Nunca antes visto. En Honduras un nuevo capítulo, sorprendente, de una saga que se arrastra ya por tres meses. Cuando parecía que perdía interés y actualidad, el audaz retorno de Mel Zelaya, que no cesa en reclamar su restitución a la Presidencia que legítimamente le corresponde, vuelve a colocar al centro de la atención mundial la crisis hondureña.
Parece de película. En la era de las telenovelas y los reality-shows los acontecimientos en el hermano país, que se pueden seguir “en vivo y en directo” a través de TeleSur y por internet, van camino de convertirse en paradigma de las nuevas formas de hacer política a la altura del siglo XXI. Donde la realidad supera, con creces, la ficción. Comedia, drama, farsa, melodrama y tragedia: la escena y sus actores cambian de registro y de género, una y otra vez, con lo que la tensión por el desarrollo del guión y su desenlace mantiene expectantes a los espectadores, que somos todos. Desde la captura y expulsión en pijama de un presidente en mitad de la noche, hasta la rocambolesca operación de regreso por sorpresa, tras otros dos intentos frustrados, a cual más espectacular, el del aeropuerto y el de la frontera terrestre, los sucesos en torno a este caso no dejan de asombrar al mundo.
Política-espectáculo: la crisis es local, mas el escenario en que se desarrolla es global. Importa la correlación de fuerzas nacional, pero también, como nunca antes, la internacional. Y en todo ello la lucha de ideas convertida en lucha por ganarse la opinión pública, tanto la local como la mundial. Cargado de dramatismo, el proceso histórico transcurre y se desarrolla ante los ojos del mundo.
Mucho tiene que ver con la figura y con la personalidad, para nada convencional, de Mel Zelaya. Con pose de galán maduro del cine de otras épocas, estampa típica de hacendado centroamericano acomodado, su aura decimonónica de caudillo independentista se complementa con la capacidad del prestidigitador, capaz de maravillar con sus trucos y de distraer la atención del público con su verbo incesante, mientras desaparece objetos y saca conejos de su sombrero de ala ancha. Los suyos lo odian, los pobres lo aman.
Se suma a una lista de nuevos líderes latinoamericanos, atípicos todos ellos, que deslumbran al mundo y significan el surgimiento de lo nuevo en un planeta dominado todavía por lo viejo. Ahí está un egresado de Harvard, doctor en economía, dirigiendo en el país que es cintura del globo una “revolución ciudadana” y popular. Está ese periodista, crítico y conocedor, buen estudioso de los problemas del país, gran analista, impulsado desde su popularidad a conductor del golpe de timón que hace ratos ya necesitaba el pulgarcito de América. También el primer presidente indígena, un aymara, uno de los pueblos originarios del continente, en el duro proceso de convertir en verdaderos ciudadanos a los miembros de mayorías marginadas y oprimidas por más de quinientos años.
Y el primer obispo electo democráticamente presidente, en el país de la eterna dictadura, activista social inspirado en la teología de la liberación y calificado por todos, no sin ironía, como “padre de la patria”. Están asimismo la hija de una víctima del pinochetismo y la actual heredera del legado populista de Evita Perón. Y el militar de origen humilde, convertido al ideario de Bolívar, que habla y habla, en exceso a veces, pero que también lee y lee, que estudia y que se prepara, que cita obras y autores, que recomienda libros, capaz de convertir un discurso en la Organización de Naciones Unidas en una charla de tono coloquial, amena e instructiva, una plática dirigida no tanto a los dirigentes como a los pueblos del mundo, para hacerlos pensar y reaccionar. Y un líder sindical, antiguo organizador de huelgas, obrero metalúrgico, autodidacta, elevado por capacidad y tenacidad a la conducción de un país que es continente al tiempo que una de las mayores economías del mundo, que ha demostrado talla de estadista y liderazgo mundial.
Frente a todos ellos, los poderes de este mundo. Incluido el poder imperial, encabezado esta vez por un personaje asimismo distinto y atípico, un brillante mulato, ganador de premios de oratoria, al que los medios han bautizado como “el primer presidente negro” en la patria de Martin Luther King, alguien que levanta esperanzas y acumula sospechas, tal vez pronto francas decepciones.
La partida de ajedrez mundial que venía jugándose desde mucho antes, continúa en el presente siglo. Con nuevos jugadores. Hay peones y piezas mayores. Simples peones se creen figuras, las torres vigilan, los caballos se amenazan y los alfiles se inquietan. Algunos peones son sacrificados, se entrelazan jugadas y se preparan estrategias, como en el juego-ciencia. Tensión en el tablero para ocupar posiciones, por quitarle espacio al otro, por avanzar las piezas propias y encerrar las del adversario, por ir quitándole movilidad y acabar dominándolo.
Pero el juego se parece también al fútbol, donde el equipo cambia jugadores, algunos del banquillo saltan a la cancha y otros que estaban en ella son sustituidos. Hay que calcular bien la estrategia del adversario, preguntarse por qué hace el cambio, qué pretende con él y con qué cambio puedo responder yo. En medio de todo esto, se produce el grito de gol. Tras varias oportunidades fallidas, la pelota al fin entró…
Entró. Zelaya entró. Y quien se apunta el gol es Brasil. Se abrió el marcador. El adversario, desconcertado, manda al portavoz de la Casa Blanca, Ian Kelly, a recoger la pelota al fondo de la portería: “Al parecer Zelaya está en Tegucigalpa, pero no sabemos dónde.” Lula sí sabe. Y sabe Chávez. Probablemente sepa también Daniel Ortega. Y el FMLN. Salió de Managua, en un avión de PDVSA, se le vio con dirigentes efemelenistas y… desapareció. Para horas más tarde aparecer, cual maestro del ilusionismo, en la embajada brasileña de Tegucigalpa. En territorio brasileño, pero junto a su pueblo, en su patria, como había prometido: Mel Zelaya está en Honduras y asegura que “de aquí no me volverán a sacar”.
Diferentes izquierdas latinoamericanas han estado en la jugada y le han metido gol al imperio. Por primera vez y por varias horas no sabe lo que está pasando. Ni su servicio de inteligencia ni el del ejército golpista se han enterado de nada. No saben. Tampoco sabe Micheletti, que insiste en que “Zelaya está en una suite de hotel en Managua” y denuncia la noticia como “terrorismo mediático”. El fascismo hace el ridículo ante los ojos del mundo; el público goza.
En la sede del poder una desencajada Hillary Clinton, pillada fuera de juego, pronuncia vaguedades sobre reanudar el diálogo con la mediación tica. Pero su peón, mandado a traer a toda prisa, con aspecto consternado asiente pero de hecho la desmiente cuando agrega: “siempre que ambos acepten venir a San José”.
El escenario ha cambiado, es ya otro partido, y pronto tendrán que aprenderlo. “El mediador será el secretario general de la OEA, no hay otro” – afirma categórico Lula, dueño de la situación – por si no hubiese quedado claro todavía añade: “ni Zelaya ni Micheletti han propuesto a nadie más”. Es cierto, ciertísimo: a Óscar Arias lo propuso la Hillary. La propuesta de San José aparece sobrepasada por los acontecimientos. El imperio se aferrará a ella.
Zelaya está en Honduras, pero en territorio brasileño. Lula se lo recuerda muy pronto: no más arengas a los manifestantes, “calma y tranquilidad”. Y solicita en la ONU reunión urgente del Consejo de Seguridad, la instancia que podría incluso enviar cascos azules.
Los golpistas cometen un error tras otro. La tarea de los activistas del movimiento de resistencia hubiera sido paralizar el país. No va a hacer falta. Micheletti lo hace por ellos. Genera el caos. Pérdidas de más de cincuenta millones de dólares diarios. Los empresarios se quejan. La población se vuelca a los supermercados, tiendas y gasolineras. El desabastecimiento amenaza. Se producen saqueos y nadie hace caso del toque de queda, pues urge aprovisionarse.
Los golpistas cometen un crimen tras otro. Su carácter fascista es patente ante la mirada del mundo. Se les caen las caretas. Cientos de detenidos, de golpeados, de mujeres violadas. El asedio contra la embajada de Brasil se multiplica y justifica la firme advertencia del Consejo de Seguridad. El secretario general de la ONU proclama que las elecciones previstas para noviembre “no son creíbles” y que en las actuales condiciones carecerían de “las garantías mínimas”.
Los usurpadores comprenden ahora, demasiado tarde, que ahora el tiempo juega en contra suya. Con Zelaya afuera era al revés. Ellos jugaban a ganar tiempo, es decir, a perderlo, con la vana esperanza de que el proceso electoral acabara oxigenándolos. Hoy juega a favor de su adversario, aparentemente sitiado en la embajada, pero de hecho él tiene rodeados a los golpistas.
Ya no sirve una restitución condicionada, como pretendía el plan Arias o Acuerdo de San José. La resistencia interna exige más que el simple retorno de su presidente, exige convocar a una Asamblea Constituyente. Pronto exigirá postergar la fecha electoral, permitir la inscripción de otros candidatos afines al movimiento. Mel tiene derecho a que se le concedan los tres meses de mandato que le han arrebatado los usurpadores. Habrá que conformar un gobierno de unidad nacional capaz de organizar elecciones creíbles y limpias. Su proyecto y lo que representa tiene derecho a medir fuerzas en una contienda electoral con los candidatos de la oligarquía.
El proceso no termina, apenas comienza. El pueblo morazánico ha entrado en vías de asumir el protagonismo de su propia historia. Su lucha es la del resto de pueblos del mundo. La democracia ha de imponerse. A los fascistas y a sus amigos en la región un gran muro debe alzarse, una muralla con la inscripción ya legendaria: ¡No pasarán!
Un espacio de intercambio de opiniones, de debate, donde podamos compartir y expresarnos libremente. ¿Me acompaña a discutir?
martes, 22 de diciembre de 2009
Ricardo Ribera 2009, NADA A GOLPES
“Nada a golpes”: así lo han gritado miles y miles de manifestantes por las calles de Tegucigalpa, exigiendo el retorno del presidente Mel Zelaya y del orden democrático y constitucional. El pueblo de la hermana república de Honduras ni acepta golpes de estado, ni se resigna a ser tratada a golpes por los policías y militares enviados por las autoridades de facto que usurparon el poder el pasado 28 de junio. La amplia movilización popular al interior del país y en el propio corazón de la capital hondureña ha impedido que puedan los golpistas presentar la situación como de “normalidad”.
Por el contrario, se han visto forzados a reprimir a la población, a silenciar medios de comunicación, a perseguir a periodistas que tratan de hacer su labor de informar a Honduras y al mundo lo que está pasando, a decretar toque de queda, a capturar en sus casas a líderes sociales y políticos de la resistencia pacífica. No ha habido hasta ahora un baño de sangre debido al esfuerzo popular por desarrollar sus protestas sin violencia y porque el gobierno de facto prevé las consecuencias devastadoras que desencadenaría a nivel internacional si la represión desatada se vuelve sangrienta. Sin embargo, ya se han producido las primeras muertes, las cuales lo deslegitiman aún más.
Se les detuvo el reloj. A los militares, la oligarquía y la derecha de Honduras se les paró la hora en el siglo pasado, en esas décadas en que las dictaduras asolaban América Latina. La contundencia sin precedentes de la reacción internacional condenando el golpe de estado les deja pocas esperanzas a los golpistas de que puedan mantenerse en el poder más allá de unas semanas, difícilmente los cinco meses que necesitarían para poder amañar a su gusto las elecciones presidenciales del 29 de noviembre. Proceso electoral que carecería de legitimidad y validez si fuera organizado por las autoridades que brutalmente usurparon el poder.
Entrados al siglo XXI el mundo ha cambiado, América Latina ha cambiado. En nuestra época los golpes de estado no son aceptados por nadie. Tan es así, que hasta los propios golpistas hondureños se pronuncian contra el golpe militar. No ha habido tal, dicen.
Contra toda lógica intentan presentar como legal el atropello a la democracia. Arguyen que los militares no se han quedado en el poder como en los típicos golpes de estado, que Micheletti asumió según los procedimientos previstos y que las instituciones siguen funcionando. Argumentan que también el Presidente Zelaya violó disposiciones constitucionales. Insisten en que se trata de asuntos internos y exigen la no injerencia. La vieja derecha oligárquica ha formado un bloque con el poder legislativo y el judicial, militares, empresarios, medios de comunicación e iglesias.
