miércoles, 21 de enero de 2015

Juzgar y castigar los crímenes de guerra: desapariciones forzadas e impunidad*

Sobre el juicio a Ríos Montt en Guatemala



Marcelo Colussi

Síntesis
Así como la violencia engendra más violencia, la impunidad engendra más impunidad. Es por eso que se torna imprescindible para la vida social establecer sistemas de justicia que castiguen las violaciones a las normas establecidas. Si no hay castigo por los asesinatos que se puedan cometer (incluso para la guerra hay normas: los Convenios de Ginebra), si la impunidad permite todo, entonces estamos ante el caos, ante la ley de la selva, del más fuerte. En Guatemala algo de eso está sucediendo: la justicia no existe. La impunidad se ha impuesto. Pero los crímenes de guerra no pueden quedar impunes, porque con eso se alimenta el círculo de la violencia, del resentimiento, de la venganza. En el año 2013, luego de un proceso judicial limpio y con incontrastables pruebas incriminatorias, el general José Efraín Ríos Montt fue condenado por delitos de lesa humanidad a 80 años de prisión inconmutables. Por esa impunidad a la que nos referimos, 48 horas después del veredicto dictado por un tribunal, una maniobra leguleya le permitió saltar la sentencia y dejar su caso en un cierto limbo legal, buscándose su amnistía total a partir de juegos políticos palaciegos. ¿Por qué es importante lograr una condena de hechos que ya están comprobados como delitos de lesa humanidad, por tanto imprescriptibles? Porque el respeto a la ley es lo único que puede servir para construir una sociedad con alguna cuota de paz y armonía. El no respeto a la ley, la impunidad, es la invitación a más violencia. Estudiar las desapariciones forzadas de personas puede ayudar a comprender este fenómeno.

Palabras clave
Desapariciones forzadas, impunidad, contrainsurgencia, clandestinidad, subversión.


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Ver punto 11 del documento

Referencia archivística: GT PN 24-09-02 S001
Fecha de copia: 23/07/1980
Archivo Histórico de la Policía Nacional


Introducción

“Comprender todo no significa perdonar todo”
Sigmund Freud

La palabra “reconciliación” es, seguramente, de las más difíciles y problemáticas que pueda haber en el campo de las ciencias políticas. Pensar la reconciliación en términos políticos, en términos sociales como parte de un colectivo, de una gran masa de personas, es tremendamente complejo. Lo es porque, en realidad, la reconciliación constituye un proceso comprensible -y posible- entre dos partes cuando se trata de un universo micro: dos personas, una pareja, una familia, un pequeño grupo.
Cuando se trata de la complejidad de una sociedad donde son tantas y tan disímiles las variables en juego, se torna prácticamente imposible pensar en “reconciliarse”. ¿Quién sería, en ese caso, el sujeto de la reconciliación? Si hay tal cosa, a partir del prefijo “re” eso significaría que hubo originalmente una conciliación, un estado de relativo equilibrio, que por algún motivo luego se rompió y ahora se busca re-establecer. En tal caso, re-conciliarse sería volver a un estado previo de cierta armonía, de paz y concordia.
¿Es posible eso en una sociedad? Más aún: ¿es posible eso en una sociedad desgarrada por una guerra interna como la guatemalteca? Sociedad que, en realidad, nunca fue armónica, sino que está marcada en toda su historia por la más despiadada exclusión social y por un racismo visceral.
Luego de las guerras viene la construcción de la paz. La paz nunca adviene espontáneamente: es producto de complejas transacciones, de reacomodos, de un gran esfuerzo en el más amplio sentido: económico, político, cultural. Esfuerzo, incluso, en relación a nuevas conformaciones psicológicas: quien convivió con la lógica de la muerte -eso es la guerra en definitiva- debe hacer un pasaje, enorme y nunca falto de problemas, a una nueva cosmovisión. Si hasta el día de ayer, en guerra, se premiaba por “matar enemigos”, pasar a la lógica en que el día de hoy, ya con la paz, si se mata se es un asesino, no es tarea fácil. Construir y afianzar la paz implica no sólo el silencio de las armas: implica enormes cambios en la mentalidad de quienes combatieron, de quienes estuvieron implicados en esa dinámica de muerte. Valga para graficarlo un poema del alemán Wolfgang Borchet:

Terminada la guerra volvió el soldado a casa.
Pero no tenía qué comer.
Vio a alguien con un pan, y lo mató.
¡No debes matar!, dijo el juez.
¿Por qué no?, preguntó el soldado.**

Salir de una guerra no es sólo firmar un acuerdo de paz y guardar las armas. En nuestro país eso sucedió hace ya 18 años, pero no se vive en paz. Lejos de eso, el clima de violencia y de zozobra que atravesamos a diario nos confronta con una situación bélica. La muerte sigue rondando altiva en cada rincón, y las causas estructurales que encendieron la mecha de un alzamiento armado no han desaparecido; por el contrario, podría decirse que se mantienen igual o más fuertes que hace medio siglo: la mitad de la población continúa por debajo del límite de la pobreza estipulado por Naciones Unidas y los índices socio-económicos son alarmantes.

Guatemala vivió varias décadas de guerra interna, y eso aún está presente como mensaje cultural en el colectivo: quienes la sufrieron, como recordatorio de las peores épocas. Quienes no la vivieron: como fantasma que ha dejado enseñanzas y, básicamente, ruptura en la memoria histórica. “eso aquí no pasó”. ¡Pero pasó! Borrar la historia es imposible. Y peor aún: es enfermizo, porque la historia no se puede borrar. Somos la historia; querer negarlo trae inconmensurables problemas.

En el marco de la Guerra Fría que libraban las por ese entonces dos grandes superpontencias, y desde la lógica de la Doctrina de Seguridad Nacional y combate al enemigo interno, el país en su conjunto se vio atravesado por un clima de desconfianza paranoica, de muerte y de terror que marcó todos los rincones del quehacer nacional. Nadie podía escapar a esas dinámicas. Pero lo peor es que el Estado, supuesto regulador de la vida nacional entre todos sus habitantes, para el caso de esta guerra no funcionó, precisamente, como regulador. Tomó parte activa en la contienda siendo principalísimo actor, pero pasando por encima de toda norma.

Extremando las cosas, se podría llegar a decir que la “guerra contra el comunismo” lo justificaba todo. Pero entonces, si se sigue esa línea de argumentación, se desdibuja la esencia misma del Estado: de regulador de la vida de todos pasó a ser un actor de la contienda con las manos manchadas de sangre, por lo que la confianza en la institucionalidad mínima que debería existir, desaparece. El Estado, paraguas de todos sus habitantes que debería cobijar y defender por igual la dignidad de todos sus ciudadanos, fue el gran incumplidor de esa tarea.
El Estado, en los años de la guerra, se convirtió en un Estado terrorista que mató, secuestró, masacró, torturó, siempre con fondos públicos, a parte de su población. He ahí la matriz de cualquier crimen posterior y toda violencia asumida como normal: si quien debía defender la vida y la dignidad de la vida de los guatemaltecos terminó asesinando a sus propios ciudadanos, en general apelando a formas clandestinas, la idea de reconciliación se torna muy difícil si no imposible. ¿Quién se reconciliaría con quién? ¿Por qué y cómo reconciliarse entonces?

Terminada la guerra, la vida sigue. Como fue una guerra interna, las partes enfrentadas siguen viéndose la cara en la cotidianeidad. La vida misma impone la convivencia. Pero eso no es lo mismo que reconciliación. Quizá ésta es imposible en términos estrictamente masivos: las mayorías viven, reaccionan, se enfurecen, son manipuladas, pero el término “reconciliación” no les aplica en sentido estricto. La reconciliación tiene el sello del discurso político, del acuerdo, de la negociación. Y eso, hoy por hoy al menos, es producto de acuerdos cupulares. Estampar una firma en un papel no es, estrictamente, “reconciliar” a las personas. La población que fue víctima de esos atropellos por parte del Estado contrainsurgente: ¿con quién se debería reconciliar: con ese mismo Estado? ¿Cómo?

