lunes, 23 de noviembre de 2015

La corrupción como “nueva plaga bíblica”: estrategia de manipulación mediática



Marcelo Colussi

“Ahora las órdenes son anónimas. Hay números de teléfono y correos electrónicos que dan las órdenes a jefes de clica, pero no se sabe bien de quién son. Te llega un correo, por ejemplo, con una orden, una foto y un pago adelantado de Q. 10,000, y ya está. Así se maneja hoy. (…) A veces el mismo guardia de la prisión llega con el marero y le da un teléfono, todo bajo de agua, diciéndole que en 5 minutos lo van a llamar. Tal vez el mismo guardia ni sabe quién va a llamar, ni para qué. Eso denota que ahí hay una estructura muy bien organizada: no va a llegar un guardia del aire y te va a dar un teléfono al que luego te llaman, y una voz que no conocés te da una indicación y te dice que hay Q. 15,000 para eso. Ahí hay algo grueso, por supuesto”.

Declaración de un ex pandillero. Tomado de “Vinculación de las “maras” con los poderes ocultos”, IPNUSAC

La corrupción: parte de lo humano

La corrupción es una conducta socialmente deleznable. ¿Quién en su sano juicio podría justificarla, mucho menos aplaudirla? Tal como la caracterizó hace algunos años un sínodo de obispos (Ecuador, 1988, caracterización que sigue siendo absolutamente válida al día de hoy), la corrupción es “un mal que corroe las sociedades y las culturas, se vincula con otras formas de injusticia e inmoralidades, provoca crímenes y asesinatos, violencia, muerte y toda clase de impunidad; genera marginalidad, exclusión y miedo (…) mientras utiliza ilegítimamente el poder en su provecho. Afecta a la administración de justicia, a los procesos electorales, al pago de impuestos, a las relaciones económicas y comerciales nacionales e internacionales, a la comunicación social. (…) Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”.

Sin la más mínima sombra de duda, la corrupción es una práctica abominable, como tantas otras que realizamos a diario los seres humanos. El establecimiento de leyes (es decir: pautas que fijan lo que se puede y lo que no se puede hacer en el marco de las sociedades) minimiza su puesta en práctica, pero no la elimina.

Apelando al psicoanálisis, puede decirse que la cría humana se humaniza, pudiendo llegar a ser un adulto normalmente integrado a su sociedad, en la medida que entra en el mundo de las leyes humanas, es decir: en la cultura, en el orden social. La ley, cualquier ley, implica siempre una prohibición. Algo queda prohibido, por lo que se instaura un orden simbólico, un código cultural. La pura naturaleza, el instinto animal no rige nuestra vida; por el contrario, todo está “legalizado”. El incesto es la primera y más universal prohibición, la primera LEY (prohibición) que ordena las relaciones humanas. Piense el/la lector/a: ¿por qué no se mete con su hermana/o? No hay determinantes biológico-naturales que lo establezcan, porque de hecho sucede, y no tan rara vez: el incesto es una construcción social, una ley.

Ni lo sexual (ligado a un supuesto “instinto de reproducción”), ni la alimentación están regidos por la carga genética. Si así fuera, no se podría explicar la interminable (realmente ¡interminable!) lista de problemas y acciones conflictivas ligadas a ambos campos: ¿qué determinante biológico promueve el voto de castidad? ¿Y qué decir de la homosexualidad: es un “pecado degenerado” o un privilegio de aristócratas varones como en la Grecia clásica? ¿Qué fuerza natural explicaría la adopción administrativo-legal de hijos cuando no se los puede concebir? Y quizá lo más importante: ¿qué es la sexualidad normal?

Del mismo modo podríamos quedar atónitos ante la pregunta de por qué, existiendo un 40% más de alimentos disponibles en el mundo, el hambre sigue siendo un flagelo insoportable y la principal (¡principal!) causa de muerte de los seres humanos. ¿Hay algún determinante instintivo en ello? ¿Podríamos seguir levantando la teoría de “razas superiores” con más privilegios que los “bárbaros y primitivos”, que estarían entonces condenados a morir de hambre? ¿Por qué hay comidas “elegantes” y comidas “de pobres”? ¿Quién decide eso? Es más que evidente que todo lo “animal” del ser humano está marcado por lo cultural, por la Ley. Dicho de otro modo, lo instintivo está “pervertido” por lo social.

Así funcionamos los humanos: nos construimos a partir de códigos, de sistemas legales, de ordenamientos. La propiedad privada, base fundamental de las sociedades clasistas desde hace aproximadamente 10.000 años y pieza clave en la dinámica social desde ese entonces, es una construcción histórica, “legalizada”, codificada. No hay ningún determinante natural que la fije. Y por supuesto, eso tiene un valor determinante, pues las guerras –constante radical en nuestra historia como especie– se explican a partir de la idea de la propiedad privada: se defiende a muerte lo propio y se ataca mortalmente a quien se opone a ello. ¿Para qué se invadiría a otro pueblo si no es por puros y egoístas intereses?

Sin ley no puede vivirse, pues no nos humanizamos. Según el psicoanálisis, al que apelamos una vez más, tres son las formas de relacionarnos con ese orden legal: entramos en él y somos uno más de la serie (normalidad neurótica), no entramos nunca (psicosis), o entramos a medias (psicopatía o perversión). El grueso absoluto de la población (98 a 99%) realiza exitosamente el pasaje por los desfiladeros de la Ley humanizante, acepta normas y vive “normalmente” en sociedad. El 0.1% no lo logra, y vive en su mundo alucinatorio (psicosis), y entre un 1 y 2% hace un pasaje a medias: entra con un pie en el mundo de las normativas, y con otro se sale (psicopatías: ahí tenemos el amplio y complejo abanico de las transgresiones, desde quien evade un impuesto hasta quien puede ser un asesino, pasando por un largo listado de conductas).

¿Es la corrupción una “enfermedad” psicológica entonces? Quedarse con esa idea sería limitar demasiado –y equivocadamente– la cuestión. Saltarse las normas es, en algún sentido, parte de la normalidad. Pero hay niveles. Una cosa es pasar un semáforo en rojo, otra es ser un violador sexual en serie. El límite es siempre algo impreciso, borroso. Por eso el tema de la humanización es siempre algo dificultoso. Dicho de otro modo: ser un “normal” es muy, muy pero muy difícil. ¿Existe la normalidad? En toda civilización conocida, en cualquier momento de la historia, existen normas sociales, leyes, prohibiciones establecidas. Violarlas (en mayor o menor medida), es parte de la “normalidad”. “No desearás la mujer de tu prójimo”, reza el noveno mandamiento católico (machismo mediante: ¿no hay prohibición para las mujeres? ¿No desean ellas?). Si se instituye la norma, es porque se sabe que se puede violar. Y los moteles están siempre llenos, cualquier día del año y a cualquier hora. ¿Alguien en el mundo puede no mentir?

La corrupción, por tanto, está instalada en lo humano, es parte de nuestra dinámica. La pregunta es: ¿cuándo pasa a ser deleznable? ¿Cuándo es un delito?

Corrupción: ¿principal problema en Guatemala?

Guatemala, típica “república bananera” de Latinoamérica, es un laboratorio ideal para entender lo que se está tratando de decir en el presente texto.

El país presenta una profusa lista de problemas, donde la corrupción es uno más. Si se realiza un pormenorizado estudio de la situación nacional, histórico para conocer las raíces y coyuntural para ver el aquí y ahora, se va a encontrar que la corrupción está siempre presente, pero por sí sola no permite explicar ni la estructura de fondo ni los problemas que saltan a la vista.

En Guatemala, pese a la riqueza existente, el grueso de su población vive considerablemente mal. Está entre los países del mundo con mayor nivel de desnutrición infantil (segundo en Latinoamérica, sexto en el mundo) pese a ser un productor neto de alimentos, y alrededor de dos terceras partes de su población económicamente activa (en buena medida niños y jóvenes) o trabaja en condiciones de precariedad (sin prestaciones sociales) o se encuentra abiertamente desocupada. El Estado, en tanto órgano regulador de la vida social, brilla por su ausencia en la provisión de servicios básicos. Por lo pronto, es un Estado raquítico, que vive de unos magros impuestos –fundamentalmente impuestos directos, pagados por la clase trabajadora– teniendo una de las cargas impositivas más bajas de todo el continente (según los Acuerdos de Paz de 1996 se debía llegar a un piso mínimo del 12% del producto interno bruto, para luego seguir ascendiendo, siendo la realidad actual que apenas si se llega a un 10% de lo producido que va a parar al Estado como carga tributaria).

Desde hace un buen tiempo, pero recientemente (estos últimos meses) en forma exageradamente remarcada, la noción de “corrupción” pasó a ligarse en forma casi automática con el incumplimiento de deberes de los funcionarios públicos. Ese es un aspecto posible de la corrupción, pero por cierto no el único. La corrupción funciona desde largo tiempo atrás en toda la sociedad, desde las raíces coloniales, como forma de vida, como cultura. Puede encontrársela en los más diversos ámbitos, no sólo en los agentes del Estado: desde la venta de tareas o la redacción de tesis universitarias por un estudiante hasta el cobro doble de viáticos por parte de un modesto empleado, desde el “moco” que debe pagarse a un intermediario en muchas transacciones comerciales hasta la exacción o chantajes (cobros compulsivos) en cualquier de sus formas (la de un médico a un paciente exigiendo más honorarios de los que fija el seguro, la reventa de boletos para cualquier espectáculo a un precio mayor que el oficial, la compra obligatoria de artículos innecesarios en los colegios privados, la venta de puestos en cualquier fila o el intento nada infrecuente de colarse en la misma por parte de cualquier hijo de vecino, el aumento del precio de un producto según la cara del cliente, el cotidiano incumplimiento de las normas de tránsito, los cobros ocultos y disfrazados de muchas empresas como las telefónicas o las tarjetas de créditos, etc., etc.). ¿No son también formas de corrupción el sempiterno engaño masculino hacia las mujeres –1 de cada 3 mujeres con hijos es madre soltera, producto del abandono del padre biológico–, el “cuello” al que se apela para conseguir cualquier favor, el “robo hormiga” de muchos empleados en sus empresas (amén del “robo elefante” que hacen muchas autoridades, fundamentalmente en el ámbito público, pero también en el privado)? ¿Y qué decir del acarreo de “seguidores” en las campañas proselitistas o el día de las elecciones, y por el otro lado, la aceptación de todos los regalos que ofrecen los candidatos de campaña, no importando la bandería política? ¿No es corrupto también el declarado celibato violado luego por lo bajo? Los jóvenes de “zonas rojas” le temen más a la policía que a los mareros; ¿por qué será? La lista de corruptelas es larga, muy larga, y quizá nadie que habita el país puede quedar eximido: compra de discos “piratas”, “mordidas” varias, infracciones de tránsito como hecho normal (de conductores y peatones; ¿cuántos de los que leen esto no han manejado con una copa de más encima?). La proverbial llegada tarde (simpáticamente llamada “hora chapina”), ¿no es también una forma de corrupción? Los etcéteras son numerosos, y nos detenemos aquí porque si no el texto se haría demasiado largo.