El cardenal hondureño dejó escapar la oportunidad de quedarse callado. Desperdició la posibilidad que algunos reclamaban para la Iglesia Católica de jugar algún papel mediador y moderador en la crisis. Al revés, con su toma de postura pública, retransmitida en cadena nacional por las autoridades de facto, se desautorizó a sí mismo para tal efecto.
Inventó una nueva teoría para legitimar el golpe: Zelaya ya no era presidente cuando fue capturado y expulsado del país. Es ésta una tercera versión que se agrega a la confusa argumentación de los golpistas. ¿En qué quedamos? ¿Renunció, fue destituido o ya no era presidente?
Se elaboró una lista de acusaciones para presentarlo como prófugo de la justicia. Pero cuando Mel Zelaya hace por regresar, en vez de capturarlo y llevarlo a los tribunales de justicia, mejor impiden el aterrizaje del avión. Una vez se opta por la razón de la fuerza no es fácil respetar la fuerza de la razón. Ese camino lo abandonaron.
Hay mucho en juego, tanto en la eventualidad de que el gobierno surgido de un golpe de estado se consolidara y prevaleciera, como en caso de que el golpismo sea derrotado por el pueblo hondureño, respaldado por la comunidad internacional y por los pueblos del continente. Por eso no es aceptable el argumento de que se trata de “asuntos internos”. Mucho se juega en Honduras, en especial para los países del área.
Es lógico el esfuerzo de mediación emprendido por el mandatario costarricense Óscar Arias, quien preside temporalmente el SICA, instrumento de integración regional. Ésta ha quedado paralizada a la espera de que la crisis hondureña alcance alguna solución. Igual de bloqueado está el proceso negociador de Centroamérica con la Unión Europea, el cual estaba en una fase decisiva. La situación actual es económica y políticamente insostenible, para Honduras y para la región. Pero no será fácil atemperar los ánimos y conciliar posiciones. Es dudoso que el respaldo norteamericano a esta vía del diálogo vaya a ser suficiente para hacerlo avanzar.
Cada día que pasa se vuelve más evidente que Estados Unidos deberá acompañar con acciones sus palabras. No basta la condena verbal. La falta de medidas concretas de presión equivale a una aceptación de los hechos. Ni siquiera ha retirado a su embajador, como lo hicieron el resto de países de la OEA y la Unión Europea. Para recuperar credibilidad en América Latina tendrá que utilizar las múltiples palancas de que dispone para revertir el golpe. De momento no lo ha hecho, lo que motiva lógicas sospechas. Barack Obama, quien prometió una forma de relación diferente a la del pasado entre Estados Unidos y América Latina, pone en juego su imagen y prestigio, su credibilidad, en el escenario hondureño.
A la derecha salvadoreña la crisis en Honduras la dividió. Unos, aun distanciándose de las políticas de Zelaya, han condenado el golpe; otros lo disculpan o niegan que exista tal; otros más bien no disimulan su alegría por el retorno a escena del golpismo. Esperan poder chantajear al gobierno de Mauricio Funes con la amenaza de repetir aquí el experimento hondureño. En general predomina una calculada ambigüedad por parte de la derecha política. Es grave.
Los “opinadores” y “analistas” de los grandes medios aparecen también divididos. Algunos connotados derechistas sorprendieron calificando las cosas por su nombre y tomando prudente distancia del golpismo, cosa que los honra. Otros guardan un “estruendoso silencio” bastante hipócrita. Los hay pretendidamente moderados que se destapan como extremistas al atribuir la responsabilidad del golpe a la víctima del mismo, al Presidente depuesto por la fuerza.
La derecha económica, los voceros de las gremiales empresariales, llamaron golpe al golpe y lo criticaron. Pero después pusieron el grito en el cielo por las 48 horas de bloqueo comercial decretado por los países con fronteras terrestres con Honduras, una decisión tomada en la reunión del SICA como medida de presión.
La democracia ha sido agredida y está en peligro, pero a Federico Colorado, presidente de la ANEP, lo que le preocupa es el precio de los tomates. En vez de presionar sobre sus colegas hondureños, para que dejen de apoyar al gobierno usurpador y sean sensatos, los empresarios prefieren presionar a Mauricio Funes, exigiéndole que no mezcle los negocios con la política.
Está en juego el interés nacional y los principios que fundamentan el sistema democrático, pero los gremios empresariales anteponen sus intereses privados y fingen preocupación por el impacto sobre la población. Es la asignatura pendiente del sector privado, dado que ya en 2002 estos gremios saludaron y apoyaron el golpe en Venezuela, felicitando incluso al usurpador Carmona cuando se autoproclamó presidente en su efímera toma del poder. Siguen sin dar “señales claras” de compromiso con la democracia.
En Honduras, más allá del desenlace inmediato de la crisis, está la perspectiva a mediano y largo plazo. El relativo primitivismo con que se hace política en el hermano país puede que se supere a raíz de la crisis institucional que se ha desatado. No hay mayor maestra que la vida y esta coyuntura supone enormes lecciones políticas para todos, en especial para los sectores populares.
El escenario interno hondureño se transformó como resultado del golpe. Desaparece el bipartidismo pues hoy queda claro a todo el mundo que ambos partidos, Nacional y Liberal, son la misma cosa. El golpe los ha unificado. Se vuelve más que probable que el Partido Liberal – el partido de Zelaya y de Micheletti– se divida y surja un reagrupamiento alrededor de Zelaya.
El proyecto político de éste se refuerza y potencia, pues aparece como la verdadera alternativa al obsoleto sistema de poder. La propia figura pública de Mel Zelaya, convertido de pronto en estrella mediática internacional, ha reforzado su capacidad de liderazgo ante las poderosas organizaciones sociales movilizadas en su defensa.
Si el gobierno golpista las reprime para no verse rebasado por la marea humana pone al desnudo su naturaleza anti-democrática y fascista, vuelve más probable la imposición internacional de sanciones, dificulta un posible diálogo nacional y se aísla todavía más. Si la OEA decide imponer sanciones económicas y Estados Unidos las acata, el gobierno de facto estará en serios problemas.
¿Cuánto tiempo podrá resistir? ¿Cuándo aparecerán las primeras fisuras en el bloque que apoya al gobierno de facto? Igualmente para el otro bando: ¿cuánto más podrá resistir el movimiento de resistencia? ¿Logrará atraer a más sectores sociales? ¿Será capaz de movilizar la solidaridad activa de las fuerzas progresistas de todo el continente?
En la cintura de América, la sombra enorme de Morazán se agranda y traspasa las fronteras.
Por el contrario, se han visto forzados a reprimir a la población, a silenciar medios de comunicación, a perseguir a periodistas que tratan de hacer su labor de informar a Honduras y al mundo lo que está pasando, a decretar toque de queda, a capturar en sus casas a líderes sociales y políticos de la resistencia pacífica. No ha habido hasta ahora un baño de sangre debido al esfuerzo popular por desarrollar sus protestas sin violencia y porque el gobierno de facto prevé las consecuencias devastadoras que desencadenaría a nivel internacional si la represión desatada se vuelve sangrienta. Sin embargo, ya se han producido las primeras muertes, las cuales lo deslegitiman aún más.
Se les detuvo el reloj. A los militares, la oligarquía y la derecha de Honduras se les paró la hora en el siglo pasado, en esas décadas en que las dictaduras asolaban América Latina. La contundencia sin precedentes de la reacción internacional condenando el golpe de estado les deja pocas esperanzas a los golpistas de que puedan mantenerse en el poder más allá de unas semanas, difícilmente los cinco meses que necesitarían para poder amañar a su gusto las elecciones presidenciales del 29 de noviembre. Proceso electoral que carecería de legitimidad y validez si fuera organizado por las autoridades que brutalmente usurparon el poder.
Entrados al siglo XXI el mundo ha cambiado, América Latina ha cambiado. En nuestra época los golpes de estado no son aceptados por nadie. Tan es así, que hasta los propios golpistas hondureños se pronuncian contra el golpe militar. No ha habido tal, dicen.
Contra toda lógica intentan presentar como legal el atropello a la democracia. Arguyen que los militares no se han quedado en el poder como en los típicos golpes de estado, que Micheletti asumió según los procedimientos previstos y que las instituciones siguen funcionando. Argumentan que también el Presidente Zelaya violó disposiciones constitucionales. Insisten en que se trata de asuntos internos y exigen la no injerencia. La vieja derecha oligárquica ha formado un bloque con el poder legislativo y el judicial, militares, empresarios, medios de comunicación e iglesias.
El cardenal hondureño dejó escapar la oportunidad de quedarse callado. Desperdició la posibilidad que algunos reclamaban para la Iglesia Católica de jugar algún papel mediador y moderador en la crisis. Al revés, con su toma de postura pública, retransmitida en cadena nacional por las autoridades de facto, se desautorizó a sí mismo para tal efecto.
Inventó una nueva teoría para legitimar el golpe: Zelaya ya no era presidente cuando fue capturado y expulsado del país. Es ésta una tercera versión que se agrega a la confusa argumentación de los golpistas. ¿En qué quedamos? ¿Renunció, fue destituido o ya no era presidente?
Se elaboró una lista de acusaciones para presentarlo como prófugo de la justicia. Pero cuando Mel Zelaya hace por regresar, en vez de capturarlo y llevarlo a los tribunales de justicia, mejor impiden el aterrizaje del avión. Una vez se opta por la razón de la fuerza no es fácil respetar la fuerza de la razón. Ese camino lo abandonaron.
Hay mucho en juego, tanto en la eventualidad de que el gobierno surgido de un golpe de estado se consolidara y prevaleciera, como en caso de que el golpismo sea derrotado por el pueblo hondureño, respaldado por la comunidad internacional y por los pueblos del continente. Por eso no es aceptable el argumento de que se trata de “asuntos internos”. Mucho se juega en Honduras, en especial para los países del área.
Es lógico el esfuerzo de mediación emprendido por el mandatario costarricense Óscar Arias, quien preside temporalmente el SICA, instrumento de integración regional. Ésta ha quedado paralizada a la espera de que la crisis hondureña alcance alguna solución. Igual de bloqueado está el proceso negociador de Centroamérica con la Unión Europea, el cual estaba en una fase decisiva. La situación actual es económica y políticamente insostenible, para Honduras y para la región. Pero no será fácil atemperar los ánimos y conciliar posiciones. Es dudoso que el respaldo norteamericano a esta vía del diálogo vaya a ser suficiente para hacerlo avanzar.
Cada día que pasa se vuelve más evidente que Estados Unidos deberá acompañar con acciones sus palabras. No basta la condena verbal. La falta de medidas concretas de presión equivale a una aceptación de los hechos. Ni siquiera ha retirado a su embajador, como lo hicieron el resto de países de la OEA y la Unión Europea. Para recuperar credibilidad en América Latina tendrá que utilizar las múltiples palancas de que dispone para revertir el golpe. De momento no lo ha hecho, lo que motiva lógicas sospechas. Barack Obama, quien prometió una forma de relación diferente a la del pasado entre Estados Unidos y América Latina, pone en juego su imagen y prestigio, su credibilidad, en el escenario hondureño.
A la derecha salvadoreña la crisis en Honduras la dividió. Unos, aun distanciándose de las políticas de Zelaya, han condenado el golpe; otros lo disculpan o niegan que exista tal; otros más bien no disimulan su alegría por el retorno a escena del golpismo. Esperan poder chantajear al gobierno de Mauricio Funes con la amenaza de repetir aquí el experimento hondureño. En general predomina una calculada ambigüedad por parte de la derecha política. Es grave.
Los “opinadores” y “analistas” de los grandes medios aparecen también divididos. Algunos connotados derechistas sorprendieron calificando las cosas por su nombre y tomando prudente distancia del golpismo, cosa que los honra. Otros guardan un “estruendoso silencio” bastante hipócrita. Los hay pretendidamente moderados que se destapan como extremistas al atribuir la responsabilidad del golpe a la víctima del mismo, al Presidente depuesto por la fuerza.
