sábado, 3 de diciembre de 2016

Regalos navideños y cambio social*



Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com, 
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Ya ha pasado cerca de un año desde la asunción del nuevo gobierno, y las promesas de cambio han sido solo eso: promesas. ¿Habrá que esperar que Santa Klaus traiga esos cambios como regalo navideño?

Si así fuera, vamos mal. Los cambios sociales no dependen nunca, no pueden depender, de una persona. Los cambios sociales son producto de las sociedades, de las grandes masas que hacen la historia, nunca jamás de individuos. El año pasado se nos “vendió” la idea -en el peor sentido de la palabra- que con la llegada de Jimmy Morales a la presidencia cambiaban las cosas. Casi un año después de ese montaje vemos que no cambió absolutamente nada.




De todo esto podemos sacar varias conclusiones. Al menos las cuatro siguientes:

1) Ahora puede verse claramente que las movilizaciones del año 2015 no fueron reales alzamientos populares, espontáneos, nacidos como reacción a una injusticia. Fueron producto de una muy sopesada operación político-mediática impulsada por el gobierno de Estados Unidos. La misma, que podría considerarse como un experimento de guerra psicológica repetido luego en otras latitudes (Argentina, Brasil, Bolivia), consistió en colocar a la corrupción como el principal problema a resolver en la sociedad guatemalteca. Es preciso decir que la corrupción, en sí misma un problema, no es causa sino efecto de problemas estructurales mucho más complejos. Atacar la corrupción es quedarse solo en el síntoma. Y eso es lo que se hizo: sumamente llamativo que el embajador de Estados Unidos se pusiera al frente de estas movilizaciones, por ejemplo. ¿Desde cuándo a ese gobierno le preocupa el tema de la corrupción en Guatemala? “Revoluciones de colores”, se les llamó en Europa del Este. Manipulación de los sentimientos de la clase media urbana, podría decirse aquí. La protesta popular contra la corrupción consistió en ir a cantar el himno nacional en la plaza, y no pasó de ahí. Las verdaderas protestas -las luchas campesinas contra la industria extractiva, las reivindicaciones de los trabajadores- continúan invisibilizadas. 

2) Esas protestas, que evidenciaron un descontento profundo en la población, no fueron más allá de un nivel de indignación que terminó con la salida del Ejecutivo de presidente y vicepresidenta. Eventualmente podrían haber ido más lejos, pero no fue así. Ello deja ver la falta de organizaciones de izquierda que puedan ponerse al frente de las luchas. Los años de represión desbarataron las organizaciones populares, y hoy por hoy no existe un proyecto político alternativo en el que la gente puede confiar. La izquierda está maniatada, fraccionada, cooptada por el discurso de la democracia representativa o por la cooperación internacional.

3) Pasado el calor de las protestas (inducido en buena medida con perfiles falsos desde redes sociales), la salida a la crisis planteada fue manejada por los factores de poder (embajada de Estados Unidos y alto empresariado nacional) “inventando” la figura de un presidente no corrupto que podría funcionar como propuesta de alternativa. Así surgió Jimmy Morales, quien “actuó” de candidato presidencial renovado, apelando a su profesión de comediante. Pasado ya cerca de un año de su mandato, puede verse que está “actuando” un papel -para el caso, el de presidente honesto- sin mayor pena ni gloria. La corrupción no ha desaparecido de la escena política nacional, y nada indica que vaya a desaparecer. Y los problemas estructurales reales del país persisten inalterables: 50% de la población vive en pobreza, la tenencia de tierras está hiper concentrada en pocas manos, la brecha entre quienes más tienen y los desposeídos es de las más grandes del mundo, continúa el hambre (Guatemala es el segundo país en desnutrición en Latinoamérica: 5 de cada 10 niños sufren desnutrición crónica), sigue el analfabetismo, el salario básico cubre apenas una tercera parte de la canasta básica, y la migración en condiciones de absoluta precariedad sigue siendo la única salida para las grandes masas empobrecidas (200 personas diarias parten buscando el “sueño americano”). Es más que evidente que la lucha contra la corrupción no es sino un distractor. 
4) Todo ello demuestra que los verdaderos cambios sociales no pueden venir de un determinado presidente, de una administración. Esas son circunstanciales modificaciones cosméticas, pasajeras. Solo los pueblos organizados cambian la historia. Si pensamos en “regalos navideños” (como puede haber sido la oferta electoral de un supuesto “no corrupto” tal como Jimmy Morales -o cualquier otro para el caso-), no se podrá tener una solución real. Los cambios sociales no son regalos navideños. Además, si esperamos esos dones, no tenemos muchas esperanzas concretas, ya que para este año parece que está en tela de juicio la llegada de Santa Claus, que no tendría cómo venir.

Donald Trump: ¿cambios a la vista?



Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com
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“¡Los libros son inútiles! Yo leí un único libro en mi vida: «Matar un ruiseñor». ¡Y no me dio ninguna información sobre cómo matar ruiseñores! Sí, es cierto que me enseñó a no juzgar a un hombre por el color de su piel, ¿pero eso para qué me sirve?”

“¡Televisión! Maestro, madre, amante secreta.”

Homero Simpson

Las recientes elecciones en Estados Unidos, con el triunfo de Donald Trump, han abierto una serie interminable de especulaciones. La presente -quizá, finalmente, una más de tantas- pretende no ser eso sino, antes bien, una afirmación: no sabemos con certeza qué va a pasar. De eso podemos estar seguros: nadie sabe con exactitud para dónde van las cosas.

