martes, 24 de abril de 2018

Nicaragua: ¿quién ganó y quién perdió?




Marcelo Colussi

Estos días Nicaragua se puso al rojo vivo. Las noticias llegaron alarmantes, y un país que ahora habitualmente no ocupa titulares en la prensa –como sí lo hizo décadas atrás, durante la Revolución Sandinista–, estuvo de nuevo ante los ojos del mundo. Desde el Papa al Secretario General de Naciones Unidas, desde distintas posiciones de izquierda como desde las más recalcitrantes declaraciones de derecha, todo el mundo tuvo algo que decir sobre el país de Sandino. ¡Y no era para menos! La violencia fue generalizada, con un saldo de alrededor de 30 muertos.

¿Qué pasó? ¿Por qué se desató ese vendaval? ¿Qué consecuencias tuvo todo esto?

Ya se ha escrito y hablado copiosamente sobre lo sucedido. Hubo de todo un poco, desde análisis serios y sopesados hasta reacciones viscerales, desde encendidas defensas al Comandante de la Revolución Daniel Ortega hasta las más encarnizadas críticas al violador de su hijastra Zoilamérica Narváez. El presente opúsculo no pretende decir nada nuevo (seguramente no lo dice), sino que, modestamente, intenta hacer un balance de lo ya expresado por tanta gente, buscando alguna conclusión posible.

Sin dudas, lo sucedido movió pasiones. Las movió, porque Nicaragua aún sigue despertando pasiones. De hecho, fuera de Cuba, fue el primer país en territorio latinoamericano que produjo una revolución socialista. Aquel 19 de julio de 1979, ya muy lejano –lamentablemente no solo en el tiempo–, para muchos sigue siendo una referencia, una antorcha que marca camino: la Revolución Sandinista mostró que sí era posible enfrentarse a una dictadura, al imperio estadounidense… ¡y vencer! Pero para muchos, también, esa imagen gloriosa de un pueblo en armas construyendo su socialismo es el recordatorio oprobioso de una traición. El sandinismo victorioso de la década de los 80 del siglo pasado fue convirtiéndose con el tiempo, luego de salir del poder en 1990, de la mano del empresario Daniel Ortega y de su esposa Rosario Murillo, en un reformismo tibio, de corte capitalista con “rostro humano”, manejado discrecionalmente por ese binomio todopoderoso. De ahí que muchos integrantes históricos del Frente Sandinista de Liberación Nacional –FSLN– terminaron distanciándose del orteguismo y de este perfil que consideran una traicionera entrega.

Personajes como Ernesto Cardenal, Dora María Téllez, Víctor Hugo Tinoco, Mónica Baltodano, Jaime Wheelock, Alejandro Bendaña, Sergio Ramírez o Henry Ruiz, para nombrar algunos, todos comprometidos con el sandinismo revolucionario de aquel momento épico, fustigan la política vigente en Nicaragua al día de hoy. “El actual gobierno de Nicaragua usa algunas veces un discurso izquierdista, una estridencia en la palabra que nada tiene que ver con su práctica real, muy distante con un proyecto de izquierda. Por el contrario, en Nicaragua se fortalecen y enriquecen los banqueros y la oligarquía tradicional y grupos económicos de ex revolucionarios convertidos en inversionistas, en comerciantes y especuladores. Se fortalecen los sectores más reaccionarios de la jerarquía católica, se eliminan derechos humanos esenciales como el de las mujeres al aborto terapéutico”, caracterizaba la otrora comandante guerrillera Mónica Baltodano al actual gobierno sandinista.



Junto a esa visión, muy crítica por cierto (obviamente de izquierda), para la geopolítica de Estados Unidos (obviamente de derecha), un gobierno no totalmente alineado con Washington es siempre una molestia. La actual Nicaragua no es, ni por asomo, aquel disturbio insoportable que resultara el sandinismo revolucionario de los 80, con Ronald Reagan en la Casa Blanca y su obsesión anticomunista. Pero no es la administración dócil que desearía (como lo van siendo ahora la gran mayoría de países latinoamericanos, con políticas disciplinadamente neoliberales y obediencia ciega a los dictados imperiales). La actual administración nicaragüense le abrió la puerta a la República Popular China con la construcción de un nuevo canal interoceánico, y es parte del ALBA –Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América–, resultando un aliado estratégico de Venezuela (la nueva obsesión de la geopolítica estadounidense, país poseedor de las mayores reservas petrolíferas que la economía imperial no quiere perder de ningún modo).

Daniel Ortega no es ahora el guerrillero revolucionario que participó en la rebelión antisomocista; por el contrario, es un empresario “nuevo rico” con gran poder político, que ha negociado todo con todos los sectores y maneja todo (¿remembranzas de un tal Somoza?). Pero es también un líder carismático con innegable base social, con muchísimos seguidores, llevando adelante una política asistencial que, sin ningún lugar a dudas, favorece a los sectores más postergados del país. Es, en realidad, un exponente más de los presidentes que, sin dejar el modelo capitalista, en estos últimos años gobernaron varias repúblicas latinoamericanas con propuestas de algún modo populares, asistenciales, clientelares. Todo lo cual, para la lógica ultra conservadora y neoliberal de Washington, es mala palabra.

¿Qué pasó entonces en Nicaragua en estos días? El gobierno anunció en forma sorpresiva, con una medida unilateral no negociada con ningún sector, un importante aumento en los aportes a la Seguridad Social del 3.5% para la patronal (llevando el aporte del 19% al 22.5%) y del 0.75% para la clase asalariada (aumentando del 6.25% al 7%), recortando en 5% las pensiones de los jubilados (que, según el gobierno, “seguían siendo los que menos aportaban”, y a cambio del aumento recibirían mejor cobertura en salud y otros beneficios), en tanto que las pensiones futuras disminuirían alrededor de un 12%. La medida fue explosiva, y tanto empresariado como población trabajadora reaccionaron en forma furiosa. Pero ahí viene lo complicado de analizar, de situar políticamente.