Los Acuerdos de Paz firmados en 1996 establecen determinadas medidas para lograr la pacificación de la sociedad. En realidad, si algo se cumplió de esos pactos es la desmovilización militar de ambos bandos enfrentados: las armas se depusieron en muy buena medida, las fuerzas combatientes fueron desarmadas (el movimiento insurgente) o reducidas (el ejército nacional). En estos 18 años no volvieron a darse combates. Pero no hay paz. Muchos menos: reconciliación.

Lograr la “paz” –concepto tan difícil y problemático como “reconciliación”– no es olvidar los crímenes cometidos, no es dejar pasar los atropellos y las terribles violaciones a los derechos humanos mínimos y elementales que se sufrieron durante la guerra. Está más que probado que la abrumadora mayoría de violaciones fueron cometidas por el Estado de Guatemala y no por las fuerzas insurgentes.
En ese marco, es difícil que la población civil no combatiente que sufrió esos abusos quiera y pueda reconciliarse. Podrá recibir, como de hecho ha venido sucediendo, alguna compensación por los daños sufridos. De todos modos, un pago monetario no puede resarcir –y mucho menos pacificar a quienes sufrieron– los perjuicios que trajo el conflicto armado. Lograr la armonía social no es cuestión de “pagar” por los muertos o por las partes dañadas del cuerpo (una pierna vale más que un dedo, y dos piernas valen más que una sola). Eso puede ser un elemento importante en el proceso político, necesario quizá, o imprescindible.
Pero eso sólo no alcanza. Lograr cierta –entiéndase bien: cierta, no toda– armonía social, consiste en darle credibilidad a la justicia, a las instituciones que ordenan la vida. Es devolver la confianza a los mecanismos sociales.

Si la impunidad sigue siendo lo dominante, si el mensaje que circula por toda la población es de absoluto desprecio por la legalidad, si se puede hacer cualquier cosa, violar nomas de convivencia y saltarse cualquier pauta institucional sabidos que no habrá consecuencias –¿qué otra cosa sino esto es la impunidad?– es imposible construir una sociedad pacífica y armónica.

En Guatemala mucho de eso está pasando. La impunidad campea soberbia, altanera. Se puede violentar cualquier normativa sabiendo que no habrá castigo por ello. Eso, entonces, alimenta un clima de violencia que no tiene fin. ¿Por qué a 18 años de terminada formalmente la guerra el país vive un clima de guerra, con 15 homicidios diarios y una cantidad de armas de fuego diseminadas entre la población, mayor que durante el conflicto armado interno?
El clima de impunidad reinante lo explica. El Ministerio Público, más allá de las buenas intenciones, reconoce que la inmensa mayoría de los ilícitos cometidos, nunca son juzgados (¡hasta un 98% queda impune!). Ante eso: ¡se vale todo! Y la impunidad puede presentar infinitas formas: pagar para obtener un documento público, no cumplir ninguna norma de tránsito, mandar a matar contratando un sicario, no pagar impuestos, orinar en la calle, no pasar la cuota alimentaria por parte del padre separado, etc., etc. La idea en juego es siempre la misma: “me salto las normas porque… no pasa nada si las salto”.

La justicia tiene un valor simbólico en las sociedades, en la dinámica humana. Se castiga lo que no debe hacerse, lo prohibido, lo que va en contra del bien común. Así se educa a un niño (¿para qué le diríamos, si no, que no se meta los dedos en la nariz, por ejemplo?) o se hace funcionar a todo un país (¿para qué se pagan impuestos si no?). Los distintos sistemas de justicia existentes en el mundo, cada uno con sus características propias, buscan fijar las conductas permitidas y las no-permitidas en cada sociedad. En otros términos: establecen las normas de convivencia, lo que se puede y lo que no se puede.
Tal como dijo el juez de la poesía citada: “matar no se puede” (al menos en tiempos de paz). Si no hay castigo por los asesinatos que se puedan cometer (incluso para la guerra hay normas: los Convenios de Ginebra), si la impunidad permite todo, entonces estamos ante el caos, ante la ley de la selva, del más fuerte.

En Guatemala algo de eso está sucediendo: la justicia no existe. La impunidad se ha impuesto. Pero los crímenes de guerra no pueden quedar impunes, porque con eso se alimenta el círculo de la violencia, del resentimiento, de la venganza.

En el año 2013, luego de un proceso judicial limpio y con incontrastables pruebas incriminatorias, el general José Efraín Ríos Montt fue condenado por delitos de lesa humanidad a 80 años de prisión inconmutables. Por esa impunidad a la que nos referimos, 48 horas después del veredicto dictado por un tribunal, una maniobra leguleya le permitió saltar la sentencia y dejar su caso en un cierto limbo legal, buscándose su amnistía total a partir de juegos políticos palaciegos. Ahora, a comienzos del 2015, se reabre su juicio.
¿Por qué es importante lograr una condena de hechos que ya están comprobados como delitos de lesa humanidad, por tanto imprescriptibles? Porque el respeto a la ley es lo único que puede servir para construir una sociedad con alguna cuota de paz y armonía. El no respeto a la ley, la impunidad, es la invitación a más violencia.

Para abundar en los motivos que sí deben tenerse en cuenta para lograr una condena justa –cosa que ya se hizo en el 2013– y justificar el por qué un Estado no puede ser terrorista, tal como lo fue el de Guatemala durante varios años, amparado en la impunidad que da el monopolio de la fuerza, permítasenos presentar ahora este estudio sobre el tema de las desapariciones forzadas de personas. Esa vergonzosa práctica, de la que un Jefe de Estado no puede decir que no es responsable –y durante la época en que Ríos Montt fue presidente de facto, las desapariciones tuvieron altas cotas en el país– evidencia los motivos por los que toda esa aberración debe ser castigada.

Extremando las cosas, si se demuestra en juicio público, con toda la transparencia del caso, que alguien es culpable de determinado delito, la legislación guatemalteca permite la pena de muerte cuando las circunstancian lo ameritan. Pero de ningún modo el Estado, en forma encubierta, puede desarrollar prácticas contrarias a la legalidad como las desapariciones forzadas de personas, los asesinatos selectivos, la tortura, las masacres de población civil no combatiente. Los responsables de tales acciones deben ser debidamente juzgados y castigados porque eso es sano para el colectivo. Caso contrario, queda abierta la puerta para la más absoluta impunidad, es decir: el primado de la violencia total. El Estado, por tanto, debe ser garantía para la vida de todos sus ciudadanos, y no quien la quite arbitrariamente, enmascarado y apelando a la oscuridad tenebrosa.

Por eso, y no por motivos “revanchistas”, debe juzgarse a los responsables de prácticas fijadas como delitos por toda la legislación existente en derechos humanos. Es una cuestión de salud mental mínima e indispensable que necesitan las sociedades.

A modo de aporte en esta justificación del por qué no permitir la impunidad, presentamos aquí un muy modesto estudio sobre la desaparición forzada de personas –desarrollado en parte a través del Archivo Histórico de la Policía Nacional– considerada un flagrante crimen de guerra condenado por toda legislación existente, práctica que tuvo lugar durante la presidencia del referido militar y que va en contra de la paz y la concordia, tan imperiosamente necesarias en nuestro país hoy día.

La desaparición forzada de personas como política de Estado

En Guatemala, como parte de la guerra interna que desangró al país por espacio de casi cuatro décadas, se produjo una cantidad muy elevada de desapariciones forzadas. Si se compara esa realidad con otros contextos latinoamericanos donde también se dio el fenómeno de guerras contrainsurgentes, el país presenta el triste récord en las desapariciones del continente americano: 46%. (De Villagrán: 2004). Es, a la vez, el país del mundo que tiene la mayor cantidad de desaparecidos per cápita; presea, por cierto, nada honorable. Muchas de esas desapariciones tuvieron lugar en la ciudad capital.[1]

¿Qué pasó con tantas personas desaparecidas? Aquí es importante aclarar que en el término mismo de “desaparición” hay un eufemismo interesado o, dicho de otro modo, un engaño: las personas no desaparecieron, ¡fueron víctimas de una política sistemática de desaparición!
Por tanto: hay responsables directos tras todo esto. Puntualmente, fueron capturadas ilegalmente, luego fueron ocultadas y, casi en su totalidad, eliminadas. Esto no es lo mismo que “desaparecer”. La idea en juego por parte del Estado contrainsurgente fue: 1) desarticular los movimientos insurgentes, y 2) enviar mensajes claros a toda la población: “al que se mete en babosadas… algo le puede pasar”[2]. Efectivamente, algo les pasó: “se los llevaron”.

