lunes, 11 de mayo de 2015

Guatemala: renuncia la vicepresidente Roxana Baldetti


¡El pueblo unido jamás será vencido!

Marcelo Colussi

El día viernes 8 de mayo, tras un par de semanas de ánimos políticos caldeados, renunció la vicepresidente de Guatemala, Roxana Baldetti. Eso fue el final de un complejo proceso, no exento de ribetes policiales, que mantuvo en vilo a la sociedad guatemalteca por varios largos días. Y que la sigue manteniendo en un estado de movilización que hacía buen tiempo no se veía, el cual puede dispararse de modo impredecible.

Baldetti renuncia porque su espacio político se había reducido dramáticamente en pocas semanas, y en estos momentos ya había quedado asfixiada y en completa soledad. Su salida, para nada gloriosa, es el final casi obligado de una larga cadena de hechos corruptos. Ella es la cara visible de una red de mafiosos funcionarios enquistados en el Estado desde hace ya algunas décadas (cara visible porque así parece que lo decidieron los poderosos factores de poder de la Embajada de Estados Unidos y la coordinadora del alto empresariado, habiéndosele perdonado la vida –al menos por el momento– al actual presidente, el general Otto Pérez Molina, ex kaibil ligado a la lucha antiguerrillera, acusado de violaciones a los derechos humanos). Dicha red mafiosa y corrupta es producto directo del Estado contrainsurgente, de la corporación militar que tomó un desmedido poder (político, pero también, y fundamentalmente, económico) en los años de la guerra interna, y que se viene perpetuando como grupo delincuencial de cuello blanco manejando diversos negocios ilícitos a la sombre de sus cargos públicos (narcoactividad, contrabando, crimen organizado, etc.).

Baldetti renuncia porque esos factores de poderes, fundamentalmente la alta cúpula económica (CACIF) más que la Embajada, encuentra en ese sector de “burguesía ascendente” dado por los militares manejando su creciente paquete económico, un competidor serio. En otros términos: porque los “nuevos ricos” le comienzan a robar negocios al empresariado tradicional. La renuncia que forzaron es una demostración de fuerza. A Pérez Molina se le perdona, pero a cambio de sacrificar una pieza clave de la estructura mafiosa, por lo pronto su compañera sentimental extramatrimonial según todos los comentarios; estructura mafiosa, decíamos, de la que el presidente del país es una de sus cabezas (del grupo clandestino autodenominado El Sindicato, junto a otros grupos igualmente corruptos como La Cofradía y La Oficinita, manejadas por ex altos mandos castrenses).

La vicepresidente renuncia porque la poderosa embajada de Estados Unidos comenzó a detectar un malestar creciente en la población en relación a la corrupción que campea, malestar que se alimentaba día a día por odiosas y reprobables declaraciones, en muy buena medida de Roxana Baldetti, quien con altanería atraía cada vez más anticuerpos. Lúcidos analistas de la situación, ante el descontento que aumentaba, la Embajada vio en la lucha frontal contra la corrupción un expediente gatopardista por excelencia: cambiar algo para que nada cambie. De ahí su insistencia en la cruzada anticorrupción, forzando la permanencia de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala –CICIG–, terminando por exigir un chivo expiatorio significativo. La cabeza de Baldetti fue la elegida, dado que tiene un valor simbólico (sin descartar que la misoginia reinante pueda alimentar el encono popular).

Pero fundamentalmente, Baldetti se ve obligada a presentar la renuncia porque la movilización popular espontánea de diversos sectores de la sociedad le cerró el paso, pidiendo el fin de la corrupción generalizada que tomó niveles bochornosos. Ese descontento se comenzó a materializar en movilizaciones populares, y una vez que la población alzó la voz, el panorama político, que parecía entrar en la recta final para las elecciones de septiembre (otra maniobra gatopardista), cambia repentinamente de curso.

“Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el Cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social”, dijo la Conferencia Episcopal de Guatemala en referencia a los actos corruptos denunciados, llamando a la devolución de los recursos robados por parte de los funcionarios malhechores. Buena medida que hay que apoyar e impulsar.

Podría entenderse esta salida de la vicepresidente como una válvula de escape que esos factores de poder, empresariado organizado y Embajada, forzaron para evitar males mayores (las masas en la calle –y también en el campo, dado que en estos días se movilizaron también los 48 cantones de Totonicapán, que aún lloran la masacre del 2012, habiendo un largo historial de protesta contra las industrias mineras a lo largo y ancho del país– son una alarma prendida para esos sectores políticos). Pero más allá que efectivamente el sacrificar a un agente, para el caso Ingrid Roxana Baldetti Elías, pueda intentarse como salida que atempere los ánimos… ¡los ánimos están encendidos!

Lamentablemente no hay nadie (grupos de izquierda) que pueda acelerar esa movilización espontánea para profundizar la protesta. Para la derecha (oligarquía y Washington) “limpiar la casa” defenestrando a un personaje corrupto puede ser el final del proceso de “reordenamiento” con que pretende tranquilizar la protesta.

Pero debemos ir más allá de la denuncia de la corrupción. Es momento oportuno como pueblo, aunque no haya una organización con clara direccionalidad política transformadora, para profundizar la demanda. Pedir que los ladrones mafiosos devuelvan lo robado, tal como hicieron los obispos católicos, es un paso. Pedir la renuncia del otro presunto implicado, el actual presidente Otto Pérez Molina, y profundizar de verdad las investigaciones contra todas las prácticas y funcionarios corruptos, debe ser el paso siguiente. Los corruptos, hay que tenerlo claro, no son sólo los funcionarios delincuentes que roban del erario público, sino también los empresarios que evaden impuestos o pagan salarios de hambre.

Desmantelar todos los aparatos clandestinos herederos del conflicto armando interno, exigir el alejamiento de todos los elementos militares de los hilos del Estado que debe ser manejados por civiles y terminar con la impunidad es el paso siguiente, retomando una bandera histórica como es el juicio por genocidio y delitos de lesa humanidad, dejado en un limbo desde hace dos años.

¿Y después? Se abre entonces un escenario nuevo, del que la derecha probablemente se horroriza, pero que para el campo popular es imprescindible, es su camino para una transformación real de la condiciones de vida: demandar la reforma del Estado, el cumplimento efectivo de los Acuerdos de Paz, la transformación de condiciones históricas y estructurales de explotación y exclusión social.



