El autodenominado Foro de Intelectuales de El Salvador expone en una especie de Manifiesto sus posiciones y pensamiento, tras firmar el pasado 12 de septiembre un Acta de Constitución con 32 personas presentes. El documento resulta bastante patético, por decir lo menos. El Foro amenaza además celebrar un Congreso de Cultura de El Salvador los días 14 y 15 de noviembre. Anuncia la creación de una Editora Nacional y de Premios Florales. El nuevo parto está pues en marcha.
El lenguaje ultraizquierdista que se usa en tal documento no logra disimular su pobreza de ideas y la poca altura académica e incluso intelectual de sus autores. Leerlo es como un viaje al pasado, a los años setenta como mínimo. Resulta una experiencia similar a un recorrido turístico por nuestro Parque Jurásico nativo.
Los del Foro, hablando de sí mismos, aluden a la fecha en que se han constituido formalmente como Foro de Intelectuales: “Ese día forma parte de la historia nacional y quedará grabado desde aquí en adelante hasta la eternidad.” Sólo faltó añadir: “en los anales de la galaxia.”
No es lo único alucinante. Viene después: “el intelectual está en constante crítica, el método para lograr el cuestionamiento y la contradicción los conduce a la formulación de la antítesis.” Se nos informa que “el intelectual es una palanca que empuja el cambio” y se nos dice que “el intelectual es por naturaleza revolucionario”.
Marx deberá estar revolviéndose en su tumba, él que fue tan enfático en criticar a Feuerbach por hablar de “naturaleza humana” cuando el ser humano, para la concepción marxista, es por esencia ser histórico y sólo las construcciones ideológicas le imaginan una naturaleza fija e inmutable.
Pero lo que interesa a los autores del Manifiesto que analizamos es lo que viene después: la crítica al intelectual “institucionalizado” y al “burócrata”, es decir, a quien trabaja en ONGs o en el Estado y se convierte por ello en “ideólogo del sistema”.
El tipo de intelectual que defiende el Foro es el “orgánico”, mismo al que definen así: “que trabaja para los oprimidos”, que es “parte de las luchas populares”. “En muchos casos – se nos advierte – se encuentra desempleado o trabaja independiente”… “es excluido y se automargina”… “él es temido porque este intelectual es libre”. No puede uno dejar de preguntarse si dichos criterios habría que aplicarlos también a los obreros: si encuentran trabajo es que ya se han “vendido”. Requisito es el desempleo o el trabajo informal.
Y finalmente se nos explica, por si no nos han quedado claras las implicaciones: “Si un partido político que se dice revolucionario no cuenta entre su militancia con intelectuales orgánicos y accede al poder político está condenado a darle continuidad al sistema político y modelo económico de la derecha y no hará cambios… se convierte en izquierda light o dietética”.
Por simple respeto a Gramsci, el gran teórico comunista italiano, no debería usarse la expresión “intelectual orgánico” si no se hace en aplicación y conocimiento de la concepción gramsciana. Como es obvio que los autores del Manifiesto que nos ocupa desconocen absolutamente la obra del pensador italiano, habría que pensar en otras acepciones de lo “orgánico” que correspondan al Foro.
Por ejemplo, tal vez sea éste un foro de “intelectuales orgánicos” en el sentido de que no han sido contaminados con químicos, ni fertilizantes ni pesticidas, sino que son una especie que ha crecido de manera silvestre y natural, en el medio rústico donde echaron raíces. Son los “no contaminados”, los “puros”, los “orgánicos”.
También podría pensarse en otra interpretación: son “orgánicos” los tales intelectuales en la medida que no utilizan sólo el cerebro para razonar, sino el resto de órganos del cuerpo humano: por ejemplo el hígado, el páncreas, los genitales, etc.
Dado que Marx utilizó el término “lumpen” yuxtapuesto a la palabra proletariado para referirse a esa capa social inferior a la obrera, no fuera desatinado calificar de lumpen-intelectualidad a sectores que se presentan lejos del nivel mínimo que la palabra “intelectual” o “académico” exige. Por simple dignidad profesional.
Marx hizo referencia a una necesaria “alianza entre los que sufren y los que piensan”, de un modo que siempre me pareció petulante en exceso. La clase sufriente también es clase pensante y la capa dedicada a pensar también sufre. Está quizá mal expresado pero el punto es importante y en sustancia tiene razón Marx: deben luchar y caminar juntos trabajadores e intelectuales.
En las Tesis sobre Feuerbach lo ha dicho con más rigor: “si bien el arma de la crítica jamás podrá sustituir a la crítica de las armas, que para derrotar a una fuerza material se requiere de otra fuerza material, la filosofía dejará de ser simple fuerza espiritual y se volverá fuerza material cuando el proletariado la conozca y la haga suya.” Por eso es crucial para la causa de los trabajadores la conciencia y responsabilidad de los intelectuales.
Pero esas consideraciones quedan muy lejos de los planteamientos y preocupaciones que expresan los del Foro. Mejor deberían darse otro nombre, por ejemplo: “Amigos del Pichón Cea”. Dado que su nacimiento y posterior evolución están ligados a la propuesta de José Roberto Cea para presidente de Concultura, hoy Secretaría Nacional de Cultura, y puesto que el actual mandatario impulsó el surgimiento de “los Amigos de Mauricio” la propuesta podría no ser descabellada. Podría formar parte de una nueva moda.
El problema que no logro resolver es: ¿qué hubiera pasado si en vez de inclinarse por seleccionar a la doctora Breny Cuenca para el puesto, el Presidente hubiera nombrado al eminente escritor? ¿Qué estaría hoy diciendo este coro de intelectuales orgánicos? ¿No será que el gran problema con las instituciones es cuando éstas no nos toman en cuenta?
Ojalá que “el Pichón Cea”, persona digna de elogios en muchos sentidos, sea sólo una víctima de la calentura mental del grupo de sus admiradores y seguidores. Debería mejor entonces tomar una prudente distancia, no vaya a ser que el pueblo tenga razón en su sabiduría cuando inventó el dicho popular: “dime con quien andas y te diré quien eres”.
Un espacio de intercambio de opiniones, de debate, donde podamos compartir y expresarnos libremente. ¿Me acompaña a discutir?
martes, 22 de diciembre de 2009
Ricardo Ribera 2009, EL PROFETA DESAIRADO
Maquiavelo, pensando en Savonarola, quien a puras arengas religiosas había implantado en la ciudad de Florencia una dictadura popular, hizo la observación de que cuando estaba armado el profeta triunfó, pero una vez desarmado caminó a su ruina. Retomando en el siglo XX esta reflexión Isaac Deutscher le puso a su biografía política sobre Trotski los títulos: “El profeta armado”, “El profeta desarmado” y “El profeta desterrado”. En un tono no tan dramático, también hoy en nuestro país está presente en el escenario la figura del profeta.
Debo antes que nada confesar que comparto el aprecio y admiración que muchos sienten por Dagoberto Gutiérrez. Considerado uno de los más brillantes analistas políticos del país, es asimismo uno de los pocos que utilizan el método dialéctico en sus reflexiones, las cuales suelen tener además un alto valor pedagógico. Aunque él modestamente se presenta como “un luchador social”, se sabe que es uno de los dirigentes de una corriente de izquierda radical llamada Tendencia Revolucionaria, TR. Lo que sí me molesta un poco de Dago – también eso debo confesar – es ese tono de sermón religioso, de prédica esotérica, de orador de púlpito, que a menudo adopta cuando habla en público. Por eso me parece que le resulta apropiado el calificativo de “profeta” que aquí le endoso.
También Dagoberto fue en su momento “profeta armado” (quién no lo recuerda en la colonia Escalón, al frente de la fuerza guerrillera durante la ofensiva de 1989); después pasó a ser “profeta desarmado” en su paso fugaz por la Asamblea Legislativa como diputado (díscolo) del FMLN. Muy pronto se separó de su partido, protagonizando su única escisión de izquierda. Hoy, tras la asunción del gobierno de Mauricio Funes, lo veo más bien como el “profeta desairado”. Enseguida explicaré por qué.
El movimiento que encabeza no ha querido organizarse como partido y se presenta vinculado y conduciendo a una parte del movimiento social. Critica al FMLN por su reformismo y por haberse integrado “al sistema” desde que se legalizó y participa en las instituciones. Le achaca haberse alejado de la gente y de sus reivindicaciones, las que intenta organizar y dirigir la TR. En mi opinión ésta ha de ser caracterizada como una “izquierda extraparlamentaria”. Es su derecho actuar desde la sociedad civil y no hacerlo desde las instituciones e instancias del “sistema político” al que critica. Es una fuerza política real con la que hay que contar, al margen, por voluntad propia, de la formalidad de las instituciones.
No necesariamente ello la convierte en una izquierda revolucionaria, al igual que participar en la escena parlamentaria y en las instituciones no hace automáticamente reformista a la otra izquierda, la que representa el Frente. Hay que ver los contenidos concretos de la política, el rumbo y la estrategia para juzgar a una y a otra izquierda. Aparte del hecho que en el propio FMLN coexisten varias corrientes diferentes. Las cosas no son en blanco y negro o, si se prefiere, en rojo y rosadito. Hay muchos más matices en la realidad compleja de la izquierda salvadoreña actual.
El grave problema que enfrenta en el actual período una izquierda con voluntad y vocación revolucionarias es que desde los acuerdos de paz la época está signada por la reforma. En 1992 la negociación logró por esa vía lo que la revolución no había alcanzado en los ochenta: reformas a la Constitución y al sistema político que abrieron paso a la democracia. No es fácil ser revolucionario cuando la época no es de revolución sino de reforma. De hecho, en cada coyuntura electoral esta izquierda radical se ha visto enfrentada al dilema de oponerse a las elecciones, arriesgando ser vista como un factor del gane de la derecha, o participar apoyando la opción del Frente, a riesgo de caer en una incoherencia de estrategia y de discurso. En los procesos eleccionarios del presente año Dago declaró en público que había votado por el FMLN en las de alcaldes y diputados y que votaría por Mauricio Funes en las de marzo. De modo que la izquierda extraparlamentaria en esta ocasión sí participó abiertamente, aunque no se haya sumado al esfuerzo de la campaña electoral.
Ha sido un componente del triunfo, parte del torrente por el cambio que al fin se impuso poniendo término a dos décadas de gobiernos areneros. No negoció ni condicionó su apoyo, lo cual honra sus principios. Pero poco tardó en empezar a enviar señales de querer ser incluida a la hora del reparto de cargos en el gabinete y en las instituciones. En el área del medio ambiente fueron propuestos nombres de expertos cercanos a la TR promovidos por ciertas bases del movimiento social. No fueron tomados en cuenta. Y uno sospecha que puede ser uno de los motivos de las recientes movilizaciones contra la proyectada presa El Chaparral.
No me parece coherente. Si uno se proclama antisistema y quiere hacer lucha extraparlamentaria, ¿por qué de pronto este afán en ser parte del sistema político y en impulsar cosas desde las instituciones del Estado? Por otro lado, los medioambientalistas conocen muy bien el problema de las plantas eléctricas que funcionan con fuel, su contaminación y su alto costo. ¿Cómo puede afirmarse que “el país tiene capacidad instalada de sobra” y no ver la conveniencia de no depender más de la combustión de hidrocarburos? ¿No son las energías limpias y renovables, como lo es la hídrica, el tipo de alternativa que debería impulsarse? No podrá haber desarrollo sin crecimiento económico y éste requiere más producción de energía. Si llegase a sobrar, se exporta: ¿cuál es el problema?
En mi opinión al hacer a un lado lo que es interés nacional y anteponer los intereses de unos pocos cientos de familias, esta izquierda comete un grave error. Pierde credibilidad y seriedad, actuando más como grupo de presión que como alternativa política ante la sociedad. No es aceptable el afán por mostrar capacidad de movilización sin considerar qué tan racionales y razonables son las demandas. Los pobladores de la zona deben exigir ser debidamente indemnizados, reubicados y auxiliados; merecen el apoyo total en esas justas demandas. Pero no puede pretenderse que el interés de un grupo prevalezca sobre el interés de la nación entera.
