viernes, 3 de noviembre de 2017

El sueño de la razón produce monstruos De cómo la ideología nos obnubila la razón. Un patético ejemplo con Venezuela



Marcelo Colussi




Francisco de Goya y Lucientes inmortalizó en su pintura de qué manera “El sueño de la razón produce monstruos”. Sin dudas, cuando nos dejamos ganar por las explicaciones viscerales, cuando la pura opinión superficial reemplaza al pensamiento crítico, cuando la ideología pasional se sobrepone a la explicación científica serena y sopesada, caemos en monstruosidades. O, dicho de otro modo: en ridiculeces absurdas, en estulticias fenomenales.

Con la Revolución Bolivariana de Venezuela se mueven las más encendidas (y sórdidas) pasiones. El odio de clase sale a relucir como pocas veces se ve. Y en ese marco, aparecen esas ridiculeces absurdas, esas estulticias fenomenales. Para muestra, lo que acaba de publicar en la red un grupo de catedráticos, alumnos y graduados de la Escuela de Ciencia Política de la tricentenaria Universidad de San Carlos de Guatemala (ver recuadro ut supra).

Dos cosas a destacar a partir de eso (una más trágicamente patética que la otra):

1.      La derecha ha ganado ampliamente este asalto de la pelea. El golpe que en los pasados años de represión sangrienta impuso al pensamiento crítico, al campo popular, a las posiciones de izquierda, es tremendo. Aquí están las consecuencias. En lo que fuera un “semillero de guerrilleros” (para la lógica del ejército), un centro de vanguardia en la producción de ciencia socio-política de avanzada (Severo Martínez, Carlos Guzmán-Böckler, Edelberto Torres-Rivas, Raúl Zepeda, etc.), la Escuela de Ciencia Política de esa casa de estudios, (de ¡¡ciencia política!!, nada menos), se puede generar hoy ese opúsculo aberrante (más culo que opus). No quedan dudas que la ideología de derecha se ha impuesto fuertemente por estos años, dificultando con mucha potencia una posibilidad de visión científica profunda, objetiva y veraz.

2.      En la apreciación que actualmente prima sobre Venezuela y el proceso político que allí se vive, estamos aún en lo más cavernícola y atrasado de la Guerra Fría. Las visiones apocalípticas y deformadas obnubilaban el entendimiento. De todos los datos ofrecidos en el panfleto de marras (¡¡ofrecido por profesionales de la Ciencia Política nada menos!!) NI UNO SOLO ES VERÍDICO, ¡¡ni uno solo!! Quien desee, puede consultar publicaciones pertinentes (CEPAL, Banco Mundial, PNUD, estudios pormenorizados de universidades, BID, o buscar en internet la información disponible) y encontrará que hay allí una absoluta, torpe y super malintencionada tergiversación, pues ningún dato es veraz.


Decía el padre de la propaganda política moderna, el nazi Joseph Goebbels: “Una mentira solo tiene que ser repetida con suficiente frecuencia. Entonces será creída”. [Eine Lüge muss nur oft genug wiederholt werden. Dann wird sie geglaubt.]. Lamentablemente, estaba en lo cierto. 

lunes, 30 de octubre de 2017

Guatemala ¿Por qué la minería es cuestionable? El caso de la mina Marlin*

Marcelo Colussi

Alzar la voz contra la industria minera tal como se está haciendo en Guatemala hoy día no es un capricho: ¡es una medida imprescindible en favor de la salud de la población y en defensa del medio ambiente!

La minería es vital para las sociedades; el desarrollo humano hace uso creciente de metales y diversos minerales. Desde la aparición del cobre hace 9,000 años hasta los elementos hoy conocidos como estratégicos (coltán, niobio, torio -futuro sustituto del petróleo-), la historia de la humanidad va de la mano de la investigación minera.

¿Qué es lo cuestionable entonces? La forma en que se hace la explotación, el descuido y desprecio de las poblaciones, la búsqueda de lucro empresarial a cualquier costo. El caso de la mina Marlin, en Guatemala, lo evidencia de modo patético.

La empresa Minera Montana Exploradora de Guatemala S.A., subsidiaria de la transnacional canadiense Goldcorp, es propietaria del proyecto minero Marlin. Inició exploraciones en territorio maya-mam y maya-sipakapense en 1996 (municipios de Sipakapa y San Miguel Ixtahuacán, departamento de San Marcos), con una licencia del Ministerio de Energía y Minas. En 2003 el Ministerio de Ambiente aprobó el Estudio de Evaluación de Impacto Ambiental y Social presentado por la empresa. Dos meses después, Energía y Minas otorgó licencia a la minera para explotar oro y plata. Ambas resoluciones carecen de validez, pues no se realizó una consulta ciudadana para consensuar el proyecto en cuestión, tal como lo estipula el artículo 15.2 del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo -OIT-, que también es ley guatemalteca, y que obliga a hacer un referéndum para tomar este tipo de decisiones. La mina Marlin comenzó operaciones, saltando estas regulaciones legales, en el 2005.

En Sipakapa, el pueblo maya-sipakapense realizó una consulta popular en 2005, donde 99% de la población dijo no a la actividad minera en su territorio, sabiendo de los severos daños medioambientales y sanitarios que la misma podría acarrear, tal como sucedió en otros puntos del planeta, de lo que ya existe copiosa información. El resultado del plebiscito fue ignorado por el gobierno y la empresa.



La explotación minera implica la desaparición de 142 hectáreas de bosques y suelos en los primeros dos años de operaciones, y una eliminación de cobertura boscosa de 289 hectáreas al final de las actividades. La operación genera 170 barriles de desechos mensuales (una tercera parte son desechos orgánicos), con una estimación total de 23 a 27 millones de toneladas de residuos al final del proyecto.