El pueblo en la calle es poder. Eso está sucediendo ahora en Guatemala. Lo que pueda pasar –expresión de las luchas de clases, aunque hablar de eso se lo pretenda hacer ver como “pasado de moda”– es una apuesta que nadie sabe cómo seguirá. Lo cierto es que el ciudadano común se atrevió a hacer cosas que hace un corto tiempo ni pensaba: movilizarse, exigir sus derechos, protestar, pedir cambios. La lucha contra la corrupción es imprescindible y hay que darla con todo el rigor posible. Pero eso es sólo el comienzo. ¡Hay que ir por más!

lunes, 4 de mayo de 2015

Lucha contra la corrupción: ¿cortina de humo?*



Marcelo Colussi

En Guatemala históricamente la gran masa de la población vive mal, muy mal. El 53% está por debajo de la línea de pobreza. A eso se le suma una cantidad de problemas igualmente complejos que hacen de la vida cotidiana casi un suplicio: racismo, machismo, corrupción, violencia desbocada, impunidad.

Terminó una guerra interna de 36 años y nada ha cambiado. Los problemas mencionados siguen intactos. El retorno de esta precaria democracia hace ya casi 30 años, después de haber despertado algunas esperanzas, se muestra hoy día como otro fiasco más. Se suceden las elecciones cada cuatro años, y todo sigue igual. ¡O peor!

Las esperanzas que se podían tener algunos años atrás, terminada la larga guerra con la Firma de los Acuerdos de Paz en 1996, ya se han disipado. Hoy la situación general del país es una olla de presión lista para estallar en cualquier momento. Sucede, sin embargo, que no hay dirección para tanto malestar. Las fuerzas de la izquierda están diezmadas, fragmentadas, y la protesta popular es básicamente reactiva (las movilizaciones contra las industrias mineras y energéticas en lo fundamental). De todos modos, si bien no hay organización política que pueda direccionar tanto malestar, a la clase dirigente le preocupa ese mar de fondo, por cierto muy turbulento.

Históricamente los “dueños” del país han sido unas cuantas grandes familias oligárquicas –en algunos casos herederas de blasones de la época colonial– y la omnipotente “embajada”, tomadora de las decisiones finales en muchos casos. A ello se les ha acercado en estos últimos años una nueva burguesía advenediza surgida del Estado contrainsurgente de la guerra interna, y que sigue enquistada en estructuras estatales, como la recientemente descubierta en la SAT. Manejando negocios no muy santos (narcoeconomía, crimen organizado, contrabando) estos sectores emergentes ya tienen un peso económico nada desdeñable. Se calcula que no menos de un 10% del PBI está dado por esta economía “caliente”.




El hecho de detentar ese no pequeño poderío económico y manejar los hilos del aparato de Estado, pone a este sector de “nuevos ricos” en una situación de competencia con la oligarquía tradicional. Sin dudas, como clase social, todos comparten la misma intención: lucrar. Mucho del dinero “mal habido” se lava en los circuitos “honorables” de la economía oficial. Y ahí tenemos una increíble profusión de centros comerciales y edificios de lujo que reciclan esos capitales mafiosos. En definitiva: ¿hay algún capital que no lo sea? Trabajando honradamente ¿alguien consiguió hacerse millonario alguna vez?

Lo cierto es que, aunque pueda haber beneficios mutuos, también hay choques. Eso es lo que está sucediendo ahora. Esta nueva clase de enriquecidos a la sombra del Estado contrainsurgente –lo de la SAT es el modelo por excelencia– muestra que la corrupción es endémica al sistema. No sólo los ahora detenidos son corruptos: también las “honorables” empresas que estafan al fisco. Una vez más: trabajando honradamente ¿alguien consiguió hacerse millonario alguna vez?

Pero hoy día la corrupción tocó niveles que podrían hacer estallar esa olla a presión. Invitar a comer “mojarras del lago «reciclado»” (entre otros tantos excesos, similares a ostentosas mansiones o caballos de carrera) es una irritante provocación altanera que invita a desencadenar el temido estallido. De ahí que los históricos factores de poder (CACIF y embajada), nada tontos, entrevieron el peligro en ciernes. La respuesta inmediata: lucha frontal contra la corrupción y obligada permanencia de la CICIG.

Sin dudas que la lucha contra esa abominable lacra que es la corrupción es una buena noticia. Pero ¡cuidado!: la situación estructural del país no va a cambiar sólo encarcelando a algún “corrupto” (como esos mismos factores de poder ya hicieron, por ejemplo, con Alfonso Portillo).

Bienvenida la concentración anti-corrupción del pasado 25/4, pero eso debería ser sólo el inicio de un proceso de transformación. ¿Por qué la mansión de Baldetti es “corrupta” y la de los herederos de los encomenderos no?



* Material aparecido originalmente en Plaza Pública el 4/5/15.

lunes, 6 de abril de 2015

¿Por qué no juzgar a los Estados Unidos alguna vez?



Marcelo Colussi

Estados Unidos, como toda gran potencia en la historia, se siente con el derecho de hacer lo que le viene en ganas, así de simple. Los recursos naturales que su voracidad necesita, no importa dónde están: si se encuentran en su territorio, bien. Si están en la geografía de otro país fuera de sus fronteras: ¡invasión a la vista!

Esa ha sido la tónica que primó durante todo el siglo XX. Las invasiones de tropas estadounidenses se cuentan por decenas; no hay guerra en cualquier parte del mundo en estas últimas décadas donde Washington, directa o indirectamente, no participara. En ese contexto Latinoamérica pasó a ser, dicho explícitamente por más de algún dirigente de la gran potencia, su “patio trasero”.

La República Bolivariana de Venezuela es Latinoamérica. Y en estos momentos dos cosas marcan su futuro inmediato: por un lado, su subsuelo está repleto de petróleo (las reservas mundiales más grandes, que aseguran oro negro para todo el siglo XXI). Por otro, está llevando a cabo un proceso de transformación que ha pasado a ser una llama de esperanza para los pueblos del mundo: la Revolución Bolivariana.

Ambos elementos constituyen una mezcla que activa toda la rapacidad guerrerista del proyecto hegemónico de Estados Unidos: el petróleo, puesto que es la savia vital del modelo capitalista dominante y no puede vivir sin él. La Revolución, porque es un mal ejemplo que otros pueblos pueden seguir, ahora que la “utopía socialista” parecía condenada al olvido luego de la caída del muro de Berlín.

En esa lógica intervencionista, recientemente el gobierno de Estados Unidos (léase las grandes corporaciones petrolero-militares que manejan a todos los gobiernos de turno, incluido por supuesto el actual de Barack Obama) ha clasificado a Venezuela como un “peligro” para su propia seguridad nacional. Ello no es sino el preámbulo de una posible acción militar -aunque no esté definida la forma que la misma pueda tomar- que tiene como objetivo atacar ambos elementos: las reservas petrolíferas y la insubordinación a los dictados de la Casa Blanca.