Dicho de otro modo: la corrupción es uno más entre tantos males que aquejan a Guatemala, quizá no el primero ni el más importante. La exclusión y el estado de empobrecimiento crónico de grandes masas populares no se deben sólo al enriquecimiento ilícito de mafias corruptas enquistadas en el poder político, como ahora pareciera denunciarse con fuerza creciente y nada disimulada indignación. Si hay pobreza estructural y exclusión histórica, a lo que se suma machismo patriarcal casi delirante (se puede tolerar que un civil varón lleve ostentosamente una pistola en la cintura, pero no que una mujer profiera insultos en público), o un racismo atroz que condena a alguien a ser humillado por su pertenencia étnica (“seré pobre pero no indio”, puede decir un no-indígena), ello no es sólo por los funcionarios venales que hacen del Estado (nacional o local) un botín de guerra. La corrupción puede ayudar, pero no es la causa del todo ese desastre. Es herencia de un desastre histórico-estructural que lleva ya siglos de maduración.

Si de causas se trata, la situación va por otro lado. Una investigación realizada por la empresa consultora Wealth-X, con sede en Singapur, asociada al banco suizo UBS (Union Bank of Switzerland), estudio que cita y analiza la página electrónica Nómada, muestra que “hay 260 ultra-ricos guatemaltecos que poseen un capital de US$30 mil millones, lo que representa el 56% del PIB. [Es decir que] 0.001 por ciento de los 15 millones de guatemaltecos tienen más capital que el resto de la sociedad. (…) Los $30 mil millones [de dólares] son Q231 mil millones [de quetzales]. Esto equivale a lo que el Estado de Guatemala recauda cada cuatro años.”

Guatemala, debe quedar claro, no es un país pobre; de hecho, es la primera economía de la región centroamericana y la decimoprimera de América Latina. En todo caso, es tremendamente inequitativa, asimétrica, que no es lo mismo que pobre. Un mínimo porcentaje (unas cuantas familias) concentran en forma abrumadora la riqueza nacional, en tanto el 53% de la población total vive por debajo de los límites de pobreza (2 dólares diarios, según el estándar establecido por Naciones Unidas). Casi la mitad de los trabajadores no cobra el salario mínimo –de por sí muy escaso–, mientras que en zona rural los trabajadores agrícolas en casi 90% no reciben el salario de ley. Por otra parte, ese sueldo mínimo apenas cubre la mitad de la cesta básica. Ahí radica el verdadero problema que hace del país uno de los más inequitativos del mundo (y por tanto explosivo: un barril de pólvora listo para estallar en cualquier momento).

Cabe la pregunta entonces si esas diferencias abismales se deben a la corrupción de funcionarios corruptos o es algo más complejo, producto de esa exclusión histórica.

Fortunas lícitas e ilícitas

En Guatemala, al igual que en el resto de países latinoamericanos, las grandes mayorías populares, producto de la sangrienta represión vivida durante las pasadas décadas y de las brutales políticas de capitalismo salvaje de estos últimos años (neoliberalismo), han quedado asustadas, y por tanto desmotivadas, desmovilizadas. El silencio es lo dominante. Pero desde abril pasado, cuando se conoció el corrupto y bochornoso caso de La Línea por el que ahora guardan prisión el ex presidente Otto Pérez Molina y la ex presidenta Roxana Baldetti, junto a otros personajes del gobierno, al menos en parte demostraron una reacción. Ahora bien: ¿por qué se reacciona contra la corrupción (entendida como acto deleznable de los agentes del Estado) y no contra esas injusticias históricas que atraviesan la sociedad? Se podría decir que la corrupción es una de las tantas facetas de una situación caótica, o más bien: injusta, profundamente injusta, que estructura a la sociedad guatemalteca. Pero no es la causa última de esa radiografía que presenta el estudio citado más arriba, de esas asimetrías escalofriantes, del hambre y del analfabetismo, del trabajo infantil extendido ni del machismo dominante.

No caben dudas que dentro del Estado se dan vergonzosos casos de corrupción. Eso no es nuevo, en absoluto. Desde la colonia es práctica usual, falsificándose los informes que iban para la metrópoli o vendiéndose indulgencias eclesiásticas o títulos nobiliarios (la aristocracia actual es heredera de los prisioneros españoles que llegaban a estas tierras en calidad de conquistadores enviados por la Corona en busca de fortuna y de las 60 prostitutas traídas en barcos para calmar los deseos sexuales de esos conquistadores peninsulares). La corrupción está enquistada en la historia, es parte vital de las raíces.

En el Estado actual, heredero de esa miserable historia, la corrupción es un mal endémico que incide grandemente sobre los presupuestos nacionales. Para el país, que ya de por sí tiene una de las recaudaciones fiscales más bajas de todo el continente –la segunda más baja después de Haití– perder 31.000 millones de quetzales del presupuesto por desvíos de fondos es un crimen. De hecho, esa cantidad –31.000 millones de quetzales (cuatro mil millones de dólares)– es la que se fugó por corrupción del presupuesto nacional desde 1998 al 2013. Ese monto representa la quinta parte de la suma de las cantidades aprobadas en los últimos 15 años en los presupuestos nacionales para la inversión en obras públicas (157 mil 699 millones de quetzales), calculan el Instituto Centroamericano de Ciencias Fiscales –ICEFI– y la organización no gubernamental Acción Ciudadana. Definitivamente el robo del erario público que realizan impunemente muchos funcionarios públicos es un crimen.

Hoy por hoy, habiéndose comenzado una persecución contra alguno de ellos para terminar (supuestamente) con ese cáncer de la corrupción, vemos que se puede hablar abiertamente de la pobreza de las grandes mayorías, aunque siempre responsabilizando del actual estado de cosas a esos agentes públicos, en tanto ladrones que deterioran la vida de la población. Pero, ¿es realmente así? ¿La pobreza de más de la mitad de la población se debe a los vueltos con que se quedan alcaldes y diputados?

Estos funcionarios venales que ahora se ven en la picota, algunos de ellos entre rejas, están directa o indirectamente ligados a las fuerzas armadas que algunas décadas atrás defendían a sangre y fuego la propiedad privada de los multimillonarios de siempre. Ahora, por vericuetos de la historia, también muchos de ellos (los militares corruptos y sus adláteres) devinieron millonarios. “Nuevos ricos”, podría decírseles. Y es ahí donde se pretende introducir la presente consideración crítica.

Sus fortunas, hechas en forma ilícita (mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, festines pantagruélicos), en términos descriptivos no son distintas a las de los “viejos ricos”. ¿En qué difieren? Los dineros con que se amasaron esas fortunas provienen de un descarado robo a los fondos públicos. “Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”, decían los prelados en la arriba citada declaración. En otros términos: son unos vulgares ladrones. Sus pequeñas fortunas (no tan pequeñas en algunos casos), son ilícitas. Pero… ¿cómo se hacen las fortunas lícitas, aquellas del listado de escasos multimillonarios que manejan más de la mitad de la riqueza nacional?

Permítasenos el presente ejemplo. El actual alcalde de Mixco, Otto Pérez Leal, hijo del ex presidente, se pasea orondo en un automóvil de lujo de 250.000 dólares de valor. Alguien, indignado por esa muestra de descaro y desfachatez, dijo con honestidad: “parece el hijo de un petrolero árabe”. Pregunto: el hijo de un jeque dueño de toda esa riqueza (que, por supuesto, no amasa con sus propias manos sino con el trabajo de otros), ¿tiene legítimo derecho a tener un Ferrari de un cuarto de millón de dólares?

El mundo se construye así: son códigos predeterminados los que nos fijan lo normal y lo que no lo es, lo correcto y lo incorrecto, lo lícito y lo ilícito. ¿No es eso la ideología acaso? Y como pasa siempre cuando hablamos de ideología: el esclavo piensa con la cabeza del amo, “la ideología dominante de una época es la ideología de la clase dominante”, enseñó un pensador decimonónico supuestamente pasado de moda hoy.

Es normal que los “ricos de siempre” tengan mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, festines pantagruélicos y que su voz de mando sea obedecida. Si preguntamos cómo hicieron su fortuna, hoy lícita, sin dudas aparecerán cuestionamientos. ¿Trabajando quizá?

Dijo Bernal Díaz del Castillo, uno de los primeros conquistadores españoles llegados a estas tierras del Nuevo Mundo a principios del siglo XVI, que aquí venían “a traer la fe católica, a servir a Su Majestad… y a hacerse ricos”. Hasta donde se sabe, nadie, absolutamente nadie logró hacerse rico (es decir: tener mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, festines pantagruélicos) con el esfuerzo de su trabajo. Lo ¿ilícito? de ayer se legaliza y se convierte en lo lícito de hoy. Dicho sea de paso, muchos de los asesinos y escoria social de España que venían a las tierras americanas a “hacerse ricos”, lo lograron. Después vino la alcurnia, el abolengo, el refinamiento, se compraron títulos nobiliarios y se transformaron en “lícitos”, pasando a ser las familias patricias que hoy se jactan de su linaje aristocrático. A la base de cualquier fortuna –en Guatemala y en cualquier parte del mundo– hay siempre, inexorablemente, un crimen. “La propiedad privada [de los medios de producción] es el primer robo de la historia”, dijo el citado pensador.

Lucha contra la corrupción: ¿por qué?

Desde el 16 de abril del presente año en Guatemala parece haberse desatado una cruzada anti-corrupción. Notorio, sin dudas. Un país marcado de cabo a rabo por la corrupción, a la que se une indisolublemente la impunidad en el marco de una ancestral cultura de violencia, aparece hoy –mediáticamente al menos– como un adalid mundial en la lucha contra este flagelo. Para muestra de esa cultura corrupta: la declarada “Capital Iberoamericana de la Cultura 2015”, que iba a ser la ciudad de Guatemala, no pudo serlo porque… no pagó los derechos de propiedad a la empresa que organiza el circuito. Por eso simplemente quedó con “Capital de la Cultura”. La corrupción sigue estando debajo de cada piedra. ¿Podemos tomar en serio que empezó una lucha a muerte contra ella?

Más que creerlo acríticamente y seguir saliendo a protestar en la plaza (protesta que a veces se parecía más a una celebración que otra cosa), conviene formularse algunas preguntas con sentido crítico.

¿Por qué, de buenas a primeras, la Comisión contra la Impunidad en Guatemala –CICIG–, de perfil bastante bajo años pasados, junto al hasta entonces ineficaz y corrupto Ministerio Público, pasan a tener ese papel preponderante como defensores de esta lucha, dando golpes certeros? ¿Por qué caen presos presidente y vicepresidenta desarticulándose algunas bandas delincuenciales que ellos lideraban? ¿Por qué inmediatamente luego de la segunda vuelta electoral, ganada por Jimmy Morales, cesan las protestas anti-corrupción? Más aún: ¿por qué gana el candidato Morales con una actitud pretendidamente apolitizada? “No soy corrupto ni ladrón”, sentenciaba en su campaña.

Gana Jimmy Morales porque desde hace meses se viene gestando un discurso contra la corrupción –comunicacionalmente bien estudiado, presentado en forma entradora y agresiva– sobre el que pudo/supo montarse actoralmente el comediante profesional (¿nuevo personaje de su show?). No hay, la experiencia comienza a demostrarlo, ninguna intención positiva en los reales factores de poder, de acometer una lucha franca contra esta lacra que es la corrupción. Ni por parte del futuro presidente (quien se está rodeando de personajes ligados a la vieja estrategia contrainsurgente, acusados de violaciones a derechos humanos y hechos corruptos) ni del empresariado que se encargó de encarcelar a Pérez Molina y Baldetti (que reaccionaron airados cuando el titular de la CICIG habló de un nuevo impuesto para desarrollar con posibilidad de éxito el ataque a la impunidad y la corrupción) existe una voluntad efectiva de entrar seriamente al tema.