Los desechos generarán una escombrera con 38 millones de toneladas de basura. Dicha área se extenderá en 157 hectáreas, y el depósito de lodos en 150 hectáreas, existiendo una alta probabilidad de liberación de aguas ácidas del material depositado en la escombrera en época de lluvias, así como de ocurrencia de derrames con consecuentes riesgos sanitarios y ambientales para las poblaciones, el entorno y las especies acuáticas.

La empresa perfora 60 pozos de 7 metros de profundidad para detonaciones diarias. Producto de las detonaciones se han ocasionado daños en viviendas ubicadas en sus inmediaciones. Desde el inicio de operaciones, las poblaciones de las aldeas locales han padecido una creciente escasez hídrica. En la población maya-mam de San Miguel Ixtahuacán se han secado 6 pozos.

Parte de los deshechos de la mina van a parar a los ríos Cuilco y Tzalá y sus afluentes, que son las principales fuentes de agua de la región para consumo y actividades de subsistencia. A partir de su contaminación, aparecen los problemas de salud. Existen altas concentraciones de cobre, aluminio, manganeso y sobre todo arsénico. Todo ello ocasiona diversas afecciones dermatológicas, gástricas, neurológicas, y en muchas ocasiones: cáncer.

Más allá de pomposas declaraciones de gobierno y empresa, la realidad es cruel. Denuncias de afectación en la salud en la población de Sipakapa y San Miguel Ixtahuacán por el consumo de aguas contaminadas surgieron desde casi los inicios de las operaciones de la mina. Dichas denuncias se basaban en: a) problemas de salud por trabajar en la mina; y b) problemas de salud provocados por la supuesta contaminación de las fuentes de agua, o escasez debido a la secada de los ríos. Pero dichas denuncias siempre fueron desvirtuadas por la empresa y por el Estado.

En 2010, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -CIDH- otorgó medidas cautelares a favor de 18 comunidades del pueblo indígena maya. La CIDH solicitó al Estado de Guatemala que suspenda la explotación de la mina Marlin, e implementar medidas efectivas para prevenir la contaminación ambiental, hasta tanto la Comisión adoptara una decisión sobre el fondo de la petición asociada a esta solicitud de medidas cautelares. Pero en el 2011, contrariando la voluntad popular, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, obviamente por presiones recibidas de parte de la empresa, modificó las medidas cautelares que había otorgado. Por lo pronto, suprimió la solicitud de suspensión de las operaciones de la mina, de descontaminar las fuentes de agua y de atender los problemas de salud.

La mina Marlin extrae minerales a partir de 2003, pero desde 2012 solo trabaja su subsuelo. Tiempo atrás su director informó que la mina iría cerrando paulatinamente para finalizar operaciones en 2016. Sin embargo, en 2014, solicitó una prórroga y nuevo subsuelo para trabajar. Por ley, una mina en Guatemala dispone como máximo de 20 kilómetros cuadrados para explotar su superficie y su subsuelo por un lapso de 25 años. La estrategia de Montana para continuar al menos dos años más fue restar un kilómetro ya explotado que no rendía para agregar otro kilómetro cuadrado con potencial en su subsuelo, que no forma parte de su área de explotación. La maniobra le permitió seguir operando. Y el Estado aprobó la jugarreta.

La autorización fue firmada a principios de enero del 2016; Montana fue notificada de la autorización el 11 de enero de 2016, tres días antes de que concluyera el mandato del presidente provisional Alejandro Maldonado. Un mes después, el proyecto siguió adelante bajo la presidencia del nuevo mandatario Jimmy Morales. Finalmente, por las presiones populares, la mina cerró en mayo del 2017.

Durante más de 11 años de operación ganó Q. 32,000 millones (más de 4,000 millones de dólares), mientras que el Estado recibió como regalías Q. 705.29 millones (unos 100 millones de dólares). Aunque cesaron las operaciones, los trabajos de recuperación ambiental y desmantelamiento de la infraestructura se extenderán hasta el 2020. Son necesarios: tratamiento de agua a largo plazo, recuperación de la roca estéril, reforestación, control de erosión y remoción de instalaciones, equipo y desechos de la mina. Sin embargo no hay un plan real de recuperación por parte de la empresa. La misma pagó una fianza de Q. 8 millones para cubrir la recuperación del área, aunque según cálculos de expertos se necesitarían Q. 389 millones (49 millones de dólares).


La mina se va, las dádivas que deja de regalía son absurdas, y quedan las enfermedades y la deforestación. Como dijera Atahualpa Yupanqui: “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. ¿Hasta cuándo?

jueves, 26 de octubre de 2017

¿Por qué la derecha triunfa en las elecciones? Cuidado: Las elecciones ¡no son la revolución!


Marcelo Colussi

En Argentina, en las recientes elecciones parlamentarias, la derecha gana dando una paliza. La opción electoral por posiciones de derecha se sucede por doquier: en Estados Unidos la población vota por el representante más troglodita, en Europa avanzan las propuestas con sabor xenofóbico y conservador, en general se ve que los electorados optan por partidos que no son de izquierda precisamente. ¿Por qué la derecha triunfa en las elecciones? Así formulada, la pregunta daría a entender una honda preocupación, pues supone que eso es algo así como un error inesperado, una aberración. ¡La derecha no debería ganar!

Ahora bien: si se profundiza un poco, allí puede encontrarse, más que nada: ingenuidad. ¿Quién dijo que los votantes irían a votar por la izquierda? ¿Acaso la izquierda tenía garantizado el triunfo en algún lugar?

