca?, ¿las tropas rusas en Chechenia o los comandos chechenios en Rusia?, ¿las bombas nucleares que podrían lanzar Estados Unidos o Israel sobre Irán o los zapatistas de Chiapas?

Una de las bases militares más grandes de Estados Unidos se encuentra en la llamada Triple Frontera, entre Brasil, Argentina y Paraguay donde, casualmente, se encuentra el Acuífero Guaraní, la segunda reserva de agua dulce subterránea más grande del planeta, y donde -también casual y curiosamente- los servicios de inteligencia de Washington han detectado escuelas coránicas para formación de “terroristas”. ¿Lo podremos creer?

Como vemos, las posibilidades que pueden caer bajo el arco de “terrorismo” son por demás de amplias: una bomba en un restaurante, una emboscada a una unidad de un ejército regular, un ataque aéreo de un país contra otro, son todas acciones igualmente violentas (al igual que las corridas de toro, o las peleas de gallo), con resultados similares: muerte, destrucción, terror en los sobrevivientes. ¿Cuál de ellas es más “terrorista”? Y por otro lado -quizá esto es lo esencial-: ¿quién las define como “buena” o “mala”? ¿Por qué después de los ataques “terroristas” en Francia se dijo que “Todos éramos Charlie”, y no se dice que “Todos somos palestinos” después de un bombardeo israelí sobre este pueblo, o “Todos somos afganos, o iraquíes, o egipcios, o sirios”, después de cada bombardeo de las fuerzas de “la libertad y la democracia” capitaneadas por el Pentágono sobre alguno de estos países donde, “casualmente”, hay petróleo o gas en su subsuelo?

Es obvio que el término no es nada inocente; su utilización arrastra una tácita condena: habría una violencia legítima -la que puede ejercer un Estado contra otro, o la que ejerce contra insurrectos que se alzan contra el orden constituido-, y una violencia no legítima a la que le cabe el mote -profundamente despectivo- de “terrorismo”. La diferencia estriba no precisamente en una consideración ética (la violencia es siempre violencia, y ninguna es más “buena” que otra: también es condenable la del boxeo o la de la corrida de toros) sino en un ordenamiento jurídico que se desprende, en definitiva, de relaciones de poder. ¿Qué fundamento ético o jurídico habría para decir que la tauromaquia no es terrorismo entonces? ¿Porque se trata de animales? La evocación de la tristeza por los franceses masacrados o la indiferencia por olvidados musulmanes de cualquiera de los países invadidos arriba mencionados nos remite a la cuestión de quién manda en el mundo, y de por qué pensamos lo que pensamos: el Esclavo piensa con la cabeza del Amo.

III

El atentado contra las torres del Centro Mundial de Comercio de New York en 2001 es un acto terrorista, pero no lo es -al menos así lo presenta la prensa oficial que moldea la opinión pública mundial- un manual militar como el que citábamos más arriba. ¿Cuál de las dos lógicas en juego es más “terrorista”? Y si fuera cierto que la destrucción de esos edificios fue un acto auto-provocado por el gobierno federal de Washington para justificar su proyecto de guerras preventivas, ¿eso es terrorismo o no? Es terrorismo de Estado, pero la prensa oficial no habla de eso. Pinochet, en su lucha contra los “terroristas subversivos”, ¿no era él un terrorista por los métodos empleados? ¿No fueran las peores expresiones de terrorismo de Estado las guerras sucias que ensangrentaron los países latinoamericanos las décadas pasadas? Pero oficialmente esas fueron guerras “contrainsurgentes” y no “terroristas”. ¿Quién lo dice?

Si lo distintivo de un acto “terrorista” es la búsqueda de población civil no combatiente como objetivo, el 80 % de los muertos en las guerras habidas desde el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 a la fecha se encuadra en este concepto; actos, sin duda, por los que ningún militar ni político ha sido juzgado en calidad de “terrorista”. Haber lanzado armamento nuclear sobre población civil no combatiente en Hiroshima y Nagasaki podría considerarse actos terroristas, pero como la historia la escriben los que ganan, se pueden hacer pasar casi como “actos humanitarios” que, supuestamente, impidieron más muertes.

Hoy por hoy, en un mundo absolutamente dominado por los montajes mediáticos, en forma insistente se ha ido metiendo la idea del “terrorismo” como uno de los peores flagelos de la humanidad. De manera casi refleja suele asociárselo con maldad, crueldad, barbarie; y por cierto, en esa visión parcial e interesada, esas prácticas nos alejan de la civilización supuestamente democrática, presunto punto de llegada de la evolución cultural (léase: economías de mercado con parlamentos formales). Dentro de esa lógica hemos terminado por no poder distanciarnos de la falacia -llevada a grados patéticos por la insistencia de la prensa- de “terrorismo = malo, estamos contra él o somos un terrorista más”.

Merced al impresionante juego manipulatorio de los medios masivos de comunicación suele ligárselo a cualquier forma de protesta, en general conectada con los países más pobres y postergados. Todo ello, según la concepción que se fue generando, es intrínsecamente perverso, traicionero, sádico, propio de fanáticos fundamentalistas. Un “terrorista” -según ese orden discursivo- es un delincuente subversivo, un apátrida; en definitiva: un monstruo inhumano. Por supuesto que los autores del manual de la Escuela de las Américas, aunque inciten a la tortura y a la corrupción, no son “malos”, porque lo hacen en nombre de la guerra contra el terrorismo, para defender el “modo de vida occidental y cristiano”.