Por el contrario, con un manejo artero de las circunstancias, cada vez se insiste más en que el estado calamitoso de las poblaciones se debe no a determinantes estructurales sino a “malas prácticas” de los funcionarios de turno. El presidente del Comité Coordinador de Asociaciones Agrícolas, Comerciales, Industriales y Financieras –CACIF–, Jorge Briz, declaró recientemente que 1 de cada 5 quetzales del presupuesto público va a parar a la corrupción, dato desmentido por una investigación periodística del portal Plaza Pública, que pone en evidencia que lo único que busca el sector empresarial es seguir no pagando impuestos. Dato elocuente: algunos años atrás, impulsado por la derecha empresarial, se llevó adelante una campaña a nivel nacional con el lema “No más impuestos. No más corrupción”.

Los medios de comunicación comerciales (los que tienen la abrumadora mayoría de llegada en la población) han entronizado la corrupción como un nuevo monstruo que nos ataca, encargándose de remarcar a cada instante que los problemas nacionales se deben a esos “forajidos funcionarios públicos que se llenan los bolsillos a costa del pueblo.” El mensaje –sensiblero, impactante– no deja de mover pasiones. De esa manera el sistema en su conjunto queda libre de cuestionamientos, y se encuentra un adecuado chivo expiatorio, una salida decorosa: “estamos mal porque los políticos son corruptos y se roban todo”.

El mensaje no es nuevo, sin dudas. En muy buena medida ese imaginario recorre la cultura política de todos los países latinoamericanos. Lo destacable ahora es la forma en que se lo está implementando. Todo indica que es la estrategia de la Casa Blanca quien la impulsa.

Hay nuevos “monstruos mediático-ideológicos” a combatir, siempre ideados por la fuerza dominante en la región: ayer el “comunismo internacional” y sus cabezas de playa pagadas por “el oro de Moscú”. Hoy: el narcotráfico, la violencia ciudadana (pandillas, barras bravas). Y ahora, más recientemente y con una fuerza nada despreciable: la corrupción. ¿Por qué decir que esto obedece a una estrategia? Pues porque la realidad lo demuestra.

Desde hace un tiempo la geoestrategia de Washington ha venido reemplazando los golpes de Estado sangrientos, capitaneados por militares, por lo que llaman “golpes suaves”, “procesos de reversión” (roll back), o también: “revoluciones de colores”, en alusión a lo desplegado en Europa del Este recientemente. Como mínimo, podríamos apuntar tres referentes: 1) las “revoluciones de color” que surgieron en estos últimos años en las ex repúblicas soviéticas, 2) lo que se llamó la Primavera Árabe en Medio Oriente y el Magreb, y 3) los movimientos de estudiantes democráticos en Venezuela.

Existen más movimientos de estos, siempre en esa línea de supuesta “defensa de la democracia” y rechazo a lo que suene a “dictadura populista”; así, podrían mencionarse las Damas de blanco de Cuba por ejemplo o, en Guatemala, los “estudiantes” que apoyaron las protestas anti Colom cuando el caso Rosenberg en el 2009, los llamados “camisas blancas” (que pasaron sin pena ni gloria en su momento, pero que definitivamente fueron un globo de ensayo).

¿Qué representan, en realidad, estos movimientos? No son, en sentido estricto, movimientos populares. Con las diferencias del caso, todos tienen líneas comunes. Las llamadas revoluciones de colores (revolución de las rosas en Georgia, revolución naranja en Ucrania, revolución de los tulipanes en Kirguistán, revolución blanca en Bielorrusia, revolución verde en Irán, revolución azafrán en Birmania, revolución de los jazmines en Túnez, así como los “movimientos de estudiantes democráticos antichavistas” en la República Bolivariana de Venezuela) son fuerzas aparentemente espontáneas, que tienen siempre como objeto principal oponerse a un gobierno o proyecto contrario a los intereses geoestratégicos de Estados Unidos.

Son notas distintivas también de estos movimientos a) su gran impacto mediático, siempre de nivel mundial (llamativamente amplio, por cierto, que no tienen los movimientos populares como, por ejemplo, los campesinos que en Guatemala luchan por la defensa de sus territorios –viejas luchas bastante invisibilizadas por la prensa comercial–), b) la participación de grupos juveniles, en la gran mayoría de los casos estudiantes universitarios. c) El hecho de recibir, directa o indirectamente, fondos de agencias estadounidenses, tales como la USAID o sus ramas, la NED, la CIA o la Fundación Soros, apoyo en general negado o escondido.

En esta línea podría inscribirse mucho de lo que sucedió con la Primavera Árabe, que puede haber iniciado como una auténtica protesta popular, espontánea y con gran energía transformadora, o al menos de denuncia crítica, pero que rápidamente degeneró (o fue cooptada) por esta ideología “democrática” –y probablemente manipulada desde este proyecto de dominación ligado a las tristemente célebres agencias mencionadas–.

Dicho rápidamente, estas supuestas movilizaciones tienen una agenda clara: servir a los intereses desestabilizadores favorables a la Casa Blanca y boicoteadores de proyectos con un tinte socializante o popular o, como en el caso de Guatemala, que representan un obstáculo para Washington. En ese sentido, están muy lejos de poder ser equiparados a los movimientos populares antisistémicos como las marchas campesinas, o las protestas por mejoras salariales, o cualquier manifestación contestataria al orden constituido. Estas “demostraciones de civismo”, estas “protestas democráticas” son, ante todo, no violentas, y no tocan nada de lo fundamental del sistema. Atacar la corrupción es perfectamente funcional: cambiar algo para que no cambie nada. Se canta el himno nacional, se hace bastante ruido con tambores y trompetas…, y se vuelve a la casa satisfechos de la “participación ciudadana” tenida.

Una nueva estrategia de control social

En Guatemala, como parte de un plan bien urdido, desde principios del año 2015 el Ejecutivo estadounidense comenzó un ataque sistemático: la corrupción fue posicionándose como principal problema nacional, y el vicepresidente de la Casa Blanca, Joseph Biden, llegó al país a “poner las cosas en orden”: dejando en claro muy enfáticamente que no se vería ni siquiera en una recepción oficial con la entonces vicepresidenta Roxana Baldetti, ícono por antonomasia de la degradada y deshonrosa corrupción dominante. De hecho, trajo un mensaje claro para el presidente Pérez Molina: a Guatemala y a los otros dos países del Triángulo Norte de Centroamérica (Honduras y El Salvador) no se le podría conceder el Plan para la Prosperidad (cuantiosos fondos destinados a “mejorar” la situación socioeconómica interna) si no se iniciaba un combate frontal contra esa corrupción. El mecanismo obligado para ello fue la permanencia de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala –CICIG–. El mensaje fue claro y terminante: no más corrupción gubernamental, porque eso es la causa de las penurias de la población.

Para ratificarlo, el embajador estadounidense en el país, Todd Robinson, viajó a una retirada comunidad del departamento de Izabal, y en una precaria y deteriorada escuela primaria –montaje muy efectista, muy sentimental– declaró que el estado calamitoso de ese centro educativo se debía a la corrupción existente. El mensaje del embajador en la escuela Salvador Efraín Vides Lemus, ubicada en Santo Tomás de Castilla, Puerto Barrios, fue más que elocuente: “Podemos ver los resultados de la corrupción aquí en esta escuela: no tienen suficientes aulas para la gente, para los estudiantes” (…) “Toca al gobierno y a la gente de Guatemala luchar cada día contra la corrupción”.

Ponderando a la CICIG y su gran cruzada anticorrupción, el mismo diplomático anticipó que la gente en Honduras y en El Salvador también está molesta contra este “cáncer”, y que también allí se implementarían comisiones internacionales para luchar contra “tamaño flagelo”.

Todo indicaría que entre las nuevas armas del imperio, junto a las bombas inteligentes y los misiles nucleares que, por supuesto, no ha abandonado, se encuentran estas novedosas estrategias soft. Las desarrolla porque les son muy útiles, y les resultan baratas. Las dictaduras sangrientas –de las que apoyó por docenas a lo largo del siglo XX– son hoy día impresentables, traen aparejados demasiados problemas (la población puede reaccionar y se forman movimientos guerrilleros) y tienen costos políticos y financieros que Washington ya no quiere (o no puede) asumir. Las “revoluciones democráticas” son mucho más “civilizadas” y presentables, y por tanto se recomiendan para seguir manteniendo la hegemonía.

Hegemonía, por cierto, que está empezando a ser discutida por nuevos actores, como la ascendente República Popular China, que está construyendo un monumental canal interoceánico en la tradicional zona de influencia de Estados Unidos: Nicaragua. O por la recompuesta Rusia, ahora gran potencia capitalista, que llega a Centroamérica financiando proyectos mineros en abierta provocación al “dueño histórico” de la región.

Definitivamente el poder hegemónico de Washington no es similar al que tuvo ni bien terminó la Segunda Guerra Mundial y en las décadas subsiguientes cuando era la superpotencia dominante; pero muy lejos está de caer en bancarrota, de abandonar su natural patio trasero y de necesitar pedir oxígeno. El Plan para la Prosperidad del Triángulo Norte muestra quién sigue mandando aquí todavía. La aristocracia nacional, esa que aparece en el estudio más arriba citado exhibiendo riquezas cuantiosas, funciona como socio político menor, como segundo violín en las decisiones geoestratégicas para la región, que se siguen tomando en oficinas de Estados Unidos y se operativizan desde su Embajada en la Avenida Reforma de la ciudad de Guatemala.

La declarada lucha contra la corrupción que parece estar poniendo en marcha Estados Unidos, tiene en Guatemala y la CICIG un laboratorio ideal para estudiar/desarrollar la estrategia. En diversos países de Latinoamérica, “molestos” para la lógica de la Casa Blanca, ese mecanismo ya está puesto a funcionar. Así, los gobiernos de Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador, Nicaragua (todos con un talante “socializante” y algo de antiimperialista) reciben continuamente denuncias de hechos corruptos. Hechos que, sin duda, se comenten, porque la corrupción es un mal endémico que estos gobiernos de tibia pseudo-izquierda no quieren ni pueden combatir. Más aún: hasta en la Cuba socialista se da, por lo que vemos que hay mucho por trabajar en la cuestión. Y también la institución de la cual algunos de sus representantes hacían esa enérgica condena en Quito con la que abríamos el escrito, también pueden ser parte de ella.

En definitiva: la corrupción es un buen instrumento para presionar al enemigo. Obsérvese cómo en la actual recomposición de poderes a escala planetaria Estados Unidos ahora la emprende contra la FIFA, donde aparecen enormes hechos corruptos, con los que se puede llegar a quitarle la sede del próximo Campeonato Mundial de Fútbol a Rusia. ¿Será que ahora preocupa tanto lo que pasa en ese ente, del que desde hace décadas se conocen turbios y gansteriles procedimientos?

Dado que la corrupción es un mal tan extendido (¿se la podrá extirpar alguna vez?; si no hubiera noción de propiedad privada, ¿tendría el mismo peso que tiene en la actualidad?), dado que cala tan hondo en todos y cada uno de nosotros (¿quién podría declararse absolutamente libre de ella?), es muy fácil atacarla. De ahí que en esta nueva estrategia de control político-social los ideólogos y formuladores de políticas de Washington han encontrado un buen aliado. En nombre de la transparencia se pueden montar furiosas campañas anti-corrupción para sacar de en medio políticos díscolos (díscolos a los intereses imperiales, se entiende).

