jueves, 20 de abril de 2017

Venezuela y Estados Unidos: pulseada por el petróleo



Marcelo Colussi

Estados Unidos es, por lejos, el país de todo el mundo que consume la mayor cantidad de petróleo. Entre su enorme parque industrial, la inconmensurable cantidad de vehículos particulares y medios masivos de transporte que movilizan a su población y el monumental aparato militar de que dispone (más su reserva estratégica, calculada en 700 millones de barriles), su consumo diario de oro negro ronda los 20 millones de barriles. Quien le sigue, la República Popular China, llega apenas a la mitad de esa cifra: unos 10 millones de barriles diarios.

Esa cantidad monumental de hidrocarburos la produce el mismo país en su subsuelo: aproximadamente el 60% de ese petróleo sale del mismo Estados Unidos. De hecho, es uno de los más grandes productores mundiales de ese producto. Pero tanto es su consumo, que el 40% de lo que quema diariamente proviene de fuentes externas. Contrariamente a lo que la percepción generada por los medios de comunicación puedan hacer creer, de este total de petróleo importado, la mayor parte no viene de Medio Oriente y el Golfo Pérsico (que aporta un 35% de las importaciones) sino del Hemisferio Occidental (65%): Canadá, México, Colombia, Brasil, Ecuador y Venezuela. De hecho, este último provee alrededor de un 12% de lo que se consume en la potencia norteamericana.

El interés prioritario del gobierno de Estados Unidos por mantener bajo control el Medio Oriente, África y Latinoamérica radica en las reservas petrolíferas que allí se encuentran (más otras reservas estratégicas, como gas, agua dulce, determinados minerales, biodiversidad de las pluviselvas tropicales). Venezuela, para su desgracia, posee las más grandes reservas petrolíferas del mundo, al menos de las conocidas hasta ahora.

¿Por qué para su desgracia? Por dos motivos: el primero (que no es el del interés prioritario en el presente análisis, pero que no puede soslayarse), porque durante todo el siglo XX la existencia de esta riqueza llevó a impulsar un capitalismo rentista que impidió un desarrollo armónico, equilibrado y sostenible en el tiempo. De hecho, este recurso natural generó una aristocracia petrolera que vivió parasitariamente por décadas, sin producir ninguna otra cosa que burocracia, al lado de grandes mayorías paupérrimas, quitándole al país la posibilidad de impulsar una industria propia, e incluso un agro autosuficiente.



Esa cultura rentista-urbana ayudó a despoblar las áreas rurales creando ciudades como Caracas, verdaderos monstruos urbanísticos que dieron cobijo a miles y miles de desplazados internos que venían en busca del paraíso de esta supuesta bonanza económica que traía el “dinero fácil”, pero que no sirvió más que para crear un sociedad bastante disfuncional, plagada de Miss Universos y adoración por Miami y el despilfarro, pero sin base de sustentación genuina más allá de los petrodólares, junto a barriadas populares paupérrimas añorando alguna migaja del famoso “derrame”. Esa cultura rentista que se extendió por décadas, hedonista incluso, dio como nefasto resultado no producir más alimentos sino contentarse (¿enorgullecerse?) con importarlos. La seguridad alimentaria es una condición mínima e indispensable para la autonomía de un país; y Venezuela, tierra tropical sumamente fértil, pese al flujo interminable de divisas provenientes del petróleo, nunca la logró. Años de proceso bolivariano no han conseguido terminar con la dependencia del oro negro (aproximadamente la mitad de su ingreso sigue siendo la cuenta petrolera).

Pero el segundo motivo por el que hablar de desgracia para la suerte de los venezolanos es el estar asentados sobre una reserva fabulosa. Por lo pronto, los petróleos bituminosos de la Franja del Orinoco aseguran abastecimiento, al ritmo mundial actual de consumo, por lo menos para 50 años más.

La estrategia imperial de Washington sabe que necesita petróleo para el mantenimiento de su “american way of live” (léase: consumo desenfrenado, que no cesa a pesar de la crisis que se vive desde el 2008). Ese consumo necesita en forma creciente del petróleo. El capitalismo, pese a saber de la catástrofe ecológica que este modelo de desarrollo suscita, no puede parar en su voracidad, dado que en su arquitectura interna necesita del oro negro como savia vital. Así como los gobiernos de los Estados Unidos [y otras potencias capitalistas] necesitan las empresas petroleras para garantizar el combustible necesario para su capacidad de guerra global, las compañías petroleras necesitan de sus gobiernos y su poder militar para asegurar el control de yacimientos de petróleo en todo el mundo y las rutas de transporte” (James Paul, en el informe del Global Policy Forum).

La cultura del petróleo, que no es sino decir “el capitalismo”, se alimenta de este producto de manera imprescindible. Van indisolublemente asociados. El Socialismo del Siglo XXI no pudo (no quiso, no supo) cambiar esa tendencia.