La derecha económica, los voceros de las gremiales empresariales, llamaron golpe al golpe y lo criticaron. Pero después pusieron el grito en el cielo por las 48 horas de bloqueo comercial decretado por los países con fronteras terrestres con Honduras, una decisión tomada en la reunión del SICA como medida de presión.
La democracia ha sido agredida y está en peligro, pero a Federico Colorado, presidente de la ANEP, lo que le preocupa es el precio de los tomates. En vez de presionar sobre sus colegas hondureños, para que dejen de apoyar al gobierno usurpador y sean sensatos, los empresarios prefieren presionar a Mauricio Funes, exigiéndole que no mezcle los negocios con la política.
Está en juego el interés nacional y los principios que fundamentan el sistema democrático, pero los gremios empresariales anteponen sus intereses privados y fingen preocupación por el impacto sobre la población. Es la asignatura pendiente del sector privado, dado que ya en 2002 estos gremios saludaron y apoyaron el golpe en Venezuela, felicitando incluso al usurpador Carmona cuando se autoproclamó presidente en su efímera toma del poder. Siguen sin dar “señales claras” de compromiso con la democracia.
En Honduras, más allá del desenlace inmediato de la crisis, está la perspectiva a mediano y largo plazo. El relativo primitivismo con que se hace política en el hermano país puede que se supere a raíz de la crisis institucional que se ha desatado. No hay mayor maestra que la vida y esta coyuntura supone enormes lecciones políticas para todos, en especial para los sectores populares.
El escenario interno hondureño se transformó como resultado del golpe. Desaparece el bipartidismo pues hoy queda claro a todo el mundo que ambos partidos, Nacional y Liberal, son la misma cosa. El golpe los ha unificado. Se vuelve más que probable que el Partido Liberal – el partido de Zelaya y de Micheletti– se divida y surja un reagrupamiento alrededor de Zelaya.
El proyecto político de éste se refuerza y potencia, pues aparece como la verdadera alternativa al obsoleto sistema de poder. La propia figura pública de Mel Zelaya, convertido de pronto en estrella mediática internacional, ha reforzado su capacidad de liderazgo ante las poderosas organizaciones sociales movilizadas en su defensa.
Si el gobierno golpista las reprime para no verse rebasado por la marea humana pone al desnudo su naturaleza anti-democrática y fascista, vuelve más probable la imposición internacional de sanciones, dificulta un posible diálogo nacional y se aísla todavía más. Si la OEA decide imponer sanciones económicas y Estados Unidos las acata, el gobierno de facto estará en serios problemas.
¿Cuánto tiempo podrá resistir? ¿Cuándo aparecerán las primeras fisuras en el bloque que apoya al gobierno de facto? Igualmente para el otro bando: ¿cuánto más podrá resistir el movimiento de resistencia? ¿Logrará atraer a más sectores sociales? ¿Será capaz de movilizar la solidaridad activa de las fuerzas progresistas de todo el continente?
En la cintura de América, la sombra enorme de Morazán se agranda y traspasa las fronteras.
Ricardo Ribera 2009, Y LA MONTAÑA VINO A MAHOMA
Desconozco el origen del dicho: “Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma tendrá que ir a la montaña”. Supongo que quiere expresar la necesidad de hacer un esfuerzo propio cuando a los humanos no nos salen las cosas o éstas no se dan por sí mismas. No renunciar al objetivo o a nuestros sueños, no quedar en la pasividad, sino por el contrario, ponernos en marcha hasta lograr nuestras metas. Pero en El Salvador, tal vez por no haber hecho bien nuestras tareas, por no haber caminado hasta la montaña, esta vez, literalmente, la montaña se nos vino encima.
Volvió a pasar. Ya había ocurrido en 1982 con el deslave del volcán de San Salvador. Se repitió más recientemente en el de Santa Ana. El pasado fin de semana se dio en el Chichontepec. Mañana podría ser de nuevo un desplome del Picacho sobre la ciudad capital. Además, hoy como ayer, posiblemente igual mañana, acompañando la tragedia central un sinnúmero de pequeños deslaves, avalanchas, derrumbes, desbordamientos e inundaciones, que tornan una parte del territorio en escenario de luto y destrucción, en un espectáculo dantesco.
¿Qué tan natural es el desastre natural? Mucho tiene que ver, desde luego, la mano del hombre. Con lo que hemos hecho o dejamos de hacer. En la antigua China cuando había grandes catástrofes se decía que el emperador había perdido “el favor del cielo”. Era considerado “hijo del cielo”, mediador semi-divino entre el principio cósmico que rige el universo y el mundo de los hombres regido por leyes humanas y decisiones imperiales. Tenía que procurar el equilibrio, regirse por el tao eterno, procurar la armonía entre cielo y tierra, armonizar la vida social con el entorno natural. La catástrofe anunciaba que estos equilibrios se habían roto, que el poder se había apartado del camino del tao, que no había sido previsor para evitar, prevenir o mitigar el fenómeno natural y sus consecuencias. Por tanto era válido derrocar al emperador y sustituirlo por otro que demostrara con su triunfo ser merecedor del favor celestial, obediente del mandato del cielo.
Un estado fuerte y eficiente. Una sociedad organizada y consciente. Siguen siendo los principios centrales, basados en la antigua sabiduría que inspira, todavía hoy, la actitud china ante los desastres naturales. Años atrás se dieron la meta de plantar un arbolito por habitante. A principios de este año anunciaron haber casi duplicado el objetivo de reforestación: alcanzaron la cifra de dos mil quinientos millones de nuevos árboles sembrados. Ante el reto de evitar tormentas de arena sobre la capital durante el desarrollo de los Juegos Olímpicos, agosto de 2008, formaron barreras naturales de bosque, haciendo retroceder el desierto y conteniendo el avance de las nubes de arena.
Un estado consciente y organizado. Una sociedad fuerte y eficiente. Cuba: pese al atraso típico de todo país latinoamericano, herencia no deseada del imperio español, pese a la vulnerabilidad caribeña de ser lugar de paso de varios huracanes devastadores por temporada, casi nunca hay víctimas mortales ante tales eventos. Pero los cubanos han llegado a movilizar millón y medio de habitantes – más del 10% de la población total – sacarlos fuera de la región en peligro, atenderlos en albergues alejados, garantizar la seguridad de sus pertenencias. La devastación material puede ser enorme, pero raramente hay muertos.
Por tanto, el subdesarrollo o la pobreza del país no son excusa. Hay que trabajar para que en un mediano o largo plazo también nosotros seamos ejemplo para el mundo, modelo de prevención y mitigación. Dejar de convertirnos, reiterada y periódicamente, en la noticia negra de los titulares internacionales: aplastados nuevamente por la fuerza de la naturaleza, pero también por la debilidad de la sociedad y del estado. Mostramos capacidad al momento de la solidaridad, generoso corazón y compasión con el damnificado; demasiada incapacidad sin embargo al momento de regresar a la cotidianeidad, a la inercia de un modelo de desarrollo depredador e inconsciente, obsesionado por la ganancia y el lucro, que rompe la telaraña fina de equilibrio ambiental y regeneración natural.
Como país tercermundista que somos pareciera que todo o casi todo está por hacer. En el fondo es una ventaja frente al norte próspero y desarrollado, donde la gente nace en un mundo donde presiente que ya todo está hecho. Donde las personas a menudo no encuentran su lugar, un sentido a sus vidas, una razón para existencias mediocres y alienadas por el consumismo y el aburrimiento. Aquí es al revés, no hay chance para aburrirse pues el país hierve de historia y la nación está preñada de lo nuevo, a punto de nacer. Hay tanto por hacer, que cualquier iniciativa es un aporte, todo compromiso una amarra para el diario vivir, cada acción un motivo para la fiesta y la alegría, para la risa que acompaña incluso los golpes o fracasos cotidianos. La vida es a veces simple supervivencia heroica, en afanes compartidos y por ello mismo forjadores de espíritu comunitario, fraterno, humano.
Pero a veces, en momentos tenebrosos tal parece que la impresión es la contraria: el país no está a medio hacer, sino a medio deshacer. Se nos escapa de entre los dedos, como arena de mar, se derrumba todo y sólo queda marcharse, migrar, escapar de la patria que, cual madre desnaturalizada, nos abandona a la intemperie, con fío y hambre. Son ocasiones en que cobra sentido el cuento de Mahoma y la montaña.
Volvió a pasar. Ya había ocurrido en 1982 con el deslave del volcán de San Salvador. Se repitió más recientemente en el de Santa Ana. El pasado fin de semana se dio en el Chichontepec. Mañana podría ser de nuevo un desplome del Picacho sobre la ciudad capital. Además, hoy como ayer, posiblemente igual mañana, acompañando la tragedia central un sinnúmero de pequeños deslaves, avalanchas, derrumbes, desbordamientos e inundaciones, que tornan una parte del territorio en escenario de luto y destrucción, en un espectáculo dantesco.
¿Qué tan natural es el desastre natural? Mucho tiene que ver, desde luego, la mano del hombre. Con lo que hemos hecho o dejamos de hacer. En la antigua China cuando había grandes catástrofes se decía que el emperador había perdido “el favor del cielo”. Era considerado “hijo del cielo”, mediador semi-divino entre el principio cósmico que rige el universo y el mundo de los hombres regido por leyes humanas y decisiones imperiales. Tenía que procurar el equilibrio, regirse por el tao eterno, procurar la armonía entre cielo y tierra, armonizar la vida social con el entorno natural. La catástrofe anunciaba que estos equilibrios se habían roto, que el poder se había apartado del camino del tao, que no había sido previsor para evitar, prevenir o mitigar el fenómeno natural y sus consecuencias. Por tanto era válido derrocar al emperador y sustituirlo por otro que demostrara con su triunfo ser merecedor del favor celestial, obediente del mandato del cielo.
Un estado fuerte y eficiente. Una sociedad organizada y consciente. Siguen siendo los principios centrales, basados en la antigua sabiduría que inspira, todavía hoy, la actitud china ante los desastres naturales. Años atrás se dieron la meta de plantar un arbolito por habitante. A principios de este año anunciaron haber casi duplicado el objetivo de reforestación: alcanzaron la cifra de dos mil quinientos millones de nuevos árboles sembrados. Ante el reto de evitar tormentas de arena sobre la capital durante el desarrollo de los Juegos Olímpicos, agosto de 2008, formaron barreras naturales de bosque, haciendo retroceder el desierto y conteniendo el avance de las nubes de arena.
Un estado consciente y organizado. Una sociedad fuerte y eficiente. Cuba: pese al atraso típico de todo país latinoamericano, herencia no deseada del imperio español, pese a la vulnerabilidad caribeña de ser lugar de paso de varios huracanes devastadores por temporada, casi nunca hay víctimas mortales ante tales eventos. Pero los cubanos han llegado a movilizar millón y medio de habitantes – más del 10% de la población total – sacarlos fuera de la región en peligro, atenderlos en albergues alejados, garantizar la seguridad de sus pertenencias. La devastación material puede ser enorme, pero raramente hay muertos.
Por tanto, el subdesarrollo o la pobreza del país no son excusa. Hay que trabajar para que en un mediano o largo plazo también nosotros seamos ejemplo para el mundo, modelo de prevención y mitigación. Dejar de convertirnos, reiterada y periódicamente, en la noticia negra de los titulares internacionales: aplastados nuevamente por la fuerza de la naturaleza, pero también por la debilidad de la sociedad y del estado. Mostramos capacidad al momento de la solidaridad, generoso corazón y compasión con el damnificado; demasiada incapacidad sin embargo al momento de regresar a la cotidianeidad, a la inercia de un modelo de desarrollo depredador e inconsciente, obsesionado por la ganancia y el lucro, que rompe la telaraña fina de equilibrio ambiental y regeneración natural.