¿Por qué sacaron de en medio a Pérez Molina, alguien absolutamente funcional al sistema y a la política hegemónica de Estados Unidos? Porque al general se le fue la mano en la rapiña, y eso puede ser peligroso para el sistema, porque puede hacer subir demasiado la presión social. Porque el grupo que él representaba (las mafias del Estado contrainsurgente, las mismas que parece podrían acompañar al futuro presidente Jimmy Morales) entró en contradicción con la aristocracia tradicional y el CACIF; porque tuvo el descaro de abrirle las puertas a los capitales rusos para la industria extractiva. Y porque Washington no quiere seguir recibiendo chorros imparables de inmigrantes ilegales, para lo que trata de poner algunos paños de agua fría en la región centroamericana (se reedita la Alianza para el Progreso de 1960, que fue también un paño de agua fría, un colchón para mitigar tanta pobreza después de la Revolución cubana de 1959). Pero, esto es muy importante, no quiere colocar algunos dineros en la región sin la seguridad que una mafia demasiado glotona no les robará buena parte de ellos en calidad de corrupción.

En otros términos: a ningún factor real de poder le interesa atacar seriamente la corrupción. El sistema en su conjunto es corrupto. Si no, no se podrían pagar los sueldos de hambre que se pagan, y en una inmensa mayoría de casos ni siquiera cancelando lo fijado por la ley. Si se quisiera atacar realmente la corrupción como gran mal que corroe la sociedad, no vendrían capitales multinacionales a instalarse en estas tierras “salvajes” donde se pagan salarios 4, 5 o 6 veces menores que en los países centrales, donde están exonerados de impuestos y donde no existe el más mínimo control medioambiental (¡por todo eso y nada más que por eso es que vienen!)

Si se quisiera trabajar de verdad contra la corrupción habría que replantear totalmente los modelos de desarrollo vigentes, en sí mismos tremendamente corruptos. ¿Por qué Cristina Fernández, en Argentina, o Dilma Roussef, en Brasil, son corruptas y pueden ser atacadas en nombre de la transparencia y la sana democracia, y no lo son Juan Manuel Santos en Colombia, o no lo era Álvaro Uribe (o no se quería que lo fuera, más allá de figurar en las listas de narcotraficantes de la DEA? ¿Por qué no lo era Manuel Antonio Noriega en Panamá cuando era agente de la CIA, y sí lo fue cuando cayó en desgracia con la política estadounidense? En Guatemala: ¿por qué era un corrupto el ex presidente Alfonso Portillo –que intentó fijar impuestos a los monopolios nacionales– y no lo es el ex presidente y ahora alcalde Álvaro Arzú, que dio luz verde a la venta leonina de empresas públicas? En otras latitudes: ¿por qué son “monstruos impresentables y los peores corruptos del mundo” Mohamed Khadaffi o Saddam Hussein, o el actual presidente de Siria Bashar al-Asad y no lo son los medievales y poligámicos monarcas de Arabia Saudita? El epígrafe con que abrimos el presente escrito permite ver el doble discurso en juego.

En nombre de la lucha contra ese flagelo terrible, esa nueva “plaga bíblica” que pareciera ser la corrupción, puede hacerse cualquier cosa. Hablar del combate contra ella es “democrático”, “civilizado”, “modernizador”; hablar de las injusticias estructurales que la propician: un atentado, un discurso trasnochado.

En Guatemala, producto de la manipulación en parte, pero porque hay un enorme descontento de la población también, esa mecha prendió y llegó a sacar más de 100.000 personas a la calle, protestando con fuerza. Quizá es imposible decir que esa movilización sacó de la presidencia a Pérez Molina. Más parece que había allí un guión preparado. La cuestión es que se ve que existe un gran descontento, una gran frustración en la población. Sin quedarnos en la ingenua protesta contra la corrupción, ¿cómo ir más allá de esa protesta y empezar a plantearnos cambios más sustanciales?

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Sobre los atentados en París: La historia la escriben los que ganan


Marcelo Colussi

Hoy, toda la prensa comercial del mundo está hablando de la “barbarie” de Paris y los más de 100 muertos. Los mandatarios de todos los países levantan sus voces indignados por la cachetada que recibió la “civilización”. El mundo está de luto… Pero si la historia la escriben los que ganan, eso significa que hay OTRA historia: la que no cuenta el discurso oficial. Tal como dijo en un Comunicado el Nuevo Partido Anticapitalista de Francia horas después de los ataques: “Para acabar con el terrorismo, hay que acabar con las guerras imperialistas que tienen como objetivo perpetrar el pillaje de las riquezas de los pueblos dominados por las multinacionales, imponer la retirada de las tropas francesas de todos los países dónde están presenten, en particular en Siria, en Iraq, en África.”

El papa Francisco, quien se declaró en oración permanente, dijo que estos actos “no tienen justificación ni religiosa ni humana”. Pero no es exactamente así: ¡sí tienen una lógica, una razón de ser! “La violencia es la partera de la historia”, dijo un pensador decimonónico, supuestamente “pasado de moda” hoy. Verdad incontrastable: la dinámica humana no es precisamente puro amor incondicional, ¡es una guerra criminal de intereses! Eso es lo que vemos, lo que sufrimos a diario. Los muertos de París lo ratifican.

No hay “choque de civilizaciones” (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=194374) como interesadamente dice el discurso oficial: hay robo descarado de recursos de los países pobres, justificados en discursos racistas, para el caso: islamofóbicos. No hay fundamentalismo islámico terrorista (http://www.argenpress.info/2014/09/fundamentalismo-islamico-una-creacion.html): hay un sistema criminal basado en el lucro empresarial que puede necesitar Pearl Harbor a diestra y siniestra para justificar sus acciones.

Si es cierto que “todos somos Charlie”, como el hebdomadario, tal como se dijo en enero pasado ante los primeros atentados en París, también todos somos los miles y miles de niños muertos por las bombas asesinas de la OTAN y las potencias occidentales, con Washington a la cabeza, en los más de 20 frentes de guerra abiertos en el mundo ¿para defender la democracia? Y también todos somos los diez mil niños muertos diariamente por hambre, y todos somos los miles de damnificados por las inmorales deudas externas de los países que pagan a los acreedores del Consenso de Washington, y todos somos los que viven en favelas, y todos somos los que mueren de diarrea por no tener acceso a agua potable. Ninguna de esas víctimas se merece morir, como seguramente tampoco lo merecían los inocentes ciudadanos parisinos del viernes pasado (como siempre: el pato lo pagan los de abajo, los ciudadanos de a pie). ¿Acaso alguien se merece esa muerte violenta? ¿Tal vez esos “malos de la película” retenidos en Abu Ghraib, o en Guantánamo? ¿Tal vez sí lo merecían los 108.000 desaparecidos de las guerras sucias en América Latina?

Quizá es muy prematuro para afirmarlo, pero estas muertes de París huelen a justificación de la temible “guerra en defensa de la civilización” que parece ya haber comenzado (la Tercera Guerra Mundial, según algunos. El presidente de Estados Unidos y ¡Premio Nobel de la Paz! dijo algo al respecto). ¿Jugará algún papel el petróleo que está en el subsuelo de muchos de estos países “bárbaros”?




lunes, 26 de octubre de 2015

Elecciones en Guatemala De los golpes de Estado a la lucha contra la corrupción. Nueva estrategia imperial


Marcelo Colussi
mmcolussi@gmai.com, 
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33

Como era previsible y ya lo venían indicando las encuestas previas, el candidato Jimmy Morales se alzó con la victoria en las elecciones presidenciales de Guatemala este 25 de octubre. Lo primero que podría indicarse es: “¡más de lo mismo!”.

“Más de lo mismo” en varios sentidos: Morales no representa el más mínimo cambio, ni siquiera cosmético, en relación a la situación estructural de fondo en el país: pobreza extrema –79% de la población pobre, según los nuevos patrones de medición del Banco Mundial–, país dependiente y marcado por un salvaje y depredador capitalismo extractivo, violencia e impunidad como constante en todas las relaciones sociales, racismo contra los pueblos originarios en grado sumo. Nada, absolutamente de esto nada cambia con el nuevo presidente. Su propuesta, en realidad, es una falta de propuesta. Y aunque parezca paradójico, dadas las condiciones generales imperantes, eso es lo que le permitió ganar las elecciones (sobre lo cual ahondaremos más adelante).

Es “más de lo mismo” también, porque tras de su figura (mediáticamente bien posicionada, dado que es un actor profesional, un comunicador en el más cabal sentido de la palabra) se encuentran sectores de los más reaccionarios del ejército que viven aún en la lógica de la Guerra Fría, algunos de ellos ligados a los llamados “poderes ocultos” (léase: estructuras mafiosas que persisten en la administración del Estado, como la recientemente denunciada de La Línea). O sea que la tan preconizada “lucha contra la corrupción” que pareció barrer el país estos últimos meses, se descubre como un espectáculo mediático sin consecuencias reales en las verdaderas estructuras de poder. Dicho de otro modo: con Jimmy Morales en la presidencia las mafias enquistadas y los poderes paralelos no terminarán. Es decir: sigue todo más o menos igual (su vicepresidente, por ejemplo, es el artífice del más grande robo en el Seguro Social de la Universidad de San Carlos, de la que fue rector). Todo sigue igual, parece. 

Y “más de lo mismo” igualmente porque Washington, y la ideología dominante en forma global, se salen con la suya, pues el mensaje de entronización a esta glorificada “democracia” se sigue imponiendo. La realización de elecciones “limpias y transparentes” pareciera el camino obligado para todo el mundo; no transitarlo –según esa ideología hegemónica– es continuar en el atraso, en el oscurantismo. Democracia representativa (libre mercado mediante), según ese paradigma, es la solución frente al autoritarismo estatizante, frente al populismo y a las ofertas de “retorno al pasado filo-comunista”. 

Sin embargo una lectura crítica de esta segunda vuelta, pero más aún de las circunstancias en que se llegó a la misma con las movilizaciones ocurridas desde abril en adelante, puede indicar algo preocupante: la tan cacareada lucha contra la corrupción… ¡es una nueva arma de dominación de la estrategia imperial de Estados Unidos!

¿Por qué decir eso? Porque la realidad lo permite ver. ¿Por qué gana este comediante puesto a político? Como dato altamente curioso es que, contrario a lo que sectores de izquierda y progresistas impulsaban durante las movilizaciones llamando al voto nulo o a la abstención, la primera vuelta del 6 de septiembre mostró la mayor participación desde el retorno a la democracia en 1986: 71% de los empadronados asistieron a un centro de votación. 

Gana Jimmy Morales porque desde hace meses se viene gestando un discurso –comunicacionalmente bien estudiado, presentado en forma entradora y agresiva– contra la corrupción sobre el que pudo/supo montarse el actor de marras. No hay, ni por cerca, ninguna intención positiva en los reales factores de poder, de acometer una lucha franca contra esta lacra que es la corrupción. Por el contrario, con un manejo artero de las circunstancias, cada vez se insiste más en que el estado calamitoso de las poblaciones (cosa totalmente cierta) se debe no a determinantes estructurales sino a “malas prácticas” de los funcionarios de turno. De esa manera el sistema en su conjunto queda libre de cuestionamientos, y se encuentra un adecuado chivo expiatorio, una salida decorosa: “estamos mal porque los políticos son corruptos y se roban todo”.

El mensaje no es nuevo, sin dudas. En muy buena medida ese imaginario recorre la cultura política de todos los países latinoamericanos. Lo destacable ahora es la forma en que se lo está implementando. Y no es otra que la estrategia de la Casa Blanca quien la impulsa.

Se ha dicho en varias ocasiones que, una vez más –al igual que en casos anteriores: experimentos biomédicos, desaparición forzada de personas como mecanismo de la guerra irregular, ahora el combate a la corrupción en tanto artificio político para la distracción– Guatemala sirve como laboratorio de ensayo a los planes de Washington. Lo cierto es que todo indicaría que de los golpes de Estado sangrientos que marcaron la historia política de la región latinoamericana durante el siglo XX, ahora se ha pasado a los “golpes suaves”. 