El incidente puede ser una simple anécdota, una simple reacción ante el “desaire” de no sentirse tomados en cuenta por el Ejecutivo. Pero fuera bueno que le sirva a esta izquierda “radical” para reflexionar y rectificar. También para abordar lo que a mi modo de ver es una debilidad: el no haberse constituido en partido político. Movimientos sociales como los Verdes en Alemania o los que fundaron el PT brasileño terminaron por dar este paso, sin que ello significase el abandono de su ideario. ¿Por qué no trabajar en formalizar una estructura, un programa, una estrategia que sirvan para unificar el pensamiento, para hacer una propuesta concreta a la población y competir con las demás fuerzas políticas del país?
Mientras esta izquierda de vocación revolucionaria, extraparlamentaria y verbalmente antisistema no dé pasos en tal dirección, mucho me temo que seguirá contribuyendo más a la confusión que a la clarificación, a la protesta sin propuesta, a la crítica sin alternativas ni soluciones. Y así se condena a la automarginación, a ser vista como parte del problema y no de la solución, a participar involuntariamente en una tenaza política mediante la cual el gobierno de Mauricio Funes se ve atacado simultáneamente por el flanco derecho y por el izquierdo. Un escenario que recuerda demasiado al que se configuró contra Allende en el Chile de inicios de los setenta. Que ya sabemos cómo terminó.
Hace poco Dago expresaba: “el 15 de marzo el FMLN ganó el gobierno; el 1° de junio lo perdió”. Está diciendo lo mismo, aunque mejor dicho, que dice Cristiani, el jefe de Arena: “veo división entre el gobierno y el partido de gobierno, no está claro quién decide”; “tal parece que Mauricio Funes preside, pero no gobierna”. A mí me parece preocupante esta coincidencia entre la extrema izquierda y la extrema derecha. Creo que a los miembros de la TR debería preocuparles también.
Por eso mi llamado al profeta desairado o a quienes puedan sentirse desairados en sus aspiraciones a que mejor avancen en estructurar mejor la opción política que representan sin caer en demagogias ni populismos baratos. Así su participación podrá verse como contribución que suma y no que resta; que lejos de dividir, multiplica y acrecienta; que ayude en asegurar el rumbo y prepare para las nuevas etapas del proceso que ya se adivinan en el horizonte. En ellas tocará caminar juntos, codo con codo.
Debo antes que nada confesar que comparto el aprecio y admiración que muchos sienten por Dagoberto Gutiérrez. Considerado uno de los más brillantes analistas políticos del país, es asimismo uno de los pocos que utilizan el método dialéctico en sus reflexiones, las cuales suelen tener además un alto valor pedagógico. Aunque él modestamente se presenta como “un luchador social”, se sabe que es uno de los dirigentes de una corriente de izquierda radical llamada Tendencia Revolucionaria, TR. Lo que sí me molesta un poco de Dago – también eso debo confesar – es ese tono de sermón religioso, de prédica esotérica, de orador de púlpito, que a menudo adopta cuando habla en público. Por eso me parece que le resulta apropiado el calificativo de “profeta” que aquí le endoso.
También Dagoberto fue en su momento “profeta armado” (quién no lo recuerda en la colonia Escalón, al frente de la fuerza guerrillera durante la ofensiva de 1989); después pasó a ser “profeta desarmado” en su paso fugaz por la Asamblea Legislativa como diputado (díscolo) del FMLN. Muy pronto se separó de su partido, protagonizando su única escisión de izquierda. Hoy, tras la asunción del gobierno de Mauricio Funes, lo veo más bien como el “profeta desairado”. Enseguida explicaré por qué.
El movimiento que encabeza no ha querido organizarse como partido y se presenta vinculado y conduciendo a una parte del movimiento social. Critica al FMLN por su reformismo y por haberse integrado “al sistema” desde que se legalizó y participa en las instituciones. Le achaca haberse alejado de la gente y de sus reivindicaciones, las que intenta organizar y dirigir la TR. En mi opinión ésta ha de ser caracterizada como una “izquierda extraparlamentaria”. Es su derecho actuar desde la sociedad civil y no hacerlo desde las instituciones e instancias del “sistema político” al que critica. Es una fuerza política real con la que hay que contar, al margen, por voluntad propia, de la formalidad de las instituciones.
No necesariamente ello la convierte en una izquierda revolucionaria, al igual que participar en la escena parlamentaria y en las instituciones no hace automáticamente reformista a la otra izquierda, la que representa el Frente. Hay que ver los contenidos concretos de la política, el rumbo y la estrategia para juzgar a una y a otra izquierda. Aparte del hecho que en el propio FMLN coexisten varias corrientes diferentes. Las cosas no son en blanco y negro o, si se prefiere, en rojo y rosadito. Hay muchos más matices en la realidad compleja de la izquierda salvadoreña actual.
El grave problema que enfrenta en el actual período una izquierda con voluntad y vocación revolucionarias es que desde los acuerdos de paz la época está signada por la reforma. En 1992 la negociación logró por esa vía lo que la revolución no había alcanzado en los ochenta: reformas a la Constitución y al sistema político que abrieron paso a la democracia. No es fácil ser revolucionario cuando la época no es de revolución sino de reforma. De hecho, en cada coyuntura electoral esta izquierda radical se ha visto enfrentada al dilema de oponerse a las elecciones, arriesgando ser vista como un factor del gane de la derecha, o participar apoyando la opción del Frente, a riesgo de caer en una incoherencia de estrategia y de discurso. En los procesos eleccionarios del presente año Dago declaró en público que había votado por el FMLN en las de alcaldes y diputados y que votaría por Mauricio Funes en las de marzo. De modo que la izquierda extraparlamentaria en esta ocasión sí participó abiertamente, aunque no se haya sumado al esfuerzo de la campaña electoral.
Ha sido un componente del triunfo, parte del torrente por el cambio que al fin se impuso poniendo término a dos décadas de gobiernos areneros. No negoció ni condicionó su apoyo, lo cual honra sus principios. Pero poco tardó en empezar a enviar señales de querer ser incluida a la hora del reparto de cargos en el gabinete y en las instituciones. En el área del medio ambiente fueron propuestos nombres de expertos cercanos a la TR promovidos por ciertas bases del movimiento social. No fueron tomados en cuenta. Y uno sospecha que puede ser uno de los motivos de las recientes movilizaciones contra la proyectada presa El Chaparral.
No me parece coherente. Si uno se proclama antisistema y quiere hacer lucha extraparlamentaria, ¿por qué de pronto este afán en ser parte del sistema político y en impulsar cosas desde las instituciones del Estado? Por otro lado, los medioambientalistas conocen muy bien el problema de las plantas eléctricas que funcionan con fuel, su contaminación y su alto costo. ¿Cómo puede afirmarse que “el país tiene capacidad instalada de sobra” y no ver la conveniencia de no depender más de la combustión de hidrocarburos? ¿No son las energías limpias y renovables, como lo es la hídrica, el tipo de alternativa que debería impulsarse? No podrá haber desarrollo sin crecimiento económico y éste requiere más producción de energía. Si llegase a sobrar, se exporta: ¿cuál es el problema?
En mi opinión al hacer a un lado lo que es interés nacional y anteponer los intereses de unos pocos cientos de familias, esta izquierda comete un grave error. Pierde credibilidad y seriedad, actuando más como grupo de presión que como alternativa política ante la sociedad. No es aceptable el afán por mostrar capacidad de movilización sin considerar qué tan racionales y razonables son las demandas. Los pobladores de la zona deben exigir ser debidamente indemnizados, reubicados y auxiliados; merecen el apoyo total en esas justas demandas. Pero no puede pretenderse que el interés de un grupo prevalezca sobre el interés de la nación entera.
El incidente puede ser una simple anécdota, una simple reacción ante el “desaire” de no sentirse tomados en cuenta por el Ejecutivo. Pero fuera bueno que le sirva a esta izquierda “radical” para reflexionar y rectificar. También para abordar lo que a mi modo de ver es una debilidad: el no haberse constituido en partido político. Movimientos sociales como los Verdes en Alemania o los que fundaron el PT brasileño terminaron por dar este paso, sin que ello significase el abandono de su ideario. ¿Por qué no trabajar en formalizar una estructura, un programa, una estrategia que sirvan para unificar el pensamiento, para hacer una propuesta concreta a la población y competir con las demás fuerzas políticas del país?
Mientras esta izquierda de vocación revolucionaria, extraparlamentaria y verbalmente antisistema no dé pasos en tal dirección, mucho me temo que seguirá contribuyendo más a la confusión que a la clarificación, a la protesta sin propuesta, a la crítica sin alternativas ni soluciones. Y así se condena a la automarginación, a ser vista como parte del problema y no de la solución, a participar involuntariamente en una tenaza política mediante la cual el gobierno de Mauricio Funes se ve atacado simultáneamente por el flanco derecho y por el izquierdo. Un escenario que recuerda demasiado al que se configuró contra Allende en el Chile de inicios de los setenta. Que ya sabemos cómo terminó.
Hace poco Dago expresaba: “el 15 de marzo el FMLN ganó el gobierno; el 1° de junio lo perdió”. Está diciendo lo mismo, aunque mejor dicho, que dice Cristiani, el jefe de Arena: “veo división entre el gobierno y el partido de gobierno, no está claro quién decide”; “tal parece que Mauricio Funes preside, pero no gobierna”. A mí me parece preocupante esta coincidencia entre la extrema izquierda y la extrema derecha. Creo que a los miembros de la TR debería preocuparles también.
Por eso mi llamado al profeta desairado o a quienes puedan sentirse desairados en sus aspiraciones a que mejor avancen en estructurar mejor la opción política que representan sin caer en demagogias ni populismos baratos. Así su participación podrá verse como contribución que suma y no que resta; que lejos de dividir, multiplica y acrecienta; que ayude en asegurar el rumbo y prepare para las nuevas etapas del proceso que ya se adivinan en el horizonte. En ellas tocará caminar juntos, codo con codo.
Ricardo Ribera 2009, LA DERECHA EN SU LABERINTO
Se dice que la política es “el arte de lo posible”. En El Salvador ha pasado a ser “el arte de lo improbable”. Lejos de ser previsible y, por tanto, aburrida, en nuestro entrañable terruño se ha convertido en terreno de sorpresas. Es lo que la hace tan entretenida. Es lo que mantiene expectante al personal, siempre pendiente del espectáculo de nuevas figuras, cual calidoscopio en el que nuevas combinaciones imprevistas sustituyen a las anteriores, en una sucesiva serie de colores y formas, en transformación constante.
Posiblemente sea esto lo que inquietó al Presidente. No tanto el riesgo de perder estabilidad y gobernabilidad, como la falta de predictibilidad. En la Asamblea Legislativa predomina lo impredecible, lo cual siempre será visto como un riesgo para quien tenga la tarea de gobernar este país, que tiende de suyo propio a lo caótico y lo ingobernable. Sin embargo, esta primera apreciación de Mauricio Funes ha quedado desmentida en los hechos.
El resultado del terremoto parlamentario es un nuevo escenario en el que aumentan las opciones para el partido de gobierno. Por tanto, aumenta la gobernabilidad, entendida como la posibilidad real de que las decisiones de gobierno puedan ser llevadas a la práctica sin obstáculos de importancia. El FMLN dispondrá de tres opciones distintas para lograr la mayoría simple: con Arena, con el G-12 o con el PCN. Para alcanzar la mayoría calificada tendrá dos alternativas: con Arena o en un acuerdo que incluya al PCN y al grupo de doce disidentes areneros.