Todo eso lleva a pensar en lo que ha venido sucediendo en estas tres o cuatro últimas décadas en todo el mundo a nivel político-ideológico. El avance de distintos movimientos populares contestatarios para los años 60 y 70 del pasado siglo (guerrillas de izquierda, avance sindical, movimientos campesinos, procesos de liberación nacional, Teología de la Liberación, movimientos antiguerra y anticonsumismo, poderosos movimientos estudiantiles inconformes, revolución sexual, reivindicaciones de las mujeres, etc.) trajeron como respuesta del sistema un golpe tremendo. En Latinoamérica, las montañas de cadáveres y los ríos de sangre -enmarcados en la Doctrina de Seguridad Nacional y combate al comunismo internacional- signaron la época. El miedo y el silencio se adueñaron de las sociedades. Protestar (por cualquier tema, no importa) pasó a ser mala palabra, peligroso, algo a desechar. De esa forma pudo declararse con ampulosidad que “la historia había terminado”, lo que marcaba el “fin de las ideologías”.

Habría que aclarar, rápidamente: de la ideología de izquierda (al menos esa era la pretensión del sistema, obviamente de derecha). Lo que se acalló -sangrientamente- fue cualquier intento de modificación, de protesta con sabor a cambio. Las sociedades, y no solo las latinoamericanas, sino que el fenómeno es mundial- entraron en un letargo: levantar la voz salió de la agenda. Mucho más aún, ciertos términos como socialismo, lucha de clases, revolución, explotación. “No meterse en nada y cuidar el sacrosanto puesto de trabajo” se impuso como la consigna básica, a seguirse con respeto (y temor) reverencial.



En ese marco, acallándose las luchas, con el agravante de la caída de las primeras experiencias socialistas (Unión Soviética, China), el campo popular en su conjunto sufrió un severo retroceso. ¿Quién trabaja hoy solo 8 horas diarias? ¿Cuánta gente trabaja con todas las prestaciones laborales de antaño? ¿Qué trabajador está sindicalizado? ¿A quién defiende hoy un sindicato? Los avances conquistados históricamente en años de lucha se fueron perdiendo. Así las cosas, lo que para décadas atrás en las izquierdas era visto como algo despreciable: las elecciones burguesas, pasaron a ser un nuevo campo de acción política. Las izquierdas (golpeadas, diezmadas, casi en shock), pasaron a la arena de la hasta entonces desprestigiada política parlamentaria.

Esto lleva a preguntarnos si efectivamente ese marco de ejercicio político -siempre en el ámbito del capitalismo, incluso más feroz que antaño, con las nuevas estrategias neoliberales, planes de ajuste estructural y precarización constante de las condiciones de vida de las grandes mayorías- puede permitir efectivamente una transformación real para esas mayorías populares. ¿Son las elecciones un campo de cambio profundo?

La experiencia demuestra fehacientemente que no. El camino de la democracia (burguesa) al socialismo (el caso de Chile con Salvador Allende es el más emblemático) muestra los límites. Los cambios revolucionarios no van de la mano de las elecciones llamadas democráticas. El poder (la clase dominante) se resiste a cambiar pacíficamente. Nunca en la historia, nunca jamás, un cambio económico-político-social efectivo pudo hacerse sin violencia. “La violencia es la partera de la historia”, enseñaba Marx con un hálito hegeliano, y sin duda no se equivocaba. La actual clase dirigente: los capitalistas, se hacen del poder cortándole sangrientamente la cabeza a los reyes. La democracia que se desprende de ese hecho inaugural del mundo moderno no es más que “una ficción estadística”, como dijera Jorge Luis Borges. Sigue mandando el poder económico, sostenido (sangrientamente cuando es necesario) en las bayonetas.

¿Por qué reivindicar hoy ese tipo de elecciones desde la izquierda? Porque el campo de acción se ha reducido tanto que es lo poco en lo que se puede mover. O, al menos, golpeada y restringida como ha estado estos años, es el único espacio que le ha ido quedando dentro de los límites que le impone el sistema. Y ante tanta desesperanza, el hecho de llegar a la casa de gobierno se puede sentir ya como un triunfo (aclarando rápida y enfáticamente que la silla presidencial es apenas un pequeño, muy pequeño eslabón en la real cadena de mando del sistema).

Pero ¡cuidado! ¡¡Las elecciones están muy lejos de ser una revolución!! Si podemos contentarnos con el triunfo en las urnas de una propuesta progresista (lo que ha estado sucediendo estos últimos años en Latinoamérica, propuesta que sin dudas debemos apoyar con toda la fuerza, porque al menos son una espina para el sistema -Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, Bachelet en Chile, los Kirchner en Argentina, el Partido de los Trabajadores en Brasil, Mujica en Uruguay, Ortega en Nicaragua) eso muestra, ante todo, la debacle real de una propuesta de cambio radical. “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”, afirmaba con la mayor energía Marx en su programa político. Reformar el capitalismo, darle un rostro humano, redistribuir un poco más equitativamente la riqueza sin tocar los resortes de fondo, todo eso es lo que ha venido pasando con proyectos políticos populares en estos años. Es “políticamente correcto” apoyarlos; es una obligación ética auparlos para quienes siguen pensando en otro mundo más justo, más equitativo. Pero no hay que olvidar que no son proyectos que cuestionen al sistema capitalista en su raíz: “capitalismo serio”, por ejemplo, dijo la ex presidenta argentina. Economía mixta, capitalismo nacional… En otros términos: una izquierda “domesticada”, acorde a los tiempos que corren, con saco y corbata (versión masculina) o tacones y bien maquillada (versión femenina). ¿El poder popular es ir a elecciones? ¿Así se puede construye un auténtico cambio revolucionario?