¿Quién en su sano juicio podría alegrarse y festejar por la muerte violenta de unos niños, de una señora que estaba haciendo sus compras en el mercado, de un ocasional transeúnte alcanzado por una explosión? Pero ahí está la falacia, lo perverso del mensaje sesgado con que el poder se defiende: se presenta la parte por el todo, mostrando sólo un aspecto -con ribetes sentimentales- de un conjunto mucho más complejo. ¿Alguna vez los medios muestran las escenas dantescas que sobrevienen a los bombardeos “legales” de una potencia militar? ¿Alguna vez se habla de las monstruosidades propiciadas por la pedagogía del terror de un manual como el de la Escuela de las Américas? ¿Sufre más una víctima que la otra? ¿Es más “buena” y “respetable” una violencia que otra? ¿Qué dirán los toros sacrificados en la arena de una plaza? ¿Y los torturados, masacrados, violados y silenciados en nombre de la libertad y la democracia? ¿Vale más un francés muerto por una bomba que un ciudadano sirio?

Está claro que la dimensión del fenómeno es infinitamente más compleja que la malintencionada simplificación con que se nos presenta el problema. El maniqueísmo, en definitiva, ahoga las posibilidades de soluciones reales. Son tan víctimas los civiles que mueren en un atentado dinamitero hecho por un grupo irregular como los que caen bajo el fuego de un ejército regular. ¿Por qué los regulares serían menos asesinos que los irregulares?

El mundo sigue siendo injusto, terriblemente injusto; la distribución de la riqueza que el sistema capitalista crea es de una inequidad espantosa. El hambre sigue siendo la principal causa de muerte de la población mundial, hambre evitable, hambre que debería desaparecer si se repartiera algo más equitativamente el producto social que creamos los humanos. Esa injusticia estructural en las relaciones interhumanas es el principal exterminio que enfrentamos a diario; pero eso no es la gran noticia, de eso no se habla mucho. Hoy el “terrorismo internacional” se presenta como el peor de los apocalipsis concebibles, mientras que del hambre no se habla, o se lo hace desde una óptica de caridad. Pero no podemos olvidar que por hambre mueren casi 100 veces más personas diarias que por “actos terroristas”. ¿O habrá que considerar el hambre como terrorismo?

Es por eso que sigue teniendo vigencia lo que 35 años atrás, en 1981, firmaban numerosos Premios Nobel como “Manifiesto contra el Hambre”, y que debemos seguir levantando como principal estandarte por un mundo mejor: “Cientos de millones de personas agonizan a causa del hambre y del subdesarrollo, víctimas del desorden político y económico internacional que reina en la actualidad. Está teniendo lugar un holocausto sin precedentes, cuyo horror abarca en un sólo año el espanto de las masacres que nuestras generaciones conocieron en la primera mitad de este siglo y que desborda por momentos el perímetro de la barbarie y de la muerte, no solamente en el mundo, sino también en nuestras conciencias. […] El motivo principal de esta tragedia es de carácter político.


Por tanto, el enemigo y principal amenaza para la humanidad no es el impreciso y siempre mal definido “terrorismo”; sigue siendo la injusticia, aunque nos hayan querido hacer creer estos años que estaba un tanto pasado de moda hablar de ella. Y como dijo el jesuita Xabier Gorostiaga: “Quienes seguimos teniendo esperanza no somos tontos”, aunque quieran hacernos parar por tales con los espejitos de colores que nos distraen. 

martes, 27 de septiembre de 2016

La sociedad del miedo



Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com 
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El miedo paraliza. Eso no es nuevo, en absoluto. Todos lo sabemos inmemorialmente, y quienes ejercen alguna cuota de poder, además de saberlo, lo utilizan.

El miedo comporta algo de irracional, de primario; la lógica "bienpensante" pierde ahí la supremacía. Alguien asustado, no digamos ya aterrorizado, es presa de las reacciones más viscerales, mas impensadas, dejando totalmente a un lado las decisiones razonadas, frías y llevadas por la lógica. Hacer uso de esas circunstancias en función de un proyecto hegemónico, es algo por demás conocido en la historia: quien manda se aprovecha del miedo del otro para ejercer su poder. Eso es, a todas luces, un mecanismo perverso; pero ¿quién dijo que la perversión no hace parte consustancial de lo humano?

Hoy día, en nuestra hiper tecnocrática sociedad, el manejo de las emociones, en cuenta el miedo, es un elemento de importancia capital para el mantenimiento del sistema. Y obviamente, si alguien maneja y manipula ese miedo, no es el ciudadano de a pie. Él es quien lo sufre, el objeto de la manipulación; los hilos del títere nos los mueve él precisamente. Para eso está lo que la academia estadounidense llama "ingeniería humana". "En la sociedad tecnotrónica el rumbo lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón", dijo uno de los principales exponentes de esa línea de pensamiento, el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky. 


Esas técnicas -cada vez más refinadas y eficaces, por cierto- responden, por su parte, a un proyecto de dominación global. Lo que antes pueden haber hecho el shamán o la Iglesia católica ("La religión existe desde que el primer hipócrita encontró al primer imbécil", dijo Voltaire. "Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes", comentó por su parte el teólogo Giordano Bruno), hoy lo realiza la industria mediática (nuestra "religión" moderna). 

Pero hoy -y eso es lo que queremos resaltar- el manejo de ese miedo ha cobrado dimensiones tremendas. Los seres humanos no solo vivimos asustados por los avatares naturales que no manejamos, tal como siempre ha sido (catástrofes, muerte, la incertidumbre ante el destino), sino que padecemos, en forma creciente, ante las "catástrofes" humanas. Pero más aún, cosa que torna más patética la situación, ese miedo está racionalmente inducido desde un determinado proyecto de dominación. 

