lunes, 20 de febrero de 2017

Guatemala: ¿Por qué tanta resistencia contra la justicia maya?*



Marcelo Colussi

La ley es lo que conviene al más fuerte”, sentenciaba Trasímaco de Calcedonia en la Grecia clásica. La fórmula sigue siendo válida al día de hoy: la ley, el derecho, las normas que fijan la vida, no son absolutas ni universales. Mucho menos: naturales ni de origen divino. Responden siempre a un proyecto hegemónico, a un centro de poder. La justicia, más allá de la pretendida búsqueda de objetividad, es siempre justicia para algunos. En otros términos: todos somos iguales…, pero algunos son más “iguales” que otros.

Vale comenzar con esta idea para entender qué está pasando en este momento en Guatemala con la discusión sobre las reformas constitucionales, fundamentalmente lo relacionado al (los) sistema(s) de justicia.

Pareciera que el debate se centra entre uno u otro: el de la justicia ordinaria (¿la “occidental” podríamos llamar?) y el de la justicia tradicional maya. Tal como cierta posición presenta las cosas, la discusión gira en torno a cuál es “más conveniente”, cuál ofrece más soluciones. Y, por supuesto, la opinión que los principales factores de poder nacional esgrimen, vuelcan la decisión hacia la justicia actual, la que viene marcando el paso desde la constitución del Estado hace ya dos siglos, excluyendo el derecho consuetudinario de los pueblos mayas.

En esta lógica, esos factores de poder –abanderados por el Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras (CACIF)– muestran una situación artificial, tendenciosa, que sirve para confundir a la opinión pública, intentando inclinarla para una determinada posición. De ese modo, se presenta el derecho maya tradicional como “atrasado”, “violento”, mostrando que no es lo que “el país necesita”. La imagen prejuiciosa de una justicia tradicional que latiguea en plaza pública a los declarados culpables es lo que campea como símbolo. Junto a eso, la otra justicia, la hoy día existente, “oficial”, se presenta como racional, balanceada, no violenta. El debate –falso– pretende resaltar las bondades de un sistema sobre las deficiencias y atrocidades del otro.


Complementando esa falsa dicotomía, el mensaje que esta visión anti-maya envía es de supuesta unidad nacional. “Guatemala es una sola, por ende, un solo sistema de justicia debe haber” sería la propuesta. Propuesta, incluso, que es fácilmente digerible, hasta inteligente: “¿Por qué dividir en vez de sumar?”, informa maliciosamente. Y dado que el derecho tradicional maya, por una suma de elementos, no ha podido hacerse conocer claramente ante la opinión pública explicando cómo funciona ni qué ventajas ofrece, la visión difundida por el CACIF se impone.

Ello se amarra, además, con un racismo visceral que barre toda la sociedad (“Seré pobre pero no indio”), sobre el que la visión de “civilización versus barbarie” puede asentar perfectamente. El fantasma de la “rebelión de indios” (que vendrían a cobrarse venganza por el despojo originario) sigue presente. La cabeza de un ladino actual sigue funcionando no muy distintamente a la visión de un conquistador del siglo XVI.

Sin embargo, analizando en profundidad, la manipulada dicotomía encubre algo más que racismo. Los factores de poder (léase: empresariado nacional), además de racistas (ni un solo indígena compone la cúpula del CACIF), tienen mucho que perder ante un cambio de paradigma legal. De hecho, ponen urgentemente las barbas en remojo ante la posibilidad que la justicia cambie. ¿Por qué? Por lo que decía Trasímaco: porque la ley, la justicia, el derecho, ¡conviene al más fuerte!

La ley supuestamente “buena”, la “civilizada”, es la que hoy domina. Ella legalizó el robo de las tierras de los pueblos originarios siglos atrás, y permite seguir robando recursos, aniquilando la naturaleza en los territorios que ocupan los pueblos mayas, desviando ríos y criminalizando la protesta comunitaria. Si a ese derecho se le opone un derecho favorable a los pueblos ancestrales, ¿quién es el que se perjudica?

Hoy, como dice Boaventura Sousa Santos refiriéndose al caso colombiano en particular y latinoamericano en general, “la verdadera amenaza no son las FARC. Son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos indígenas y campesinos. La mayor amenaza [para la geoestrategia de Estados Unidos y las oligarquías nacionales] proviene de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios donde se encuentran estos recursos [biodiversidad, agua dulce, petróleo, riquezas minerales], o sea, de los pueblos indígenas”. No nos dejemos confundir con la fantasía que a un ladino lo van a latiguear en público: lo que está en juego es la legitimidad de un robo que ya se tornó legal.



* Material aparecido originalmente en Plaza Pública el 20/02/17.

jueves, 16 de febrero de 2017

Prevención de la “violencia juvenil”: ¿qué significa?



Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com
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¿Prevención de qué? Quizá el prejuicio oculto es que todo joven de barrio pobre es un marero en potencia. En vez de “prevención” pensar en “desarrollo integral de la juventud”. ¿Solo malabares en los semáforos o carreras técnicas (oficios) se nos puede ofrecer? Revisar eso. ¿Por qué no doctores o ingenieros también? ¿O astronautas?

Un joven ex marero de alguna barriada “peligrosa” de Guatemala

En términos generales, en todo momento las juventudes fueron discordantes con la ideología y los modos culturales dominantes. Para un mundo adultocéntrico, la rebeldía juvenil siempre constituye una afrenta. Así pasó con cualquier “grito juvenil” que se alzó como contestatario. Pero en los imaginarios colectivos actuales –ganados por un pensamiento conservador que va de la mano de la visión neoliberal que recorre el mundo, montada en la globalización del libre mercado, el éxito y el “sálvese quien pueda”– la juventud, más que una esperanza, suele asociársela a violencia, droga, y de ahí a circuitos de criminalidad, a marginalidad peligrosa. Sin negar que esta conexión en verdad pueda suceder en alguna ocasión, desde esa óptica conservadora y prejuiciosa “juventud” –al menos una parte de la juventud: la juventud pobre, la que marchó a la ciudad y habita los barrios pobres y plagados de violenca, la que no tiene mayores perspectivas– es intrínsecamente una bomba de tiempo. Por tanto, hay que prevenir que no estalle. Y ahí están a la orden del día las campañas de prevención para evitarlo.

En estas últimas décadas se ha ido construyendo una visión de la juventud donde esa rebeldía, que incluso décadas atrás estuvo puesta al servicio de ideales de transformación social, es entendida más bien como un “peligro” en ciernes. Más aún si se trata de la juventud de los barrios excluidos, de las barriadas pobres de las principales urbes. En la ciudad de Guatemala ello ha pasado a ser ya un estigma solidificado: joven de barrio pobre es equivalente a peligroso. Por tanto: hay que prevenir. Surge así una serie de programas “preventivos”.

¿Prevención de qué? ¿Qué se está previniendo con los programas de prevención juvenil? ¿Cuáles son los supuestos implícitos ahí? 

La idea de prevención que se maneja, pareciera que apunta a prevenir que los jóvenes delincan, pero no que sean pobres. Este último punto pareciera no tocarse; lo que al sistema le preocupa es la incomodidad, la “fealdad” que va de la mano de lo marginal: ser un marero, ser un asocial, no entrar en los circuitos de la integración. Lo que está en la base de este pensamiento es una sumatoria de valores discriminatorios: estar tatuado, utilizar determinada ropa o provenir de ciertas áreas de la ciudad ya tiene un valor de estigma. ¿Qué se busca prevenir entonces con esas acciones?

Desde ya no todos los jóvenes representan ese modelo de supuesta peligrosidad que dictamina la conciencia dominante, de joven como sinónimo de sospechoso. Por supuesto, hay muchas más opciones. Como contraparte deberían indicarse, por un lado, casi en la antípoda del supuestamente violento y peligroso, el joven “integrado”, aquel que podríamos llamar “comprometido” desde estos nuevos esquemas de participación que parecieran darse ahora, con un compromiso light, despolitizado, en sintonía con la idea de responsabilidad social empresarial, que puede hacer parte de cualquier voluntariado, muy a la moda hoy día. No es el “comprometido” de décadas atrás, cuando “compromiso” significaba abrazar ideas de cambio, de transformación social, que llevó a muchos, incluso, a optar por el camino de una lucha armada. 

De todos modos, no todo se reduce al simplismo de “integrados” exitosos y “marginales” peligrosos; además puede anotarse una enorme variedad de jóvenes donde se da un entrecruzamiento de figuras, de modelos socio-culturales: aquel que no quiere participar en nada, el desinteresado, el que “llena su cabeza de rock”, el que se mete a una iglesia. Lo que sí es claro es que la juventud politizada y con ansias revolucionarias de años atrás, la juventud con ese tipo de “compromiso” al que nos referíamos más arriba, hoy no está presente. Quizá no desapareció por completo, pero al menos está invisibilizada. 