De haberse impuesto Hillary Clinton, la candidata natural de Wall Street, del gran capital financiero, las petroleras, del complejo militar-industrial y las grandes corporaciones mediáticas, todo se sabría con claridad: seguiría todo igual. Es decir: en lo que concierne a su política externa, los planes neoliberales impulsados por los organismos de Breton Woods (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional), las guerras “preventivas”, la injerencia descarada de Washington en los asuntos internos de casi todos los países del mundo y su voracidad consumista sin límites, no se modificarían. Estados Unidos seguiría siendo la gran potencia, empantanada a partir de la crisis del 2008, perdiendo cada vez más terreno en el ámbito económico, compitiendo geopolíticamente con Rusia y China y coqueteando con la posibilidad de una tercera guerra mundial.

Nada de eso se hubiera modificado en la arena internacional. Y en lo interno, tampoco. Es decir: seguiría el proceso de empobrecimiento de su clase trabajadora a partir de la relocalización creciente de su parque industrial (instalación de sus empresas en otros puntos del mundo aprovechando mano de obra más barata y exenciones impositivas) y de la crisis capitalista que aún no termina, seguirían las deportaciones de inmigrantes indocumentados (con Barack Obama se deportaron 3 millones de “mojados”, la misma cantidad que promete expulsar Donald Trump), y probablemente seguirían ciertas acciones políticamente correctas, más cosméticas que otra cosa, en relación a derechos civiles de los estadounidenses (matrimonios gay, leyes de aborto, legalización de la marihuana para fines recreativos, reivindicación de algunas minorías y un discurso -léase bien: ¡discurso!, no otra cosa- con un talante medianamente socialdemócrata).

¿Qué pasará con Trump en la Casa Blanca? ¿Cambiará todo eso?

Insisto en lo enunciado más arriba: hay mucho de especulación en todo esto, nadie sabe exactamente qué va a pasar con este impredecible magnate en el Poder Ejecutivo de la gran potencia. 

Lo que sí está claro es que, en lo político-ideológico, habrá una involución considerable. El discurso de campaña ya lo preanunciaba: Trump representa una posición conservadora, racista, xenófoba y machista (¿quién, si no, podría ser dueño del Concurso de Miss Mundo promoviendo el más ramplón y agresivo sexismo?). La designación de sus primeros colaboradores para la futura administración lo permite ver con claridad: el discurso “wasp” -avispa- (white, anglosaxon and protestant: blanco, anglosajón y protestante), es decir: la ideología supremacista blanca, machista y de cow boy hollywoodense, va entronizándose. Hillary Clinton también es de derecha, de una extrema derecha belicista, siguiendo fielmente los pasos de lo peor de los ultraconservadores de los Chicago’s boys, pero su discurso era más moderado. La cuestión, en política, no es tanto ver qué se dice sino qué se hace.

De momento no está claro qué hará Trump. Especulaciones hay muchas, muchísimas. Se han dicho las más variadas cosas: desde que es un candidato del presidente ruso Vladimir Putin (¿pagado por el “oro de Moscú”?, como se decía durante la Guerra Fría) hasta que aquí comienza el retroceso de las políticas neoliberales. Diría que nadie sabe a cabalidad con qué se puede salir este impredecible político que habla el lenguaje de la antipolítica. Y las especulaciones siguen siendo eso: especulaciones.

Está claro, sin dudas, por qué el magnate neoyorkino ganó el entusiasmo popular. Por un lado, porque el votante estadounidense término medio habla ese lenguaje: es racista, xenófobo, ultranacionalista, machista, conservador. Dicho de otra manera: Homero Simpson es su ícono por excelencia (de ahí los epígrafes citados). Pero por otro, y quizá esto es lo fundamental, porque Donald Trump levantó al mejor modo del mejor populista un discurso emotivo que tocó la fibra de muy buena parte de estadounidenses golpeados por la actual crisis y por los planes de cierre industrial de estas últimas décadas.

Su promesa es recuperar el esplendor perdido, cuando Estados Unidos era esa potencia intocable de la post guerra del 45: productor, en ese entonces, del 52% del producto bruto mundial, líder en ciencia y tecnología, con un dólar que se comía el planeta, con un american way of life que se imponía presuntuoso por todo el globo, excepción hecha del espacio soviético y con un paraíso de consumo por delante (motores de automóvil de 8 o 12 cilindros, para graficarlo claramente: la personificación del derroche). En otros términos, lo que propone ahora es cerrarse sobre sí mismo como país, desconocer los planes globalizadores, hacer retornar las empresas salidas de territorio estadounidense y levantar el nivel de vida deteriorado.

Por supuesto que para Homero Simpson, a quien lo único que le interesa es tener la refrigeradora llena de cerveza, el automóvil con mucha gasolina frente a su casa y adora a la televisión como su supremo gurú, esas promesas -populistas, chabacanas- lo llenan de expectativa. ¡Por eso este excéntrico outsider del show mediático-político pudo ganar las elecciones!

Ahora bien: ¿es posible cumplirlas? Todo indica que no. No nos atrevemos a decir que radicalmente no, porque nadie sabe con qué as bajo la manga podrá aparecerse Trump. Pero la política no se mueve por caprichos: es la expresión de juegos de fuerza en las sociedades, es expresión de los poderes que mueven la historia. En ese sentido, podemos ver que la línea sobre la que se mueve Estados Unidos como gran potencia no se fija desde la Casa Blanca: hay grupos de poder -las petroleras, el complejo militar, los grandes bancos- que mueven fortunas inimaginables siendo quienes verdaderamente establecen el rumbo del país (pretendiendo también fijar el rumbo del mundo). Esos megagrupos y sus llamados tanques de pensamiento (centros académicos al servicio del gran capital) bregan “por un nuevo siglo americano”, es decir, por seguir manteniendo la supremacía global en lo económico y militar, y no tienen color partidario, demócrata o republicano. Solo tienen el color verde del dólar como consigna, y el rojo de la sangre, cuando es necesario derramarla (la sangre no propia, por supuesto) para asegurar la supremacía del verde. El declamado culto a la libertad y a la democracia es solo complemento del show para consumo de la masa.