En la actualidad ya no nos atemorizan los espíritus ni los demonios que andan sueltos (las religiones, que lidian con todos ellos, están en retirada en un mundo cada vez más tecnocrático). Hoy día tememos... al terrorismo (en los países del Norte) o a la delincuencia (en el Sur empobrecido).

Aunque los motivos de nuestros terrores, si los analizamos con exhaustividad, no son precisamente esos difusos nuevos espantos, sino la percepción que tenemos de ellos. 

Ahora bien: la percepción que tenemos de ellos es la que nos construyen los medios masivos de comunicación. La casi totalidad de las percepciones del mundo que vamos teniendo, nos las dan -nos las imponen- esos medios.

Pregúntese el lector cómo es por dentro, por ejemplo, un submarino. En general todo el mundo dará aproximadamente la misma respuesta: un panel de control, palancas, tableros con luces, marineros que reciben órdenes, un capitán al mando de un periscopio, etc. ¿De dónde sale ese "conocimiento"? De los cientos o miles de veces que hemos sido bombardeados con esas imágenes.

¿De dónde salen nuestros paralizantes miedos ante el terrorismo o ante la delincuencia desbocada? De las matrices mediáticas que ya se nos han impuesto. ¿Acaso todos los musulmanes son unos sanguinarios terroristas listos a sacar una bomba de entre sus ropas? ¿Acaso todos los jóvenes de barriadas pobres son unos delincuentes listos a amenazarnos con un cuchillo? Obviamente no. Pero eso son los imaginarios que se nos han impuesto.

Sin dudas el mundo no es un lecho de rosas: hay muertos por doquier debido a acciones violentas. Por supuesto que explotan bombas y hay asaltos a mano armada; por supuesto que existen actos suicidas, en general llamados "terroristas", y por supuesto también que hay delincuencia callejera, robos a mano armada y "áreas rojas" donde ni la policía entra. ¡Vaya novedad! Por minuto mueren dos personas en el planeta debido a la detonación de un arma de fuego. Obviamente no estamos ante un paraíso. Pero según estudios consistentes, diariamente fallecen en el mundo no menos de 2.000 personas por falta de alimentos, y más de 1.000 por falta de agua potable, en tanto que el siempre mal definido e impreciso "terrorismo" produce en promedio… 11 muertes diarias. 

Tenemos miedo a las cosas que se nos dice que debemos tenerle miedo. Y curiosamente, esos temores parecen manipulados: en el Norte del mundo la gente vive paranoica con el próximo acto terrorista, que seguramente será de algún denominado "grupo fundamentalista islámico". La muerte de una persona a manos de, por ejemplo, un marido celoso o un paranoico delirante, es ya presentada como ataque terrorista, dando pie a una hiper militarización de la vida cotidiana… y a las guerras preventivas (que, curiosamente, se hacen siempre contra países que tienen petróleo en su subsuelo. ¿Qué casualidad, no?). 

En el Sur, en los países empobrecidos y donde la vida es violada a diario por las balas, el hambre y la falta de agua potable, se vive paranoico con la delincuencia que puede aparecer en cada esquina. Pero como dijo un dirigente comunitario de una barriada pobre de algún país latinoamericano: "Todo el tema de la mara [pandillas juveniles] se ha inflado mucho por los medios de comunicación; ellos tienen mucho que ver en este asunto, porque lo sobredimensionan. En realidad, la situación no es tan absolutamente caótica como se dice. Se puede caminar por la calle, pero el mensaje es que si caminás, fijo te asaltan. Por tanto: mejor quedarse quietecito en la casa". En un punto u otro del planeta para que la consigna es esa: de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Los espantos malos que andan por ahí (musulmanes terroristas o delincuentes) nos acechan, nos hacen la vida imposible, nos van a devorar. Lamentablemente, la ingeniería humana sabe lo que hace… ¡y consigue tenernos quietecitos!

Mantener poblaciones aterrorizadas es buen negocio (para quienes detentan el poder, claro). Nunca tan oportunas como ahora las palabras de la lideresa indígena de Bolivia Domitila Barrios con respecto a todo esto: "Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro". El miedo es una reacción psicológicamente muy normal en determinadas situaciones; el miedo puede ser patológico en ciertos casos (neurosis fóbicas, por ejemplo). Pero el miedo del que aquí hablamos (contra el "musulmán malo" o el "delincuente que nos acecha detrás de cada árbol") es una pura invención de la ingeniería humana, preparado desde un proyecto de dominación. ¿Será hora de abrir los ojos?

lunes, 29 de agosto de 2016

Una libertad nada libre



Marcelo Colussi

I

Durante los años de la Guerra Fría se hablaba del “mundo libre”, opuesto al ¿mundo de las tinieblas? que quedaba más allá de la “oprobiosa e infame” Cortina de Hierro. El Muro de Berlín fue, quizá, su ícono por excelencia.

La propaganda de Occidente (eufemismo por decir “mundo capitalista”) pregonaba insistentemente que más allá de esa frontera ideológica (¡y militar!) que dividía el mundo, reinaba la más completa falta de libertad y desasosiego, mientras que, por aquí, teníamos el reino de la bonhomía y la prosperidad. Pero más que nada: ¡de la libertad! ¿Alguien se lo habrá creído? Seguramente sí. En eso consiste, justamente, la ideología. El manejo de las mentes no es algo nuevo; el ejercicio del poder va siempre de la mano de ello. “Pan y circo” decían los romanos hace dos mil años; la historia no ha cambiado mucho.

