lunes, 20 de julio de 2015

Crítica del patriarcado: fundamento para una nueva concepción del poder *




Marcelo Colussi

Síntesis
El patriarcado es una ideología que involucra a todos los habitantes de las sociedades donde se da, tanto varones como mujeres. Se trata, en esencia, de una asimétrica relación de poder. Las mujeres llevan la peor parte en esto, por cuanto sufren la exclusión y reciben los golpes, en todo sentido, mientras que los varones, por el contrario, se benefician de esos injustificados privilegios, dado por razones enteramente sociales (es decir: construidas, por tanto modificables). Esa situación, injusta y que debe ser transformada por razones elementales de equidad, no sólo constituye una flagrante desigualdad entre las dos mitades de la población sino que sienta las bases para una sociedad autodestructiva. El patriarcado va indisolublemente ligado a la categoría de propiedad privada, lo que implica la defensa a muerte de la misma, el autoritarismo y la exclusión de unos (los desposeídos) por otros (los poseedores, los propietarios). Todo ello se articula con el trasfondo fundante del poder en tanto imposición de la voluntad de unos sobre otros. El poder, en esa perspectiva, se recorta sobre una perspectiva masculinizante; dicho de otro modo: falocéntrica. En ese sentido, hacer una crítica radical del patriarcado no sólo sirve para dejar de perjudicar a las mujeres, tarea imprescindible por cierto, sino para sentar las bases de una futura sociedad con una nueva concepción del poder, menos autoritaria y más horizontal.

Palabras clave
Patriarcado, machismo, poder, género, asimetrías.

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Situando el problema
No es ninguna novedad que las mujeres gozan de menos derechos que los varones en prácticamente todos los rincones del mundo. Eso está comenzando a cambiar, muy lentamente quizá, pero sin vuelta atrás. Ya hay transformaciones importantes en curso, aunque todavía resta muchísimo por avanzar. Lo cierto es que el patriarcado, con mayor o menor virulencia, sigue siendo aún una cruel realidad en todo el planeta. No puede precisarse cómo seguirán esos cambios, con qué velocidad, cuál será el producto de todo ello. El aporte aquí presentado pretende ser un elemento más para esa gran transformación ya en marcha. Lo más importante a destacar es que algo comenzó a moverse y debemos seguir impulsando esa tendencia.

Amparados en la pseudo explicación de "ancestrales motivos culturales", puede entenderse –jamás justificarse– la lógica que hay en juego en el patriarcado. A partir de descifrar eso, puede entenderse una retahíla de atrocidades: los arreglos matrimoniales hechos por los varones a espaldas de las mujeres, el papel sumiso jugado por éstas en la historia, el harem, la ablación clitoridiana; puede entenderse que una comadrona en las comunidades rurales de Latinoamérica cobre más por atender el nacimiento de un niño que el de una niña, o puede entenderse la lógica que lleva a la lapidación de una mujer adúltera en el África.






En ese orden –y es lo que tratará de explicitarse en este escrito– puede verse cómo esa matriz fundamenta nuestras sociedades basadas en clases sociales, asimétricas, y por tanto, violentas. Propiedad privada, familia, dominación y patriarcado son elementos de un mismo conjunto. Es imposible –quimérico, podría agregarse– pretender establecer un orden cronológico en todo ello. Lo cierto es que, desde sus orígenes hasta la fecha, funcionan indisolublemente. El pensamiento dominante de una época, la ideología –también las religiones, con la importancia toral que han tenido y continúan teniendo en la actualidad en todos los asuntos que podrían llamarse sociales, o éticos–, certifican esta unión entre los elementos mencionados. Nuestras sociedades se basan indistintamente en todo eso: propiedad privada, su defensa violenta (léase: guerras, entre otras cosas, represión de toda protesta social, de todo intento de cambio), y patriarcado son una misma cosa.

En toda relación interhumana, la ideología dominante parte de la base (errónea por cierto) de una situación "natural", que interesadamente podría tomarse por "normal". Pero sucede que en la dimensión humana no hay precisamente "buenos" y "malos", ángeles y demonios, una normalidad dada de antemano, genética. Menos aún, una pretendida normalidad determinada por los dioses (dicho sea de paso: ¿cuáles?, visto que existen tantos). Hay, en todo caso, conflictos ("La violencia es la partera de la historia", anunciaba Marx con una clara inspiración hegeliana). El paraíso libre de conflictos es un mito, está irremediablemente perdido.

Quizá en un arrebato de modernidad podríamos llegar a estar tentados de decir que las religiones más antiguas, o los albores de las actuales grandes religiones monoteístas, son explícitas en su expresión abiertamente patriarcal, consecuencia de sociedades mucho más "atrasadas", sociedades donde hoy ya se comienza a establecer la agenda de los derechos humanos, incluidos los de las mujeres, sociedades que van dejando atrás la nebulosa del así llamado "sub-desarrollo". Así, no nos sorprende, por ejemplo, que dos milenios y medio atrás, Confucio, el gran pensador chino, pudiera decir que "La mujer es lo más corruptor y lo más corruptible que hay en el mundo", o que el fundador del budismo, Sidhartha Gautama, aproximadamente para la misma época expresara que "La mujer es mala. Cada vez que se le presente la ocasión, toda mujer pecará".

Tampoco nos sorprende hoy, en una serena lectura historiográfica y sociológica de las Sagradas Escrituras de la tradición católica, que en el Eclesiastés 22:3 pueda encontrarse que "El nacimiento de una hija es una pérdida", o en el mismo libro, 7:26-28, que "El hombre que agrada a Dios debe escapar de la mujer, pero el pecador en ella habrá de enredarse". O que el Génesis enseñe a la mujer que "parirás tus hijos con dolor. Tu deseo será el de tu marido y él tendrá autoridad sobre ti", o el Timoteo 2:11-14 nos diga que "La mujer debe aprender a estar en calma y en plena sumisión. Yo no permito a una mujer enseñar o tener autoridad sobre un hombre; debe estar en silencio".