La desgracia para Venezuela es que las reservas de petróleo que no están bajo suelo estadounidense, para Washington es como si estuvieran. Dicho de otra forma: la prosperidad de la principal potencia capitalista necesita esas reservas al costo que sea. Eso explica la volatilidad suprema del Medio Oriente, con un Israel que juega el papel de “sucursal hiper armada” de Estados Unidos (con poder nuclear no declarado oficialmente), las continuas e interminables guerras en África sub-sahariana, y la agresividad sin par demostrada contra Caracas. ¿Por qué? Porque ahí está parte del reaseguro de esa forma de vida (irracional e irresponsable) que generó el capitalismo. Que la degradación ambiental generada por los gases del efecto invernadero negativo producto de la quema de petróleo nos estén ahogando, al capitalismo no le importa. Business are business.

Venezuela, con su Revolución Bolivariana iniciada con Hugo Chávez, no es, en sentido estricto, un país socialista donde terminó de una vez el capitalismo. Así como no lo son –o son procesos complejos, confusos a veces– otros modelos sociales populares y nacionalistas que han tenido o están teniendo lugar en Latinoamérica en estos últimos años, que le hacen alguna cosquilla al capitalismo o al imperialismo: Brasil con el PT, Argentina con Kirchner o Fernández, Bolivia con Evo Morales, Ecuador con Correa. En la Franja del Orinoco, en Venezuela y en el medio de la Revolución Bolivariana, siguen operando compañías multinacionales privadas, que repatrían ganancias a sus casas matrices, como las estadounidenses Chevron/Texaco o la Exxon/Mobil, la británica British Petroleum, la anglo-holandesa Royal Dutch Shell, la francesa Total, la argentina Pérez Companc, la española Repsol. De hecho, el gobierno bolivariano fijó en un 50% de lo facturado las regalías que esas empresas deben pagar al Estado venezolano.

Entonces, si las multinacionales petroleras no han cerrado su negocio en Venezuela, y aún con esa alta carga impositiva continúan operando muy felices, ¿por qué esta agresividad tan grande de Washington hacia la Revolución Bolivariana?

El analista político colombiano-venezolano Ramón Martínez lo dice claramente: “Hay una intención de la derecha internacional de detener cualquier proceso de democratización popular, de avance hacia planteos sociales que le den protagonismo a los trabajadores, por lo que se hace cualquier cosa para detener esos cambios, tal como vemos que se está realizando en Venezuela (…). La idea es sacar de en medio cualquier proceso que se plantee soberanía nacional. Sabemos que ninguno de estos son gobiernos socialistas en sentido estricto; no son marxistas en sentido clásico, pero sí impulsan mejoras para las grandes mayorías populares. No son gobiernos que llegaron a través de una revolución socialista, pero sí están en contra de las políticas imperiales. Esto le duele a la derecha, y aquí en Venezuela, aunque las grandes empresas mantienen sus negocios, han salido de la dirección política del país. Eso es algo que no perdonan, y por eso mismo el imperio también reacciona”.

Si algo le preocupa a esa geoestrategia de la clase dirigente estadounidense es que no tiene totalmente asegurado el manejo de esa gran reserva de Venezuela (como pareciera que lo sí lo tiene en el Golfo Pérsico). No contar con un gobierno dócil, que se arrodilla mansamente ante su dictado, es una bomba de tiempo. De ahí la obsesión por detener la Revolución Bolivariana a toda costa, primero con Chávez en la presidencia, ahora con Nicolás Maduro.

La estrategia de Washington no repara en nada para lograr su objetivo. En Venezuela, salvo la opción militar, ya ha probado de todo: intento de golpe de Estado, sabotaje petrolero, violencia callejera, desabastecimiento y mercado negro, caos social, desinformación mediática. Desde hace un tiempo se está intentando crear una “crisis humanitaria” generalizada. En realidad, el país no vive la situación caótica que la prensa comercial presenta, pero es sabido –siguiendo al ministro de Propaganda nazi Joseph Goebbels– que “una mentira repetida mil veces termina transformándose en una verdad”, por lo que la matriz de opinión lanzada al público hace de Venezuela un “desastre inhabitable”.

Venezuela atraviesa un período de inestabilidad significativa el año en curso debido a la escasez generalizada de medicamentos y comida, una constante incertidumbre política y el empeoramiento de la situación económica”, declaró recientemente el Jefe del Comando Sur, Almirante Kurt W. Tidd, en su informe al Comité de Servicios Militares del Senado estadounidense. De ahí que, según la estrategia en marcha, “la creciente crisis humanitaria en Venezuela podría obligar a una respuesta regional”, agregó el funcionario. ¿Habrá que entender eso como “posibilidad de una intervención militar multinacional encabezada por la OEA”? No sería impensable, sabiendo el papel (triste y lamentable) jugado por ese organismo regional, “Ministerio de Colonias de Washington”, como lo llamara el Che Guevara.

Es más que claro que hay un plan trazado en las altas esferas decisorias de Estados Unidos para intervenir en Venezuela, según puede desprenderse de ese largo historial de sabotajes y agresiones, y también según lo que puede leerse en un documento que circula en la red: “Plan para intervenir a Venezuela del Comando Sur de Estados Unidos: Operación Venezuela Freedom-2”, firmado por su titular, el Almirante Kurt W. Tidd, fechado en febrero de 2016. Perder esas estratégicas reservas petroleras no entra en su lógica de dominación.