Hoy por hoy asistimos a una compleja y muy bien estructurada tecnología del manejo de las mentalidades colectivas; del circo, dicho en otros términos. De hecho, se habla de una guerra de cuarta generación, término acuñado por el estratega militar estadounidense William Lind en 1989 para referirse a este tipo de lucha donde no hay un enfrentamiento directo entre dos cuerpos combatientes regulares, sino que se trata de dominar al oponente por medio de todo tipo de ardid, entrando allí el manejo de lo mediático, de la psicología colectiva, de la verdad. En otras palabras, se retoma aquella máxima de los nazis de “Una mentira repetida mil veces termina haciéndose una verdad”. En la guerra la primera víctima es la verdad, se ha dicho. No caben dudas que la guerra social sigue, aunque nos habían dicho que las luchas de clases ya habían terminado (aunque nunca nos dijeron exactamente cuándo y de qué modo).

En ese marco de mentiras bien urdidas, se nos dijo hasta el cansancio que nosotros éramos el “mundo libre”. Ahora el mundo ya no está dividido en estos dos grandes bloques. El socialismo murió (o, al menos, eso es lo que se nos dice). ¿Viviremos todos, entonces, en el reino de la libertad? Bueno, quedan islas de oprobio aún, según se nos sigue diciendo. Cuba y Corea del Norte, por ejemplo. Pero nosotros nos podemos dar por contentos porque estamos del lado de la libertad.


II

Un niño de nueve años me preguntó los otros días qué es la libertad. ¡Pregunta por demás difícil de responder! ¿Cómo explicarlo convincentemente? Se me vino a la imaginación esto del mundo dividido en los “libres” y los “no libres”. ¿Esclavos habría que decir, con mayor precisión? Siguiendo esa lógica, si somos libres, obviamente no somos esclavos.

Pero ahí empezaron los problemas: vivimos en países libres, pero ¿libres de qué? De poder elegir, pensé rápidamente. ¿Elegir qué? Si es a las autoridades de gobierno, eso es tan relativo que no me atreví de manifestárselo a mi infantil interlocutor. Uno elige a quienes lo van a gobernar por un cierto tiempo, entendiendo que ellos son nuestros representantes.

¿Lo son? ¿Me representan? Lo reflexioné seriamente, y no me atreví a mentirle a mi inquisidor. Nuestras autoridades gubernamentales no nos representan en lo más mínimo, por supuesto. ¿Cuántas veces por mes, o por semestre, o por año -bueno…, digámoslo claramente: ¿cuántas veces en la vida?- un funcionario electo por voto popular nos consulta algo para luego, supuestamente representándonos, transformarlo en una acción de gobierno? Creo que nunca. Es por ello que no pude decirle a mi joven demandante que allí había libertad. Podemos elegir libremente a un mentiroso que manejará las palancas de la estructura estatal, y terminado su período no habré cambiado en mucho. ¿Eso es libertad: ir a votar? No me pareció correcto decir eso.

Quise enfocar la respuesta, entonces, por el lado económico. Soy libre, claro, de “hacer dinero” si lo deseo. Onassis lo hizo en su momento, o Bill Gates, según nos cuenta la historia. Pero… ¿es cierto eso? La gran mayoría, inmensamente grande mayoría, no sale de pobre, aunque trabaje y se esfuerce toda la vida. Por lo que se ve, no somos tan libres. ¿Dónde está la libertad entonces?

¡En lo que consumimos! Ahí pude encontrar ese nivel de libertad con el que tanto se nos bombardea. “Estamos condenados a ser libres”, había dicho Jean-Paul Sartre. Por tanto, parece ser que con esto de comprar lo que me plazca podemos encontrar la verdadera libertad. Aunque pensándolo bien… ¿es cierto eso? ¿Por qué consumimos lo que consumimos?

Si lo profundizamos, no parece muy libre todo esto. Consumimos ¿enfermizamente? una cantidad creciente de productos solo porque nos lo imponen. ¿Para qué tomamos bebidas gaseosas? ¿O por qué cambiamos los modelos de aparatos de la industria moderna cada cierto tiempo? (refrigeradoras, teléfonos móviles, hornos a microondas, automóviles, computadoras, y una larga, casi interminable lista de productos). Me pregunto seriamente: ¿alguien decide con libertad el modelo de teléfono que hay que usar, por ejemplo? Pareciera que no. Las modas, la presión de la publicidad, la corriente que nos arrastra, nos fuerza en casi todas (¿en todas?) las decisiones de compra de algún bien o servicio.

Pero algo más profundo aún: ¿de dónde salió eso que compramos lo que queremos, con total libertad? En todo caso, en los opulentos países del Norte (que albergan apenas el 10% de la población planetaria), existe un alto poder de compra. En los del Sur (¡el grueso de la Humanidad!), a duras penas se sobrevive. Como alguien expresó alguna vez: “en el Norte se discute sobre la calidad de vida; en el Sur…, sobre su posibilidad”. Por más que los escaparates estén llenos de mercaderías y tenga toda la libertad del mundo para comprar lo que quiera, el bolsillo me dice que eso no es así. La libertad, una vez más, queda en entredicho.

¿Entonces: qué es la libertad? Se me hacía difícil encontrar la respuesta adecuada para mi joven interrogador. ¡Pero la encontré!