En otros términos: ¿quién manda? ¿El presidente desde la oficina oval, o las cosas son algo más complicadas? El neoliberalismo, eufemismo por decir capitalismo ultra salvaje sin anestesia, es una gran plan económico-político-cultural que ha servido para llevar esos megacapitales a niveles inconmensurables, pero también para detener (o demorar, más específicamente dicho) la protesta popular, la reacción de la clase trabajadora. El Amo tiembla aterrorizado delante del Esclavo, sin dejar que se vea ese terror, porque sabe que inexorablemente tiene sus días contados; de lo que se trata es de posponer lo más posible ese cambio. En definitiva el mundo, jamás hay que olvidarlo, sigue estructurado sobre la lucha de clases y la explotación de los trabajadores, únicos creadores de la riqueza humana. ¿Trump toca algo de eso? ¡¡Ni pensarlo!! ¿Por qué habría de tocarlo? 

Él es un magnate más, quizá no de la misma monta de estos que fijan los destinos del mundo (banca Rockefeller-Morgan, banca Rotschild, los grandes fabricantes de armamentos, etc.), pero uno más de esa clase. Homero Simpson, más allá del chauvinismo circunstancial que los pueda reunir, sigue siendo su esclavo asalariado. Su promesa de campaña es para reactivar el capitalismo, no para negarlo. Que el neoliberalismo de estas últimas décadas haya empobrecido a grandes masas de trabajadores estadounidenses y que el histriónico nuevo presidente prometa reimpulsar la vieja industria hoy alicaída es una cosa; que se plantee ir más allá del capitalismo… ¡es una locura! El problema de fondo no es la globalización neoliberal: ¡es el capitalismo!

¿Puede, entonces, el campo popular de fuera de los Estados Unidos pensar en algo nuevo con este nuevo presidente? En absoluto. ¿Es acaso esto la posibilidad del fin del neoliberalismo y las recetas fondomenetaristas? Nada indica que eso sea posible. Como se dijo más arriba, el ocupante de la Casa Blanca toma decisiones, pero nunca está solo. Los megacapitales, repitámoslo, no son ni republicanos ni demócratas: ¡son megacapitales! El discurso de campaña es una cosa, la realidad política una vez asumido el cargo es otra. Lo llamativo aquí es que Trump, en realidad, no es ni demócrata ni republicano, pese a haber ganado con la etiqueta de ese partido. Eso es lo que complica las cosas y abre interrogantes. Es confuso, si se quiere; los megacapitales no. 

Es probable que se endurezcan ciertas cosas en la cotidianeidad estadounidense. Quizá para los inmigrantes irregulares provenientes de Latinoamérica la situación se torne más problemática. El supremacismo blanco parece ganar fuerza; por lo pronto, el Ku Kux Klan saluda eufórico al nuevo presidente; mala señal, sin dudas. Si bien Trump puede ser un populista para sus votantes: los Homero Simpson blancos, el racismo que transmite es peligroso. “Heil Trump!”, ya se ha dicho por ahí. De todos modos, el muro famoso a construirse en la frontera con México suena más a disparate proselitista que a posibilidad real. 

En la arena internacional, a partir de un posicionamiento pragmático de Trump, es posible que baje la intensidad de una posible guerra nuclear (locura apocalíptica no desdeñable para los halcones de la política real, los que no ocupan cargos públicos pero que dirigen los acontecimientos desde sus pent-houses). De todos modos, nada está escrito. Su apuesta, en principio, apunta a bajar los inconmensurables gastos bélicos para reinvertir en la economía local. Queda por verse si el monumental complejo militar-industrial, verdadero mandamás en la dinámica estadounidense, lo permitirá. 

Como este breve opúsculo está escrito pensando, ante todo, en la clase trabajadora latinoamericana, la inmediata percepción de la situación no nos puede llevar a estar contentos. Quizá tampoco lo estaríamos con Hillary Clinton en la presidencia. Según pregona la gran prensa de las corporaciones mediáticas, ella representaba el equilibrio, en tanto el magnate neoyorkino sería sinónimo de ¿chifladura? Pero seamos mesurados en el análisis, y rigurosos: con una u otro, no hay buenas noticias a la vista para los pueblos del “patio trasero”. 

¿Podrá haber buenas noticias para la clase trabajadora que lo votó? Esa es la expectativa, la esperanza de Homero Simpson. Los trabajadores estadounidenses están bastante golpeados; su situación no va para mejor y la falta de empleos preocupa. Pero que Donald Trump logre salir a) de esta crisis estructural y b) dar marcha atrás con la globalización neoliberal que ha ido cerrando empresas en su propio territorio dejando en la calle a innúmeros asalariados, no parecen tareas fáciles. Antes bien: parecen casi imposibles. 

Que la gran potencia evolucione hacia posiciones de ultraderecha, neonazis, ultraconservadoras, no es un imposible. Que Trump se atreva a oprimir el botón nuclear, no parece lo más posible ahora. Que su economía mejore considerablemente, no se lo ve muy cercano en realidad (eso quizá ya no pueda suceder más). Que los pueblos latinoamericanos seguiremos empobrecidos y, en muchos casos, intentando viajar hacia el “sueño americano” en condiciones precarias, es un hecho. Que esperemos cambios positivos con este representante de la clase dirigente del principal país capitalista, es una absoluta tontera. 

martes, 15 de noviembre de 2016

Elecciones en Nicaragua: una reflexión*



Marcelo Colussi
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Sin el mismo brillo mediático de lo sucedido estos días en Estados Unidos, en Nicaragua tuvieron lugar elecciones generales hace una semana. Ganó por amplia mayoría el Frente Sandinista de Liberación Nacional, manteniendo a Daniel Ortega –y llevando a su esposa Rosario Murillo– en el Poder Ejecutivo, con un 72% de los votantes que le dieron su aprobación, y un 65% de participación electoral.