Para algunas visiones, la reacción virulenta, con población enardecida en las calles, barricadas y furibunda protesta popular, fue un montaje, una manipulación. Sin dudas, la medida fue desafortunada, porque el mismo gobierno luego de los violentos sucesos que provocó, la retiró, llamando al diálogo “para mantener la paz”. Según el orteguismo y algunos sectores que analizaron la situación, incluso fuera de Nicaragua, –lectura que, sin dudas, tiene asidero– la explosión de furia popular tuvo una agenda preparada. De hecho, se la compara con las “guarimbas” venezolanas del 2017, que dejaron como saldo más de 100 personas muertas. Es significativo (igual a lo sucedido en Venezuela) que al unísono explotó, muy coordinadamente, una protesta generalizada en todas las ciudades del país, que luego derivó en saqueos y actos vandálicos, siempre encabezados por jóvenes. Eso podría hacer pensar en cierta “mano oculta”, dado que la oposición política de los partidos de derecha no tiene ese poder de convocatoria ni logístico-organizativo. Según denuncias de medios oficiales del orteguismo, muchos de los “estudiantes” no eran tales (igual que sucedía en Venezuela), sino provocadores, agitadores contratados. La derecha oligárquica –heredera histórica del somocismo– podría estar aprovechando la coyuntura para tomar distancia y deshacerse de un gobierno que ve como demasiado “populista”. Y Washington estaría frotándose las manos de alegría. Las “revoluciones de colores”, o “golpes de Estado suave” (¡no tan suaves para el caso, con 30 muertos!), propiciadas supuestamente por población civil que “ejerce sus derechos ciudadanos”, por jóvenes estudiantes que reclaman (pero con agendas ocultas de las usinas ideológico-mediáticas del imperio), parecen estar funcionando a todo vapor. Tener un nuevo “canal de Panamá” en el patio trasero, seguramente con futura presencia militar china, es un desafío insoportable para la geopolítica hemisférica de Estados Unidos. La consigna sería “sacar de una vez por todas estas molestias de Venezuela, Bolivia, Nicaragua, y por supuesto: Cuba”. Para ello, según esta pérfida agenda, estas supuestas “revueltas ciudadanas espontáneas” serían el camino a transitar. Insistir con la corrupción como nueva plaga bíblica a atacar es un efectivo “caballo de batalla”. Por cierto, según comunicado del Frente Sandinista, “Vale la pena destacar que las universidades más beligerantes fueron: la Universidad Centroamericana (UCA), de los jesuitas; y la Universidad Politécnica (UPOLI), propiedad de una iglesia protestante con sede en Estados Unidos.

Pero también puede proponerse otra lectura de lo acontecido: el orteguismo, como expresión extrema de un bonapartismo desaforado, nepotista y corrupto, es cuestionado. La población en la calle sería una muestra de un descontento generalizado tras largos años de presidencialismo y corrupción. La represión violenta que llevaron adelante policía y ejército es un insulto a los valores revolucionarios que alguna vez levantara el Frente Sandinista. De ahí que, por ejemplo, un sandinista histórico como Jaime Wheelock le dijera al presidente Ortega en una misiva pública que “El decreto que reformó el INSS [Instituto Nicaragüense de Seguridad Social] por su contenido y forma fue un grave error político, técnico y legal del gobierno [pues] se afectaron los derechos económicos adquiridos y los ahorros de un millón de cabezas de familia, sin dar solución práctica a la grave situación financiera del INSS”, pidiendo así la pronta derogación del decreto de marras.

¿Por qué propuso esta medida el presidente Daniel Ortega? Según un comunicado que emitió el FSLN en estos días explicando las razones del proceder: “La cantidad de beneficios de los asegurados y la cobertura de dichos beneficios a la población aumentaron exponencialmente con el regreso del sandinismo al poder en 2007, lo que ocasionó una situación económica crítica en el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS), que es la institución estatal a cargo de este tema. Ante tal situación, el FMI y le empresa privada organizada en el Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP), pidieron aplicar las típicas medidas neoliberales en este tema: subir la edad de jubilación (en Nicaragua es de 60 años) y la cantidad de semanas necesarias para acceder a ella (750 para pensión normal y 250 para quienes en edad de jubilación no hayan alcanzado la primera cantidad, lo cual no existía antes del regreso al poder del sandinismo en 2007; incluso en este caso, el planteamiento de los más radicales neoliberales era eliminar por completo la pensión). Ante ello, nuestro gobierno respondió con un rotundo rechazo tanto al FMI como al COSEP. En cambio, la opción escogida fue aumentar los aportes de trabajadores y empresarios, y establecer un aporte para los jubilados, incluyendo a los que reciben la pensión reducida.”

El progresismo (en Nicaragua y en otras latitudes) criticó severamente el aumento en los aportes, así como la represión desatada contra la población que protestaba. Obviamente que debe condenarse la violencia contra el pueblo trabajador: 30 muertes representan una catástrofe absolutamente intolerable. Pero objetivamente analizados todos los sucesos, no terminan de quedar claras algunas cosas. Es evidente que este Frente Sandinista, manejado discrecionalmente por Daniel Ortega y Rosario Murillo, ya no levanta las banderas revolucionarias de otrora. Citando al panameño Olmedo Beluche: “Aquí es donde se evidencia la verdadera cara del llamado “progresismo” latinoamericano. Gobiernos que alardean de revolucionarios y chacharean de “socialismo”, pero que en la práctica no pasan los límites del sistema capitalista. La crisis del progresismo en todo el continente es la crisis del reformismo burgués, incapaz de verdaderas medidas socialistas en un momento de crisis sistémica y caída de precios de las materias primas. Al mismo tiempo, sin embargo, puede verse el proceso de monstruosa derechización y retroceso en avances populares que sufre el continente, o el mundo: un gobierno tibiamente reformista, que trabaja codo a codo con la empresa privada y no se pelea con la oligarquía conservadora como el actual orteguismo, para la lógica imperialista y voraz de Estados Unidos no deja de ser “una piedra en el zapato”. Hablar de justicia social (que no es lo mismo que revolución socialista), pertenecer a una alianza donde no está Washington como es el ALBA y abrirle las puertas a China es casi un “peligro comunista” en el mundo neoliberal y ultraconservador que vivimos.