Por tanto, es innegable que el Ejecutivo queda en una mucho mejor posición al momento de necesitar apoyarse en el poder legislativo. El FMLN, partido ganador de la elección presidencial, consigue cierta capacidad de control o incluso de veto respecto a su propio candidato, hoy Presidente de la República. A éste le tocará negociar con su propio partido, algo que siempre será mucho más cómodo que hacerlo con quien amenazaba “hacer arder Troya” si no se satisfacían sus demandas.
Cristiani exigía detener la “operación limpieza” en el aparato estatal, mismo que tras dos décadas de control arenero está repleto de militantes, activistas y saboteadores del gobierno. A esta exigencia central fue agregando otros caprichos, como el apoyo a las promesas de campaña del alcalde capitalino, impracticables desde las finanzas de la municipalidad. El mismo esquema copiaron los disidentes: el Coena debía detener la “limpia” de estructuras internas – de los “saquistas” o “saqueadores”– más otros caprichos, como puestos en la dirección partidaria e incluso el retiro del propio Cristiani. Nada frena ahora que ambas depuraciones se lleven a cabo, la del aparato de estado y la del partido. Para bien de la politica.
La fragmentación de la derecha, su proceso de descomposición, tiene su origen en sus propias decisiones. La elección legislativa y municipal fue separada en el tiempo de la presidencial. Era una estratagema de la derecha que ha resultado fatal para ella misma. En efecto, entre las de enero y las de marzo se forjó el “bloque de derecha”, como un intento desesperado para impedir la posible victoria de la izquierda en una primera vuelta, haciendo que el 15 de marzo fuera una especie de segunda vuelta. Ahí cobró fuerza el desprendimiento de líderes demócrata cristianos, encabezados por el hijo de Napoleón Duarte, que se sumaron a la campaña de Funes. Provocó en el PCN la ruptura de sus candidatos con el partido, que también sumaron a la candidatura por el cambio, acuerpados por el diputado Arévalo.
Es decir, la unidad de toda la derecha impulsó la actual división. Cegada por la astucia táctica, a la derecha le faltó inteligencia estratégica. Hoy paga el precio por ello. En política el pensamiento estratégico siempre termina imponiéndose a las maniobras tácticas, la inteligencia a la simple astucia. La derecha no supo aprender de su oponente: debió calibrar el resultado del pulso entre el estratega Schafik Hándal y el táctico Joaquín Villalobos. Uno vive hoy en el pináculo de la inmortalidad y desde allí sigue influyendo con sus ideas, mientras el otro permanece en su exilio dorado, devaluado en simple propagandista, desprestigiado, sin mayor incidencia ni capacidad de arrastre.
Villalobos coló a su lugarteniente Ana Guadalupe Martínez, como segunda de a bordo del PDC. Tampoco el actual secretario general, Rodolfo Parker, procede de la tradición cristiano-demócrata ni posee afinidad ideológica con el ideario histórico de este partido. Éste languidece en las playas de los naufragios históricos. Logró en el protocolo del 1° de mayo una presencia desproporcionada en la Junta Directiva del parlamento, fruto de la astucia del momento que ahora resulta corregida por la astucia coyuntural del grupo de Gallegos: con sólo cinco diputados, tener dos sillas retorcía la lógica política. La nueva aritmética pone ahora las cosas en su lugar, queda con un solo asiento en la directiva y Parker regresa a la llanura, al frente de una fracción que de hecho es hoy por hoy irrelevante.
En la aritmética parlamentaria, a veces surrealista, dos más dos pueden ser cinco. Es así cómo Arena, que conserva 20 diputados, tendrá dos puestos en la directiva mientras que la docena de disidentes obtiene tres. Dudando entre optar por la firmeza o por la habilidad, el lobo Cristiani termina cual oveja trasquilada. Ha logrado lo que parece un imposible, que la mayor fracción opositora resulte cualitativamente irrelevante a la hora de hacer mayoría, simple o cualificada; con derecho a pataleo mas sin incidencia.
Pagará su precio si no consigue transformar pronto el escenario: si algo no perdona la derecha es ser un perdedor, invertir mal tu capital, no saber qué hacer con las cartas con las que te toca jugar. De ahí que la recomposición de la dirección de Arena se vuelva algo impostergable, de supervivencia.
Quien sigue flotando es don Ciro Cruz Zepeda y su partido, sobreviviente de naufragios peores, capaz de ofrecer su mercancía a quien le convenga comprarla y pague su precio. Sin embargo, tiene la carcoma en las maderas de su propia casa, en sus mismas bases, y podría venirse al suelo en tiempo no tan distante. Desde que le ganó el pulso a Hugo Carrillo, don Ciro tomó el timón como complemento indispensable de gobernabilidad y estabilidad, no necesariamente a favor de la derecha, como lo demostró en legislaturas pasadas. El PCN no es el futuro. Representa el pasado como ningún otro partido en el país. Ha servido de refugio a cuanto marginado, frustrado o expulsado de las otras derechas ha ido apareciendo. En este sentido, podría tener todavía un futuro, pues probablemente lo que más va a abundar en las filas derechistas es la frustración y la marginación.
Un general francés, al término de la segunda guerra mundial, comentó con ácida ironía: “amo tanto a Alemania, que prefiero que haya dos”. Más de algún izquierdista en nuestro país debe ahora estar pensando algo similar: “quiero tanto a la derecha, que prefiero que haya varias, que haya muchas”. Al paso que vamos pronto nos tocará concluir que el proyecto de unidad nacional que se impulsa hoy por el gobierno, ha venido a edificarse sobre la división de la derecha opositora. No es un destino. Es más bien propio de la ceguera que, como en Edipo, provoca la predicción fatal, justamente en los intentos desesperados por querer escapar de ella.
Posiblemente sea esto lo que inquietó al Presidente. No tanto el riesgo de perder estabilidad y gobernabilidad, como la falta de predictibilidad. En la Asamblea Legislativa predomina lo impredecible, lo cual siempre será visto como un riesgo para quien tenga la tarea de gobernar este país, que tiende de suyo propio a lo caótico y lo ingobernable. Sin embargo, esta primera apreciación de Mauricio Funes ha quedado desmentida en los hechos.
El resultado del terremoto parlamentario es un nuevo escenario en el que aumentan las opciones para el partido de gobierno. Por tanto, aumenta la gobernabilidad, entendida como la posibilidad real de que las decisiones de gobierno puedan ser llevadas a la práctica sin obstáculos de importancia. El FMLN dispondrá de tres opciones distintas para lograr la mayoría simple: con Arena, con el G-12 o con el PCN. Para alcanzar la mayoría calificada tendrá dos alternativas: con Arena o en un acuerdo que incluya al PCN y al grupo de doce disidentes areneros.
Por tanto, es innegable que el Ejecutivo queda en una mucho mejor posición al momento de necesitar apoyarse en el poder legislativo. El FMLN, partido ganador de la elección presidencial, consigue cierta capacidad de control o incluso de veto respecto a su propio candidato, hoy Presidente de la República. A éste le tocará negociar con su propio partido, algo que siempre será mucho más cómodo que hacerlo con quien amenazaba “hacer arder Troya” si no se satisfacían sus demandas.
Cristiani exigía detener la “operación limpieza” en el aparato estatal, mismo que tras dos décadas de control arenero está repleto de militantes, activistas y saboteadores del gobierno. A esta exigencia central fue agregando otros caprichos, como el apoyo a las promesas de campaña del alcalde capitalino, impracticables desde las finanzas de la municipalidad. El mismo esquema copiaron los disidentes: el Coena debía detener la “limpia” de estructuras internas – de los “saquistas” o “saqueadores”– más otros caprichos, como puestos en la dirección partidaria e incluso el retiro del propio Cristiani. Nada frena ahora que ambas depuraciones se lleven a cabo, la del aparato de estado y la del partido. Para bien de la politica.
La fragmentación de la derecha, su proceso de descomposición, tiene su origen en sus propias decisiones. La elección legislativa y municipal fue separada en el tiempo de la presidencial. Era una estratagema de la derecha que ha resultado fatal para ella misma. En efecto, entre las de enero y las de marzo se forjó el “bloque de derecha”, como un intento desesperado para impedir la posible victoria de la izquierda en una primera vuelta, haciendo que el 15 de marzo fuera una especie de segunda vuelta. Ahí cobró fuerza el desprendimiento de líderes demócrata cristianos, encabezados por el hijo de Napoleón Duarte, que se sumaron a la campaña de Funes. Provocó en el PCN la ruptura de sus candidatos con el partido, que también sumaron a la candidatura por el cambio, acuerpados por el diputado Arévalo.
Es decir, la unidad de toda la derecha impulsó la actual división. Cegada por la astucia táctica, a la derecha le faltó inteligencia estratégica. Hoy paga el precio por ello. En política el pensamiento estratégico siempre termina imponiéndose a las maniobras tácticas, la inteligencia a la simple astucia. La derecha no supo aprender de su oponente: debió calibrar el resultado del pulso entre el estratega Schafik Hándal y el táctico Joaquín Villalobos. Uno vive hoy en el pináculo de la inmortalidad y desde allí sigue influyendo con sus ideas, mientras el otro permanece en su exilio dorado, devaluado en simple propagandista, desprestigiado, sin mayor incidencia ni capacidad de arrastre.
Villalobos coló a su lugarteniente Ana Guadalupe Martínez, como segunda de a bordo del PDC. Tampoco el actual secretario general, Rodolfo Parker, procede de la tradición cristiano-demócrata ni posee afinidad ideológica con el ideario histórico de este partido. Éste languidece en las playas de los naufragios históricos. Logró en el protocolo del 1° de mayo una presencia desproporcionada en la Junta Directiva del parlamento, fruto de la astucia del momento que ahora resulta corregida por la astucia coyuntural del grupo de Gallegos: con sólo cinco diputados, tener dos sillas retorcía la lógica política. La nueva aritmética pone ahora las cosas en su lugar, queda con un solo asiento en la directiva y Parker regresa a la llanura, al frente de una fracción que de hecho es hoy por hoy irrelevante.
En la aritmética parlamentaria, a veces surrealista, dos más dos pueden ser cinco. Es así cómo Arena, que conserva 20 diputados, tendrá dos puestos en la directiva mientras que la docena de disidentes obtiene tres. Dudando entre optar por la firmeza o por la habilidad, el lobo Cristiani termina cual oveja trasquilada. Ha logrado lo que parece un imposible, que la mayor fracción opositora resulte cualitativamente irrelevante a la hora de hacer mayoría, simple o cualificada; con derecho a pataleo mas sin incidencia.
Pagará su precio si no consigue transformar pronto el escenario: si algo no perdona la derecha es ser un perdedor, invertir mal tu capital, no saber qué hacer con las cartas con las que te toca jugar. De ahí que la recomposición de la dirección de Arena se vuelva algo impostergable, de supervivencia.
Quien sigue flotando es don Ciro Cruz Zepeda y su partido, sobreviviente de naufragios peores, capaz de ofrecer su mercancía a quien le convenga comprarla y pague su precio. Sin embargo, tiene la carcoma en las maderas de su propia casa, en sus mismas bases, y podría venirse al suelo en tiempo no tan distante. Desde que le ganó el pulso a Hugo Carrillo, don Ciro tomó el timón como complemento indispensable de gobernabilidad y estabilidad, no necesariamente a favor de la derecha, como lo demostró en legislaturas pasadas. El PCN no es el futuro. Representa el pasado como ningún otro partido en el país. Ha servido de refugio a cuanto marginado, frustrado o expulsado de las otras derechas ha ido apareciendo. En este sentido, podría tener todavía un futuro, pues probablemente lo que más va a abundar en las filas derechistas es la frustración y la marginación.