Sin ningún lugar a dudas, son proyectos importantes, avances en relación a las peores y más antipopulares recetas neoliberales que se impusieron años atrás. Por eso las poblaciones las eligen en elecciones libres cuando se va a procesos electorales. Pero procesos que tienen las patas cortas, que no transforman nada sustancialmente. Y por eso mismo, proyectos que pueden sucumbir.

Los proyectos de capitalismo nacional y antiimperialista con talante popular que marcaron varias experiencias latinoamericanas en el siglo XX (el peronismo en Argentina, Vargas en Brasil, Torrijos en Panamá, Velazco Alvarado en Perú, la Primavera Democrática en Guatemala) dejaron algunas marcas y buenos recuerdos, pero no lograron transformar nada de raíz en sus sociedades.

La población vota siguiendo cada vez más las técnicas de mercadeo que les imponen los partidos políticos (siempre de derecha). Esos partidos son los gestores del sistema, sus buenos administradores bien presentados, y nada más, ¡absolutamente nada más! Con buenas campañas de marketing imponen candidatos, más como actores de película que como estadistas. La izquierda, con propuestas que no pueden rebasar los límites del sistema capitalista (véase el caso de la guerrilla salvadoreña convertida en partido político formal, o lo que le espera a las fuerzas guerrilleras en Colombia, o lo que le sucede hoy al Frente Sandinista en Nicaragua, o la misma Revolución Bolivariana, más allá de las pasiones que pueda despertar como fuente de esperanza -con un camino al socialismo que nunca se termina de recorrer realmente-) poco o nada puede hacer en esta competencia con la derecha. Aunque gane las elecciones (porque, repitámoslo: la revolución es más que ocupar la casa de gobierno. ¡La revolución es genuino poder popular, democracia de base!)

Las poblaciones están monumentalmente manipuladas para desinteresarse de lo político. “La democracia es un sistema donde se le hace creer a la gente que decide algo en los asuntos de su incumbencia sin que, en realidad, decida nada”, dijo Paul Valéry. La democracia formal y su parafernalia electoral no pasa de ser un espectáculo mediático cada vez mejor montado, pero no más que eso. De ahí al auténtico poder popular, dista bastante. Las elecciones no tienen nada que ver con la transformación real de una sociedad, aunque hoy día la prédica del sistema nos haya casi obligado a “disciplinarnos” y entrar en ese juego de los tacones y el maquillaje o el saco y la corbata.


Ahora bien: el triunfo de una propuesta claramente de derecha, neoliberal a ultranza como la reciente de Mauricio Macri puede hacer pensar que el electorado involuciona. Pero, ¿acaso se puede esperar algo realmente distinto de este sistema electoral? ¿Puede haber cambios profundos y sostenibles verídicos en el medio de este marco “democrático”? ¿O habrá que pensar en democracias directas, de base, populares, sin representantes bien vestidos y con guardaespaldas?

viernes, 20 de octubre de 2017

Crímenes de odio: una operación psicológica



Marcelo Colussi

Los sentimientos humanos nunca están en estado puro. Todos, absolutamente todos los seres humanos presentamos una compleja mezcla de afectos, donde no hay nada químicamente “no contaminado”. Todos, entre otras cosas, amamos y odiamos. El sentimiento de odio no es, necesariamente, un cuerpo extraño, una “patología”.

El amor, del mismo modo, no es algo que “nos sobre” eternamente, que nos desborde, del que tengamos reservas inagotables. La carga de amor -igual que la de odio- es siempre limitada. Pero más aún: el amor, si somos rigurosos en términos científicos (tomemos los desarrollos del psicoanálisis, por ejemplo: Jacques Lacan, 1991), encierra siempre una cuota de engaño: “Amar es, esencialmente, desear ser amado” (…) “Como espejismo especular, el amor es esencialmente engaño”. En tal sentido, no estamos obligados a amar al otro. Eso es un imposible, porque se ama muy puntual y selectivamente, y siempre hay una cuota de engaño (¿insatisfacción?) en esto. Los amores totales, eternos, desbordantes… duran poco. En nombre del amor… se pueden cometer las peores atrocidades. Por tanto, no podemos ni estamos obligados a amar absoluta y eternamente al otro, ¡pero sí a respetarlo!

La convivencia humana -que es, en definitiva, el hecho civilizatorio, el lazo social- nos permite establecer reglas de juego que fijan el marco dentro del cual nos movemos y vivimos en colectivo, en sociedad. La ley puede ser molesta, inoportuna, pesada… pero resulta imprescindible, absolutamente. Sin ley, sin orden, sin marco regulatorio que establece lo que se puede y lo que no, sería imposible vivir. O, en otros términos, la vida sería un caos. La ley, definitivamente, no siempre es justa: es un ordenamiento que se hace desde el ejercicio de un poder. “La ley es lo que conviene al más fuerte”, dirá el griego Trasímaco de Calcedonia hace dos milenios y medio. Efectivamente, es así: la ley ordena el caos, aunque sea en beneficio de un pequeño grupo. Pero sin ley no podemos vivir. Y, por supuesto -esa es la buena noticia- las leyes cambian en la historia. La propiedad privada, por ejemplo, es ley… ¡pero puede cambiar!

En el medio de ese marco de prohibiciones, los seres humanos desplegamos nuestra humanización, nuestro proceso de ingreso a las normas sociales, que es decir: nuestra socialización. En ese proceso se da esa enorme, interminable y compleja variedad de sentimientos. El odio es uno de ellos.

Nadie vive amando todo el tiempo, ni nadie, tampoco, puede vivir odiando todo el tiempo. Esos son momentos puntuales, pasajeros. En tal sentido, podríamos llegar a decir que el odio hace parte de la normalidad, en tanto un momento de la afectividad.