Con esos datos duros en la mano, podemos hacer diversas interpretaciones. Pero las mismas deben complementarse necesariamente con un análisis de la realidad socioeconómica del país, y más aún, con una lectura histórica.

Que un presidente gane por amplia mayoría puede indicar un gran fervor popular, una gran pasión de los electores por el líder carismático a quien siguen. La primera lectura que se podría decir es que si la gente lo elige…., “por algo será”. Pero eso, en sí mismo, no es especialmente convincente. Al comandante Ortega lo sigue mucha gente; a Hitler también. ¿El socialismo propone seguir líderes?; dejemos esa pregunta marginal como provocación. 



Una elección popular puede darnos infinitas sorpresas en relación a por qué la población vota lo que vota: recientemente en Estados Unidos la gente se inclinó por un racista xenófobo, en Colombia le dijo “no” a lo acordado en una mesa de negociaciones entre gobierno y guerrilla en relación al fin de la guerra, o en el Reino Unido prefirió salir de la Unión Europea para cerrarse ante la “invasión” de inmigrantes. Ejemplos de ese estilo sobran: la gente, incomprensiblemente, votó a favor del neoliberal Macri en Argentina, o eligió varias veces al mafioso Berlusconi en Italia, o prefirió al comediante racista y sexista Jimmy Morales en Guatemala, o al asesino Hugo Banzer en Bolivia años atrás, no repitiendo la elección de Evo Morales años después por una supuesta corrupción (un affaire personal). ¿Síndrome de Estocolmo? ¿Autocastigo?

Por supuesto que la voluntad popular es sacrosanta. Pero… ¿qué significa eso en el marco de las elecciones democráticas de un país capitalista? Porque Nicaragua, no olvidarlo, es eso: un país capitalista con un discurso político inclinado a la socialdemocracia… ¡pero capitalista al fin! ¿Qué tiene que ver eso con el poder popular?

Luego de las elecciones, donde supuestamente el “pueblo manda” (¿manda?), las cosas básicas siguen igual. Lo cual lleva a preguntarnos sobre qué es posible cambiar en verdad con estas democracias formales. Para muestra: Guatemala. Ya van 9 presidentes (7 de ellos llegados por voto popular) desde el retorno de las formas democráticas en 1986, y el 60% de población bajo la línea de pobreza no varía. “Con la democracia también se come, se cura y se educa”, repetía el argentino Raúl Alfonsín. Pero, ¿con cuál democracia? Con la formal, parece que no, pues los empobrecidos argentinos, con esa democracia, en reiteradas ocasiones tuvieron que saquear zoológicos para ingerir un poco de carne roja. 

En Nicaragua ganó por amplia mayoría un partido que alguna vez levantó una propuesta socialista. Hoy día, el otrora comandante guerrillero es un empresario, depredador como todo empresario. Habiendo ganado por tercera vez la presidencia, algunos analistas hicieron comentarios acres sobre su gestión, pero no para repetir el hipócrita discurso de la derecha, que vio en esos comicios un “fraude” (que no lo fue, por cierto), sino para levantar una crítica sobre las transmutaciones políticas del bonapartista Ortega (de guerrillero a empresario, vía “piñata” –descarado robo de bienes del Estado cuando el Frente Sandinista perdió las elecciones en 1990–). 

Lo curioso es que, acto seguido a esas críticas, más de algún politólogo –de izquierda– consideró negativamente el levantar un juicio contra el proceso nicaragüense, entendemos que defendiéndolo. Se abren entonces interrogantes. ¿Se puede defender eso? Ello depende de lo que entendamos por proceso político y por cambio revolucionario.

La Revolución Popular Sandinista de 1979 intentó construir una propuesta socialista. El peso de la contrarrevolución terminó derrotándola. Al salir del poder el FSLN en 1990, su ideario político comenzó a cambiar. Vinieron luego crisis partidarias, y los más connotados revolucionarios abandonaron el barco, pues Daniel Ortega transformó aquella propuesta de cambio en una empresa particular. Hoy día el problema de fondo no está en que se reelija. O más aún: no está en el nepotismo o la manipulación politiquera que pueda hacer (como lo hacen todas, absolutamente todas las democracias formales). El verdadero problema es lo que se empezó a construir en el país desde hace décadas, a lo que el Frente Sandinista de Ortega contribuyó luego de su salida del poder: una república enteramente capitalista, con entrada triunfal de multinacionales y finqueros, con una nueva burguesía oportunista (los cuadros sandinistas favorecidos con la “piñata”), con pactos politiqueros a espaldas de la población, y con políticas asistenciales más cercanas a beneficencia que a poder popular. 

Si asumimos una posición de izquierda: ¿es defendible todo eso? Decir que Ortega redujo la pobreza en estos últimos años a base de programas asistenciales, ¿es lo que buscamos y defendemos? ¿Nos quedamos con el posibilismo y la Tercera Vía? Que sea un gobierno socialdemócrata –populista y clientelar– en los marcos del capitalismo, es una cosa. Que esa sea la aspiración de una transformación real, es muy otra. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Teatro de Sangre del Tío Sam: De Mosul a Alepo guerra de EEUU contra Rusia

Por: CM/ANI-gt/Proyecto VER/Redacción Internacional

En Irak se ha establecido un teatro de operaciones donde la coalición llevó a la captura de Mosul. El espectáculo continúa mientras las cámaras siguen encendidas y puesto sus lentes en Rusia. El ejército iraquí con el apoyo de distintos grupos patrocinados por EEUU, han emprendido diversas arremetidas en su afán de liberar a Mosul. Los avances se pueden monitorear en tiempo real en múltiples canales de la televisión internacional. En esa dirección han transmitido estos medios únicamente las pérdidas que han tenido el ejército iraquí, como el kurdo. Otra acción no han informado, por ejemplo las pérdidas de los civiles que han caído en manos de estos.
Muchos expertos han manifestado que la liberación de esta ciudad, la están utilizando políticamente, en referencia a las elecciones presidenciales próximas de los EEUU. Es necesario tomar la ciudad de manera efectiva, sin grandes pérdidas y daños; convencer a los electores estadounidenses de la política efectiva de Obama y en consecuencia, la corrección de su posible sucesor, la señora Hilaria Clinton. Así que Washington no debe esperar ningún truco de los jesuitas.