Como país tercermundista que somos pareciera que todo o casi todo está por hacer. En el fondo es una ventaja frente al norte próspero y desarrollado, donde la gente nace en un mundo donde presiente que ya todo está hecho. Donde las personas a menudo no encuentran su lugar, un sentido a sus vidas, una razón para existencias mediocres y alienadas por el consumismo y el aburrimiento. Aquí es al revés, no hay chance para aburrirse pues el país hierve de historia y la nación está preñada de lo nuevo, a punto de nacer. Hay tanto por hacer, que cualquier iniciativa es un aporte, todo compromiso una amarra para el diario vivir, cada acción un motivo para la fiesta y la alegría, para la risa que acompaña incluso los golpes o fracasos cotidianos. La vida es a veces simple supervivencia heroica, en afanes compartidos y por ello mismo forjadores de espíritu comunitario, fraterno, humano.
Pero a veces, en momentos tenebrosos tal parece que la impresión es la contraria: el país no está a medio hacer, sino a medio deshacer. Se nos escapa de entre los dedos, como arena de mar, se derrumba todo y sólo queda marcharse, migrar, escapar de la patria que, cual madre desnaturalizada, nos abandona a la intemperie, con fío y hambre. Son ocasiones en que cobra sentido el cuento de Mahoma y la montaña.
Ricardo Ribera 2009, Y AHORA, ¿QUIÉN PODRÁ SALVARNOS?
Falta un superhéroe que nos resuelva el gravísimo problema de la inseguridad ciudadana. Éste es real y objetivo. Se agrava con la poco responsable actitud de algunos medios noticiosos amarillistas y de cierta oposición política, interesada en generar una imagen de que con el nuevo gobierno todo va peor. Con lo cual, al problema que hay en la realidad viene a agregarse la percepción del mismo entre la ciudadanía, en el imaginario colectivo. Se disipa la poca esperanza que pudiera haber levantado el cambio de autoridades, imponiéndose la desesperación, la angustia y la desesperanza. Urge “hacer algo”, es un clamor ciudadano, que difícilmente podía dejarse sin atender. Aun siendo un problema heredado es a las actuales autoridades a las que les toca enfrentarlo y resolverlo. Pueden pedir tiempo, pero por poco tiempo. De ahí la decisión, a todas luces apresurada y poco reflexiva, de echar mano de la Fuerza Armada como medida inmediata.
Mandar a llamar a alguno de los super-héroes de la cultura de masas hubiera sido igual de efectivo. Desde luego no en el combate real a la delincuencia, pero sí en crear la sensación de que ya se está haciendo algo y alentar la confianza en que las cosas mejorarán. Poniendo más imaginación lo mismo hubiera dado reforzar a la PNC con el Cuerpo de Bomberos. Podría argumentarse que son pocos los incendios que hay que atender, que es un despilfarro gastar tanto en bomberos; ya que no procede disolver tal institución, ponerla a trabajar a la par de la policía; que patrullen con sus hachas y mangueras, que devenguen lo que con nuestros impuestos pagamos todos. Parece una idea loca, pero “algo hay que hacer”.
Nadie ha planteado en verdad tan peregrina ocurrencia. No obstante, la argumentación para involucrar al ejército es bien similar. Es “idea loca” porque de racional tiene bien poco. Sacar a los soldados a las calles y hacer creer que eso puede ser decisivo para enfrentar el auge delictivo, es igual de loco que sacar a los bomberos para al apoyo a la batalla contra la delincuencia.
El único camino racional y efectivo es tan obvio que da rubor tener que explicitarlo: aumentar sensiblemente el presupuesto de la PNC, a ser posible duplicar el actual; duplicar el ingreso a la Academia y por un tiempo acortar a la mitad el período de formación de los nuevos agentes; depurar de inmediato y reforzar las instancias investigadoras del delito, las áreas especializadas, los mecanismos de infiltración, de agentes encubiertos, de informantes, de protección de testigos; darle confianza a la ciudadanía para que aumente la denuncia; reforzar en presupuesto y efectivos la fiscalía; depurar a jueces y fiscales. Varias de estas cosas ya se están emprendiendo, pero tal vez no de manera suficientemente decidida y audaz.
Los efectos se harán sentir hasta un mediano plazo. En lo inmediato debería mejor planificarse el logro de objetivos mínimos, localizados, que por ejemplo permitan declarar “territorio libre de delincuencia” a determinados barrios, colonias o municipios. Aumentar el número de áreas “libres de armas” donde se ha prohibido su portación. En las actuales circunstancias no se puede pedir paciencia a la población. La gente necesita ver que el problema empieza ya mismo a resolverse y que se está en el camino correcto, que con el paso del tiempo se verán más y más resultados concretos.
Esencial es tomar ya medidas contundentes y ejemplarizantes, de impacto, con los “malos elementos” en la policía, fiscalía y sistema de justicia. Ya aparecieron varios nombres de altos cargos sujetos a investigación, incluido un ex-director de la PNC. Es un tremendo escándalo que no nos escandaliza lo suficiente, que habla a las claras de cómo iban las cosas en gobiernos anteriores. Es inaudito que tales funcionarios policiales, “inocentes hasta que se pruebe lo contrario”, sigan en el desempeño de cargos importantes.
Una cosa es que sigan libres mientras la investigación no avance más allá de los meros indicios. Cosa muy distinta es que, habiendo serios fundamentos para ser sospechosos de complicidad o incluso autoría de delitos, se les mantenga en puestos que deberían ser considerados de confianza. Mejor fuera tomar medidas ya, aun con el riesgo de que más adelante fuera necesario, si se comprobara que las sospechas eran infundadas, lavar su buen nombre y honor, restituirlos en sus cargos o resarcirlos por los prejuicios que se les haya ocasionado. La situación de emergencia justifica medidas disciplinarias fulminantes, indispensables para lograr el fin primordial de recuperar la confianza ciudadana en una institución que para muchos está hoy involucrada con la delincuencia, que se ha vuelto parte del problema y no de la solución.
Involucrar al ejército implica el riesgo de contaminar a la institución, una de las mejor evaluadas por la ciudadanía. Refleja además ciertos prejuicios heredados de los tiempos de dictadura militar, de la guerra civil y de ciertas mentalidades de izquierda. El ejército no es “un mal menor”, ni una institución innecesaria. Tampoco se previenen golpes de estado haciéndolo desaparecer. Pensarlo fuera una ingenuidad.
La Fuerza Armada es una institución esencial del Estado salvadoreño y es una institución clave de la democracia salvadoreña. La postura correcta es reforzarla, como el resto de instituciones democráticas, a fin de reforzar asimismo la democracia. La clave está en la doctrina militar que la inspira, en su respeto a las autoridades civiles, en su real sometimiento a las decisiones de la soberanía que emana del pueblo.
Los acuerdos de paz, que tanta sangre costaron, establecieron claramente las dos funciones que precisa la Constitución: la defensa de la soberanía y del territorio nacional. Nunca más el orden público o la seguridad ciudadana. Sólo excepcionalmente – y por tanto ha de ser con carácter no prorrogable – podrá el Presidente de la República disponer de la institución armada para tareas de seguridad y de orden públicos. No solamente para no distorsionar los acuerdos de paz y lo dispuesto en la Constitución. También para permitir que el ejército atienda debidamente sus funciones constitucionales.
No vivimos en un mundo desmilitarizado. Tampoco nuestra región lo es. Al contrario. Tenemos frontera terrestre con una nación donde hay un régimen golpista, antidemocrático, que ha tomado medidas hostiles a nuestras exportaciones, con la que ya tuvimos una guerra hace cuarenta años. El otro país con el que compartimos frontera terrestre adolece de fuerte desestabilización, con firmes rumores de intentonas golpistas. No es tiempo de pensar en utopías de hacer desaparecer ejércitos, sino de calibrar las amenazas virtuales o reales, potenciales o probables, a nuestra nación y nuestra democracia. En la medida que se avance en hacer de la institución castrense un baluarte de la democracia, el verdadero brazo armado del pueblo, se tornará en institución indispensable y valiosa a los ojos de toda la población.
Es un falso mito pensar que la izquierda tiene tradiciones pacifistas y antimilitaristas. Sólo la doctrina anarquista, en cuanto pretende hacer desaparecer al Estado y sus instituciones, podría reivindicar tal cosa. Tampoco la doctrina cristiana es en su esencia antimilitarista, como lo demuestra la presencia de pastores y capellanes castrenses. Amén de una larga historia de cruzadas y guerras santas, ejércitos papales y persecución de herejes. Si acaso tradiciones orientales, tales como el budismo, o los partidarios de la resistencia pacífica y la desobediencia civil, como Gandhi en la India, podrían proclamarse tales.
Otra cosa es el ideal utópico de un mundo sin armas ni ejércitos, que hasta el presidente Obama podría suscribir, a pesar de que mantiene el mayor gasto militar del mundo. América Latina en su conjunto ha duplicado en los últimos años su gasto militar, justo en un período caracterizado por la consolidación de la democracia y el avance de gobiernos de izquierda. Ése es el mundo real, en el cual la necesidad de una Fuerza Armada no debería ni siquiera ser objeto de dudas.
Democratizarla de manera efectiva ha de ser una garantía para la democracia y no un riesgo. Riesgo es tener una policía sin depurar, una justicia corrupta o una fiscalía indolente e ineficaz. Por eso ojalá que la medida emergente de “sacar de los cuarteles” a la tropa sea una cosa sólo temporal y pasajera, lo mismo que la idea contraria de “acuartelar” a la policía. Puede servir quizás, en lo que las iniciativas de mediano y largo plazo se implementan y vuelven efectivas, para calmar la angustia de la población y responder al clamor histérico del “y ahora quién podrá salvarnos” que amplifican no sin malicia ciertos políticos y algunos medios de comunicación.
Mandar a llamar a alguno de los super-héroes de la cultura de masas hubiera sido igual de efectivo. Desde luego no en el combate real a la delincuencia, pero sí en crear la sensación de que ya se está haciendo algo y alentar la confianza en que las cosas mejorarán. Poniendo más imaginación lo mismo hubiera dado reforzar a la PNC con el Cuerpo de Bomberos. Podría argumentarse que son pocos los incendios que hay que atender, que es un despilfarro gastar tanto en bomberos; ya que no procede disolver tal institución, ponerla a trabajar a la par de la policía; que patrullen con sus hachas y mangueras, que devenguen lo que con nuestros impuestos pagamos todos. Parece una idea loca, pero “algo hay que hacer”.
Nadie ha planteado en verdad tan peregrina ocurrencia. No obstante, la argumentación para involucrar al ejército es bien similar. Es “idea loca” porque de racional tiene bien poco. Sacar a los soldados a las calles y hacer creer que eso puede ser decisivo para enfrentar el auge delictivo, es igual de loco que sacar a los bomberos para al apoyo a la batalla contra la delincuencia.
El único camino racional y efectivo es tan obvio que da rubor tener que explicitarlo: aumentar sensiblemente el presupuesto de la PNC, a ser posible duplicar el actual; duplicar el ingreso a la Academia y por un tiempo acortar a la mitad el período de formación de los nuevos agentes; depurar de inmediato y reforzar las instancias investigadoras del delito, las áreas especializadas, los mecanismos de infiltración, de agentes encubiertos, de informantes, de protección de testigos; darle confianza a la ciudadanía para que aumente la denuncia; reforzar en presupuesto y efectivos la fiscalía; depurar a jueces y fiscales. Varias de estas cosas ya se están emprendiendo, pero tal vez no de manera suficientemente decidida y audaz.
Los efectos se harán sentir hasta un mediano plazo. En lo inmediato debería mejor planificarse el logro de objetivos mínimos, localizados, que por ejemplo permitan declarar “territorio libre de delincuencia” a determinados barrios, colonias o municipios. Aumentar el número de áreas “libres de armas” donde se ha prohibido su portación. En las actuales circunstancias no se puede pedir paciencia a la población. La gente necesita ver que el problema empieza ya mismo a resolverse y que se está en el camino correcto, que con el paso del tiempo se verán más y más resultados concretos.
Esencial es tomar ya medidas contundentes y ejemplarizantes, de impacto, con los “malos elementos” en la policía, fiscalía y sistema de justicia. Ya aparecieron varios nombres de altos cargos sujetos a investigación, incluido un ex-director de la PNC. Es un tremendo escándalo que no nos escandaliza lo suficiente, que habla a las claras de cómo iban las cosas en gobiernos anteriores. Es inaudito que tales funcionarios policiales, “inocentes hasta que se pruebe lo contrario”, sigan en el desempeño de cargos importantes.