Hay nuevos “monstruos mediático-ideológicos” a combatir, siempre ideados por la fuerza dominante en la región: ayer el “comunismo internacional” y sus cabezas de playa pagadas por “el oro de Moscú”. Hoy: el narcotráfico, la violencia ciudadana (pandillas, bravas bravas). Y ahora, más recientemente y con una fuerza nada despreciable: la corrupción.

Muy loable sería un combate frontal contra esta lacra humana que es la corrupción, la hipocresía del doble discurso, la infamia (¿será posible eliminarla de nuestra dinámica cotidiana? ¿El “Hombre nuevo” del socialismo lo logrará? Quede la interrogante planteada, sabiendo que no es eso el objetivo a desarrollar en este breve e impreciso opúsculo). Muy loable, sin dudas, pero vemos que estas declaraciones politiqueras que inundan el panorama mediático no pasan jamás de eso: declaraciones pomposas. 

En Guatemala, como parte de un plan bien urdido, desde principios del año 2015 el Ejecutivo estadounidense comenzó un ataque sistemático: la corrupción fue posicionándose como principal problema nacional, y el vicepresidente de la Casa Blanca, Joseph Biden, llegó al país a “poner las cosas en orden”: dejando en claro muy enfáticamente que no se vería ni siquiera en una recepción oficial con la entonces vicepresidenta Roxana Baldetti, ícono por antonomasia de la degradada y deshonrosa corrupción dominante. De hecho, trajo un mensaje claro para el presidente Pérez Molina: a Guatemala y a los otros dos países del Triángulo Norte de Centroamérica (Honduras y El Salvador) no se le podría conceder el Plan para la Prosperidad (cuantiosos fondos destinados a “mejorar” la situación socioeconómica interna) si no se iniciaba un combate frontal contra esa corrupción. El mecanismo obligado para ello fue la permanencia de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala –CICIG– y su necesaria irradiación a los otros dos países. El mensaje fue claro y terminante: no más corrupción gubernamental, porque eso es la causa de las penurias de la población.

Para ratificarlo, el embajador estadounidense en estas tierras, Todd Robinson, viajó a una retirada comunidad de un empobrecido departamento: Izabal, y en una precaria y deteriorada escuela primaria –montaje muy efectista, muy sensiblero– declaró que el estado calamitoso de ese centro educativo se debía a la corrupción gubernamental existente. 

El guión estaba escrito: la corrupción debía enfrentarse a muerte, así como se hace con el “terrorismo” en Medio Oriente y el Asia Central (casualmente siempre en países en cuyo subsuelo… hay petróleo. ¡Qué coincidencia!). Y la CICIG, en Guatemala, era el instrumento idóneo para esa lucha. Si bien el por entonces presidente Pérez Molina intentó negarse en un principio a la renovación de su mandato, la pulseada fue ganada ampliamente por la potencia dominante: la CICIG continuó y el binomio presidencial terminó tras las rejas, destapándose la bomba periodística del caso La Línea (mafia dedicada al desfalco aduanero liderada por los primeros mandatarios).

Ese destape, aparecido en los medios de comunicación el 16 de abril pasado a partir de la denuncia realizada por la CICIG y el Ministerio Público (con datos de inteligencia suministrados por la DEA), motivó la indignación ciudadana y las movilizaciones que por espacio de cuatro meses llenaron la Plaza de la Constitución los sábados por la tarde. La corrupción pasó a ser nueva “plaga bíblica”, y presidente y vicepresidenta se transformaron en el enemigo público número uno. 

Salvando las distancias, así como décadas atrás el “comunismo apátrida y ateo” era el enemigo a vencer (consigna que levantaron –¿o siguen levantando?– quienes hoy secundan a Jimmy Morales), hoy lo es la corrupción. Lo cierto es que el anterior mandatario y su segunda hoy guardan prisión, pero la corrupción sigue siendo el pan nuestro de cada día. Los empresarios importadores que se beneficiaban de esta banda delincuencial que defraudaba en las aduanas, no aparecen. Se habló de una cincuentena de empresarios, por supuesto de poca monta en términos económicos; en todo caso, comerciantes –de origen asiático muchos de ellos– que venden mercaderías a precios populares en sectores populares. El alto empresariado está más allá de esto. 

¿Por qué gana la presidencia este comediante metido a político, sin recorrido en estas lides de la política profesional, sin programa partidario, con un discurso centrado casi exclusivamente en que “él no es lo mismo que los otros corruptos”? Gana porque esa prédica anticorrupción ha calado hondo, quizá demasiado hondo en la conciencia de la población. A partir de un bombardeo incesante que muestra las penurias de la genta ligadas a los desfalcos de los funcionarios y nunca a las condiciones estructurales de la sociedad, se ha ido creando la matriz mediática por la cual la pobreza y el malestar general son consecuencia de la corrupción de los gobernantes. “¿Para qué pagar impuestos si se los roban todo?” no es infrecuente escuchar por allí. Que el 2% de la población sea propietario del 80% de la tierra cultivable, que el salario básico cubra apenas la mitad de la canasta básica, y que el mismo en un 80% de los casos en el campo y en un 50% en la ciudad ni siquiera se cobre, que la distancia entre los más poseedores y los más desposeídos es de las más marcadas en todo el mundo, que casi una cuarta parte de la población es aún analfabeta total, que los sectores más dinámicos de la economía están centrados en la agro-exportación (que necesita fundamentalmente brazos –¿analfabetas?– para la producción) o en las finanzas, lavado de activos en muchos casos, todo eso nunca es presentado como la causa real del atraso comparativo del país ni de la consecuente pobreza de las grandes mayorías.

El mensaje del embajador Robinson en la escuela Salvador Efraín Vides Lemus, ubicada en Santo Tomás de Castilla, Puerto Barrios, departamento de Izabal, fue más que elocuente: “Podemos ver los resultados de la corrupción aquí en esta escuela: no tienen suficientes aulas para la gente, para los estudiantes” (…) “Toca al gobierno y a la gente de Guatemala luchar cada día contra la corrupción”. Ponderando la CICIG y su gran cruzada anticorrupción, el mismo diplomático anticipó que la gente en Honduras y en El Salvador también está molesta contra este “cáncer”, y que también allí se implementarían comisiones internacionales para luchar contra “tamaño flagelo”. 

¿Guión ya trazado? Seguramente. 

Es posible concluir eso porque todos los gobiernos “molestos” para la lógica imperial van recibiendo ahora acusaciones de corruptos: Argentina, Brasil, Venezuela, Ecuador, Nicaragua. La fórmula funciona, sin dudas. Funciona porque definitivamente hay corrupción, y mucha, en cada una de esas administraciones; atacarlas, por tanto, es fácil. En cualquiera de estas propuestas medianamente socialdemócratas, donde la ética sigue siendo asignatura pendiente, es muy fácil encontrar hechos corruptos. Así, toda esa “pseudo-izquierda” es golpeada por la “transparencia democrática” que preconiza el imperio. Dilma Roussef o Cristina Fernández tuvieron como principales contendientes políticos las denuncias contra hechos corruptos de sus gobiernos. Sin dudas, la estrategia funciona para la Casa Blanca, porque le permite las llamadas “revoluciones suaves” (roll back, procesos de reversión de gobernantes “molestos” sin necesidad de golpes de Estado cruentos, tal como sucedió por ejemplo en Europa del Este, o en algunos países árabes).

¿Pero por qué en Guatemala, con un gobierno claramente de derecha como era el de Otto Pérez Molina, también se puso en marcha esa estrategia? Porque 1) el nivel de corrupción allí alcanzado era demasiado alto y eso podía tornar “ingobernable” la situación (la gente podría estallar alguna vez); 2) porque el Plan para la Prosperidad debe tener garantizado que ninguna mafia gubernamental rapiñará los recursos invertidos (Pérez Molina y Baldetti, por ejemplo, no daban esa seguridad. (1.000 millones de dólares iniciales aportados por Estados Unidos, pudiendo llegar la inversión a 15.000 millones para los 5 años de su duración, financiado por Washington, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, supuestamente para desarrollar la región centroamericana, pero en realidad siendo una avanzada para inversiones privadas y explotación de recursos naturales), y 3) porque de continuar las mafias en el poder, por ejemplo si hubiera seguido en carrera presidencial Manuel Baldizón, no estaba asegurado para la lógica estadounidense que no entrarían los capitales chinos y rusos (en Guatemala ya entraron estos últimos en el negocio de la minería, y con Baldizón entrarían abiertamente los chinos). Para Washington eso es perder terreno en su tradicional y natural patio trasero, por tanto inadmisible.

Considerando todo lo anterior, puede verse cómo esa prédica contra la corrupción puede servir mucho más para los proyectos geoestratégicos de los capitales estadounidenses que dictaduras impresentables, a un menor costo económico y político y sin derramamiento de sangre (lo cual puede crear reacciones como los movimientos armados, o explosiones populares inmanejables). 

No hay lucha real contra la corrupción, porque el capitalismo actual, en su fase de globalización financiera, es por naturaleza corrupto. La lucha es por seguir asegurando el traspatio de la potencia imperial, y en el caso puntual de Guatemala esconde la lucha entre facciones del capital nacional: los tradiciones “dueños de la finca” contra los nuevos ricos ascendidos a la sombra del Estado contrainsurgente de estas últimas décadas. Está claro que en este momento las mafias (contrabandistas, narcotraficantes, crimen organizado) recibieron un fuerte cachetazo (Pérez Molina y Baldetti presos). Pero eso no significa que desaparecieron. El circuito financiero se sigue alimentando de esas economías “no muy santas” (Guatemala, de hecho, es una de las importantes plazas de lavado de activos a nivel mundial: paraíso fiscal, dicho en otros términos. Es decir: la corrupción es consustancial al sistema). 

Como toda guerra justificada con algún demonio del momento (comunismo internacional liderado por la URSS, terrorismo islámico, narcotráfico y crimen organizado desbocados), ahora la corrupción sirve a esa estrategia: es la “plaga bíblica” puesta en la cresta de la ola mediática.

La jugada parece exitosa, dado que posibilita acciones ciudadanas “limpias”, encuadradas en la ideología de la democracia occidental, acciones no violentas que desestabilicen el sistema, “respetables”, “civilizadas”. ¿Quién puede avalar racionalmente la corrupción? Por supuesto que la corrupción indigna, enfurece, subleva incluso. De ahí que las movilizaciones que se pretende encender son especialmente eso: no violentas, “ciudadanas y democráticas”, marcadas por la ideología clasemediera, urbanas, teniendo sí algo que perder (los que se sienten y verdaderamente son “explotados no tienen nada que perder, más que sus cadenas”, se dijo por ahí). El objetivo con el combate anti-corrupción no es cambiar nada de raíz sino simplemente quitar funcionarios públicos corruptos. Es decir: una intervención quirúrgica bien hecha. El círculo se cierra a la perfección: cambiar algo para que no cambie nada. 

Con el triunfo de Jimmy Morales puede verse todo esto en forma elocuente: con una prédica anti-política, repitiendo hasta el cansancio que él, actor, no es “uno más de esos políticos que se roban todo”, ahora llega a la presidencia. ¿Algo cambió? Absolutamente nada. Pero la sensación de la población votante es que ahora hay algo nuevo, fresco, que no carga con los vicios del pasado. El esquema parece que puede ser utilizado en cualquier país de la región: la corrupción es una plaga bíblica que sirve para denunciar a los gritos, muy democrática y civilizadamente, aquello que la Casa Blanca necesite acometer y modificar. ¿Será cierto que lo de Guatemala es un laboratorio para la creación de nuevas CICIG por allí? 