Las consecuencias de los EEUU y sus aliados en el marco de liberación de Mosul, puede tener el carácter más increíble. La opción más obvia que se ha visto, es el fortalecimiento de los yihadistas en Siria; incluyendo los militantes en Mosul. Por otro lado parte iraquí rodeo la ciudad desde el norte, el este y en parte desde el sur, dejando margen a las maniobras terroristas en Occidente. Este desierto provincia de Anbar, en el que el estado islámico tiene muchos partidarios y de ahí en la provincia de Raqqa, la capital de Siria del Califato. Ante estos acontecimientos el gobierno sirio a remachado todo tipo de acción contra estos rebeldes.
La derrota de los terroristas en Siria: La batalla principal se desarrollo en la provincia de Alepo
                Los terroristas esperan que sus colegas en la yihad pudieran venir a su rescate. Como recordamos, el intento de entrar en la ciudad de los yihadistas fracasó. La Coalición “Szhebhat Fatah al-Sham, también conocido como “al –Nursa” quienes han perdido en sus filas a mas de 2 mil combatientes y decenas de vehículos blindados. Consideremos ahora la condición de avance desde el norte. En el norte de la provincia de Alepo los de terroristas de “Ahrar al-Sham” y otros grupos, con el apoyo de Turquia y EEUU, se están moviendo hacia el sur, expulsados por los terroristas de EI
Tareas estadounidenses
                Los gringos con la tenacidad de un maniaco desean continuar esta guerra inútil desde el conflicto de los intereses de los diversos poderes, quienes son el vinculo de toda esta cadena que tienen lugar ahora y exista anteriormente en Colombia a Yugoslavia, de Ucrania a Afganistán y así podemos seguir enumerando los distintos escenarios para apoderarse de los recursos naturales, como minerales en estas zonas. Similar teatro se está viviendo en Latinoamérica, léase desde la Patagonia al rio grande. Las Elecciones son el 8 de noviembre. ¿Qué dirán después de las elecciones…?

Elecciones en Nicaragua Gana Daniel Ortega. ¿Qué opinaría Carlos Fonseca de esto?


Marcelo Colussi

“Desnudamos [a Daniel Ortega] de su falso ropaje revolucionario, no es más de izquierda, es un nuevo potentado, alumno aventajado del Fondo Monetario y de las políticas más duras del capitalismo salvaje”.

Hugo Torres, guerrillero sandinista

Daniel Ortega, candidato del Frente Sandinista de Liberación Nacional, se encamina hacia un cómodo triunfo en las elecciones de Nicaragua. Por tercera vez consecutiva será presidente de esa nación. ¿Qué significa eso?




En el ámbito de la democracia representativa, que en la esfera política domina ampliamente hoy en todo el mundo, que un mandatario se relija no es precisamente un problema. Lo de Ortega puede ser cuestionable, pues forzó la Constitución y se ha venido convirtiendo en una suerte de “nuevo Somoza”. Ahora, en un acto de nepotismo, coloca a su esposa, Rosario Murillo, como candidata a vicepresidenta, y a sus hijos en puestos claves de la administración. Por otro lado, merced a argucias legales, se sacó de encima cualquier oposición, llegando a las elecciones de ayer prácticamente como único candidato.

Además, en un acto que también contradice las formas “políticamente correctas” de estas democracias formales, no hubo observadores electorales, sino apenas algunos invitados especiales. Todo ello ha llevado a la derecha (interna e internacional) a denostar estas elecciones, por considerarlas viciadas. “Farsa electoral”, se la ha declarado.

Que Estados Unidos o una derecha recalcitrante en cualquier país se preocupe por esta falta de transparencia no es el problema. Las elecciones de mañana en Estados Unidos son tan viciadas, o más, que las nicaragüenses. Y el fraude en esa nación, más allá de sus actuales pomposas declaraciones en nombre de la libertad y la democracia observando el proceso nicaragüense, no es algo raro. Recuérdese la elección que ganó Al Gore en el 2000 sobre Bush hijo, negociada luego a espalda de los electores.

Lo que sí preocupa es lo que se viene haciendo en Nicaragua en estas dos administraciones en que Daniel Ortega fue presidente, y lo que vendrá a partir de esta nueva reelección. Por lo pronto, veamos estos dos íconos incontrastables que hablan por sí solos: el Banco Mundial y el ex comandante de la Contra, Edén Pastora. Ambos ponderan la labor del otrora guerrillero revolucionario Daniel Ortega.

Daniel Ortega, junto a su hermano Humberto, fue un militante revolucionario, antisomocista, antiimperialista. Pero los tiempos cambian. Una combatiente revolucionaria histórica del proceso sandinista, la comandante Mónica Baltodano, dijo alguna vez en una entrevista, en el año 2008:

Argenpress: En Nicaragua gobierna hoy una administración que tuvo que ver, largos años atrás, con una revolución popular. ¿Es el actual gobierno una propuesta de izquierda?
Mónica Baltodano: Me apena reconocerlo, pero no es el caso. El actual gobierno de Nicaragua usa algunas veces un discurso izquierdista, una estridencia en la palabra que nada tiene que ver con su práctica real, muy distante con un proyecto de izquierda. Por el contrario, en Nicaragua se fortalecen y enriquecen los banqueros y la oligarquía tradicional y grupos económicos de ex revolucionarios convertidos en inversionistas, en comerciantes y especuladores. Se fortalecen los sectores más reaccionarios de la jerarquía católica, se eliminan derechos humanos esenciales como el de las mujeres al aborto terapéutico.