¿Quién ganó y quién perdió con este movimiento en Nicaragua? La población de a pie, seguro que no ganó nada.

martes, 3 de abril de 2018

Militares latinoamericanos: instrumentos del gran capital*




Marcelo Colussi

En Latinoamérica, durante la mayor parte del siglo XX, los militares gobernaron con golpes de Estado en prácticamente todos los países con dictaduras sangrientas.

Ello respondió a las dinámicas políticas de cada una de las sociedades nacionales, siempre faltas de canales democráticos y regidas, en última instancia, por oligarquías sumamente conservadoras. Pero, más allá de esas polarizaciones (América Latina es la región del mundo con mayores diferencias económico-sociales entre quienes poseen todo y quienes no poseen nada), un factor determinante para el papel jugado por las fuerzas armadas nacionales estuvo dado por la geoestrategia de Estados Unidos, que hace de la región su natural área de intervención (su patio trasero, como suele decirse). En otros términos, los Ejércitos latinoamericanos jugaron un papel decisivo para la política exterior de Washington.

Hoy en  día, desde el campo popular, existe cierta tendencia a ver la casta militar como la responsable directa de tantas penurias de las empobrecidas masas populares. Pero, sin exculparla para nada, es preciso no perder nunca de vista que el enemigo histórico de la clase trabajadora (obreros, campesinos, trabajadores varios, amas de casa, estudiantes) está dado por quienes realmente la explotan: los propietarios concretos de los medios de producción, los empresarios (industriales y banqueros) y los terratenientes.

En esa estructura social, la casta de políticos profesionales es la encargada de mover el aparato estatal legislando en función de mantener todo sin cambio, y los militares son los fieles defensores de la oligarquía, de la clase burguesa, de esos industriales, banqueros y terratenientes, con armas en las manos (armas que, paradójicamente, pagan los mismos pueblos con sus impuestos). En otros términos, los militares son los guardaespaldas de la clase dirigente. En Latinoamérica, región que —felizmente— no presenta conflictos bélicos entre naciones, los militares no defienden las fronteras de la patria. El área es virtualmente un campo de operaciones de la Casa Blanca, con más de 70 bases de sofisticada tecnología bélica. Aquí sale sobrando el supuesto honor patrio o altisonancias por el estilo. Los militares latinoamericanos responden no a lógicas locales, sino a las geoestrategias hemisféricas trazadas por el Pentágono.



Esta casta militar (ejército, aviación y marina) está muy bien preparada para cierta lucha: no para la guerra al modo de las potencias capitalistas, con tecnologías de punta para invadir territorios de su interés. Está adiestrada en la defensa de la sacrosanta propiedad privada de los grandes propietarios ante el reclamo popular, ante el «avance del comunismo», tal como reza la doctrina en que se ha formado. Está preparada técnica e ideológicamente en la guerra contrainsurgente, en la Doctrina de Seguridad Nacional, que marcó las décadas de dictaduras en que se llevaron a cabo las llamadas guerras sucias bajo la hipótesis del enemigo interno, conflictos que luego, años o décadas después, son juzgados.

Dada esa preparación que tuvieron por años en las academias militares estadounidenses (Escuela de las Américas, West Point), y en el marco general de la Guerra Fría, que dominó el panorama décadas atrás, el estamento castrense latinoamericano no se siente responsable por todas las brutalidades cometidas. No se siente así porque, de algún modo, no se puede visualizar como violador de derechos humanos, como criminales de guerra que se avergüencen de sus acciones (para eso fueron preparados los militares, que siguieron rigurosos manuales anticomunistas). En realidad, las fuerzas castrenses son el brazo armado de la clase dirigente, y defender el capital (nacional o multinacional) es su única y real función. Dicho de otro modo, son ejércitos de ocupación que hacen de las protestas de los pueblos sus verdaderos enemigos.

Por todo ello, sin dejar de juzgar para nada los horrendos crímenes del pasado (desaparición forzada de personas, torturas, cárceles y cementerios clandestinos, aldeas arrasadas), debe apuntarse a ver quiénes son los verdaderos beneficiarios de esas crueldades. ¿Son los militares? No (Guatemala es quizá el único caso en el que, gracias a la guerra interna, se convirtieron en nuevos ricos). ¡Son las clases dirigentes las auténticas beneficiarias! En todo caso, ¡hay que juzgar a ambos!


* Material aparecido originalmente en Plaza Pública el 2/4/18: https://www.plazapublica.com.gt/content/militares-latinoamericanos-instrumentos-del-gran-capital

viernes, 30 de marzo de 2018

Cultura popular: entre el arte, el negocio y el control social




Marcelo Colussi

La televisión sin dudas que es muy instructiva…porque cada vez que la prenden, me voy al cuarto contiguo a leer un libro.

Groucho Marx

I

El arte fue, históricamente, un producto destinado a pequeñas minorías, a las elites dueñas del poder y a iniciados. Con la llegada del capitalismo y su gran producción masificada, en el siglo XX también pasa a ser una mercadería más para consumir. Surge así el arte de masas, la producción artística en serie dedicada a la gran muchedumbre de consumidores. Pero aparece entonces la pregunta: ¿es eso verdaderamente arte popular? ¿Qué entender por tal?