Ahora bien: ¿qué pasa si ese sentimiento en particular se manipula? Porque, y aunque parezca patéticamente imposible, eso sucede. De hecho, es parte de ciertas operaciones psicológicas que tienen por finalidad promover determinadas respuestas.

La guerra psicológica existe, es una realidad. Para decirlo en palabras de un autor especialista en el tema, el estadounidense Steven Metz: “Busca generar un impacto psicológico de magnitud, tal como un shock o una confusión, que afecte la iniciativa, la libertad de acción o los deseos del oponente; requiere una evaluación previa de las vulnerabilidades del oponente y suele basarse en tácticas, armas o tecnologías innovadoras y no tradicionales”.

Esa Psicología, como parte de un complejo entramado de acciones político-militares, tiene por objetivo controlar poblaciones enteras. Es, ni más ni menos, un eslabón de una estrategia de dominación a favor de grupos poderosos. De hecho, los estrategas estadounidenses, desde hace unas décadas, la vienen denominando “guerra de cuarta generación”. Es decir: una guerra donde el oponente es una población completa a la que se “bombardea” con mensajes ideológico-culturales. Una guerra sin bombas y sin sangre, pero igualmente dañina. ¡O más aún!, por cuanto ni siquiera permite percibir que se es parte de un enfrentamiento feroz. Una guerra, en definitiva, hecha con sutiles técnicas de manipulación psicológica que hasta pueden resultar placenteras a quien es objeto de ellas. Y ahí, en medio de esa despiadada guerra (que entra por las pantallas de televisores, computadoras, teléfonos celulares, videojuegos) se puede inocular odio.



La geoestrategia de Washington, desde hace tiempo, tiene puesto sus ojos (o sus garras) en Venezuela, dadas las inconmensurables riquezas naturales que anidan en el país. La nación bolivariana es poseedora de las cinco fuentes principales de energía natural: petróleo, gas, carbón, hidroelectricidad y solar. A lo que habría que agregar la orimulsión. De hecho, contiene en su subsuelo las reservas petroleras probadas más grandes del mundo: 300.000 millones de barriles, suficientes para 341 años de producción al ritmo actual. Además, de sus entrañas surgen importantes recursos minerales, como hierro, bauxita, coltán (una de las reservas más grandes del mundo), niobio y torio (quinta reserva mundial. Y valga decir que un kilogramo de torio equivale a 3.000 toneladas de petróleo). A lo que habría que agregar enormes yacimientos de oro y de diamantes. Junto a ello hay que destacar que es el noveno país del mundo en biodiversidad en su Amazonia (53.000 km2 de selvas tropicales) -utilizable para la generación de medicamentos y alimentos- y décimatercera fuente de agua dulce (la enorme cuenca del Río Orinoco).

Todo ello la convierte en un preciado botín para los gigantescos pulpos multinacionales, estadounidenses en lo fundamental, que ansían no perder esas riquezas. Claro que… ¡esas riquezas son venezolanas!, y ahora, desde hace casi 20 años, con la Revolución Bolivariana en curso, tales recursos son administrados por un gobierno nacionalista y popular, que ha elevado significativamente el nivel de vida de las grandes mayorías eternamente olvidadas. Esto es lo que tiene en jaque al imperio, a los grandes capitales corporativos que ven perder sus negocios futuros.

Eso es lo que explica la agresividad que desde hace años se viene dando contra Venezuela, y desde la llegada a la presidencia de Nicolás Maduro, creciendo con una fuerza inusitada. Por lo pronto, está en marcha una intrincada operación político-psicológica-militar para detener el proceso bolivariano y volver a colocar los recursos en manos de una oligarquía vernácula tecnocrático-petrolera afín a los dictados de la Casa Blanca. Ello constituye la Operación Venezuela Freedom-2. En pocas palabras, lo que se pretende es:

1.      provocar desabastecimiento de productos de primera necesidad
2.      impulsar el mercado negro
3.      fomentar la inflación
4.      crear violencia callejera con bastantes muertos (es lo que se hizo en meses anteriores, con el saldo de 120 personas fallecidas)
5.      difundir mundialmente una matriz mediática que muestre al país como un caos total manejado por una dictadura sangrienta que hambrea a su población
6.      inducir una división tajante dentro de Venezuela entre chavismo y visceral antichavismo
7.      buscar una guerra civil
8.      pedir airadamente por todos los medios posibles (incluyendo la ONU y la OEA) una intervención extranjera para “restablecer la democracia”, robada por la actual “dictadura”
9.      no está escrito en el plan, pero es el objetivo real: quedarse con las distintas reservas, las petroleras en principio.

Todas estas estrategias, según formula una estudiosa de asuntos internacionales como la argentina Ana Esther Ceceña, ya están debidamente probadas en varios lugares, siendo altamente eficaces: “Métodos [terroristas y desestabilizadores] han sido usados en Libia y Siria. Siempre aprovechando y atizando las contradicciones ya existentes y llevándolas a un nivel de confrontación absoluta, que propicia la introducción de fuerzas adicionales (fuerzas especiales de mercenarios), de operaciones encubiertas o incluso de bombardeos del exterior, que no sólo elevan la tensión sino que garantizan el acaparamiento de los lugares estratégicos (pozos petroleros, puertos, pasos o rutas).

Para lo que nos interesa ahora: ¡fomento del odio! Como se decía más arriba, todos los seres humanos estamos cortados por la misma tijera, por lo que todos, dadas las circunstancias, podemos odiar (la Madre Teresa de Calcuta también; no existe la “bondad pura”). Incluso todos, dadas esas circunstancias, podemos matar al otro en nombre de algo. Transformando el otro de carne y hueso en un “enemigo” se le despersonaliza y se autoriza su eliminación. El ideal en nombre del que se le elimina puede ser loable incluso (guerra revolucionaria), o deleznable (el racismo, por ejemplo), pero siempre funciona.

