viernes, 20 de octubre de 2017

Crímenes de odio: una operación psicológica



Marcelo Colussi

Los sentimientos humanos nunca están en estado puro. Todos, absolutamente todos los seres humanos presentamos una compleja mezcla de afectos, donde no hay nada químicamente “no contaminado”. Todos, entre otras cosas, amamos y odiamos. El sentimiento de odio no es, necesariamente, un cuerpo extraño, una “patología”.

El amor, del mismo modo, no es algo que “nos sobre” eternamente, que nos desborde, del que tengamos reservas inagotables. La carga de amor -igual que la de odio- es siempre limitada. Pero más aún: el amor, si somos rigurosos en términos científicos (tomemos los desarrollos del psicoanálisis, por ejemplo: Jacques Lacan, 1991), encierra siempre una cuota de engaño: “Amar es, esencialmente, desear ser amado” (…) “Como espejismo especular, el amor es esencialmente engaño”. En tal sentido, no estamos obligados a amar al otro. Eso es un imposible, porque se ama muy puntual y selectivamente, y siempre hay una cuota de engaño (¿insatisfacción?) en esto. Los amores totales, eternos, desbordantes… duran poco. En nombre del amor… se pueden cometer las peores atrocidades. Por tanto, no podemos ni estamos obligados a amar absoluta y eternamente al otro, ¡pero sí a respetarlo!

La convivencia humana -que es, en definitiva, el hecho civilizatorio, el lazo social- nos permite establecer reglas de juego que fijan el marco dentro del cual nos movemos y vivimos en colectivo, en sociedad. La ley puede ser molesta, inoportuna, pesada… pero resulta imprescindible, absolutamente. Sin ley, sin orden, sin marco regulatorio que establece lo que se puede y lo que no, sería imposible vivir. O, en otros términos, la vida sería un caos. La ley, definitivamente, no siempre es justa: es un ordenamiento que se hace desde el ejercicio de un poder. “La ley es lo que conviene al más fuerte”, dirá el griego Trasímaco de Calcedonia hace dos milenios y medio. Efectivamente, es así: la ley ordena el caos, aunque sea en beneficio de un pequeño grupo. Pero sin ley no podemos vivir. Y, por supuesto -esa es la buena noticia- las leyes cambian en la historia. La propiedad privada, por ejemplo, es ley… ¡pero puede cambiar!

En el medio de ese marco de prohibiciones, los seres humanos desplegamos nuestra humanización, nuestro proceso de ingreso a las normas sociales, que es decir: nuestra socialización. En ese proceso se da esa enorme, interminable y compleja variedad de sentimientos. El odio es uno de ellos.

Nadie vive amando todo el tiempo, ni nadie, tampoco, puede vivir odiando todo el tiempo. Esos son momentos puntuales, pasajeros. En tal sentido, podríamos llegar a decir que el odio hace parte de la normalidad, en tanto un momento de la afectividad.

Ahora bien: ¿qué pasa si ese sentimiento en particular se manipula? Porque, y aunque parezca patéticamente imposible, eso sucede. De hecho, es parte de ciertas operaciones psicológicas que tienen por finalidad promover determinadas respuestas.

La guerra psicológica existe, es una realidad. Para decirlo en palabras de un autor especialista en el tema, el estadounidense Steven Metz: “Busca generar un impacto psicológico de magnitud, tal como un shock o una confusión, que afecte la iniciativa, la libertad de acción o los deseos del oponente; requiere una evaluación previa de las vulnerabilidades del oponente y suele basarse en tácticas, armas o tecnologías innovadoras y no tradicionales”.

Esa Psicología, como parte de un complejo entramado de acciones político-militares, tiene por objetivo controlar poblaciones enteras. Es, ni más ni menos, un eslabón de una estrategia de dominación a favor de grupos poderosos. De hecho, los estrategas estadounidenses, desde hace unas décadas, la vienen denominando “guerra de cuarta generación”. Es decir: una guerra donde el oponente es una población completa a la que se “bombardea” con mensajes ideológico-culturales. Una guerra sin bombas y sin sangre, pero igualmente dañina. ¡O más aún!, por cuanto ni siquiera permite percibir que se es parte de un enfrentamiento feroz. Una guerra, en definitiva, hecha con sutiles técnicas de manipulación psicológica que hasta pueden resultar placenteras a quien es objeto de ellas. Y ahí, en medio de esa despiadada guerra (que entra por las pantallas de televisores, computadoras, teléfonos celulares, videojuegos) se puede inocular odio.



La geoestrategia de Washington, desde hace tiempo, tiene puesto sus ojos (o sus garras) en Venezuela, dadas las inconmensurables riquezas naturales que anidan en el país. La nación bolivariana es poseedora de las cinco fuentes principales de energía natural: petróleo, gas, carbón, hidroelectricidad y solar. A lo que habría que agregar la orimulsión. De hecho, contiene en su subsuelo las reservas petroleras probadas más grandes del mundo: 300.000 millones de barriles, suficientes para 341 años de producción al ritmo actual. Además, de sus entrañas surgen importantes recursos minerales, como hierro, bauxita, coltán (una de las reservas más grandes del mundo), niobio y torio (quinta reserva mundial. Y valga decir que un kilogramo de torio equivale a 3.000 toneladas de petróleo). A lo que habría que agregar enormes yacimientos de oro y de diamantes. Junto a ello hay que destacar que es el noveno país del mundo en biodiversidad en su Amazonia (53.000 km2 de selvas tropicales) -utilizable para la generación de medicamentos y alimentos- y décimatercera fuente de agua dulce (la enorme cuenca del Río Orinoco).