El supuesto “caos” y la insoportable y vergonzosa “crisis humanitaria” que viviría el país caribeño, en realidad no son tales. Son producto de esa interesada y artera manipulación mediática que prepara condiciones para acciones políticas (¿o militares?). En ese sentido, y con la más absoluta energía, debe denunciarse el plan en juego y pedirse (exigirse) el total respeto a la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela. 

martes, 11 de abril de 2017

Tras el triunfo de la izquierda en Ecuador: ¿retrocede la derecha latinoamericana?


Marcelo Colussi

Las recientes elecciones en Ecuador con el triunfo del candidato de la izquierda, Lenin Moreno, son una bocanada de aire fresco para el campo popular, una cuota de esperanza.

Para los ecuatorianos, ello da la posibilidad de continuar con las medidas de corte social iniciadas anteriormente por el gobierno de Rafael Correa. De haber ganado el candidato de la derecha, Guillermo Lasso, esas políticas hubieran sido radicalmente suprimidas, y la sociedad en su conjunto hubiera sido llevada a modelos del más salvaje capitalismo con matices semifeudales, tal como fue por siglos en el país. El triunfo de Moreno mantiene los avances registrados en estos años. En ese sentido: transmite esperanza, es una buena noticia.

Ahora bien: para los trabajadores, los pobres y excluidos de todo el continente latinoamericano, es difícil pensar que esto sea una barrera que frene el capitalismo salvaje imperante, habitualmente conocido como “neoliberalismo”. En todo caso, conviene analizar más en detalle qué se juega ahí, y el escenario en que se dieron las elecciones.

Desde hace décadas en toda Latinoamérica –en todo el mundo, y por supuesto, también en Ecuador– se han impuesto políticas de un capitalismo extremo, eufemísticamente llamado “neoliberalismo”. Ponemos énfasis en lo de “eufemismo”, porque desde algún tiempo también pareciera que el gran enemigo a vencer –al menos desde el campo popular– es ese neoliberalismo. En otros términos: sería esa “deformación monstruosa” que desde hace años parece haberse enseñoreado del planeta, un capitalismo que prioriza el libre mercado y la empresa privada por sobre el Estado. Ese “malo de la película” representaría el gran problema, la causa de nuestras desventuras, de la exclusión

Estos últimos años, desde fines del siglo pasado aproximadamente, se dio una serie de gobiernos medianamente progresistas en la región latinoamericana. Con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela se recuperó un discurso que parecía condenado al museo, hundido al mismo tiempo que la Guerra Fría. En el campo popular volvió a hablarse entonces de revolución, de socialismo, de antiimperialismo. El ideario socialista parecía retornar. Para superar las estreches y estigmas del estalinismo de la era soviética, fue surgiendo la idea de socialismo del siglo XXI.

Es en ese marco que aparecieron procesos populares, progresistas, con distintos grados de participación popular y de avance en las conquistas. El subcontinente sudamericano parecía salir de su letargo, luego de las sangrientas dictaduras militares que prepararon las condiciones para los planes de achicamiento del Estado, privatizaciones por doquier e hiper explotación de la clase trabajadora.



Pero ninguna de esas experiencias (el proceso bolivariano en Venezuela, los Kirchner en Argentina, el PT en Brasil, ex tupamaros en Uruguay, Bachelet en Chile, Lugo en Paraguay, el MAS en Bolivia, el proceso ecuatoriano con Rafael Correa) tenía como objetivo una transformación profunda de las estructuras. Nunca se tocaron los cimientos de la sociedad capitalista. En todo caso, fueron importantes pasos hacia planteos redistributivos con mayor justicia social. Al lado de las dictaduras y de políticas de ajuste monstruosas, con una precarización terrible de la fuerza laboral (en todos los niveles: obreros industriales urbanos, trabajadores rurales, sectores medios de servicios, profesionales), levantar planteos socialdemócratas tuvo un valor de enorme avance. Para los sectores empobrecidos, eso fue un bálsamo. Para las derechas, envalentonadas con el auge del discurso neoconservador, fue un cachetazo.

Lo curioso es que la derecha latinoamericana, y más aún el sector financiero, nunca tuvo un crecimiento económico tan grande como en estos últimos años bajo estos gobiernos populares. Algo no encaja ahí: ¿por qué, si bien es cierto, que el capitalismo latinoamericano creció enormemente en estos años, sataniza de tal manera cualquier gobierno popular?

La explicación hay que buscarla en resortes ideológicos, en muy buena medida impulsados desde la Casa Blanca de Washington. El dominio casi absoluto que comenzó a recuperar el neoliberalismo sobre el campo popular, sobre la masa de trabajadores precarizados y desorganizados, se puso muy tímidamente en entredicho con estos gobiernos populares. Por eso, la sola posibilidad de ver dirigentes que le hablan de tú a tú al pueblo, con un lenguaje campechano y accesible, eso solo ya prendió las alarmas en las usinas ideológicas de la derecha. La creación de fantasmas “castro-comunistas” no demoró en aparecer. Así, todas estas experiencias socialdemócratas fueron ferozmente atacadas. Bombardeadas sistemáticamente desde el ámbito mediático –con el tema de la corrupción como “caballito de batalla”, corrupción que, es preciso decirlo, sí existe efectivamente–, al no ser verdaderos procesos revolucionarios de cambio, y al no contar con una base popular organizada (como sí la hay en Cuba), estos procesos han venido retrocediendo.