A partir de todo lo anterior es importante preguntar cómo se van construyendo las categorías que usamos, aquellas con las que miramos la realidad. Entonces, ¿qué previenen las campañas de prevención de la violencia para los jóvenes? Según un prejuicio muy extendido en la sociedad guatemalteca, se identifica casi automáticamente violencia con delincuencia. Por tanto, al hablar de “prevención de la violencia” se está hablando de “prevención de la delincuencia”, de la transgresión. 

Según el instalado prejuicio dominante, hay un continuum entre violencia urbana y juventud. En ese sentido, la mayoría de las campañas de prevención de la violencia que se desarrollan tienen por objetivo prevenir que básicamente los jóvenes no ingresen a circuitos transgresores. En ese planteamiento se filtra un preconcepto: los jóvenes de las colonias urbano-precarias son potenciales delincuentes. ¿Por qué no plantear, entonces, que se prevengan las causas por las que hay colonias precarias, que sin duda son un caldo de cultivo para la aparición de conductas en conflicto con la ley penal a partir de una compleja sumatoria de factores? ¿Por qué no prevenir que no haya pobreza, precariedad, exclusión? 

En realidad, y contrariando el prejuicio mencionado, la gran mayoría de jóvenes no ingresa en pandillas. El estereotipo –mediático en muy buena medida– que identifica sin más colonia pobre con “cueva de delincuentes” es así puesto en duda. Es evidente que en los sectores marginalizados de las grandes ciudades, donde se dan asentamientos precarios, poblamientos desorganizados, improvisados, atentatorios contra la calidad de vida de quienes ahí residen, hay un marco que propicia conductas transgresoras, porque desde los orígenes los habitantes de esos lugares han sido transgredidos. De hecho, vivir en esas adversas condiciones ya es una transgresión contra esos moradores, pues se violan elementales derechos humanos. Pero es sumamente peligroso criminalizar la pobreza: violencia urbana hay en todos lados y con distintas modalidades. En las barriadas pobres, evidentemente, hay altas cuotas de violencia; la cuestión es entrever sus causas (que son múltiples y complejas) y proponer vías de alternativa. Pero sin olvidar nunca que la violencia se esparce por todos los rincones de la sociedad. La forma suprema de la violencia: la guerra, la deciden y llevan a cabo (¡y se benefician!) los sectores más privilegiados, los más alejados de la pobreza. No olvidarlo nunca. ¿A qué pobre se le consulta para iniciar una guerra?

Cuando se pregunta por “la violencia” nunca aparece, al menos en primer término, la violencia de género, o el racismo. Mucho menos, la violencia estructural.  De todos modos es sabido que esas violencias (las que pusieron en marcha la guerra interna en Guatemala, la más mortífera de todos los conflictos bélicos intestinos de estas últimas décadas en Latinoamérica)  no aparecen en principio como principal problema. Hay una rápida identificación de violencia con delincuencia; pero en esa caracterización no aparece, por ejemplo, el delito de cuello blanco. ¿Cuándo cae preso un banquero, un empresario explotador, un gran evasor fiscal? “Es delito robar un banco”, decía Bertolt Brecht, “pero más delito aún es fundarlo”. 

Junto al prejuicio que identifica barrio pobre con violencia, o joven de estos barrios con potencial pandillero, existe otro más, que entiende la prevención como “entretenimiento” de los jóvenes (actividades recreativas varias) para que estén sanamente ocupados…, o la colocación de más alumbrado público en lugares oscuros. Y otro más aún, consistente en entender la salida laboral de jóvenes de estas colonias como la preparación en determinados oficios (albañilería, herrería, carpintería) o, desde hace algún tiempo, y en buena medida a instancias de la cooperación internacional, que es quien lo promueve, en actividades lúdicas (malabares, zancos, pintores de graffitis). 



Obviamente, se traslucen ahí determinados paradigmas donde un joven de estas colonias llamadas “marginales” (¿al margen de qué?, nos preguntamos) puede (¿debe?) convertirse en un “ciudadano respetable” a través de su incorporación al circuito laboral por medio de lo que puede esperarse “normalmente” de un habitante de estas colonias. Es decir: que sea un/a trabajador/a honesto/a (léase: un asalariado/a que no protesta, o una buena ama de casa, fiel y buena madre).

Ello encubre, sin embargo, otro prejuicio: para salvarse de ser un marero, un joven debe seguir repitiendo el sistema, lo ya consabido: un asalariado/a que no protesta, una buena ama de casa. “¿Solo malabares en los semáforos o carreras técnicas (oficios) se nos puede ofrecer? Revisar eso. ¿Por qué no doctores o ingenieros también? ¿O astronautas? ¿Estamos condenados a ser obreros de maquila?”, se preguntaba el joven ya citado en el epígrafe, ex marero, ahora músico profesional de hip hop.

Cuando desde las estructuras dominantes se piensa en realizar prevención, se piensa en cómo mantener el estado de cosas dado, evitando que aparezca este “cuerpo extraño” de la violencia. Pero no se piensa, por ejemplo, en la violencia estructural (telón de fondo primigenio que posibilita la aparición de estos delincuentes de barrio, que no son los de cuello blanco, por cierto) ni tampoco en la violencia de género, el machismo-patriarcal dominante que da lugar a una cultura de violencia normalizada y ya aceptada. O la herencia dejada por la guerra, muy poco o nada trabajada desde el Estado. La impunidad de los eternamente impunes ¿no es también una forma de violencia, quizá la primera y más importante? Uno de los primeros cronistas de la colonia española en lo que hoy día es Guatemala, Bernal Díaz del Castillo, en el siglo XVI pudo decir sin ninguna vergüenza, impunemente: “Vinimos a estas tierras a servir a su Majestad, a traer la fe católica y a hacernos ricos”. Parece que eso se ha perpetuado, y esa violencia sigue presente sin solución de continuidad al día de hoy. Matando y esclavizando una buena cantidad de indígenas, muchos se hicieron ricos efectivamente. Y el guardaespaldas que años después cuidó esas fortunas durante la reciente guerra civil, el ejército, profundizó esa impunidad. Para muestra, lo sucedido con su ícono por excelencia, el general José Efraín Ríos Montt: condenado por genocidio a 80 años de prisión inconmutables pasó solo un día detenido, y luego su situación quedó en el aire. La impunidad reinante, desde el cronista del siglo XVI hasta la situación actual, ¿no es acaso la más monstruosa forma de alimentar la violencia?

La experiencia cotidiana, e investigaciones serias realizadas sobre la materia, permiten concluir categóricamente que la gran mayoría de jóvenes de las barriadas pobres, desestimando el prejuicio dominante, rehúye a la violencia, cumple las normas sociales de convivencia, y si bien vive en un clima de hostigamiento y dificultades, prefiere escapar a las conductas transgresoras. ¿Cómo hacen los jóvenes –y también los adultos– para sobrevivir en medio de ese clima agresivo? La respuesta más frecuente es escondiéndose, no metiéndose en nada: “de la casa al trabajo o al centro de estudio, y de allí a la casa”. “En estas colonias no se vive; ¡se sobrevive!”, expresó un líder comunitario consultado sobre el asunto. 

¿Por qué un joven de estos barrios, prejuiciosamente llamados “áreas rojas” o “marginales”, se integra a una pandilla, a una mara? Primera cuestión: la amplia mayoría, el 90% de los jóvenes, no lo hace. Hay suficientes estudios consistentes que así lo evidencian. La gran mayoría sigue los patrones llamados “normales” de integración social: estudia, trabaja, busca sobrevivir, asume con resignación que es un pobre de un sector pobre, repite el sistema, acepta y reproduce los valores de su medio, vive inmerso en las dificultades normalizadas de su entorno, y si no encuentra salidas, se va como inmigrante irregular a Estados Unidos. Solo una minúscula porción se integra a la vida pandilleril.

Por otro lado, quizá lo más importante: alguien se integra a una mara porque eso es siempre una salida posible. En el medio de la pobreza, la exclusión histórica, el cierre de oportunidades y la marginación crónica que sufren, el ingreso a uno de estos grupos está siempre abierto. La mara funciona como “familia sustituta”, y no habiendo muchas más oportunidades, algunos (10%) dan ese paso. 

Es común, casi obligado, hablar hoy día de “prevención de la violencia juvenil”. Ahora bien: cualquier iniciativa de prevención de la violencia urbana tiene que partir de un enfoque integral, basado en el reconocimiento de que la violencia no es más que el síntoma de un conjunto de problemáticas sociales concentradas en áreas precarias urbanas. “Si de chiquito te marginan, te toca trabajar de lustrabotas, te tratan mal, te ningunean…, llega un momento que no te da vergüenza ponerle la pistola en la cabeza a alguien para robarle. Es casi una venganza ante tantos golpes recibidos”, reflexionaba un muchacho integrado a maras. 