Reconociendo que los prejuicios culturales, racistas y machistas, siguen estando aún presentes en la humanidad pese al gran progreso de los últimos siglos, desde una noción occidental (eurocentrista), podría pensarse que son religiones "primitivas" las que consagran el patriarcado y la supremacía masculina. Así, ente la población africana, es común que en nombre de preceptos religiosos (de "religiones paganas" se decía no hace mucho tiempo) más de 100 millones de mujeres y niñas son actualmente víctimas de la mutilación genital femenina, practicada por parteras tradicionales o ancianas experimentadas al compás de oraciones religiosas a partir del concepto, tremendamente machista, que la mujer no debe gozar sexualmente, privilegio que sólo le está consagrado a los varones, mientras que eso por cierto no sucede en sociedades "evolucionadas".

Incluso podría decirse que si la religión católica consagró el machismo, eso fue en tiempos ya idos, pretéritos, muy lejanos, y no es vergonzante hoy que uno de sus más conspicuos padres teológicos como San Agustín dijera hace más de 1,500 años: "Vosotras, las mujeres, sois la puerta del Diablo: sois las transgresoras del árbol prohibido: sois las primeras transgresoras de la ley divina: vosotras sois las que persuadisteis al hombre de que el diablo no era lo bastante valiente para atacarle". Es decir: la mujer siempre como objeto, y más aún: objeto peligroso.

En esa línea, tampoco llama la atención que hace ocho siglos Santo Tomás de Aquino, quizá el más notorio de todos los teólogos del cristianismo, y presente entre nosotros en nuestra ideología cotidiana aunque no se lo cite textualmente, expresara: "Yo no veo la utilidad que puede tener la mujer para el hombre, con excepción de la función de parir a los hijos".

Las religiones, y por tanto el sentido común dominante, ven en la sexualidad un "pecado", un tema problemático. Sin dudas, ese es un campo problemático. Pero no porque lleve a la "perdición" (¿qué será eso?) sino porque es la patencia más absoluta de los límites de lo humano: la sexualidad fuerza, desde su misma condición anatómica, a "optar" por una de dos posibilidades: "macho" o "hembra".

La constatación de esa diferencia real no es poca cosa: a partir de ella se construyen nuestros mundos culturales, simbólicos, de lo masculino y lo femenino, yendo más allá de la anatómica realidad de nacimiento. Esa construcción es, definitivamente, la más problemática de las construcciones humanas, y siempre lista para el desliz, para el "problema", para el síntoma (o, dicho de otra manera, para el goce, que es inconsciente. ¿Cómo entender desde la lógica "normal" que un impotente o una frígida gocen con su síntoma?). A partir de esa construcción simbólica, se "construyó" masculinamente la debilidad femenina. Así, la mujer es incitación al pecado, a la decadencia. Su sola presencia es ya sinónimo de malignidad; su sexualidad es una invitación a la perdición, a la locura.

De ahí al moralismo condenatorio, un paso. "Adán y Eva y ¡no Adán y Esteban!", vociferaba un predicador evangélico, Biblia en mano. No caben dudas que el campo de la sexualidad y las relaciones afectivas en su sentido amplio siguen siendo –no hay otra alternativa parece– el doloroso talón de Aquiles de lo humano. ¿Por qué, indefectiblemente, en toda cultura y todo momento histórico, se ocultan las "zonas pudendas"? Pero, ¿por qué son pudendas?, justamente. ¿Por qué toda la construcción en torno a esto es tan, pero tan problemática?

El psicoanálisis nos da la pista: no queremos saber nada de la incompletud, de la falta, por eso tapamos los órganos que nos ¿avergüenzan?, porque descubren que estamos en una carencia original: no podemos ser al mismo tiempo todo, machos y hembras. Por eso se prefiere una psicología de la felicidad que nos otorgue manuales y fórmulas de autoayuda para ¿triunfar en la vida? y asegurar el "amor eterno" (que, en realidad, no dura mucho), y nos exime de esta angustiante tarea de reconocer la incompletud. Resaltar la misma no es muy grato, hiere nuestro narcisismo; mantener la ilusión de la completud obviando el conflicto a la base, es mucho más gratificante. Las religiones, en general, no dicen algo muy distinto a esta psicología de la buena voluntad, de la felicidad. Por eso todavía siguen ocupando un importante lugar en la dinámica humana.

Como un dato con algo de "perturbador" (al menos para la conciencia tradicionalista y reaccionaria) que no puede dejarse pasar inadvertido, valga considerar este ejemplo que debería cuestionar radicalmente esta ideología de la virilidad, del "macho": en la ciudad de Guatemala, (capital de un país conservador desde el punto de vista ético, declaradamente cristiano –pero con un porcentaje de abortos de los más altos de Latinoamérica, por supuesto clandestinos–), en la última década la cantidad de travestis que ofrecen sus servicios en las calles aumentó en un 1,000%.

¿Cómo leer el fenómeno? ¿Se vuelve más "degenerada" la sociedad, o se permite externar más algo que estaba latente desde siempre? Considérese que quienes demandan el servicio son siempre varones (¿oficialmente heterosexuales y monogámicos?). Si subió tanto la oferta, es porque hay demanda, nos podrían decir los mercadólogos. Esto de ser ¡puro macho! habría que empezar a ponerlo en cuestión. Lo cual ayudaría a repensar críticamente –para buscarle alternativas, claro está– a la ideología patriarcal.

Toda esta misoginia que nos envuelve, este machismo que marca tanto a varones como a mujeres, tan condenable sin dudas, podría entenderse como el producto de la oscuridad de los tiempos, de la falta de desarrollo, del atraso que imperó siglos atrás en Occidente, o que impera aún en muchas sociedades contemporáneas que tendrían todavía que "madurar" (y que, por ejemplo, aún lapidan en forma pública a las mujeres que han cometido adulterio, como los musulmanes, o les obligan a cubrir su rostro ante otros varones que no sean de su círculo íntimo).