El odio, repitámoslo una vez más, es parte de nuestra constitución psicológica. Las interminables luchas religiosas que se han dado a lo largo de la historia de la humanidad, por ejemplo, lo patentizan en forma plena. O lo que sucedió en la Alemania nazi, donde se fomentó el odio de una manera demencial. ¿Quiénes eran los “locos”, “desequilibrados” y “fanáticos”: los jerarcas del régimen, o una población que en muy buena medida se quiso creer lo de  “raza superior” despreciando/odiando a los “inferiores”? ¿Y por qué se da cualquier forma de racismo si no fuera a partir de un odio que está latente y se puede explotar?

Lo patéticamente desgarrador es que en ese maquiavélico plan urdido para Venezuela, el punto 6) (“inducir una división tajante dentro de Venezuela entre chavismo y visceral antichavismo”) se ha venido cumpliendo a la perfección. Hoy, sin que un ciudadano antichavista pueda explicar por qué, “odia a muerte” a un chavista, odia a muerte el chavismo. Las supuestas razones son tan opacas como el sentimiento en cuestión: “el chavismo es castro-comunismo”, “te van a expropiar tu casa y pondrán a vivir otra familia en tu sala”, “te habrán de secuestrar los hijos y enviarlos a un campo de entrenamiento comunista en Cuba”, “el país lo están dirigiendo los cubanos y los chinos”, “Raúl Castro -y antes su hermano Fidel- escuchan todas tus conversaciones privadas a través de las lámparas ahorradoras de procedencia cubana que tienes instaladas en tu casa”, etc., etc.

El sueño de la razón produce monstruos”, inmortalizó Francisco Goya en su pintura. Absoluta verdad: eso es lo que busca esta malintencionada operación psicológica fomentando el odio entre venezolanos. En nombre de esa irracional lógica, se puede linchar y prender fuego a un chavista (eso ya ha pasado varias veces) por la sencilla razón de ser eso: un chavista. Cuando el odio prima, la razón, la civilización, las normas sociales caen. Así, de ese modo, un chavista pasa a ser la representación del mal por antonomasia. Todo lo que haga el chavismo -para el caso, el presidente Nicolás Maduro, o cualquier chavista- es malo.

Esa irracionalidad se ha venido imponiendo en Venezuela con estas arteras manipulaciones. Oponer al odio inoculado un amor sin límites es improcedente. Tonto quizá… ¡o suicida! A los balazos y a las bombas no se le pueden oponer flores. Como dice el colombiano Estanislao Zuleta: “No oponerle a la guerra, como han hecho hasta entonces casi todas las tendencias pacifistas, un reino del amor y la abundancia, de la igualdad y la homogeneidad. (…) Es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”.

De lo que se trata es de desarmar la campaña político-mediática-psicológica en juego. Desarmarla, descomponerla en sus elementos, enseñar con precisión científica cómo está fundamentada. Resuenan ahí las enseñanzas del creador de todas estas manipulaciones psicológicas, el Ministro de Propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels: “Miente, miente, miente… Una mentira repetida mil veces se transforma en una verdad”. Lo que debemos mostrar es cómo está estructurado el plan, por qué se fomenta ese odio visceral, irracional, “loco”, entre los venezolanos. Mostrar a quién sirve este “divide y reinarás”.

No debe olvidarse al respecto que esta nueva generación de “guerras preventivas” que nace en la geoestrategia de Washington a partir de la montada operación propagandística de la caída de las Torres Gemelas, tiene como objetivo básico: 1) fomentar un odio quasi irracional contra los musulmanes (supuesta encarnación del mal absoluto), para poder invadir los países donde anida ese “terrorismo sanguinario” antes que ellos ataquen a las “civilizadas” naciones occidentales, sin decir que a esos países “terroristas” se les puede 2) arrebatar (¡robar!) el petróleo que “casualmente” tienen en sus subsuelos. El fomento premeditado del odio al que hoy asistimos tiene agenda oculta. No olvidar nunca, como dijo Raúl Scalabrini Ortiz, que “nuestra ignorancia está planificada por una gran sabiduría”.

Es sabido que las masas no son, precisamente, racionales. Las masas se mueven por sentimientos primarios, inmediatistas, pasionales. Por eso son tan fáciles de manipular. “Una masa”, dijo el psicólogo de las multitudes, el francés Gustave Le Bon, desprovista de toda facultad crítica, no puede ser más que excesivamente crédula”. De ahí que esta Psicología que mencionamos apela a la maleabilidad de las masas para conducirlas hacia donde desee. En vez de fomentar la actitud crítica (que sería típica del socialismo), el capitalismo engaña, miente, manosea a los colectivos. Por eso hay modas, por eso se repiten clichés, por eso se pueden fomentar los sentimientos que se desee: el “amor” por el ídolo de moda (el actor, el cantante, el deportista) o, en nuestro caso, el odio contra el chavismo y todo lo que represente cambio a favor de las mayorías.


A la inoculación del odio, a ese adormecimiento de la racionalidad, a esa lógica de muerte que se pretende enseñorear, a los crímenes de odio que estamos viviendo hoy día, hay que oponerles la Verdad. Desenmascarar racional y críticamente lo que está atrás de todo esto es el único camino. 

Una construcción de nunca acabar…



Cindy López S.