III

¡La libertad de locomoción! Podemos irnos libremente de un lugar a otro. Esa es la libertad que tenemos. Y reflexioné que en los países aquellos de la ignominia, de la noche eterna donde no había libertad, los que estaban detrás de la “bochornosa Cortina de Hierro”, su población tenía que escapar si quería la libertad. Aquí, en nuestros países libres, podemos irnos de un lado para otro cuando queramos. ¡Eso es la libertad!

Aunque…, bien pensado: eso no es exactamente así. En los países pobres de lo que antes se llamaba Tercer Mundo (pero que ahora, aunque no se les llame así, siguen siendo pobres), la gente no puede viajar con tanta facilidad precisamente. Comprar un boleto aéreo es cosa seria, muy seria. Averigüé un poco, y en nuestros pobres países del Sur (que son la amplísima mayoría del mundo) muy buena parte de sus habitantes nunca subió a un avión. En todo caso, si viajan, en general lo hacen como migrantes irregulares a los países más prósperos. Y así vemos corrientes monumentales de pobres que se van arriesgando su vida, cruzando mares o desiertos en condiciones de alto peligro, para buscar el “sueño” de algún país tentador. ¿Eso es la libertad?

La verdad, no me atreví a decirle a mi interlocutor que eso es la libertad, porque me pareció muy frágil la respuesta. Se decía que de Cuba escapaba la gente por la “dictadura comunista” que los encerraba. Me informé, y encontré que en la actualidad 30 personas por día abandonan la isla, con una población de 11 millones y medio de habitantes. Lo comparé con Guatemala, que no está muy lejos; allí, con una población de 15 millones de personas, no menos de 200 salen diariamente con rumbo a Estados Unidos. En el país centroamericano hay libertad, pero se va más gente (en realidad: huye de la pobreza crónica) que de Cuba.

Me empecé a encontrar sumamente contrariado por no poder darle una respuesta convincente y bien fundamentada a quien me había interrogado. Pero ¿es que no somos libres de nada entonces? ¡Y finalmente creí haberlo encontrado!: ¡el suicidio!

Yo, y solamente yo, puedo decidir lo que hago con mi vida. Suicidarse es el más alto indicador de libertad. Había encontrado la respuesta, y estaba ya casi listo para dársela a quien me había preguntado..., pero siempre hay un aguafiestas.

Por un lado, me dijo un sacerdote amigo que no es de buen católico suicidarse, que dios no desea eso, y que quien lo hace -contrariando la voluntad divina, que es la única instancia que puede disponer de nuestras vidas- no va al cielo sino que arderá eternamente en el infierno.

¡Y no solo eso! Otra amiga, psicoanalista ella, me dijo que no es cierto que esa es una decisión voluntaria. “La sombra del objeto ha caído sobre el Yo”, me explicó para fundamentar el suicidio. Fórmula, por cierto, que no entendí bien, pero que se me aclaró cuando me dijo que, según Freud, el iniciador del psicoanálisis, “nadie es dueño en su propia casa”. Es decir: que nuestras aparentes decisiones voluntarias no son tales. Y me puso como ejemplo para graficarlo el nombre propio: algo que nos hace ser lo que somos, que nos acompaña toda la vida, lo más propio que tenemos, no lo elegimos nosotros. ¡Patético! ¿no? Nuestros actos, nuestras conductas, nuestras decisiones más personales, aparentemente libres, no son tales; continuamente hay una vida psicológica que, aunque digamos racional, no depende de nuestra voluntad: ¡es inconsciente! Y me explicó que eso lo vemos en los sueños, en los actos fallidos, en el chiste, pero fundamentalmente en los síntomas, las inhibiciones y las angustias que nos acompañan. No soy libre de decidir mi vida…, ni mi muerte.


Llegado a ese punto, ya no supe qué decirle a mi amiguito. Pero como no podía dejarlo en ascuas, le contesté con algo que, quizá, le resultó incomprensible, pero él es libre de tomarlo o no: la libertad es una estatua francesa obsequiada al gobierno estadounidense que se encuentra a la entrada de Nueva York. 

martes, 23 de agosto de 2016

La historia no había terminado, se rectifica Fukuyama



Marcelo Colussi

 

"Lo que demonizó a Carlos Marx e hizo de él un adversario formidable, no fue haber predicado la revolución, sino haber demostrado su inevitabilidad, aunque tal vez ocurra de manera diferente a como lo soñó."

Jorge Gómez Barata

 

"Defiendo la construcción del Estado como uno de los asuntos de mayor importancia para la comunidad mundial, dado que los Estados débiles o fracasados causan buena parte de los problemas más graves a los que se enfrenta el mundo: la pobreza, el sida, las drogas o el terrorismo". Esta idea jamás podríamos asociarla al pensamiento neoliberal, que se caracteriza por una apología de la libre empresa y de la reducción del Estado. Pero curiosamente es lo que dice Francis Fukuyama en su libro "Construcción del Estado: gobierno y orden mundial en el siglo XXI", del 2004.

 

Fukuyama, funcionario del gobierno estadounidense, se hizo famoso cuando en 1992 (acompañando la desintegración de la Unión Soviética y la reversión de todo el campo socialista de Europa del Este) pronunció el grito triunfal en su libro El fin de la historia y el último hombre: "la historia ha terminado". Pero en realidad lo dicho por él ni es pensamiento profundo, ni encierra ninguna verdad. ¡La historia no había terminado! ¿A quién se le podría ocurrir tamaño dislate? Es más que obvio que eso es una visceral manifestación ideológica, un grito de fanático atolondrado más que una serena reflexión de un acendrado académico.