¿Para qué buscarlos hoy?

La presente investigación, si bien no aporta todos los datos necesarios para localizar a los desaparecidos, puede ser un importante llamado a mantener viva la esperanza de llegar a conocer, en algún momento, sobre su paradero y a tomar muy en serio las palabras que reciben al visitante en el Museo del Horror de Auschwitz, hoy día Polonia, memoria viva de otro gran drama de la humanidad durante el siglo XX: “olvidar es repetir”.

A casi dos décadas de terminado el conflicto armado interno, las secuelas de ese cataclismo social aún se hacen sentir. El clima de violencia que vivimos actualmente, además de las causas históricas que se ligan con una estructura colonial que se viene perpetuando desde hace siglos, tiene que ver directamente con el desprecio por la vida y la violación sistemática de los derechos humanos que se agudizaron durante la guerra interna.

Entre las prácticas deshumanizantes que tuvieron lugar en esos oscuros años de nuestra historia, la desaparición forzada de personas fue un mecanismo que se mantiene presente en la conciencia de la población, sirviendo como una pedagogía de la muerte y del silencio, que aún se hace sentir. Los desaparecidos siguen siendo una de las heridas abiertas de la sociedad. La única manera de cerrar esas heridas no es negando lo sucedido, echando un manto de olvido y dando vuelta la página: es entendiendo qué sucedió buscando los remedios del caso. Remedios que, para la ocasión, significan: juicio y castigo a los responsables de esos crímenes y reparación real de las heridas sufridas (que no se limita a un cheque, lo cual puede ser algo así como “comprar el silencio” de las víctimas).

El recuento de las víctimas de desaparición forzada en el país arroja un total que, dependiendo de las fuentes consultadas, oscila entre 32,000 y 50,000 personas (De Villagrán, 2004). En toda América Latina, donde también fue común ese mecanismo de guerra contrainsurgente en las décadas pasadas, el número de desaparecidos asciende a 108 mil personas (Ibídem), lo que indica que Guatemala tiene el porcentaje más alto de desapariciones en América Latina.

La desaparición forzada de personas es un delito de lesa humanidad; así lo consignaron por vez primera en la historia los Juicios de Nüremberg[3], en 1946, y posteriormente tanto la Asamblea General de Naciones Unidas, en 1992, como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos (OEA), en 1994. Como tal, es un delito imprescriptible.

En Guatemala, al igual que en otros Estados latinoamericanos que durante la Guerra Fría desarrollaron estrategias de guerra contrainsurgente amparados en la Doctrina de Seguridad Nacional y combate al enemigo interno, la desaparición forzada de personas jugó un papel de suma importancia. Sirvió para inmovilizar a las poblaciones civiles, aterrorizándolas, enviándoles mensajes de control y de inocultables llamados a la desmovilización.

En concreto, y en el orden de lo psicosocial, la desaparición forzada de personas es
un acto de violencia extrema, cometido por agentes del Estado o por personas autorizadas por éste, que se constituye a partir de la captura ilegal, el ocultamiento deliberado de una persona y la consecuente pérdida de su presencia física (o material), sin que exista la posibilidad de establecer con certeza las circunstancias que determinan su “no presencia física”. Las condiciones de persistencia e incertidumbre que la acompañan hacen de ella un sutil instrumento de tortura con las consiguientes secuelas físicas y severas alteraciones a nivel del psiquismo individual y colectivo. La práctica sistemática de la desaparición forzada implica la alteración de los sistemas de relaciones sociales y el implantamiento del terror. (De Villagrán, 2004:2).

En Guatemala, específicamente en la ciudad capital, desde 1954 se presentaron casos aislados de desaparición forzada de personas; el fenómeno creció paulatinamente durante las décadas de los 60 y 70, llegando a su punto más alto al inicio de la década de los 80. En ese momento, la represión se generalizó y la desaparición forzada se extendió al área rural, que pasó a ser el principal teatro de operaciones del conflicto armado.
En todos los casos, los operativos urbanos tenían siempre el mismo patrón: los realizaban grupos de tarea integrados por miembros activos de los diversos cuerpos del ejército, de los cuerpos élites de la policía y/o por grupos irregulares adscritos a las fuerzas de seguridad, compuestos por entre 4 y 15 hombres fuertemente armados, operando siempre en la clandestinidad. Generalmente actuaban bajo el mando de un oficial del ejército vestido de civil, dependiendo del lugar en que debía realizarse el operativo y de las expectativas que se tuviera de capturar materiales o equipo. Los miembros de estos grupos se movilizaban en vehículos particulares, en general sin placas identificadoras. En todos los casos, actuaban con total impunidad, la misma que existe hoy día, que se ha venido perpetuando en estos años y que la absolución del juicio del general Ríos Montt podría terminar de coronar.

Una vez capturada y ocultada la persona, su destino era totalmente incierto. Y en eso consistía justamente el valor político-ideológico-cultural de este mecanismo: enviaba un mensaje aterrorizador a la población. Está demostrado que la desaparición física de alguien sin que se sepa fehacientemente qué sucedió con la víctima posteriormente, produce alteraciones diversas en los allegados, que quedan en una espera eterna. El mecanismo utilizado por las fuerzas de seguridad es perverso: sirve para paralizar a la población dejando a los familiares y allegados ante la imposibilidad de elaborar un duelo.

La desaparición de un familiar/amigo/allegado es altamente nociva para la psicología de quien queda en espera de saber lo acontecido. Los efectos psicosociales son diversos; entre otros pueden citarse:

·         Alteraciones inmediatas a la desaparición: en general, reacciones psicosomáticas de distinta intensidad.
·         Alteraciones en el mediano y largo plazo: trastornos psicosomáticos crónicos, trastornos sensoperceptivos y cognitivos tales como dificultades de concentración, inhibición de la actividad intelectual y disminución general del rendimiento.
·         Alteraciones permanentes: diversos cuadros afectivos que pueden ir desde la anestesia afectiva hasta la depresión profunda; trastornos de aprendizaje; trastornos emocionales diversos (miedo, angustia, impotencia, aislamiento, irritabilidad, pérdida de control, sentimiento de culpa, desconfianza generalizada); alteraciones en la percepción (desubicación espacio-temporal).
·         Muchos otros, algunos no descritos y otros recién identificados.

En definitiva, la desaparición forzada produce una variedad de síntomas emocionales y cognitivos que inhiben a los directamente ligados con el desaparecido, produciendo una conducta de miedo y consecuente apatía por los problemas colectivos.

Abordar la problemática creada por las atrocidades sufridas implica una serie amplia de acciones: intervenciones psicoterapéuticas puntuales en los casos en que así se requiera, propuestas colectivas organizadas en demanda de esclarecimiento y aplicación de justicia, recuperación y fortalecimiento de la conciencia histórica y ciudadana y la demanda de respuestas consecuentes por parte del Estado.

Entre las recomendaciones dadas por la Comisión para el Esclarecimiento Histórico se dice, en relación al capítulo de “Desaparición forzada”: “Que el Gobierno y el Organismo Judicial inicien a la mayor brevedad investigaciones sobre todas las desapariciones forzadas, para aclarar el paradero de los desaparecidos” (CEH, 1998:32).

Dado que la estrategia contrainsurgente de desaparición forzada de personas contempla la clandestinidad y la secretividad, reconstruir lo acontecido implica investigar hechos fragmentarios y dispersos que requieren de meticulosidad y paciencia, tal como el armado de un rompecabezas. Pero la tarea se complica, porque aquí siempre faltan piezas.

Hacer ese seguimiento no es fácil; se trata de una búsqueda detectivesca donde casi no hay pistas. Algunas de las estructuras y mecanismos funcionales a esa secretividad no han sido desmantelados y, en muchos casos, aún se esconden al interior de los aparatos del Estado, dificultando su inmediata remoción. Ninguna administración de las que ha habido desde la Firma de la Paz ha querido/podido desarmar este complejo entramado. La estrategia de las fuerzas estatales, orientada a no dejar pistas, dificulta avanzar en estos intrincados laberintos.