Una cosa es que sigan libres mientras la investigación no avance más allá de los meros indicios. Cosa muy distinta es que, habiendo serios fundamentos para ser sospechosos de complicidad o incluso autoría de delitos, se les mantenga en puestos que deberían ser considerados de confianza. Mejor fuera tomar medidas ya, aun con el riesgo de que más adelante fuera necesario, si se comprobara que las sospechas eran infundadas, lavar su buen nombre y honor, restituirlos en sus cargos o resarcirlos por los prejuicios que se les haya ocasionado. La situación de emergencia justifica medidas disciplinarias fulminantes, indispensables para lograr el fin primordial de recuperar la confianza ciudadana en una institución que para muchos está hoy involucrada con la delincuencia, que se ha vuelto parte del problema y no de la solución.
Involucrar al ejército implica el riesgo de contaminar a la institución, una de las mejor evaluadas por la ciudadanía. Refleja además ciertos prejuicios heredados de los tiempos de dictadura militar, de la guerra civil y de ciertas mentalidades de izquierda. El ejército no es “un mal menor”, ni una institución innecesaria. Tampoco se previenen golpes de estado haciéndolo desaparecer. Pensarlo fuera una ingenuidad.
La Fuerza Armada es una institución esencial del Estado salvadoreño y es una institución clave de la democracia salvadoreña. La postura correcta es reforzarla, como el resto de instituciones democráticas, a fin de reforzar asimismo la democracia. La clave está en la doctrina militar que la inspira, en su respeto a las autoridades civiles, en su real sometimiento a las decisiones de la soberanía que emana del pueblo.
Los acuerdos de paz, que tanta sangre costaron, establecieron claramente las dos funciones que precisa la Constitución: la defensa de la soberanía y del territorio nacional. Nunca más el orden público o la seguridad ciudadana. Sólo excepcionalmente – y por tanto ha de ser con carácter no prorrogable – podrá el Presidente de la República disponer de la institución armada para tareas de seguridad y de orden públicos. No solamente para no distorsionar los acuerdos de paz y lo dispuesto en la Constitución. También para permitir que el ejército atienda debidamente sus funciones constitucionales.
No vivimos en un mundo desmilitarizado. Tampoco nuestra región lo es. Al contrario. Tenemos frontera terrestre con una nación donde hay un régimen golpista, antidemocrático, que ha tomado medidas hostiles a nuestras exportaciones, con la que ya tuvimos una guerra hace cuarenta años. El otro país con el que compartimos frontera terrestre adolece de fuerte desestabilización, con firmes rumores de intentonas golpistas. No es tiempo de pensar en utopías de hacer desaparecer ejércitos, sino de calibrar las amenazas virtuales o reales, potenciales o probables, a nuestra nación y nuestra democracia. En la medida que se avance en hacer de la institución castrense un baluarte de la democracia, el verdadero brazo armado del pueblo, se tornará en institución indispensable y valiosa a los ojos de toda la población.
Es un falso mito pensar que la izquierda tiene tradiciones pacifistas y antimilitaristas. Sólo la doctrina anarquista, en cuanto pretende hacer desaparecer al Estado y sus instituciones, podría reivindicar tal cosa. Tampoco la doctrina cristiana es en su esencia antimilitarista, como lo demuestra la presencia de pastores y capellanes castrenses. Amén de una larga historia de cruzadas y guerras santas, ejércitos papales y persecución de herejes. Si acaso tradiciones orientales, tales como el budismo, o los partidarios de la resistencia pacífica y la desobediencia civil, como Gandhi en la India, podrían proclamarse tales.
Otra cosa es el ideal utópico de un mundo sin armas ni ejércitos, que hasta el presidente Obama podría suscribir, a pesar de que mantiene el mayor gasto militar del mundo. América Latina en su conjunto ha duplicado en los últimos años su gasto militar, justo en un período caracterizado por la consolidación de la democracia y el avance de gobiernos de izquierda. Ése es el mundo real, en el cual la necesidad de una Fuerza Armada no debería ni siquiera ser objeto de dudas.
Democratizarla de manera efectiva ha de ser una garantía para la democracia y no un riesgo. Riesgo es tener una policía sin depurar, una justicia corrupta o una fiscalía indolente e ineficaz. Por eso ojalá que la medida emergente de “sacar de los cuarteles” a la tropa sea una cosa sólo temporal y pasajera, lo mismo que la idea contraria de “acuartelar” a la policía. Puede servir quizás, en lo que las iniciativas de mediano y largo plazo se implementan y vuelven efectivas, para calmar la angustia de la población y responder al clamor histérico del “y ahora quién podrá salvarnos” que amplifican no sin malicia ciertos políticos y algunos medios de comunicación.
Ricardo Ribera 2009, SIN DERECHO A EQUIVOCARSE
Del discurso presidencial de investidura me llamó la atención la frase de Mauricio Funes “no tenemos derecho a equivocarnos”. Confieso que mi primera reacción al escuchar al nuevo Presidente decir eso, no fue favorable. Expresa lo contrario de la conocida idea “errar es de humanos”. ¿No será que la arrogancia y prepotencia que a veces se le han atribuido al ex-periodista, se han colado en esta frase suya?
Puede ser un defecto menor, reflexiono, tal vez incluso una necesaria cualidad para el cargo que ha pasado a ocupar desde el 1° de junio. Desde la más alta responsabilidad de la nación le tocará relacionarse con gente poderosa. En esa relación una actitud demasiado sencilla o humilde puede hasta resultar peligrosa. Mejor adolecer de altanería en el trato con los poderosos de este mundo, que parecer demasiado simple o modesto ante ellos.
Por otro lado, el mandatario tiene el mérito de haber expresado de manera rotunda un alto grado de autoexigencia. Coloca el listón muy alto. Sabe que por él será medido. Para quienes lo acompañan en su equipo de gobierno queda claro que, así como se exige a sí mismo el Presidente, así se les exigirá a ellos. Haciendo explícita la voluntad de hacer bien las cosas, de no equivocarse, de no tener derecho a ello, el reto de hacer buen gobierno se convierte en un mandato imperativo.
Dada la difícil coyuntura que atraviesa el país, más la mala herencia que recibe la nueva Administración, gobernar de manera acertada y sin errores puede ser considerado como cuestión de vida o muerte. Al subir al avión no admitiríamos que el comandante de la nave nos advirtiera que tratará de hacerlo lo mejor posible, de no equivocarse, que aunque errar es de humanos, él intentará despegar y aterrizar sin estrellarnos, pero que seamos comprensivos si algo sale mal. Nadie aceptaría un discurso así, con tantas vidas en juego. Al piloto, al igual que al cirujano, se le exige no cometer errores, se le niega el derecho a equivocarse, se le lleva a juicio si yerra, por muy humano que sea.
Hasta cierto punto El Salvador es ese avión, que en la pista aérea de la democracia lleva ya 20 años acelerándose y que ahora se encuentra en el punto de no retorno: ya es tarde para frenar, la pista se acaba y es el momento de levantar vuelo y despegar. Si no lo logra, se estrella a gran velocidad. La única opción es acelerar aún más, hacer girar los alerones, que las ruedas se despeguen del piso y levantar el vuelo. Para eso elegimos la nueva tripulación que está ahora en cabina.
Valga decir que, con los pocos días transcurridos, las señales que nos vienen del puesto de mando, son alentadoras y tranquilizan. Buena mayoría de los pasajeros que vamos en esta nave llamada El Salvador estamos confiados de que hemos dejado en buenas manos el timón y que el país conseguirá flotar, que evitaremos el naufragio. En especial por el contraste con quienes han estado antes en su conducción. La frase de Mauricio Funes iba seguida de la referencia a “no repetir las equivocaciones de administraciones anteriores”.
A mi modo de ver, en esto hasta se quedó corto el Presidente. Entre las cosas que se están destapando en distintas dependencias oficiales, y se sospecha que pueden irse descubriendo muchas más, las hay que son motivo de verdadero escándalo. En un país con las carencias y graves necesidades como el nuestro, abusos y sinvergüenzadas, sobre todo en áreas tan delicadas como la salud, no son simples errores, se constituyen en verdaderos crímenes. Las barbaridades que se venían gastando en oficinas de lujo para el ministro y viceministro, o las toneladas de medicamentos vencidos, presuntamente adquiridos con fechas de próximo vencimiento, no sólo son errores y contravienen las normas éticas: rozan el límite de la responsabilidad penal.
El pueblo salvadoreño, en su inmensa y ya comprobada sabiduría, no creo yo que dentro de cinco años le exija al gobierno del Presidente Funes no haberse equivocado en nada. Le reclamaría si no gobernase con honestidad. Le exigirá haber gobernado sabiamente. Eso no es lo mismo que no equivocarse nunca. Sabio fue aquél que dijo “sólo sé que no sé nada”; sin embargo todos lo consultaban. Sabio es aquél que duda, que es capaz de reconsiderar las cosas, de examinar lo que se ha hecho de manera crítica y rectificar si es necesario. Sabio es aquél que escucha y que se abre a otras opiniones. El que acepta críticas, incluso las de sus adversarios, si éstas son sensatas y no mal intencionadas.
No me parece que la principal preocupación del gobernante haya de ser no equivocarse nunca. Lo malo fuera equivocarse sin el pueblo o, lo que fuera peor, en contra del pueblo. Si se actúa con él, en diálogo franco y continuo con la población, cualquier error podrá corregirse en el camino. La rectitud del mismo se medirá por su voluntad de ir hasta las metas propuestas. No necesariamente en línea recta: vale el zigzag y la línea sinuosa, sortear obstáculos, pero siempre marcando el avance. El de todo un pueblo junto a su gobierno, en movimiento de ascenso a la cumbre: la de su propia superación. Es decir, la del desarrollo sostenible. Desarrollo no sólo económico, también social, educativo, cultural, deportivo, artístico. Desarrollo humano en suma. Junto a él, desarrollo de la conciencia política y democrática.
Puede ser un defecto menor, reflexiono, tal vez incluso una necesaria cualidad para el cargo que ha pasado a ocupar desde el 1° de junio. Desde la más alta responsabilidad de la nación le tocará relacionarse con gente poderosa. En esa relación una actitud demasiado sencilla o humilde puede hasta resultar peligrosa. Mejor adolecer de altanería en el trato con los poderosos de este mundo, que parecer demasiado simple o modesto ante ellos.
Por otro lado, el mandatario tiene el mérito de haber expresado de manera rotunda un alto grado de autoexigencia. Coloca el listón muy alto. Sabe que por él será medido. Para quienes lo acompañan en su equipo de gobierno queda claro que, así como se exige a sí mismo el Presidente, así se les exigirá a ellos. Haciendo explícita la voluntad de hacer bien las cosas, de no equivocarse, de no tener derecho a ello, el reto de hacer buen gobierno se convierte en un mandato imperativo.
Dada la difícil coyuntura que atraviesa el país, más la mala herencia que recibe la nueva Administración, gobernar de manera acertada y sin errores puede ser considerado como cuestión de vida o muerte. Al subir al avión no admitiríamos que el comandante de la nave nos advirtiera que tratará de hacerlo lo mejor posible, de no equivocarse, que aunque errar es de humanos, él intentará despegar y aterrizar sin estrellarnos, pero que seamos comprensivos si algo sale mal. Nadie aceptaría un discurso así, con tantas vidas en juego. Al piloto, al igual que al cirujano, se le exige no cometer errores, se le niega el derecho a equivocarse, se le lleva a juicio si yerra, por muy humano que sea.
Hasta cierto punto El Salvador es ese avión, que en la pista aérea de la democracia lleva ya 20 años acelerándose y que ahora se encuentra en el punto de no retorno: ya es tarde para frenar, la pista se acaba y es el momento de levantar vuelo y despegar. Si no lo logra, se estrella a gran velocidad. La única opción es acelerar aún más, hacer girar los alerones, que las ruedas se despeguen del piso y levantar el vuelo. Para eso elegimos la nueva tripulación que está ahora en cabina.