El Occidente "civilizado" ya no usa cinturón de castidad, pero es realmente para caerse de espaldas saber que hoy, entrado ya el siglo XXI, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana sigue preparando a las parejas que habrán de contraer matrimonio con manuales como 20 minutos Madrid, del 15 de noviembre de 2004, año V., número 1.132, página 8, donde puede leerse que
La profesión de la mujer seguirá siendo sus labores, su casa, y debería estar presente en los mil y un detalles de la vida de cada día. Le queda un campo inmenso para llegar a perfeccionarse para ser esposa. El sufrimiento y ellas son buenos amigos. En el amor desea ser conquistada; para ella amar es darse por completo y entregarse a alguien que la ha elegido. Hasta tal punto experimenta la necesidad de pertenecer a alguien que siente la tentación de recurrir a la comedia de las lágrimas o a ceder con toda facilidad a los requerimientos del hombre. La mujer es egoísta y quiere ser la única en amar al hombre y ser amada por él. Durante toda su vida tendrá que cuidarse y aparecer bella ante su esposo, de lo contrario, no se hará desear por su marido.

La idea de "pecado decadente" ligado a las mujeres, no sólo en el catolicismo, sigue estando presente en diversas cosmovisiones religiosas, todas de extracción patriarcal. Esta cita, que podría tomarse como una exageración, es lo que sigue alimentando la ideología dominante. No hay cinturón de castidad…, al menos en la realidad. Pero hay mucho que seguir trabajando aún en todo esto.

Patriarcado: ¿por qué?
Abrir una crítica contra el machismo dominante –que, por lo visto, atraviesa la historia humana y está presente en todas las latitudes– es imprescindible. Pero, ¿por qué? Podría comenzarse diciendo que por una cuestión de equidad mínima, por justicia universal y respeto por parte de los varones (dominadores hasta ahora) hacia las mujeres (las dominadas). Sin dudas si alguien sale perjudicado en esta asimétrica relación, es el género femenino. "Gracias dios mío por no haberme hecho mujer", reza una oración hebrea. Abundar con ejemplos acerca de esta injusta situación no es el objetivo de este texto (sobran por demás en la vida cotidiana), pero partimos de saber que los mismos son el punto de partida de la presente reflexión.

Por razones de la más elemental ecuanimidad debería corregirse, de una vez por todas, esta aberración del patriarcado. ¿Con qué derecho un varón tendría más cuota de poder que una mujer? ¿Por qué lo que a uno de los géneros se le prohíbe ("canas al aire", por ejemplo) en otros se tolera, o se aplaude incluso? ¿Por qué la irracional, absurda y malintencionada visión de las mujeres como malas conductoras de automóviles si estadísticamente está más que demostrado que tienen menos accidentes que los varones? (porque no son tan irresponsables, cuidan más su vida y la de los otros, cumplen más fielmente los reglamentos de tránsito). ¿Por qué los golpes lo siguen recibiendo siempre ellas y no ellos?

Por supuesto que no hay ningún "derecho natural", ninguna presunta determinación biológica que lo "justifique". Es una pura construcción histórica, una ideología del poder masculino que se ha impuesto, una nefasta injusticia –una más de tantas– que pueblan la vida humana. No se trata, entonces, de hacer un mea culpa por parte de los varones "salvajes, malos y abusivos" para tornarse más "piadosos", más "buenos". Definitivamente, no va por allí la cuestión.

Por cierto, un cambio en la construcción de las relaciones humanas daría como resultado una equiparación en derechos y deberes por parte de ambos géneros. De eso se trata, y no de un "abuenamiento" de los machos violentos.

Pero se quiere poner ahora el acento en otra vertiente. ¿Dónde nos lleva el patriarcado? ¿Por qué no ser machistas? No sólo porque los varones no tienen ningún derecho sobre las mujeres (¡que no son su propiedad, aunque todavía las mujeres casadas utilizan el genitivo "Sra. «de» Fulano"!) sino –y quizá esto puede ser lo fundamental– porque el modelo de sociedades patriarcales que se ha venido construyendo desde que tenemos noticia, propiedad privada de por medio, ha estado centrado en la supremacía varonil.

El poder, hasta ahora, se ha venido concibiendo como un hecho "masculino". La representación del poder es siempre un símbolo fálico (bastón de mando, cetro, báculo pastoral). Incluso los prelados católicos, que hicieron voto de castidad, representan su mandato con una evocación de aquello que no usan como órgano sexual y se une con lo fálico. El falocentrismo nos atraviesa.

Decir que la organización social es fálica apunta a concebir las relaciones interhumanas vertebradas en torno a un símbolo, un articulador que representa
la potencia soberana, la virilidad trascendente, mágica o sobrenatural y no la variedad puramente priápica del poder masculino, la esperanza de la resurrección y la potencia que puede producirla, el principio luminoso que no tolera sombras ni multiplicidad y mantiene la unidad que eternamente mana del ser (Lacan, 1958)

El falo, entonces, es el gozne que ordena una realidad de subjetividades, y si bien se inspira en el órgano sexual masculino, no es correlativo con él. El poder está concebido fálicamente; por tanto, tiene los atributos masculinos. Hoy por hoy, en nuestras patriarcales sociedades, una mujer que detente cuotas de poder, es considerada "masculina". Una mujer dominante "las tiene bien puestas", es la Dama de Hierro. Imagen masculinizada sin ningún atenuante.

Las sociedades que se han tejido en torno a este resguardo de la propiedad privada han sido tremendamente masculinizadas, entendiendo por "masculino" todo lo que se liga con los atributos de un "macho": fuerza, poderío, supremacía. La resistencia femenina ante el dolor de un parto, por ejemplo, ni siquiera se considera. Lo "importante" es lo varonil. Si se pregunta por el trabajo de una mujer, la ideología dominante sigue respondiendo: "no, no trabaja; es ama de casa". ¿No es importante ese trabajo acaso?