Ello marca que el trabajo hecho por las dictaduras de las décadas pasadas, pero más aún las políticas neoliberales de empobrecimiento y sojuzgamiento aún vigentes, desarmaron muy hondamente la protesta popular, la organización, la lucha sistemática. Y más todavía (¡esto es, quizá, lo más importante!), desmantelaron –al menos por un tiempo– el ideario de cambio revolucionario.

Ante esa orfandad y precariedad, propuestas tibias de “capitalismo con rostro humano”, tal como las que se han venido teniendo en Latinoamérica estos años, para la izquierda –nostálgica de otros tiempos, de idearios que hoy no parecieran atraer a nadie– vio en ello un retorno del socialismo. Pero todo indica que no hubo tal retorno.

El reciente triunfo de Lenin Moreno en Ecuador –aunque la derecha troglodita lo vea como un inminente “peligro comunista”, un desembarco de tropas cubanas para llevarse los hijos de familias ecuatorianas a campos de entrenamiento de terroristas y una hiper expropiación de todo lo que se pueda expropiar (los mismos fantasmas de 50 años atrás en plena Guerra Fría)– es una buena noticia para los trabajadores y excluidos del país sudamericano. ¡Pero no es el presagio de la revolución socialista! ¿Se la puede considerar seriamente como un freno al neoliberalismo en la región? ¿Hay, acaso, un retroceso de la derecha en Latinoamérica?

Si bien en la izquierda nos vivimos peleando y fragmentando (por protagonismo, por luchas sórdidas de poder, aunque no se lo acepte en voz alta), la derecha se une mucho más monolíticamente ante los peligros. En eso nunca se equivoca. Se une, porque tiene verdaderamente mucho que perder. Sus privilegios de clase, así de simple. La derecha se une como clase y reacciona ante el más mínimo intento de democratización del poder. Por eso todas estas tibias experiencias de capitalismo moderado (economía mixta, capitalismo “serio”, pacto social, empresa social) pueden ser vistas como “demonio comunista”.

Saludamos y damos la bienvenida al triunfo de Lenin Moreno y a la continuidad de las políticas sociales que se vienen dando desde la administración de Rafael Correa, pero parece un tanto aventurado pensar que esto es un golpe a la derecha. Una mirada objetiva de la realidad latinoamericana nos confronta con la casi totalidad de países capitalistas gobernados por equipos neoliberales con planteos ultraderechistas, con empobrecimiento de la gran masa trabajadora, con auge de la precarización laboral (¡también en todos estos países socialdemócratas!), con inversiones extranjeras centradas en el extractivismo depredador, y con 74 bases militares estadounidenses cuidando celosamente la región. ¿Retroceso de la derecha?

El presente escrito no pretende ser agorero ni aguafiestas. Ni tampoco ubicarse en posiciones ultras. Busca, muy modestamente, tener los pies posados en la realidad. Por allí se dijo que con el triunfo de Moreno el neoliberalismo en la región retrocede, y que tenemos que descorchar champán por esta victoria. ¿Será cierto?

Más humildemente digamos que esto nos muestra que las poblaciones en su conjunto siguen siendo sufridas, golpeadas, excluidas, y que si tienen la posibilidad de expresarse, a veces optan por candidatos populares en esta restringida democracia capitalista (a veces, enfaticémoslo: en Argentina, por ejemplo, optaron por su verdugo, dada la muy bien orquestada campaña anticorrupción contra la presidenta Fernández). El triunfo de un candidato no tan a la derecha como el banquero Lasso es una buena noticia, pero el capitalismo sigue inalterable. Eso no debe olvidarse.

Como conclusión, importantísima para no extraviarnos en esta difícil realidad, entiendo que no debe perderse de vista que el neoliberalismo –si así decidimos llamarle a este salvaje capitalismo hiper depredador y sin anestesia que hace, por ejemplo, de un vendedor ambulante un microempresario que debe pagar impuestos, y de un trabajador explotado un colaborador de la gran familia-empresa (¿?)– es una forma más del capitalismo. Si hacemos de ese neoliberalismo el enemigo a vencer, ¿nos olvidamos del capitalismo? Cuidado con esa falacia.


¡Viva el triunfo popular en Ecuador!, pero esto es solo un pequeño granito de arena. El cambio social profundo (la revolución socialista) sigue esperando. 