Está claro que esas estrategias funcionaron a la perfección. Como indicaba la Secretaría de la Paz durante el período presidencial de Álvaro Colom en su análisis sobre la autenticidad del Diario Militar:
Las estructuras militares en el contexto del conflicto armado, no actuaron de manera improvisada; siempre se dieron como parte de un plan que definía las acciones a realizar y señalaba en qué momento debían cumplirse y contra quiénes. Al relacionar lo que dice el Diario Militar y examinar los documentos del AHPN, se hace evidente que las operaciones ejecutadas por las diferentes unidades policiales, en especial la Brigada de Operaciones Especiales (BROE), DIT y Cuarto Cuerpo, estaban subordinadas a órdenes emanadas del ejército. (…) Algunos de los casos documentados con información proveniente del AHPN, evidencian que las fuerzas de seguridad del Estado guatemalteco habían estado elaborando, a lo largo de varios años -en ocasiones hasta una década-, detallados expedientes de las personas que, a su criterio, buscaban desestabilizar al régimen, con el fin de proceder en el momento que consideraran oportuno y mediante operativos bien planificados, a su captura y posterior eliminación (Secretaría de la Paz, 2011:134).

Tanto la maquinaria de gobierno al servicio de la estrategia contrainsurgente, como la clandestinidad en que tuvieron lugar sus operaciones, pavimentaron el camino para que hoy se haga tan difícil averiguar lo sucedido. Y mucho más, por supuesto, para hacer justicia. Como una muestra, téngase en cuenta lo declarado por el encargado de Relaciones Públicas de la Corte Suprema de Justicia en mayo de 1984 en relación a los recursos de exhibición personal interpuestos por la Comisión de Derechos Humanos de Guatemala (CDHG) “sólo causan problemas a la Corte” (Prensa Libre, 25 de mayo de 1984). Declaraciones como ésta permiten apreciar cómo el sistema judicial funcionaba al servicio de la impunidad y no de la justicia. Seguir manteniendo eso hoy día, dejando en el olvido el juicio y condena al general Ríos Montt, o incluso amnistiándolo, es continuar alimentando ese clima de impunidad, y por tanto, llamar a más violencia, a más sufrimiento para la población guatemalteca, a más odio y resentimiento.

Estudiar qué sucedió, saber cómo es la historia, saber por qué estamos como estamos, es lo único que puede permitir cambiar el curso de los acontecimientos y buscar algún remedio a lo sucedido. Negar el pasado, disfrazarlo, intentar olvidarlo no impide que la historia siga pesando. Las desapariciones de personas durante nuestra guerra interna deben ser conocidas, analizadas, debidamente procesadas y sancionadas, porque sin ningún lugar a dudas constituyen crímenes de lesa humanidad.

Las desapariciones forzadas en Latinoamérica y en Guatemala

Es preciso enfatizar desde un inicio que se usa el término “desaparición forzada” porque decir sólo “desapariciones” induce a confusión, puesto que así se llama también a aquellas que no tienen lugar por motivos políticos de contrainsurgencia. Hoy se escribe mucho sobre el tema tratando de sepultar el problema no reconocido de las desapariciones forzadas.
Si fueron “forzadas” es porque alguien, un grupo de poder determinado, se encargó que así sucediera, lo cual confirma la existencia de una política específica sobre el asunto. Y si hubo tal cosa, hay responsables de carne y hueso. ¿Puede premiarse acaso con impunidad el haber llevado a cabo esa criminal política? De ninguna manera. Por eso es importante para la “salud mental” de la sociedad guatemalteca condenar esos atropellos, para lograr que nunca más puedan volver a cometerse.

Entre algunas de las prácticas deshumanizantes que tuvieron lugar en esos trágicos años de nuestra historia, la desaparición forzada de personas fue una estrategia que aún está presente en la conciencia de la población, aterrorizando, sirviendo como una pedagogía de la muerte y del silencio que todavía se hace sentir.
Los desaparecidos siguen siendo una de las heridas abiertas de la sociedad que el final de las acciones bélicas, hace ya cerca de dos décadas, no ha podido remediar. Valen al respecto las palabras de Lía Ricón:
Siguiendo la cita freudiana, lo primero que se perdió en la sociedad con desaparecidos es “el modo como se reglan los vínculos recíprocos entre los seres humanos”. La pertenencia a una cultura, a un grupo humano cohesionado por una ley, nos incluye en un discurso que determina los modos de relación de los seres humanos, supuestamente en la cultura en la que vivíamos estábamos sujetos a una ley y había un organismo que se ocupaba de hacerla cumplir. (…) [Los] aspectos defensivos y protectores se pierden en el terrorismo de Estado. (…) Se pasa bruscamente a una estructura social con leyes que no están en los códigos, con arbitrariedades por las que no hay a quien protestar. (Ricón, 1992:78).

El recuento de las víctimas de desaparición forzada en el país nunca podrá ser exacto por diversos motivos. Hasta hoy y a pesar de múltiples esfuerzos, no existe un ente que haya sido capaz de centralizar la información y cada organización de búsqueda y/o de defensa de los derechos humanos tiene cifras diferentes; por otro lado, hay muchas personas que no se han acercado a estas organizaciones a denunciar la desaparición de sus seres queridos por miedo y desconfianza.
En Guatemala los datos sobre desapariciones forzadas arrojan un total que oscila entre 32 mil y 50 mil personas. A ellas habría que sumar las personas desaparecidas en hechos no registrados en los informes existentes, de los que no hay cuantificación. También deberían agregarse las personas aparecidas en los procesos de exhumación, que no habían sido reportadas.

Por todo ello se puede afirmar que el número de víctimas del conflicto armado adolece de sub-registros. Investigadores como Patrick Ball, Paul Kobrak y Herbert Spirer, puntales indispensables en este trabajo debido a su seriedad y competencia profesional, lo dicen con claridad.
Según recuerdan estos autores
En octubre de 1993, algunas de las organizaciones… [GAM, CONAVIGUA, CERJ, CPR] se unieron a otros grupos de derechos humanos para formar la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos de Guatemala (CONADEHGUA). En 1996, las organizaciones de la Coordinadora decidieron conjuntar la información que cada una de ellas tenía sobre violaciones a los derechos humanos. La tarea fue delegada al Centro Internacional para Investigaciones en Derechos Humanos (CIIDH), por su experiencia en tratar el tema. Así, el Centro fue encomendado para estructurar y analizar la información en una base de datos computarizada. Esta designación se dio en el marco de las definiciones que CONADEHGUA estableció para apoyar el trabajo de la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH). (…) [Pero] la base de datos del CIIDH no presenta un panorama completo de la violencia en Guatemala. (Ball, Kobrak y Spirer, 1999:32).

El Comité Internacional de la Cruz Roja cuenta también con una base de datos disponible que se suma a los listados dispersos ya existentes. La abundancia de datos dispersos impide un conteo exacto, envolviendo el problema en una nebulosa que se presta a críticas y manipulaciones mal intencionadas.

En toda América Latina, donde también fue común esa estrategia de guerra contrainsurgente en las décadas pasadas e igualmente existe subregistro, el número de desaparecidos se calcula que asciende a 108 mil personas, lo que indica que Guatemala tiene el porcentaje más alto de desapariciones de toda la región.
En toda esta área geopolítica la práctica de desaparición forzada de personas terminó por convertirse en una estrategia estatal de la política contrainsurgente dominante, por supuesto no declarada, pero eficaz. Numerosos países la utilizaron, por ejemplo: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, El Salvador, Haití, Honduras, México, Paraguay, Perú y Uruguay.
Según estimaciones de organizaciones como FEDEFAM (Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos), Amnistía Internacional y diversos organismos de derechos humanos, en algo más de veinte años (1966-1986) 90 mil personas en América Latina sufrieron directamente los efectos de esta política.