 

A inicios de los ‘90, caído el muro de Berlín y derrumbado el campo socialista europeo, el capitalismo se sintió exultante, triunfal. Todo parecía indicar que la economía planificada no llevaba a ningún lado, y que el mercado se imponía como modelo único e inevitable. Coadyuvaba a esta visión la idea de democracias parlamentarias como más "civilizadas" y dando más respuestas a los problemas sociales que las "dictaduras" del proletariado de partido único. La misma población rumana, por ejemplo, se encargó de fusilar a un Ceauscescu con la misma saña que lo hicieran anteriormente los italianos con Mussolini. La derrota del experimento socialista, al menos presentada por la prensa capitalista, parecía total.

 

Fue tan grande el golpe –y en buena medida, el golpe mediático que el capital supo implementar al respecto– que el discurso dominante inundó toda la discusión. La izquierda misma quedó perpleja, sin argumentos. Parecía cierto que la historia nos dejaba sin respuesta. Pero la historia no había terminado. ¿Puede terminar acaso? ¿De dónde saldría esa monumental taradez?

 

El término "globalización" se adueñó de los espacios mediáticos y del ámbito académico, pasando a ser sinónimo de progreso, de proceso irreversible, de triunfo del capital sobre el "anticuado" comunismo que moría. Y nos lo hicieron creer. La siempre mal definida globalización pasó a ser el nuevo dios; según se nos dijo –Fukuyama fue uno de sus principales difusores– la misma traería desarrollo y prosperidad para todo el planeta. La historia había terminado (mejor dicho: el socialismo había terminado), y el término que lo expresaba con elegancia –por no decir con refinado sadismo– era globalización. No se podía estar contra ella.

 

Levantar los "viejos, anticuados, antidiluvianos" planteos del socialismo, del "defenestrado" marxismo, condenaba al ostracismo. Eran solo quimeras de nostálgicos trasnochados. O, al menos, eso fue el discurso dominante, que buena parte de la izquierda terminó aceptando. A tal grado lo aceptó, que en muy buena medida esa izquierda fue cooptada por la ideología del posibilismo, de la resignación. De ahí que, ante tanto golpe recibido, algunos años después la aparición de izquierdas "light" (encabezadas en muy buena medida por Hugo Chávez en Venezuela con la propuesta de un renovado socialismo del siglo XXI -nunca definido hasta el día de hoy-) encendieran tantas esperanzas.

 

Para los años 90 del pasado siglo el optimismo triunfalista del neoliberalismo en boga campeaba sobre el mundo. Después de las fracasadas experiencias socialistas (bueno, habría que discutir más eso del "fracaso"), o mejor dicho: después de la presentación mediática que hacía el capitalismo victorioso de los acontecimientos que marcan estos años, no parecía quedar mayor espacio para las alternativas. Con fuerza irrefrenable, las políticas neoliberales barrieron el planeta. Según nos aseguraban sus mentores, por fuerza traerían la paz y la felicidad. Se quitaban así del medio, de un plumazo, los inconmensurables logros que habían traído todas esas experiencias socialistas, en cualquiera de sus expresiones: en la Rusia bolchevique, en la China con Mao Tse Tung, en la Cuba revolucionaria, en Vietnam, en la Nicaragua sandinista (cuando Daniel Ortega era comandante guerrillero y no empresario como es ahora). En todas esas experiencias, no hay que olvidarlo nunca, se terminó con el hambre, con la desnutrición crónica, con el analfabetismo, con la exclusión de los por siempre excluidos. En todas esas experiencias -¡no hay que olvidarlo jamás!- el poder popular fue un hecho, las mujeres mejoraron sustancialmente su condición de eternas oprimidas, no hubo niños de la calle, el deporte y la cultura pasaron a ser política de Estado, y los logros científicos (Premios Nobel a granel) brillaron rutilantes. Ningún país que fue intervenido con planes neoliberales (léase: capitalismo despiadado sin anestesia) logró algo de eso; por el contrario, en todos (¡en todos!, tanto del opulento Primer Mundo como entre los pobres del Sur) creció alarmantemente la pobreza, aunque hubieran supermercados abarrotados de productos maquilados en el Tercer Mundo.

 

Pero hoy, dos década y media después de este grito de guerra proferido por Fukuyama y respaldado por el "No hay alternativas" de la Dama de Hierro Margaret Tatcher, la realidad nos muestra algo bastante distinto a paz y felicidad planetarias. El capitalismo creció, sin dudas, pero a condición de seguir generando más pobreza y devastando el planeta. La riqueza se reparte cada vez en forma más desigual, con lo que puede decirse que si algo creció, es la injusticia. Y las guerras no sólo no han desaparecido sino que pasaron a ser un elemento vital en la economía global; de hecho, en la dinámica de la principal potencia, Estados Unidos, es su verdadero motor, ocupando alrededor de un cuarto de todo su potencial y definiendo su estrategia política tanto interna como internacional. Pero peor aún: las estrategias bélicas siguen domiando el panorame político mundial, teniéndose la posibilidad de un enfrentamiento con armas nucleares como una circunstancia real, lo que traería la peor tragedia para la Humanidad. Por tanto: la historia no había terminado. ¿Podemos quedar impasibles ante tamaña estupidez intelectual? ¿No debemos reaccionar ante esa fanforrenería académica y levantar nuestra voz? La historia sigue, y aunque la escriban los que ganan, ahí está devorando seres humanos, cambiando, transformándose continuamente, haciéndonos ver que junto a la "oficial" hay otra historia: la verdadera.