Las explicaciones de estos fenómenos tan complejos deben ser estructurales, por lo que no es suficiente implementar programas que entretienen o distraen a la juventud sin que los jóvenes sean parte de proyectos macro y de largo plazo –tanto de duración en las colonias donde se implementen como en su efecto en el sujeto–. Es decir, que sean programas enfocados en el desarrollo integral del individuo desde su niñez hasta ser adulto y que le otorguen recursos personales, sociales y profesionales para poder contribuir positivamente a su entorno y ejercer autonomía en su vida. 

En vez de prevenir que alguien sea un “mal” ciudadano, mejor prevenir que sea un “marginado” por la sociedad. Pero viviendo en un barrio marginal, con hambre, sin educación, en medio de la exclusión sistemática, recibiendo prejuicios invalidantes todo el tiempo, sin encontrar muchas opciones para ser ese “ciudadano ejemplar” más que siendo un asalariado mal pagado o un ama de casa resignada, la puerta de entrada a la transgresión está siempre abierta. Valga esta última reflexión como síntesis de lo que debería ser una verdadera prevención: “En el mundo hay 150 millones de niños en la calle. Ninguno de ellos vive en Cuba”. Lo mismo podría decirse de un joven marero. ¿Por qué allí no hay niños ni jóvenes marginados que roban o extorsionan? No porque se les enseñe a hacer malabares en un semáforo o se les ponga una cancha de fútbol en sus barrios, sino porque son tratados integralmente como seres humanos con dignidad. 

jueves, 9 de febrero de 2017

Filosofía: ¿quién dijo que ha muerto?



Marcelo Colussi

La imaginación al poder

Pintada durante el Mayo francés, 1968

“Hasta ahora los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintas maneras; de lo que se trata es de transformarlo”, sentenciaba terminante el joven Marx en la tesis XI sobre Ludwig Feuerbach, en 1845. Para muchos esa fue la declaración de muerte de la filosofía clásica. De todos modos, siguió habiendo filosofía.

Para muchos, la obra del alemán Martin Heidegger fue la última expresión de un gran sistema filosófico, tal como existieron por más de dos milenios en la tradición occidental, desde los griegos clásicos hasta el idealismo alemán. Pero desaparecido Heidegger, el gran filósofo del siglo XX, siguió habiendo filosofía.

¿Pero acaso es inmortal la filosofía? En todo caso, sin decidir la respuesta aún, preguntémonos qué significa “filosofar”: ¿para qué se hace filosofía? ¿Es eso posible hoy día?

La respuesta a la pregunta planteada dependerá de quién la formule. Para nosotros, la gran mayoría, o quizá la totalidad de los lectores de este breve texto –si es que los tiene; quizá muchos se aburran y no lleguen al final–, seguramente occidentales, son inevitables ciertas representaciones, en algún caso ya estereotipadas, cuando hablamos del tema. Filosofía: saber por el saber mismo, reflexión profunda, meditación serena. E inmediatamente se nos podrá figurar la estatua de Auguste Rodin: “El pensador”, o el fabuloso fresco “La escuela de Atenas”, de Rafael Sanzio, con las distintas vacas sagradas del pensamiento griego clásico, aunque muy probablemente no evocaremos los tlamatinime, los sabios o filósofos aztecas. Ni tampoco pensaremos, por ejemplo, en los filósofos musulmanes de la escuela de Bagdad, surgidos hacia el año 800, uno de los momentos más fecundos del pensamiento universal, fundamento del posterior desarrollo científico de Occidente, doctos en la filosofía y en numerosas artes aplicadas como las matemáticas (ahí se inventaron los actuales números arábigos, difundidos luego universalmente), la arquitectura, la astronomía.

Quizá pensemos en los míticos sabios orientales, muy poco conocidos –eurocentrismo mediante– en nuestra civilización occidental, pero más como una invocación espiritual-religiosa que como filósofos, al menos tal como se entienden en nuestros lares. Seguramente no haremos mención de las cosmogonías precolombinas de América (maya e inca), riquísimas sistematizaciones de un rigor filosófico indudable, pero desconocidas en la academia de raíz europea. Y quizá, entre los filósofos, no se ponga a Marx, considerado más bien un revolucionario, un anti-filósofo. ¿Pero no es acaso revolucionaria la filosofía misma? Aunque en nuestro mundo científico-técnico actual, dominado por la ideología de la eficiencia y el lucro como bienes supremos, de acuerdo a esos estereotipos que nos inundan, filosofía también puede identificarse con inservibilidad. ¿Para qué filosofar si con eso no se come? ¡Las humanidades han muerto!, podría proclamarse –quizá al menos en la línea que llevó a anunciar que las ideologías estaban muertas, cuando cayó el muro de Berlín y se autodesintegró el bloque soviético–. Lo “importante”, según la ideología actualmente dominante, es lo práctico, lo rápido y efectivo, el manual, el tip. Y de ahí a la cultura de la imagen facilista (“El rincón del vago” o “Buenas tareas” mediante), un paso. La lectura parece una especie en extinción.



¿Es cierto entonces que la filosofía, como reflexión sobre lo universal, está muerta? Quien diga eso, quizá leyó demasiado literalmente a González Tuñón: “Con la filosofía poco se goza”, seguramente sin entender nada de la metáfora en juego. ¿Con qué se goza entonces: con los nuevos espejitos de colores con que nos inunda el actual sistema económico? ¿Con los teléfonos celulares de última generación? ¿Con los spa cinco estrellas? ¿Con las nuevas muñecas inflables de silicona que parecen humanas? Preguntarse por el goce, eso mismo, ¿no es filosofar? ¿O mejor no preguntarse nada y seguir consumiendo lo que se nos ofrece/impone?

Con la filosofía se goza, y mucho. El preguntar, la sed de saber, la búsqueda de lo desconocido ha sido y sigue siendo la llama que enciende lo humano, desde el interrogante que posibilitó labrar la primera piedra hace dos millones y medio de años atrás a nuestros ancestros apenas descendidos de los árboles hasta el día de hoy, en que nos seguimos preguntando cosas, seguramente las mismas de aquellos remotos antepasados.

¿No es necesario que una actitud de pensamiento crítico, de indagación filosófica, de apasionada búsqueda de la verdad por la verdad misma –todo eso que queda eliminado con los manuales y los tips a la moda– eche un poco de luz sobre tanta sombra? ¿Por qué decretar el no pensar? (como si ello fuera posible acaso). Aunque se intente manipular hasta niveles inconcebibles el pensamiento (para eso están los medios masivos de comunicación, el llamado neuromarketing, los telepredicadores, seguimos haciéndonos preguntas. ¿O acaso alguien puede pensar que la “tecnología de avanzada” lo resolverá todo? ¿Por qué se sigue apostando por los “espejitos de colores”? La inteligencia artificial o las neurociencias son fabulosas… ¡pero no terminan con los problemas ancestrales del ser humano! (el hambre, la pobreza, la ignorancia). O más aún: aún con las más refinadas tecnologías de manipulación de la llamada “ingeniería humana”, ¿se podrá terminar con la angustia, con el loco afán de poder, con la envidia y la codicia?

Todo esto lleva a algunas consideraciones más de fondo. Saber por el saber mismo siempre ha sido una práctica usual en cualquier cultura, desde el neolítico en adelante, y nada indica que eso, mientras sigamos siendo seres humanos y no autómatas, vaya a cambiar (aunque cualquier dictadura lo intente, incluida la actual dictadura del mercado, disfrazada de democracia y sutilmente manejada con tecnologías de punta, mercadotecnia y psicología del consumidor). El impulso por saber es lo que pone en marcha todo proceso humano: saber, preguntar, descubrir, investigar, he ahí el motor de la humanización, lo que hace del infante un adulto. He ahí lo que hizo del mono esta obra tan peculiar que es el ser humano. Preguntar, reflexionar, ordenar el caos de la vida para entenderla y poder manejarse mejor: esa es la necesidad que lleva a esta actitud tan humana que sigue siendo sorprenderse ante el mundo y buscarle un sentido (aunque la tendencia actual nos orille a pensar que los manuales ad hoc nos dan la respuesta adecuada para todo, para ser feliz, para tener amigos o para conquistar el espacio sideral, siguiendo los pasos indicados y no preguntando más allá).

Filosofar en tanto preguntar sin anestesia, sin concesiones: he ahí lo que, en un esfuerzo extremo, lleva a Marx a formular su llamado a transformar el mundo superando la contemplación pasiva, pero no para negar el hecho de preguntar, la sed de saber, sino para profundizar todo ello más aún (radical “crítica implacable de todo lo existente”, reclamaba estricto). Si prefirió no llamar a eso “filosofía” fue por la carga negativa que encontró en mucha de ella, filosofía barata y complaciente que no sirve para la transformación requerida. A tal punto ello, que se permitió titular una de sus obras como “Miseria de la filosofía”.