Los tambores de guerra ya pueden estar sonando, pero ¡hay que parar esa asonada! Enfrentarse militarmente a la gran potencia, al más mortífero aparato de muerte que haya habido en la historia de la Humanidad, no es conducente. La Revolución Bolivariana, como toda propuesta socialista, no busca la guerra. Por eso debe desactivarse esta amenaza en forma política.

El 10 y 11 de abril, en Panamá, tiene lugar la Séptima Cumbre de las Américas con todos los Jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros de la Organización de Estados Americanos -OEA-. Junto a ella, se desarrolla la contrahegemónica Cumbre de los Pueblos, de movimientos sociales, sindicales y culturales. Es esa la ocasión propicia para exigir la derogación del Decreto del Presidente Obama que estatuye a la República Bolivariana como una “amenaza para Estados Unidos”, para lo que es oportuno presentar los millones y millones de firmas y apoyos conseguidos por todo el mundo que llaman a la paz, a la no injerencia, a detener cualquier aventura militarista.

Eso debe ser un llamado a la cordura, a la civilización, al respeto al derecho internacional y la convivencia democrática rechazando con la mayor energía cualquier intento de uso de la fuerza bruta. ¿Por qué la potencia dominante se arroga el derecho de decidir quién es una amenaza y, consecuentemente, dirigir hacia allí sus baterías? ¿Con qué fundamento Washington, con tamaña arrogancia, puede “certificar” o “descertificar” países “buenos” y díscolos? ¿En nombre de qué la superpotencia puede saltarse las leyes internacionales que aseguran un mundo racional para apelar a lo que es su conveniencia, pasando por encima de todo principio civilizado?

Tanto en la Cumbre como en la contra-cumbre de Panamá, el campo popular, quienes seguimos creyendo y batallamos por la dignidad y autodeterminación de los pueblos, quienes aspiramos y luchamos por otro mundo posible, más justo y equitativo, basado en el derecho y no en la supremacía de las armas, tenemos la ocasión de poner en debate temas acuciantes que no pueden dejar de considerarse: cese del bloqueo contra Cuba; inmediata derogatoria del Decreto contra Venezuela; retiro de las bases militares de Estados Unidos y de la OTAN de cualquier punto de Latinoamérica; irrestricto respeto de las potencias extraterritoriales por la Declaratoria de América Latina y el Caribe como Zona de Paz; Independencia de Puerto Rico; anulación de la inmoral y fraudulenta deuda externa de todos los países de la región para con los organismos financieros internacionales; denuncia de los Tratados de Libre Comercio que de “libres” no tienen absolutamente nada; inmediata reestructuración, o eventualmente disolución, de la OEA (virtual “Ministerio de Colonias de Estados Unidos”, como se la llamó en alguna oportunidad) y su reemplazo por organizaciones que verdaderamente representen los intereses de los países y pueblos latinoamericanos y del Caribe.

Aunque pueda sonar discordante en principio, “agresivo” podrán decir algunos, pero como un acto de verdadera justicia universal: ¿Por qué no juzgar a los Estados Unidos alguna vez, el principal violador de los derechos humanos en el mundo? ¿Por qué no pedir, por ejemplo, se revise en base al derecho internacional el uso hecho por Washington de armamento nuclear, en dos ocasiones, contra población civil no combatiente hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, siendo que en términos militares eso no era en modo alguno necesario pues el país atacado -Japón- ya estaba colapsado y a punto de rendirse? ¿Por qué alguna vez no sentar en el banquillo de los acusados a quien nos acusa injusta e interesadamente?


¡Ni el petróleo ni la dignidad de la República Bolivariana de Venezuela se negocian! ¡¡No a la guerra!! ¡Por un mundo apegado al derecho! Venezuela no representa un peligro para nadie sino, en todo caso, una esperanza. ¡¡Derogatoria del decreto contra Venezuela ya!

martes, 31 de marzo de 2015

Las utopías no han muerto. ¿Quién dijo eso?



Marcelo Colussi

"La imaginación al poder"

Mayo Francés, 1968

I

La vida cotidiana, en todo tiempo y lugar, no es fácil. Al contrario: sobran los problemas. Ante esa dureza de la realidad los seres humanos necesitamos de antídotos que la tornen más llevadera. He ahí el principio de las religiones. (“La religión es el opio de los pueblos”, afirmó Marx).
           
Las relaciones sociales, siempre en esta lógica de lo problemático de todo vínculo interhumano, no son fáciles. La historia de las sociedades humanas nos muestra un eterno malestar, al menos hasta ahora, basado en injusticias estructurales, en diferencias de clases antagónicas donde una subyuga a otra, donde siempre hay -incluso en la relaciones dentro de esas clases- jerarquías de dominación. Aquí la posibilidad de buscar paliativos se torna más difícil: aunque también lo intenten, ya no bastan las religiones. Estas diferencias se dirimen en el campo de lo político; son, de definitiva, diferencias de poder, luchas de poder.
           
Por milenios, las transformaciones políticas se fueron dando en el transcurso de las relaciones sociales sin teoría académica que las pusiera en marcha, que las avalase o justificase; simplemente se dieron. Desde hace un par de siglos, sin embargo, con el desarrollo del pensamiento político occidental, estos cambios se pretenden matematizables, previsibles; y más aún: se los puede dirigir en un sentido dado. Aparece en Europa el pensamiento político moderno, y en esa dinámica nace el materialismo histórico, -popularizado luego como marxismo-, desde el inicio con la pretensión de saber científico, por tanto, de guía para la acción.
           
Fundándose en una teoría científica de la sociedad, de su estructura y de su historia (pero faltando, sin dudas, una teoría del sujeto con similar rigurosidad en su formulación) el pensamiento socialista apareció como propuesta de comprensión de la realidad humana, y mucho más aún, como propuesta de transformación de la misma.
           
Formulada con valor de teoría, sin ningún lugar a dudas tuvo características de utopía. Es decir: funcionó como la presentificación de una aspiración, de un deseo puesto como meta alcanzable. Hoy -más aún luego de la caída del muro de Berlín- la palabra "utopía" está cargada de connotaciones negativas; es, en todo caso, sinónimo de quimera, fantasía, mera ilusión. En el socialismo clásico, por el contrario, era el horizonte de llegada de un proceso racional, estaba plena de positividad.