Mapa 1. Desapariciones forzadas en América Latina (1956-1996)

Elaboración de Felipe Juárez

De acuerdo a la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas, aprobada por la OEA en Belem do Para, Brasil, en 1994,
se considera Desaparición Forzada a la privación de la libertad a una o más personas, cualquiera que fuera su forma, cometida por agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúen con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información o de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o de informar sobre el paradero de la persona, con lo cual se impide el ejercicio de los recursos legales y de las garantías procesarles pertinentes (OEA, 1994).

Por su parte, el Comité Internacional de la Cruz Roja, en una consideración más amplia, incluye dentro de su programa “Missing” una idea que va más allá de la desaparición forzada, y establece que
El término personas desaparecidas debía interpretarse en un sentido más amplio. Las personas desaparecidas o dadas por desaparecidas son aquellas de las que los familiares están sin noticias y/o que han sido dadas por desaparecidas sobre la base de información fiable. Una persona puede ser dada por desaparecida en muchas circunstancias, como el desplazamiento, sea desplazados internos, sea de refugiados, la muerte en acción durante un conflicto armado, o la desaparición forzada o involuntaria (CICR, 2006).

En la ciudad de Guatemala, con el recrudecimiento de la represión hacia fines de las décadas de los 60 y los 70, se produjo una enorme cantidad de desapariciones. En los 80, si bien el fenómeno urbano no se extinguió, se desplazó en buena medida hacia el área rural, que pasó a ser el principal teatro de operaciones del conflicto armado. Los operativos rurales y los urbanos tenían diferentes patrones; en zonas rurales, las desapariciones van más unidas a las políticas de masacre, donde en un operativo se barría completamente con toda una población, asesinándola, y eventualmente dejando algún testigo para que relate lo sucedido. Los operativos urbanos se realizaban por fuerzas de tarea que se movían coordinadamente en varios vehículos y hacían desaparecer personas en forma selectiva, previo estudio e identificación al detalle de las víctimas.

Organismos como la CEH, que estudiaron profundamente el tema de las desapariciones forzadas, dejaron importantes recomendaciones encaminadas a procesar las secuelas dejadas por las mismas. Entre otras cosas, se invita a recuperar la memoria histórica y dignificar a las víctimas. Tal recomendación sólo muy parcialmente ha sido tenida en cuenta; por parte del Estado no ha habido investigaciones profundas. Han sido básicamente los esfuerzos de algunos familiares de desaparecidos(as), de manera aislada o a través de las organizaciones de búsqueda creadas específicamente con ese fin, quienes han tomado la iniciativa logrando pequeños avances. Falta aún la investigación sistemática promovida desde el Estado guatemalteco que permita conocer el paradero de quienes fueron desaparecidos, contribuyendo a sanar las heridas aún abiertas.

El fenómeno de la desaparición forzada de personas en Guatemala, dada su masividad y la impunidad con que se realizó, puede entenderse sólo en función de una matriz histórica de violación sistemática de los derechos humanos, de una cultura de impunidad y de una apología de la violencia y de la muerte que viene marcando a la sociedad desde hace siglos. Por eso, y no por un espíritu revanchista, condenar a alguien de carne y hueso que represente esa política tétrica, es un imperativo ético. Dejar las cosas en el olvido es fomentar la impunidad, y por tanto llamar a nueva violencia.

Es evidente entonces que el ejercicio de esta terrible práctica no es producto azaroso ni circunstancial, sino que forma parte de una muy estructurada política pública. De ahí que, tanto las desapariciones forzadas de personas como todo el arsenal de recursos utilizados en esta guerra sucia, si no son debidamente analizadas, conocidas, revertidas, condenadas como prácticas contrarias a las más elementales normas de convivencia y solidaridad, perpetúan sus efectos en el tiempo creando un clima de zozobra y tensión social que hace la vida un calvario.

En Guatemala, hoy por hoy, en muy buena medida la vida cotidiana tiene mucho de calvario, con los climas de desconfianza paranoica que se viven, alimentados generosamente por la explosión de delincuencia que nos envuelve, con la cultura de violencia que lo permea todo y con los grados de impunidad tan profundos que moldean la experiencia del diario vivir. De ahí que luchar contra la impunidad tiene un efecto especialmente reparador, es un camino a la sana convivencia, a la recuperación de la salud mental que se ha venido deteriorando con la guerra interna y luego con los niveles de criminalidad tan grandes que nos asolan.

El destino de los detenidos-desaparecidos

La desaparición forzada de personas no se hacía tanto por razones prácticas para obtener información del “enemigo” sino que tenía, ante todo, otras características. Entre ellas: es un mensaje político, una forma de control social para paralizar a una población. Envía un terrible recordatorio de lo que espera a quien tome un compromiso político-social, que levante la voz, que ose tener una actitud crítica contra el estado de cosas.

Cuando ingresaba al circuito de la desaparición, el mundo perdía todo contacto con él. Durante la detención clandestina era imposible seguir las pistas de la persona secuestrada. Ningún recurso de exhibición personal lograba adelantar alguna información, alguna pista conducente a saber qué había sucedido.

Véase, al respecto, el más que elocuente Memorándum con que abrimos el texto: “por ningún motivo hay que mostrar el libro de control de detenidos a los jueces que vienen a practicar recurso de exhibición personal de algún detenido”. Literalmente: “la tierra se los había tragado”. Lo poco que se podía llegar a reconstruir era producto de las escasas y fragmentarias informaciones que circulaban boca a boca entre allegados al desaparecido (familiares, compañeros de la organización, amigos).

Hoy día, gracias en buena medida al descubrimiento del Archivo de la Policía Nacional, se puede empezar a conocer un poco más esta historia oculta. Pero de todos modos el rompecabezas sigue siendo muy difícil de armar, por lo fragmentario de los datos, lo que puede llevar a pensar que esa “confusión” de datos sueltos obedece a una política trazada específicamente.
Y más aún: cuando se encontraban cadáveres de personas no identificadas tanto en la vía pública como en “botaderos” específicos (zonas descampadas, en general en las afueras de las ciudades), los mismos presentaban laceraciones que complicaban o impedían la identificación (rostro desfigurado, piel de las yemas de los dedos quemada o manos cortadas, cuerpos completamente calcinados). Es más que obvio que allí había una política en juego con personas responsables. ¿Por qué dejar eso en la impunidad, entonces?

Es difícil, cuando no imposible, reconstruir con fidelidad los hechos que se sucedieron luego de cada desaparición forzada. Lo cierto es que, pasadas ya más de tres décadas de ese momento, son pocos los casos de personas que han reaparecido vivas. Y no siempre aparecieron los cadáveres de quienes desaparecieron. Todo indica, obviamente, que en su gran mayoría fueron ejecutados extrajudicialmente. Incluso el Archivo Histórico de la Policía Nacional ayuda relativamente poco en saber con exactitud qué sucedió: hay muy poca, casi ninguna información al respecto.
Por otro lado, los archivos del ejército nunca fueron puestos a disposición de la población, y como van las cosas, seguramente nunca se pondrán, por lo que todo apunta a que se pretende seguir alimentando la impunidad, el silencio, el mensaje aterrorizante: “el que se mete en babosadas (¿el que piensa y es crítico?) corre riesgo”.

Las ejecuciones clandestinas (homicidios, lisa y llanamente, realizados en el más total anonimato) no están asentadas en ningún lado. El secretismo extremo las rodeaba y las sigue rodeando al día de hoy para completar la idea de que una desaparición forzada implica la inexistencia o negación del sujeto.

Lo que en la actualidad puede saberse a partir de algunos casos estudiados es que, si los desaparecidos no morían en los centros de tortura, eran ejecutados con lujo de violencia, con armas punzocortantes, ahorcados o asesinados con armas de fuego. En algunos casos, los cadáveres con signos de haber sufrido violencia extrema antes de la muerte, eran abandonados, como arriba dijimos, en la vía pública o en ciertos sitios en la periferia de la ciudad.

Ahora bien: si según los cálculos existentes (conservadores para más de alguno) se dieron 45 mil desapariciones forzadas, ¿dónde fueron a parar todos esos cuerpos?

Evidentemente hubo una política sistemática de ocultamiento de tanta matanza. En algunos casos, los menos, esos cadáveres aparecían botados; pero en su gran mayoría, no están. ¿Se los tragó la tierra?