Valga decir que, con los pocos días transcurridos, las señales que nos vienen del puesto de mando, son alentadoras y tranquilizan. Buena mayoría de los pasajeros que vamos en esta nave llamada El Salvador estamos confiados de que hemos dejado en buenas manos el timón y que el país conseguirá flotar, que evitaremos el naufragio. En especial por el contraste con quienes han estado antes en su conducción. La frase de Mauricio Funes iba seguida de la referencia a “no repetir las equivocaciones de administraciones anteriores”.
A mi modo de ver, en esto hasta se quedó corto el Presidente. Entre las cosas que se están destapando en distintas dependencias oficiales, y se sospecha que pueden irse descubriendo muchas más, las hay que son motivo de verdadero escándalo. En un país con las carencias y graves necesidades como el nuestro, abusos y sinvergüenzadas, sobre todo en áreas tan delicadas como la salud, no son simples errores, se constituyen en verdaderos crímenes. Las barbaridades que se venían gastando en oficinas de lujo para el ministro y viceministro, o las toneladas de medicamentos vencidos, presuntamente adquiridos con fechas de próximo vencimiento, no sólo son errores y contravienen las normas éticas: rozan el límite de la responsabilidad penal.
El pueblo salvadoreño, en su inmensa y ya comprobada sabiduría, no creo yo que dentro de cinco años le exija al gobierno del Presidente Funes no haberse equivocado en nada. Le reclamaría si no gobernase con honestidad. Le exigirá haber gobernado sabiamente. Eso no es lo mismo que no equivocarse nunca. Sabio fue aquél que dijo “sólo sé que no sé nada”; sin embargo todos lo consultaban. Sabio es aquél que duda, que es capaz de reconsiderar las cosas, de examinar lo que se ha hecho de manera crítica y rectificar si es necesario. Sabio es aquél que escucha y que se abre a otras opiniones. El que acepta críticas, incluso las de sus adversarios, si éstas son sensatas y no mal intencionadas.
No me parece que la principal preocupación del gobernante haya de ser no equivocarse nunca. Lo malo fuera equivocarse sin el pueblo o, lo que fuera peor, en contra del pueblo. Si se actúa con él, en diálogo franco y continuo con la población, cualquier error podrá corregirse en el camino. La rectitud del mismo se medirá por su voluntad de ir hasta las metas propuestas. No necesariamente en línea recta: vale el zigzag y la línea sinuosa, sortear obstáculos, pero siempre marcando el avance. El de todo un pueblo junto a su gobierno, en movimiento de ascenso a la cumbre: la de su propia superación. Es decir, la del desarrollo sostenible. Desarrollo no sólo económico, también social, educativo, cultural, deportivo, artístico. Desarrollo humano en suma. Junto a él, desarrollo de la conciencia política y democrática.
Ricardo Ribera 2009, ESCENARIOS POST-ELECTORALES
Asombra la mesura y cordialidad con que los dos partidos contendientes han asimilado el resultado electoral. Es una buena noticia. El clima armonioso ha contagiado a los diversos actores políticos y sociales, incluidos editorialistas y columnistas que en vísperas de la jornada eleccionaria aún destilaban veneno, en un vano intento por alterar a última hora la inclinación de los electores.
El factor subjetivo – el responsable, podría decirse– de este súbito cambio en la atmósfera política tiene nombre y apellido: Mauricio Funes. Su discurso al mundo de proclamación, que repitió casi textualmente esa noche ante la masa entusiasta, es una soberbia muestra de humildad en el triunfo. Extendió la mano a sus adversarios, se comprometió a respetarlos y a tomarlos en cuenta, y aseguró que los perdonaba por sus ofensas durante la campaña. La altura política y el realismo de su discurso han hecho elevar el nivel de los discursos de todos los demás participantes.
El factor objetivo es lo complicado del escenario, las graves dificultades a que se enfrenta el país y la adversa correlación de fuerzas que tendrá el próximo gobierno en la Asamblea Legislativa. La situación se presenta asimismo muy compleja para la oposición y para la derecha empresarial. Por eso mismo la madurez, generosidad y pragmatismo con que se expresan el Presidente electo y los voceros de su partido han provocado un alivio generalizado y un atisbo de esperanzas incluso para quienes votaron en su contra.
¿Qué tanto perdurará el idilio? ¿Hay posibilidad real de que los dos partidos mayoritarios mantengan su buena disposición a concertar y a anteponer los intereses prioritarios del país por encima de sus intereses partidarios? ¿O lo de ahora es sólo un espejismo, algo irreal, que pronto será sustituido por la acostumbrada confrontación y descalificación mutua?
Pienso que cualquiera de ambos escenarios puede finalmente imponerse. Los dos grandes partidos, a los que a menudo se responsabiliza de la polarización del país, tienen grandes cualidades. Poseen firmeza ideológica, solidez en sus principios, claridad de su propia identidad. Eso no es malo. Muy al contrario. Negativo es tener institutos políticos carentes de ideología, con identidades difusas, que quieren ser alternativa a la polarización. El pueblo ha castigado a los partidos del centro político, poco fiables e indefinidos, a una existencia precaria. Mientras tanto, los extremos del espectro se aproximaron hacia el centro y acercaron sus programas respectivos. Los dos polos tienen ahora mucho en común, al tiempo que son radicalmente diferentes y opuestos.
En un primer escenario aparece la posibilidad de que FMLN y Arena lleven a buen puerto el anunciado gobierno “de unidad nacional” y la declarada intención de ser oposición “constructiva” y no bloqueadora. Muy pronto se comprobará. Un pacto legislativo entre las dos grandes formaciones políticas que evite el escándalo de nombrar como Presidente del primer órgano del Estado a alguien con las pésimas credenciales de Ciro Cruz Zepeda, fuera una señal clara de que el entendimiento y armonía pueden perdurar. Imponer a quien muchos ven como un mercenario de la política, un tipo sin principios ni ética, puede hacerse a pura aritmética, pero tendría serios costos para la derecha. Los votantes no olvidarán y no perdonarán en su próxima cita con las urnas. El pueblo ya ha despertado. Y seguirá muy despierto en el 2012.
Limpiar la mesa, dejar en la irrelevancia a partidos como PCN y PDC, siempre prestos a la intriga y a los pactos bajo la mesa, podría ser ventajoso tanto para la izquierda como para la derecha. Ya en el pasado el electorado los mandó al basurero de la historia, pero fueron rescatados de él por una decisión legalista a nombre de preservar el pluralismo, el cual esos partidos impidieron al retirarse de la contienda presidencial. La muerte política de dichos institutos podría preparar su futuro resurgimiento si sus bases así lo desean, o su incorporación si así lo prefieren a un bipartidismo similar al que funciona en Estados Unidos. En el escenario post-electoral para Arena han dejado de ser un apoyo y se convierten en un lastre.
Este escenario de gobernabilidad y estabilidad sólo es factible si tiene una actitud de respaldo del poder económico. No necesariamente de la oligarquía, pero sí de la clase empresarial en su conjunto. En realidad buena parte de los empresarios han sido víctimas del modelo neoliberal y han sufrido los abusos de una pequeña argolla vinculada al poder político. Tienen mucho que ganar con un gobierno del FMLN encabezado por Mauricio Funes. De momento las gremiales afirman que le concederán el beneficio de la duda. Sin embargo, se resisten a creerle al Presidente electo. Insisten en pedirle señales claras, confianza y credibilidad. ¿Acaso los gremios empresariales han dado alguna vez señales claras de respetar el marco democrático? ¿Han hecho por ganarse la confianza de la población de que verdaderamente creen en la democracia? ¿Por qué habría de pensarse que gozan de credibilidad ante el pueblo?
Después de haberse pronunciado reiteradamente por el candidato perdedor, coaccionado a sus empleados y participado en la propaganda del miedo, hoy pretenden ser los jueces del próximo Presidente de la República. Es al revés. Los obligados a dar señales, confianza y credibilidad son ellos. La amenaza latente de “fuga de capitales” es ficticia en plena crisis mundial, con los bancos internacionales quebrados y en proceso de virtual estatización. ¿Es que piensan cerrar y trasladar sus empresas? ¿Adónde? No. Se van a quedar. No por patriotismo, sino porque en realidad no tienen donde irse. Por tanto, más les conviene empaparse de realismo, abandonar su tono de prepotencia y aceptar la negociación que les ofrece el nuevo gobierno. Un diálogo franco y abierto, en un genuino esfuerzo de unidad nacional. Donde todos ganemos.
Un segundo escenario fuera que la burguesía salvadoreña se decante en otra dirección: la que tomó su similar de Venezuela. Ésta trató por todos los medios de desestabilizar al gobierno de Chávez, quien había ganado en 1998 con gran margen. Campaña mediática, desabastecimiento, huelga empresarial, golpe de estado. La gran responsable de la lucha de clases intensa que se vive en Venezuela, con graves riesgos para la democracia, es la burguesía de ese país. En vez de aprender de la clase dominante brasileña que aceptó el resultado de las urnas y aprendió a convivir y negociar con el Presidente Lula, la venezolana se dejó llevar por sus fantasmas ideológicos y terminó exiliada o sometida. El patético promotor venezolano de Fuerza Solidaria es el espejo del futuro que aguarda a quienes quisieran seguir ese camino.
En cambio el modelo de Brasil es mérito del Presidente Lula, pero también de la inteligencia y del buen juicio de sus empresarios. No les habrá sido fácil reconocer como a su Presidente a un izquierdista, fundador del Partido de los Trabajadores, líder sindical, dirigente de históricas huelgas obreras. Sin embargo lo hicieron. Y les ha ido muy bien. También a Brasil le va muy bien. Y al pueblo brasileño.
La disyuntiva entre el modelo Chávez o el modelo Lula no es una opción que le corresponda tomar al FMLN o a Mauricio Funes. Será consecuencia sobre todo de la actitud y las decisiones que tome la clase dominante salvadoreña. Si quiere jugar a la desestabilización y al desgaste, o incluso a la subversión, por muy suave que pretenda el nuevo Presidente llevar la transición, se verá obligado a usar las palancas del poder para defender su gobierno y apoyarse en el movimiento popular ante el acoso de la clase pudiente. Algún sector de Arena tal vez prefiera ese escenario, el de la confrontación y el desgaste, pero sería irracional y suicida para el poder económico acompañar tal aventura.
Los dos meses que faltan para que asuma el nuevo gobierno son suficiente tiempo para que los distintos sectores de la sociedad puedan serenamente ir tomando sus opciones. Ojalá se imponga la cordura y el interés nacional. Que las expresiones ideologizadas y, en el fondo, anti-patriotas puedan ser aisladas y resulten derrotadas. El país necesita - y este pueblo merece– tranquilidad para alcanzar sus metas: “que el pobre progrese, el analfabeto se eduque y el trabajador se beneficie del éxito de su empresa”. Son palabras de Luis Mario Rodríguez, precandidato de Arena, en un artículo del miércoles pasado en El Diario de Hoy. Seguía su autor enumerando los grandes retos de la nación: “erradicar la pobreza, generar empleo, progreso, equidad, pronta y cumplida justicia, seguridad pública, certidumbre política, ética, probidad, honestidad.”
Estoy seguro que el FMLN suscribiría a pies juntillas estas palabras; que las mismas podrían perfectamente ser parte de un discurso del nuevo Presidente. No hay razón para no llegar a entendimientos. Superar tales retos será más probable si se emprenden de manera conjunta, concertada, en un esfuerzo de unidad nacional. Donde en un principio tal vez tocará que algunos pierdan, que muchos cedan, para más adelante recoger la ganancia de todos: heredar a nuestros hijos un El Salvador próspero y libre, en paz y democracia.
El factor subjetivo – el responsable, podría decirse– de este súbito cambio en la atmósfera política tiene nombre y apellido: Mauricio Funes. Su discurso al mundo de proclamación, que repitió casi textualmente esa noche ante la masa entusiasta, es una soberbia muestra de humildad en el triunfo. Extendió la mano a sus adversarios, se comprometió a respetarlos y a tomarlos en cuenta, y aseguró que los perdonaba por sus ofensas durante la campaña. La altura política y el realismo de su discurso han hecho elevar el nivel de los discursos de todos los demás participantes.