viernes, 31 de marzo de 2017

Latinoamérica tiene complejo de inferioridad



Marcelo Colussi

No es infrecuente ver en cualquier punto de Latinoamérica a algún ciudadano (hombre o mujer) de aspecto aindiado, moreno, en definitiva: no-blanco, con el cabello teñido de rubio. En esta sufrida región del mundo, para ambientar un programa cultural radial o televisivo, en principio a cualquiera se le podría ocurrir usar música llamada “clásica” (música académica europea de los siglos XVII al XIX) y no, seguramente, cumbia o ranchera. Y si se trata de organizar una cena de lujo muy probablemente cualquier habitante latinoamericano pensaría en ofrecer langosta, algún plato con un complicado nombre en francés, lasagna quizá… pero seguro que no arepa, humita ni indio viejo. Y por supuesto, para ir “bien” vestido, un varón debe llevar saco y corbata y una mujer tacones altos con joyas y mucho perfume; sería de “mal gusto” presentarse en güipil o con chaqueta de colores típicos. Los palacios gubernamentales, aún rodeados de palmeras y bajo abrasadores soles tropicales, deben tener muchas columnas jónicas y dóricas con amplias escalinatas de mármol como los de los “hombres blancos” del norte, y la juventud “chic” canta en inglés. ¿¡Cómo habría de tararear una canción en guaraní o en mapuche?! Y en diciembre, ¡por supuesto!, los malls (también se puede decir shopping centers) se llenan de pinos plásticos y nieve artificial con un viejo barbudo vestido con trajes de piel viajando en trineo (¿en nuestros países?). Si pensamos en pirámides fabulosas, pensamos en las de Egipto, olvidando que en Mesoamérica hay otras tan fantásticas como aquellas. Dato interesante: la civilización maya llegó al concepto de número cero hace más de mil años, cuando en Europa se cazaban brujas por herejía.

¿Por qué lo latinoamericano no es “civilizado”? ¿Maldición de Malinche?

¿Quién dice que no somos “civilizados”? ¿Cuál es el ícono representativo de nuestros países? Hombres borrachos y mujeriegos, en general flojos para el trabajo, mujeres provocativas con sensuales caderas y pechos semidesnudos, sucias y caóticas ciudades desorganizadas atestadas de vendedores ambulantes y niños de la calle, uniformados impunes que ejercen un poder dictatorial, un agro semifeudal con campesinos famélicos usando bueyes y machete para sus faenas diarias. En general no se relaciona Latinoamérica con ciencia, tecnología, arte ni filosofía; pero sí se la asocia a atraso, a primitivismo, a sociedades detenidas en los siglos de la colonia española, profundamente católicas, llenas de prejuicios. Ahora bien: ¿de dónde sale esta cosmovisión? ¿Somos así los latinoamericanos? ¿O es la lectura que sobre nosotros produce el discurso imperial que nos condena a ser “indios” y “negros” atrasados proveedores de materias primas baratas?

Sin dudas en este momento, ya entrado el siglo XXI, esa tajante división de “civilización” y “barbarie” se ha atemperado un poco. El 12 de octubre ya no es el “día de la raza” o “de la hispanidad” sino el de la resistencia y la dignidad indígena. Hoy no es políticamente correcto decir “negro”, y para eso tenemos el neologismo de “afrodescendiente”, así como se va abandonando la grosera e hiriente expresión “indios” por la de “pueblos originarios”. Pero más allá de este barniz superficial –importante en algún nivel–, la exclusión persiste, y mucho. Es cierto que ya nadie va a importar “negros” del África para traerlos a trabajar a las plantaciones de la cuenca del Caribe, y ya no se venden fincas “con indios incluidos”. Pero ser latinoamericano aún tiene un peso negativo que no es fácil de quitar.



Pero ¿quién dice que esta “bárbara” región del mundo es atrasada? En definitiva: ¿qué es eso del atraso? ¿Por qué sentirnos avergonzados de ser lo que somos? ¿Por qué sigue teniendo efecto sobre nosotros, los latinoamericanos, la odiosa maldición de Malinche?

En todo lugar del mundo y en cualquier momento histórico, al menos desde que hay sociedades divididas en clases donde una apropia el producto social excedente producido por la otra, el grupo dominante marca el rumbo. Esa dominación, la historia lo enseña descarnadamente, no se limita a un espacio geográfico inmediato: por el contrario, cuando una clase dominante crece y aumenta su capacidad de dominio, se torna imperialista. Así, la dominación de los poderosos va más allá del grupo que habla su mismo idioma y la historia humana nos muestra que todo grupo de poder, cuando tuvo la ocasión de expandirse, conquistó y dominó a cuanto súbdito pudo. Ello sucedió en todos lados, también en la hoy conquistada Latinoamérica: los imperios maya, azteca o inca no eran “pobres indiecitos atrasados”; eran colosales mecanismos imperiales como lo fueron el persa, el romano o el chino, o como luego lo serían el español, el británico o en la actualidad el estadounidense.

La dominación se asegura militarmente, y por la cultura. E incluso esta última termina siendo, a largo plazo, más efectiva que las armas. Desde que hay sociedades de clases, siempre hay una cultura dominante que se impone y marca el ritmo a los dominados, a sus propios súbditos por así decir “naturales” y a los conquistados más allá de sus fronteras. El conquistado se resiste, pero también se pliega al conquistador. Seguramente como mecanismo de sobrevivencia, la dinámica de esta relación amo-esclavo está marcada por esta incomprensible dialéctica: el esclavo, por lo común, termina pensando con la cabeza del amo. De ahí que la maldición de Malinche puede establecerse y ser efectiva. ¿Por qué, si no, un indígena latinoamericano querría pintarse el pelo del color de quien lo conquistó?