Lo interesante es que esas movilizaciones habidas en Guatemala abrieron la posibilidad de una ciudadanía que puede ir más allá del gatopardismo del combate puntual contra la corrupción. Ahora el desafío de lograr ese ir más allá está puesto sobre la mesa. Habrá que ver si el campo popular puede aprovecharlo. 

miércoles, 21 de octubre de 2015

¿Cuál es la verdad sobre el cambio climático o calentamiento global?



León Moraria
12 de octubre del 2015

         A propósito de la gran campaña mediática, a escala mundial, preparatoria de la “Cumbre de la Tierra” en París, a reunirse el próximo diciembre, vale hacer algunas reflexiones referidas a lo que se escribe y dice con relación al calentamiento global o cambio climático.

         El hombre, desde la prehistoria, por el uso y por el abuso que hace  de la naturaleza, causa daños que con el tiempo se revierten en tragedia, sea cual fuere el sitio donde habite. La actual civilización cada día se hunde más en los escombros que crea, por la destrucción de bosques y selvas, la desertificación de extensas áreas y el más terrible daño, la contaminación del agua potable en todas las formas naturales de suministro: río, glacial, reservorio de agua subterránea o superficial ¿Cuál de estas formas de suministro de agua potable en el planeta, no está contaminada? Hasta la lluvia se ha tornado ácida.

         Muchedumbres sedientas deliran en regiones de la India, África o California por la desecación de los pozos subterráneos que los surtían. En las ciudades y poblaciones de todos los países son cada vez más restrictivos los horarios en el suministro de agua, no tanto por la demanda creciente, sino, por la escasez que causa la contaminación y destrucción de las fuentes. La gran contradicción radica entre la necesidad de agua potable para el consumo humano, agrícola, industrial, y la contaminación de esas aguas por la necesidad de arrojar excretas cloacales o residuos industriales en ríos y lagos.

         En 1896 el químico sueco Svante Arrhenius, descubre la presencia de CO2 en la atmósfera global de la superficie terrestre y formula lo que denominó “efecto invernadero”. Los 120 años transcurridos de ese anuncio, tan sólo han servido para escribir enjundiosos tratados que llenan los estantes de las bibliotecas. La acumulación de CO2 en la atmósfera junto con otros gases, como, el metano proveniente del “permafrost” por el calentamiento del polo Ártico, es creciente en el proceso de crear el “efecto invernadero”.

         Junto a la advertencia de deterioro ambiental por “efecto invernadero”, está la tesis de Malthus (1766-1834), referida al crecimiento poblacional. Advertencia maltusiana complementada por el Informe del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) y el Club de Roma, conocido como “Límites del Crecimiento”. Entre una y otra advertencia transcurrieron doscientos años. De manera que la ceguera del hombre referida al deterioro ambiental no es reciente. Se puede estar o no de acuerdo con las interpretaciones que se le dan a la tesis de Malthus o del Club de Roma, pero, su objetividad es incuestionable.

         En la discusión sobre el calentamiento global, cada quien arrima la brasa para su fogón. Veamos:

         El capital. ¿Cuáles son los objetivos reales de los capitalistas en las cumbres de la Tierra? Uno, salvar el capitalismo acusado de ser el causante del calentamiento global. Otro, dominar en la ONU la capacidad de establecer el derecho internacional para acentuar la dominación sobre los recursos y los países. Establecer el gobierno mundial capitalista (1%) sobre el (99%). Por ejemplo, crear el “derecho a contaminar”, según el cual se les distribuye a todos los países las cuotas respectivas para realizar su propio desarrollo (contaminación). Si el país no utiliza dicha cuota puede venderla a un país que la necesite. Con toda seguridad los 150 o más países pobres del planeta, ante la imposibilidad de realizar su desarrollo, terminan por venden la cuota al mejor postor ¿Y quién las compra? ¡Qué ingeniosidad! “Se peca por la paga y se paga por pecar”.

         Las religiones. El canadiense Maurice Strong y el Baca Ranch (complejo espiritual donde confluyen variedad de creencias)[1], en unión de todas las religiones, transformaron la campaña ecologista en religiosidad basada en el mito bíblico de El Diluvio. En consecuencia, el derretimiento de los glaciales y aumento del nivel del mar hay que aceptarlo como el nuevo diluvio universal ordenado por los dioses para castigar la maldad del hombre. La burguesía (1%) está ideando la construcción de la nueva Arca que navegará las aguas diluviales con destino a Marte y Plutón para la salvación de los animales. Es la forma como las profecías bíblicas siempre aciertan al utilizar la técnica de disparar la flecha y mover el blanco al sitio de impacto. De esa manera nunca se hierra el blanco ¿Será por eso que las profecías bíblicas, Notredamus o el Armagedón resultan siempre tan “acertadas”?

         El gobierno estadounidense. El presidente Bill Clinton firmó el Protocolo de Kioto, pero, al tiempo que lo hacía, le ordenaba a los congresistas demócratas de su partido, no ratificarlo en el Congreso. Es la misma política de mentiras y apariencias que distingue las acciones y decisiones de la Casa Blanca, similar al pretexto de las “armas de destrucción masiva” para la invasión y destrucción de Irak y Afganistán y Libia y Siria y Colombia y Panamá y Granada y Vietnam y Yugoslavia, la lista es larga.

         Socialismo por capitalismo. Propuesta de cambio de sistema económico, del capitalismo (1%) que destruye y contamina, al socialismo benefactor de las mayorías nacionales (99%). ¿Será acaso que el socialismo va a detener la pesca intensiva en los mares y océanos; la agricultura sustentada en tóxicos (pesticidas, fertilizantes); el desagüe de excretas en los ríos; la producción de basura; la extracción de carbón e hidrocarburos indispensables para la actividad productiva industrial y manufacturera; la demolición de las selvas; destrucción de la biodiversidad; y por medio de esas acciones contrarrestar los fenómenos naturales o al menos aplacar su ira furibunda (huracanes, tornados, sequías, inundaciones)? Al socialismo, por esa pretensión, puede ocurrirle lo que al campesino que se propuso enseñar su caballo a vivir sin comer.

         Con gobierno mundial capitalista; con discursos papales; con míticas interpretaciones diluvianas; con doble moral clictoniana; con cambio de sistema económico del capitalismo que destruye, al socialismo igualitario ¿Se podrá revertir o menguar el calentamiento global, el derretimiento de los glaciales en los polos y las cordilleras, la demolición de las selvas y destrucción de la biodiversidad, para contrarrestar los fenómenos naturales o al menos aplacar su ira furibunda?

         Así como el hombre por el constante mejoramiento de los instrumentos de producción construye la Edad de Piedra, la Edad del Bronce y otros estadios en el largo peregrinaje histórico del trabajo, hasta llegar a la Edad o Era del Petróleo, que resultará la más breve, por cuanto en cien años de explotación petrolera, ya alcanzó la cúspide del ascenso productivo, para comenzar a rodar la pendiente del declive inevitable.

         Pregunta ¿Puede la Edad del Petróleo renunciar al plan mundial que le imponen los sistemas económicos predominantes? ¿Puede el desarrollo productivo mundial, por el inmenso dinamismo que le brinda el petróleo, sobrevivir a su agotamiento, sin arrastrar consigo esta civilización y sepultarla en las montañas de basura que genera el desarrollismo consumista? ¿Tiene sustituto el petróleo? ¿Los posibles sustitutos, además deprescindir del petróleo como combustible, pueden asumir sus 400 mil subproductos?

         Pregunta clave ¿Es el hombre o la naturaleza misma, la causa del calentamiento global? En las “cumbres de la Tierra”, de relativa periodicidad (Montreal, Nairobi, Kioto, Copenhague, Cochabamba, París) ¿Qué aporte positivo pueden hacer los representantes de los gobiernos, si los planes económicos de sus respectivos países son todo lo contrario del discurso que pronuncian en dichas cumbres? Si el petróleo es el principal agente contaminador de suelos, ríos, lagos, mares, océanos, la atmosfera, la capa de ozono ¿Qué tienen que decir los presidentes y representantes de países petroleros en dichas cumbres? ¿O presidentes de países con grandes bosques y diversidad de fauna y flora - pulmón del planeta - destruidos de manera constante, sin que hagan nada para detener el ecocidio? ¿Es posible cerrar la válvula de la producción petrolera, detener la destrucción de las grandes selvas, y frenar la contaminación del ambiente natural sin menguar el dinamismo del desarrollo productivo? De no realizar estas posibles acciones ¿Para qué tanto discurso y leguleyismos ambientalistas si todo va a seguir igual? En estas cumbres cada quien hala la brasa para su fogón.

         Otra pregunta ¿Qué está ocurriendo en los meses anteriores a la esperada y añorada Cumbre de la Tierra a reunirse en Paris? En lugar de realizar acciones para disminuir la producción de gases de efecto invernadero, ocurre, por una parte, la más absurda competencia en la producción de hidrocarburos, entre Arabia Saudita y los Estados Unidos para aumentar la producción, que no obedece a razones económicas, sino, a intereses particulares de dominio de mercado. De otra parte, la mayoría de países realizan esfuerzos inusitados en la exploración de hidrocarburos, así haya que ir hasta el centro mismo del planeta para extraerlos. Angustiante esfuerzo que ocurre por igual en la Cuba socialista como en los Estados Unidos, capitalista (el fracking). Mejor motivación a la Cumbre de París ¡Imposible! ¿Será por ello que las cumbres ambientalistas culminan por ser la máxima expresión de hipocresía y cinismo en la disputa por imponer criterios económicos, teológicos, ambientalistas, conservacionistas, imperialistas?

                  El cambio ambiental por calentamiento global es un proceso natural que comenzó hace 12 mil años por el retiro de la última glaciación. Estamos al final de ese proceso por el deshielo de los polos y de los glaciales en las cordilleras (Himalaya, Los Andes, Alpes). Proceso natural indetenible que nada tiene que ver con diluvios bíblicos o Leyenda de Gilgamesh ni con cambio del capitalismo al socialismo ni con la caridad, compasión y misericordia de los discursos papales.

         El concepto de evolución de la materia nos dice que todo está en perpetuo movimiento, desde la ínfima estructura del átomo, a los sistemas terrestres o infinitos sistemas estelares y galácticos. La Tierra tiene movimiento de rotación y de traslación dentro del sistema solar. Este, tiene movimiento de traslación dentro de la galaxia formada por millones de estrellas. Y la galaxia tiene movimiento de traslación dentro del sistema formado por millones de galaxias. Ese perpetuo movimiento de un sistema dentro de otro sistema, tiene que producir y transmitir cambios de la más variada índole, por ejemplo, cambios de temperatura: calentamiento o glaciación. Proceso normal de la evolución de todas las cosas, en lo cual, no priva la acción humana ni mucho menos la deux ex machina que ordena tragedias y calamidades para castigar la soberbia del hombre, tesis que “científicos” de formación teológica, pretenden presentar como explicación del cambio climático o calentamiento global. Según estas teorías de fundamentación teológica, para salvarse de los designios divinos, el hombre tiene que ofrendar de nuevo a los dioses, aves, carneros, doncellas, niños. Las mismas paparruchadas que inventó el hombre en el Neolítico. Surgen los falsos científicos con sus explicaciones teológicas, profetizadas en “libros sagrados” ¡Hasta cuando el hombre va a ser víctima de estas falsedades apocalípticas, del charlatán Notredamus o del trasnochado Armagedón ¡Necedades teológicas, astrológicas, sin fundamento científico!