Con distintos nombres, esa sed por saber dónde estamos parados en el mundo, saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, esa pulsión irresistible por conocer acerca de nuestros límites, recorre toda la historia de la civilización, llámese filosofía, sabiduría, pensamiento crítico, reflexión o como se quiera.

¿Se puede eliminar la filosofía? ¿Morirá el pensamiento crítico?

Pretender eliminar el deseo de saber es ingenuo. ¡E imposible!, obviamente. Pero se puede hacer que ese ánimo interrogativo, esa sed de verdad, juegue para la conveniencia de ciertos poderes. La filosofía puede ser –y de hecho lo ha sido en numerosas ocasiones– revolucionaria, así como puede ser también una buena aliada disciplinada de los poderes de turno. Ancilla theologiae, esclava de la teología, la llamaban en tal caso los escolásticos medievales de Europa. Ancilla scientae, esclava de las ciencias, pasó a ser con el mundo moderno dominado por los nuevos industriales, donde comenzó a entronizarse el nuevo dios: la tecnología. De lo que se trata es que no sea esclava de nadie, que se constituya en el “tábano socrático” instigador que fuerza a seguir cuestionando siempre. La filosofía, si sirve para algo, es porque es irreverente, provocativa. Ahí está el mayor de los goces. “Seamos realistas: pidamos lo imposible”, decían los muros del Mayo francés de 1968.

En el espíritu general de la época lo que marca el rumbo, la nueva deidad ante la que nos prosternamos, es la tecnocracia. Ella se ha enseñoreado y campea victoriosa. Tenemos entonces un pensamiento parcializado, sin interés por la universalidad, bastante miope, ciegamente confiado en el saber del especialista (aquél que sabe casi todo sobre casi nada). Eso es lo que puede llevar a pensar que la sed de preguntar puede colmarse con respuestas técnicas parciales, fragmentarias. La cultura del “no piense” (no piense en términos de integralidad, de visión universal y orgánica de las cosas) se ha impuesto con mucha fuerza. “No hay alternativa”, pudo decir feliz la dama de hierro, la británica Margaret Tatcher, para referirse a estos tiempos de pensamiento único. “¡No piense, siga las instrucciones, mire la pantalla y sea un triunfador en esta vida!” (si puede, claro...); eso pasó a ser la consigna dominante. Y la pregunta filosófica se ha trocado en... ¡libros de autoayuda! (el renglón de la industria editorial más poderoso en estos últimos años). ¿En eso devino la filosofía: esclava de qué? ¿Quién tuvo la torpeza de creer que el pensamiento fragmentario de hiper super mega especialistas con post doctorados daría la razón del mundo, la luz necesaria en tiempos de tinieblas?

La filosofía como orientadora, como grito de guerra, como actitud crítica ante la vida, la filosofía como búsqueda incondicionada de la verdad (recordemos que Sócrates, pudiendo salvarse desdiciéndose de lo dicho, optó por la cicuta antes que avalar el conformismo, la mentira, la superficialidad), la filosofía en ese sentido, como pregunta crítica, no ha muerto ni puede morir. Si bien es cierto que el sistema capitalista desarrollado ha llevado a un modelo social que puede manipular todo con creciente capacidad (ahí se inscriben los saberes técnicos, sin duda efectivos, los diversos manuales de mercadotecnia y los libros de autoayuda, entre otras cosas), la pregunta rebelde sigue estando siempre en pie. Y eso es lo que debemos alentar: la sana y productiva rebeldía. En otros términos: la actitud socrática, para decirlo según nuestras raíces occidentales.

Sin filosofía, como dijo el filósofo Enrique Dussel, “se formarían profesionales aptos para “apretar botones” de máquinas que no podrían desmontar ni inventar para que fueran las adecuadas para una sociedad más equitativa. Serían autómatas al servicio del mejor postor sin ninguna conciencia crítica, ni creadora ni ética”. Lo que se sigue necesitando es esa actitud de sana rebeldía, de actitud crítica, de irreverencia con los poderes y las “buenas costumbres”. ¿Qué otra cosa, si no, es la filosofía? Filosofemos para transformar esta agobiante realidad que nos ata, injusta, violenta, hipócritamente moralista. No le tengamos miedo a la palabra: “filosofar” no significa sólo contemplación improductiva. Filosofemos a martillazos, como quería Nietzsche, filosofemos para perder el miedo. En relación a esta maravillosa aventura de pensar, de ser rebeldes en las ideas, nuestro peor enemigo, por cierto, no es externo, no es el sistema capitalista ni el imperialismo, no es la burocracia o la mediocridad, ni la falta de presupuesto o la posibilidad de caer en manos del torturador; nuestro principal enemigo es el miedo que llevamos dentro, el miedo a desembarazarnos de los prejuicios.

“Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes”, pudo decir con la mayor valentía un pensador como Giordano Bruno en el seno mismo de la institución religiosa, a la sazón unos de los principales poderes del mundo cuando él lo formuló, siendo él mismo un religioso. Era, en definitiva, un filósofo. Y aunque eso le valió la condena a la hoguera, su enseñanza, su actitud, su búsqueda apasionada por la verdad es lo que nos debe quedar como síntesis de lo que significa la filosofía, la sana irreverencia, la rebeldía como actitud constructiva, crítica, propositiva, en definitiva. Eso fue lo que le permitió decir en la cara a sus jueces: “tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”. La historia se escribe con actitudes como la de Giordano Bruno. ¡Eso es la filosofía!, aunque algún pusilánime pueda decir que lo que el mundo necesita son “técnicos eficientes y que no se metan en política, bien portados y con el pelo corto” (y si son mujeres: ¿que lleguen virgen al matrimonio?).


De eso se trata entonces: aunque se la quiera maniatar, amansar, presentar en formato “light” –tan a la moda hoy día, en que todo es light–, la filosofía, la pasión por la pregunta que da cuenta del sistema, que explica lo universal, la interrogación por el sentido general de las cosas, por uno mismo, por nuestros límites, sigue siendo tal vez la mayor aventura humana. “En momentos de crisis –dijo un gran pensador como Einstein– sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”. Sin pregunta crítica seguiríamos aún en las cavernas (en sentido literal y en el sentido del mito platónico de “La República”). Aunque estemos inundados de libros de autoayuda, no todo está perdido, pues como dijera un gran pensador italiano, que se salvó de la hoguera de la Inquisición por hacer como que no pensaba (pero que pensaba, y mucho), Galileo Galilei: eppur si muove

domingo, 5 de febrero de 2017

En las puertas del nazismo



Marcelo Colussi
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I

El sistema capitalista ha impulsado prodigiosos avances en la historia de la Humanidad. El portentoso desarrollo científico-técnico que se viene experimentando desde hace dos o tres siglos, que ha cambiado la fisonomía del mundo, va de la mano de la industria moderna surgida a la luz del capitalismo. Problemas ancestrales de los seres humanos comenzaron a resolverse con estos nuevos aires, que desde el Renacimiento europeo en adelante se expandieron por todo el planeta.

Pero ese monumental crecimiento tiene un alto precio: el modo de producción capitalista sigue siendo tan pernicioso para las grandes mayorías como lo fue el esclavismo en la antigüedad. Para que hoy un 15% de la población mundial goce las mieles del “progreso” y la “prosperidad” (oligarquías de todos los países y masa trabajadora del Norte), la inmensa mayoría planetaria pasa penurias. Con el agravante –cosa que toda la anterior historia humana no presentó– de la catástrofe medioambiental que su insaciable afán de lucro ha producido. No olvidar que para constituirse como sistema con mayoría de edad debió masacrar millones de nativos americanos y africanos, produciendo así la acumulación originaria que posibilitó la industria moderna en Europa. En síntesis: el capitalismo es sinónimo no tanto de desarrollo y prosperidad, sino de muerte y destrucción. 

Ahora bien: ese desarrollo material fabuloso no logra repartir equitativamente, con auténtica solidaridad, los productos de su colosal producción: se llega al planeta Marte o se desarrolla inteligencia artificial más inteligente que la misma inteligencia humana, pero no se puede acabar con el hambre. Sin dudas, algo anda mal en el sistema capitalista. Y no se trata de algún error coyuntural, alguna tuerca suelta que se pueda ajustar: el problema es estructural, de base. 



Dicho de otro modo: el sistema capitalista no puede ofrecer soluciones reales a los problemas de toda la Humanidad. No puede, aunque quiera, pues en su esencia misma están los límites: como se produce en función de la ganancia, del lucro personal del dueño del capital, el bien común queda relegado. Por más que lo intente –capitalismo de rostro humano, medidas caritativas para los más necesitados, válvulas de escape para permitir algunas mejoras paliativas– el sistema en su conjunto se erige 1) en contra del colectivo, al que convierte en esclavo asalariado explotándolo en forma inmisericorde, y 2) en contra de la naturaleza, a la que convierte en una mercadería más para consumir, obviando así que si la destruimos nos quedamos sin casa donde vivir. 