Lo que esta incorruptible luchadora decía algunos años atrás, siendo diputada opositora al claudicante Frente Sandinista que se aburguesó con la despreciable “piñata” de 1990 [léase: robo descarado de los bienes del Estado], tiene vigencia para el momento actual. Las políticas asistenciales que Ortega está llevando a cabo son parches, como toda política asistencial (beneficencia, en definitiva). Es cierto que en sus últimos dos gobiernos bajó el nivel de pobreza alarmante, de 42% a 30%. Pero eso no tiene nada que ver con una propuesta socialista. El poder popular que años atrás, durante la Revolución de 1979 se había comenzado a construir, hoy brilla por su ausencia. La demagogia populista la ha reemplazado. Y si el Banco Mundial felicita los “logros económicos” del actual proceso sandinista, algo anda mal. Ortega no es Somoza…, pero parece.


¿Qué diría Carlos Fonseca, uno de los fundadores del Frente Sandinista, revolucionario marxista inclaudicable, de esto que está pasando ahora en Nicaragua? Se espantaría, sin dudas. 

viernes, 4 de noviembre de 2016

Guatemala una verdadera porquería política…


Por: Camilo Martiano
Desde un tiempo atrás he venido analizando el titular de este aporte critico, con el afán de buscar las causas del porque Guatemala la hemos convertido en un barco sin vela y dirección alguna; en otras palabras, perdidos en el inmenso mar de la política no solo interior, sino peor aún, hemos perdido fuerza a nivel internacional. Desde que las redes sociales se han apoderado de las pupilas de mis paisanos, corren a diario sendos mensajes sin sentido y pocos son los que verdaderamente valen la pena seguir y compartir. Dicho sea de paso el pueblo ha venido actuando por inercia y manipulación de varios sectores interesados en que la vida de los guatemaltecos no pase mas allá del derecho de su nariz. Esto ha contribuido a una enajenación brutal, arrancando cualquier conciencia social de varios millones de guatemaltecos. La política dirigida por el CACIF, ha hecho demasiado daño en todo lo que corresponde a un Estado prospero, enfocado al bien común, como lo reza el artículo primero de la Constitución.  

A Guatemala la hemos convertido en una verdadera porquería política;  lamentable es mencionar este calificativo, pero no tiene otra expresión valedera para justificar el desastre por el cual hoy estamos atravesando. Desde 1954 hemos sufrido el peor de los desastres políticos, económicos, sociales, culturales y de salud. Los ejes principales o pilares por los que el Estado guatemalteco se rige, hoy día están más que deteriorados, escuálidamente rescatables algunas oficinas, pero en su mayoría empantanadas en una porquería llamada impunidad. Diría nos sobran los dedos de una mano para mencionar algunas, entre ellas la rescatable labor del MINREX y probablemente el Ministerio de Salud, de ahí es que hoy varios ministros serán separados de sus cargos, otros por conveniencia han presentado su renuncia. Pareciera que el barco comandado por el cómico presidente Jimmy Morales esta en un parte aguas, no encuentra el norte o puerto, para darle una salida viable a este desastre. Léase falta de conocimiento político nacional e internacional.

 Aunado a esto, se debe mencionar y nos debemos responsabilizar el deterioro de todo lo que respecta al Estado de Guatemala en diferentes administraciones, ha sido estrictamente  la falta de involucramiento de todo el pueblo en general con respecto a las decisiones eminentemente políticas.  En tan solo 10 (1944-1954) años los administradores o servidores públicos, demostraron un respeto profundo a la dignidad de los guatemaltecos, un respeto profundo a las arcas de los guatemaltecos, un respeto profundo a la soberanía dignidad y solidaridad entre los guatemaltecos. Han pasado más de 60 años y los desafíos de las diferentes administraciones solo se han visto en el enriquecimiento ilícito entre militares y civiles; quienes encontraron la fórmula perfecta para saquear las arcas del erario nacional.

Dicho lo anterior, no se puede dejar de mencionar toda la intromisión extranjera con el afán de expoliar nuestro territorio. Podríamos –sabemos de quien se trata - mencionar a toda esa caterva de ilusos aprovechados, más bien serviles del imperio, quienes  han otorgado los recursos a diestra y siniestra. Llevando consigo la sangre de muchos paisanos, quienes solo exigían tierra para cultivar y prosperar en su actividad eminentemente agrícola, fueron callados por fuerzas oscuras incrustadas en los gobiernos de turno. Otros por pensar diferente hoy están boca arriba, reza una canción popular. Así Guatemala se ha convertido en una porquería política terrible, subyugada a los intereses de los “empresarios”, que no son más que aprovechadores de la ingenuidad y apatía de los guatemaltecos.

Los diversos gobiernos civiles, han demostrado tener más avaricia y codicia que los mismos chafarotes – léase militares – quienes han sido los responsables en su mayoría de enlutar cientos, miles de familias. Hoy muchos de ellos nuevamente en el gobierno absurdo. Antes; en 1985 hicieron creer que se emprendería un rumbo hacia una democracia verdadera, “DEL PUEBLO, POR EL PUEBLO Y PARA EL PUEBLO” nada de eso sucedió. Lo que si sucedió fue la tremenda gran estafa “Los acuerdos de Paz” (29-12-1996). Mientras tanto la llamada izquierda hoy regocijada en grandes viandas y fiestas “aristocráticas”. Es decir no están, su actividad de lucha frontal contra este desastre se ve desvanecida, enfocada a la lucha lineal de los potentados.