Para llegar a las comunidades de Santa Clara, Los encuentros Amachel o Centro Amachel -entre otras-, ubicadas al norte del municipio de Chajul, del departamento de Quiché, en Guatemala, hay que recorrer alrededor de 20 kilómetros desde la aldea Xaxmoxán, Chajul, por un camino de tierra, que más bien es una trocha que se encuentra en pésimas condiciones, lo que hace imposible transitarla en cualquier vehículo, por lo que se necesita uno de doble tracción, con un motor potente, incluso se deben usar cadenas en las llantas para poder avanzar por el lodo y las piedras del camino. Para andar esos 20 kilómetros se necesitan entre 4 y 5 horas.

Me consta, yo fui testigo del deplorable estado en que se encuentra esa carretera -aunque resulta irónico llamarla así-. Salimos de Xaxmoxán alrededor de las 4:00 de la tarde y llegamos a Santa Clara a las 9:00 de la noche. El vehículo en el que íbamos -uno de doble tracción- no pudo pasar, tuvimos que dejarlo parqueado en una de las casas cercanas y seguir el camino en el pick up que usualmente hace los traslados en el área. Viajamos en la parte trasera del vehículo -en la palangana-, debiendo bajarnos del mismo en varias ocasiones e ir a pie por lo peligrosos que resultaban algunos tramos del camino. La lluvia comenzó a caer e hizo el traslado aún más difícil. O quizás deba decir: nos permitió experimentar más a cabalidad lo que a los pobladores de estas comunidades les toca vivir para movilizarse.

Mi viaje a Santa Clara se enmarcó en un voluntariado para dar clases a los estudiantes del Instituto Nacional Básico por Telesecundaria -INEBT- y en una investigación académica. Es decir, yo sería una extraña de paso que, aunque tratara de insertarme en la cotidianidad de la comunidad -empezando por la vivencia en la carretera-, sabía que luego de algunos días regresaría a mi “normalidad”. Pero no quería quedarme en ser solamente una “extraña de paso”. Yo quiero contribuir al esfuerzo y la lucha que desde hace varios años estas comunidades llevan a cabo para exigirle al Estado el cumplimiento de sus derechos fundamentales, de los cuales la mayoría -por no decir todos- está desatendida o precariamente atendida.



Es por ello que a través de este escrito me uno a la denuncia que la semana pasada hicieran los representantes del órgano del Consejo Comunitario de la microrregión 6 del municipio de Chajul, Quiché a través de una conferencia de prensa en la que exigieron al Estado cumplir con una de sus responsabilidades: la construcción de la carretera que conecta entre los municipios de Ixcán y Chajul, del aquel departamento.

De acuerdo a los datos brindados en la conferencia de prensa, desde hace 13 años se está construyendo esta carretera y a la fecha aún no está finalizada, pero curiosamente, la misma sí se ha “inaugurado” en cuatro ocasiones, casi seguro previo al período de elecciones. Sí, así como se lee: una carretera no construida pero que ha sido inaugurada varias veces. Pareciera una historia de Macondo, de Les lutieres o de la Dimensión desconocida, pero no es así. Esto sucede hoy en día en Guatemala. Y esta “incoherencia” se vuelve más dramática aun cuando nos enteramos que el tipo de carretera que las comunidades están exigiendo es una carretera de tierra, balastrada, no de asfalto.

Al parecer no está claro el por qué este proyecto de carretera nunca se concluyó. Según los líderes comunitarios, la información que a duras penas les han proporcionado las instituciones estatales a las que se han abocado, es que a la empresa constructora no se le ha pagado el trabajo, pero el Gobierno ya se gastó los fondos -de nuevo remeda a Macondo-. Dicho sea de paso, un dato fundamental proporcionado en la conferencia de prensa y que no se puede dejar de mencionar, es que la empresa constructora pertenece a un diputado de dudosa reputación del Congreso de la República. Quizás esa sea la razón que lo explica todo.

Curiosamente el tramo de la carretera que está en buenas condiciones finaliza justo en la finca La Perla, en donde se ubica la hidroeléctrica Xacbal, la cual es una empresa privada. Esto me hace pensar en la coyuntura actual relacionada con el estado de las carreteras en el país -un problema histórico como muchos otros- y en el Encuentro Nacional de Empresarios (ENADE) 2017, recientemente realizado, con la temática: “infraestructura para el desarrollo”. ¿Desarrollo para quién? habría que especificar. Porque para citar uno de muchos ejemplos, esta hidroeléctrica privada no parece haber traído desarrollo a las comunidades del lugar, a pesar de ser la segunda más grande después de Chixoy (Reynolds, 2007)[1].

Estamos en un momento en que todos los ojos están puestos en la mala situación de las principales vías de comunicación por las que se transportan los productos de las grandes empresas, y en el que se escuchan propuestas como “privatizar la construcción, administración y mantenimiento de las carreteras”, los medios de comunicación se llenan de campos pagados manifestando la preocupación del sector empresarial porque el Estado no les mantiene las carreteras en óptimas condiciones e incluso indignados exigen la renuncia de funcionarios públicos. Como si el problema se tratara de personas, que dicho sea de paso muy funcionales les han sido en ocasiones, y no de un sistema puesto en marcha por esos mismos empresarios que no pagan impuestos, que continuamente están buscando la forma de evadirlos, que cada año entran en grandes discusiones por el aumento de apenas Q100.00 o Q200.00 en el salario mínimo -alrededor de USD30.00-, el cual es uno de los más bajos de América Latina y que finalmente no todos pagan, especialmente los cañeros, que son los que bastante uso hacen de las carreteras, pero que además sobreexplotan a los y las trabajadoras y se ingenian estrategias para no pagarles lo equivalente a lo trabajado, en otras palabras: les roban[2].