"Sociedad sin clases", "reino de la igualdad", "solidaridad sin fronteras": sin dudas han sido y siguen siendo utopías. Pero utopías no en el sentido de sueños vanos, evanescentes fantasías sin asidero. Utopías como aspiración de un mundo más justo, más equitativo. Utopías -ahí está su fuerza justamente- como proceso de búsqueda.



          
Hoy, caídas las primeras experiencias que transitaron la senda socialista, y con una sumatoria de hechos criticables en aquellas otras que sobreviven como modelo no capitalista, es pertinente plantearse en qué medida esas aspiraciones son utopías en sentido negativo o positivo.
           
Por lo pronto parece demostrarse que, en tanto especie humana, necesitamos siempre esta dimensión de búsqueda de un ideal, de un paraíso que funciona como horizonte que nos llama. La diferencia que se da con el socialismo científico, con el marxismo, es que esta construcción pretende tener los pies sobre la tierra. Es la búsqueda de un ideal, quizá de un paraíso, sobre la base de una formulación matemática y asentada en una realidad material.

"Utopía, te odio y te quiero. Te odio porque sólo has existido en la cabeza de los hombres, no en sus manos. Te quiero porque permaneces en la esperanza de una segunda oportunidad", nos dice Marcos Winocur. En este sentido el socialismo es una utopía éticamente válida; si sus primeros pasos no dieron todos los resultados que se esperaba, tampoco puede desvirtuárselos. De lo que se trata es de revisar por qué no funcionó como se esperaba, por lo que es necesario entonces una relectura de sus principios y de sus posibilidades. Dicho en otros términos: ¿son posibles las utopías? ¿Qué valor tienen las mismas? Podría decirse que son como las estrellas: inalcanzables, pero marcan el camino.

II

El socialismo es, en esencia, la aspiración a un mundo más justo. En sus albores hacia el siglo XIX -y durante las primeras experiencias de su construcción ya en el XX- esa justicia se interpretó en términos de equidad económica. Hoy día, a partir de la enseñanza histórica, podríamos ampliar la mira: la justicia tiene que ver además con la democratización de los poderes, con su horizontalización. Problemas como las injusticias de género o la discriminación étnica no fueron especialmente consideradas en el pensamiento clásico, carencia que en la actualidad debe revisarse.

"Es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?", se preguntaba Einstein, que además de físico genial era un agudo pensador social -faceta que le es bastante desconocida por cierto-.

Si algo podemos decir que debe criticarse severamente de las experiencias socialistas conocidas hasta la fecha es justamente su falta de democratización del poder. Que su concentración suceda en las sociedades no-socialistas no debe sorprender; en ellas más allá de la declamada democracia formal -que encierra básicamente una perversa hipocresía- el poder absoluto queda en manos de las grandes empresas (hoy transformadas en monstruos multinacionales con presupuestos mayores al de muchos países pobres, y con un poder político descomunal, a veces más grande que el de los aparatos estatales). La cuestión se plantea en el manejo del poder que ha tenido el socialismo. Algo ahí no funcionó; ¿era una tonta utopía suponer que se iba a poder horizontalizar el poder?

Poder popular: ese es el gran desafío. ¿Cómo?

El hecho que posibilitó pensar en una alternativa real para la construcción del socialismo fue la Comuna de París, intensa experiencia de poder popular espontáneo de sólo un breve tiempo de duración ocurrida en el ya lejano 1871. Fue a partir de esta circunstancia inaugural que los fundadores teóricos del socialismo científico, Marx y Engels, conciben la "dictadura del proletariado" como mecanismo para la subversión del poder de la clase actualmente dominante e inicio de la edificación de una sociedad sin clases.

El espíritu de la Comuna es lo que ha guiado y sigue guiando este tipo de iniciativas autogestionarias. Hoy, caídos los modelos de partido único con que se dieron los primeros pasos del socialismo, es necesario reflexionar sobre aquella experiencia histórica. La cual, a su vez, se emparienta con otra gesta no menos importante que también tuvo lugar en París casi un siglo después: el mayo francés de 1968. Y, por supuesto, con numerosas experiencias de autogestión popular que han tenido y están teniendo lugar a lo largo y ancho del planeta, de las que se puede aprender mucho: fábricas recuperadas, cooperativas diversas, colectivos horizontalizados, movimiento okupa y un largo etcétera.

Definitivamente el sistema pluripartidista que nos trajo la democracia parlamentaria moderna, si bien constituye un avance con relación al absolutismo monárquico y las estructuras feudales, lejos está de ser una auténtica representación de todos los sectores sociales. En forma disfrazada, no deja de ser una dictadura de la clase capitalista. Para la gran mayoría de la población mundial ya no es tanto el látigo el que intimida sino el fantasma de la desocupación (un látigo más sutil, por cierto. La esclavitud ahora es asalariada).

Ahora bien: ¿puede la utopía socialista ir más allá de este corrupto sistema de partidos políticos y generar un auténtico poder popular?

III

Según concibió la teoría marxista clásica debe ser un partido revolucionario en manos de las fuerzas sociales más progresistas quien lidera el proceso transformador. Y ahí se abre un debate hasta ahora nunca saldado. ¿Partido obrero? ¿Movimiento campesino? ¿Vanguardia armada? ¿Frente popular multiclasista? No faltó quien -y no es chiste- llamara a estrechar vínculos con los extraterrestres, en el entendido que si estos visitantes tenían un tal grado de desarrollo técnico que les permitía llegar hasta nuestro planeta, sin dudas también lo tendrían en la dinámica social, por lo que ya habrían alcanzado la organización superadora de las clases, y en consecuencia de ellos podíamos nutrirnos entonces.

Como vemos los pasos que deben llevar a la construcción de un orden nuevo son diversos, debatibles, incluso cuestionables. La "teoría" de la alianza con los alienígenas, sin dudas; pero ¿y el partido revolucionario único?

"La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo para los miembros de un partido, por numerosos que ellos sean, no es libertad. La libertad es siempre libertad para el que piensa diferente", decía hace ya casi un siglo Rosa Luxemburgo. Sin dudas la "dictadura del proletariado" tuvo más de dictadura que de otra cosa. Dicho esto, sabido y sufrido todo esto (yo no me atrevo a decir que "hasta aquí he llegado" con respecto a alguna revolución, pero me quedan profundas dudas respecto a cómo se estructura el poder en todas ellas: ¿por qué nunca hay mujeres comandantes?, ¿por qué los comandantes comandan tan longevamente, siempre hasta que se mueren?) debemos abrir la autocrítica.