Todo ello la convierte en un preciado botín para los gigantescos pulpos multinacionales, estadounidenses en lo fundamental, que ansían no perder esas riquezas. Claro que… ¡esas riquezas son venezolanas!, y ahora, desde hace casi 20 años, con la Revolución Bolivariana en curso, tales recursos son administrados por un gobierno nacionalista y popular, que ha elevado significativamente el nivel de vida de las grandes mayorías eternamente olvidadas. Esto es lo que tiene en jaque al imperio, a los grandes capitales corporativos que ven perder sus negocios futuros.

Eso es lo que explica la agresividad que desde hace años se viene dando contra Venezuela, y desde la llegada a la presidencia de Nicolás Maduro, creciendo con una fuerza inusitada. Por lo pronto, está en marcha una intrincada operación político-psicológica-militar para detener el proceso bolivariano y volver a colocar los recursos en manos de una oligarquía vernácula tecnocrático-petrolera afín a los dictados de la Casa Blanca. Ello constituye la Operación Venezuela Freedom-2. En pocas palabras, lo que se pretende es:

1.      provocar desabastecimiento de productos de primera necesidad
2.      impulsar el mercado negro
3.      fomentar la inflación
4.      crear violencia callejera con bastantes muertos (es lo que se hizo en meses anteriores, con el saldo de 120 personas fallecidas)
5.      difundir mundialmente una matriz mediática que muestre al país como un caos total manejado por una dictadura sangrienta que hambrea a su población
6.      inducir una división tajante dentro de Venezuela entre chavismo y visceral antichavismo
7.      buscar una guerra civil
8.      pedir airadamente por todos los medios posibles (incluyendo la ONU y la OEA) una intervención extranjera para “restablecer la democracia”, robada por la actual “dictadura”
9.      no está escrito en el plan, pero es el objetivo real: quedarse con las distintas reservas, las petroleras en principio.

Todas estas estrategias, según formula una estudiosa de asuntos internacionales como la argentina Ana Esther Ceceña, ya están debidamente probadas en varios lugares, siendo altamente eficaces: “Métodos [terroristas y desestabilizadores] han sido usados en Libia y Siria. Siempre aprovechando y atizando las contradicciones ya existentes y llevándolas a un nivel de confrontación absoluta, que propicia la introducción de fuerzas adicionales (fuerzas especiales de mercenarios), de operaciones encubiertas o incluso de bombardeos del exterior, que no sólo elevan la tensión sino que garantizan el acaparamiento de los lugares estratégicos (pozos petroleros, puertos, pasos o rutas).

Para lo que nos interesa ahora: ¡fomento del odio! Como se decía más arriba, todos los seres humanos estamos cortados por la misma tijera, por lo que todos, dadas las circunstancias, podemos odiar (la Madre Teresa de Calcuta también; no existe la “bondad pura”). Incluso todos, dadas esas circunstancias, podemos matar al otro en nombre de algo. Transformando el otro de carne y hueso en un “enemigo” se le despersonaliza y se autoriza su eliminación. El ideal en nombre del que se le elimina puede ser loable incluso (guerra revolucionaria), o deleznable (el racismo, por ejemplo), pero siempre funciona.

El odio, repitámoslo una vez más, es parte de nuestra constitución psicológica. Las interminables luchas religiosas que se han dado a lo largo de la historia de la humanidad, por ejemplo, lo patentizan en forma plena. O lo que sucedió en la Alemania nazi, donde se fomentó el odio de una manera demencial. ¿Quiénes eran los “locos”, “desequilibrados” y “fanáticos”: los jerarcas del régimen, o una población que en muy buena medida se quiso creer lo de  “raza superior” despreciando/odiando a los “inferiores”? ¿Y por qué se da cualquier forma de racismo si no fuera a partir de un odio que está latente y se puede explotar?

Lo patéticamente desgarrador es que en ese maquiavélico plan urdido para Venezuela, el punto 6) (“inducir una división tajante dentro de Venezuela entre chavismo y visceral antichavismo”) se ha venido cumpliendo a la perfección. Hoy, sin que un ciudadano antichavista pueda explicar por qué, “odia a muerte” a un chavista, odia a muerte el chavismo. Las supuestas razones son tan opacas como el sentimiento en cuestión: “el chavismo es castro-comunismo”, “te van a expropiar tu casa y pondrán a vivir otra familia en tu sala”, “te habrán de secuestrar los hijos y enviarlos a un campo de entrenamiento comunista en Cuba”, “el país lo están dirigiendo los cubanos y los chinos”, “Raúl Castro -y antes su hermano Fidel- escuchan todas tus conversaciones privadas a través de las lámparas ahorradoras de procedencia cubana que tienes instaladas en tu casa”, etc., etc.

El sueño de la razón produce monstruos”, inmortalizó Francisco Goya en su pintura. Absoluta verdad: eso es lo que busca esta malintencionada operación psicológica fomentando el odio entre venezolanos. En nombre de esa irracional lógica, se puede linchar y prender fuego a un chavista (eso ya ha pasado varias veces) por la sencilla razón de ser eso: un chavista. Cuando el odio prima, la razón, la civilización, las normas sociales caen. Así, de ese modo, un chavista pasa a ser la representación del mal por antonomasia. Todo lo que haga el chavismo -para el caso, el presidente Nicolás Maduro, o cualquier chavista- es malo.

Esa irracionalidad se ha venido imponiendo en Venezuela con estas arteras manipulaciones. Oponer al odio inoculado un amor sin límites es improcedente. Tonto quizá… ¡o suicida! A los balazos y a las bombas no se le pueden oponer flores. Como dice el colombiano Estanislao Zuleta: “No oponerle a la guerra, como han hecho hasta entonces casi todas las tendencias pacifistas, un reino del amor y la abundancia, de la igualdad y la homogeneidad. (…) Es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”.