Después de unos primeros años de impactante conmoción, tanto el campo popular como el análisis objetivo de los hechos fueron saliendo del estado de shock, haciéndose evidente que este momento de euforia de los grandes capitales era un triunfo coyuntural, enorme sin dudas, pero no más que eso: un triunfo puntual (una batalla) en una larga historia que sigue su curso. ¿Por qué iba a terminar la historia?

"Siéntate al lado del río a ver pasar el cadáver de tu enemigo", enseñó hace dos mil quinientos años el sabio chino Sun Tzu en el Arte de la Guerra. Parece que este oriental entendió mejor el sentido de la historia que este moderno oriental americanizado, Fukuyama. La historia no termina.

Después de observar los desastres que ocasionó el retiro del Estado en la dinámica económico-social de tantos países siguiendo las recetas (impuestas, por supuesto) de los organismos financieros internacionales de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) en esta ola neoliberal absoluta, también hay gente pensante que reacciona. Este desastre –con éxodos imparables de inmigrantes desde el Sur hacia el Norte, con niveles de violencia creciente, con brotes desesperados de terrorismo– torna al mundo cada vez más problemático, más invivible. Y ahí aparece nuevamente Francis Fukuyama.

En realidad, en el libro citado del año 2004 no se desdice radicalmente de lo dicho años atrás, pero lo matiza. Lo cual, en otros términos, no es sino expresión de una inconsistencia intelectual enorme. Un grito de guerra no es teoría. Y lo que años atrás se nos presentó como formulación seria y sesuda –que la historia había terminado– no pasa del nivel de pasquín barato de pueblito de provincia, mal redactado y mucho peor pensado. No hay en juego ningún concepto riguroso: sólo hay fanfarronería ideológica. Si luego Fukuyama debió apelar a esta revalorización del papel del Estado, ello es lisa y llanamente porque la historia le demostró la inconsistencia del show propagandístico que nos lanzó años atrás. Además, pone el acento en el Estado y no en las relaciones estructurales que el mismo expresa. El problema no está en el Estado, si debe ser fuerte o débil: el problema siguen siendo las luchas de clases, la estructura real de la sociedad, de la que el Estado es su expresión. ¿Acaso terminaron las luchas de clases? Si así fuera, ¿para qué los centros de poder siguen almacenando armas y denostando al marxismo como su peor enemigo?


La historia no ha terminado, porque la matriz misma del ser humano es eso: la historia, el devenir, el fluir. Ser y tiempo (historia), dijo Heiddeger. "No podemos bañarnos dos veces en un mismo río", sentenció Heráclito de Efeso hace dos milenios y medio en la Grecia clásica. No se equivocaba: la historia pasa, fluye, no se detiene. El capitalismo –exultante, victorioso, lleno de glamour y de gloria en la actualidad, pero que hace agua por doquier– es solo un momento de esa historia. Nada es eterno. ¡Sí hay alternativas!, habría que responder. En tanto haya injusticias, habrá quien levante la voz y se oponga a las mismas, aunque hoy día se amarre la protesta, se la criminalice y se la intente reemplazar por espejitos de colores. ¡Esa lucha interminable es nuestra historia como especie! 

domingo, 21 de agosto de 2016

ANASTASIA SOMOZA




Por Juan Gaudenzi

El demócrata Jimmy Carter (presidente de Estados Unidos entre 1977 y 1981) fue una pieza clave para terminar con la dictadura somocista tras casi 40 años en el poder en Nicaragua.


Primero suspendió la ayuda militar al último de la sangrienta dinastía, Anastasio Somoza Debayle (“Tachito”). Después, cuando fracasaron sus intentos para detener la marea insurgente del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) mediante la intervención de una fuerza interamericana de paz, convenció al dictador para que renunciara, en 1979.



Treinta y siete años más tarde otra demócrata estadounidense, la aspirante a la Presidencia Hillary Clinton, cuenta entre sus colaboradores con una joven llamada Anastasia Somoza ¿Coincidencia? En absoluto. Se trata de la sobrina nieta del feroz ex mandatario nicaragüense, ajusticiado por un comando guerrillero argentino en Paraguay, su país de exilio, el 17 de setiembre de 1980.



Anastasia es hija de Gerardo Somoza Urcuyo, uno de los siete hijos de Luis Somoza Debayle, hermano mayor de Anastasio.



Después del asesinato de Anastasio Somoza García (a) “Tacho” – en la cumbre del poder político y militar durante 16 años gracias al apoyo estadounidense – el 21 de septiembre de 1956, a manos del poeta Rigoberto López Pérez, lo sucedió Luis Somoza Debayle, abuelo de Anastasia y uno de los hombres más ricos del continente, quien gobernó con puño de hierro hasta 1963.





Al asumir el cargo el Cardenal de Nueva York, Francis Joseph Spellman, le envió un mensaje diciéndole: "Estoy seguro que su padre hubiera estado muy complacido de saber que usted será su sucesor".



Entre la gestión de Luis y la de su hermano “Tachito” gobernaron dos incondicionales de la familia Somoza: René Schick Gutiérrez, probablemente asesinado en agosto de 1966, y Lorenzo Guerrero Gutiérrez, responsable de la represión de una manifestación opositora al somocismo, con un saldo de entre mil y mil quinientos muertos.