El factor objetivo es lo complicado del escenario, las graves dificultades a que se enfrenta el país y la adversa correlación de fuerzas que tendrá el próximo gobierno en la Asamblea Legislativa. La situación se presenta asimismo muy compleja para la oposición y para la derecha empresarial. Por eso mismo la madurez, generosidad y pragmatismo con que se expresan el Presidente electo y los voceros de su partido han provocado un alivio generalizado y un atisbo de esperanzas incluso para quienes votaron en su contra.
¿Qué tanto perdurará el idilio? ¿Hay posibilidad real de que los dos partidos mayoritarios mantengan su buena disposición a concertar y a anteponer los intereses prioritarios del país por encima de sus intereses partidarios? ¿O lo de ahora es sólo un espejismo, algo irreal, que pronto será sustituido por la acostumbrada confrontación y descalificación mutua?
Pienso que cualquiera de ambos escenarios puede finalmente imponerse. Los dos grandes partidos, a los que a menudo se responsabiliza de la polarización del país, tienen grandes cualidades. Poseen firmeza ideológica, solidez en sus principios, claridad de su propia identidad. Eso no es malo. Muy al contrario. Negativo es tener institutos políticos carentes de ideología, con identidades difusas, que quieren ser alternativa a la polarización. El pueblo ha castigado a los partidos del centro político, poco fiables e indefinidos, a una existencia precaria. Mientras tanto, los extremos del espectro se aproximaron hacia el centro y acercaron sus programas respectivos. Los dos polos tienen ahora mucho en común, al tiempo que son radicalmente diferentes y opuestos.
En un primer escenario aparece la posibilidad de que FMLN y Arena lleven a buen puerto el anunciado gobierno “de unidad nacional” y la declarada intención de ser oposición “constructiva” y no bloqueadora. Muy pronto se comprobará. Un pacto legislativo entre las dos grandes formaciones políticas que evite el escándalo de nombrar como Presidente del primer órgano del Estado a alguien con las pésimas credenciales de Ciro Cruz Zepeda, fuera una señal clara de que el entendimiento y armonía pueden perdurar. Imponer a quien muchos ven como un mercenario de la política, un tipo sin principios ni ética, puede hacerse a pura aritmética, pero tendría serios costos para la derecha. Los votantes no olvidarán y no perdonarán en su próxima cita con las urnas. El pueblo ya ha despertado. Y seguirá muy despierto en el 2012.
Limpiar la mesa, dejar en la irrelevancia a partidos como PCN y PDC, siempre prestos a la intriga y a los pactos bajo la mesa, podría ser ventajoso tanto para la izquierda como para la derecha. Ya en el pasado el electorado los mandó al basurero de la historia, pero fueron rescatados de él por una decisión legalista a nombre de preservar el pluralismo, el cual esos partidos impidieron al retirarse de la contienda presidencial. La muerte política de dichos institutos podría preparar su futuro resurgimiento si sus bases así lo desean, o su incorporación si así lo prefieren a un bipartidismo similar al que funciona en Estados Unidos. En el escenario post-electoral para Arena han dejado de ser un apoyo y se convierten en un lastre.
Este escenario de gobernabilidad y estabilidad sólo es factible si tiene una actitud de respaldo del poder económico. No necesariamente de la oligarquía, pero sí de la clase empresarial en su conjunto. En realidad buena parte de los empresarios han sido víctimas del modelo neoliberal y han sufrido los abusos de una pequeña argolla vinculada al poder político. Tienen mucho que ganar con un gobierno del FMLN encabezado por Mauricio Funes. De momento las gremiales afirman que le concederán el beneficio de la duda. Sin embargo, se resisten a creerle al Presidente electo. Insisten en pedirle señales claras, confianza y credibilidad. ¿Acaso los gremios empresariales han dado alguna vez señales claras de respetar el marco democrático? ¿Han hecho por ganarse la confianza de la población de que verdaderamente creen en la democracia? ¿Por qué habría de pensarse que gozan de credibilidad ante el pueblo?
Después de haberse pronunciado reiteradamente por el candidato perdedor, coaccionado a sus empleados y participado en la propaganda del miedo, hoy pretenden ser los jueces del próximo Presidente de la República. Es al revés. Los obligados a dar señales, confianza y credibilidad son ellos. La amenaza latente de “fuga de capitales” es ficticia en plena crisis mundial, con los bancos internacionales quebrados y en proceso de virtual estatización. ¿Es que piensan cerrar y trasladar sus empresas? ¿Adónde? No. Se van a quedar. No por patriotismo, sino porque en realidad no tienen donde irse. Por tanto, más les conviene empaparse de realismo, abandonar su tono de prepotencia y aceptar la negociación que les ofrece el nuevo gobierno. Un diálogo franco y abierto, en un genuino esfuerzo de unidad nacional. Donde todos ganemos.
Un segundo escenario fuera que la burguesía salvadoreña se decante en otra dirección: la que tomó su similar de Venezuela. Ésta trató por todos los medios de desestabilizar al gobierno de Chávez, quien había ganado en 1998 con gran margen. Campaña mediática, desabastecimiento, huelga empresarial, golpe de estado. La gran responsable de la lucha de clases intensa que se vive en Venezuela, con graves riesgos para la democracia, es la burguesía de ese país. En vez de aprender de la clase dominante brasileña que aceptó el resultado de las urnas y aprendió a convivir y negociar con el Presidente Lula, la venezolana se dejó llevar por sus fantasmas ideológicos y terminó exiliada o sometida. El patético promotor venezolano de Fuerza Solidaria es el espejo del futuro que aguarda a quienes quisieran seguir ese camino.
En cambio el modelo de Brasil es mérito del Presidente Lula, pero también de la inteligencia y del buen juicio de sus empresarios. No les habrá sido fácil reconocer como a su Presidente a un izquierdista, fundador del Partido de los Trabajadores, líder sindical, dirigente de históricas huelgas obreras. Sin embargo lo hicieron. Y les ha ido muy bien. También a Brasil le va muy bien. Y al pueblo brasileño.
La disyuntiva entre el modelo Chávez o el modelo Lula no es una opción que le corresponda tomar al FMLN o a Mauricio Funes. Será consecuencia sobre todo de la actitud y las decisiones que tome la clase dominante salvadoreña. Si quiere jugar a la desestabilización y al desgaste, o incluso a la subversión, por muy suave que pretenda el nuevo Presidente llevar la transición, se verá obligado a usar las palancas del poder para defender su gobierno y apoyarse en el movimiento popular ante el acoso de la clase pudiente. Algún sector de Arena tal vez prefiera ese escenario, el de la confrontación y el desgaste, pero sería irracional y suicida para el poder económico acompañar tal aventura.
Los dos meses que faltan para que asuma el nuevo gobierno son suficiente tiempo para que los distintos sectores de la sociedad puedan serenamente ir tomando sus opciones. Ojalá se imponga la cordura y el interés nacional. Que las expresiones ideologizadas y, en el fondo, anti-patriotas puedan ser aisladas y resulten derrotadas. El país necesita - y este pueblo merece– tranquilidad para alcanzar sus metas: “que el pobre progrese, el analfabeto se eduque y el trabajador se beneficie del éxito de su empresa”. Son palabras de Luis Mario Rodríguez, precandidato de Arena, en un artículo del miércoles pasado en El Diario de Hoy. Seguía su autor enumerando los grandes retos de la nación: “erradicar la pobreza, generar empleo, progreso, equidad, pronta y cumplida justicia, seguridad pública, certidumbre política, ética, probidad, honestidad.”
Estoy seguro que el FMLN suscribiría a pies juntillas estas palabras; que las mismas podrían perfectamente ser parte de un discurso del nuevo Presidente. No hay razón para no llegar a entendimientos. Superar tales retos será más probable si se emprenden de manera conjunta, concertada, en un esfuerzo de unidad nacional. Donde en un principio tal vez tocará que algunos pierdan, que muchos cedan, para más adelante recoger la ganancia de todos: heredar a nuestros hijos un El Salvador próspero y libre, en paz y democracia.
Ricardo Ribera 2009, VICTORIA POPULAR 2009
El FMLN volvió a hacerlo. Volvió a tomarse la colonia Escalón, para espanto de sus acomodados residentes. Pero esta vez, a diferencia de noviembre de 1989, fue una toma simbólica. Sin más armas que las ilusiones y esperanzas que se aglomeraban entre la imagen del Divino Salvador del Mundo y la enseña nacional ondeante en el redondel Masferrer. Un mar de banderas rojas, un coro de gargantas eufóricas, un abrazo multitudinario de orgullo popular y deseos de cambio. El Presidente electo, recién proclamado, se dio el último baño de masas la noche del 15 de marzo. El miedo había sido derrotado y se abrían las anchas alamedas que profetizó Salvador Allende para su pueblo y los pueblos de todo el continente latinoamericano.
Valorar el significado de esta grandiosa victoria popular en todas sus dimensiones requerirá tiempo y perspectiva. Pero puede adelantarse ya un primer punteo, en forma de tesis.
1.- Es una gran victoria que cierra la transición democrática. Le da continuidad a las elecciones de 1994, las primeras en democracia, que culminaron la posguerra. Desde entonces la transición apenas había avanzado. Hoy se destrabó y el país entero da un salto de calidad. Se instaura una “normalidad democrática” con el reto de fortalecerla y cualificarla. Ha quedado atrás la transición y sus incertidumbres. Ha culminado y lo ha hecho exitosamente. Se impuso la democracia.
2.- El gran protagonista ha sido el pueblo. No el proletariado, ni las mayorías populares. El pueblo. El pueblo trabajador, desde la gente más humilde hasta clase media y profesionales, empleados públicos y del sector comercio, estudiantes y maestros, obreros y vendedores informales, militares y policías, artistas y administrativos. El pueblo, expresión multifacética y pluriclasista de la sociedad salvadoreña. La recuperación como sujeto histórico de la iniciativa, del protagonismo y de la autoconciencia de su poder, es el hecho más significativo que puede destacarse de este 15 de marzo. Determina la actual coyuntura. Determinará positivamente el próximo futuro, si es que esta vez el pueblo salvadoreño supera el estigma de ser tan sólo “llamarada de tusa”. Será determinante solamente si perdura.
3.- La victoria del FMLN ha sido noticia mundial de primera plana. Con justa razón. Es primera vez que un movimiento de liberación nacional, una guerrilla incorporada a la vida legal, gana las elecciones presidenciales. No hay precedentes en el mundo. El Salvador está, hoy de nuevo, haciendo historia. La complicada adaptación a la vida legal y electoral cuando se viene de la lucha armada y clandestina ha corrido diversa suerte en otros países. Los tupamaros son parte del Frente Amplio uruguayo, hoy en el poder, pero su presencia en él es pequeña y poco influyente. Los sandinistas recuperaron el gobierno en 2006 pero tras oscuros pactos políticos con parte de la derecha y con sólo un 39% de los votos, tras haberse cambiado la ley electoral en Nicaragua. La victoria farabundista es otra cosa. La hizo posible el reagrupamiento de toda la izquierda, que es mucho más amplia que la que está en las filas del Frente. Éste ha demostrado gran capacidad política para interpretar la realidad, entender el momento histórico, evolucionar y adaptarse al nuevo escenario.
4.- La victoria es también, desde luego y principalmente, de Mauricio Funes. Un hombre de izquierda. No militante. Se ha hecho miembro del partido por exigencias del código electoral. Durante los meses de campaña fue asumiendo cada vez más protagonismo e iniciativa. La organización de la red ciudadana “Amigos de Mauricio” resultó un acierto estratégico. El candidato ha sido el factor decisivo sobre todo hacia el final. Además ha sabido rodearse de un excelente grupo de asesores. Es algo indispensable para un gobernante. Su discurso de proclamación es una pieza de altos quilates que deja adivinar el perfil de un verdadero estadista. Puede llegar a ser un gran Presidente. Se le califica ya en Estados Unidos como “el Obama salvadoreño”.