Si ese ha sido el molde con el que se edificaron las sociedades –machistas, basadas en la supremacía del más fuerte, competitivas y llevándose todo por delante, destruyendo al otro que termina siendo siempre adversario a vencer– los resultados están a la vista. Más allá de pomposas declaraciones de igualdad, justicia, paz y entendimiento (que nadie cree realmente, fuera de los actos protocolarios), la historia se sigue definiendo por quién detenta el garrote más grande (hoy día podría decirse: mayor cantidad de misiles nucleares intercontinentales).

Lo varonil: sinónimo de violencia
La "conquista" –que es siempre agresiva, impositiva, muy de machos– sigue siendo lo dominante. Se "conquistan" mujeres, territorios, incluso el espacio sideral. También en el campo del saber se habla de "conquistas" científicas. Si esa es la matriz que nos constituye (¿machista, patriarcal, centrada en el garrote más grande como definición última de nuestra dinámica?), el resultado habla por sí solo. Ese es el mundo que tenemos: se gasta más en armas que en satisfacer las necesidades básicas de la humanidad. Y aunque se habla hasta el cansancio de paz y desarrollo equitativo, deciden los destinos del mundo los que tienen poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, los que tienen el garrote más grande (¿el tamaño sí importa?).

Si el mundo que, propiedad privada de los medios de producción mediante, hemos construido se basa en esa sed de "conquista" (machista), evidentemente ser machistas no nos depara lo mejor. Al menos como especie, como humanidad. Una rápida mirada al asunto podría hacer concluir que, sin dudas para los varones, sí hay beneficios. ¡Por supuesto que en un sentido los hay!, pues las desiguales cuotas de poder estipulan prebendas para unos (los varones, los machos) allí donde para la otra mitad (las mujeres) hay penurias. Habría que ser ciego para no reconocer que los golpes los reciben las mujeres y que los varones son los "beneficiados".

Pero pretendemos ir más lejos en el análisis: las sociedades erigidas a partir de ese modelo de dominación y competitividad (la abrumadora mayoría de las que se conocen), si bien otorgan injustos e injustificados privilegios a los varones a costa de las mujeres (más disfrute, menos trabajo, más ejercicio de poderes, más licencias para todo), sirven en definitiva para erigir construcciones sociales violentas e inequitativas que terminan por ser dañinas para todos los integrantes por igual. La posible guerra nuclear o el ecocidio que se vive tocan a toda la humanidad, no olvidarlo.

Las sociedades basadas en la explotación económica de una clase sobre otra, que hacen de la guerra de conquista (¿acaso alguna guerra no es de conquista?) una clave de su desarrollo, las sociedades militarizadas y con patrones autoritarios; en otros términos: prácticamente todas las sociedades que conocemos desde el surgimiento de la propiedad privada cuando nuestros ancestros llegaron a la agricultura y se hicieron sedentarios, todas siguen ese patrón machista. Por tanto, ese modelo dominante no sólo a las mujeres –las principales desposeídas, golpeadas y vejadas– sino a la totalidad del cuerpo social no le depara un mundo de rosas.

En todo caso, debe admitirse que cualquier varón, no importando su ubicación socio-económica ni adscripción étnica, se beneficia infinitamente más que cualquier mujer por el solo hecho de su estructura anatómica, que dado el contexto social le permite ser un "macho" con todas las prerrogativas concomitantes.

Para un mundo patriarcal, tal como el que sigue habiendo más allá de los primeros cambios que se empiezan a ver con una crítica a estos paradigmas, los varones ¿por qué querrían renunciar a esos privilegios? Eso implicaría comenzar a compartir cuotas de poder con el género femenino, y definitivamente nadie está dispuesto a ceder su sitial de honor. ¿Acaso algún cambio en las relaciones de poder en nuestra historia como especie fue pacífico alguna vez? Recordemos aquella sentencia citada más arriba, que ahora podrá dimensionarse más acabadamente después de todo lo dicho: “La violencia es la partera de la historia”.

La cuestión básica por la que se abre esta crítica no es sólo por el desarrollo de una nueva masculinidad no violenta que podría pretenderse más ¿civilizada?, más ¿"buena onda"? Bienvenida ella, por supuesto. Pero hay que ir más allá aún.

En todo caso, la apuesta es reemplazar esos patrones machistas, patriarcales, masculinizantes, por nuevas formas de concebir las relaciones humanas; o si se quiere decir de otra manera: para plantearnos una crítica a la forma en que nos vertebra el poder.

¿Qué hacer entonces?
Quizá puede enfocarse la tarea no pensando en una nueva masculinidad más "humanizada", más "suave", sino, siendo más amplios, considerando y proponiendo nuevas relaciones humanas. Ello no sólo porque los varones deben ser "bondadosos" y no maltratar a las mujeres (aunque suene cínico, o absurdo, dicho así).

Se trata de construir una nueva sociedad que replantee la idea de poder. ¿O habrá que pensar que estamos condenados al bastón de mando masculino? De hecho, si bien son muy contados casos en el mundo, también hay sociedades donde el género masculino no detenta el poder (los Minangkabau en Indonesia, los Mosuo en el Tíbet, etc.), donde hay otras formas de "armar" la sociedad.

Si el poder masculinizante dio como resultado en el mundo esta catástrofe que tenemos actualmente, con sus interminables "conquistas" y violencia generalizada llevándose todo por delante, es hora de empezar a pensar en una crítica radical de ese paradigma machista y patriarcal que está a su base.