De lo que se trata es de desarmar la campaña político-mediática-psicológica en juego. Desarmarla, descomponerla en sus elementos, enseñar con precisión científica cómo está fundamentada. Resuenan ahí las enseñanzas del creador de todas estas manipulaciones psicológicas, el Ministro de Propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels: “Miente, miente, miente… Una mentira repetida mil veces se transforma en una verdad”. Lo que debemos mostrar es cómo está estructurado el plan, por qué se fomenta ese odio visceral, irracional, “loco”, entre los venezolanos. Mostrar a quién sirve este “divide y reinarás”.

No debe olvidarse al respecto que esta nueva generación de “guerras preventivas” que nace en la geoestrategia de Washington a partir de la montada operación propagandística de la caída de las Torres Gemelas, tiene como objetivo básico: 1) fomentar un odio quasi irracional contra los musulmanes (supuesta encarnación del mal absoluto), para poder invadir los países donde anida ese “terrorismo sanguinario” antes que ellos ataquen a las “civilizadas” naciones occidentales, sin decir que a esos países “terroristas” se les puede 2) arrebatar (¡robar!) el petróleo que “casualmente” tienen en sus subsuelos. El fomento premeditado del odio al que hoy asistimos tiene agenda oculta. No olvidar nunca, como dijo Raúl Scalabrini Ortiz, que “nuestra ignorancia está planificada por una gran sabiduría”.

Es sabido que las masas no son, precisamente, racionales. Las masas se mueven por sentimientos primarios, inmediatistas, pasionales. Por eso son tan fáciles de manipular. “Una masa”, dijo el psicólogo de las multitudes, el francés Gustave Le Bon, desprovista de toda facultad crítica, no puede ser más que excesivamente crédula”. De ahí que esta Psicología que mencionamos apela a la maleabilidad de las masas para conducirlas hacia donde desee. En vez de fomentar la actitud crítica (que sería típica del socialismo), el capitalismo engaña, miente, manosea a los colectivos. Por eso hay modas, por eso se repiten clichés, por eso se pueden fomentar los sentimientos que se desee: el “amor” por el ídolo de moda (el actor, el cantante, el deportista) o, en nuestro caso, el odio contra el chavismo y todo lo que represente cambio a favor de las mayorías.


A la inoculación del odio, a ese adormecimiento de la racionalidad, a esa lógica de muerte que se pretende enseñorear, a los crímenes de odio que estamos viviendo hoy día, hay que oponerles la Verdad. Desenmascarar racional y críticamente lo que está atrás de todo esto es el único camino. 

Una construcción de nunca acabar…



Cindy López S.


Para llegar a las comunidades de Santa Clara, Los encuentros Amachel o Centro Amachel -entre otras-, ubicadas al norte del municipio de Chajul, del departamento de Quiché, en Guatemala, hay que recorrer alrededor de 20 kilómetros desde la aldea Xaxmoxán, Chajul, por un camino de tierra, que más bien es una trocha que se encuentra en pésimas condiciones, lo que hace imposible transitarla en cualquier vehículo, por lo que se necesita uno de doble tracción, con un motor potente, incluso se deben usar cadenas en las llantas para poder avanzar por el lodo y las piedras del camino. Para andar esos 20 kilómetros se necesitan entre 4 y 5 horas.

Me consta, yo fui testigo del deplorable estado en que se encuentra esa carretera -aunque resulta irónico llamarla así-. Salimos de Xaxmoxán alrededor de las 4:00 de la tarde y llegamos a Santa Clara a las 9:00 de la noche. El vehículo en el que íbamos -uno de doble tracción- no pudo pasar, tuvimos que dejarlo parqueado en una de las casas cercanas y seguir el camino en el pick up que usualmente hace los traslados en el área. Viajamos en la parte trasera del vehículo -en la palangana-, debiendo bajarnos del mismo en varias ocasiones e ir a pie por lo peligrosos que resultaban algunos tramos del camino. La lluvia comenzó a caer e hizo el traslado aún más difícil. O quizás deba decir: nos permitió experimentar más a cabalidad lo que a los pobladores de estas comunidades les toca vivir para movilizarse.

Mi viaje a Santa Clara se enmarcó en un voluntariado para dar clases a los estudiantes del Instituto Nacional Básico por Telesecundaria -INEBT- y en una investigación académica. Es decir, yo sería una extraña de paso que, aunque tratara de insertarme en la cotidianidad de la comunidad -empezando por la vivencia en la carretera-, sabía que luego de algunos días regresaría a mi “normalidad”. Pero no quería quedarme en ser solamente una “extraña de paso”. Yo quiero contribuir al esfuerzo y la lucha que desde hace varios años estas comunidades llevan a cabo para exigirle al Estado el cumplimiento de sus derechos fundamentales, de los cuales la mayoría -por no decir todos- está desatendida o precariamente atendida.



Es por ello que a través de este escrito me uno a la denuncia que la semana pasada hicieran los representantes del órgano del Consejo Comunitario de la microrregión 6 del municipio de Chajul, Quiché a través de una conferencia de prensa en la que exigieron al Estado cumplir con una de sus responsabilidades: la construcción de la carretera que conecta entre los municipios de Ixcán y Chajul, del aquel departamento.