Dichos acuerdos si garantizaron la privatización de muchas empresas estatales, hoy en manos de una clase empresarial absurda, abusiva y prepotente. Creyéndose siempre los dueños de la patria, nuevamente el pueblo dándole ese beneficio por temor a represalias, en otras palabras perder su trabajo. Todas estas formas de hacer democracia en Guatemala, han constituido en que la oligarquía persista y siga teniendo un poder feudal; el cual se podría revertir si así lo demandara el pueblo organizado, apegado a la Carta Magna (Art. 28-45-173). Para ello organización y más organización (Manuel Colom Argueta). Todo está en la consecuencia y sabiduría, como practica de nuestros guatemaltecos. Quiero decir involucrarnos en nuestros asuntos políticos, de manera formal y frontal, el poder es del pueblo. La democracia merece obediencia al soberano. Otra cosa es redundar y caer en el juego de los lacayos de siempre. Somos muchos más de los que se creen ser los buenos y dueños; Guatemala es de los guatemaltecos, y por ende la referencia descrita arriba sobre las injerencias extranjeras en nuestro territorio: “¿Que tiene que estar opinando y decidiendo el señor embajador de  los Estados Unidos acreditado en Guatemala?” Esta es la apatía en su máxima expresión que el pueblo ha venido permitiendo. Es momento de exigir a los servidores públicos pida perdón Robinson por las declaraciones soberbias hacia la dignidad y soberanía del pueblo guatemalteco. ¡No podemos seguir en esta porquería! Es de retomar el camino que dejo establecido la administración del 44 al 54. Es deber estar atento a todo acontecimiento. Se debe exigir como cumplir los derechos apegados a la carta Magna.  Investigar o capturar si fuera necesario a los  empresarios evasores que a lo largo de estos 60 años han defraudado al FISCO. Las empresas extrajeras deben operar 50-50 %, así lo hacen muchos países soberanos, porque no emular. 

jueves, 27 de octubre de 2016

¿Tercera Guerra Mundial?



Marcelo Colussi

Los tambores de guerra suenan amenazantes. ¿Será cierto que vamos hacia una Tercera Guerra Mundial?

En un sentido, la ahora terminada Guerra Fría fue, de hecho, una guerra mundial: las dos potencias representantes de los sistemas imperantes (Estados Unidos y la Unión Soviética) pusieron las armas; innumerables países del por entonces llamado Tercer Mundo, los muertos. La confrontación, sin dudas, fue planetaria. En sentido estricto: fue una guerra mundial.

Desde terminada la Segunda Guerra Mundial en 1945, que comportó una cauda de alrededor de 60 millones de muertos, la cantidad de víctimas registradas en todas las guerras que ha habido -¡y sigue habiendo!- posteriores a esa fecha, supera holgadamente aquella cifra. Definitivamente la guerra ha sido la constante en estas pasadas décadas.

La afirmación de que “ya no hay guerras mundiales” tiene una carga eurocéntica (en el sentido de “formulación desde las potencias capitalistas de Occidente”, Europa y Estados Unidos, incluyendo quizá también a Japón): no hay guerra entre esos países, lo cual no significa que las guerras no sigan siendo una triste realidad en el mundo. La interrelación y fusión de capitales que sobrevino al Plan Marshall fue una manera de entretejer redes capitalistas entre las naciones dominantes, asegurándose el mutuo respeto. O, al menos, la convivencia libre de combates. Pero las guerras no desaparecieron. ¡Ni remotamente!

Por el contrario, los conflictos bélicos siguen siendo parte fundamental del sistema como un todo. En tal sentido, representan 1) un gran negocio, y 2) permiten oxigenarse continuamente al “sistema-mundo” del capital (para usar la expresión de Wallerstein). Las guerras no son inevitables, pero en este marco del capitalismo como sistema dominante, sí lo son.


Ahora se está hablando insistentemente de una posible nueva conflagración planetaria. Los mortales de a pie -es decir: la prácticamente totalidad de la población mundial- no tenemos mayores noticias de esto, de lo que en verdad se está cocinando. ¿Qué plantes secretos tiene el Pentágono? ¿Qué estrategia de largo plazo tienen pensado los grandes capitanes de la economía global? Si las potencias capitalistas han decidido no volverse a enfrentar entre sí (con la hegemonía militar absoluta de Washington que toma a Europa Occidental como su rehén nuclear y lidera esa coalición obligada que es la OTAN), ¿por qué entonces la posibilidad de una guerra mundial, tal como ahora pareciera posible?

En realidad, cuando hoy por hoy se habla de “Tercera Guerra Mundial”, se está haciendo alusión a la posibilidad de un conflicto entre Estados Unidos y sus dos verdaderos rivales: la República Popular China y la Federación Rusa.

Las guerras que se libran hoy día son todos conflictos internacionalizados. En todos, directa o indirectamente, están presentes los intereses geoestratéticos de las principales potencias, ya sea porque la venta de armas y/o la reconstrucción de lo destruido es un jugoso negocio, ya sea porque esas guerras expresan las disputas político-económicas por áreas de influencia con un valor global. Las interminables guerras del África negra (por el control de recursos estratégicos como, por ejemplo, el coltán) o del Oriente Medio (por el control del petróleo), son la manifestación de planes imperiales de dominación, donde participan empresas de distintos países capitales llamados “centrales”. Y esas, sin ningún lugar a dudas, son guerras mundializadas. ¿Qué hacen soldados europeos en Afganistán? ¿Qué hacen los portaviones estadounidenses en el Mar Rojo? ¿Por qué fuerzas de la OTAN bombardean Libia o Egipto?

Todos esos son conflictos mundiales. Tras la fachada de la OTAN o de la ONU vienen las petroleras, las grandes empresas euro-estadounidenses, las inversiones de la gran banca mundial. ¿No son reparticiones mundiales esas, que recuerdan la Conferencia de Berlín de 1884/5, donde unas cuantas potencias capitalistas europeas se dividieron el dominio del África?