Sin dudas no es una quimera, una utopía en sentido despectivo, la intención de cambiar las relaciones entre los seres humanos. Es, si se quiere, un imperativo ético: la sociedad de clases es un atentado contra la especie humana, y el capitalismo desarrollado lo es también contra el planeta. Por tanto no es un sueño infantil el aspirar a su modificación. De hecho, además, de forma lenta pero sin pausa, la humanidad va cambiando, va buscando mayores cuotas de justicia, de participación popular (las monarquías no están en ascenso y la esclavitud física, aunque no desapareció totalmente, tampoco está en crecimiento). Lo que se visualiza como utopía -en el sentido que prefiramos- es el camino a seguirse para conseguir el fin. Dicho en otros términos: ¿cuál es el instrumento que posibilita cambiar la sociedad a favor de las mayorías explotadas?

La Comuna de París y el mayo francés se proponen como referentes: el "pobrerío" al poder, la imaginación al poder. Podemos estar de acuerdo con que otro mundo es posible; la cuestión es cómo construirlo. Es decir: ¿cómo se afianzan y tornan sustentables las experiencias autogestionarias? Más allá de la reacción, la protesta, la lucha contestataria (momentos imprescindibles en esta construcción), a la luz de lo que fueron esos intentos de edificación de algo nuevo, las preguntas siguen abiertas.

¿Habrá que convencerse que el poder popular, el poder horizontalizado, es una pura quimera, una utopía en sentido negativo? La figura del Amo y del Esclavo que Hegel inmortalizara en el capítulo IV de su Fenomenología del Espíritu como modelo de la dialéctica definitoria de la relación interhumana ¿no se equivoca entonces? Con lo que tenemos de ejemplo hasta ahora, con todo lo que las experiencias humanas nos han aportado a lo largo y ancho de la superficie de nuestro planeta y en lo que llevamos de historia como especie (al menos lo que conocemos desde que existe propiedad privada, no más de 10.000 atrás), en principio todo ello nos autoriza a decir que sí, efectivamente, Hegel no parecía muy equivocado.

IV

El poder fascina. Esto, parece, es válido universalmente. Cualquier experiencia de ejercicio de poder nos confronta con la dificultad tan grande de lograr evitar caer en similares tentaciones, desde el Gengis Khan a Ceauscescu, del poder que confiere manejar un automóvil respecto al peatón al hecho que un sirviente nos abra la puerta del ascensor, del profesor en su cátedra a Idi Amin con todo su despliegue de abusos impunes. Renunciamientos al halo mágico del poder, aunque de hecho puedan darse, no son fáciles. Por otro lado, ¿por qué habrían de serlo?, si justamente lo humano es tal en torno a esa dialéctica, se constituye sobre ese paradigma amo-esclavo.

Si el Che Guevara renunció a su puesto en la Revolución Cubana, ¿fue realmente para seguir con la causa universal de la lucha revolucionaria, o porque no había lugar para dos grandes en la isla? Eva Perón, en la década de los 50 del siglo pasado en Argentina, ¿renunció a la vicepresidencia por lealtad con su pueblo, o porque la oligarquía vernácula y la embajada estadounidense la obligaron?

En la tradición socialista nunca se ha debatido seriamente el tema del poder, de la fascinación del poder. La sola mención de "poder popular" como fórmula mágica no excusa -la historia lo constata- de la necesidad de mantenerse alertas ante las recaídas en las mismas repeticiones de siempre. ¿Por qué siempre las revoluciones socialistas estuvieron ligadas a la figura de un gran líder? (por cierto, siempre varón). ¿Por qué estos líderes se permiten legar herederos políticos? ¿Por qué siempre los mismos errores? Se podría haber pensado que en la construcción del mundo nuevo las purgas en masa de Stalin quedaban en la historia estigmatizadas como lo que nunca debería repetirse, y que ya nunca volvería a verse un abuso de autoridad por parte de un dirigente revolucionario. Pero no: el verticalismo y las decisiones autoritarias aún persisten como práctica en buena parte de las organizaciones de izquierda.

Cuando se ha pensado en transformar el mundo (utopía en el sentido literal que el inventor de la palabra -Tomás Moro- le dio: "lugar que no está en ningún lugar"), cuando la tradición socialista apuesta por la construcción de una cosa nueva, ahí es donde surgen los problemas.

Los problemas son de dos tipos: por un lado -esto no es ninguna novedad obviamente- la reacción de las fuerzas conservadoras, de aquellos que perderían con un cambio. Obstáculo de enormes proporciones a vencer, mucho más grande que hace un siglo, cuando se comenzaba a hablar de poder popular, de la comuna de París. Obstáculos que hoy, con un poder militar inconmensurable por parte del capitalismo desarrollado, y más aún de su potencia hegemónica, son de una naturaleza casi insalvable (hoy quizá sea más fácil molestar a la lógica capitalista por medio de un hacker que con un llamado a la toma de las armas por parte del pueblo unido).

"Todos sabemos lo que hay que hacer, pero no hay voluntad política de hacerlo", dijo recientemente, en una reunión del Foro Mundial Económico de Davos, Suiza, la por ese entonces ministra de finanzas de Nigeria Okonjo-Iweala. Es decir, si bien las fuerzas conservadoras no quieren en lo absoluto cambiar nada, desde las izquierdas se sabe por dónde empezar; y también desde la derecha se sabe qué cosa no se desea cambiar. La cuestión por así decir "técnica" de una transformación es más que sabida: tocar el gran capital a favor de las masas paupérrimas (expropiaciones, reforma agraria, políticas sociales a favor de las mayorías). Pero esto lleva al segundo tipo de problemas: ¿cómo se logra?

Descartando -al menos en principio- que los extraterrestres puedan sernos de provecho en la edificación de nuestra utopía terrena, ¿qué hacer? La pregunta que se formulara Lenin en 1902 dándole título a una de sus más connotadas obras y pensando la situación de la Rusia de ese entonces, sigue vigente en nuestros días, ¡radicalmente vigente!
           
Por cierto la naturaleza en la dificultad de los dos problemas es diversa; sin dudas el primero de ellos es más acuciante. ¿Cómo enfrentarse al Fondo Monetario Internacional, a las bombas inteligentes, a los satélites de espionaje, al fantasma de la desocupación? El mundo de hoy, luego de la caída del muro de Berlín, está inclinado de modo escandalosamente unipolar hacia el lado del gran capital, y por cierto que no se ve muy fácil cómo golpearlo. La derecha ha aprendido de sus errores más rápido y mejor que la izquierda, y hoy día ya no son concebibles ni una comuna de París ni un mayo francés, sencillamente porque el poder dominante lo puede controlar con relativa suficiencia.