Un general francés, al término de la segunda guerra mundial, comentó con ácida ironía: “amo tanto a Alemania, que prefiero que haya dos”. Más de algún izquierdista en nuestro país debe ahora estar pensando algo similar: “quiero tanto a la derecha, que prefiero que haya varias, que haya muchas”. Al paso que vamos pronto nos tocará concluir que el proyecto de unidad nacional que se impulsa hoy por el gobierno, ha venido a edificarse sobre la división de la derecha opositora. No es un destino. Es más bien propio de la ceguera que, como en Edipo, provoca la predicción fatal, justamente en los intentos desesperados por querer escapar de ella.
Ricardo Ribera 2009, CRÓNICA DE UNA RUPTURA ANUNCIADA
Ya lo había dicho Andreotti, el viejo zorro político italiano: “Ciertamente el poder desgasta, sobre todo – añadía irónicamente– a quien no lo tiene”. La democracia cristiana italiana estuvo más de cuarenta años seguidos en el gobierno; su líder sabía de lo que hablaba. La verdad de esta idea sería comprobada en El Salvador en las elecciones de 2009. Lo expresamos en una columna de opinión a principios del año: “el que pierda se divide”.
Ni el FMLN saldría indemne de otra derrota electoral en las presidenciales, que hubiera sido la cuarta consecutiva, ni tampoco Arena en caso de que se viera apartada del poder. Se dio lo segundo y casi enseguida afloraron en el anterior partido oficial signos de crisis y división. La derrota es sin duda la causa inmediata de la crisis, aunque no la única. La ruptura de la fracción legislativa arenera no será el fin de su crisis interna. Recordando la frase de Winston Churchill podríamos decir que “no estamos ante el fin, ni siquiera es el principio del fin; probablemente es tan sólo el final del principio”.
Lo que sorprende es la simplicidad con que se ha desarrollado este primer desenlace. Tan simple todo, que vuelve superfluo el análisis. No hay nada a desvelar porque, sin velos ideológicos ni ropajes políticos, los grupos de Arena en pugna dejan ver, sin pudor alguno, al desnudo, la evolución de su fragmentación. Luchas de poder, de fracciones, sin apreciables diferencias ideológicas ni políticas. Un pulso donde la derrota y sus culpables son el único argumento. Lo dice el dicho: “al triunfo le aparecen muchos padres, pero el fracaso siempre es huérfano”.
Chantajista chantajeado: Cristiani exigía una serie de cosas al gobierno. Si no accedía a su lista de demandas, más y más larga cada vez, amenazaba con bloquear el presupuesto, con bloquear al gobierno, con bloquear al país. “Aquí va a arder Troya” exclamó y sonó como grito de batalla. Pero de repente los diputados disidentes van y le aplican su misma medicina. Es Cristiani quien ahora resulta bloqueado, chantajeado. Había amenazado con hacer arder Troya, pero ahora se ve que el caballo lo tenía él infiltrado en su propia casa. Que es también la de Tony Saca.
Éste lo expresó claramente en la asamblea partidaria: “No me voy, ésta es mi casa”: Tal vez no le entendieron el domingo. Tuvieron que entenderlo el día siguiente, cuando se anunció la rebeldía parlamentaria. A cambio de sus votos esta docena de diputados fueron elevando el nivel de exigencias al Coena, hasta el rompimiento, que parece definitivo.
Lo grave es que sin esa docena de votos Arena, aun manteniéndose como la mayor fuerza de oposición, pierde toda capacidad de veto. El partido en el gobierno puede obtener mayoría simple e incluso calificada sin los votos de los diputados areneros que se mantienen fieles a la actual dirección del partido. En conclusión, Arena puede caer en la irrelevancia. Nunca antes visto. Inimaginable.
Es pronto para juzgar el desempeño de Alfredo Cristiani como presidente de su partido, en una coyuntura tan complicada. Por de pronto ha perdido mucho de su capital político e imagen histórica: ni su presunta habilidad, ni su publicitado carácter visionario, ni su talante supuestamente concertador, ni la firmeza inmutable que se le atribuía. Nada de eso se ha visto en estos meses en el puesto de mando de Arena. Más bien todo lo contrario: se le vio como alguien voluble, autoritario, de cortas miras, torpe políticamente.
Se puso al timón de un barco que había encallado. Con sus maniobras para destrabarlo, tal parece que ha provocado que empiece a hacer agua y que peligre irse a pique. Si alguna pericia le queda, tendrá que demostrarla muy rápidamente. Con lo que le queda de tripulación, tras el motín a bordo del que estamos siendo testigos. Que tal vez no termina.
La derecha económica difícilmente mira con tranquilidad el espectáculo de esta derecha partidaria. Se queda sin instrumento. No es claro quién puede representar una solución, si los veteranos, o los novatos, o los perdedores. No hay unidad de intereses ni de pensamiento. Lo que es peor: no hay pensamiento. Nadie ofrece un proyecto, una estrategia, una alternativa de largo plazo.
Ha de parecer más sensato cambiar de barco o ponerse a construir uno nuevo. El problema es que eso lleva tiempo. Por ahora su mejor opción ha de ser tratar de ponerse de acuerdo con el actual gobierno. Éste, en vez de representar el Apocalipsis que anunciaban las profecías de campaña, más se asemeja al arca de Noé, donde las más diversas especies se salvaron de ahogarse durante el tiempo que duró el diluvio. En efecto, es lo único que parece flotar, hasta donde la vista alcanza, en mitad de tal tempestad.
Ni el FMLN saldría indemne de otra derrota electoral en las presidenciales, que hubiera sido la cuarta consecutiva, ni tampoco Arena en caso de que se viera apartada del poder. Se dio lo segundo y casi enseguida afloraron en el anterior partido oficial signos de crisis y división. La derrota es sin duda la causa inmediata de la crisis, aunque no la única. La ruptura de la fracción legislativa arenera no será el fin de su crisis interna. Recordando la frase de Winston Churchill podríamos decir que “no estamos ante el fin, ni siquiera es el principio del fin; probablemente es tan sólo el final del principio”.
Lo que sorprende es la simplicidad con que se ha desarrollado este primer desenlace. Tan simple todo, que vuelve superfluo el análisis. No hay nada a desvelar porque, sin velos ideológicos ni ropajes políticos, los grupos de Arena en pugna dejan ver, sin pudor alguno, al desnudo, la evolución de su fragmentación. Luchas de poder, de fracciones, sin apreciables diferencias ideológicas ni políticas. Un pulso donde la derrota y sus culpables son el único argumento. Lo dice el dicho: “al triunfo le aparecen muchos padres, pero el fracaso siempre es huérfano”.
Chantajista chantajeado: Cristiani exigía una serie de cosas al gobierno. Si no accedía a su lista de demandas, más y más larga cada vez, amenazaba con bloquear el presupuesto, con bloquear al gobierno, con bloquear al país. “Aquí va a arder Troya” exclamó y sonó como grito de batalla. Pero de repente los diputados disidentes van y le aplican su misma medicina. Es Cristiani quien ahora resulta bloqueado, chantajeado. Había amenazado con hacer arder Troya, pero ahora se ve que el caballo lo tenía él infiltrado en su propia casa. Que es también la de Tony Saca.
Éste lo expresó claramente en la asamblea partidaria: “No me voy, ésta es mi casa”: Tal vez no le entendieron el domingo. Tuvieron que entenderlo el día siguiente, cuando se anunció la rebeldía parlamentaria. A cambio de sus votos esta docena de diputados fueron elevando el nivel de exigencias al Coena, hasta el rompimiento, que parece definitivo.
Lo grave es que sin esa docena de votos Arena, aun manteniéndose como la mayor fuerza de oposición, pierde toda capacidad de veto. El partido en el gobierno puede obtener mayoría simple e incluso calificada sin los votos de los diputados areneros que se mantienen fieles a la actual dirección del partido. En conclusión, Arena puede caer en la irrelevancia. Nunca antes visto. Inimaginable.
Es pronto para juzgar el desempeño de Alfredo Cristiani como presidente de su partido, en una coyuntura tan complicada. Por de pronto ha perdido mucho de su capital político e imagen histórica: ni su presunta habilidad, ni su publicitado carácter visionario, ni su talante supuestamente concertador, ni la firmeza inmutable que se le atribuía. Nada de eso se ha visto en estos meses en el puesto de mando de Arena. Más bien todo lo contrario: se le vio como alguien voluble, autoritario, de cortas miras, torpe políticamente.
Se puso al timón de un barco que había encallado. Con sus maniobras para destrabarlo, tal parece que ha provocado que empiece a hacer agua y que peligre irse a pique. Si alguna pericia le queda, tendrá que demostrarla muy rápidamente. Con lo que le queda de tripulación, tras el motín a bordo del que estamos siendo testigos. Que tal vez no termina.
La derecha económica difícilmente mira con tranquilidad el espectáculo de esta derecha partidaria. Se queda sin instrumento. No es claro quién puede representar una solución, si los veteranos, o los novatos, o los perdedores. No hay unidad de intereses ni de pensamiento. Lo que es peor: no hay pensamiento. Nadie ofrece un proyecto, una estrategia, una alternativa de largo plazo.
Ha de parecer más sensato cambiar de barco o ponerse a construir uno nuevo. El problema es que eso lleva tiempo. Por ahora su mejor opción ha de ser tratar de ponerse de acuerdo con el actual gobierno. Éste, en vez de representar el Apocalipsis que anunciaban las profecías de campaña, más se asemeja al arca de Noé, donde las más diversas especies se salvaron de ahogarse durante el tiempo que duró el diluvio. En efecto, es lo único que parece flotar, hasta donde la vista alcanza, en mitad de tal tempestad.
Ricardo Ribera 2009, DIALÉCTICA ENTRE LA UNIDAD Y LA DIVISIÓN
Hay momentos históricos en que se abre paso la idea de unidad nacional, en tanto aspiración y voluntad política, empujada por una oleada de entusiasmo y de ilusión por la unanimidad. Son situaciones que parecieran dar la razón a Hegel, el gran ideólogo del Estado-nación moderno. Son momentos excepcionales en la historia. Pero existen.
El país vivió uno así con la firma de los acuerdos de paz. Se extendió unos dos años, hasta las elecciones de 1994, con las que naufragó el consenso, se rompió la unidad del FMLN y se impuso finalmente el Pacto de San Andrés suscrito por las dirigencias de ERP y RN y el gobierno del Dr. Calderón Sol. Desde entonces primó la confrontación sobre la concertación. La guerra se había superado definitivamente y el marco democrático ganaba la aceptación unánime que antes había faltado. Pero simultáneamente se convertía en arena de confrontación. Como si la paz se concibiera ahora como la continuación de la guerra por otros medios. Y así llegamos a las elecciones de 2009.
Acabamos de atravesar otro momento de unidad similar, tras el 15 de marzo, el cual con razón se ha comparado con la coyuntura del proceso de paz. La suave transición de gobierno, desde la proclamación generosa de la victoria y la digna aceptación de la derrota, revivió por unas semanas una situación de unificación nacional. Las dos grandes fuerzas, el bloque de las izquierdas y el de las derechas, por un momento antepusieron el interés nacional y parecía vivirse el idilio de la concertación y de la cooperación, insospechado tras la dura confrontación de dieciocho meses de larga campaña electoral. No tenía bases sólidas y ha durado poco esta vez. Menos de dos meses.
Pareciera hoy que Marx vuelve a tomarse la revancha con Hegel. Mientras éste proclamaba que la voluntad general de Rousseau, el bien común, sólo en el Estado y por el Estado podía materializarse, aquél denunciaba que siempre el aparato estatal está al servicio de la clase dominante, que sólo en apariencia se coloca por encima de las clases, como ente neutral. Es en la sociedad, por medio de la lucha de clases, donde ha de resolverse el problema de intereses contradictorios. No postulando un ilusorio interés general, sino imponiendo por la fuerza el interés de las mayorías, el interés de clase de los trabajadores.