Como sistema, el capitalismo tiene momentos de expansión y de repliegue, pues la producción no está planificada. Se supone que “la mano invisible del mercado” la regula; pero esa “mano” no resuelve a favor de las grandes mayorías, sino siempre en función de los capitales. Por tanto, periódicamente se asiste a crisis sistémicas generales, que siempre terminan pagando los más desposeídos (es decir: las mayorías populares).

Ahora, desde 2008, se cursa una de las más grandes de esas crisis, comparable a la de 1930 en el pasado siglo. La especulación financiera sin par llevó a un quiebre de las economías, produciendo una recesión fenomenal que empobreció más aún a los más pobres, haciendo desaparecer enormes cantidades de sectores medios y acabando con numerosos puestos de trabajo. El sistema no termina de salir de su marasmo, aunque los grandes capitales en aprietos (bancos de primer nivel, grandes empresas industriales como la General Motors) sí reciben asistencia de sus Estados, en tanto las grandes masas de empobrecidos tienen que ajustarse más el cinturón y resignarse. En otros términos: las ganancias quedan siempre para el capital, las pérdidas se socializan y las paga la clase trabajadora, el pobrerío en su conjunto.

II

En las potencias capitalistas (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón), la crisis se siente de una manera distinta a como afecta en los países históricamente empobrecidos (el Sur, el antes llamado Tercer Mundo). El fantasma en juego en el Norte no es, exactamente, el hambre; pero sí la precarización de la vida, la falta de trabajo, el estancamiento económico. La pobreza, de todos modos, siempre es pobreza. Los planes de capitalismo salvaje de estas últimas décadas (eufemísticamente llamado neoliberalismo), además de acumular más riquezas en los ya históricamente más ricos, pauperizaron de una forma alarmante al conjunto de trabajadores en todas partes del mundo. 

Por una combinación de causas (planes neoliberales de ajuste hacia las masas trabajadoras, robotización creciente que prescinde de mano de obra humana, traslado de plantas industriales desde la metrópoli hacia la periferia buscando condiciones de mayor explotación), los trabajadores del llamado Primer Mundo vienen sufriendo un descenso en su nivel de vida. En Estados Unidos, la primera potencia capitalista mundial, ello es más que evidente en estas últimas décadas. 

Si bien el país no dejó de ser un gigante, la calidad de vida de sus ciudadanos no está en franca mejoría, en expansión, como pasó por varias décadas después de terminada la Segunda Guerra Mundial. De ser la “locomotora de la Humanidad”, como se la consideró por largos años, la economía estadounidense no está en sana expansión. El hiperconsumismo sin freno en que entró llevó a un hiperendeudamiento (a nivel personal-familiar y a nivel nacional) técnicamente impagable. El poder de Estados Unidos viene asentándose, cada vez más, en ser “el grandote del barrio”: la discrecionalidad con que fijó su moneda, el dólar, como patrón económico dominante a escala planetaria, y unas faraónicas fuerzas armadas que representan, ellas solas, la mitad de todos los gastos militares globales, son los soportes en que se apoya su actual grandiosidad. Pero la misma no es sostenible en forma sana, genuina. En otros términos: la principal potencia capitalista del mundo tiene, de alguna forma, pies de barro. La interdependencia de todos los capitales que fue tomando el sistema a nivel global permite a la clase dominante estadounidense seguir teniendo supremacía, y su Estado funciona como gendarme del orden mundial, ahora sin fantasma del comunismo a la vista. Pero su dependencia de capitales de otros puntos (China, Japón) es vital. 

Por otro lado, su monumentalidad se basa, en muy buena medida, en los recursos naturales que roba en distintas latitudes (petróleo, minerales estratégicos, agua dulce, biodiversidad), por lo que sin ese militarismo desbocado –causa de muertes por millones, de destrucción, de avasallamiento de grupos más vulnerables– su supremacía económica no sería tal. James Paul, en un informe del Global Policy Forum, lo dice sin ambages: “Así como los gobiernos de los Estados Unidos. (…) necesitan las empresas petroleras para garantizar el combustible necesario para su capacidad de guerra global, las compañías petroleras necesitan de sus gobiernos y su poder militar para asegurar el control de yacimientos de petróleo en todo el mundo y las rutas de transporte”. 

Pero esa economía próspera de las décadas del 50 y del 60 del siglo pasado se terminó. Estados Unidos, que de ningún modo ahora es un país pobre, está en decadencia. Los homeless (gente sin hogar) son cada vez más. Los trabajadores que han perdido sus puestos, y con ello todos los beneficios sociales, se cuentan por millones. Industrias florecientes de hace algunas décadas, ahora languidecen, pues para el capital es más rentable invertir en la periferia, con salarios de hambre, que en el propio territorio estadounidense. 

Para ejemplo icónico de todo esto: la ciudad de Detroit. La que algunas décadas atrás fuera el centro mundial de la producción de automóviles, que nucleaba todas las grandes empresas de capital netamente norteamericano con casi tres millones de habitantes, ahora es una ciudad fantasma, con apenas trescientos mil pobladores, con fábricas cerradas, entre pandillas y calles sin luz. ¿Por qué? Porque lisa y llanamente el capital no tiene patria, no tiene nacionalismos sentimentales. Si los accionistas de la General Motors, la Ford Company o la Chrysler encuentran que les es más lucrativo montar sus plantas industriales en cualquier enclave del Tercer Mundo dejando en la calle a sus propios trabajadores estadounidenses, no tienen ningún reparo en hacerlo. Y de hecho, eso es lo que han hecho.

Esa es la situación que viene dándose en Estados Unidos, y también en otros países de Europa Occidental: los trabajadores van empobreciéndose. Es por ello que votaron a favor de la salida de la Unión Europea por parte de los británicos (así como quieren hacerlo también en Francia y en Holanda), o a favor de un ultraderechista como Donald Trump en Estados Unidos. El motivo para esa creciente derechización es el deterioro de la economía que, por supuesto, afecta a la clase desposeída y no a las oligarquías.

III

Aquí es donde entra a jugar un agravante extremadamente pernicioso: la ideología dominante, por supuesto de derecha y conservadora. De acuerdo a esta tendenciosa visión de las cosas, se omite la verdadera causa de esta creciente pauperización, buscándose un “chivo expiatorio”. El mismo está dado por los “extranjeros”, aquellos que, según esa deleznable ideología, “van al Primer Mundo a robar puestos de trabajo y a aprovecharse de la seguridad social”.

En otros términos: un otro distinto, proveniente de fuera del colectivo dominante, es puesto como causa de los males. Se está ahí ante el inicio del nazismo.

En la Alemania de la post guerra del 1918, ante su derrota y humillación a manos de las otras potencias europeas que le ganaron en la carrera por el reparto de las colonias africanas, fue apareciendo un espíritu revanchista. Adolf Hitler, independientemente de su posible psicopatología, encarnó ese ideal. El Führer decía lo que buena parte de la población alemana quería escuchar; él, como ninguno, supo levantar el ultrajado nacionalismo pangermánico, llevando el ideal teutón de “raza superior” como estandarte privilegiado. Para el caso, los judíos ocuparon el lugar de chivo expiatorio. 

No puede decirse que los movimientos nazi en Alemania, o fascista en Italia, con Mussolini a la cabeza, sean atribuibles solo a la personalidad desequilibrada de líderes carismáticos; eso puede ser un elemento, pero definitivamente ellos representaban el ideal de buena parte de la población. Los alemanes querían recuperar el tiempo perdido, la moral pisoteada en la derrota de la Primera Guerra Mundial: ahí apareció entonces esa loca idea de la eugenesia, y de un blanco al que atacar, supuesto fundamento de todos los males y desgracias. Los campos de concentración atestados de judíos fueron el resultado de ello.

En los Estados Unidos actuales (y en buena parte de Europa Occidental que no termina de salir de la crisis financiera iniciada en el 2008) está sucediendo algo similar: una clase trabajadora golpeada, en camino de empobrecimiento paulatino, necesita encontrar una razón de sus males. El sistema, a través de los fabulosos medios de manipulación que dispone (medios masivos de comunicación, aparatos ideológicos del Estado, iglesias varias) impide ver las causas reales de la situación, poniendo a esos extranjeros en el lugar de los demonios que atacan. De esa forma, los inmigrantes indocumentados de Latinoamérica y el Caribe en Estados Unidos, o los africanos llegados en las infernales pateras a través del Mediterráneo, así como musulmanes y gente del Medio Oriente, se van transformando en el elemento satanizado que representa la supuesta fuente de todas las desventuras. 

Hoy día no hay campos de concentración, ni en Europa ni en Estados Unidos; pero poco falta para ello. De alguna manera, esa exclusión de corte nazi ya comenzó. Donald Trump, así como lo hizo Hitler en su momento, encarna esa misión redentora, purificadora: su lenguaje xenofóbico, racista, ultranacionalista, quasi paranoico en algún sentido, rescata lo que una clase trabajadora golpeada quiere oír. “¡Fuera inmigrantes!” es la consigna. 