De continuar por ese lado, tenemos la destrucción de la especie asegurada, y seguramente también del planeta. Dato interesante: de activarse simultáneamente todo el potencial nuclear bélico que hay sobre el planeta en estos momentos, la Tierra estallaría, no quedaría ni rastro alguno de forma viva y la onda expansiva que provocaría la explosión llegaría hasta la órbita de Plutón. Proeza técnica, sin dudas (si es que así se le puede llamar). Pero ese ímpetu destructivo, esa arrogancia arrolladora (¡muy machista!) no sirve para lograr un mundo más equilibrado, no pudiendo resolver problemas ancestrales como el hambre, o la conflictividad entre pares (continúa el racismo, el machismo, la competencia descarnada). El "éxito" sigue concibiéndose como destrucción del otro, ser más que el otro. Es evidente que, falocentrismo por medio, "el tamaño sí importa"

¿Se terminarían todas esas aberraciones, injusticias y mezquindades con un planteamiento alternativo, no machista? ¿Cómo encaja ahí lo de "nuevas masculinidades"? No lo sabemos, pero vale la pena intentarlo. Aunque, siendo rigurosos, no es sólo una nueva masculinidad sino una nueva forma de establecer las relaciones entre seres humanos. Decía Gabriel García Márquez (The Time Magazine Special Issue Millennium, Octubre de 1992, Vol. 140 N° 27):
Lo único realmente nuevo que podría intentarse para salvar la humanidad en el Siglo XXI es que las mujeres asuman el manejo del mundo. La humanidad está condenada a desaparecer en el Siglo XXI por la degradación del medio ambiente. El poder masculino ha demostrado que no podrá impedirlo, por su incapacidad para sobreponerse a sus intereses. Para la mujer, en cambio, la preservación del medio ambiente es una vocación genética. Es apenas un ejemplo. Pero aunque sólo fuera por eso, la inversión de poderes es de vida o muerte.

En sentido estricto, quizá no se trate de invertir los poderes, tal como reclama el insigne colombiano, sino de plantear una nueva forma de relacionamiento. O si se quiere decir de otro modo: es necesario reformular la noción misma de poder, de ejercicio de poder.

¿Por qué no ser machistas? No porque la llamada nueva masculinidad invite a los varones a "ser buenos" con las mujeres. O, al menos, no sólo por eso. ¡No debemos ser machistas por una elemental necesidad de preservar la vida!..., aunque para los varones aparentemente resulte un beneficio ser servidos. El modelo violento, arrasador, conquistador a que da lugar ese esquema viril, si bien pueda deparar presuntos beneficios para el macho atendido servilmente por "sus" mujeres, en definitiva es el preámbulo de otras formas de violencia, es decir: de nuestro actual mundo basado en la injusticia, la impunidad, la corrupción, el chantaje y, cuando sea necesario, la eliminación del otro.

Mientras no se considere seriamente el tema de las exclusiones –todas, no sólo las económicas, también las de género al igual que las étnicas– no habrá posibilidades de construir un mundo más equilibrado.

Dicho en otros términos: el falocentrismo del que todos somos representantes, el modelo de desarrollo social que en torno a él se ha edificado –bélico, autoritario, centrado en el ganador y marginador del perdedor– no ofrece mayores posibilidades de justicia.

Trabajar en pro de los derechos de género es una forma de apuntalar la construcción de la equidad, de la justicia. Eso no es sólo una tarea de las mujeres. ¡Es un trabajo político-social-ideológico de todas y todos por igual! Y sin justicia no puede haber paz ni desarrollo, aunque se ganen guerras y se conquiste la naturaleza.

Bibliografía

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Bergara, A., Riviere, J. y Bacete, R. (2008) Los hombres, la igualdad y las nuevas masculinidades. Vitoria: Instituto Vasco de la Mujer.

Calderón, M. y Osborne, R. (1990) Mujer, sexo y poder. Aspectos del debate feminista en torno a la sexualidad. Madrid: Instituto de Filosofía.

Engels, F. (1970) El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Moscú: Editorial Progreso.

Faur, E. (2004) Masculinidades y desarrollo social. Las relaciones de género desde la perspectiva de los hombres. Bogotá: Arango Editores/UNICEF.

Fraser, N. (1998) La justicia social en la época de la política de la identidad: redistribución, reconocimiento y participación. Buenos Aires: Edición del Centro de Documentación sobre la Mujer.

García Márquez, G. Entrevista en The Time Magazine Special Issue Millennium, Octubre de 1992, Vol. 140 N° 27):

Hardy, H. y Jiménez, A. L. (1999) “Masculinidad y género”, en Revista Cubana de Salud Pública, N° 27 (2001).

Lacan, J. (1958) “La significación del falo”, en Escritos II. Madrid: Siglo XXI Editores.

Lagarde, M. (1977). Los cautiverios de las mujeres: madreesposas, monjas, putas, presas y locas. México: UNAM.

Olavarría, J. (2008) “Globalización, género y masculinidades. Las corporaciones transnacionales y la producción de productores”, en Revista Nueva Sociedad N° 218.

Toro-Alfonso, J. (2009) Lo masculino en evidencia. Investigación sobre la masculinidad. San Juan: Publicaciones Puertorriqueñas.

Vance, C. (compiladora) (1989) Explorando la sexualidad femenina. Madrid: Editorial Revolución.


* Trabajo presentado en el Pre-Congreso ALAS “Ciencias Sociales en movimiento: desafíos para un mundo en transformación”, el 16 de julio de 2015, Guatemala, Universidad de San Carlos y aparecido en la Revista Análisis de la Realidad Nacional, del IPNUSAC, año 4, edición digital No. 77, julio de 2015. 

martes, 30 de junio de 2015

¿Qué quedó de las movilizaciones?*



Marcelo Colussi
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Guatemala vivió en estos últimos dos meses una situación inédita: luego de años de desmovilización, de letargo político, más aún: de miedo y parálisis en este campo, se rompió ese largo sueño. La población, más allá de todas las consideraciones que puedan hacerse al respecto, despertó.

No puede decirse en modo tajante que haya habido cambios profundos en la historia de la sociedad guatemalteca. Pero, ¿acaso alguien los esperaba? En todo caso, habría que precisar con exactitud de qué cambios se está hablando. 