Este mecanismo de asimilación cultural donde el dominado repite las formas del dominador es universal. Por lo que enseña la comparación de distintos procesos históricos, puede verse que se da siempre, junto también a la rebelión. Es decir: lucha a muerte contra el opresor, pero también incorporación de su imagen para buscar controlarlo en la así llamada “realidad psíquica”. Todo ello también se cumple en Latinoamérica (¿por qué no habría de repetirse siendo un dispositivo psicológico universal?) De todos modos, entre uno y otro polo, entre la aceptación pasiva y la reacción rebelde, subversiva, que busca destruir al dominador, podemos priorizar uno u otro elemento. Y el que queremos levantar ahora, sin ocultarlo en lo más mínimo, es la reacción contra el imperialismo cultural del que seguimos siendo víctimas.

La dominación imperial (cualquiera sea, del pasado o del presente) busca integrar a los dominados como esclavos bien portados que le facilitan su proyecto imperial. Pero nunca falta un Espartaco que se levanta. O un Vietnam. Y tal como dijo el Che Guevara, necesitamos interminables Vietnam que se levanten contra el discurso hegemónico y unipolar que hoy representa el imperialismo conducido por Washington, y contra la pesada carga que nos sigue humillando y haciendo sentir unos “primitivos” junto a los “desarrollados” del Norte.

La idea final no puede ser crear división entre los distintos grupos humanos, representantes todos, finalmente, de la misma “raza”. Pero sí vale puntualizar, como un momento de la lucha hacia ese mundo de igualdad que aún no se ha conseguido, que el supuesto desarrollo civilizatorio de una cultura “superior” a otra no es más que patraña. ¿Son “mejores” los que tienen el “buen” gusto de comer pasta con vino tinto en vez de anticucho o de usar ropa con colores pastel y no esos “primitivos” tonos vivaces de las guayaberas tropicales? Si alguien creyera que sí, verdaderamente es un primitivo. Lo curioso, no obstante, es que el mundo está basado en esa idea. Y sin saberlo, sintiéndonos “superiores” algunos e “inferiores” otros, seguimos repitiendo la estructura. ¿Nos irá mejor en la vida si nos teñimos el cabello de rubio y copiamos las modas de los anglosajones dominantes?

De todos modos, producto de más de cinco siglos de dominación cultural, en Latinoamérica estamos adormecidos al respecto y en muy buena medida seguimos creyendo, como la Malinche, que lo que viene de afuera es necesariamente “mejor”. El “made in…” es ya una garantía de calidad. ¿Hasta cuándo vamos a seguir con ese complejo de inferioridad? Incluso en la izquierda se ha filtrado ese prejuicio, y el marxismo, en tanto teoría y llave para desarrollar una práctica revolucionaria, está concebido en clave europea siendo poco lo que se hizo en Latinoamérica por contextualizarlo y adecuarlo a nuestra realidad.

Divide y reinarás” sintetizó Maquiavelo. Todos los ejercicios de poder imperial lo han puesto en práctica. El dominado, cuanto más divido esté, más fácil de dominar. En Latinoamérica, además de “acomplejados” con esto de sentirnos “sudacas” –el referente siempre está afuera: Europa o, actualmente, Estados Unidos– hemos estamos históricamente divididos, en todo: en términos políticos, económicos, pero fundamentalmente en lo cultural. Como dijo el argentino Adolfo Pérez Esquivel: “el único país que tiene en verdad una estrategia para el continente es Estados Unidos. Aunque claro que no es, precisamente, la más conveniente para los pueblos de la región”.


Los tiempos están cambiando. ¿Acaso si no somos rubios no podemos hacer nada “importante”? ¿Estamos condenados a proveer al Norte (a precio de remate) sólo productos primarios y jugadores de fútbol? Si hay algo verdaderamente primitivo, bárbaro y salvaje entre los seres humanos es creerse superior a otro congénere. 

viernes, 24 de marzo de 2017

Guatemala: el Estado funciona… cuando le conviene



Marcelo Colussi

Desde hace algún tiempo viene hablándose insistentemente de Estados fallidos. En realidad no hay tal. Estos supuestos “fallidos” -como en el caso de Guatemala- son, en todo caso, institucionalidades pobres que defienden la situación dada para que nada cambie. No fallan, en modo alguno: cumplen a cabalidad su función.

¿Para qué están los Estados? Supuestamente para garantizar el bien común. Pero si bien eso puede ser la declaración oficial de su cometido, su tarea real es mantener el estado de cosas dado. Dicho en otro término: garantizar que nada cambie, asegurando el núcleo de la sociedad, es decir, la explotación de clase.

En los países pobres del Sur, donde las relaciones sociales siguen siendo mucho más en blanco y negro, más brutales, con menos mediatizaciones de las que se pueden encontrar en el Norte (con una institucionalidad y mecanismos estatales que ofrecen un clima de menos explotación brutal, aunque la explotación por supuesto también existe), en esos países el Estado está muy lejos de cumplir su declarada función de regulador social. En el Norte, donde sobran recursos (porque se explota al Sur, porque la acumulación originaria permitió un acopio de recursos muy grande), los Estados medianamente satisfacen las necesidades de su población. En el Sur: no.