Sin embargo Marx no resolvió un matiz de importancia: aun si la neutralidad es sólo apariencia, pues en esencia el Estado es siempre Estado de clase, no obstante aquélla le corresponde, no puede desprenderse de su apariencia, está en su naturaleza el mantenerla. Apariencia que cobra vida en la esfera de la ideología, mientras la ficticia unidad nacional sea defendida y creída por las masas ciudadanas. La unidad esconde la división pero, también a la inversa, la división genera la unidad. Veámoslo.
Efectivamente, la división entre derecha e izquierda, la famosa polarización que tanto molesta a los espíritus moderados y antimarxistas, ha sido la clave de la amplia unidad que se gestó en torno a la candidatura de Mauricio Funes.
Proclamando su voluntad de constituir un “gobierno de unidad nacional” se ensanchaba la base social de sus apoyos, más allá de los sectores populares y del espectro de las diferentes corrientes de izquierda. La posibilidad cierta de una “unidad nacional” en torno al nuevo proyecto, que rompa con el pasado y que signifique “el cambio”, se fundamenta justamente en la división de la cual surge. Gana credibilidad al incorporar al nuevo gabinete a personas que provienen de diversos sectores sociales, de las diferentes izquierdas, incluso algunas de derecha o de pensamiento conservador, también algún millonario, pese a las sospechas que esto pueda levantar en ciertos círculos izquierdistas. Más molesta todavía a las derechas constatar esta capacidad de atracción y de flexibilidad mostrada por el gobierno del FMLN.
Fracasó en el manejo de esta dialéctica división/unidad la oferta electoral de la derecha. Su prometida unidad, su discurso sobre los intereses nacionales, no era creíble. Se impuso la sensatez, el sentido común, conquistado esta vez por las clases dominadas, haciendo de la idea del “cambio seguro” la idea dominante. Marx explicaba que las clases dominantes imponen siempre las ideas dominantes en una sociedad: pero éstas hoy en nuestro país están en disputa, con una clara victoria coyuntural de “los de abajo” que tienden a imponer, al modo de Gramsci, su hegemonía ideológica. Si prima el rechazo al continuismo es claro que el rechazo inequívoco del pasado era un requisito imperativo para el gobierno del cambio.
La derecha política percibe que puede quedar atrapada en la unidad nacional que proclama el nuevo gobierno, que cooperar con él podría fortalecerlo, por eso decidió anteponer su propia unidad, la alianza del bloque de las derechas. Ante la mano tendida del ganador, el perdedor reaccionó proclamando que la alianza con PDC y PCN era su prioridad, rechazó la oferta de alternarse en la conducción del órgano legislativo, bloqueó la elección del fiscal y de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia e impuso en la Presidencia de la Asamblea Legislativa a Ciro Cruz Zepeda. Grave error, pero comprensible ante la difícil situación de estar obligada a presentarse como una oposición “constructiva” y razonable, pero al mismo tiempo buscar el desgaste desde el primer día del actual bloque en el gobierno y de preservar su propia unidad.
Toda acción genera una reacción; la desafiante iniciativa derechista del 1° de mayo ha tenido su réplica este 1° de junio. Tanto en los enérgicos reclamos del discurso presidencial hacia los errores y la corrupción de los gobiernos anteriores, o por el estado desastroso en que recibe las finanzas públicas, como en las nuevas medidas y los principios que anuncia. Acompaña lo positivo de sus propuestas, con la acusación negativa hacia los veinte años precedentes. Era necesario hacerlo y en realidad no debilita su mensaje de querer impulsar un “gobierno de unidad nacional”. Es más, sin aquella denuncia su voluntad unitaria carecería de credibilidad. Es lo que parece no haber entendido Arena y de ahí su sorpresa o supuesta indignación ante “la dureza” del discurso presidencial. Pero ningún dignatario de los presentes en el acto de toma de posesión lo percibió así. Sólo los areneros lucían molestos ese día, al punto de redactar un lamentable comunicado del Coena que no ha tenido mayor eco ni generado adhesiones.
Lo más notorio del nuevo escenario es la división entre la derecha económica y la derecha política. La primera ha reaccionado positivamente al discurso de investidura del Presidente Funes, así como a la composición del gabinete y a las primeras medidas anunciadas. Las quejas y pataletas de la dirigencia del antiguo partido oficial resultan patéticas ante el distanciamiento de las demás esferas de poder: el empresarial, el mediático, el militar, el internacional. Hay un coro de elogios y de expectativas favorables: Arena se queda sola.
Es cada vez más evidente para el poder económico el agotamiento histórico del partido Arena como instrumento político. Pronto han de surgir iniciativas por lanzar una nueva derecha que reemplace la desgastada herramienta. Pero por de pronto hay oportunidades para una diferenciación entre la burguesía.
La mayoría de empresarios tienen interés en un modelo económico como el propuesto, que sólo a una pequeña argolla oligárquica afectará. Y lo mismo con el fortalecimiento del Estado de Derecho, la superación de la corrupción y de la inseguridad, el combate al crimen organizado, la eficacia, honestidad y transparencia en el manejo de la cosa pública. Esta “unidad nacional” es viable y anhelada, aunque obviamente tendrá sus adversarios: los pequeños grupos privilegiados en el anterior esquema de exclusión.
Desde la izquierda extra-parlamentaria y desde el movimiento social voces de insatisfacción, de recelo o de exigencia. Es normal. Y es bueno que se ejerza presión desde los sectores populares. Habrá que distinguir las demandas que sea posible atender en el corto plazo, de aquéllas que requieran más tiempo o un mejor escenario.
Se deben distinguir las demandas bien formuladas de las que no, pues no todas tienen una orientación correcta. Por ejemplo: una cosa es rechazar en aras del bien común la actividad minera del oro, que requiere usar cianuro y envenenaría los mantos acuíferos. A pesar de los empleos que las empresas mineras ofrecen, esos intereses particulares deben someterse al interés de la nación. Es correcto.
Pero respecto las nuevas represas la izquierda social utiliza la lógica inversa: se opone con el argumento de que perjudicarán a los campesinos de las zonas a inundar, sin privilegiar el interés nacional. No se puede estar por energías limpias y renovables, por un desarrollo sostenible – que obviamente requerirá mayor capacidad energética – y al mismo tiempo estar contra las represas ya proyectadas. La tentación populista o demagógica ha de ser evitada, a fin de preservar la racionalidad y la sensatez, la unidad, del proyecto nacional. Un verdadero gobierno popular no será aquél que ceda a cualquier petición de las bases populares, sino el que sepa encauzar en la dirección correcta, con un ejercicio de auténtica pedagogía política, la diversidad de demandas.
Sería una gran satisfacción para la derecha política, hoy desconcertada y sin proyecto, mirar la aparición de fisuras en el bloque adversario. Tampoco hay que apoyar de manera acrítica y sin distingos al gobierno, incluso el propio FMLN como partido podría en ciertos temas jugar un papel de oposición o de conciencia crítica. Pero hay que cuidar ese tesoro que muestran las encuestas: la mitad o más de los que votaron por Rodrigo Ávila el 15 de marzo al día de hoy tienen una opinión favorable del Presidente Funes y de las medidas que ha anunciado. Hay que mentalizarse en positivo: lo que no se alcance a hacer en estos primeros cinco años de “revolución pacífica y democrática”, ya se hará en los veinte años siguientes.
El país vivió uno así con la firma de los acuerdos de paz. Se extendió unos dos años, hasta las elecciones de 1994, con las que naufragó el consenso, se rompió la unidad del FMLN y se impuso finalmente el Pacto de San Andrés suscrito por las dirigencias de ERP y RN y el gobierno del Dr. Calderón Sol. Desde entonces primó la confrontación sobre la concertación. La guerra se había superado definitivamente y el marco democrático ganaba la aceptación unánime que antes había faltado. Pero simultáneamente se convertía en arena de confrontación. Como si la paz se concibiera ahora como la continuación de la guerra por otros medios. Y así llegamos a las elecciones de 2009.
Acabamos de atravesar otro momento de unidad similar, tras el 15 de marzo, el cual con razón se ha comparado con la coyuntura del proceso de paz. La suave transición de gobierno, desde la proclamación generosa de la victoria y la digna aceptación de la derrota, revivió por unas semanas una situación de unificación nacional. Las dos grandes fuerzas, el bloque de las izquierdas y el de las derechas, por un momento antepusieron el interés nacional y parecía vivirse el idilio de la concertación y de la cooperación, insospechado tras la dura confrontación de dieciocho meses de larga campaña electoral. No tenía bases sólidas y ha durado poco esta vez. Menos de dos meses.
Pareciera hoy que Marx vuelve a tomarse la revancha con Hegel. Mientras éste proclamaba que la voluntad general de Rousseau, el bien común, sólo en el Estado y por el Estado podía materializarse, aquél denunciaba que siempre el aparato estatal está al servicio de la clase dominante, que sólo en apariencia se coloca por encima de las clases, como ente neutral. Es en la sociedad, por medio de la lucha de clases, donde ha de resolverse el problema de intereses contradictorios. No postulando un ilusorio interés general, sino imponiendo por la fuerza el interés de las mayorías, el interés de clase de los trabajadores.
Sin embargo Marx no resolvió un matiz de importancia: aun si la neutralidad es sólo apariencia, pues en esencia el Estado es siempre Estado de clase, no obstante aquélla le corresponde, no puede desprenderse de su apariencia, está en su naturaleza el mantenerla. Apariencia que cobra vida en la esfera de la ideología, mientras la ficticia unidad nacional sea defendida y creída por las masas ciudadanas. La unidad esconde la división pero, también a la inversa, la división genera la unidad. Veámoslo.
Efectivamente, la división entre derecha e izquierda, la famosa polarización que tanto molesta a los espíritus moderados y antimarxistas, ha sido la clave de la amplia unidad que se gestó en torno a la candidatura de Mauricio Funes.
Proclamando su voluntad de constituir un “gobierno de unidad nacional” se ensanchaba la base social de sus apoyos, más allá de los sectores populares y del espectro de las diferentes corrientes de izquierda. La posibilidad cierta de una “unidad nacional” en torno al nuevo proyecto, que rompa con el pasado y que signifique “el cambio”, se fundamenta justamente en la división de la cual surge. Gana credibilidad al incorporar al nuevo gabinete a personas que provienen de diversos sectores sociales, de las diferentes izquierdas, incluso algunas de derecha o de pensamiento conservador, también algún millonario, pese a las sospechas que esto pueda levantar en ciertos círculos izquierdistas. Más molesta todavía a las derechas constatar esta capacidad de atracción y de flexibilidad mostrada por el gobierno del FMLN.
Fracasó en el manejo de esta dialéctica división/unidad la oferta electoral de la derecha. Su prometida unidad, su discurso sobre los intereses nacionales, no era creíble. Se impuso la sensatez, el sentido común, conquistado esta vez por las clases dominadas, haciendo de la idea del “cambio seguro” la idea dominante. Marx explicaba que las clases dominantes imponen siempre las ideas dominantes en una sociedad: pero éstas hoy en nuestro país están en disputa, con una clara victoria coyuntural de “los de abajo” que tienden a imponer, al modo de Gramsci, su hegemonía ideológica. Si prima el rechazo al continuismo es claro que el rechazo inequívoco del pasado era un requisito imperativo para el gobierno del cambio.
La derecha política percibe que puede quedar atrapada en la unidad nacional que proclama el nuevo gobierno, que cooperar con él podría fortalecerlo, por eso decidió anteponer su propia unidad, la alianza del bloque de las derechas. Ante la mano tendida del ganador, el perdedor reaccionó proclamando que la alianza con PDC y PCN era su prioridad, rechazó la oferta de alternarse en la conducción del órgano legislativo, bloqueó la elección del fiscal y de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia e impuso en la Presidencia de la Asamblea Legislativa a Ciro Cruz Zepeda. Grave error, pero comprensible ante la difícil situación de estar obligada a presentarse como una oposición “constructiva” y razonable, pero al mismo tiempo buscar el desgaste desde el primer día del actual bloque en el gobierno y de preservar su propia unidad.