Definir lo popular es complejo. Puede tomárselo, desde una posición conservadora, de derecha, en sentido casi despectivo, contraponiéndolo a elegante, a refinado. En ese caso, lo popular sería lo opuesto a aquello considerado “de buena calidad”; siguiendo esa lógica, entonces, estaría vinculado con algo más bien tosco, rústico. De ahí a “salvaje” o “primitivo”, solo un pequeño paso.

Pero en otro sentido, con un carácter más bien positivo, de afirmación -posición que encontramos en las izquierdas políticas, en los pensamientos de vanguardia, en las posiciones contestatarias- “lo popular” tiene el valor de reivindicación, de grito de protesta. Así, lo popular se opone a lo elitesco.

Ahora bien: si ahondamos la reflexión, en verdad ¿qué es el arte popular? ¿El surgido espontáneamente del pueblo? ¿Las composiciones anónimas como “La Cucaracha” o “Green Leaves”? -¿quién no tarareó estas melodías alguna vez?-. ¿Los versos que podemos encontrar en cualquier pared de un baño público? Groseros muchas veces, pero sumamente ingeniosos otras. ¿Las canciones de Silvio Rodríguez? ¿Un mural de Diego Rivera? ¿Una comparsa callejera? ¿Es arte popular una película de Chaplin (el actor más visto en la historia) o una pieza de The Beatles (los músicos más escuchados en el mundo, más “populares” que Jesús, según dijo John Lennon)? ¿Qué distingue a una manifestación cultural como “popular”? ¿Se debe considerar popular al “Quijote de la Mancha”, el libro más vendido en todo el planeta luego de la Biblia? ¿Eso es literatura popular? ¿Lo es acaso “Harry Potter” o “El código da Vinci”? (super vendidos best sellers, conocidos en todos los continentes). Y a propósito: “La Mona Lisa”, de Leonardo da Vinci es, seguramente, la pintura más conocida del orbe. ¿Es popular? ¿Es eso arte popular? Pero, ¿qué hay más popular que los cómics? ¿Quién no conoce a Superman, Popeye o al ratón Mickey? ¿Son, entonces, ellos los representantes de la cultura popular?



Vemos que hay una gran complejidad para definir cuándo una expresión cultural pasa a ser “popular”. ¿Qué la define como tal: su masividad, su compromiso con las penurias de las grandes mayorías, su simplicidad? El Himno a la Alegría, es decir la musicalización del poema homónimo de Friedrich von Schiller que constituye el cuarto movimiento de la Sinfonía número 9 en re menor de Ludwig van Beethoven es, quizá, una de las piezas musicales más famosas del mundo, adoptada como himno nacional por la Unión Europea y nombrada por la UNIESCO como patrimonio cultural de la humanidad. Es, sin ningún lugar a dudas, absolutamente popular, pero nada tiene que ver con la simplicidad (es de una complejidad técnica endiablada). No hay dudas que esto de definir “lo popular” es harto difícil.

Las revistas “Vanidades” o “Selecciones” son muy conocidas, muy vendidas. ¿Las encuadraríamos como “populares” entonces? ¿Y por qué la pintura mal llamada naïf -¿quién dijo que es “ingenua” o “primitiva”?- es popular? ¿Porque la hacen pintores del pueblo sin formación académica? La Gioconda goza de mucha más popularidad en el mundo que cualquier cuadro de un pintor indígena -“naïf o primitivista“- del lago de Atitlán en Guatemala, o de Tahití, en la Polinesia. ¿Cuál es más popular?

II

Como vemos, la cuestión no es sencilla. Estas preguntas no son novedosas, en modo alguno. Sobre lo que simplemente intentaremos enfatizar es respecto a que la masividad de algo no significa, por fuerza, que sea una creación genuinamente popular; con lo que queremos afirmar, entonces, que lo popular no define, por sí mismo, la calidad de lo producido. En todo caso, dadas las características de la moderna sociedad masificada y de hiper consumo que trajo el capitalismo, y como producto de estrategias mercadológicas de comercialización de gigantescas empresas, hoy día, desde el siglo XX en adelante, asistimos a una producción cultural que llega a grandes masas pero no tiene nada que ver con los intereses profundos de la población. Y tampoco con la calidad. Lo cual fuerza, una vez más, a adoptar criterios para definir esta última. ¿Por qué decir que la Novena Sinfonía de van Beethoven tiene “más” calidad que La Cucaracha?

Hoy día figura como segundo autor en lengua española más leído, por detrás de Cervantes, nada más y nada menos que Corín Tellado, la escritora de novelas rosa (100.000 ejemplares semanales en su mejor momento de ventas). Por otro lado las fortunas que mueve el cine de Hollywood colocan a la industria cinematográfica como una de las grandes fuentes de ingreso de la economía estadounidense (85 % de la producción fílmica mundial viene de allí). Pero es sabido, de todos modos, que toda esta producción lejos está de presentar una alta calidad artística, más allá de los impresionantes efectos especiales que nos sorprenden día a día; y ese cine, sin ningún lugar a dudas, es popular en cuanto a su masividad. Los símbolos hollywoodenses son ya íconos de nuestra cultura moderna global. ¿Alguien podría atreverse a decir que no son populares? Los “buenos” y los “malos”, el “muchachito ganador” y la “rubia bonita y tonta” ¿no son ya modelos prefigurados que indefectiblemente muchísimos habitantes del planeta tenemos incorporados sin haberlo pensado?