De acuerdo a los datos brindados en la conferencia de prensa, desde hace 13 años se está construyendo esta carretera y a la fecha aún no está finalizada, pero curiosamente, la misma sí se ha “inaugurado” en cuatro ocasiones, casi seguro previo al período de elecciones. Sí, así como se lee: una carretera no construida pero que ha sido inaugurada varias veces. Pareciera una historia de Macondo, de Les lutieres o de la Dimensión desconocida, pero no es así. Esto sucede hoy en día en Guatemala. Y esta “incoherencia” se vuelve más dramática aun cuando nos enteramos que el tipo de carretera que las comunidades están exigiendo es una carretera de tierra, balastrada, no de asfalto.

Al parecer no está claro el por qué este proyecto de carretera nunca se concluyó. Según los líderes comunitarios, la información que a duras penas les han proporcionado las instituciones estatales a las que se han abocado, es que a la empresa constructora no se le ha pagado el trabajo, pero el Gobierno ya se gastó los fondos -de nuevo remeda a Macondo-. Dicho sea de paso, un dato fundamental proporcionado en la conferencia de prensa y que no se puede dejar de mencionar, es que la empresa constructora pertenece a un diputado de dudosa reputación del Congreso de la República. Quizás esa sea la razón que lo explica todo.

Curiosamente el tramo de la carretera que está en buenas condiciones finaliza justo en la finca La Perla, en donde se ubica la hidroeléctrica Xacbal, la cual es una empresa privada. Esto me hace pensar en la coyuntura actual relacionada con el estado de las carreteras en el país -un problema histórico como muchos otros- y en el Encuentro Nacional de Empresarios (ENADE) 2017, recientemente realizado, con la temática: “infraestructura para el desarrollo”. ¿Desarrollo para quién? habría que especificar. Porque para citar uno de muchos ejemplos, esta hidroeléctrica privada no parece haber traído desarrollo a las comunidades del lugar, a pesar de ser la segunda más grande después de Chixoy (Reynolds, 2007)[1].

Estamos en un momento en que todos los ojos están puestos en la mala situación de las principales vías de comunicación por las que se transportan los productos de las grandes empresas, y en el que se escuchan propuestas como “privatizar la construcción, administración y mantenimiento de las carreteras”, los medios de comunicación se llenan de campos pagados manifestando la preocupación del sector empresarial porque el Estado no les mantiene las carreteras en óptimas condiciones e incluso indignados exigen la renuncia de funcionarios públicos. Como si el problema se tratara de personas, que dicho sea de paso muy funcionales les han sido en ocasiones, y no de un sistema puesto en marcha por esos mismos empresarios que no pagan impuestos, que continuamente están buscando la forma de evadirlos, que cada año entran en grandes discusiones por el aumento de apenas Q100.00 o Q200.00 en el salario mínimo -alrededor de USD30.00-, el cual es uno de los más bajos de América Latina y que finalmente no todos pagan, especialmente los cañeros, que son los que bastante uso hacen de las carreteras, pero que además sobreexplotan a los y las trabajadoras y se ingenian estrategias para no pagarles lo equivalente a lo trabajado, en otras palabras: les roban[2].

Lo que todo esto evidencia es la existencia de un Estado al servicio de la empresa privada, que solamente se ocupa de resolver y atender las necesidades de este sector que le “representa ganancias al país” -la reciente participación del Presidente de la República en el Encuentro empresarial lo confirma-, y desatiende a miles de guatemaltecas y guatemaltecos que “no le generan beneficios”. Pero ese desinterés no es casual, la desatención de las grandes masas de pobres, en especial de las poblaciones indígenas del área rural del país, tiene entre otros objetivos de trasfondo: generar mano de obra barata. Y en el caso que nos ocupa muy seguramente una suerte de venganza histórica, porque algunas de las comunidades que reclaman la construcción de la carretera son parte de las Comunidades de Población en Resistencia -CPR- de la Sierra, quienes durante los años más difíciles del Conflicto Armado Interno -CAI-, se refugiaron en las zonas montañosas cercanas a sus comunidades para sobrevivir a los ataques y la persecución de las que fueron víctimas por parte del Estado. Pero también para resistir, se organizaron para, en la medida que las condiciones se los permitían, atender de forma equitativa las necesidades de sus comunidades, llegando a alcanzar un modelo de desarrollo basado en la democracia de base (un verdadero germen de socialismo).  

Así como fui testigo del pésimo estado de la carretera, uno de los principales obstáculos para el desarrollo, según lo manifiestan los pobladores del área, también fui testigo de la lucha y esfuerzos que estas comunidades realizan para mejorar su situación de precariedad, específicamente el caso de Santa Clara, la cual a pesar de encontrarse prácticamente incomunicada cuenta con el INEBT, al cual el Ministerio de Educación solamente ha asignado un profesor, quien no se presenta a sus labores como corresponde. Además tienen un hospitalillo atendido por un médico español que los visita de forma voluntaria cada seis meses, una clínica a cargo de un enfermero de la comunidad. Ante la falta de servicio de energía eléctrica y de agua potable, gestionaron paneles solares para el hospital y el laboratorio de computación del Instituto; y depósitos para la recolección de agua de lluvia.

A pesar de que la infraestructura antes descrita pueda parecer muy poca para hablar de un desarrollo humano digno e integral, es necesario reconocer que todo ello es un logro de Santa Clara, gestionado a partir de la organización comunitaria con apoyo de donaciones nacionales e internacionales. El Estado prácticamente no existe en Santa Clara y no cumple con su obligación de garantizarles a todos los y las guatemaltecas por igual el desarrollo integral de la persona, entre otras cosas, según lo mandata la Constitución Política de la República.