5.- La victoria no sólo es roja. También es blanca, el color que usó el candidato y su movimiento ciudadano “Amigos de Mauricio”. Es una victoria de color blanco porque significa la metáfora de que ese color incluye a todos los demás colores. Está el rojo del Frente, pero también el amarillo del CD, el verde de los militantes auténticamente social cristianos del PDC, algo de azul de las bases pecenistas que se sintieron traicionadas por su cúpula, de los colores amarillo y rojo del FDR que prácticamente dejó solo en el estadio Cuscatlán al máximo dirigente diciendo “primero El Salvador”, en la ceremonia de cierre de la campaña arenera. Blanco y morado asimismo el triunfo, por todos los fieles cristianos que se sumaron al cambio, empujando a sus propios pastores a estar como iglesia a la altura de los tiempos.
6.- ARENA y lo que representa, son la otra cara de la moneda: la derrota. A pesar de que ahora había 400 mil electores nuevos en el padrón, no alcanzó el millón 300 mil votos que logró Saca en 2004. Con el agravante de que hace cinco años ARENA los alcanzó sola, mientras ahora sumaba al resto de la derecha: PCN, PDC y FDR. Presionó para formar ese bloque de derecha, una especie de UNO al revés, una Unión Nacional Oficialista. En realidad lo que provocó fueron fisuras en los institutos políticos que se sumaron. Las cúpulas hacían arreglos pero las bases y una parte de los dirigentes decidían otra cosa. Toda la derecha ha quedado maltrecha tras la contienda electoral. No se había preparado para una eventual derrota. El golpe es demoledor y puede causar divisiones difíciles de superar.
7.- El bloque derechista fue derrotado a pesar de la campaña, la más sucia y antiética que se recuerda. A pesar del fraude. Éste ha quedado demostrado en los hechos. El FMLN denunció preparativos de traer a centroamericanos para votar ilegalmente y de hecho se detectó a centenares de ellos. Por toda la capital han quedado marcas de colores para guiar a los motoristas extranjeros hasta los lugares de votación, como mudo testimonio del fraude. Ciudadanos se encontraron con la sorpresa de que alguien había votado ya por ellos. Se denunció la fabricación de DUI falsos y efectivamente se descubrieron en cantidades significativas. Otros advirtieron que alguien había votado usando los datos de familiares fallecidos. El fraude quedó probado. Existió.
8.- No sabemos en qué cantidades el fraude sí funcionó. Lo que se detectó quizá sólo sea la punta del iceberg. Tal vez el resultado real diste bastante del resultado oficial que dio el TSE. Es posible que la diferencia real no sea de 70 mil votos sino del doble o más. Lo importante es que la maniobra de fraude se derrotó por la vigilancia de la gente y porque ésta acudió masivamente a votar. Por eso no alcanzó a desvirtuar el resultado. Hoy no es “políticamente correcto” hablar de fraude y, sabiamente, ni Mauricio ni el FMLN insisten en ello. No obstante no hay que dejar sin respuesta a quienes dicen ahora que haber alertado de los preparativos de fraude haya sido irresponsable y que incitaba a la violencia. Quien incita a la violencia es el que hace fraude, no quien lo denuncia y trata de evitar. Hace violencia el que amenaza a sus empleados con despedirlos si no prueban que votaron por el partido oficial. Violencia la hace el funcionario que, usando su cargo, presiona y amenaza a sus subordinados para inclinar su voto. La población impuso al final su voluntad y además lo hizo de manera alegre y pacífica. Fue derrotada una derecha tramposa y fraudulenta.
9.- Del bando derrotado se salva el alcalde electo de la comuna capitalina: Norman Quijano. Ha mantenido un discurso humilde y más conciliador que el de su partido. En sintonía con el llamado del Presidente electo a concertar una relación armoniosa y de apoyo mutuo entre el poder central y el gobierno municipal. La historia ha dimensionado la importancia verdadera de su victoria electoral: no era “la joya de la corona” como insistían los medios derechistas. Conquistar la alcaldía de San Salvador más bien ha sido premio de consolación.
10.- En estas elecciones el clima político se fue intensificando hasta tal punto que, al final, todo el mundo se había quitado la careta. Nadie pudo ya ocultarse tras cualquier máscara. Todos quedamos con la faz desnuda frente al país. Columnistas, políticos, periodistas, analistas y opinadores: quedó al descubierto de qué lado está cada quien. Hay claros perdedores, con un incierto futuro político: Julio Hernández, Will Salgado, Ciro Cruz Zepeda, Rodolfo Parker… y la fórmula perdedora: Arturo Zablah y Rodrigo Ávila. Y quien la impuso.
Valorar el significado de esta grandiosa victoria popular en todas sus dimensiones requerirá tiempo y perspectiva. Pero puede adelantarse ya un primer punteo, en forma de tesis.
1.- Es una gran victoria que cierra la transición democrática. Le da continuidad a las elecciones de 1994, las primeras en democracia, que culminaron la posguerra. Desde entonces la transición apenas había avanzado. Hoy se destrabó y el país entero da un salto de calidad. Se instaura una “normalidad democrática” con el reto de fortalecerla y cualificarla. Ha quedado atrás la transición y sus incertidumbres. Ha culminado y lo ha hecho exitosamente. Se impuso la democracia.
2.- El gran protagonista ha sido el pueblo. No el proletariado, ni las mayorías populares. El pueblo. El pueblo trabajador, desde la gente más humilde hasta clase media y profesionales, empleados públicos y del sector comercio, estudiantes y maestros, obreros y vendedores informales, militares y policías, artistas y administrativos. El pueblo, expresión multifacética y pluriclasista de la sociedad salvadoreña. La recuperación como sujeto histórico de la iniciativa, del protagonismo y de la autoconciencia de su poder, es el hecho más significativo que puede destacarse de este 15 de marzo. Determina la actual coyuntura. Determinará positivamente el próximo futuro, si es que esta vez el pueblo salvadoreño supera el estigma de ser tan sólo “llamarada de tusa”. Será determinante solamente si perdura.
3.- La victoria del FMLN ha sido noticia mundial de primera plana. Con justa razón. Es primera vez que un movimiento de liberación nacional, una guerrilla incorporada a la vida legal, gana las elecciones presidenciales. No hay precedentes en el mundo. El Salvador está, hoy de nuevo, haciendo historia. La complicada adaptación a la vida legal y electoral cuando se viene de la lucha armada y clandestina ha corrido diversa suerte en otros países. Los tupamaros son parte del Frente Amplio uruguayo, hoy en el poder, pero su presencia en él es pequeña y poco influyente. Los sandinistas recuperaron el gobierno en 2006 pero tras oscuros pactos políticos con parte de la derecha y con sólo un 39% de los votos, tras haberse cambiado la ley electoral en Nicaragua. La victoria farabundista es otra cosa. La hizo posible el reagrupamiento de toda la izquierda, que es mucho más amplia que la que está en las filas del Frente. Éste ha demostrado gran capacidad política para interpretar la realidad, entender el momento histórico, evolucionar y adaptarse al nuevo escenario.
4.- La victoria es también, desde luego y principalmente, de Mauricio Funes. Un hombre de izquierda. No militante. Se ha hecho miembro del partido por exigencias del código electoral. Durante los meses de campaña fue asumiendo cada vez más protagonismo e iniciativa. La organización de la red ciudadana “Amigos de Mauricio” resultó un acierto estratégico. El candidato ha sido el factor decisivo sobre todo hacia el final. Además ha sabido rodearse de un excelente grupo de asesores. Es algo indispensable para un gobernante. Su discurso de proclamación es una pieza de altos quilates que deja adivinar el perfil de un verdadero estadista. Puede llegar a ser un gran Presidente. Se le califica ya en Estados Unidos como “el Obama salvadoreño”.
5.- La victoria no sólo es roja. También es blanca, el color que usó el candidato y su movimiento ciudadano “Amigos de Mauricio”. Es una victoria de color blanco porque significa la metáfora de que ese color incluye a todos los demás colores. Está el rojo del Frente, pero también el amarillo del CD, el verde de los militantes auténticamente social cristianos del PDC, algo de azul de las bases pecenistas que se sintieron traicionadas por su cúpula, de los colores amarillo y rojo del FDR que prácticamente dejó solo en el estadio Cuscatlán al máximo dirigente diciendo “primero El Salvador”, en la ceremonia de cierre de la campaña arenera. Blanco y morado asimismo el triunfo, por todos los fieles cristianos que se sumaron al cambio, empujando a sus propios pastores a estar como iglesia a la altura de los tiempos.
6.- ARENA y lo que representa, son la otra cara de la moneda: la derrota. A pesar de que ahora había 400 mil electores nuevos en el padrón, no alcanzó el millón 300 mil votos que logró Saca en 2004. Con el agravante de que hace cinco años ARENA los alcanzó sola, mientras ahora sumaba al resto de la derecha: PCN, PDC y FDR. Presionó para formar ese bloque de derecha, una especie de UNO al revés, una Unión Nacional Oficialista. En realidad lo que provocó fueron fisuras en los institutos políticos que se sumaron. Las cúpulas hacían arreglos pero las bases y una parte de los dirigentes decidían otra cosa. Toda la derecha ha quedado maltrecha tras la contienda electoral. No se había preparado para una eventual derrota. El golpe es demoledor y puede causar divisiones difíciles de superar.
7.- El bloque derechista fue derrotado a pesar de la campaña, la más sucia y antiética que se recuerda. A pesar del fraude. Éste ha quedado demostrado en los hechos. El FMLN denunció preparativos de traer a centroamericanos para votar ilegalmente y de hecho se detectó a centenares de ellos. Por toda la capital han quedado marcas de colores para guiar a los motoristas extranjeros hasta los lugares de votación, como mudo testimonio del fraude. Ciudadanos se encontraron con la sorpresa de que alguien había votado ya por ellos. Se denunció la fabricación de DUI falsos y efectivamente se descubrieron en cantidades significativas. Otros advirtieron que alguien había votado usando los datos de familiares fallecidos. El fraude quedó probado. Existió.
8.- No sabemos en qué cantidades el fraude sí funcionó. Lo que se detectó quizá sólo sea la punta del iceberg. Tal vez el resultado real diste bastante del resultado oficial que dio el TSE. Es posible que la diferencia real no sea de 70 mil votos sino del doble o más. Lo importante es que la maniobra de fraude se derrotó por la vigilancia de la gente y porque ésta acudió masivamente a votar. Por eso no alcanzó a desvirtuar el resultado. Hoy no es “políticamente correcto” hablar de fraude y, sabiamente, ni Mauricio ni el FMLN insisten en ello. No obstante no hay que dejar sin respuesta a quienes dicen ahora que haber alertado de los preparativos de fraude haya sido irresponsable y que incitaba a la violencia. Quien incita a la violencia es el que hace fraude, no quien lo denuncia y trata de evitar. Hace violencia el que amenaza a sus empleados con despedirlos si no prueban que votaron por el partido oficial. Violencia la hace el funcionario que, usando su cargo, presiona y amenaza a sus subordinados para inclinar su voto. La población impuso al final su voluntad y además lo hizo de manera alegre y pacífica. Fue derrotada una derecha tramposa y fraudulenta.
9.- Del bando derrotado se salva el alcalde electo de la comuna capitalina: Norman Quijano. Ha mantenido un discurso humilde y más conciliador que el de su partido. En sintonía con el llamado del Presidente electo a concertar una relación armoniosa y de apoyo mutuo entre el poder central y el gobierno municipal. La historia ha dimensionado la importancia verdadera de su victoria electoral: no era “la joya de la corona” como insistían los medios derechistas. Conquistar la alcaldía de San Salvador más bien ha sido premio de consolación.
10.- En estas elecciones el clima político se fue intensificando hasta tal punto que, al final, todo el mundo se había quitado la careta. Nadie pudo ya ocultarse tras cualquier máscara. Todos quedamos con la faz desnuda frente al país. Columnistas, políticos, periodistas, analistas y opinadores: quedó al descubierto de qué lado está cada quien. Hay claros perdedores, con un incierto futuro político: Julio Hernández, Will Salgado, Ciro Cruz Zepeda, Rodolfo Parker… y la fórmula perdedora: Arturo Zablah y Rodrigo Ávila. Y quien la impuso.
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