Toda acción genera una reacción; la desafiante iniciativa derechista del 1° de mayo ha tenido su réplica este 1° de junio. Tanto en los enérgicos reclamos del discurso presidencial hacia los errores y la corrupción de los gobiernos anteriores, o por el estado desastroso en que recibe las finanzas públicas, como en las nuevas medidas y los principios que anuncia. Acompaña lo positivo de sus propuestas, con la acusación negativa hacia los veinte años precedentes. Era necesario hacerlo y en realidad no debilita su mensaje de querer impulsar un “gobierno de unidad nacional”. Es más, sin aquella denuncia su voluntad unitaria carecería de credibilidad. Es lo que parece no haber entendido Arena y de ahí su sorpresa o supuesta indignación ante “la dureza” del discurso presidencial. Pero ningún dignatario de los presentes en el acto de toma de posesión lo percibió así. Sólo los areneros lucían molestos ese día, al punto de redactar un lamentable comunicado del Coena que no ha tenido mayor eco ni generado adhesiones.
Lo más notorio del nuevo escenario es la división entre la derecha económica y la derecha política. La primera ha reaccionado positivamente al discurso de investidura del Presidente Funes, así como a la composición del gabinete y a las primeras medidas anunciadas. Las quejas y pataletas de la dirigencia del antiguo partido oficial resultan patéticas ante el distanciamiento de las demás esferas de poder: el empresarial, el mediático, el militar, el internacional. Hay un coro de elogios y de expectativas favorables: Arena se queda sola.
Es cada vez más evidente para el poder económico el agotamiento histórico del partido Arena como instrumento político. Pronto han de surgir iniciativas por lanzar una nueva derecha que reemplace la desgastada herramienta. Pero por de pronto hay oportunidades para una diferenciación entre la burguesía.
La mayoría de empresarios tienen interés en un modelo económico como el propuesto, que sólo a una pequeña argolla oligárquica afectará. Y lo mismo con el fortalecimiento del Estado de Derecho, la superación de la corrupción y de la inseguridad, el combate al crimen organizado, la eficacia, honestidad y transparencia en el manejo de la cosa pública. Esta “unidad nacional” es viable y anhelada, aunque obviamente tendrá sus adversarios: los pequeños grupos privilegiados en el anterior esquema de exclusión.
Desde la izquierda extra-parlamentaria y desde el movimiento social voces de insatisfacción, de recelo o de exigencia. Es normal. Y es bueno que se ejerza presión desde los sectores populares. Habrá que distinguir las demandas que sea posible atender en el corto plazo, de aquéllas que requieran más tiempo o un mejor escenario.
Se deben distinguir las demandas bien formuladas de las que no, pues no todas tienen una orientación correcta. Por ejemplo: una cosa es rechazar en aras del bien común la actividad minera del oro, que requiere usar cianuro y envenenaría los mantos acuíferos. A pesar de los empleos que las empresas mineras ofrecen, esos intereses particulares deben someterse al interés de la nación. Es correcto.
Pero respecto las nuevas represas la izquierda social utiliza la lógica inversa: se opone con el argumento de que perjudicarán a los campesinos de las zonas a inundar, sin privilegiar el interés nacional. No se puede estar por energías limpias y renovables, por un desarrollo sostenible – que obviamente requerirá mayor capacidad energética – y al mismo tiempo estar contra las represas ya proyectadas. La tentación populista o demagógica ha de ser evitada, a fin de preservar la racionalidad y la sensatez, la unidad, del proyecto nacional. Un verdadero gobierno popular no será aquél que ceda a cualquier petición de las bases populares, sino el que sepa encauzar en la dirección correcta, con un ejercicio de auténtica pedagogía política, la diversidad de demandas.
Sería una gran satisfacción para la derecha política, hoy desconcertada y sin proyecto, mirar la aparición de fisuras en el bloque adversario. Tampoco hay que apoyar de manera acrítica y sin distingos al gobierno, incluso el propio FMLN como partido podría en ciertos temas jugar un papel de oposición o de conciencia crítica. Pero hay que cuidar ese tesoro que muestran las encuestas: la mitad o más de los que votaron por Rodrigo Ávila el 15 de marzo al día de hoy tienen una opinión favorable del Presidente Funes y de las medidas que ha anunciado. Hay que mentalizarse en positivo: lo que no se alcance a hacer en estos primeros cinco años de “revolución pacífica y democrática”, ya se hará en los veinte años siguientes.
Ricardo Ribera 2009, HONDURAS: EVOLUCIÓN DE LA REVOLUCIÓN
Lo de Honduras no puede ser calificado de insurrección, por el carácter pacífico del movimiento de resistencia. Pero sí tiene visos de revolución en la medida que más de cien días de movilizaciones significan el inicio del despertar de un pueblo, su creciente protagonismo, su resolución y unidad, la toma de conciencia de sus intereses y de su propio poder. Es algo que también tiene expresión en el campo zelayista: entre los tres representantes del Presidente para el diálogo se incluye a un dirigente de la resistencia. Lo que estamos presenciando es más el arranque de un proceso, que el final o desenlace de una etapa histórica.
A ello sin duda han contribuido, conscientemente, el presidente Zelaya, y en forma inconsciente e involuntaria, el usurpador Micheletti. Los cien días de su presidencia, si se valorasen al modo tradicional, arrojarían un balance claramente negativo y preocupante para los golpistas. Aparte de mantenerse, precariamente, en el poder no han alcanzado ninguno de sus objetivos. Por el contrario, han agudizado las contradicciones del país al grado tal que pronto les tocará evaluar sus actos según el parámetro con que juzgaba Napoleón Bonaparte ciertas decisiones históricas: “fue peor que un crimen, fue un error”.
La persistente, infatigable, inclaudicable, movilización popular contra el golpe de estado ha terminado por poner en evidencia la contradicción de fondo de la ideología fascista que inspira a los golpistas y a sus amigos en la región. En efecto, han tratado de justificar el golpe como defensa de las libertades y de la democracia, en riesgo, según ellos, por Zelaya, y terminan derogando derechos democráticos y libertades fundamentales. Zelaya nunca prohibió manifestaciones, ni reprimió a la población, no cerró medios de comunicación, ni suspendió garantías constitucionales. Diciendo actuar en defensa de la democracia y de la Constitución este régimen fascista suspende la Constitución y anula la democracia. Instala una dictadura que ha costado ya una decena de vidas, un centenar de heridos, cientos de detenidos, miles de reprimidos, golpeados, gaseados.
A pesar de la represión y del monopolio de la violencia, contra una masa popular heroicamente pacífica, el régimen de facto ha perdido la calle. Al inicio trató de disputarla. Los “blanquitos”, de clase alta y media alta, los “perfumados”, tiraron la toalla. También los empleados presionados para acudir a marchas protegidas por la policía, se niegan a acudir a las convocatorias. La calle es enteramente de la resistencia. Se ha hecho fuerte en las barriadas urbanas y en el campo. Es el país entero, en una proporción de tres a uno, según una reconocida empresa encuestadora, que respalda a Zelaya y repudia a Micheletti.
Es lo que explica la decisión de implantar el estado de sitio por 45 días, que suponía el reconocimiento de que la batalla por las masas se perdió. Pero el estado de excepción choca con los intereses de los candidatos a las elecciones presidenciales, que no pueden hacer campaña con estado de sitio. También con los del sector empresarial que resienten el elevado costo económico de la medida. Y con la última esperanza del golpismo: que efectuar en noviembre las elecciones procurase cierta legitimidad y salir del aislamiento mundial. Por eso ha tenido que ser levantado de manera apresurada. Micheletti llegó al extremo de pedir disculpas por haber adoptado, de manera inconsulta, la medida.
El calendario electoral ahora se convierte en un factor contra el régimen de facto, lo pone contra el tiempo. Sosteníamos en un análisis anterior que el retorno de Zelaya cambiaba el escenario y hacía que el tiempo jugase ahora contra los golpistas. Acorde con ello, el Presidente legítimo pone plazo: si para el 15 de octubre no ha sido restituido en el poder, las elecciones habrán de postergarse.
El Plan de Óscar Arias, que planteaba adelantarlas un mes, ha quedado superado por los acontecimientos. Exasperado por la estupidez de los golpistas, que se aferran a legalismos constitucionalistas, declaró que la Constitución hondureña actual es “un adefesio jurídico”, “posiblemente la peor Constitución que hay en el mundo”. Es decir, no ha de servir de escudo, de pretexto o barricada; más bien convendría hacerle reformas, cambios. Lo cual está justamente en el origen de la crisis: la intención de Zelaya de promover una Asamblea Constitucional, siguiendo las vías legales de la encuesta y después la consulta ciudadana. Objetivo que la resistencia ha vuelto a reivindicar como central en sus demandas.
Aislados del mundo, distanciados del sector empresarial que ansía algún tipo de solución, con menos apoyo de la Iglesia que intenta recuperar un rol mediador, tras la metida de pata del cardenal y arzobispo demasiado comprometido con el golpismo, lo último que necesitaban los golpistas era enemistarse con los militares, fuente y fundamento de su poder. Tal como decía Napoleón: “las bayonetas pueden servir para muchas cosas, excepto para sentarse sobre ellas”. Si un gobierno se asienta únicamente en el poder militar, en la represión, sus días están contados. Es el último de los apoyos con que cuenta Micheletti. Al fin y al cabo desencadenó el golpe la destitución del general Romeo Vásquez, y fue el ejército el que lo ejecutó. “Expulsar a Zelaya del país fue un error y tendrán que pagar por ello”. ¿Será que los golpistas civiles pretenden que los militares sean el chivo expiatorio de la aventura golpista? ¿Aceptarán serlo?
Cuando las cosas van mal, se disgrega la banda de delincuentes y todos se echan la culpa unos a otros, incriminándose mutuamente. Lo que facilita mucho el trabajo de la policía. La postura del movimiento de resistencia oponiéndose a la idea de una amnistía indiscriminada parte de razones éticas y de justicia, pero también tiene la sabiduría de acabar de dividir al grupo de maleantes que han secuestrado un país entero.
Quienes por tanto tiempo se han creído los dueños de Honduras – y que de hecho lo han sido y lo son –, simples analfabetas políticos, deberán ser alfabetizados en el abecedario básico de la democracia: la voluntad del pueblo, el poder del demos, el interés general, han de ser respetados. Se descalifican solos en esta postura justificadora de lo injustificable; más les valiera quedarse en silencio a rumiar su rabia e impotencia. Es sólo cuestión de tiempo, el eterno aliado de la humanidad, que la verdad y la razón se impongan, que se imponga el pueblo. Como sabiamente dice la oración cristiana: “que se haga al fin su voluntad, así en la tierra como en el cielo”.
A ello sin duda han contribuido, conscientemente, el presidente Zelaya, y en forma inconsciente e involuntaria, el usurpador Micheletti. Los cien días de su presidencia, si se valorasen al modo tradicional, arrojarían un balance claramente negativo y preocupante para los golpistas. Aparte de mantenerse, precariamente, en el poder no han alcanzado ninguno de sus objetivos. Por el contrario, han agudizado las contradicciones del país al grado tal que pronto les tocará evaluar sus actos según el parámetro con que juzgaba Napoleón Bonaparte ciertas decisiones históricas: “fue peor que un crimen, fue un error”.
La persistente, infatigable, inclaudicable, movilización popular contra el golpe de estado ha terminado por poner en evidencia la contradicción de fondo de la ideología fascista que inspira a los golpistas y a sus amigos en la región. En efecto, han tratado de justificar el golpe como defensa de las libertades y de la democracia, en riesgo, según ellos, por Zelaya, y terminan derogando derechos democráticos y libertades fundamentales. Zelaya nunca prohibió manifestaciones, ni reprimió a la población, no cerró medios de comunicación, ni suspendió garantías constitucionales. Diciendo actuar en defensa de la democracia y de la Constitución este régimen fascista suspende la Constitución y anula la democracia. Instala una dictadura que ha costado ya una decena de vidas, un centenar de heridos, cientos de detenidos, miles de reprimidos, golpeados, gaseados.