Valga agregar que muchas de las pautas culturales (que tienen que ver con el consumo y/o con la ideología dominante) del mundo contemporáneo, absolutamente globalizado, provienen de esa industria cinematográfica: se expandió el uso del cigarrillo porque las estrellas de Hollywood aparecían fumando en sus películas; nos han hecho creer que los musulmanes son “terroristas” porque así lo presenta el cine; y últimamente se premia ya no el “muchachito bueno” sino el transgresor como el ganador (síntoma de un capitalismo imperialista decadente que entroniza la impunidad como mensaje). Todos esos mensajes, completamente ideológicos, son populares, en cuanto llegan y permean a las más amplias masas. ¿Por qué se expandió el cigarrillo en las primeras décadas del siglo XX, y por qué ahora se empieza a abandonar? Porque los íconos hollywoodenses lo estipulan (ahora el cigarrillo está de salida porque el gobierno federal estadounidense prefiere bajarle el dedo, dada la enorme cantidad de juicios perdidos por las aseguradoras que debían pagar enormes sumas a los afectados por las consecuencias de ese dañino producto).

Tomemos, por otro lado, las telenovelas, producción muy común en el mercado latinoamericano y vistas en buena parte del mundo, desde Europa del Este a China, desde el África al mundo árabe. Su impacto económico es igualmente enorme, y para algunos países como Venezuela, México, Colombia, Brasil, Argentina, su volumen comercial es asunto de Estado. De hecho, en muchos canales las telenovelas actúan como una columna vertebral de la programación de la estación, ya que si son exitosas ayudan a mejorar los niveles de audiencia del resto de la oferta televisiva de la señal. Es por eso que las estaciones televisivas destinan grandes presupuestos en la producción de este tipo de programas. Además las telenovelas son un producto de exportación en que los derechos de transmisión son vendidos a otros países del mundo, generando aún más ganancias.

¿Quién no ha visto alguna vez “Alcanzar una estrella”, “Cristal” o “Betty, la fea”? “Kassandra” tiene el récord Mundial de Guinness por ser la telenovela vista en más países (128 en total). Durante la guerra de Bosnia existía un alto al fuego durante la transmisión de la telenovela brasileña “La Esclava Isaura”, y de acuerdo a datos suministrados por la UNESCO, en 1999 en Costa de Marfil muchas mezquitas adelantaron sus horarios de oraciones para permitir a los televidentes disfrutar de la mexicana “Marimar“. ¿Son esas expresiones de arte popular?

Folletines, novelas por entregas, fotonovelas, radioteatros, telenovelas, cine de entretenimiento, oferta musical masiva, best sellers, cómics: en todas estas expresiones culturales que nos deja la industria capitalista hay un común denominador. Son todos productos concebidos desde un planteamiento empresarial, son mercaderías preparadas, ante todo, para ser vendidas. A partir de ello, la mercadería -con las diferencias del caso en cada ámbito- tiene siempre un sello distintivo: son “novelas rosas”. Es decir: mercaderías fabricadas para que el consumidor entre en un mundo imaginario, sin cuestionamientos, sin preguntas. El goce estético profundo es reemplazado por la satisfacción inmediatista, simplona. Como dijera el escritor español Javier Memba: “Calidad y comercialidad raramente conjugan, esa es la opinión generalizada de la crítica en todas las manifestaciones culturales”.

Preguntado sobre la “novela rosa”, el escritor cubano Reynaldo González así se expresó: “Surgió como parte de los reclamos publicitarios de los periódicos de las grandes capitales, para aumentar el número de lectores. Acuñó un descubrimiento: el del público lector femenino, para el que establecieron fórmulas, mensajes y un alambicamiento que dejaba a sus lectoras como presas dúctiles de la moral heredada. A las mujeres destinaron esa “producción” -nunca mejor colocada la palabra, pues como a tal se la veía-, con cuanto de peligroso conductivismo tiene esa concepción de un trabajo que originalmente debería considerarse artístico. Degeneró en industria, en procedimiento serializado. (…) La llamada «novela rosa» es parte de la subcultura. Evidentemente, lo es porque no genera nuevas ideas, sino que reitera y consagra cuanto constituye el statu quo, asevera lo ya sabido y se apoya en recursos ya descubiertos por la literatura verdadera, la que implica riesgos ideoestéticos”. [Debe remarcarse] “su subliminal magnificación del consumismo y su afirmación de conceptos de vida que subrayan el quietismo frente a las convulsiones sociales”.

III

En un sentido amplio, toda la producción cultural masificada tiene estas características de “novela rosa”. “El best seller es fundamentalmente un producto más de la moda, un producto equivalente a una superproducción cinematográfica, a un ritmo musical, a un perfume, y hasta a un modelo de coche“, se expresaba el español Luis Goytisolo hablando de la literatura comercial, pero reflexionando sobre la totalidad de esta nueva mercadería que la gran empresa nos vende día a día. Dicho en otros términos: la producción artística, o al menos buena parte de ella, a partir de la masificación consumista que trajo el capitalismo desde fines del siglo XIX y ya en forma imparable en el XX, se trocó en “industria del entretenimiento”. Por cierto, industria muy redituable: en el año 2016, para no olvidar el dato, la facturación de toda esta parafernalia de la “industria cultural” (periódicos, libros, radio, cine, televisión, discos, videoclips, videojuegos, internet) ronda los dos billones de dólares.