Lo que todo esto evidencia es la existencia de un Estado al servicio de la empresa privada, que solamente se ocupa de resolver y atender las necesidades de este sector que le “representa ganancias al país” -la reciente participación del Presidente de la República en el Encuentro empresarial lo confirma-, y desatiende a miles de guatemaltecas y guatemaltecos que “no le generan beneficios”. Pero ese desinterés no es casual, la desatención de las grandes masas de pobres, en especial de las poblaciones indígenas del área rural del país, tiene entre otros objetivos de trasfondo: generar mano de obra barata. Y en el caso que nos ocupa muy seguramente una suerte de venganza histórica, porque algunas de las comunidades que reclaman la construcción de la carretera son parte de las Comunidades de Población en Resistencia -CPR- de la Sierra, quienes durante los años más difíciles del Conflicto Armado Interno -CAI-, se refugiaron en las zonas montañosas cercanas a sus comunidades para sobrevivir a los ataques y la persecución de las que fueron víctimas por parte del Estado. Pero también para resistir, se organizaron para, en la medida que las condiciones se los permitían, atender de forma equitativa las necesidades de sus comunidades, llegando a alcanzar un modelo de desarrollo basado en la democracia de base (un verdadero germen de socialismo).  

Así como fui testigo del pésimo estado de la carretera, uno de los principales obstáculos para el desarrollo, según lo manifiestan los pobladores del área, también fui testigo de la lucha y esfuerzos que estas comunidades realizan para mejorar su situación de precariedad, específicamente el caso de Santa Clara, la cual a pesar de encontrarse prácticamente incomunicada cuenta con el INEBT, al cual el Ministerio de Educación solamente ha asignado un profesor, quien no se presenta a sus labores como corresponde. Además tienen un hospitalillo atendido por un médico español que los visita de forma voluntaria cada seis meses, una clínica a cargo de un enfermero de la comunidad. Ante la falta de servicio de energía eléctrica y de agua potable, gestionaron paneles solares para el hospital y el laboratorio de computación del Instituto; y depósitos para la recolección de agua de lluvia.

A pesar de que la infraestructura antes descrita pueda parecer muy poca para hablar de un desarrollo humano digno e integral, es necesario reconocer que todo ello es un logro de Santa Clara, gestionado a partir de la organización comunitaria con apoyo de donaciones nacionales e internacionales. El Estado prácticamente no existe en Santa Clara y no cumple con su obligación de garantizarles a todos los y las guatemaltecas por igual el desarrollo integral de la persona, entre otras cosas, según lo mandata la Constitución Política de la República.

El Estado solamente se hizo presente en Santa Clara a través de su aparato represivo, el Ejército, cuando los reprimió, los persiguió y los mató, entonces sí fue eficiente para llevar a cabo sus objetivos, sí fue capaz de cumplir con sus “tareas”, no tuvo que recurrir a la privatización, como pareciera que quiere plantearse ahora como única solución al tema de la red de carreteras, y a muchos otros problemas histórico-estructurales no resueltos por el Estado. ¿Por qué ahora no es igual de eficiente para atender todas las necesidades de esa población? ¿En dónde está el alcalde o los diputados que los representan? ¿Cuántas veces al mes o al año se reúne con ellos para conocer sus necesidades, proponer soluciones y llevarlas a cabo? ¿Solamente una vez cada cuatro años, previo a las elecciones? En efecto, así es; y los pobladores de esta área lo tienen muy claro, saben que los políticos solamente se acercan a sus comunidades para la época de la campaña electoral, ofreciéndoles regalos a cambio de votos. La carretera en construcción de nunca acabar, es una prueba de ello.



[1] Con una capacidad de 94 megavatios, la hidroeléctrica Xacbal en San Gaspar Chajul, Quiché, será la mayor
hidroeléctrica que se construirá en los últimos 20 años, después de Chixoy. Sin embargo, los pobladores de
las aldeas chajulenses cercanas a la hidroeléctrica, cuyo inicio de operaciones está previsto para 2010, señalan
que el proyecto fue autorizado sin un proceso de consulta adecuado. […] el municipio de Chajul, donde se
desarrolla la hidroeléctrica Xacbal, se caracteriza por sus condiciones de extrema pobreza. Una de los problemas que viven es la falta de luz eléctrica. Actualmente, la subestación eléctrica más cercana al área Ixil
se encuentra en el municipio de Sacapulas, y debido a la distancia -unos 50 km de carretera-, el servicio es
caro, de baja calidad y no llega más allá de la cabecera municipal, Chajul. Por lo tanto, la Mesa Regional Ixil, la cual aglutina a 36 organizaciones sociales de Nebaj, Chajul y Cotzal, […] considera una ironía que la
electricidad producida por Hidro Xacbal sea para abastecer a la subestación La Esperanza, localizada en
Quetzaltenango. Francisco Velasco Marroquín, de la Mesa Regional Ixil, dijo a Inforpress: «Se necesita ese
servicio. Pero lo contradictorio es que se lo quieren llevar a otro lugar». El sacerdote Nicolás Gómez, de la
aldea Chel, ha propuesto la creación de una subestación eléctrica en Chajul que pueda proporcionar un
servicio de calidad y a un precio asequible para todo el área Ixil. Bajo esta propuesta, la electricidad sería
distribuida por una cooperativa creada por la comunidad. Sin embargo, Hidro Xacbal ha rechazado la propuesta argumentando que esto representaría un costo demasiado elevado para la empresa. Ver: Reynolds, L. (2007). Construcción de hidroeléctrica Xacbal genera descontento en población Ixil. Recuperado de: http://www.albedrio.org/htm/articulos/l/lr-028.htm

[2] Ver: Colussi, M. (2016). Entrevista a dos trabajadores cañeros revolucionarios en la Costa Sur de Guatemala: “Hay temor, pero debemos volver a trabajar para organizarnos”. Recuperado de: http://www.albedrio.org/htm/entrevistas/albedrio-045.html