Pero si eventualmente la correlación de fuerzas permitiera -concédasenos jugar un momento a las utopías- realizar los cambios pertinentes, surge con no menos fuerza el otro problema: confiscadas las empresas industriales, repartidas las tierras, promovido el estado de bienestar por medio de iniciativas populares (salud y educación públicas y de calidad, créditos hipotecarios, arte y cultura para todos), ¿cómo organizamos el poder popular? ¿Cómo evitar que se repitan las purgas stalinistas o el machismo y la impunidad de "un comandante"? (que también, a veces, son todo eso).

V

Quizá no haya antídoto contra mucho de lo que conocemos como experiencia humana. Si el poder fascina a todos por igual, si el sujeto se constituye contra la imagen del otro, parece que es utópico buscar una "bondad natural" entre los seres humanos. Pero más aún: quizá sea desubicado, tonto, inconducente, mantener un maniqueísmo de buenos y malos, de carácter más bien religioso, donde el poder y los poderosos son intrínsecamente "malos" y los desposeídos son los "buenos". El "hombre nuevo" -que por definición tiene que ser "bueno"- no está cerca de prosperar. ¿Hay ya "hombres nuevos" por algún lado? ¿Puede haberlos? ¿"Nuevos" en qué sentido: que ya no se fascinan con el poder? No debemos olvidar que el Che, por ir a luchar al África en nombre de la revolución universal, dejó abandonada su familia en Cuba. ¿Qué decir de eso desde una lectura crítica con perspectiva de género? Además, ya que hablamos de "hombre nuevo", ¿no se filtra ahí un prejuicio machista?: "hombre" como sinónimo de Humanidad. Sin dudas, hay cosas que revisar, y la distribución de poderes sigue siendo una agenda pendiente en el campo de la izquierda.

Quizá lo que podemos plantear, con mayor simpleza, sin aspirar a algo tan monumental como un "hombre nuevo", es la necesidad de la participación popular como un camino importante, tal vez de la más vital importancia para la construcción de un mundo distinto.

Que "otro mundo es posible" está fuera de discusión; posible e imperiosamente necesario. Sobre lo que debemos seguir profundizando es en el cómo lograrlo. Participación popular, poder popular, son conceptos que van más allá de la concurrencia a las urnas cada tanto tiempo, o la participación en un acto público el 1º de mayo. La experiencia de los intentos socialistas habidos nos va demostrando que la construcción del partido revolucionario presenta significativas contradicciones. La supuesta pluralidad partidaria de las democracias burguesas no tiene absolutamente nada que ver ni con la participación ni mucho menos con el poder popular. Autogobierno local, autogestión obrera de la producción, movimientos cooperativos -y en esa línea también: comuna de París y mayo del 68- son hitos que ya existen y deben potenciarse. He ahí donde debemos nutrirnos para ver por dónde caminar. Alimentando el debate sobre el tema del partido revolucionario, decía Rosa Luxemburgo en 1904: "El ultracentralismo preconizado por Lenin no nos parece impregnado de un espíritu positivo y creador, sino del espíritu estéril del vigilante nocturno. Toda su atención se concentra en el control de la actividad del partido y no en su fecundación, en su restricción antes que en su despliegue, en el recelo y no en la puesta en marcha del movimiento". Debate que, un siglo después, probablemente haya que seguir dando.

Entiendo que para quienes damos por supuesto que hay que seguir buscando modelos más justos de vida, el problema se nos plantea al abordar cómo impulsar ese poder popular. Debemos estar conscientes que cada individuo es, ante todo, parte de una masa; y que la masa tiende a ser conservadora, no crítica, fácilmente exaltable. La idea de "hombre nuevo" es casi la antípoda del hombre-masa. En algún sentido todos somos masa, y la organización de una sociedad tiene mucho que ver con ese fenómeno. De todos modos el capitalismo desarrollado llevó esa formación a niveles jamás vistos anteriormente en la historia; no puede haber sistema capitalista eficiente si no hay masa, tanto como productora como consumidora. La masa, preciso es reconocerlo, difícilmente pueda proponer, sopesar, decidir con sutileza. La masa es amorfa, sigue a un líder, prefiere el inmediatismo. De eso se aprovechan hoy las técnicas de manipulación del capitalismo, y ahí están la publicidad omnipotente y los espectaculares manejos de masas (hoy la política es básicamente un espectáculo mediático, igual que el llamado deporte profesional, o las religiones de los telepredicadores). Hay que reconocerlo: ¡se aprovechan muy bien!

Ahí está el reto justamente: ¿cómo lograr que ese conjunto incordiando y manipulable como es la masa pueda ejercer el poder? ¿Cómo puede gobernarse a sí misma? "Las masas" -como decía una pintada callejera durante la guerra civil española- "no son revolucionarias sino que, a veces, se ponen revolucionarias". Insistamos con el interrogante: ¿es posible perpetuar ese espíritu revolucionario de la masa? ¿Es posible construir una sociedad a partir de ese espíritu? ¿Cómo hacer para que en realidad la imaginación tome, conserve y ejerza productivamente el poder? Resolver esto es el desafío que nos espera.

La dictadura del proletariado, es decir: un gobierno revolucionario sin jefes dispuesto a cambiar el curso de la historia, fue lo que hizo pensar a Marx un siglo y medio atrás en la pertinencia de ese mecanismo luego de entusiasmarse con los hechos de París de 1871. Las contadas ocasiones en la historia del siglo XX en que esas masas dejaron de acatar las reglas establecidas y derrocaron regímenes que las agobiaban (Rusia, China, Cuba, Nicaragua), se pusieron en marcha procesos que significaron mejoras. Claro que siempre esos movimientos tuvieron una figura fuerte (masculina) que terminó poniéndose al frente. ¿Es posible prescindir de los líderes acaso? Si no lo es en un primer momento (en Venezuela, por ejemplo, toda la revolución depende de la carismática figura de Hugo Chávez, vivo o ahora muerto), ¿cuándo dejan de ser pieza clave? ¿Cómo y en qué momento el poder popular sigue adelante, más allá de una burocracia ya constituida?