En cierta forma: sí. El mismo mecanismo de represión alentado desde el Estado contrainsurgente buscó borrar toda evidencia de lo sucedido. Por lo pronto, una gran cantidad de cadáveres de desparecidos no está, lo que hace presumir que esos cuerpos fueron arrojados al mar y/o en el cráter de algún volcán. Y si efectivamente eso comenzó a hacerse en algún momento, cuando la política se masificó y la cantidad de cadáveres se hizo enorme, por razones de costo operativo se prefirió hacer lo más barato: botarlos en fosas comunes clandestinas.
O igualmente, más tarde, aparecían en lugares descampados en torno a las ciudades, careciendo siempre de documentos de identificación, por lo que debían ser trasladados a las morgues como “no identificados”, para posteriormente ser enterrados en cementerios públicos como XX.

Oficialmente, por tanto, no había responsables. Era como que no hubiese sucedido. De todos modos hoy, ya varios años después de terminado el conflicto armado, la realización de exhumaciones ha dado como resultado el hallazgo de una buena cantidad de restos de personas desaparecidas, lo cual indica que sí, efectivamente, hubo planes bien trazados para llevar adelante esa política. ¿Un Jefe de Estado podría desconocer eso acaso?

El informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico comenta que uno de los aspectos
que caracterizó las aprehensiones de las víctimas, de modo especial en las áreas urbanas, fue el ocultamiento de la identidad de los autores en el momento de practicarlas. Son numerosos los testimonios recibidos por la CEH donde se reiteraba que los responsables actuaban disfrazados, encapuchados o cubriéndose los rostros con pañuelos. Queda así descrita una forma de actuación, por parte de los agentes del Estado, realizada no sólo con el propósito de garantizar la impunidad del hecho, sino que además constituye uno de los primeros elementos que perseguían: borrar el rastro del detenido (CEH, 1998:118).

Ante esta absoluta y cerrada secretividad, ante tamaña política de impunidad, es muy difícil realizar una búsqueda efectiva de esos miles de cuerpos desaparecidos. Lo fue en el momento mismo en que sucedían los hechos, cuando arrecia la represión entre fines de los 70 y comienzos de los 80 del siglo pasado. Y lo sigue siendo ahora. El Archivo Histórico de la Policía Nacional es un instrumento útil en esta búsqueda, pero no garantiza resultados contundentes, aunque posibilita hacer importantes seguimientos.

En mayo de 1999 apareció el posteriormente denominado Diario Militar, importantísimo eslabón para conocer los patrones y las dinámicas existentes al interior de un centro clandestino de detención. A partir del contenido del Diario, se sabe que, aunque clandestinos, existían registros pormenorizados de la captura y el destino de los desaparecidos y que había un control detallado de su filiación política.
Como información relevante que puede otorgarnos, hacer saber que se les mantenía vivos por poco tiempo y registra (por medio de códigos) las diferentes causas de muerte. En relación a los pocos sobrevivientes, indica que algunos fueron trasladados a bases militares del interior de la República y a otros centros de detención clandestina, siendo contados los casos en que los prisioneros fueron liberados. Curiosamente, según el Diario, sólo se consigna haber dado seguimiento a algunas personas que fueron liberadas.

La CEH afirma que “los cadáveres de las víctimas eran arrojados a ríos, lagos, al mar, sepultados en cementerios clandestinos, o se les desfiguraba para impedir su identificación, mutilando sus partes, arrojándoles ácidos, quemando o enterrando los cuerpos o sus despojos” (CEH, 1998:217).

Así, dentro del informe, se llega a realizar la afirmación siguiente:
Los crematorios y cementerios clandestinos eran por lo tanto parte integrante de los centros de interrogatorio, en la medida que era preciso deshacerse de las personas torturadas y posteriormente ejecutadas. La disposición de cadáveres, sobre todo en la escala masiva en que se mataba, era una medida de seguridad de contrainsurgencia para tratar de evitar que se conociesen los suplicios y asesinatos realizados en los centros de interrogatorio (CEH, 1998:220).

En la ciudad de Guatemala el cementerio La Verbena (público) ha cumplido desde hace largo tiempo la tarea de enterrar a las personas no identificadas; durante los años del conflicto armado esto se intensificó, pues la cantidad de cadáveres abandonados creció en forma exponencial. Al día de hoy se estima en varios miles la cantidad de desaparecidos enterrados como XX en ese cementerio. Buena parte de esos cuerpos, o quizá la gran mayoría, podría corresponder a los desaparecidos de décadas atrás. La recuperación de la memoria histórica posible de hacerse a partir del Archivo Histórico de la Policía Nacional podría llevarnos al cementerio de La Verbena como destino final de más de alguna, o muchas, de las personas que se siguen buscando.

Según los estudios que sobre este cementerio ha venido realizando uno de los equipos de antropología forense que ha trabajado por más largo tiempo en el país, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala -FAFG-, se podría pensar que muchas de las personas desaparecidas fueron enterrados también como XX en distintos cementerios municipales.

Si bien hace años que existen denuncias de las desapariciones y que varias organizaciones de familiares de víctimas y defensoras de los derechos humanos vienen trabajando en el esclarecimiento de qué pasó, la política contrainsurgente que llevó a cabo el Estado ha buscado -y sigue buscando- la mayor de las secretividades en el asunto, por lo que esa búsqueda se entorpece, cuando no queda prácticamente bloqueada. Las investigaciones antropológico-forenses pueden ser una inestimable ayuda en la iniciativa.

Conclusiones

·         Teniendo en cuenta que la desaparición forzada de personas fue una de las estrategias de control político-social implementada durante el conflicto armado interno -junto a las masacres con la política de “tierra arrasada” desarrollada básicamente en áreas rurales, más la guerra psicológico-ideológica de gran envergadura que tuvo lugar a nivel nacional por todos los medios masivos de comunicación- dejar todo eso librado a una cuestionable Ley de Reconciliación Nacional que olvidaría esas atrocidades para, perdonando todo, mirar hacia un “futuro nuevo” (como si ello fuera posible acaso sin atender a la reparación de esos daños), es un despropósito. En tal sentido tiene un valor altamente reparador para la sociedad dañada en sus cimientos con todo esto el juicio (emblemático si se quiere) de algún o algunos responsables de tanto sufrimiento.

·         Enjuiciar limpiamente -como ya se hizo en el año 2013- y condenar a una figura icónica de estos planes represivos del Estado tal como es el general José Efraín Ríos Montt, lejos de ser una “venganza” política como pretenden algunos sectores de pensamiento conservador, tiene un alto poder reparador y justiciero, pues puede volver a dar credibilidad en la institucionalidad estatal y en el sistema de justicia (hondamente dañados el día de hoy), a la par que funciona como reparación y dignificación de las víctimas civiles de la guerra interna.

·         La desaparición forzada de personas respondió a una estrategia estatal perfectamente organizada. Más aún, obedeció a un plan continental donde, salvando algunas pequeñas diferencias locales, los patrones de actuación se repitieron en todos los países del área con casi similar organización, lo que permite concluir que no se trató de algo sólo coyuntural y reactivo sino que fue un plan bien orquestado que buscó efectos profundos a largo plazo. Las consecuencias de la estrategia de desaparición forzada de personas son diversas, pero en todos los casos resultan nocivas para las grandes mayorías populares. Los principales beneficiados de esta política de “guerra irregular” o “guerra sucia” son los sectores dominantes, que por su intermedio pudieron repeler los proyectos de transformación social que cobraron auge con distintas expresiones de lucha popular en las décadas de los 70 y los 80 del pasado siglo. Incluso los brazos operativos que hicieron el trabajo propiamente dicho: fuerzas de seguridad del Estado y grupos conexos (paramilitares, parapoliciales), si bien acrecentaron su cuota de poder (tanto político como económico, constituyéndose en un poder sobredimensionado dentro de la lógica del Estado al que servían y ganando porciones dentro de la acumulación de riqueza en el concierto nacional junto a los grupos dominantes tradicionales), finalizada la guerra interna terminaron desacreditados.