A pesar de la represión y del monopolio de la violencia, contra una masa popular heroicamente pacífica, el régimen de facto ha perdido la calle. Al inicio trató de disputarla. Los “blanquitos”, de clase alta y media alta, los “perfumados”, tiraron la toalla. También los empleados presionados para acudir a marchas protegidas por la policía, se niegan a acudir a las convocatorias. La calle es enteramente de la resistencia. Se ha hecho fuerte en las barriadas urbanas y en el campo. Es el país entero, en una proporción de tres a uno, según una reconocida empresa encuestadora, que respalda a Zelaya y repudia a Micheletti.
Es lo que explica la decisión de implantar el estado de sitio por 45 días, que suponía el reconocimiento de que la batalla por las masas se perdió. Pero el estado de excepción choca con los intereses de los candidatos a las elecciones presidenciales, que no pueden hacer campaña con estado de sitio. También con los del sector empresarial que resienten el elevado costo económico de la medida. Y con la última esperanza del golpismo: que efectuar en noviembre las elecciones procurase cierta legitimidad y salir del aislamiento mundial. Por eso ha tenido que ser levantado de manera apresurada. Micheletti llegó al extremo de pedir disculpas por haber adoptado, de manera inconsulta, la medida.
El calendario electoral ahora se convierte en un factor contra el régimen de facto, lo pone contra el tiempo. Sosteníamos en un análisis anterior que el retorno de Zelaya cambiaba el escenario y hacía que el tiempo jugase ahora contra los golpistas. Acorde con ello, el Presidente legítimo pone plazo: si para el 15 de octubre no ha sido restituido en el poder, las elecciones habrán de postergarse.
El Plan de Óscar Arias, que planteaba adelantarlas un mes, ha quedado superado por los acontecimientos. Exasperado por la estupidez de los golpistas, que se aferran a legalismos constitucionalistas, declaró que la Constitución hondureña actual es “un adefesio jurídico”, “posiblemente la peor Constitución que hay en el mundo”. Es decir, no ha de servir de escudo, de pretexto o barricada; más bien convendría hacerle reformas, cambios. Lo cual está justamente en el origen de la crisis: la intención de Zelaya de promover una Asamblea Constitucional, siguiendo las vías legales de la encuesta y después la consulta ciudadana. Objetivo que la resistencia ha vuelto a reivindicar como central en sus demandas.
Aislados del mundo, distanciados del sector empresarial que ansía algún tipo de solución, con menos apoyo de la Iglesia que intenta recuperar un rol mediador, tras la metida de pata del cardenal y arzobispo demasiado comprometido con el golpismo, lo último que necesitaban los golpistas era enemistarse con los militares, fuente y fundamento de su poder. Tal como decía Napoleón: “las bayonetas pueden servir para muchas cosas, excepto para sentarse sobre ellas”. Si un gobierno se asienta únicamente en el poder militar, en la represión, sus días están contados. Es el último de los apoyos con que cuenta Micheletti. Al fin y al cabo desencadenó el golpe la destitución del general Romeo Vásquez, y fue el ejército el que lo ejecutó. “Expulsar a Zelaya del país fue un error y tendrán que pagar por ello”. ¿Será que los golpistas civiles pretenden que los militares sean el chivo expiatorio de la aventura golpista? ¿Aceptarán serlo?
Cuando las cosas van mal, se disgrega la banda de delincuentes y todos se echan la culpa unos a otros, incriminándose mutuamente. Lo que facilita mucho el trabajo de la policía. La postura del movimiento de resistencia oponiéndose a la idea de una amnistía indiscriminada parte de razones éticas y de justicia, pero también tiene la sabiduría de acabar de dividir al grupo de maleantes que han secuestrado un país entero.
Quienes por tanto tiempo se han creído los dueños de Honduras – y que de hecho lo han sido y lo son –, simples analfabetas políticos, deberán ser alfabetizados en el abecedario básico de la democracia: la voluntad del pueblo, el poder del demos, el interés general, han de ser respetados. Se descalifican solos en esta postura justificadora de lo injustificable; más les valiera quedarse en silencio a rumiar su rabia e impotencia. Es sólo cuestión de tiempo, el eterno aliado de la humanidad, que la verdad y la razón se impongan, que se imponga el pueblo. Como sabiamente dice la oración cristiana: “que se haga al fin su voluntad, así en la tierra como en el cielo”.
Ricardo Ribera 2009, EN LA CANCHA HONDUREÑA: ESTADOS UNIDOS – 0 ; BRASIL – 1
Nunca antes visto. En Honduras un nuevo capítulo, sorprendente, de una saga que se arrastra ya por tres meses. Cuando parecía que perdía interés y actualidad, el audaz retorno de Mel Zelaya, que no cesa en reclamar su restitución a la Presidencia que legítimamente le corresponde, vuelve a colocar al centro de la atención mundial la crisis hondureña.
Parece de película. En la era de las telenovelas y los reality-shows los acontecimientos en el hermano país, que se pueden seguir “en vivo y en directo” a través de TeleSur y por internet, van camino de convertirse en paradigma de las nuevas formas de hacer política a la altura del siglo XXI. Donde la realidad supera, con creces, la ficción. Comedia, drama, farsa, melodrama y tragedia: la escena y sus actores cambian de registro y de género, una y otra vez, con lo que la tensión por el desarrollo del guión y su desenlace mantiene expectantes a los espectadores, que somos todos. Desde la captura y expulsión en pijama de un presidente en mitad de la noche, hasta la rocambolesca operación de regreso por sorpresa, tras otros dos intentos frustrados, a cual más espectacular, el del aeropuerto y el de la frontera terrestre, los sucesos en torno a este caso no dejan de asombrar al mundo.
Política-espectáculo: la crisis es local, mas el escenario en que se desarrolla es global. Importa la correlación de fuerzas nacional, pero también, como nunca antes, la internacional. Y en todo ello la lucha de ideas convertida en lucha por ganarse la opinión pública, tanto la local como la mundial. Cargado de dramatismo, el proceso histórico transcurre y se desarrolla ante los ojos del mundo.
Mucho tiene que ver con la figura y con la personalidad, para nada convencional, de Mel Zelaya. Con pose de galán maduro del cine de otras épocas, estampa típica de hacendado centroamericano acomodado, su aura decimonónica de caudillo independentista se complementa con la capacidad del prestidigitador, capaz de maravillar con sus trucos y de distraer la atención del público con su verbo incesante, mientras desaparece objetos y saca conejos de su sombrero de ala ancha. Los suyos lo odian, los pobres lo aman.
Se suma a una lista de nuevos líderes latinoamericanos, atípicos todos ellos, que deslumbran al mundo y significan el surgimiento de lo nuevo en un planeta dominado todavía por lo viejo. Ahí está un egresado de Harvard, doctor en economía, dirigiendo en el país que es cintura del globo una “revolución ciudadana” y popular. Está ese periodista, crítico y conocedor, buen estudioso de los problemas del país, gran analista, impulsado desde su popularidad a conductor del golpe de timón que hace ratos ya necesitaba el pulgarcito de América. También el primer presidente indígena, un aymara, uno de los pueblos originarios del continente, en el duro proceso de convertir en verdaderos ciudadanos a los miembros de mayorías marginadas y oprimidas por más de quinientos años.
Y el primer obispo electo democráticamente presidente, en el país de la eterna dictadura, activista social inspirado en la teología de la liberación y calificado por todos, no sin ironía, como “padre de la patria”. Están asimismo la hija de una víctima del pinochetismo y la actual heredera del legado populista de Evita Perón. Y el militar de origen humilde, convertido al ideario de Bolívar, que habla y habla, en exceso a veces, pero que también lee y lee, que estudia y que se prepara, que cita obras y autores, que recomienda libros, capaz de convertir un discurso en la Organización de Naciones Unidas en una charla de tono coloquial, amena e instructiva, una plática dirigida no tanto a los dirigentes como a los pueblos del mundo, para hacerlos pensar y reaccionar. Y un líder sindical, antiguo organizador de huelgas, obrero metalúrgico, autodidacta, elevado por capacidad y tenacidad a la conducción de un país que es continente al tiempo que una de las mayores economías del mundo, que ha demostrado talla de estadista y liderazgo mundial.
Frente a todos ellos, los poderes de este mundo. Incluido el poder imperial, encabezado esta vez por un personaje asimismo distinto y atípico, un brillante mulato, ganador de premios de oratoria, al que los medios han bautizado como “el primer presidente negro” en la patria de Martin Luther King, alguien que levanta esperanzas y acumula sospechas, tal vez pronto francas decepciones.
La partida de ajedrez mundial que venía jugándose desde mucho antes, continúa en el presente siglo. Con nuevos jugadores. Hay peones y piezas mayores. Simples peones se creen figuras, las torres vigilan, los caballos se amenazan y los alfiles se inquietan. Algunos peones son sacrificados, se entrelazan jugadas y se preparan estrategias, como en el juego-ciencia. Tensión en el tablero para ocupar posiciones, por quitarle espacio al otro, por avanzar las piezas propias y encerrar las del adversario, por ir quitándole movilidad y acabar dominándolo.
Pero el juego se parece también al fútbol, donde el equipo cambia jugadores, algunos del banquillo saltan a la cancha y otros que estaban en ella son sustituidos. Hay que calcular bien la estrategia del adversario, preguntarse por qué hace el cambio, qué pretende con él y con qué cambio puedo responder yo. En medio de todo esto, se produce el grito de gol. Tras varias oportunidades fallidas, la pelota al fin entró…
Entró. Zelaya entró. Y quien se apunta el gol es Brasil. Se abrió el marcador. El adversario, desconcertado, manda al portavoz de la Casa Blanca, Ian Kelly, a recoger la pelota al fondo de la portería: “Al parecer Zelaya está en Tegucigalpa, pero no sabemos dónde.” Lula sí sabe. Y sabe Chávez. Probablemente sepa también Daniel Ortega. Y el FMLN. Salió de Managua, en un avión de PDVSA, se le vio con dirigentes efemelenistas y… desapareció. Para horas más tarde aparecer, cual maestro del ilusionismo, en la embajada brasileña de Tegucigalpa. En territorio brasileño, pero junto a su pueblo, en su patria, como había prometido: Mel Zelaya está en Honduras y asegura que “de aquí no me volverán a sacar”.
Diferentes izquierdas latinoamericanas han estado en la jugada y le han metido gol al imperio. Por primera vez y por varias horas no sabe lo que está pasando. Ni su servicio de inteligencia ni el del ejército golpista se han enterado de nada. No saben. Tampoco sabe Micheletti, que insiste en que “Zelaya está en una suite de hotel en Managua” y denuncia la noticia como “terrorismo mediático”. El fascismo hace el ridículo ante los ojos del mundo; el público goza.
En la sede del poder una desencajada Hillary Clinton, pillada fuera de juego, pronuncia vaguedades sobre reanudar el diálogo con la mediación tica. Pero su peón, mandado a traer a toda prisa, con aspecto consternado asiente pero de hecho la desmiente cuando agrega: “siempre que ambos acepten venir a San José”.
El escenario ha cambiado, es ya otro partido, y pronto tendrán que aprenderlo. “El mediador será el secretario general de la OEA, no hay otro” – afirma categórico Lula, dueño de la situación – por si no hubiese quedado claro todavía añade: “ni Zelaya ni Micheletti han propuesto a nadie más”. Es cierto, ciertísimo: a Óscar Arias lo propuso la Hillary. La propuesta de San José aparece sobrepasada por los acontecimientos. El imperio se aferrará a ella.