El mundo de la opulencia del Norte va tornándose cada vez más hostil y refractario a los inmigrantes del Sur. No solo no quiere “hispanos”, “negros” o “musulmanes”; procede a deshacerse de ellos. El presidente Trump está empezando a poner en práctica esos valores, institucionalizándolos. Sus primeras medidas como mandatario de la Casa Blanca lo evidencian. La promesa del muro fronterizo con México, más allá de una bravuconada pirotécnica de campaña, pareciera querer concretarse en la realidad. La negativa de permitir ingresar “indeseables” musulmanes a suelo estadounidense se inscribe en esa línea.

En esa misma línea, también comienzan a darse, cada vez con mayor frecuencia y virulencia, actos de corte nazi en Europa. Como expresión sintetizada de esto, lo recientemente ocurrido en los canales de Venecia, donde un joven negro de origen africano se ahogó ante la mirada impávida de europeos que, incluso en algún caso, le proferían insultos racistas.

Todo esto bien pudiera ser el preámbulo a nuevos Auschwitz o Buchenwald. Los chivos expiatorios –la Psicología Social nos lo enseña con claridad meridiana– sirven justamente como elemento unificador para el grupo excluyente, que reafirma así su identidad supremacista excluyendo a los “inferiores” no deseables, satanizados como plaga bíblica. 

El Brexit en Gran Bretaña, o Donald Trump en Estados Unidos, expresan ese encono visceral (fascista) contra el otro distinto, “malo de la película” que funciona como causa de todas las penurias, escamoteando las verdaderas causas del problema: el sistema capitalista.

Más allá que Trump pueda ser un megalomaníaco con profundas desequilibrios psicológicos, él representa lo que muchos ciudadanos estadounidenses comunes piensan, sienten, anhelan: volver a los tiempos dorados de su economía de 50 o 60 años atrás, presuntamente arruinada por los inmigrantes ilegales. Se olvida así que Estados Unidos es, ante todo, un país hecho por inmigrantes (ver aleccionador video al respecto). Y, fundamentalmente, se omite el verdadero problema en cuestión: el empobrecimiento de los trabajadores no es por culpa de esos “indeseables” extranjeros, sino producto de un sistema que no ofrece salidas.

El nazismo inició así en los años 30 en Alemania, cuando un cabo del ejército, probablemente desequilibrado en términos psicológicos (eyaculaba solo dando sus discursos, emocionado como estaba), pudo ser el representante de lo que una mayoría empobrecida quería hacer: renacer como “raza superior”. Donald Trump sigue ese camino: representa el ideal supremacista de los wasp (white, anglosaxon and protestant –blanco, anglosajón y protestante–). El Ku Kux Klan supremacista (equivalente a los campos de concentración nazi y las cámaras de gas para judíos) se siente ahora dueño de la situación.

La llegada de Trump puede marcar un punto de inflexión en Estados Unidos. No está claro todavía cómo y para dónde seguirán las cosas. Como mínimo, queda más que evidente que para el campo popular no vienen los mejores tiempos. Es por eso que tenemos que estar extremadamente alertas a lo que siga, y prepararnos para enfrentar la locura en ciernes. 

El capitalismo no tiene salida, y el nazismo, expresión afiebrada de un capitalismo enloquecido, es más pernicioso aún, porque hace del racismo su motor primordial. ¡Preparemos para enfrentar la tormenta que se viene!

miércoles, 18 de enero de 2017

El tráfico vehicular: un problema nacional



Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com 
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33

Síntesis
El tráfico vehicular se ha vuelto un verdadero problema de aristas nacionales. En ello hay un entrecruzamiento de causas: 1) un parque vehicular que creció impetuosamente sin una red vial que pudiera absorberlo en forma adecuada; 2) falta de educación vial en conductores y peatones; 3) una cultura de impunidad histórica asumida como normal que permite transgredir cualquier reglamento de tránsito con total naturalidad; y 4) un Estado que no está a la altura de las circunstancias, constituyéndose en verdadero garante de la calidad de vida de sus habitantes. Como principio de solución a esto el Estado debe jugar un papel más protagónico: Ante el aluvión imparable de vehículos, buscar la reducción del parque automotor por medio de un eficiente sistema de transporte público de pasajeros. Por otro lado: educación vial para toda la población, ya sea que vaya a conducir algún vehículo o que se mueva como peatón. Además, el Estado debe tener una presencia mucho más fuerte, a través de las Policías Municipales de Tránsito, en la erradicación de faltas a los códigos de tránsito. Y por último, el combate a la impunidad, que va siempre de la mano de la corrupción, lacras que permiten que se haga lo que se desea manejando un vehículo sin mayor, o ninguna, consecuencia. La combinación de todo esto puede empezar a dar resultados positivos en el mediano plazo. 

Palabras clave
Tráfico, vehículos, peatones, educación vial, transporte público de pasajeros.

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Introducción

Aparentemente el tráfico de vehículos automotor es una cuestión técnica que, en tanto problema, podría resolverse a partir de un planteamiento de ingeniería vial. Sin embargo, si se profundiza el análisis, puede descubrirse que allí se hacen presentes otros fenómenos, otras causas y una dinámica que va más allá de una cuestión puramente técnica o ingenieril. 

El tráfico vehicular en todo el país, pero fundamentalmente en la ciudad capital y en las cabeceras departamentales más grandes, ha ido adquiriendo las proporciones de problema nacional. Problema con aristas múltiples, complejo, intrincado. Problema, en definitiva, con carácter socio-político. 

Es en tal sentido que la circulación de vehículos automotor admite diversos abordajes; el de la ingeniería vial o del transporte es uno, sin dudas, en tanto mirada técnica a los medios de transporte (automóviles, vehículos pesados, motocicletas, etc.), a las vías por donde ellos circulan (calles, avenidas, autopistas, caminos rurales, etc.) y a sus distintos condicionantes para lograr un flujo en la movilidad vehicular eficiente y seguro. 

Pero esa mirada técnica no pareciera alcanzar para abarcar el problema del tráfico en el país en toda su dimensión. ¿Por qué el desplazarse, ya sea en un vehículo o incluso para los peatones, es tan problemático? El problema, en realidad, ya raya en lo caótico. Es por ello que habrá que ahondar en él para encontrar otras lógicas que lo alimentan. Al concebirlo como un tema de múltiples facetas, se descubren entonces problemáticas diversas, entrelazadas complejamente entre sí, pudiéndose identificar al menos cuatro elementos:

El parque vehicular hizo colapsar la infraestructura vial
Se adolece de educación vial
La cultura de impunidad y violencia que permea hace muy difícil ordenar de un modo satisfactorio el tráfico
La debilidad/ausencia del Estado pone en marcha, permite y alienta el caos vial que se vive

El parque vehicular hizo colapsar la infraestructura vial

Los vehículos automotores, fundamentalmente carros y motos, siguen aumentando en forma exponencial en el país. Esto no es azaroso. Se podría pensar que la situación de violencia delincuencial vivida (percibida en forma agigantada por influencia de los medios masivos de comunicación), de algún modo lleva (“obliga”) a buscar paliativos. Para el caso, entonces, sería la adquisición de una moto o un carro propio (el transporte público se percibe, y efectivamente es, mucho más inseguro, peligroso).

Ello es cierto en parte; no hay dudas que la repetida prédica mediática sobre una delincuencia que “nos tiene de rodillas” pesa mucho. Pero a eso habría que agregar otro elemento, quizá de mayor importancia aún: los grandes fabricantes de automóviles (estadounidenses, chinos, japoneses y europeos) han desarrollado como estrategia de mercadeo una virtual invasión comercial sobre los países pobres del Sur (sus países de origen, salvo China, ya están saturados de unidades). Hay aquí, en el otrora llamado Tercer Mundo, un “nicho de mercado” todavía no suficientemente explotado, y la explosión imparable de vehículos nuevos que se adquieren cada año permite ver esa tendencia. Las ofertas comerciales de pago en cuotas, a veces sin siquiera enganche inicial, y las agresivas campañas publicitarias, promueven el consumo masivo de carros y motocicletas. 

Más allá de los inconmensurables problemas medioambientales que produce tanto dióxido de carbono liberado como producto de la combustión de estos motores alimentados con derivados del petróleo, la falta de espacio en las ciudades por la proliferación imparable de vehículos se torna un flagelo. De esa cuenta, es sabido que la calidad de vida de cualquier poblador urbano de una ciudad con un número considerable de vehículos va haciéndose, cada vez más, un verdadero desastre. La ciudad capital y las más grandes de los departamentos en nuestro país permiten ver (y sufrir) esa tendencia de un modo patético. Las aglomeraciones vehiculares cuestan horas de espera, con todas las consecuencias negativas que ello pueda traer aparejado. 