·         En orden a enjuiciar y castigar a los responsables directos de todas las atrocidades cometidas durante la guerra interna, debe quedar claro que los ejecutores directos (para el caso que nos ocupa: el ex Jefe de Estado general José Efraín Ríos Montt) tienen una alta cuota de responsabilidad en lo sucedido, pero que con ellos no termina el problema sino que a su vez, tras ellos, deben conocerse los verdaderos factores de poder para quienes llevaron adelante esas políticas de represión de la protesta popular.

·         Los efectos de estas estrategias tienen distintas aristas: a) fueron letales para 45 mil ciudadanos guatemaltecos, de quienes nunca más se supo nada y que todo indica murieron al poco tiempo de su desaparición. b) Fueron terriblemente conmocionantes para los familiares y allegados directos de las personas desaparecidas, en quienes se alteraron procesos de duelo normal ante el desaparecido, quedando en una situación de espera eterna, sabiendo por un lado que lo más probable es que su ser querido esté muerto pero albergando secretamente confusos sentimientos de verlo reaparecer, todo lo cual produce un cuadro de confusión psicológica que no cesa con el paso del tiempo. c) Creó una cultura de silencio y sumisión profundamente enraizada en el colectivo social, donde se instalaron y apropiaron mensajes de aceptación pasiva de la represión, terminando por justificar las desapariciones con argumentos deshumanizantes, inhibidores de la protesta social y provocadores de ruptura y falta de solidaridad en los tejidos sociales, promoviendo actitudes individualistas: “si se los llevaron, por algo sería”.

·         Las consecuencias colectivas de desinterés por lo político, de relajamiento de lazos sociales y salidas individuales provocadas por las estrategias de desaparición forzada de personas pavimentaron la posibilidad de establecer, algunos años después de implementadas las campañas de desapariciones, planes económicos leoninos para las mayorías sin mayores reacciones populares. Se trató, entonces, de una planificada estrategia de guerra que con el empleo planificado de acciones que sirvieron como “propaganda”, como promoción de un mensaje (freno al “comunismo internacional que quería adueñarse de estas tierras”), estaban orientadas a direccionar conductas colectivas en la búsqueda de objetivos de control social. Ya desaparecidas, las personas corrieron suertes muy diversas. En algunos casos se dieron procesos de “conversión”, es decir: militantes del campo popular y revolucionario que fueran secuestrados por su ideario contestatario, luego de ser sometidos a procesos de tortura abandonaron sus posiciones de lucha pasando a sumarse a las fuerzas de la represión. Ello debe entenderse en el marco de complejos procesos psicológicos. Es difícil hacer una equilibrada ponderación de esos casos: ¿hasta dónde llegan los mecanismos de adaptación y sobrevivencia y hasta dónde se pueden saltar barreras éticas? El presente estudio, que no ahonda en esas temáticas, sólo indica que esa fue una posibilidad entre otras a la que se enfrentaron los desaparecidos y, de hecho, se comprobó en una cantidad de casos.

·         Todo indica que la inmensa mayoría de las personas desaparecidas fueron asesinadas. Por lo pronto, algunas, muy pocas, aparecieron muertas al corto tiempo de su desaparición. Eso era parte de la estrategia montada: dejar ver algunos cadáveres, en general con signos de terribles torturas y con tiro de gracia, lo cual enviaba un elocuente mensaje al colectivo social: “quien se mete en cuestiones políticas adversas al estado de cosas, así le va”. El mensaje logró su objetivo: contribuyó a desmovilizar toda la sociedad, que por aquellos años se encontraba en cierta efervescencia político-social. Pero de la inmensa mayoría de desaparecidos/as no hay ninguna información. Todas las hipótesis que se puedan tejer al respecto llevan a lo mismo: los desaparecidos no fueron mantenidos vivos, siendo casi imposible (por no decir absolutamente imposible) que estén hoy aún en situación de detención clandestina, ni tampoco salieron al exilio fuera del país. Por lo tanto, las conjeturas indican que fueron ajusticiados en forma ilegal. Lisa y llanamente: asesinados en su gran mayoría.

·         La búsqueda de las personas desaparecidas se torna extremadamente difícil por una sumatoria de razones, amparadas todas en la estrategia de base que fue el centro de esa política: fue una práctica extrajudicial mantenida en el más cerrado hermetismo. A partir de ello prácticamente no hay pistas valederas: existen muy pocos archivos que puedan ayudar en la tarea (el de la Policía Nacional es el más organizado, aportando valiosas informaciones pero no alcanzando de todos modos para resolver todos los casos). Archivos militares no se han abierto, y nada indica que se vaya a hacer en lo inmediato. La cantidad de cadáveres no identificados encontrados en la época más álgida de la represión (1975-1985) fueron inhumados como XX, y recién ahora, unas tres décadas después, comienzan a ser estudiados, no asegurándose la posibilidad de identificación en todos los casos. Las fuerzas que llevaron a cabo estos trabajos se cuidaron muy esmeradamente de no dejar huellas, o dejarlas muy fragmentariamente, confundiendo así más aún la posibilidad de seguirlas. La secretividad que marcó todo este capítulo de la historia nacional no ha desaparecido: ello, entonces, sigue haciendo tremendamente problemático buscar personas desaparecidas con reales posibilidades de éxito, por la falta de registros y testigos.

·         Las fuerzas estatales negaron siempre sistemáticamente la comisión de desapariciones, más allá de toda la inconmensurable prueba empírica que las desmiente. Eso crea una situación de polaridad absoluta que aleja toda posibilidad de procesos reconciliatorios en el seno de la sociedad. Tomando como modelo experiencias de otros países, podría indicarse que una vía posible para comenzar a cambiar la polaridad post guerra es ofrecer una amnistía general a quienes llevaron adelante las políticas represivas a cambio de información precisa sobre el paradero de los desaparecidos.

·         La puesta en práctica de la anterior recomendación no va a resolver los problemas estructurales que siguen afectando a la sociedad guatemalteca y que prendieron la guerra en la década de los 60, pero puede ser un importante camino para explorar vías novedosas que bajen algo de la conflictividad social presente o, al menos, los niveles de dolor que siguen padeciendo los sectores más afectados por el conflicto armado.

·         Hoy quizá se vaya tornando cada vez más difícil seguir encontrando pistas concretas que lleven a resolver casos de desapariciones forzadas en forma terminante. Se podrán encontrar, quizá, algunas osamentas que, con las tecnologías que se dispone en la actualidad (pruebas de ADN), se logren identificar. De todos modos, aunque sea relativamente poco lo que pueda identificarse en las fosas clandestinas que se exhumen, es siempre útil mantener estas búsquedas, porque ello alimenta una memoria histórica que no se debe dejar morir, en el entendido que “olvidar la historia abre la posibilidad de su repetición”.

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* Material aparecido originalmente en la Revista “Análisis de la Realidad Nacional”, del Instituto de Análisis de Problemas Nacionales -IPNUSAC- de la Universidad de San Carlos de Guatemala, N° 65, enero de 2015.
** Traducción del autor.
[1] Los datos con que se alimenta la presente investigación muchas veces difieren entre sí. Esto se debe a que las fuentes consultadas, muy diversas por cierto, se desarrollaron durante los mismos años de la represión, con las dificultades que eso pudo haber traído, a lo que se suma la falta de una unificación y sistematización rigurosa de todas ellas.
[2] Frase popular interpretada como: “al que cuestiona, al que protesta o al que se mete en política le puede ir muy mal”.
[3] En los procesos de Nüremberg se enjuició el Decreto “Noche y Niebla”, puesto en marcha por el régimen nazi en 1941, el cual estipulaba que las personas que amenazaran la seguridad alemana en los territorios ocupados fuesen transportadas a Alemania, donde sería ejecutadas, y para lograr el efecto intimidatorio deseado, se prohibía entregar información alguna sobre su paradero. (Documento L-90 Volumen 7 de las actas de los procesos de Nüremberg). 

jueves, 15 de enero de 2015

¿Seremos todos Charlie?



Choque de civilizaciones: ¡no nos sigan agarrando de estúpidos, por favor!