Esto implica una serie de problemas, abre interrogantes. ¿Acaso no tienen derecho las grandes masas populares a acceder a una producción que por milenios le estuvo vedada? En esa lógica, entonces, podría decirse que la gran industria en serie del capitalismo trajo mejoras a la humanidad, en todo sentido, incluido también el campo de la cultura. Desde la imprenta de Gutenberg o el daguerrotipo en adelante, las grandes masas populares pudieron empezar a tener contacto con el mundo selecto de las artes, de las letras, de la producción cultural en su sentido amplio. Hoy día, desde un teléfono celular en cualquier parte del planeta, cualquiera puede, por ejemplo, recorrer las galerías del Museo del Louvre, o tener acceso a toda la obra literaria de cualquier autor clásico. Desde la primera impresión de Gutenberg al internet de alta velocidad y los teléfonos inteligentes, solo un paso. El paso se dio, y se sigue dando con una velocidad asombrosa, por lo que hoy millones de millones de seres humanos en todo el mundo se supone que pueden gozar del arte, tener acceso a la cultura, leer, investigar, gozar las más grandes producciones culturales de la humanidad. Pero… ¿gozan del arte? ¿Qué recibe la gran población con toda esta oferta de “entretenimiento” llevado hasta su casa? Tal vez arte; pero quizá, más seguramente: diversión, pasatiempo. Dato interesante: los libros más vendidos en el planeta son los de autoayuda (“¡Si usted quiere, puede!”), los únicos para los que las casas editoriales invierten, no pidiendo a sus autores que se autofinancien la impresión.

Por supuesto que todos tenemos derecho a divertirnos. Por otro lado, la diversión es parte imprescindible de la dinámica humana. Es vital para nuestro equilibrio emocional, y una buena parte de nuestra vida la dedicamos a actividades que nos reportan goce. Lo importante a remarcar, no obstante, es la manipulación grosera que se esconde en esta “industria del entretenimiento”. Es negocio, básicamente; y no para el pueblo consumidor precisamente. Por otro lado, es una producción concebida como mercadería banal, fácil de digerir, que lo único que hace es reforzar el estereotipo de “el que piensa, pierde. Tenga su tarjeta de crédito y…. diviértase”. Esa, seguramente, es la arista más grandemente cuestionable: no hay nada de arte, y lo más abundante, lo más constatable es el manejo del público a quien se dirige.

No es ninguna novedad que el gran comercio mediático, esto que se dio en llamar “industria del entretenimiento”, manejado siempre por grandes corporaciones globales de las potencias capitalistas, termina siendo, junto a fabuloso negocio, la más poderosa arma de control social que generó el sistema. Eso ya se entrevía décadas atrás, cuando comenzaba la monopolización de la comunicación masiva. En el Informe Un solo mundo, voces múltiples. Comunicación e información en nuestro tiempo, más conocido como Informe MacBride, presentado en la Conferencia General de la UNESCO en Belgrado, 1980, se alertaba ya que la industria de la comunicación está dominada por un número relativamente pequeño de empresas que engloban todos los aspectos de la producción y la distribución, las cuales están situadas en los principales países desarrollados y cuyas actividades son transnacionales”. Se decía asimismo que “con harta frecuencia se trata a los lectores, oyentes y los espectadores como si fueran receptores pasivos de información. Los responsables de los medios de comunicación social deberían incitar a su público a desempeñar un papel más activo en la comunicación, al concederle un lugar más importante en sus periódicos o en sus programas de radiodifusión con objeto de que los miembros de la sociedad y los grupos sociales organizados puedan expresar su opinión”. Es decir que hace casi 40 años atrás se denunciaba una tendencia ya evidente en aquel entonces, y que con el curso del tiempo fue agigantándose: la monopolización comunicativa unilateral, con los peligros que eso conllevaba.

Hoy en día es groseramente evidente esa tendencia: la clase dominante global (estamos en una fase de globalización total de los capitales) logra el control del mundo, además de con armas cada vez más poderosas, con estas “armas” ideológico-culturales. De hecho, para ejemplificarlo con algo icónico, la vanguardia de la producción cinematográfica capitalista: Hollywood (con una película puesta en el mercado cada 36 horas transmitiendo las bondades del american way of life), es una muy sopesada avanzada del gobierno federal de Estados Unidos.

En definitiva: esta difundida cultura popular, de popular no tiene más que la masividad. Y eso, lo sabemos, no es sino una forma descarada de utilización de la gente. Pues, como dijo Adolf Hitler: “¿A quién debe dirigirse la propaganda? ¿A los intelectuales o a la masa menos instruida? ¡Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa! (…) La tarea de la propaganda no consiste en instruir científicamente al individuo aislado, sino en atraer la atención de las masas sobre hechos y necesidades. (…) Toda propaganda debe ser popular, y situar su nivel en el límite de las facultades de asimilación del más corto de alcances de entre aquellos a quienes se dirige”.

Ya sea desde una posición de derecha que homologa “popular” con grosero, propio de “la chusma”, o desde una de izquierda que lo asimila a una reivindicación y empatía para con los oprimidos, ambas lecturas del fenómeno cultural en tanto “hecho popular” pueden ser cuestionables. Si existe alguna posibilidad de arte o cultura popular -noción discutible por cierto; el arte es arte, a secas-, su condición de popularidad radica en el acceso masivo que toda la población puede tener para con él.

¿De dónde salió el prejuicio que lo popular debe ser de baja calidad? Eso es, justamente, lo que permite desarrollar una industria del entretenimiento basada en el desprecio por el buen gusto, “fácil” de digerir, pensada más bien como anestesia. “La gente quiere basura, por tanto le damos basura” se escucha decir con ligereza a más de un productor televisivo o cinematográfico. ¿Quién puede asegurar que eso quiera la gente? Cuando las poblaciones tienen otras oportunidades van más allá de la cosa ramplona. Véase, como ejemplo, Cuba, o la ex Unión Soviética. En promedio, en esas dos sociedades está la mayor cantidad de lectores de literatura (no de best sellers). ¿Quién dijo que la gente “quiere basura”? Eso quiere (¡y necesita!) el sistema para perpetuarse.