         La pregunta clave ¿Cuál es el porcentaje de participación del hombre en el proceso de calentamiento global? ¿La participación del hombre es mayor o menor que la participación propia de la naturaleza? Ante la imposibilidad de frenar dicho proceso y la angustia que suscita ¿Es posible detener la evolución de la materia y su movimiento en el espacio y en el tiempo, causa real de los fenómenos físicos, químicos, biológicos, geológicos y de todo tipo? Ante esta realidad científica inobjetable, se pretende, encontrar solución o explicación a los fenómenos naturales, con sofismas teológicos sustentados en “libros sagrados.”

         ¿De qué sirve el avance permanente de la Ciencia, por ejemplo, con el reciente descubrimiento que los científicos con gran sarcasmo denominaron partícula de dios, si el hombre continúa atado al mismo temor e ignorancia que lo aturdía en el Neolítico? En el siglo de la informática, de la nanotecnología, de los satélites y viajes interplanetarios resulta paradójico pretender encontrar en los dioses explicación de los fenómenos naturales. Los dioses nunca han dado explicación de nada y no pueden darla, por cuanto son invención del hombre angustiado, indefenso ante un mundo que le resultaba inmensamente hermoso, pero, abrumadoramente misterioso. Los dioses no son fruto de la sabiduría del hombre, sino, de su ignorancia y primitivismo. Lo peor que puede hacer el hombre para huir de su propia tragedia es recurrir a su invento mítico para buscar explicación. La Ley natural de relaciones recíprocas y efectos mutuos dice:

“Todo cambio introducido en un aspecto, se refleja en el conjunto; el daño que sufre un elemento afecta a todos los demás; la supresión de una parte paraliza el sistema entero. Todo influye en todo.”[2].

         En materia de conservación de la naturaleza, lo que ha habido siempre es, “mucho ruido y pocas nueces”. Mucha hipocresía y mucho cinismo. El aforismo científico dice: “de la Nada nada adviene”.


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[1]              Tierry Meyssan, La Ecología de guerra (I), Red Voltaire 22.04.2010
[2]              Conservación, Arturo Eichler. Tomo I y II. Talleres Gráficos Universitarios. Mérida.1965


lunes, 19 de octubre de 2015

Niños de la calle: entre victimarios y víctimas



Marcelo Colussi 
mmcolussi@gmai.com 
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33

En el Primer Mundo se discute sobre la calidad de vida; en el Tercer Mundo sobre su posibilidad. 

Situando el problema

Desde la década de los ‘50 en los países latinoamericanos se vive un proceso de acelerado despoblamiento del campo y crecimiento desmedido y desorganizado de sus ciudades principales. Muchas de sus capitales, de hecho, están entre las ciudades más pobladas del mundo. Pero pobladas por gente desesperada, que llega a estas enormes urbes para instalarse muchas veces en condiciones infrahumanas. Se calcula que una cuarta parte de la gente que habita ciudades de la región lo hace en asentamientos precarios: favelas, villas miseria, tugurios.

La población escapa a la pobreza, y en muchos casos también a las guerras crónicas, de las áreas rurales. El resultado de todo esto son megápolis desproporcionadas sin planificación urbanística plagadas de barrios mal llamados “marginales”. 

Sumado a este proceso de éxodo interno tenemos las políticas neoliberales que desde los años ‘80 (“la década perdida” según la CEPAL) empobrecieron más las ya estructuralmente pobres economías de la región. Hoy cada niño que nace en Latinoamérica ya sufre la condena de tener sobre sí una deuda de 2.500 dólares con los organismos financieros internacionales (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional). Deuda, obviamente, que repercute en una falta crónica de servicios básicos, en falta de oportunidades, en un futuro ya bastante trazado (y no de los más promisorios precisamente). 

Como consecuencia de estas políticas de “ajuste estructural”, como dicen los tecnócratas, se dio un aumento de la miseria de los siempre pobres sectores agrarios y un aumento de la migración hacia las ya saturadas capitales. Ningún país de la región, aunque a veces se muestren números promisorios en la macroeconomía, resolvió los problemas crónicos de las grandes mayorías. La pobreza real ha aumentado estos últimos años, haciendo más grande la distancia entre ricos y pobres. Los asentamientos precarios van albergando cada vez más gente, casi tanta gente como los barrios formales. Pareciera que hay un proceso de exclusión donde el sistema expulsa, hace “sobrar” población. Pero si la “gente sobra”, esto sólo puede darse en la lógica económico-social dominante, nunca en términos humanos concretos. La gente está allí y tiene derecho a vivir (junto a otros derechos que le aseguran una vida digna y con calidad). Uno de cada dos nacimientos en el mundo tiene lugar en un barrio “marginal” (¿o marginalizado?) del antes llamado Tercer Mundo. Y, por lo pronto, hay 4 nacimientos por segundo. 

El problema, valga aclararlo, no está en el aumento constante de bocas a alimentar. Alimentos hay, y de sobra. Se calcula que la humanidad dispone entre un 40 a 50% más de los alimentos necesarios para nutrirse. Si hay hambre, ello obedece a razones enteramente modificables. No hay designios naturales ni divinos en eso. 

Donde más golpea la pobreza, por cierto, es en la infancia.

El círculo maldito de la pobreza

Niños nacidos en la pobreza, niños de barrios marginalizados, niños que, desde el inicio, para la lógica dominante “sobran”. No los esperará entonces, seguramente, un mundo de rosas. Si uno de estos niños tiene suerte y no muere de alguna enfermedad previsible o por inanición, trabajará desde muy pequeño. Quizá termine la escuela primaria, pero probablemente no. Casi con seguridad no asistirá a la escuela media; mucho menos a la Universidad (en Latinoamérica eso sigue siendo aún un lujo). Se criará como pueda: pocos juguetes, mucha violencia, poco cuidado paterno (padres que trabajan fuera de la casa como constante); seguramente se criará junto a muchos hermanos: seis, ocho, diez. Esto en el campo, donde se necesitan muchos brazos para las faenas agrícolas, es parte de la cultura cotidiana; pero en un asentamiento precario en medio de una gran ciudad es ante todo un problema. Su trabajo será en las calles, no bajo la supervisión de sus padres. Trabajo, por otro lado, siempre descalificado, muy poco remunerado, siempre en situación de riesgo social: la violencia, la transgresión, las drogas estarán muy cerca. Esto se potencia en el caso de las niñas.

Pero dicho sea de paso: ese trabajo mal remunerado y en condiciones peligrosas aporta no menos del 20% del ingreso familiar de muchos países de la región. Es decir que sin ese trabajo –que, por supuesto, hipoteca el futuro de niñas y niños– los hogares serían más pobres de lo que son.

La pobreza de donde provienen estas niñas y niños no se concibe sólo en términos de ingreso monetario, siempre escaso por cierto. También lo es en cuanto a recursos en general para afrontar la vida, en conocimientos, en experiencias. Las familias “reproductoras” de niños que van a trabajar, o en algunos casos vivir, a las calles son en general numerosas, con dinámicas violentas, con antecedentes de alcoholismo, en algunos casos promiscuas, a veces con historias delincuenciales. Pero todo ello no por una cuestión de “dejadez”, de “vicio moral”. Es el síntoma de una descomposición social creciente de un sistema que, en vez de integrar gente, la expulsa. El “ejército de desocupados” del que hablaban los clásicos del materialismo histórico en el siglo XIX sigue absolutamente vigente. El capitalismo neoliberal usa ese ejército de forma cada vez más inmisericorde. 

Todo este nivel de descomposición social es más fácil que se de en un grupo marginado económica y socialmente (los que “sobran”) antes que en los sectores integrados. Lo dramático es que la población “sobrante” aumenta, y por ende sus niños, que son quienes terminan poblando las calles. 

En cualquier ciudad latinoamericana vemos como algo común ejércitos de niños deambulando por las calles. Desde muy tempranas edades, sucios, harapientos, a veces con su bolsita de inhalante en la mano, estos niños y niñas ya forman parte del paisaje cotidiano: menores de edad que venden cualquier baratija, lustran zapatos, lavan automóviles, mendigan o simplemente roban, y pasan sus días en parques, mercados o terminales de autobuses haciendo nada.

El fenómeno es relativamente nuevo, de las últimas décadas; pero lo peor es que está en franca expansión. Se estima que en todo el mundo hay 150 millones de niños que trabajan o viven en las calles. ¿Por qué? ¿Cuál es la verdadera historia de los niños de la calle?

La calle atrapa

Establecidos en las calles es muy fácil que algunos se perpetúen allí. Y cuando esto sucede, cuando se cortan los vínculos con las familias de origen, la inercia lleva a que sea muy difícil salir de ese ámbito. Callejización, consumo de drogas y transgresión van de la mano. “Para una innumerable cantidad de niños y jóvenes latinoamericanos la invitación al consumo es una invitación al delito. La televisión te hace agua la boca y la policía te echa de la mesa”, reflexionaba sobre esto Eduardo Galeano. Un niño finalmente se queda a vivir en la calle porque escapa así a un infierno diario de violencia, desatención, escasez material. Recordemos que pobreza no es sólo falta de dinero efectivo; es también falta de posibilidades para el desarrollo, desatención, violencia. Lo que, casualmente, se encontrará ante todo en los grupos más sumergidos, en las “poblaciones excedentes”.

Son varias las instituciones que se ocupan del problema de los niños de la calle: las públicas (“centros de reorientación de menores”, en general reformatorios o cárceles) con una propuesta más punitiva y en dependencia de dictámenes legales; las no gubernamentales con proyectos de corte humanitario o caritativo, muchas veces ligadas a iglesias.

Más allá de buenas intenciones y diversidad de metodologías, el impacto de sus acciones es relativo; por supuesto que una atención puntual en un caso, o un apoyo concreto para la sobrevivencia, puede ser mucho. Y ni hablar de algún niño rescatado de esta situación y reubicado en otra perspectiva. Ello es encomiable. De todos modos el fenómeno en su conjunto no se termina, por el contrario crece.

El supuesto “amor” de la caridad religiosa no alcanza. “Amar” incondicionalmente a un niño paria es, finalmente, un engaño. ¿A título de qué amar tanto? Un proyecto humano no se puede construir a base de caridad, porque ello ratifica la diferencia: uno que tiene y puede dar a un necesitado de todo. Eso no es un modelo sostenible. Además, y valga enfatizarlo, muchas, muchísimas veces, esta filantropía desinteresada, este “amor” incondicional de activistas caritativos que “se quitan el pan de la boca para dárselo a estos niños menesterosos” encubre acciones perversas: tanto aman a los niños de la calle que… muchos casos terminan en violaciones. 

Niños de la calle: ¿victimarios o víctimas? ¿Qué hacer entonces?

No debe olvidarse que esos mismos niños y jóvenes deben procurarse algún sustento, y lo más a la mano al respecto termina siendo, irremediablemente, el hurto. Una cadena, un reloj, una cartera, un equipo de sonido de un vehículo pasan a ser el alimento cotidiano de estos parias. (A propósito: ¿cuántas veces nos enteramos de reducidores de estos objetos robados que caen detenidos?). En tal sentido, en tanto transgresores, son victimarios. 