Es por ello que se decía más arriba que el problema del tránsito vehicular presenta muchos matices: ecológicos, económicos, psicológicos, por nombrar algunos. La calidad de vida de los habitantes se ve severamente dañada a partir de la dificultad de moverse en vehículo. E incluso para los peatones la situación no es fácil, porque la densidad monumental del tráfico, con los problemas anexos que ello acarrea, hace que la movilización no sea fácil aún caminando. Y dado el descontrol reinante, moverse a pie también tiene cuotas de peligrosidad. 

La única solución que se ve a tamaño caos es, sencillamente, la eliminación de los automóviles. De todos modos, nada indica que alguna administración política esté dispuesta a dar ese salto. En la capital noruega, la ciudad de Oslo, para el año 2019 quedará prohibido el uso de carros. En Guatemala, por diversas razones, pareciera que una medida así es materialmente imposible. Al menos en las próximas décadas.

Se impone entonces la pregunta de cómo resolver la situación, habida cuenta que el crecimiento demográfico del país no se detiene, y cada vez se expanden más las ciudades, en general en forma bastante desordenada. Las ciudades-dormitorio que rodean la capital no paran de crecer, haciendo que sus habitantes muy habitualmente utilicen vehículos automotor privados para desplazarse. A ello se agrega, como parte sustancial del problema, que la infraestructura vial ha quedado absolutamente rebasada por la cantidad de vehículos existentes, no habiendo planes de contingencia (grandes autopistas, ampliación de vías en las ciudades, mejoramiento real del sistema carretero nacional). 

Todo ello demuestra que el fenómeno es efectivamente, como se anticipara más arriba, un problema nacional. Por tanto, debería encararse como asunto serio y multifacético, movilizando a muchos actores, donde el Estado tiene que jugar un papel clave. Es, de ese modo, un problema socio-epidemiológico, por lo tanto, con concomitantes ribetes políticos; un problema económico, un trastorno urbanístico, un serio llamado de atención sobre la salud psicológica de quienes a diario se ven enfrentados con esta “catástrofe” silenciosa; un tremendo problema ecológico. 

Tratándose de formular no solo una denuncia de la situación, sino alguna propuesta de alternativa, pareciera que la única solución posible a la vista es la ampliación del transporte público de pasajeros, eficiente y seguro, lo que podría evitar el uso masivo del automóvil. 

Una vez más, entonces, puede apreciarse cómo los problemas nacionales –y esto del tráfico lo es en grado sumo– se mueven en una dimensión política. Ampliar la cobertura de servicio público para el transporte es una imperiosa necesidad, pero ello choca con intereses económicos sectoriales que lo impiden. Sabido es de lo complejo de este campo, que presenta, incluso, ribetes policiales. La muerte continua de choferes de unidades de buses y las extorsiones a que se ven sometidos cotidianamente evidencian que allí se juegan intereses y poderes nada fáciles de resolver; la disputa “a muerte” de los subsidios estatales evidencia la magnitud del negocio en juego. De todos modos, si esto vale como aporte, debe dejarse claro que la continuación del aumento en el parque vehicular en el país, y en particular en la ciudad de Guatemala, ofrece un panorama sombrío en el corto y mediano plazo. Solo con su reducción y la puesta en práctica efectiva de un servicio público de transporte eficaz, podrá pensarse en alguna mejora en la calidad de vida de los ciudadanos. 

Se adolece de educación vial

Los conductores de vehículos (automóviles y motocicletas particulares, camiones, transporte público de pasajeros), si bien tienen una licencia de conducir que presupone el conocimiento de los reglamentos de tránsito, no siempre cumplen a cabalidad las normas estipuladas. Las infracciones de tránsito están a la orden del día.

Por su parte los peatones, que también tienen normas para moverse dentro del espacio urbano, en muy buena medida incumplen los códigos de tránsito. ¿Por qué sucede todo esto? 

Puede decirse que, en su conjunto, la población carece de una adecuada educación vial. Un examen en una Academia de manejo muestra que no basta para decirse, solo con eso, conocedor a profundidad del código de tránsito. Una adecuada educación vial debería ser parte de la formación integral de un sujeto, con varios años de contacto con la materia en la escuela primaria. Formar un hábito –para el caso: el conocimiento exhaustivo y el cumplimiento efectivo de las normas de tránsito– no es algo sencillo, que se adquiera espontáneamente, sin esfuerzos. Como toda formación, implica un proceso; las “capacitaciones” puntuales, rápidas (por ejemplo: la lectura del Código de Tránsito previa al examen para la licencia) está más que demostrado, no forman hábitos. 

Una cosa es mover un vehículo; otra muy distinta hacerlo con responsabilidad. Cuestiones mínimas y elementales, que se supone deberían saberse al tener una autorización oficial como es la licencia de conducir, o se desconocen o, producto de una cultura que premia la impunidad, no se tienen en cuenta. “¿Por dónde se adelanta a otro vehículo?”, se le preguntó a una joven conductora: “Por donde se pueda”, fue la respuesta. No usar luz de giro, circular siempre con luces altas por las noches, no usar las pasarelas para atravesar calles, manejar en estado de embriaguez, no respetar los semáforos peatonales, por mencionar algunas de las infracciones más comunes, son elementos que distinguen nuestro modo de desplazarnos cotidianamente. 

Si bien existe formalmente en la Currícula Nacional Base del Ministerio de Educación algún elemento que toca el tema, la práctica diaria en las calles de Guatemala evidencia que algo se está haciendo mal, pues infinidad de peatones y conductores cometen elementales infracciones. Si las licencias otorgadas no son motivo suficiente para quien se dedica a conducir un vehículo incumpla normas, se está ahí ante un grave problema. Es evidente que ese permiso no autoriza realmente a guiar un automóvil, una moto o un vehículo pesado. O, en todo caso, autoriza formalmente, pero las infracciones siguen cometiéndose. 

Ello habla de dos causas: por un lado, de falta de educación vial pertinente, y por otro, de una histórica cultura de impunidad que permite que, no sabiendo las cosas o, peor aún, sabiéndolas, no se cumplan, se haga caso omiso de ellas. 

Como alternativa de solución, entonces, debería pensarse en desarrollar una muy fuerte campaña de educación vial, para conductores y peatones, a través de los años de escolarización primaria, logrando que la misma sea parte orgánica de la formación ciudadana de todos los guatemaltecos y guatemaltecas. 

La cultura de impunidad y violencia que permea hace muy difícil ordenar de un modo satisfactorio el tráfico

La sociedad guatemalteca en su conjunto es heredera de una larga tradición de violencia e impunidad. Ello arranca desde las remotas épocas de la colonia, y se mantiene sin solución de continuidad a través de siglos hasta nuestros días. 

La violencia, en sus distintas expresiones, es una constante histórica que marca todas las relaciones sociales; de ahí que hoy pueda asistirse a un panorama donde priman el racismo, el machismo patriarcal, el adultocentrismo, el urbanocentrismo, la discriminación del otro distinto, los acendrados prejuicios, la doble moral. Una sociedad basada en la noción de Estado-finca, donde el que manda, el que está “arriba” en la pirámide social, puede tener derecho a todo (¡todavía existe, de hecho, el derecho de pernada en algunos puntos del interior!), y el que está “abajo” está condenado a obedecer, da como resultado un funcionamiento que conlleva siempre cuotas de tensión, las que pueden estallar en cualquier momento.

La cultura de violencia impera. Aunque existen normativas jurídicas (quizá, incluso, una exagerada cantidad de leyes), pareciera que toda esa declamación tiene algo de vacío, de insustancial, pues no pasa de llamado, dado que en la práctica la impunidad se sigue imponiendo.

Esa es la historia que marca la sociedad. Para muestra, quizá, lo sucedido en la recién terminada guerra interna: con una cantidad de víctimas impresionantemente alta (el segundo país de la región latinoamericana en muertes, luego de Colombia –con casi el doble de años de lucha armada– y el primero en desaparición forzada de personas, con el 49% de casos en toda el área), el grado de crueldad que se vivió fue sin parangón. Con una violencia monumental, se arrasaron más de 600 aldeas de campesinos mayas, base social del movimiento revolucionario armado, sembrando el pánico entre la población. Luego de haberse cometido una enorme cantidad de violaciones a los más elementales derechos humanos, delitos de lesa humanidad todos ellos, imprescriptibles para el caso, con una saña sanguinaria desmedida, prácticamente no hay ningún culpable de esas tropelías, salvo algún militar de bajo rango o algún ex patrullero de autodefensa civil. En todo caso, el ícono por excelencia del período contrainsurgente, el general José Efraín Ríos Montt, años después de haber comandado las acciones de guerra antisubversiva, fue condenado en un juicio claro y transparente por delitos de lesa humanidad a 80 años de prisión inconmutable. Pero –y esa es la marca de la impunidad– a partir de acomodamientos políticos palaciegos, solo pasó un día detenido, quedando luego en una situación ambigua que le permitió salvarse (o burlarse) de la cárcel.