Luis Somoza Debayle murió el 13 de abril de 1967 por un ataque al corazón, siendo sepultado en la cripta de los oficiales de la Guardia Nacional al lado de los restos de su padre en el Cementerio General (u Occidental) de la capital Managua.



La estrecha relación de los Somoza con el poder estadounidense es de larga data. Como el muro fronterizo con el que actualmente Donald Trump amenaza a México, pretendiendo que sea este país quien lo pague, a principios de los años 30´s Washington retiró a los marines con los que había intervenido en los enfrentamientos internos de Nicaragua y los reemplazo por una Guardia Nacional que ese país debía sufragar. Para ello el entonces presidente Juan Bautista Sacasa tuvo que desviar fondos destinados a la educación pública. Anastasio Somoza García quedó al frente de la nueva fuerza armada y por medio de ella logró lo que las tropas estadounidenses no habían podido conseguir: el asesinato del patriota y líder de la resistencia contra el invasor: Augusto Cesar Sandino. El comando de la Guardia Nacional también le permitió a Somoza derrocar a Sacasa y desde la Presidencia convertirse en el principal aliado del demócrata Franklin D. Roosevelt en la región.



Todos o casi todos los miembros de la familia-mafia somocista estudiaron en Estados Unidos y algunos de ellos pasaron por la Academia Militar de La Salle en Oakdale (Nueva York) y West Point. “Tacho” hablaba mejor el inglés que el español. En su libro “Los Somoza; una estirpe sangrienta”, Pedro Joaquín Chamorro, propietario y director del periódico “La Prensa”, asesinado por órdenes de Anastasio Somoza Debayle el 10 de enero de 1978, relata como las torturas que sufrió durante sus encarcelamientos e interrogatorios fueron lecciones bien aprendidas por la Guardia Nacional de sus asesores estadounidenses.



Los nexos políticos, económicos, militares y criminales entre Managua, Washington y Nueva York impiden considerar casual que el presidente Bill Clinton haya elegido el aula a la que asistía la entonces niña Anastasia para escuchar de ella un dificultoso pedido de ayuda para que su hermana menor (igualmente discapacitada) también pudiese estudiar.



Desde entonces la carrera de Anastasia fue en continuo ascenso hasta terminar, hace algunos días, compartiendo el podio con Hillary Clinton en el cierre de la Convención Demócrata.



Estas son sólo algunas de sus actividades y logros dentro de un extenso curriculum:



Apoyó la postulación de Hillary para el Senado y su campaña presidencial del 2008.



Entre abril del 2008 y septiembre del 2012 se desempeñó como tutora bilingüe en alfabetización, matemáticas y comunicación no verbal para jóvenes y adultos con y sin discapacidad.



 En el 2010 se incorporó como voluntaria a la Fundación de William J. Clinton y desde allí respondió los correos electrónicos recibidos después del terremoto en Haití, además de encargarse de tareas administrativas adicionales.



En el 2013 y 2014 trabajó en la promoción y recaudación de fondos para la Iniciativa Global Clinton destinada a la Educación para Padres y Centro de Recursos para niños con discapacidades en China.



En el 2015 participó como panelista en un congreso del Education Center Training, en Beijing, con una ponencia sobre la discapacidad de una mujer con parálisis cerebral.



Con su historia familiar y su incapacidad a cuestas Anastasia ha logrado transitar exitosamente por el mundo de la política, las ONG’s, la academia, etc. Ella no es responsable ni de la monstruosidad de sus antepasados ni de su enfermedad. Está claro que ha luchado frontalmente contra esta al punto que en lugar de un obstáculo parece ser un estímulo para superarse a sí misma y ayudar a otros. El interrogante consiste es saber cómo puede lidiar con su nombre y con unos padres que la bautizaron así en homenaje a uno de los seres más siniestros de la historia.



Puede especularse con que, dada su incapacidad, Anastasia ignora todo sobre sus ancestros o que, como los padres adoptivos de los hijos de asesinados o desaparecidos por la dictadura militar argentina, los suyos optaron por el silencio o la mentira. Pero, ¿y los Clinton? Ellos conocen perfectamente sus orígenes ¿Qué los motivó entonces a ayudar y promover a Anastasia? En la más ingenua de las hipótesis: el mismo razonamiento de que los hijos o nietos no tienen por qué pagar las consecuencias de la maldad de los mayores.



Quienes piensan que los sentimientos tienen poco que ver con la política consideran otra posibilidad mucho menos inocente. Cuando en 1984 la enmienda Boland en el Congreso estadounidense acabó con la ayuda a los contrarrevolucionarios nicaragüenses (“la contra”) algunos de los funcionarios más cercanos al presidente Ronald Reagan organizaron una compleja red de financiamiento y abastecimiento ilegal con dos fuentes principales de alimentación: el dinero generado por la introducción masiva de drogas en Estados Unidos y el proveniente de la venta de armas a Irán (por entonces en guerra con Irak).



Para el primer propósito el aeropuerto de Mena, en Arkansas, pasó a tener una importancia estratégica. ¿Y quién era el entonces gobernador de Arkansas? Bill Clinton, sospechoso de hacer la vista gorda al desembarque de toneladas de narcóticos procedentes de Colombia y México y el embarque de armas y pertrechos para la contra. A cambio de esto Clinton habría recibido fuertes sumas de dinero para el financiamiento de su campaña presidencial por parte de los principales dirigentes somocistas ansiosos por recuperar el poder. La cadena de favores mutuos bien podría haber incluido la ayuda a las hijas discapacitadas de Gerardo Somoza Urcuyo