Si de algún modo se esperaba una transformación radical del estado de cosas… ¡se era un iluso! O un desubicado. Lo que sucedió fue un despertar en las ideas políticas de la población –habrá que ver si mínimo o no, “llamarada de tusa” o no, quizá esperanzador a mediano plazo–. Lo que queda claro es que hubo un panorama nuevo: ¿se había visto alguna vez a jóvenes de la liberal Universidad Marroquín junto a los “revoltosos” de la USAC? 

Grafiquémoslo con un ejemplo puntual, muy elocuente: el lunes pasado, cuando la ex vicepresidenta Roxana Baldetti se presentó a declarar a la torre de Tribunales, algunos ciudadanos de a pie, al ver de quién se trataba el personaje en cuestión, comenzaron a increparla al grito de “ladrona” y “corrupta”, pese a su nutrido grupo de guardaespaldas. Eso hubiese sido impensable un par de meses atrás.

¿Qué significa eso? Según cómo lo queramos ver, puede ser algo intrascendente… ¡o algo sumamente significativo! 

Es cierto que la situación de exclusión social crónica del país, con más de la mitad de la población por debajo de la línea de pobreza según los parámetros fijados por Naciones Unidas (2 dólares diarios de ingreso), un 25% de ella analfabeta, con un alto porcentaje de trabajadores que no llega a cobrar el sueldo mínimo y con lacras como el racismo o el machismo patriarcal siempre presentes, no cambió. Para esa visión de las cosas, no importa el funcionario público venal del caso: hay infinidad de Baldettis aún, y como van las cosas, seguramente no se van a terminar. Cambiarán los nombres, las caras, los estilos, pero la corrupción como cuestión endémica sigue firme, enquistada en la historia política. Sólo basta mirar al respecto las campañas electorales, plagadas de hechos corruptos: se superan los techos presupuestarios fijados por las autoridades electorales, se otorgan vales canjeables, se prometen paraísos, se miente descaradamente).

Vistas las cosas así, toda esta movilización social no pasó de una “moda” sabatina de raigambre clasemediera, urbana, muy probablemente manipulada por los algunos medios masivos de comunicación, sin proyecto político en definitiva. Hay quien indicó incluso, como dato significativo, que curiosamente comienzan estas cruzadas anticorrupción al mismo tiempo en los países (Guatemala, Honduras) de los que Estados Unidos está reclamando mayor transparencia para la puesta en marcha de la iniciativa “Alianza para la prosperidad”. Y en Guatemala el embajador de Washington tuvo severos conceptos respecto a la corrupción como el enemigo a vencer. ¿Coincidencia?

En otros términos, podemos estar ante una pura reacción visceral de la población, importante tal vez, pero sin posibilidades reales de transformar.

Eso es cierto, sin dudas. Pero tampoco puede decirse que la gente en la calle, definitivamente indignada, hastiada de tanta basura, no cuenta. Para muchos, el hecho de haberse permitido salir a protestar, marca un cambio en su vida. Luego del miedo de décadas atrás, se vivió ahora un despertar. El ejercicio ciudadano de ir más allá del rutinario (e inservible) voto cada cierto tiempo, mostró que existe un poder popular. 

¿Cayó la corrupta ex vicepresidenta por la movilización ciudadana? Sí y no. Seguramente hubo ahí una movida política palaciega (para eso vino el vicepresidente estadounidense), y probablemente se utilizó el descontento ciudadano para amplificar la movida. Pero también la gente abrió algo los ojos.

La cuestión sería: ¿cómo hacer para mantener ese espíritu rebelde e ir más allá de la corrupción? Ojalá quienes lean esto tomen la pregunta como provocación para encontrar las respuestas. 

martes, 9 de junio de 2015

Guatemala: Enriquecimiento lícito e ilícito: consideraciones necesarias


Marcelo Colussi

En Guatemala, desde hace ya más de un mes se vive un clima de movilización social realmente rico, fresco, a todas luces revitalizador. La población –en principio clases medias citadinas, pero luego mucho más que eso: algunos sectores campesinos, trabajadores varios, estudiantes universitarios de distintas casas de estudios– han reaccionado a hechos de corrupción del gobierno que se han conocido en forma pública. La indignación, más allá que pueda haber manipulación de sectores interesados, es genuina, absolutamente espontánea. Las marchas de protestas nacen de la honesta irritación ante los abusos.

Las grandes mayorías populares, producto de la sangrienta represión vivida durante la pasada guerra interna y de las brutales políticas de capitalismo salvaje de estas últimas décadas (neoliberalismo), han quedado desmotivadas, desmovilizadas. Es sano, esperanzador incluso, que ahora reaccionen.

¿Por qué se reacciona contra la corrupción? Se podría decir que la corrupción es una de las tantas facetas de una situación caótica, o más bien: injusta, profundamente injusta, que estructura a la sociedad guatemalteca. Guatemala, debe quedar claro, no es un país pobre; de hecho, es la primera economía de la región centroamericana y la decimoprimera de América Latina. En todo caso, es tremendamente inequitativa, asimétrica, que no es lo mismo que pobre. Un mínimo porcentaje (unas cuantas familias) concentran en forma abrumadora la riqueza nacional, en tanto el 53% de la población total vive por debajo de los límites de pobreza (2 dólares diarios, según el estándar establecido por Naciones Unidas). Casi la mitad de los trabajadores no cobra el salario mínimo –de por sí muy escaso–, mientras que en zona rural los trabajadores agrícolas en casi 90% no cobran el salario de ley. Por otra parte, ese sueldo mínimo apenas cubre la mitad de la cesta básica.