Hecho el balance de lo que significaron tales experiencias sociales, está claro que hubo grandes avances populares (se redujo o extinguió el hambre crónica, creció el bienestar cotidiano, la población tuvo acceso a salud, educación, tierras y viviendas, aumentó la producción y la investigación científica, hubo acceso para todos al arte, la cultura y el deporte), definitivamente más que retrocesos. Aunque se pueda criticar la burocracia y la falta de derechos individuales en China, por ejemplo, ¿quién podría negar que las grandes masas tienen hoy un mejor nivel de vida que con los mandarines? Aunque no falten cubanos que abandonan la isla hastiados de la monocromía del partido único y la crónica escasez buscando el presunto paraíso adorado de Miami, ¿quién podría negar que la situación socioeconómica y cultural de la población de Cuba es hoy absolutamente más digna que la de cualquier país latinoamericano?


De todos modos la pregunta sigue en pie: ¿y el poder popular?

VI

Quizá debemos poner un especial énfasis en la pequeña célula de autogestión, en el pequeño grupo que se organiza y se autogobierna, y no tanto en la idea de gran proyecto universal que cambia el mundo y abre las puertas del nuevo paraíso. Eso, por lo que vemos, no funcionó en ese sentido.

Ante esos experimentos fallidos -no sé si decir fracasos, pero sí tanteos a revisar- está claro que hay que presentar otras alternativas. Lo que podemos extraer como primeras conclusiones es que si de cambios se trata, la masa debe ser crítica, acompañar e involucrarse en los procesos sociopolíticos, ser un contralor riguroso. Tal vez a principios del siglo XX, en Rusia, un campesinado casi feudal, muy poco desarrollado educativa y políticamente, lejos de la cultura industrial urbana, no estaba en condiciones de ser el garante de un proceso autogestionario genuino; por eso, más allá de los soviets, pudo aparecer un Stalin.

Esa es una forma de interpretar un fenómeno muy complejo, y quizá una forma errónea; en esa dimensión podría preguntarse: ¿pero por qué una clase obrera como la alemana, o la japonesa, altamente desarrolladas, con buenos niveles educativos, con tradición de organización sindical, no proponen entonces el control de la producción en sus países? ¿Por qué no toman en sus manos el control de sus Estados y organizan una sociedad nueva? Ahora bien: ¿quién dice que esas clases sociales quieren cambiar su estatus? Tal vez cada trabajador individual querría, ante todo, devenir funcionario de la fábrica donde labora, duplicar su ingreso, incluso tener personal a su cargo. En países de alto consumo el ideal es poder consumir más todavía y la solidaridad es una exótica pieza de museo. El actual neoliberalismo se ha encargado de elevar la tendencia a su máxima expresión haciendo del individualismo una religión obligada.

Tanto en el norte hiper desarrollado como en el sur famélico, hoy por hoy, caídos los modelos del socialismo clásico y entronizado el "sálvese quien pueda" de un capitalismo salvaje y voraz, replantearse los términos del poder es de vital importancia. En el ánimo de aportar alternativas en este debate, entiendo que la cuestión básica estriba en pensar en procesos micro, locales, en pequeños poderes realmente horizontales y democráticos: la comunidad barrial, la unidad sindical, la cooperativa puntual, el grupo de consumidores, los colectivos particularizados. Experiencias de autogestión hay numerosísimas a lo largo y ancho del planeta, y de ahí debe salir la nueva savia revolucionaria.

En un mundo globalizado con poderes descomunales de impacto planetario, buscar alternativas especulares a esos poderes no se ve conducente. La Guerra Fría, por cierto, terminó asfixiando en su monstruosa, loca carrera de dos gigantes -uno más que el otro, evidentemente- a uno de los polos, el que, mal o bien, podía servir como contrapeso al capitalismo; por tanto, volver a oponer misil nuclear contra misil nuclear en tanto método de lucha no parece lo más fructífero.

No podemos ser ingenuos y pensar que una comunidad rural organizada en alguna provincia de Tanzania, o un colectivo de madres solteras en Rawalpindi, puedan ser inquietantes para los grandes bancos que manejan la economía mundial, o para las fuerzas armadas de Estados Unidos o de la OTAN. Seguramente no. Pero dado que estábamos hablando de cómo darle forma a la utopía, entiendo que he ahí el germen del que debemos nutrirnos. Pensar en las utopías significa creer que son posibles (si no, no vale la pena siquiera considerarlas).

"La arena es un puñadito, pero hay montañas de arena", dijo algún poeta latinoamericano. La organización comunitaria, el trabajo de hormiga en la base, la resistencia de los cristianos en las catacumbas del imperio romano si queremos decirlo con una figura legendaria, ese fermento de poder popular es lo que puede vislumbrarse como camino.

Luego del derrumbe de la Unión Soviética, del mundo unipolar vivido estas últimas décadas y del mensaje triunfal del neoliberalismo individualista -coronado con algo simbólico como la invasión a Irak por parte de los Estados Unidos pasando por sobre la Organización de Naciones Unidas- todos, y la izquierda en especial, hemos quedado golpeados, sin referentes, profundamente asustados. El fantasma de la desocupación no es poca cosa, y los cerca de 200 millones de desocupados en el mundo ayudan a mantener la precariedad laboral en un bochornoso proceso de retroceso social (hasta en el seno de las Naciones Unidas los contratos son por tiempo limitado, sin prestaciones ni derecho sindical). Si "la historia ha terminado" -según se nos informó pomposamente- ¿para qué pensar en utopías?

No es utópico decir que hay que enfrentarse a todo esto: es, en todo caso, una obligación, un imperativo ético. Durante la comuna de París era más claro -pero no por ello más sencillo- fijar el norte: la clase obrera industrial debía ser el motor de cambio universal tomando el poder y construyendo una sociedad nueva (claro que esa conclusión se sacaba en uno de los países más industrializados del mundo, en muy buena medida rector de la historia global por su influencia política y cultural. Quizá una sublevación indígena en América -que en 1871 también ocurrían- no hubiera permitido sacar la misma conclusión).

Hoy, seguramente el panorama no permite aquella misma claridad. ¿Contra quién lucha el campo popular en la actualidad? Si bien sigue siendo claro que contra un sistema injusto, como mínimo hay que formular algunos matices: en el capitalismo desarrollado un trabajador no tiene mucho por lo que protestar, o no tanto, al menos, como cuando la comuna parisina en el siglo XIX. Allí, quizá, el mayor enemigo es el mismo consumismo. En el sur, por el contrario, dada la complejidad e interdependencia planetaria a que se fue llegando, se hace casi imposible pensar en procesos de autonomía nacional antiimperialistas (¿cuánto podría resistir hoy una revolución socialista en un estado africano, por ejemplo?, o ¿hasta dónde podrá llegar la Revolución Bolivariana en Venezuela si decide radicalizarse más?); en el Tercer Mundo, tal vez lo más revolucionario hoy es no pagar la deuda externa. Hablar de antiimperialismo pasó a ser casi una reliquia. ¡Pero el imperialismo sigue siendo una cruda realidad!