En otros términos: la impunidad es una constante, es asumida como “hecho normal”. Se puede hacer lo que se desee, seguro que la ley siempre puede ser evadida. En ese marco, la conducción de vehículos no puede escapar a la cultura dominante; por tanto, la impunidad es el signo que impera. Se puede cometer todo tipo de infracción (desde manejar ebrio hasta detenerse en cualquier punto para cargar o descargar, desde atravesar corriendo una concurrida avenida a mitad de la cuadra hasta adelantar por el carril derecho, de cobrar los medios de transporte público un pasaje a precio exagerado en horas nocturnas a circular sin luces reglamentarias, no usar el casco un motorista o cometer una violación sexual arriba de un taxi), amparándose en esa cultura del “vale todo” que fomenta la impunidad reinante. 

Junto a lo anterior, siempre en el marco de la impunidad reinante, cualquier conductor de vehículo puede sacar una pistola para amenazar o atacar a otro piloto por algún altercado en la conducción, o a un policía de tránsito que le indicó algo. 

Cualquier infracción, por último, puede arreglarse con un buen soborno. El razonamiento tras todo ello sería: si un personaje de la talla de un general de ejército puede ser el responsable directo de la muerte de 1,700 personas y no es condenado, ¿por qué un “vulgar” conductor no podría atravesarse un semáforo en rojo o un piloto de bus detener la unidad donde le plaza para cargar pasajeros?

La debilidad/ausencia del Estado pone en marcha, permite y alienta el caos vial que se vive

El Estado es el encargado de velar por la vida y la calidad de vida de todos los habitantes de la nación. En tal sentido, entre otras de sus funciones, establece las leyes que rigen la dinámica social y brinda los servicios básicos indispensables para el bien común. Para hacer funcionar adecuadamente las normativas jurídicas, debe educar en ellas a la población, y luego hacerlas cumplir. Es decir: tiene la triple tarea de 1) formular las leyes, 2) divulgarlas y 3) garantizar su cumplimiento. 

La realidad enseña que se cumple a cabalidad la primera de esas funciones (no sin dificultades, por cierto); las otras dos, tienen una efectividad muy baja. La educación sigue siendo asignatura pendiente: aún se asiste a un analfabetismo abierto del 18% a nivel nacional, en tanto el analfabetismo funcional por desuso puede llegar al 50%, mientras que los años de escolaridad, como promedio nacional, llegan solo a 7, es decir: hasta primer año de escuela media . Con una formación educativa formal tan débil y deficiente, la educación vial brilla por su ausencia en la realidad escolar, más allá de buenas intenciones. 

A ello debe sumársele, como un elemento de principal importancia, la poca presencia del Estado en la resolución de los problemas cotidianos de la ciudadanía. Si hay impunidad y corrupción, las mismas vienen avaladas por el silencio cómplice del Estado. Póngase como un ejemplo demostrativo de esta debilidad/ausencia del Estado lo que sucede con el transporte público de pasajeros: las unidades (buses y taxis) se detienen en cualquier lugar obstaculizando el tráfico, pero no hay paradas oficiales. La dinámica es un tanto laissez faire, “a la buena de Dios”. Nadie regula eso, por tanto, la consecuencia es un caos. Un chofer se detiene donde quiera/pueda porque, sencillamente, no hay estipuladas paradas. Es el Estado, justamente, quien debe normar eso, siendo ahí donde no está presente. 

Ejemplos al respecto, abundan. Para graficarlo solo con algunos, especialmente notorios: el nivel de contaminación del aire, producto de los motores de combustión interna de tantos vehículos, es peligrosamente alto. Hace dos décadas atrás se iba a comenzar a exigir un control de los escapes de todos los vehículos automotores que circularan, pero en esos 20 años, luego de dos intentos fallidos (Acuerdo Gubernativo N° 14-97, Reglamento para el Control de Emisiones de los Vehículos automotores, derogado a finales de 1998, y luego, en febrero de 2002, un reglamento de emisiones de gases vehiculares propuesto por el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales, que no prosperó pues el Congreso no le dio aprobación), la polución ambiental sigue a la orden del día. ¿Dónde está el Estado jugando su papel de garante de la calidad de vida de todos los habitantes?

Otro ejemplo, igualmente esclarecedor, y patético, de la falta de actuación del Estado, puede verse en esto: es sabido que muchos conductores de transporte público de pasajeros no cumplen los estándares mínimos para llenar esos puestos. En muchos casos conducen en estado de ebriedad, o bajo los efectos de psicotrópicos, a exceso de velocidad, disputándose pasajeros con otra unidad, no todos poseen licencia, no respetan paradas ni señales de tránsito, sobrecargan los vehículos, y en los casos de accidente usualmente huyen. Una vez más: ¿dónde está el Estado jugando su papel de garante de la calidad de vida de todos los habitantes?

La escasez o falta de aceras, de pasarelas, de pasos y semáforos peatonales, de paradas señalizadas para buses y taxis, el control efectivo de las condiciones de los vehículos que circulan por el país (luces, emisión de gases, estado del sistema de frenos, accesorios para caso de emergencias), y la real y efectiva capacitación de todos quienes manejan un vehículo automotor, es tarea obligada del Estado. Pero lo que se constata es que el mismo no está a la altura de su responsabilidad, pues no asegura nada de lo anterior.

Guatemala, desde su nacimiento como república independiente, ha tenido un Estado deficiente, siempre de espalda a las necesidades de las grandes mayorías, centrado en los intereses de prominentes familias capitalinas, en general ligadas a la agroexportación para el mercado internacional. Estado racista y excluyente, que sistemáticamente incumplió los contenidos mínimos fijados por la Constitución, negando el acceso a los servicios básicos a las mayorías populares. Estado que en muchas comunidades, fundamentalmente en el Altiplano Occidental, llegó solo en el período de la guerra con una propuesta militar opresiva. Estado, por último, que en estas últimas décadas se ha adelgazado notoriamente a partir de las políticas de ajuste neoliberal impuestas por los organismos crediticios de Breton Woods (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial), privatizando servicios y desentendiéndose de las necesidades de su población, en muchos casos dejando eso en manos de la cooperación internacional. 

Ese Estado es el que no realiza ninguna acción efectiva para solventar exitosamente el caos vial que actualmente se vive. 

Conclusión

El tráfico vehicular se ha vuelto un verdadero problema de aristas nacionales. Lo que aquí se expresa no son solo críticas, sino intentos de aporte para solucionar la situación. 

En su generación se entremezclan diversas causas: 1) un parque vehicular que creció impetuosamente sin una red vial que pudiera absorberlo en forma adecuada; 2) falta de educación vial en conductores y peatones; 3) una cultura de impunidad histórica asumida como normal que permite transgredir cualquier reglamento, de tránsito o de lo que fuera, con total naturalidad; y 4) un Estado que no está a la altura de las circunstancias, constituyéndose en verdadero garante de la calidad de vida de sus habitantes. 

Para intentar comenzar a superar el problema, es indispensable que el Estado juegue un papel mucho más protagónico. Ante el aluvión imparable de vehículos, la primera –y quizá única– solución que se avizora es la reducción del parque automotor, para lo que habría que desarrollar un fuerte y eficiente sistema de transporte público de pasajeros. 

Ello debería complementarse con una profunda y muy elaborada educación vial para toda la población, ya sea que vaya a conducir algún vehículo o que se mueva como peatón. 

Por otro lado, el Estado debería tener una presencia mucho más fuerte, a través de las Policías Municipales de Tránsito, en la erradicación de faltas a los códigos de tránsito. 

Por último, el combate a la impunidad, que va siempre de la mano de la corrupción, debería ser, hoy por hoy, una tarea de alcance nacional.

Solo aunando todas esas acciones, con esfuerzo y en un lapso no inmediato, podrá ir arreglándose en parte el actual caos del tráfico vehicular. 

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Bibliografía

Aguilar, S. (2015) ¿Tiene solución el tráfico en la ciudad? En Revista ContraPoder. Disponible en versión digital en http://contrapoder.com.gt/2015/08/20/tiene-solucion-el-trafico-en-la-ciudad/

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Anderson, N. (1993) Sociología de la comunidad urbana. Una perspectiva mundial. México: Fondo de cultura económica.

Bull, A. (2003) Congestión de Tránsito: El problema y cómo enfrentarlo. Santiago de Chile: CEPAL.

Gómez Santos, C. (2011) El congestionamiento vehicular en la ciudad de Guatemala. Guatemala: Universidad de San Carlos de Guatemala. Tesis. 

Soy502 (2016) El tráfico en Guatemala es de los peores en el mundo y hoy se confirma. Versión electrónica disponible en: http://www.soy502.com/articulo/cual-peor-pais-conducir-estudio-waze-lo-revela-71746