En otros términos: en Guatemala, pese a la riqueza existente, la población vive mal, muy mal. Está entre los 5 países del mundo con mayor nivel de desnutrición infantil, pese a ser un productor neto de alimentos, y alrededor de dos terceras partes de su población económicamente activa (en buena medida niños y jóvenes) o trabaja en condiciones de precariedad (sin prestaciones sociales) o se encuentra abiertamente desocupada. El Estado, en tanto órgano regulador de la vida social, brilla por su ausencia en la provisión de servicios básicos. Por lo pronto, es un Estado raquítico, que vive de unos magros impuestos –fundamentalmente impuestos directos, pagados por la clase trabajadora– teniendo una de las cargas impositivas más bajas de todo el continente (según los Acuerdos de Paz de 1996 se debía llegar a un piso mínimo del 12% del producto interno bruto, para luego seguir ascendiendo, siendo la realidad actual que apenas si se llega a un 10% de lo producido que va a para al Estado como carga tributaria).

Dicho de otro modo: la corrupción es uno más entre tantos males que aquejan a Guatemala, quizá no el primero ni el más importante. La exclusión de grandes masas populares no se debe SÓLO al enriquecimiento ilícito de una mafia enquistada en el actual poder político. Si hay pobreza estructural, exclusión histórica, a lo que se suma un racismo atroz que condena a alguien a ser humillado por su pertenencia étnica (“seré pobre pero no indio”, puede decir un no-indígena), ello no es SÓLO por los funcionarios venales que hacen del Estado (nacional o local, no importa) un botín de guerra. La corrupción puede ayudar, pero NO ES LA CAUSA del actual desastre.

Por supuesto que la corrupción es despreciable. ¿Quién en su sano juicio podría justificarla, mucho menos aplaudirla? Tal como la caracterizó hace algunos años un sínodo de obispos (Ecuador, 1988, caracterización que sigue siendo absolutamente válida al día de hoy), la corrupción es “un mal que corroe las sociedades y las culturas, se vincula con otras formas de injusticia e inmoralidades, provoca crímenes y asesinatos, violencia, muerte y toda clase de impunidad; genera marginalidad, exclusión y miedo (…) mientras utiliza ilegítimamente el poder en su provecho. Afecta a la administración de justicia, a los procesos electorales, al pago de impuestos, a las relaciones económicas y comerciales nacionales e internacionales, a la comunicación social. (…) Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”.

La reacción popular que está teniendo lugar en este momento comenzó como un grito contra los ilícitos cometidos por los gobernantes al destaparse casos de abuso de poder y abierta corrupción, como por ejemplos los de la Superintendencia de Administración Tributaria (defraudación aduanera), o la supuesta limpieza (fraudulenta) del contaminado lago de Amatitlán, o los millonarios desfalcos en el Seguro Social. De momento la indignación por el lujo descarado de los pervertidos, deshonestos e inmorales funcionarios que robaron el erario público está en ascenso. Nada se dice, sin embargo, de la injusticia estructural que recorre la sociedad. Y que es, en definitiva, la que permite la corrupción.

Estos funcionarios están directa o indirectamente ligados a las fuerzas armadas que algunas décadas atrás defendían a sangre y fuego la propiedad privada de los multimillonarios de siempre. Ahora, por vericuetos de la historia, también ellos devinieron millonarios. “Nuevos ricos”, podría decírseles. Y es ahí donde se pretende introducir la presente consideración crítica.

Sus fortunas, hechas en forma ilícita (mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas), en términos descriptivos, no son distintas a las de los “viejos ricos”. ¿En qué difieren? Al decir esto, pido que se lea y se piense bien en el sentido del análisis que aquí se pretende presentar: ¡¡por nada del mundo se está justificando o quitándole responsabilidad ética a la corrupción!! Los dineros con que se amasaron esas fortunas provienen de un descarado robo a los fondos públicos. “Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”, decían los prelados. Pero…, ¿cómo se hacen las fortunas lícitas?

El actual alcalde de Mixco, hijo del actual presidente, se pasea orondo en un automóvil de lujo de 250,000 dólares de valor. Alguien, indignado por esa muestra de descaro y desfachatez, dijo con honestidad: “parece el hijo de un petrolero árabe”. Pregunto: el hijo de un jeque dueño de toda esa riqueza (que, por supuesto, no amasa con sus propias manos sino con el trabajo de otros), ¿tiene legítimo derecho a tener un Ferrari de un cuarto de millón de dólares?

El mundo humano es una construcción social, histórica. Nada hay “natural”, dado de antemano, producto de los instintos o derivado de designios divinos: ni la forma de vestirse, de marcar diferencias de “alcurnia”, de comer ni de defecar. Todo, absolutamente todo está marcado por los códigos sociales, por procesos históricos: se puede usar un inodoro con bidet incluido (con agua caliente, quizá perfumada) o hacerlo en cuclillas en el monte. Es la “naturaleza” social la que decide nuestra posición, nuestro destino, nuestras identidades. ¿Es “natural”, lícito, ya establecido y asumido como normal que el hijo del multimillonario petrolero pueda tener un Ferrari? ¿Pero de dónde le viene esa inconmensurable riqueza?

El mundo se construye así: son códigos predeterminados los que nos fijan lo normal y lo que no lo es, lo correcto y lo incorrecto, lo lícito y lo ilícito. ¿No es eso la ideología acaso? Y como pasa siempre cuando hablamos de ideología: el esclavo piensa con la cabeza del amo, “la ideología dominante de una época es la ideología de la clase dominante”, enseñó un pensador decimonónico supuestamente pasado de moda hoy.

Es normal que los “ricos de siempre” tengan mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas y que su voz de mando sea obedecida. Si preguntamos cómo hicieron su fortuna, hoy lícita, sin dudas aparecerán cuestionamientos. ¿Trabajando quizá?