Zelaya está en Honduras, pero en territorio brasileño. Lula se lo recuerda muy pronto: no más arengas a los manifestantes, “calma y tranquilidad”. Y solicita en la ONU reunión urgente del Consejo de Seguridad, la instancia que podría incluso enviar cascos azules.
Los golpistas cometen un error tras otro. La tarea de los activistas del movimiento de resistencia hubiera sido paralizar el país. No va a hacer falta. Micheletti lo hace por ellos. Genera el caos. Pérdidas de más de cincuenta millones de dólares diarios. Los empresarios se quejan. La población se vuelca a los supermercados, tiendas y gasolineras. El desabastecimiento amenaza. Se producen saqueos y nadie hace caso del toque de queda, pues urge aprovisionarse.
Los golpistas cometen un crimen tras otro. Su carácter fascista es patente ante la mirada del mundo. Se les caen las caretas. Cientos de detenidos, de golpeados, de mujeres violadas. El asedio contra la embajada de Brasil se multiplica y justifica la firme advertencia del Consejo de Seguridad. El secretario general de la ONU proclama que las elecciones previstas para noviembre “no son creíbles” y que en las actuales condiciones carecerían de “las garantías mínimas”.
Los usurpadores comprenden ahora, demasiado tarde, que ahora el tiempo juega en contra suya. Con Zelaya afuera era al revés. Ellos jugaban a ganar tiempo, es decir, a perderlo, con la vana esperanza de que el proceso electoral acabara oxigenándolos. Hoy juega a favor de su adversario, aparentemente sitiado en la embajada, pero de hecho él tiene rodeados a los golpistas.
Ya no sirve una restitución condicionada, como pretendía el plan Arias o Acuerdo de San José. La resistencia interna exige más que el simple retorno de su presidente, exige convocar a una Asamblea Constituyente. Pronto exigirá postergar la fecha electoral, permitir la inscripción de otros candidatos afines al movimiento. Mel tiene derecho a que se le concedan los tres meses de mandato que le han arrebatado los usurpadores. Habrá que conformar un gobierno de unidad nacional capaz de organizar elecciones creíbles y limpias. Su proyecto y lo que representa tiene derecho a medir fuerzas en una contienda electoral con los candidatos de la oligarquía.
El proceso no termina, apenas comienza. El pueblo morazánico ha entrado en vías de asumir el protagonismo de su propia historia. Su lucha es la del resto de pueblos del mundo. La democracia ha de imponerse. A los fascistas y a sus amigos en la región un gran muro debe alzarse, una muralla con la inscripción ya legendaria: ¡No pasarán!
Parece de película. En la era de las telenovelas y los reality-shows los acontecimientos en el hermano país, que se pueden seguir “en vivo y en directo” a través de TeleSur y por internet, van camino de convertirse en paradigma de las nuevas formas de hacer política a la altura del siglo XXI. Donde la realidad supera, con creces, la ficción. Comedia, drama, farsa, melodrama y tragedia: la escena y sus actores cambian de registro y de género, una y otra vez, con lo que la tensión por el desarrollo del guión y su desenlace mantiene expectantes a los espectadores, que somos todos. Desde la captura y expulsión en pijama de un presidente en mitad de la noche, hasta la rocambolesca operación de regreso por sorpresa, tras otros dos intentos frustrados, a cual más espectacular, el del aeropuerto y el de la frontera terrestre, los sucesos en torno a este caso no dejan de asombrar al mundo.
Política-espectáculo: la crisis es local, mas el escenario en que se desarrolla es global. Importa la correlación de fuerzas nacional, pero también, como nunca antes, la internacional. Y en todo ello la lucha de ideas convertida en lucha por ganarse la opinión pública, tanto la local como la mundial. Cargado de dramatismo, el proceso histórico transcurre y se desarrolla ante los ojos del mundo.
Mucho tiene que ver con la figura y con la personalidad, para nada convencional, de Mel Zelaya. Con pose de galán maduro del cine de otras épocas, estampa típica de hacendado centroamericano acomodado, su aura decimonónica de caudillo independentista se complementa con la capacidad del prestidigitador, capaz de maravillar con sus trucos y de distraer la atención del público con su verbo incesante, mientras desaparece objetos y saca conejos de su sombrero de ala ancha. Los suyos lo odian, los pobres lo aman.
Se suma a una lista de nuevos líderes latinoamericanos, atípicos todos ellos, que deslumbran al mundo y significan el surgimiento de lo nuevo en un planeta dominado todavía por lo viejo. Ahí está un egresado de Harvard, doctor en economía, dirigiendo en el país que es cintura del globo una “revolución ciudadana” y popular. Está ese periodista, crítico y conocedor, buen estudioso de los problemas del país, gran analista, impulsado desde su popularidad a conductor del golpe de timón que hace ratos ya necesitaba el pulgarcito de América. También el primer presidente indígena, un aymara, uno de los pueblos originarios del continente, en el duro proceso de convertir en verdaderos ciudadanos a los miembros de mayorías marginadas y oprimidas por más de quinientos años.
Y el primer obispo electo democráticamente presidente, en el país de la eterna dictadura, activista social inspirado en la teología de la liberación y calificado por todos, no sin ironía, como “padre de la patria”. Están asimismo la hija de una víctima del pinochetismo y la actual heredera del legado populista de Evita Perón. Y el militar de origen humilde, convertido al ideario de Bolívar, que habla y habla, en exceso a veces, pero que también lee y lee, que estudia y que se prepara, que cita obras y autores, que recomienda libros, capaz de convertir un discurso en la Organización de Naciones Unidas en una charla de tono coloquial, amena e instructiva, una plática dirigida no tanto a los dirigentes como a los pueblos del mundo, para hacerlos pensar y reaccionar. Y un líder sindical, antiguo organizador de huelgas, obrero metalúrgico, autodidacta, elevado por capacidad y tenacidad a la conducción de un país que es continente al tiempo que una de las mayores economías del mundo, que ha demostrado talla de estadista y liderazgo mundial.
Frente a todos ellos, los poderes de este mundo. Incluido el poder imperial, encabezado esta vez por un personaje asimismo distinto y atípico, un brillante mulato, ganador de premios de oratoria, al que los medios han bautizado como “el primer presidente negro” en la patria de Martin Luther King, alguien que levanta esperanzas y acumula sospechas, tal vez pronto francas decepciones.
La partida de ajedrez mundial que venía jugándose desde mucho antes, continúa en el presente siglo. Con nuevos jugadores. Hay peones y piezas mayores. Simples peones se creen figuras, las torres vigilan, los caballos se amenazan y los alfiles se inquietan. Algunos peones son sacrificados, se entrelazan jugadas y se preparan estrategias, como en el juego-ciencia. Tensión en el tablero para ocupar posiciones, por quitarle espacio al otro, por avanzar las piezas propias y encerrar las del adversario, por ir quitándole movilidad y acabar dominándolo.
Pero el juego se parece también al fútbol, donde el equipo cambia jugadores, algunos del banquillo saltan a la cancha y otros que estaban en ella son sustituidos. Hay que calcular bien la estrategia del adversario, preguntarse por qué hace el cambio, qué pretende con él y con qué cambio puedo responder yo. En medio de todo esto, se produce el grito de gol. Tras varias oportunidades fallidas, la pelota al fin entró…
Entró. Zelaya entró. Y quien se apunta el gol es Brasil. Se abrió el marcador. El adversario, desconcertado, manda al portavoz de la Casa Blanca, Ian Kelly, a recoger la pelota al fondo de la portería: “Al parecer Zelaya está en Tegucigalpa, pero no sabemos dónde.” Lula sí sabe. Y sabe Chávez. Probablemente sepa también Daniel Ortega. Y el FMLN. Salió de Managua, en un avión de PDVSA, se le vio con dirigentes efemelenistas y… desapareció. Para horas más tarde aparecer, cual maestro del ilusionismo, en la embajada brasileña de Tegucigalpa. En territorio brasileño, pero junto a su pueblo, en su patria, como había prometido: Mel Zelaya está en Honduras y asegura que “de aquí no me volverán a sacar”.
Diferentes izquierdas latinoamericanas han estado en la jugada y le han metido gol al imperio. Por primera vez y por varias horas no sabe lo que está pasando. Ni su servicio de inteligencia ni el del ejército golpista se han enterado de nada. No saben. Tampoco sabe Micheletti, que insiste en que “Zelaya está en una suite de hotel en Managua” y denuncia la noticia como “terrorismo mediático”. El fascismo hace el ridículo ante los ojos del mundo; el público goza.
En la sede del poder una desencajada Hillary Clinton, pillada fuera de juego, pronuncia vaguedades sobre reanudar el diálogo con la mediación tica. Pero su peón, mandado a traer a toda prisa, con aspecto consternado asiente pero de hecho la desmiente cuando agrega: “siempre que ambos acepten venir a San José”.
El escenario ha cambiado, es ya otro partido, y pronto tendrán que aprenderlo. “El mediador será el secretario general de la OEA, no hay otro” – afirma categórico Lula, dueño de la situación – por si no hubiese quedado claro todavía añade: “ni Zelaya ni Micheletti han propuesto a nadie más”. Es cierto, ciertísimo: a Óscar Arias lo propuso la Hillary. La propuesta de San José aparece sobrepasada por los acontecimientos. El imperio se aferrará a ella.
Zelaya está en Honduras, pero en territorio brasileño. Lula se lo recuerda muy pronto: no más arengas a los manifestantes, “calma y tranquilidad”. Y solicita en la ONU reunión urgente del Consejo de Seguridad, la instancia que podría incluso enviar cascos azules.
Los golpistas cometen un error tras otro. La tarea de los activistas del movimiento de resistencia hubiera sido paralizar el país. No va a hacer falta. Micheletti lo hace por ellos. Genera el caos. Pérdidas de más de cincuenta millones de dólares diarios. Los empresarios se quejan. La población se vuelca a los supermercados, tiendas y gasolineras. El desabastecimiento amenaza. Se producen saqueos y nadie hace caso del toque de queda, pues urge aprovisionarse.
Los golpistas cometen un crimen tras otro. Su carácter fascista es patente ante la mirada del mundo. Se les caen las caretas. Cientos de detenidos, de golpeados, de mujeres violadas. El asedio contra la embajada de Brasil se multiplica y justifica la firme advertencia del Consejo de Seguridad. El secretario general de la ONU proclama que las elecciones previstas para noviembre “no son creíbles” y que en las actuales condiciones carecerían de “las garantías mínimas”.
Los usurpadores comprenden ahora, demasiado tarde, que ahora el tiempo juega en contra suya. Con Zelaya afuera era al revés. Ellos jugaban a ganar tiempo, es decir, a perderlo, con la vana esperanza de que el proceso electoral acabara oxigenándolos. Hoy juega a favor de su adversario, aparentemente sitiado en la embajada, pero de hecho él tiene rodeados a los golpistas.
Ya no sirve una restitución condicionada, como pretendía el plan Arias o Acuerdo de San José. La resistencia interna exige más que el simple retorno de su presidente, exige convocar a una Asamblea Constituyente. Pronto exigirá postergar la fecha electoral, permitir la inscripción de otros candidatos afines al movimiento. Mel tiene derecho a que se le concedan los tres meses de mandato que le han arrebatado los usurpadores. Habrá que conformar un gobierno de unidad nacional capaz de organizar elecciones creíbles y limpias. Su proyecto y lo que representa tiene derecho a medir fuerzas en una contienda electoral con los candidatos de la oligarquía.
El proceso no termina, apenas comienza. El pueblo morazánico ha entrado en vías de asumir el protagonismo de su propia historia. Su lucha es la del resto de pueblos del mundo. La democracia ha de imponerse. A los fascistas y a sus amigos en la región un gran muro debe alzarse, una muralla con la inscripción ya legendaria: ¡No pasarán!
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