El Estado solamente se hizo presente en Santa Clara a través de su aparato represivo, el Ejército, cuando los reprimió, los persiguió y los mató, entonces sí fue eficiente para llevar a cabo sus objetivos, sí fue capaz de cumplir con sus “tareas”, no tuvo que recurrir a la privatización, como pareciera que quiere plantearse ahora como única solución al tema de la red de carreteras, y a muchos otros problemas histórico-estructurales no resueltos por el Estado. ¿Por qué ahora no es igual de eficiente para atender todas las necesidades de esa población? ¿En dónde está el alcalde o los diputados que los representan? ¿Cuántas veces al mes o al año se reúne con ellos para conocer sus necesidades, proponer soluciones y llevarlas a cabo? ¿Solamente una vez cada cuatro años, previo a las elecciones? En efecto, así es; y los pobladores de esta área lo tienen muy claro, saben que los políticos solamente se acercan a sus comunidades para la época de la campaña electoral, ofreciéndoles regalos a cambio de votos. La carretera en construcción de nunca acabar, es una prueba de ello.



[1] Con una capacidad de 94 megavatios, la hidroeléctrica Xacbal en San Gaspar Chajul, Quiché, será la mayor
hidroeléctrica que se construirá en los últimos 20 años, después de Chixoy. Sin embargo, los pobladores de
las aldeas chajulenses cercanas a la hidroeléctrica, cuyo inicio de operaciones está previsto para 2010, señalan
que el proyecto fue autorizado sin un proceso de consulta adecuado. […] el municipio de Chajul, donde se
desarrolla la hidroeléctrica Xacbal, se caracteriza por sus condiciones de extrema pobreza. Una de los problemas que viven es la falta de luz eléctrica. Actualmente, la subestación eléctrica más cercana al área Ixil
se encuentra en el municipio de Sacapulas, y debido a la distancia -unos 50 km de carretera-, el servicio es
caro, de baja calidad y no llega más allá de la cabecera municipal, Chajul. Por lo tanto, la Mesa Regional Ixil, la cual aglutina a 36 organizaciones sociales de Nebaj, Chajul y Cotzal, […] considera una ironía que la
electricidad producida por Hidro Xacbal sea para abastecer a la subestación La Esperanza, localizada en
Quetzaltenango. Francisco Velasco Marroquín, de la Mesa Regional Ixil, dijo a Inforpress: «Se necesita ese
servicio. Pero lo contradictorio es que se lo quieren llevar a otro lugar». El sacerdote Nicolás Gómez, de la
aldea Chel, ha propuesto la creación de una subestación eléctrica en Chajul que pueda proporcionar un
servicio de calidad y a un precio asequible para todo el área Ixil. Bajo esta propuesta, la electricidad sería
distribuida por una cooperativa creada por la comunidad. Sin embargo, Hidro Xacbal ha rechazado la propuesta argumentando que esto representaría un costo demasiado elevado para la empresa. Ver: Reynolds, L. (2007). Construcción de hidroeléctrica Xacbal genera descontento en población Ixil. Recuperado de: http://www.albedrio.org/htm/articulos/l/lr-028.htm

[2] Ver: Colussi, M. (2016). Entrevista a dos trabajadores cañeros revolucionarios en la Costa Sur de Guatemala: “Hay temor, pero debemos volver a trabajar para organizarnos”. Recuperado de: http://www.albedrio.org/htm/entrevistas/albedrio-045.html

lunes, 2 de octubre de 2017

Guatemala: El presidente mostró la cara *



Marcelo Colussi

La crisis política vivida en el año 2015 fue resuelta por los factores de poder (embajada de Estados Unidos y cúpula empresarial -Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras, CACIF-) con unas elecciones condicionadas y la aparición de un candidato presidencial “salvador”. La agenda en juego en aquel entonces (fundamentalmente la que le interesaba al plan geoestratégico de Washington) era “limpiar” la cara de la política llevando a la cárcel impresentables personajes mafiosos (la Línea 1), y evitar a toda costa la llegada al poder de un candidato (Manuel Baldizón) que mostraba vínculos con Rusia y China (enemigos a muerte de la presencia estadounidense en su “patio trasero”).

Ese candidato “salvador” era un personaje no ligado históricamente a la clase política “profesional”, supuestamente entonces “limpio” del pecado de la corrupción: el comediante Jimmy Morales.

El montaje funcionó bien, y la población, mayoritariamente, creyó de buena fe el mensaje: alguien que no venía de las mafias políticas tradicionales no sería un corrupto (“Ni corrupto ni ladrón” fue su lema de campaña). La esperanza volvía a abrirse; el resultado de las urnas lo dejó ver. Para sorpresa de muchos, el comediante se convertía en presidente.

Podría decirse que en los primeros tiempos de su administración, Jimmy Morales, como actor profesional que es, desempeñó el papel para el que fue electo: presidente probo, no corrupto, transparente. Aunque, en verdad, desde el inicio abrió dudas (la conformación de su gabinete mostró irregularidades). De todos modos, como buen actor, pudo mantener bastante “decorosamente” su papel por un tiempo.

Un dato de capital importancia, pero que quiso hacerse pasar desapercibido, fue la gente con la que se rodeaba el candidato, y luego presidente. Su punto de referencia es un partido político (Frente de Convergencia Nacional –FCN/Nación–) ligado a lo más conservador del pensamiento de derecha guatemalteca, viejos mandos militares del ejército que participaron directamente en la guerra interna, con nexos con los negocios dudosos de los que la “lucha contra la corrupción” pretende limpiar el terreno. Recientemente han salido a luz las fuentes financieras que utilizó la agrupación para la campaña, y aparecen allí dineros no muy santos (provenientes de la narcoactividad).




La Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala –CICIG– y el Ministerio Público han llevado a cabo profundas investigaciones que comprometen al referido partido y al actual presidente, encontrando esos nexos “peligrosos”. De ahí viene la reacción del Ejecutivo: la declaración de non grato para el comisionado Iván Velásquez. Lo que continuó luego de esa movida es una profunda crisis política, aún no resuelta. Y evidentemente, el presidente Morales no ha actuado como supuesto representante de todos los guatemaltecos, sino que ha cuidado puros intereses sectoriales; en realidad, los propios y los de su grupo cercano. En otros términos, mostró su verdadero rostro.

Todo ello permite ver quién es en verdad el actual presidente, pudiéndose sacar así algunas conclusiones generales:

1.    Observando el accionar de Jimmy Morales como comediante (recuérdense sus programas televisivos y sus películas) puede observarse lo que luego repetirá como político “profesional”: su pensamiento es claramente de derecha, racista y machista, profundamente conservador y moralista.
2.    Su vinculación con oficiales del ejército formados en el más profundo pensamiento anticomunista de la Guerra Fría deja ver que él también piensa así: la contrainsurgencia sigue estando presente. De ahí sus reacciones viscerales cuando es señalado por el Ministerio Público y la CICIG: no actuó como estadista objetivo sino como representante de una determinada facción.
3.    Está a la defensiva. Como representante del Poder Ejecutivo está algo desesperado, con cinco ministros y ocho viceministros que se le van del gabinete en un mes (renuncias y un despido). Su lenguaje se ha endurecido, no pudiendo escuchar el clamor de una población que pide su renuncia, así como la de los diputados corruptos que le hacen de caja de resonancia.
4.    Una vez más la población de a pie fue engañada. La salida de la crisis del 2015 fue un muy bien pensado golpe de efecto donde el descontento popular fue burlado con un show mediático que tuvo al actor Morales como protagonista.
5.    Los problemas estructurales del país no dependen del presidente de turno. Más allá de la declarada corrupción como el mal que afecta a Guatemala (su superación sería la puerta de entrada en un “mejor país”, es el discurso dominante), la realidad evidencia que no importa el actor que se siente en la silla presidencial: los problemas son históricos y de raíz, y no los arregla “una” persona.
6.    El descontento que se vive puede abrir puertas reales para un cambio estructural, pero de momento no hay proyecto político de izquierda real que pueda viabilizar ese malestar popular.
7.    Los reales factores de poder del país (embajada y alto empresariado) probablemente le bajen el dedo al presidente, aunque eso no está muy claro: la clase dirigente no desea que la población “se tome en serio” esto de andar destituyendo presidentes con su movilización.
8.    El juego de poderes entre cúpulas (las que representa la oligarquía tradicional contra las nuevas mafias representadas por el presidente) está abierto.



* Material aparecido originalmente en Plaza Pública el 2/10/17.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

A propósito de Guatemala


Por René Franco


Viví en Guatemala casi siete años. Un país cuya belleza es solo comparable a sus contradicciones, siempre me pareció que la gente era muy callada. Esa sociedad a la que Edelberto Torres Rivas analiza muy bien como un edificio de cinco niveles, tan sometida y conservadora. Con el tiempo entendí que el proceso de conquista y colonización, y más recientemente el Conflicto Armado Interno, habían fragmentado el tejido social, de ahí que la base de las relaciones interpersonales en Guatemala sea la desconfianza. “El silencio de Neto” (película guatemalteca) me hizo entender cómo el silencio perenne y enmudecedor está en el ADN de cada guatemalteco.
Mi paso por la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos resolvió algunas que tenía, la mayoría las entendí, aunque nunca las comprendí; tenía que conformarme con respuestas a medias que se resumían en un “Así es Guate, va vos”. De ahí que no resultara extraño que aunque se dieran casos de corrupción a todo nivel, clientelismo político, y en general se usara al Estado como plataforma de negocios, nadie hacía nada, nadie movía un dedo. En 2015 la realidad fue distinta, la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala y el Ministerio Público presentaron en abril el caso de “La Línea”, una enorme estructura de corrupción que llegaba hasta la vice presidencia de la República.
Desde abril hasta septiembre se registraron movilizaciones ciudadanas sin precedentes en la historia guatemalteca, la ciudadanía se concentraba en plazas públicas, siendo la Plaza Central en zona 1 de la Ciudad de Guatemala el punto neurálgico de las manifestaciones, en las que confluyeron distintos sectores de la sociedad, y cuya presión –además de la intervención de la embajada estadounidense- derivó en la renuncia del binomio presidencial compuesto por la ex vicepresidente Roxana Baldetti y el ex presidente Otto Pérez Molina, quienes a su vez fueron encarcelados posteriormente, junto con más de la mitad del gabinete del gobierno anterior.
Poco a poco los casos de corrupción se han ido destapando, y con ello el aumento de la indignación ciudadana. Actualmente se ventilan algunos casos de corrupción que involucran al hermano y al hijo del presidente en una defraudación fiscal, y al presidente por financiamiento ilícito de su partido político –FCN Nación- en ocasión de la campaña presidencial en 2015, por este último caso el congreso se negó a quitarle el derecho de antejuicio al presidente y aprobaron una reforma que daba pie al financiamiento ilícito de los partidos políticos, la cual revirtieron por la presión ciudadana indignada, y posteriormente reprimida. El –todavía- presidente Jimmy Morales lleva más de dos semanas sin dar la cara a la prensa, evadiendo a la población y con un gabinete que se cae a pedazos con cada renuncia de sus funcionarios.