Vladimir Lenin, líder de la revolución bolchevique, consultado alguna vez sobre por qué usaba camisas de seda siendo un militante comunista, contestó que él luchaba para que “todos pudieran usar ese tipo de ropa”. ¿Quién dijo que el arte, o la producción cultural en su sentido más amplio, debe ser producto de elites? Lo popular está en lo masivo, pero lo masivo puede -debe- ser algo más que un videojuego que transmite valores de consumismo y hedonismo individualista, o la telenovela rosa donde la empleada doméstica se termina casando con el acaudalado patrón. ¿Por qué tenemos que estar condenados a Hollywood? “El mal gusto está de moda”, dijo el cubano Pablo Milanés. Pero… ¿quién impone las modas? Podemos -¡debemos!- ir más allá de las banalidades.

jueves, 22 de marzo de 2018

Guatemala: laboratorio de pruebas para Estados Unidos




Marcelo Colussi

Terminada la Segunda Guerra Mundial en 1945, el principal ganador, Estados Unidos, sometió a la perdedora Alemania, junto con las otras potencias victoriosas, a los históricos juicios de Nüremberg. Allí se condenó al régimen nazi, entre otras cosas, por los anti éticos experimentos biomédicos desarrollados con seres humanos, judíos en la mayoría de los casos, en nombre de la superioridad racial. Hasta allí todos podríamos estar en completo acuerdo tanto con la condena como con los juzgadores: jugar con vidas humanas en experimentos secretos es deleznable; en definitiva: constituye un delito de lesa humanidad.

Lo trágico es que la potencia que estaba levantando la voz para condenar esas prácticas a todas luces abominables, casi al mismo tiempo estaba haciendo lo mismo en otras latitudes. La doble moral de los poderosos no es nada nuevo, por supuesto. Pero no por eso debe dejar de indignarnos. Es tan deleznable, abominable e infame la realización de experimentos secretos con humanos de carne y hueso como el discurso hipócrita, de dos caras. Washington, por cierto, es un maestro en esto último. Y, lo patético, es que nadie lo puede condenar. La más rampante impunidad sigue primando insultante. ¿Hasta cuándo?

Junto a esa petulancia arrogante del ganador (lanzó dos bombas atómicas sobre población civil no combatiente en Japón cuando la guerra ya estaba prácticamente terminada, solo como demostración de poderío, y jamás ha recibido condena por eso), también es un campeón en la realización de pruebas ocultas, fuera de todo control –de ordinario en el campo de la investigación biomédica o en las tecnologías bélicas–, en general con los “conejillos de Indias” que representan las poblaciones del Tercer Mundo, de los países pobres.

Según pudo saberse hace unos pocos años por una supuesta casualidad azarosa, la investigadora estadounidense Susan Reverby, del Wesllesley College, en búsqueda de información sobre experimentos realizados con reos de la prisión de Tuskegee, en Estados Unidos, encontró datos que revelaron estudios secretos desarrollados entre los años 1946 y 1948 por personal del gobierno de Washington en la centroamericana nación de Guatemala, arquetípico banana country para la lógica del amo imperial.



De acuerdo a lo hallado por la investigadora, con la aquiescencia de la embajada de su país en Guatemala y de la por aquel entonces Oficina Sanitaria Panamericana, precursora de la actual Organización Panamericana de la Salud (OPS), en esos años se llevaron a cabo en el país centroamericano cuestionables estudios con pacientes psiquiátricos, trabajadoras del sexo, soldados rasos y niños huérfanos. Lo que se buscaba era conocer la efectividad de la penicilina en el tratamiento de enfermedades de transmisión sexual (sífilis y gonorrea), para lo que se les infectó a las personas seleccionadas –por supuesto, sin previo aviso y con total desconocimiento de lo que se les hacía– con microorganismos de ambas patologías.

Que los resultados conseguidos siguiendo esas prácticas constituyan un “aporte” a la ciencia médica, y por ende a la humanidad toda, es un desatino, una aberración. Es similar a lo que buscaban los nazis en sus experimentos, juzgados luego como crímenes de guerra: eran, y siguen siendo, monstruosidades, atentados a la más elemental dignidad humana. ¿Se juzgará a algún ciudadano estadounidense por estas pruebas realizadas en Guatemala? ¿Habrá algún Nüremberg para algún funcionario de la primera potencia mundial? El Dr. Thomas Parran, quien supervisó la fase inicial de los experimentos en el año 1946 en territorio centroamericano, reconoció que se ocultó a las autoridades guatemaltecas lo que se estaba haciendo y que esos estudios de ningún modo se podrían haber realizado en su país. ¿Alguien se hará cargo de ese delito de lesa humanidad? ¿Quién va a ir preso?

En un gesto que, considerado ingenuamente, podría justificar su galardón de Premio Nobel de la Paz, el ex presidente de Estados Unidos, Barak Obama, apenas conocida la denuncia de los hechos en el 2010 se disculpó telefónicamente con su por ese entonces homólogo de Guatemala, Álvaro Colom, por la violación cometida seis décadas atrás. “Políticamente correcto” quizá, pero eso no exculpa lo sucedido. No es la primera vez que se conocen acusaciones de ese tenor; es más que sabido que los habitantes del Tercer Mundo son conejillos de Indias para experimentos de esa calaña que realizan las potencias del Norte, incluso en forma masiva con alimentos o medicamentos. Además de proveedores de materias primas y mano de obra a precio regalado, el Sur también es un laboratorio de experimentación humana gratuito.

En un tiempo Estados Unidos comenzó a hablar de “control de la natalidad” (hoy día se reemplazó eso por las políticamente más correctas “planificación familiar” o “paternidad responsable”); en definitiva, más allá del nombre, se trata de lo mismo: impedir que siga creciendo el número de bocas que alimentar en el planeta, asegurando así los recursos solo para los “ciudadanos de primera”, para el caso, los estadounidenses. Y ello llevó a esterilizaciones masivas en varios países (siempre impulsadas por agencias estadounidenses), por supuesto sin que las mujeres esterilizadas lo supieran, y mucho menos, lo consintieran.