Ante todo esto, entonces, ¿hay que olvidarse de las utopías?

VII

¡De ningún modo! El solo hecho de escribir estas líneas, de intentar hacerlas circular, de contribuir a este debate, está mostrando que la utopía nos sigue convocando. Y estoy seguro que no somos pocos los que así pensamos.

Desde hace unos años ya ha pasado a ser costumbre realizar encuentros internacionales alternativos a las cumbres de los super poderes: el G-8 alternativo, el Foro Social Mundial. Sin dudas tienen, antes que nada, un valor político: hacer ruido al lado de los factores de poder dominadores del mundo. Hasta ahora no ha salido de ahí un claro programa de acción para oponernos al capitalismo salvaje que nos agobia. Incluso es probable que nunca salga; que no aparezca un plan concebido como guía para implementar. Y ahí está su fuerza quizá.

Estos espacios alternativos pueden ser lugares de encuentro, de intercambio, de aprendizaje, donde las fuerzas progresistas de la Humanidad (que las sigue habiendo, pese al post modernismo depresivo que nos invade) pueden ver que no todo está perdido. Con un espíritu de horizontalidad, de democracia, es importante seguir creyendo en que otro mundo es posible, que no todo se reduce a asegurar el propio empleo, tomar Coca-Cola y olvidarse del vecino.

Si algo tienen de positivo estos encuentros es que constituyen una invitación a repensar las cuestiones sobre el poder y su fascinación. Que el capitalismo y su expresión imperial máxima dada por los Estados Unidos son el enemigo, eso no es novedad. Que el stalinismo es una vergüenza histórica para la izquierda, eso tampoco es novedad. Lo que nos debe unir como movimiento popular es la búsqueda de alternativas viables al modelo miserable que hoy se presenta vencedor.


La utopía no ha muerto porque ni siquiera ha terminado de nacer.

martes, 17 de marzo de 2015

Huelgas eran las de antes…*



Marcelo Colussi

En el Informe “Guatemala: nunca más”, del Proyecto REMHI de la Iglesia católica, puede leerse: “En el mes de agosto de 1989 varios dirigentes estudiantiles de la AEU fueron secuestrados y desaparecidos o asesinados en la ciudad de Guatemala. Los intentos de reorganizar el movimiento estudiantil, que estaba prácticamente desarticulado, se vieron así nuevamente golpeados por la acción contrainsurgente. Las sospechas iniciales de infiltración por parte de la inteligencia militar (EMP) se vieron posteriormente confirmadas por varios testimonios. (…) Se invitó a un grupo de estudiantes que se habían contactado para viajar a México, a un Encuentro de Estudiantes que se organizaba en Puebla. Contactaron a Willy Ligorría, que era presidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho (…). Ligorría fue posteriormente investigado por un estudiante quien informó sobre sus fuertes vínculos con una 'mara' de la zona 18, cuyos miembros andaban armados; siempre se sospechó que estas maras habían sido formadas por el ejército”.[1]




¿Por qué comenzar con esa cita? Pues para mostrar cómo entender el porqué la Huelga de Dolores, de ser una muy importante crítica social, sana y chispeante, con gran arraigo popular, pasó a ser un cuestionable ejercicio de matonaje abusivo y corrupción.

Durante los años más álgidos del Conflicto Armado Interno uno de los objetivos prioritarios del Ejército en su estrategia contrainsurgente era la neutralización de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Objetivo que, sin dudas, se cumplió a cabalidad. Se cumplió a un costo terriblemente alto: cantidades monstruosas de catedráticos y estudiantes muertos y desaparecidos, o marchados al exilio. El golpe que eso representó para la educación superior fue muy grande. Tanto, que al día de hoy, después de tres décadas de esa estrategia, la universidad pública no termina de recomponerse.

Según lo indicado constitucionalmente, la Universidad de San Carlos “cooperará al estudio y solución de los problemas nacionales” [elevando] “el nivel espiritual de los habitantes de la República, promoviendo, conservando, difundiendo y transmitiendo la cultura”. La realidad nos confronta con algo muy distinto. De ningún modo puede decirse que la Alma mater dejó de ser para siempre un semillero de ideas, de posiciones cuestionadoras. Pero no caben dudas que ese espíritu crítico que la alentó en otras épocas, esa vocación de “estudio y solución de los problemas nacionales” que dio como resultado constituirse en una fuente de pensamiento crítico, tanto en estudiantes como en catedráticos, eso ya no existe. Sigue habiendo producción intelectual de altura, por supuesto, siendo la universidad que más investiga y publica en el país, mientras que el 70% del alumnado universitario nacional pasa por sus aulas. Pero la suma de represión sangrienta más posiciones neoliberales y privatizadoras fueron convirtiendo a la Universidad de San Carlos, al menos en muy buena medida, en una institución que sólo otorga títulos profesionales, no más. Y en muchos casos, con cuestionables niveles académicos.

La represión estuvo muy bien dirigida y cumplió su objetivo. Por ejemplo: lo que fuera uno de los más insignes símbolos de un pensamiento contestatario y subversivo años atrás, la AEU (Asociación de Estudiantes Universitarios), fue transformado en un mecanismo absolutamente funcional a esa política represiva. De ahí que la Huelga de Dolores, de insignia de la sana rebeldía estudiantil pasara a ser también, siguiendo la evolución general de la casa de estudios, una demostración de la mediocridad imperante.

No puede decirse que la decadencia, cuestionable vulgaridad y violencia absurda de toda la Huelga actual en su conjunto se explica por la cita del REMHI con la que se abría el presente texto; pero ello marca un horizonte imposible de no ser tomado en cuenta. La capucha de los huelgueros, por ejemplo, absolutamente justificada cuando comenzó a usarse luego del golpe militar del 54 como una elemental medida de protección, hoy día sólo sirve para esconder la impunidad y la corrupción que campean en la Tricentenaria.

Tal como están las cosas en la actualidad, la Huelga no parece tener solución; es una demostración más del excelente trabajo que logró el Estado contrainsurgente de décadas pasadas: neutralizar toda expresión crítica del estudiantado y de la universidad en su conjunto.



* Este artículo apareció originalmente en la Revista Análisis de la Realidad Nacional del INPNUSAC en versión digital, Edición N° 69.
[1] Proyecto REMHI, ODHAG, Guatemala, 1998. “Guatemala: nunca más”. Informe REMHI, en su Tomo II (“Los mecanismos del horror”), Sub-tema: La infiltración.