De este lado del Río Paz también se han registrado numerosos actos de corrupción, la mayoría en total impunidad. El Salvador ha estado gobernado por cleptócratas desde 1984, con la vuelta a la democracia, al día de hoy los dos principales partidos políticos –ARENA de derecha, hijo del MLN de Sandoval Alarcón y el FMLN, la ex guerrilla salvadoreña- barajan el futuro de este país, teniendo como telonero una novela de desamor entre el alcalde de San Salvador y su partido político. La actividad pública salvadoreña gira en torno a votos, a idílicos procesos electorales y al manejo finquero del aparato público, mientras el costo de la vida se incrementa cada día, las oportunidades para superarse se desvanecen y la población no tiene más opción que emigrar a Estados Unidos.
Este 20 de septiembre los estudiantes sancarlistas han convocado a un paro nacional al que se han sumado distintas organizaciones, algo que personalmente me alegra mucho, aún y con las reglas “mamonas” y “ñoñas”, aún con el hecho que suavicen el nombre de la actividad llamándole caminata “cívica y pacífica” en lugar de Paro Nacional; me llena de esperanza. Apoyemos el Paro Nacional. Mi mayor deseo es que lucha por las reivindicaciones populares le deparen un futuro prometedor a la muchachada guatemalteca. Ojalá los salvadoreños entendamos que la corrupción nos afecta a todos y que exigir transparencia no debe pasar por supeditar las exigencias a la agenda de los partidos políticos, demandemos transparencia. Es necesario estar del lado correcto de la historia.
#ParoNacional #20S

lunes, 18 de septiembre de 2017

Guatemala: Las mafias al poder**



Marcelo Colussi

Guatemala está en crisis política, siendo la corrupción el punto a partir del cual aquélla se ha desatado. La corrupción, sin embargo, es un fenómeno antiguo, tan viejo como el Estado nacional mismo. O más antiguo aún: viene de la época colonial (compraventa de títulos nobiliarios, prebendas y favores a espaldas de la Corona, negociación de comisiones), producto de un imperio más basado en la producción agraria-feudal y el parasitismo (Reino de España) que en la ética del trabajo (ascendentes países industrializados anglosajones). Esa marca originaria persiste al día de hoy, en Guatemala como en toda América Latina.



El manejo corrupto de los asuntos públicos no se inventó aquí ni es cosa de estos últimos gobiernos: tiene una larga historia planetaria. En todo caso, la corrupción debe entenderse como un fenómeno humano (ello no significa “natural”, marcado genéticamente, sino producto de la socialización), en buena medida asociado a la idea de propiedad privada. De todos modos, el “Hecha la ley, hecha la trampa” implica que la humanización siempre conlleva la transgresión como una posibilidad. ¿Quién de los que está leyendo este opúsculo no “pisteó** alguna vez, no copió en un examen ni se “echó una canita al aire”?

Lo cierto es que el manejo discrecional de la cosa pública ha venido teniendo un cambio dramático en estas últimas décadas. A la luz del Estado contrainsurgente que se generó en el marco de la Guerra Fría y el combate frontal contra el comunismo y toda forma de organización popular, el ejército cobró un papel protagónico. La oligarquía tradicional y el gobierno de Estados Unidos (verdaderos dueños del poder en el país) delegaron en las fuerzas armadas la misión de “poner la casa en orden” ante el surgimiento de un movimiento revolucionario armado y su expansión, fundamentalmente con la población maya del Altiplano Occidental. De ahí el genocidio cometido.

En esa guerra sin par contra el movimiento insurgente (con cárceles clandestinas, desaparición forzada de personas, torturas y masacres de “tierra arrasada”), el ejército fue ganando un poder desmedido. De hecho, llegó a ser un Estado dentro del Estado, con una enorme cuota de poder económico, y por tanto político. Terminada la guerra en 1996, si bien oficialmente se adecuó a las nuevas circunstancias con una fuerte reducción de su presupuesto, no perdió todo el poder acumulado durante décadas de impunidad. Los vasos comunicantes con infinidad de estructuras paramilitares non sanctas se mantuvieron.

Esas formaciones –ligadas a ex militares devenidos empresarios– son las que se fueron conociendo como “poderes ocultos”: “Red informal y amorfa de individuos poderosos de Guatemala que se sirven de sus posiciones y contactos en los sectores público y privado para enriquecerse a través de actividades ilegales y protegerse ante la persecución de los delitos que cometen.[1]. O: “Fuerzas ilegales que han existido por décadas enteras y siempre, a veces más a veces menos, han ejercido el poder real en forma paralela, a la sombra del poder formal del Estado[2]. Lo cierto es que esas estructuras, nacidas y crecidas en la más absoluta impunidad, acostumbradas a manejarse a punta de pistola, ideológicamente ultraconservadoras y profundamente anticomunistas, han ido constituyéndose en una mafia intocable. Sus negocios tienen que ver con lo ilegal: crimen organizado, narcoactividad, contrabando, tráfico de personas, de armas, de maderas finas en el Petén, contratos corruptos con el Estado. Los vínculos con las maras no dejan de estar presentes. Esos grupos son los que financian partidos políticos y, por tanto, tienen crecientes cuotas de poder.

El Congreso es un campo donde estas mafias mantienen importantes vínculos. Eso es lo que se está viendo con la actual crisis política. La presencia de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala -CICIG-, de la ONU, constituye una alarma encendida para los grupos corruptos, de ahí su imperiosa necesidad de desembarazarse de “molestas” investigaciones. Lo que se está viendo es la escenificación de una lucha entre el proyecto de “modernización” políticamente correcto para el área centroamericana que impulsa Washington y la resistencia a morir de esos poderes ocultos. Es de esperarse que la población indignada en la calle pueda lograr neutralizar a estas mafias. Y también: ¡ir más allá del proyecto de renovación cosmética de la lucha anticorrupción! De ahí que urge una Asamblea Plurinacional Constituyente para comenzar algo nuevo, depurando la desgastada y aborrecida clase política actual.