Guatemala, en su posición de país pobre y dependiente, casi un protectorado de Washington, ha sido y continúa siendo un privilegiado campo de prueba (si es que a eso se le puede llamar “privilegio”), un laboratorio para infinidad de experimentos sociales que desarrolla la geoestrategia de Washington. Por lo pronto fue en Guatemala donde se estrenó la Agencia Central de Inteligencia, la CIA. Aquí hizo su debut la tristemente célebre organización estadounidense, preparando y ejecutando el golpe militar que quitó de la presidencia a Jacobo Arbenz, un socialdemócrata que encabezaba un gobierno popular con tinte nacionalista que se había permitido expropiar las tierras ociosas de la United Fruit Company, la empresa frutera norteamericana que operaba en Centroamérica con la más absoluta y descarada impunidad.

Años después, durante la larga guerra interna que desangró al país donde se enfrentó un poderoso movimiento guerrillero con el ejército, la geoestrategia de Estados Unidos hizo de Guatemala un campo de experimentación –en versión corregida y aumentada– de la desaparición forzada de personas. Este país –con 45.000 detenidos-desaparecidos– y Argentina –con 30.000 personas desaparecidas en el marco de la operación regional bautizada Plan Cóndor– fueron las naciones latinoamericanas donde esta infame práctica alcanzó sus cotas máximas (representando alrededor del 70% de todas las desapariciones forzadas de Latinoamérica durante las llamadas guerras sucias). En ambos países la doctrina militar de las academias estadounidenses potenció de una manera monumental lo iniciado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, llevado luego a la categoría de estrategia bélica normalizada por Francia en su guerra colonial contra Argelia, teorizada por el coronel galo Roger Trinquier en su libro “La guerra moderna y la lucha contra las guerrillas”.

Según dicha “teoría”, los actos de desaparición forzada son ejecutados conforme a pasos de manual: 1) persecución de una persona concebida desde una perspectiva ideológica como un enemigo interno; 2) detención ilegal; 3) entrega del detenido en algún centro de detención clandestino; 4) ocultamiento ilegal de la víctima; 5) presión psicológica ejercida sobre la familia, el grupo de pertenencia del desaparecido y el colectivo social a través del discurso oficial estigmatizante e ideologizante y las técnicas publicitarias empleadas.

Estas técnicas, desarrolladas en principio por los franceses, fueron llevadas a su máxima expresión en Guatemala, país que, una vez más, sirvió de laboratorio social para la implementación de planes sociopolíticos impulsados por el gobierno de Estados Unidos. Años después, a partir del 2015, nuevamente el país centroamericano vuelve a ser laboratorio experimental para una nueva y refinada técnica de control social: la “lucha contra la corrupción”.

Continuando la práctica de las llamadas “revoluciones de colores” desarrolladas en las ex repúblicas socialistas soviéticas, la nueva estrategia geopolítica de Washington consiste en entronizar la corrupción (solo de los funcionarios públicos) como el principal mal y causa última de las penurias de las poblaciones. Con ello se encubren las verdaderas causas estructurales de la situación (la explotación de una clase social por otra, la extracción de plusvalía de los trabajadores por parte de los propietarios de los medios de producción), poniendo en los “malos funcionarios corruptos” el motivo principal de la pobreza y el atraso. La movida inició en el 2015 con la construcción de numerosos perfiles falsos en las redes sociales desde donde se llamó a movilizaciones pacíficas, desideologizadas, tendientes solamente a remover de su cargo a la cabeza visible del país: el binomio presidencial. Muy bien orquestada, la jugada resultó exitosa: presidente y vicepresidenta terminaron presos, y la nueva técnica de manipulación social se mostró efectiva. Tiempo después, la “lucha contra la corrupción” se entronizó como la nueva cruzada salvadora para, supuestamente, terminar con las penurias de las masas paupérrimas. Y gracias a esa edificación mediática la geopolítica de la Casa Blanca logró frenar varios gobiernos “molestos” para su estrategia: Cristina Fernández en Argentina, Dilma Roussef en Brasil, preparando también condiciones para quitar a “indeseables” cuando la política de Washington lo requiera.

En otros términos: Guatemala es un conejillo de Indias siempre útil para las más diversas experimentaciones. Estados Unidos, en tanto potencia dominante, se arroga el derecho de hacer lo que quiere en estos parajes. ¿A quién se le ocurriría que una universidad o una empresa farmacéutica guatemalteca, o de cualquier país tercermundista, pudiera experimentar, por ejemplo, un nuevo medicamento, con ciudadanos estadounidenses en suelo norteamericano, sin previo aviso a las autoridades correspondientes? Inimaginable, por cierto. Pero la inversa es ya algo “normal”. Es más: ¿cuántos experimentos se podrán estar llevando a cabo en este momento en Guatemala sin que la población ni el gobierno del país lo sepan?

Las potencias son potencias, justamente, porque manejan a las poblaciones, a los recursos que éstas poseen y, en definitiva, a los países en su conjunto donde todo ello se encuentra. Para manejarlos se apela a todo tipo de armas. El racismo, la desvalorización de los pueblos considerados “primitivos”, la noción de “ciudadanos de segunda” versus ciudadanos de sentido pleno, que serían los de los países metropolitanos –civilización y barbarie si queremos decirlo de otro modo–, son todas ideas que permiten la manipulación de esas masas excluidas, dando como resultado, entre otras cosas, la posibilidad de hacer experimentos execrables sin ninguna culpa con los “primitivos”. Luego podrá decirse que es en beneficio de la Humanidad.

Si los Aliados juzgaron las “abominables” prácticas de los nazis, no fue en absoluto por consideraciones éticas: fue sólo una demostración de poder. ¿Cuándo cambiaremos eso?