Ahora, en forma alarmante, se nos habla de una posible guerra mundial. ¿Llegaremos realmente al holocausto termonuclear disparando los más de 15.000 misiles con carga nuclear? (cada uno de ellos con una potencia destructiva 30 veces mayor a las bombas de Hiroshima y Nagasaki) ¿Qué se juega en esa posible “nueva” guerra mundial?

Alguna vez dijo Einstein: “No sé si habrá Tercera Guerra Mundial, pero si la hay, seguro que la Cuarta será a garrotazos”. Desgarrador, pero tremendamente cierto.

El poder nuclear que se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del actual es impresionante. De liberarse toda esa energía se produciría una explosión con una onda expansiva que llegaría hasta Plutón, dañando severamente a los planetas Marte y Júpiter, destruyendo toda forma de vida en la Tierra. Proeza técnica, pero que no resuelve los principales problemas del mundo. Se puede destruir todo un planeta… pero continuamos con niños de la calle, población hambrienta y prejuicios milenarios. ¿Eso es progreso?

El sistema económico-político actual -basado exclusivamente en el lucro empresarial individual- no ofrece ninguna posibilidad real de arreglar la situación, porque en su esencia no existe la preocupación por lo humano, la solidaridad, la empatía: lo único que lo mueve es la sed de ganancia, el espíritu comercial, el negocio.

¡Y la guerra también es negocio! Da ganancias…, aunque sólo a algunos, por supuesto.

Ese es el grado de insensibilidad al que llega el sistema vigente: matar gente, destruir la obra de la civilización, producir hechos criminales… ¡es negocio! ¡Ese es el espíritu que lo alienta! Todo es mercancía, absolutamente todo: la muerte, el sexo, el amor, la comida, el saber, el entretenimiento, etc., etc. ¡Eso es el sistema dominante!

Por eso hoy día la posibilidad de una nueva guerra mundial está abierta. Pero cuando se dice “mundial”, se está hablando de la confrontación de la potencia dominante: Estados Unidos, con quienes efectivamente le hacen sobra, Rusia y China. Y fundamentalmente con esta última: el avance del yuan sobre el dólar es irrefrenable. Lo que se juega verdaderamente en esta posibilidad de locura nuclear es la supremacía que vino detentando el principal país capitalista del mundo hasta ahora, momento en que empieza a ser seriamente cuestionado.

El capitalismo, en tanto sistema planetario, y también su locomotora: la economía estadounidense, desde el año 2008 cursan una profunda crisis de la que no se terminan de recuperar. En ese escenario, el auge de China y su incontenible pujanza, resulta una afrenta insoportable. Ante ello, la posibilidad de una guerra funciona como válvula de escape, como salida de emergencia. Aunque, por supuesto, la guerra no es ninguna salida.

Hoy por hoy, el sistema capitalista mundial, liderado por Estados Unidos, cada vez más está manejado por inconmensurables capitales de proyección global, con megaempresas que detentan más poder que muchísimos gobiernos de países pobres. Las decisiones de esas corporaciones globales, en muchos casos exclusivamente financieras -en otros términos: parásitos improductivos que viven de la especulación- tienen consecuencias también globales. De todos modos, la crisis los golpea. Ello es así porque el sistema económico basado en la ganancia no ofrece salidas reales a los problemas. Si lo que cuenta es seguir ganando dinero a cualquier costo, eso choca con la realidad humana concreta: vale más la propiedad privada que la vida humana. ¿Vamos inexorablemente hacia una nueva Guerra Mundial entonces?

En esa lucha por mantener la supremacía, o dicho de otro modo: por no poder un centavo de la ganancia capitalista, la geoestrategia de Washington apunta a asfixiar por todos los medios a sus rivales, a sus verdaderos rivales, que no son ni la Unión Europea ni Japón, que son, sin vueltas de hojas, el eje Pekín-Moscú. La guerra, lamentablemente, es una de las opciones, quizá la única, en esta lucha a muerte.

Comentario marginal: hablamos de civilización, pero por lo que se ve, la dinámica humana no ha cambiado mucho en relación a la historia de nuestros ancestros: las cosas se siguen arreglando -más allá de cualquier pomposa declaración- en relación a quién tiene el garrote más grande. El pequeño -y desgarrador- detalle es que hoy, ese garrote se llama misil balístico intercontinental con ojiva nuclear múltiple.

De darse un enfrentamiento entre los gigantes, definitivamente se usaría material nuclear. Los países que detentan armas atómicas son muy pocos: Gran Bretaña, Francia, India, Pakistán, Israel (aunque oficialmente declara no tenerlas), Corea del Norte, China, todos ellos en una escala moderada, y en mayor medida, con infinitamente mayor capacidad destructiva: Rusia y Estados Unidos. A la Unión Soviética la terminó asfixiando la carrera armamentista; a Estados Unidos, el negocio de las armas le provee una cuarta parte de su economía. De hecho uno de cada cuatro de sus trabajadores laboraba en la industria bélica. Es obvio que la guerra alimenta al capitalismo. Pero sucede que jugar con energía nuclear es invocar a los peores demonios.

No hay dudas que para esas mega-empresas ligadas a la industria militar (Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, Raytheon, General Dynamics, Honeywell, Halliburton, BAE System, General Motors, IBM), todas estadounidenses, la guerra les da vida (¡y dinero!). El problema trágico es que hoy, pese a las locas hipótesis de “guerras nucleares limitadas” que existen en el Pentágono, si se desata un conflicto, nadie sabe cómo terminará, y la citada expresión de Einstein puede ser exacta.


Por eso es que en defensa de la toda la Humanidad y de nuestro planeta debemos luchar denodadamente contra esa enfermiza, perturbadora posibilidad.