Para verlo gráficamente, puede tomarse un ejemplo concreto; para el caso: Guatemala. Allí hace ya casi dos siglos que existe un Estado moderno, calcado sobre la base de las potencias capitalistas surgidas primeramente: algunas de Europa y Estados Unidos. Con una Constitución que repite los patrones de la ideología iluminista dieciochesca, el Estado de Guatemala -como el de cualquier país tercermundista, con su himno nacional y toda la parafernalia simbólica al respecto- declara principios universales para el bienestar común. Pero la práctica muestra que no los cumple. En el Norte, porque hay una mayor acumulación, para la clase trabajadora llegan muchos beneficios. La carga impositiva vuelve al pueblo en forma de servicios eficientes. En el Sur no. El Estado se limita a declarar en el papel cosas altisonantes que en la realidad no cumple, pues las clases dominantes acumulan la mayor parte de la riqueza. La asimetría en el acceso a la riqueza es inmoral.

Véase el caso de Guatemala. ¿Sirve ahí el Estado? ¿Es fallido, o le sirve a alguien? A las grandes mayorías no parece servirle mucho. Pero a la clase dominante sí.

Es un Estado raquítico, al menos en cuanto a su recaudación fiscal. En los países latinoamericanos la media del ingreso fiscal es de alrededor de un 20% del Producto Bruto Interno; en países con “estado de bienestar” la carga impositiva llega al 50% de ese PBI, en tanto que en Guatemala ronda apenas el 10%, la segunda más baja del continente americano, detrás de Haití. Partiendo de la base que es un Estado pobre, muy pobre, con muy pocos recursos para trabajar, la cuestión se complica cuando se observa a quién apunta su objetivo. A llenar realmente las necesidades populares: definitivamente no. A mantener la situación de explotación: sí.



Se dice que el Estado es “fallido”, pero cuando tuvo que defender a capa y espada los privilegios de la clase dominante durante la pasada guerra interna (la más cruenta de toda Latinoamérica en estos años de “guerras sucias”, con terrorismo de Estado, campos de concentración clandestinos y cámaras de tortura a la orden del día), su papel se cumplió a la perfección. Quien masacró la protesta popular fue el Estado.

¿Falló en su cometido de contener el avance de las luchas populares de los años 60/70 del siglo pasado? ¡En absoluto! Su papel fue decisivo para impedir el avance del “comunismo internacional”.

Para graficar todo esto, compárese cómo “falla” en un servicio público básico tal como la educación, y cómo actúa aceitadamente para reprimir.

Estado represor: una pequeña muestra

Durante los sangrientos años de la guerra interna, el Estado contrainsurgente desarrolló un enorme aparato clandestino para frenar cualquier organización popular que pudiera ser contestataria. Para ello valió todo, incluso violar abiertamente los principios declarados en la Constitución. La desaparición forzada de personas fue uno de sus instrumentos privilegiados, sacando de circulación luchadores populares enviando así un mensaje aterrorizante, paralizante al resto de la población.

Sigue la consigna que por ningún motivo hay que mostrar el libro de control de detenidos a los jueces que vienen a practicar exhibición personal de algún detenido. Esto es orden del jefe.”, puede leerse, por ejemplo, en un Memorándum con fecha 23 de julio de 1980, firmado por el Jefe de Servicios, actualmente resguardado en el Archivo Histórico de la Policía Nacional (Referencia archivística: GT PN 24-09-02 S001).

El Estado sabía lo que hacía. La guerra contra ese ataque subversivo fue despiadada y, desaparición forzada de personas y masacres de tierra arrasada mediante, el Estado se impuso. El “comunismo” fue rechazado. Las cosas siguieron “normales”: como diría Joan Manuel Serrat: “Vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.

¿Falló el Estado? Definitivamente no. En su tarea básica, en mantener las cosas de base sin cambio, en mantener la estructura social firme (el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza, y ¿todos felices?), en eso no falló. Pero sí falla en, por ejemplo, brindar educación.

Violación del derecho de acceso a la educación pública gratuita

Gratuidad

En el artículo 74 la Constitución establece el derecho y la obligatoriedad de la educación: “los habitantes tienen el derecho y la obligación de recibir la educación inicial, preprimaria, primaria y básica, dentro de los límites de edad que fija la ley. La educación impartida por el Estado es gratuita. (…) El Estado promoverá la educación especial, la diversificada y la extraescolar”.

La ficticia gratuidad

El compromiso asumido por el Estado de brindar educación gratuita en los establecimientos públicos es algo que se desmiente en la cotidianidad de las familias en condición de pobreza y pobreza extrema.

Algunas escuelas públicas realizan cobros adicionales como “donaciones” o “colaboraciones voluntarias” para los gastos que el Estado no asume. Estos cobros se justifican como una ayuda para: el mantenimiento de la escuela, la seguridad de la misma, la compra de artículos de limpieza, etc. Estas “colaboraciones voluntarias” se exigen como requisito para la inscripción de las niñas y niños a la escuela. Estos cobros que constituyen una clara violación al derecho a la educación. Además de ser ilegales y violatorios de ese derecho fundamental, son arbitrarios (pues cada establecimiento educativo asume un criterio propio) y constituyen uno de los impedimentos principales para que las niñas y niños que provienen de comunidades de extrema pobreza ingresen, permanezcan y sean promovidos en la escuela.