* Material aparecido originalmente en Plaza Pública el 18/9/17.

** Pisto significa dinero en lenguaje popular, y pistear es sobornar.
[1] Peacock, S. y Beltrán, A. (2006) “Poderes ocultos. Grupos ilegales armados en la Guatemala post conflicto y las fuerzas detrás de ellos”. Washington: WOLA.
[2] Robles Montoya, J. (2002) “El ‘Poder Oculto’”. Guatemala: Fundación Myrna Mack. 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Guatemala: ¿Cómo hacer para ir más allá de las vuvuzelas?*



Marcelo Colussi

Nuevamente hay crisis política en Guatemala. Nuevamente hay gente en la plaza, y una vez más vuelven a sonar las vuvuzelas. Pero esto es distinto a lo que aconteció en el 2015.

En aquel entonces, un factor de poder determinante en la escena política del país: la Embajada de Estados Unidos, quería esa gente en la calle, pero solo con vuvuzelas y entonando el himno nacional. Eso era necesario para poder implementar ese “golpe suave” en que consistió la maniobra que posibilitó sacar de la casa de gobierno al entonces binomio presidencial: Pérez Molina y Baldetti. Hoy día el escenario es otro.

La actual crisis política puede entenderse como un enfrentamiento entre cúpulas político-económicas. Una crisis palaciega donde, una vez más, la población de a pie queda al margen. O, en todo caso, juega un papel de caja de resonancia de agendas que no le pertenecen.

¿Por qué se da la crisis? Obviamente no es solo una cuestión visceral de un presidente que se siente acorralado por posibles juicios que se le avecinan; eso puede contar, pero en todo caso es un elemento más que evidencia las preocupaciones que sienten ciertos sectores, a los que representa el primer mandatario, que son su base de apoyo. Jimmy Morales, cuya figura fuera usada dos años atrás para salir de la crisis política que se había creado jugando el papel de “no corrupto”, tiene como grupo de apoyo (en su partido FCN-Nación) sectores de ultra-derecha ligados a la represión durante la guerra, quienes presentan nexos con negocios no muy santos. De ahí que ahora salen a relucir financiamientos turbios durante su campaña presidencial, donde la narcoactividad es protagonista.

La misión de la CICIG**, financiada y direccionada por Washington, es la persecución de hechos de corrupción. Pero ahí hay agenda oculta: se persiguen funcionarios de gobierno corruptos (la Línea 1), pero nunca se tocan –ni pareciera que se vayan a tocar en el futuro– a los verdaderos beneficiados de la corrupción: la “Línea 2” (empresariado que se sigue manejando en la más completa impunidad, no tributando impuestos, pagando salarios por debajo de lo fijado por ley (los cuales ya son de miseria), desviando ríos y contaminando irresponsablemente el medio ambiente, entre otras preciosidades). La CICIG, como parte del proyecto de hipercontrol que desarrolla el gobierno de Estados Unidos con los países de Centroamérica, choca así con ciertos grupos de poder que se han venido formando en décadas a la sombra del Estado contrainsurgente, y que siguen actuando aún con mucha impunidad.

La crisis actual habla de ese enfrentamiento. Esa confrontación llevó al presidente a pedir la salida del comisionado Iván Velásquez. La dinámica se dio de tal manera que todo pareció reducirse a la dicotomía si Velásquez se va o se queda. O: si Jimmy se va o se queda. La cuestión es más compleja.



Ante esa dinámica, y reeditando lo sucedido en el 2015, alguna población volvió a salir a la calle (mucho menos que dos años atrás) pidiendo la renuncia del mandatario. Pero ahora el plan estadounidense no parece ser sacar de en medio al presidente (como lo fue con Pérez Molina). A partir de cierta gimnasia participativa que comenzó a darse desde aquellas manifestaciones, más de alguno sintió que nuevamente la gente en la calle podía decidir los destinos del país.

Eso es así: la gente en la calle, la población movilizada, cambia el curso de la historia. ¡Eso son las revoluciones! Pero ni en el 2015, ni mucho menos ahora, hay espacio para cambios reales. Es probable que la actual crisis termine negociándose la permanencia de ambos: Morales y Velásquez, con acuerdos por debajo de la mesa. La “lucha contra la corrupción” llevada adelante por la CICIG seguirá, pero siempre de la misma manera: podrá haber nuevas “Líneas 1”, pero nunca “Líneas 2”. Y a la población (urbana y clasemediera) no se le permitirá pasar de sonar vuvuzelas. La población (rural, campesina, trabajadora, indígena), cuando protesta, seguirá siendo criminalizada.

¿Se puede ir más allá de las vuvuzelas? ¡Es imprescindible para cambiar algo de verdad!, pero la situación muestra que hoy no hay mayor espacio para eso: no hay izquierda organizada, el campo popular está fragmentado y los medios de comunicación comerciales (y las iglesias neoevangélicas) tienen la iniciativa.

¡Pero no está todo perdido! Las movilizaciones del 2015 (con más vuvuzelas que otra cosa) permitieron, por ejemplo, el renacer del movimiento estudiantil en la USAC, y hoy tenemos una AEU*** depurada. Conclusión: ¡¡por supuesto que se puede ir más allá de las vuvuzelas!! ¡Es imprescindible!



* Material aparecido originalmente en Plaza Pública el 4/9/17.
** Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, de la ONU.

*** Asociación de Estudiantes Universitarios de la Universidad de San Carlos, recientemente recuperada en elecciones democráticas por una lista de jóvenes estudiantes progresistas, contrarios a las mafias que la habían secuestrado por décadas.