Dijo Bernal Díaz del Castillo, uno de los primeros conquistadores españoles llegados a estas tierras del Nuevo Mundo a principios del siglo XVI, que aquí venían “a traer la fe católica, a servir a Su Majestad… y a hacerse ricos”. Hasta donde se sabe, nadie, absolutamente nadie logró hacerse rico (es decir: tener mansiones lujosas, vehículos despampanantes, helicópteros, joyas, ropa muy fina, perfumes a la moda, caballos de carrera, cenas pantagruélicas) con el esfuerzo de su trabajo. Lo ¿ilícito? de ayer se legaliza y se convierte en lo lícito de hoy. Dicho sea de paso, muchos de los asesinos y escoria social de España que venía a las tierras americanas a “hacerse ricos”, lo lograron. Después vino la alcurnia, el abolengo, el refinamiento, se compraron títulos nobiliarios y se transformaron en “lícitos”. A la base de cualquier fortuna –en Guatemala y en cualquier parte del mundo– hay siempre, inexorablemente, un crimen. “La propiedad privada [de los medios de producción] es el primer robo de la historia”, dijo el citado pensador.


Estas breves consideraciones pretenden ser una prolongación de la iniciada lucha contra la corrupción. Luchar contra ella está bien. Es una cabal y sana muestra de salud ciudadana. En la República Popular China, dicho sea de paso, sin miramientos se fusila a los funcionarios corruptos. ¡¡Se los fusila!! ¿Se fusilará a alguien en Guatemala en esta ola de “moralidad anticorrupción” que se ha puesto en marcha? Pero para no quedarnos cojos, no dejemos de pensar que la corrupción es el producto de una estructura social donde el robo está legalizado. Hacia eso debemos apuntar en definitiva: ¿hay enriquecimientos lícitos?

martes, 2 de junio de 2015

Movilizaciones populares: lecciones aprendidas*



Marcelo Colussi

En el último mes Guatemala ha entrado en un proceso singular, único en su historia. Después de un prolongado letargo político y de desmovilización social de años, la población parece haber despertado.

De todo lo que está pasando se podrá decir mucho y se sacarán conclusiones diversas. Como en todo proceso social, siempre complejo y contradictorio, hay fuerzas encontradas, y las lecturas posibles del fenómeno pueden ser incluso antitéticas. De hecho, se juegan aquí, en todas estas movilizaciones, proyectos políticos disímiles. Si queremos decirlo en clave marxista (supuestamente “pasada de moda” el día de hoy), se sigue evidenciando ahí la eterna lucha de clases (¡que no pasó de moda!)

Si alguien pensó, por ejemplo, que esto era una situación pre-revolucionaria, o el inicio de la revolución socialista… ¡pobrecito! Este estado de movilización, de participación ciudadana, de rebeldía cívica que ha venido creciendo, es un entrecruzamiento de factores. Se ha dicho por allí que tras todo esto no es ajena la mano de Washington y su proyecto de “golpes suaves” (movimientos dizque democráticos para revertir situaciones políticas no favorables a la Casa Blanca). Ello es posible, aunque no tengamos los suficientes elementos a la mano para demostrarlo fehacientemente. También es cierto que la reacción popular al conocerse el caso de La Línea fue espontánea. Y surgió donde quizá nadie lo esperaba: en los sectores de clase media urbanos.

Lo cierto es que las movilizaciones iniciaron y fueron creciendo. La indignación está en la gente; eso es una completa realidad, de no ser así, ese estado de protesta no se hubiera amplificado de la forma que lo hizo. Y sin ningún lugar a dudas, la indignación se dejó ver. Los miles y miles de personas que están asistiendo a la(s) plaza(s) –también se dan en ciudades de los departamentos–, los cartelones (geniales en muchos casos) que fueron apareciendo, el descontento que no para de crecer, permiten ver que hay más que manipulación de “revoluciones soft” pergeñadas por especialistas en comunicación social y guerra de cuarta generación.

No está claro cómo seguirá todo esto. Como mínimo, podría decirse que hay dos opciones claras: partiendo de la base que hoy, distinto a años atrás en plenos gobiernos militares y represores, no existe –al menos en principio– la opción de la abierta represión, las fuerzas de la derecha (empresariado representado por el CACIF, embajada de Estados Unidos, oligarquía en su conjunto) están buscando por todos los medios bajar los ánimos de la protesta.

Se destapó algo de la corrupción reinante en el Estado (algo, porque hay mucho más, y eso es histórico, no nace con el actual gobierno), por un puro choque de intereses entre un capital tradicional y un nuevo “capital emergente” (ligado, justamente, al crimen organizado y estructuras mafiosas). Haber hecho público lo de La Línea posiciona a la oligarquía tradicional y a la Embajada como quienes toman la iniciativa sobre las mafias (Pérez Molina, Baldetti y todo su séquito de narcoactividad y crimen organizado). Si eso despertó la reacción, la profunda indignación de la población, es una cosa. Ir más allá (protestas que pidan cambios estructurales y no sólo terminar con la corrupción) es algo que a la derecha le aterra, y que ya está neutralizando (las reformas planteadas van en ese sentido: cambiar algo para que no cambie nada de fondo).

La otra opción es profundizar estas movilizaciones. La cuestión es quién y cómo lo hace. Evidentemente no hay mucho espacio para ello; la izquierda está fragmentada, desprestigiada; la posibilidad de articulación de este clima de descontento con otras luchas (contra la minería depredadora, por reivindicaciones laborales, por mejoramiento en las condiciones generales de vida) se ve casi imposible hoy. Ante este panorama, muy probablemente estas protestas podrán dar como resultado una depuración del gobierno (quizá termine renunciando el presidente, como ya lo está insinuando el CACIF), y reforma electoral de por medio se llegue a las elecciones. ¿Más de lo mismo luego? Probablemente crezca mucho el voto nulo y la abstención. Quizá “no le toque” a Baldizón. Todo eso está por verse. Cambios estructurales: obviamente no.

¿Qué lecciones deja todo esto? ¡Por supuesto que no es la revolución socialista!, pero permitió sacarse el miedo de encima. Es probable que el avance político sea muy pequeño ahora. De todos modos, permitir ver a la población que sólo protestando se pueden conseguir avances político-sociales es una buena escuela. Esto, en todo caso, es preparatorio de nuevas luchas: se aprendió a no quedarse callado.



* Material aparecido originalmente en Plaza Pública, el 1/6/15.