Lo anterior se detalla en la siguiente gráfica:

Inversión familiar en educación en sector público:

Rangos de cobro por inscripción en institutos públicos (mantenimiento, computación, seguridad)
Q 30.00 a Q. 75.00 (Nivel Pre-primario y Primario)
Q 50.00 a Q. 300.00 (Nivel Básico).
Mensualidades: complemento al salario de maestros, refacción, mantenimiento, computación, seguridad privada
Q40.00 (Nivel Pre-primario y Primario)
Q 50.00 (Nivel básico)
Q 150.00 (Nivel diversificado)
Compra de útiles
Q150.00 (Lista de útiles de Pre-primaria)
Q 250.00 (Lista de útiles Nivel Primaria)
Q 709.00 a Q1,550.00 (Útiles y libros Básicos)
Q 510.00 a Q705.00 (Útiles y libros Diversificado)
Uniformes de diario/educación física
Q 90.00 a Q130.00
Cobros por exámenes, por excursión, manualidades, disfraces, eventos como graduaciones, marchas, graduaciones de preparatoria, de sexto grado, de tercero básico, de diversificado
Q 10.00 a Q. 75.00 salidas extra-aula
Q 50.00 a Q300.00 acto de graduación


Fuente: Movimiento Cuarto Mundo, 2014.

Las familias que tienen a sus hijos en primaria tienen que invertir en el primer mes del ciclo escolar Q.450.00 por cada hija/o, y en básicos un aproximado de Q.1, 400.00 por cada hija/o. Estos gastos tienen que ver con compra de útiles escolares, uniformes y el pago de las “colaboraciones voluntarias”. Estas cantidades resultan casi imposibles de asumir para las familias más pobres, lo cual imposibilita el acceso de sus hijos a la educación, o bien les obliga a elegir a quién mandan a estudiar y a quién no.

Según el Informe Nacional de Desarrollo Humano 2011-2012 del PNUD, el 62% de la población vive en pobreza media, y el 30% en pobreza extrema. El ingreso para una persona (a veces para toda una familia) que vive en condición de pobreza extrema es aproximadamente de Q600 al mes. Por lo tanto, los Q450.00 requeridos por cada hija/o en el primer mes del ciclo escolar representan el 75% del ingreso de una persona en pobreza extrema. Poder realizar estos gastos para algunas familias se vuelve casi imposible, más cuando se tienen que mandar a varios niños a estudiar. Esto ocasiona que se viole el derecho a la educación, al no poder ser accesible por limitaciones económicas.

Si con gran esfuerzo logran superar estos obstáculos, la gratuidad de la educación sigue haciéndose menos evidente. Los centros educativos piden “contribuciones voluntarias” a lo largo del año para: excursiones y/o actividades recreativas -de las cuales algunas son obligatorias y su inasistencia afecta negativamente la nota de los estudiantes-, fotocopias de los exámenes, pago de mensualidades (a nivel de la educación básica), etc.

A esto se suma el dinero que tienen que gastar para hacer tareas e investigaciones en internet cuando en muchas escuelas no se enseña computación ni se cuenta con una biblioteca cercana para realizar las investigaciones; en algunos casos realizar gastos en pasajes para el traslado hacia los centros educativos; refacciones, etc.

Todos los gastos mencionados hacen que, aunque algunos estudiantes logren entrar, luego no puedan continuar y terminen, finalmente, fuera del sistema educativo. En otros términos: el Estado sigue incumpliendo un derecho básico para niñas, niños y jóvenes como es el acceso a la educación gratuita.

Educación de calidad y universal

Si bien la gratuidad de la educación, así como su calidad y el acceso universal a la misma, están consagradas en la Constitución de la República, el hecho es que la situación imperante lleva a muchas familias a enviar a sus hijas/os a instituciones privadas, a partir de la insistente prédica que identifica lo privado como de alta calidad, y lo público como mediocre. Situación ésta que termina negando el principio básico de la gratuidad educativa, e impidiendo que una alta cantidad de niñas, niños y adolescentes sean así objeto de violación a su derecho a la educación.

Del mismo modo, la precariedad presupuestaria y la falta de voluntad política de mantener un sistema educativo competente por parte del Estado, hace que el servicio brindado sea deficiente, con pocos días de clases, con falta de planificación y con carencias que van en detrimento del derecho a educarse, negándosele ese derecho en especial a las mujeres.

Conclusión

No es cierto, en modo alguno, que el Estado falle en su objetivo final. Lo que el proyecto de la clase dominante desea es un país con mano de obra barata, desorganizada, atontada (¿por eso se consumirá tanto alcohol?). Una clase trabajadora apta para mover la industria básica de la que vive esa clase dominante: cultivos para la exportación (azúcar, palma africana, café), que no proteste, asustada. Si esa clase trabajadora (la mayoría del país) vive en la ignorancia, excluida, sin posibilidades, teniendo el viaje “de mojado” a Estados Unidos como una opción (11% del PBI lo aportan las remesas), el Estado se desentiende.

Y casualmente todo eso (la exclusión, la pobreza, el embrutecimiento) es lo que realmente sucede: ¿por qué el Estado contrainsurgente pudo funcionar tan acompasadamente y para la educación nunca hay recursos?

Quizá es hora de ir pensando en otro tipo de Estado. No se trata de personas, del funcionario de turno, de personalidades del presidente, de los ministros o de los diputados, que son más o menos corruptos. ¡Es una cuestión de base, estructural! Este Estado no sirve a las mayorías populares, definitivamente.