De ningún modo se pude justificar una conducta transgresora; en el marco de las sociedades capitalistas donde el fenómeno de la niñez callejizada tiene lugar, no se puede premiar el atentado contra la propiedad privada. Robar una billetera a un transeúnte es un acto delictivo, estamos claros. Pero hay que partir por reconocer que la problemática concierne a todos. Cada niño durmiendo en una plaza o con su bolsa de pegamento es el síntoma que indica que algo anda mal en la base; taparse los ojos ante esto no soluciona nada. 

Los niños, el eslabón más débil de la cadena, son la esperanza de un futuro distinto; también los de la calle (convengamos en que la Historia aún no ha terminado, y si lo que vemos hoy día es un aumento de la pobreza, aún caben las esperanzas de “otro mundo posible”). Estigmatizarlos no servirá para contribuir a algo nuevo. “La continuada marginación económica y social de los más pobres está privando a un número creciente de niños y niñas del tipo de infancia que le permitirá convertirse en parte de las soluciones de mañana, en vez de pasar a engrosar los problemas. El mundo no resolverá sus principales problemas mientras no aprenda a mejorar la protección e inversión en el desarrollo físico, mental y emocional de sus niños y niñas” (UNICEF). Los niños de la calle, en tal sentido, son las víctimas de un sistema, quizá las más golpeadas. 

Ahora bien: más allá de bienintencionadas declaraciones, correctas en sí mismas, está más que claro que el problema de niñas y niños en la calle no se puede solucionar independientemente del entorno que los crea, de las condiciones por las que surgen. Aunque mágicamente se les hiciera desaparecer a todos hoy, mañana seguro habrá más, porque el chorro que los produce no se ha cerrado. Son un síntoma. Y para curar un síntoma hay que ir a las causas. 

Son victimarios en tanto roban por la calle, eso está fuera de discusión. Pero ¿acaso el sistema económico-político-social que los crea no es un atentado a la vida, una afrenta a la humanidad? Que sea legal, que las políticas neoliberales y capitalistas en general sean legales, que todo ello sea la legalidad estatuida, no significa que sea justa. “La ley es lo que conviene al más fuerte”, enseñaba Trasímaco de Calcedonia hace dos mil quinientos años. Y tenía razón. Se trata, entonces, de crear otro marco general donde no haya fuertes que se tragan a los débiles. 

jueves, 8 de octubre de 2015

12 de octubre: una herida abierta



Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com, 
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33

"Hemos venido aquí a servir a Dios y al Rey, y también a hacernos ricos"

Bernal Díaz del Castillo, Guatemala, siglo XVI


"¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. (…). Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado". 

Domingo Faustino Sarmiento. Argentina, Diario El Nacional del 25/11/1876


"Los pueblos indios además de nuestros problemas específicos tenemos problemas en común con otras clases y sectores populares tales como la pobreza, la marginación, la discriminación, la opresión y explotación, todo ello producto del dominio neocolonial del imperialismo y de las clases dominantes de cada país". 

Declaración de Quito, 1992


Hace 523 años el grito proferido por Rodrigo de Triana la madrugada de un 12 de octubre desde su puesto de vigía en el palo mayor de la Pinta informando de la tierra avistada, cambiaría dramáticamente el curso de la historia. Sus repercusiones siguen estando presentes: son, sin más, el cimiento de nuestro mundo actual. Puede decirse sin temor a equivocarnos que el amanecer de ese día comenzó el verdadero proceso de globalización, completado hace unas décadas con la caída del campo socialista con su grito triunfal de “terminó la historia”, siendo al mismo tiempo el ocaso de las civilizaciones americanas originarias.

Más de cinco siglos han pasado desde aquel entonces, y la deuda pendiente no parece llegar a su fin. En un sentido, esa deuda es impagable. ¿Por qué?

El "descubrimiento" de América –eufemísticamente llamado "encuentro de dos mundos"– (lo que, más que encuentro, fue "encontronazo")–, o lo que con más precisión podemos llamar "el inicio del mundo moderno capitalista", es un hecho de una trascendencia sin par en la historia de la Humanidad: inaugura un escenario novedoso que sienta las bases para la universalización de la cultura del imperio dominante, ya a escala planetaria en aquel entonces, mucho más solidificado en la actualidad, cinco siglos después, con la entrada triunfal de las tecnologías de la comunicación e información que vuelven al planeta una verdadera aldea global. El imperio dominante del siglo XVI era el incipiente –pero ya avasallador– capitalismo europeo (representado en ese momento por la España imperial y la Gran Bretaña que se empezaba a industrializar). "Modo de vida occidental", podría llamarse ahora, o libre empresa, o economía de mercado. La llegada de los europeos a tierra americana y su posterior conquista fue la savia vital que alimentó la expansión del capitalismo. 

Estas circunstancias de la historia colocan ese encuentro de civilizaciones en la perspectiva de una relación absoluta y radicalmente desigual; en términos estrictos fue más que un "encuentro": fue el sojuzgamiento (sanguinario) de una sobre otra. Fue, en principio, una invasión militar, seguida luego de un avasallamiento cultural. Hubo vencedores y vencidos, sin lugar a dudas, por lo que la idea de "encuentro" es demasiado débil, ingenua en el mejor de los casos. ¡O hipócrita! 

El 12 de octubre marca la irrupción violenta de la avidez europea (capitalista) en el mundo, llevándose por delante –religión católica mediante– toda forma de resistencia que se le opusiera, y haciendo de su cultura la única válida y legítima, la presunta "civilización". Lo demás fue condenado al estatuto de barbarie. En tal sentido, entonces, lo que se produce en ese lejano 1492 es, con más exactitud, un encontronazo monumental, sangriento, despiadado. Por cierto, salen mejores parados del mismo los que detentaban la más desarrollada tecnología militar. Y para el caso, fueron los españoles. Al día de hoy, esa relación no ha cambiado en lo fundamental, y de la espada y la cruz pasamos a la dependencia tecnológica y a las impagables deudas externas de nuestros países.

Han pasado 523 años desde aquel grito, y ningún habitante originario del continente americano se siente "descubierto". En realidad no hay nada que festejar el 12 de octubre, no hay "día de la raza" o "día de la hispanidad" que venga a cuento. Hay una historia forjada a sangre y fuego, sigue habiendo una herida abierta, y fundamentalmente hay una deuda no saldada. ¿Quién la va a pagar? ¿Es posible pagarla?

Por otro lado: ¿qué "raza"? La historia la escriben los que ganan, por lo que ese encontronazo de civilizaciones fue contado por los vencedores –los españoles, para el caso, luego los anglosajones en relación a América del Norte– en la forma de "hazaña", de "gesta gloriosa". Los pueblos americanos no tienen la misma versión. No digamos la población negra de África, que más tarde fue transplantada al continente "descubierto" en calidad de mano de obra esclava. ¿Cuál es la proeza en todo ello? Si a alguien benefició todo esto, seguro que no fue ni a los africanos ni a los americanos. 

Pero hay algo bien importante: el triunfo de la conquista fue muy grande, y los latinoamericanos seguimos sufriendo hoy "complejo de inferioridad". No es infrecuente ver en cualquier ciudad latinoamericana, o incluso en sus regiones rurales, a algún ciudadano (hombre o mujer) de aspecto aindiado, moreno, en definitiva: no-blanco desde el punto de vista fenotípico, con el cabello teñido de rubio. En esta sufrida región del mundo, para ambientar un programa cultural radial o televisivo, en principio a cualquiera se le podría ocurrir usar música llamada "clásica" (música académica europea de los siglos XVII, XVIII o XIX) y no, seguramente, cumbia o ranchera. Y si se trata de organizar una cena de lujo muy probablemente cualquier habitante latinoamericano pensaría en ofrecer langosta, algún plato con un complicado nombre en francés –aunque no se sepa bien qué es–, lasagna quizá… pero seguro que no arepa, humita ni indio viejo. Y por supuesto, para ir "bien" vestido, un varón debe llevar saco y corbata y una mujer tacones altos con joyas y mucho perfume; sería de "mal gusto" presentarse en güipil o con chaqueta de colores típicos como el actual presidente de Bolivia, Evo Morales. Los palacios gubernamentales, aún rodeados de palmeras y bajo abrasadores soles tropicales, deben tener muchas columnas jónicas y dóricas con amplias escalinatas de mármol como los de los "hombres blancos" del norte, y la juventud "chic" canta en inglés. ¡¿Cómo habría de tararear una canción en guaraní o en mapuche?! Y en diciembre, ¡por supuesto!, los malls (también se puede decir shopping centers) se llenan de pinos plásticos y nieve artificial con un viejo barbudo vestido con trajes de piel (que nunca se sabe de qué se ríe…) y que viaja en trineo (¿trineo para la nieve en nuestros países?). Y si pensamos en pirámides fabulosas, pensamos en las de Egipto, olvidando que en Mesoamérica hay otras tan fantásticas como aquéllas (la más grande del mundo, por cierto, está en Guatemala: El Mirador). Dato marginal: la civilización maya llegó al concepto de número cero hace más de mil años, cuando en Europa se perseguían brujas por herejía. ¿Por qué lo latinoamericano no es "civilizado"? ¿Maldición de Malinche? Ah, por cierto: la "civilizada" Europa aún mantiene reyes. Sí, sí: monarcas, majestades, ¡parásitos que viven lujosamente sin trabajar! ¿Civilización?

Mucho tiempo ha pasado desde la llegada de los europeos al "Nuevo Mundo"; la historia siguió su paso, y de aquel momento inaugural del capitalismo hoy tenemos un Norte desarrollado, opulento, y un Sur que se debate en la pobreza y la dependencia. Por cierto que mucho ha cambiado el mundo en estos más de cinco siglos. Que "la rueda de la historia haya avanzado" es una cuestión abierta que llama a la discusión; para las grandes civilizaciones como la inca, la azteca, la maya, no parece que este "descubrimiento" haya tenido grandes beneficios. Para el capitalismo europeo, fue toral: consistió en su acumulación originaria, su empuje inicial. Sin la conquista de América no podría haber habido capitalismo europeo. 

Hoy, 523 años después del grito que comenzaba a cambiar la historia, los pueblos americanos (hay quien los llama "precolombinos"… ¿Antes de Colón? ¿No suena ostentoso eso: antes de Colón no había historia?), no se han recuperado aún del trauma que significó la llegada "del hombre blanco"; de grandes civilizaciones, tan o más desarrollados que los europeos, pasaron a ser mano de obra casi esclava, destruyéndoseles buena parte de su rico acervo cultural, condenados a grupos subalternos. Las empleadas domésticas y los trabajos más mal pagados en cualquier punto de América no lo hacen los blancos. 

¿Cómo limpiar esa afrenta histórica? 

La historia siguió su curso; la historia oficial, aquella que cuentan los ganadores, intentó borrar esas grandes culturas transformando a sus miembros en ciudadanos de países inventados en estos últimos siglos: los incas pasaron a ser peruanos, los mayas guatemaltecos, los aymarás bolivianos, los aztecas mexicanos, los guaraníes paraguayos, los mapuches chilenos, etc. Las tierras saqueadas en la conquista, los recursos robados y enviados a España –que terminaron enriqueciendo a la emergente industria europea–, los miles y miles de vidas de amerindios segadas, la humillación a que se sometió a los pueblos americanos, la postración histórica a la que se les condenó y de la que hoy, como Tercer Mundo, cuesta tanto remontar… ¿se puede resarcir? ¿Quién lo va a pagar? ¿Cómo? La entrega del Premio Nobel de la Paz a la dirigente maya-quiché Rigoberta Menchú el día del 500 aniversario del inicio de la conquista es un buen gesto, pero no basta. 

El 12 de octubre, más que día de festejo (¿qué festejar?) debería ser un día de vergüenza humana.