Marcelo Colussi

Cuando en el año 1883 la erupción del volcán Krakatoa, en Indonesia –a la sazón colonia holandesa– produjo un maremoto con tremendas olas de 40 metros de altura que provocaron la muerte de 40.000 habitantes, un diario en Ámsterdam tituló la noticia: “Desastre en lejanas tierras. Mueren ocho holandeses y algunos lugareños”. ¡Qué racismo!, podríamos decir hoy escandalizados. Lo cierto es que la historia no ha cambiado mucho 130 años después.

Ya estamos tan habituados a Hollywood y montajes hollywoodenses, que vemos el mundo en términos de “buenos” y “malos”, de “muchachitos” justicieros (siempre blancos, defensores de la “democracia y el estilo de vida occidental y cristiano”, “triunfadores” por antonomasia) que castigan a “bandidos” (los cuales, casualmente, son siempre indios, negros, y desde hace un tiempo musulmanes). Tanto se nos metieron estos esquemas en la cabeza –¡nos los han metido!, habría que aclarar– que interpretamos todo lo que pasa a nuestro alrededor según esa clave. Para el caso, remedando aquel racismo de la tragedia del volcán Krakatoa, los recientes hechos de París nos lo dejan ver de un modo vergonzoso.

De ningún modo se puede aplaudir la muerte violenta de nadie, la de los caricaturistas, la del policía rematado en el piso, la de tanta gente que muere a diario por causas prevenibles. Pero levantar estas repulsas universales tan ¿hollywoodenses? por los muertos franceses –tan respetables como cualquiera, por supuesto– como mínimo abre ciertas sospechas.

Ya se escribió hasta la saciedad sobre el ataque al semanario francés Charlie Hebdo. Un texto más sobre el asunto seguramente no aporta nada nuevo (por el contrario: más bien puede contribuir a aumentar ese hartazgo). Pero casi como un acto de militancia me pareció necesario –aunque sea tardío– decir ¡basta! a tanta manipulación mediática.

Este manipulado proceder, que ya se nos hizo tan habitual, de dividir maniqueamente el mundo entre buenos y malos, impide entender la complejidad de los procesos en juego, obnubila la mirada crítica sobre la realidad. En otros términos: estupidiza.

Hollywood y toda la parafernalia comunicacional que sigue esa línea (que es muy buena parte de lo que consumimos a diario como “información”) nos ha anestesiado, convirtiéndonos de máquinas tragadoras de imágenes prediseñadas. Desde hace aproximadamente más de dos décadas toda esa industria mediática ha venido haciendo del mundo musulmán un enemigo público de la “racionalidad” occidental. El asunto no es azaroso. Unos años después de iniciada esa campaña de preparación, un catedrático estadounidense –Samuel Huntington–, no sin cierto aire pomposo nos alertó del “choque de civilizaciones” que se está viviendo.

Ahora bien: lo curioso es que ese “monstruoso” enemigo que acecha a Occidente, ese impreciso y siempre mal definido “fundamentalismo islámico” que pareciera ser una nueva plaga bíblica, siempre listo para devorarnos, debe ser abordado antes que nos ataque. De ahí que nace la estrategia de guerras preventivas. Dicho de otro modo: “le hacemos la guerra nosotros (los buenos) antes que ellos (los malos) nos la hagan”. El esquema es simple, demasiado simple. Más aún: atrozmente simple, puesto que se repite el modelo de las películas hollywoodenses: soldados occidentales “buenos” castigando a los musulmanes “malos”.

Pero lo más curioso –¡y atroz!– es que justamente los países de donde proviene esa supuesta amenaza… tienen sus subsuelos cargados de petróleo. Curiosa coincidencia, ¿verdad?

Como los medios audiovisuales cada vez más deciden nuestras vidas, nuestra forma de pensar, las ideas que nos hacemos del mundo, el bombardeo de estos días nos mostró a tres “fundamentalistas musulmanes” (los hermanos Kouachi y Mohammed Mehra) cometiendo “actos atroces” (tan atroces como comete cualquier soldado occidental, blanco y educado, cuando masacra musulmanes, negros o indios en algún “remoto rincón del mundo”, según dijera en alguna oportunidad el presidente de Estados Unidos que empezó con lo de las guerras preventivas).

Pero ya que estamos hablando de curiosidades, valga decir, citando al diario estadounidense “McClatchy” que esos “asesinos” fueron reclutados en su momento por el francés David Drugeon, miembro de los servicios de inteligencia del país galo, y ligado al grupo Al Qaeda. ¿Otra curiosidad? Por supuesto, el gobierno francés lo negó. ¿Algo así como Osama bin Laden, el peor “malo” de la película inventado por la CIA?

No pretendemos con este breve texto desarrollar una exhaustiva investigación sobre al asunto. Mucho menos, denunciar abiertamente que ahí hubo un execrable montaje, en relación al cual podríamos aportar pruebas convincentes. Quizá alguien ya se encargará de hacerlo, así como se hizo con las Torres Gemelas de New York. Pero como de manipulación de sentimientos se trata (¿guerra de cuarta generación la llamaron?), ese odio que se ha intentado crear contra el Islam… ¡no me lo como!

Si es cierto que todos somos Charlie (como el hebdomadario), también todos somos los miles y miles de niños muertos por las bombas asesinas de la OTAN y las potencias occidentales, con Washington a la cabeza, en los más de 20 frentes de guerra abiertos en el mundo ¿para defender la democracia? Y también todos somos los diez mil niños muertos diariamente por hambre, y todos somos los miles de damnificados por las inmorales deudas externas de los países que pagan a los acreedores del Consenso de Washington, y todos somos los que viven en favelas, y todos somos los que mueren de diarrea por no tener acceso a agua potable. Ninguna de esas víctimas se merecía morir, como seguramente tampoco lo merecían los 12 asesinados de la revista parisina. ¿O acaso alguien se lo merece? ¿Tal vez esos “malos de la película” retenidos en Abu Ghraib, o en Guantánamo? ¿Tal vez sí lo merecían los 108.000 desaparecidos de las guerras sucias en América Latina?


Como dijo Thierry Meyssan: “No es en El Cairo, en Riad ni en Kabul donde se predica el «choque de civilizaciones» sino en Washington y en Tel Aviv”. El petróleo robado por las compañías occidentales lo deja ver. Y si no se ve clarito, es porque este oro es demasiado… negro.

Con motivo de la islamofobia actualmente desatada: Confesiones de un agente secreto



Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Mire, doctor: todo lo que le cuento es real. Le pido que me lo crea tal como se lo relato, ¿por qué habría de mentirle?

En realidad, el italiano era mi abuelo paterno; de Calabria. Mi papá ya nació aquí, y yo también, claro. Aunque siempre mantuvimos el idioma; bueno, yo ya no tanto, pero todavía puedo hablar bastante en dialecto siciliano. Y me defiendo aceptablemente en italiano.

Pero, eso no importa. Lo cierto es que yo, desde siempre, estuve en el medio de estas tormentas. ¡Usted no se imagina lo que era vivir en esa familia! Siempre con sonrisitas, pero por detrás una violencia que no tenía nombre…. Así me fui criando, entre mafiosos y armas. Creo que sería tonto decir que me arrepiento. ¡Como si fuera posible arrepentirse de la familia que uno tiene! La familia uno no la busca; le viene. Por eso…. no creo que sea correcto planteárselo así, ¿no le parece, doctor?

Bueno, pero esa fue mi historia, y nada podemos hacer ahora. Me acuerdo cuando era un jovencito –doce o trece años habré tenido– y presencié por primera vez un asesinato. En realidad no tenía nada que ver mi familia en ese caso, pero era por el barrio donde vivíamos. Después ya me fui acostumbrando. Uno se acostumbra a todo, ¿vio, doctor? También a la muerte. No sabría decirle si hoy a mi me gustaría matar a alguien; no lo sé. Pero, al menos, no me asusta pensar en que tengo que volver a hacerlo.

En verdad, cuando hablo de todo esto me agarra un poco de angustia. ¡Sí, de verdad! ¿Por qué no me puedo angustiar yo también, doctor? Claro, usted pensará que porque soy un asesino no me angustio. Mire, le voy a decir que yo tengo más moral que más de uno de esos monstruos para los que trabajo. O que trabajé, mejor dicho; porque ahora que ya no me necesitan, me abandonaron.

Culpa, culpa propiamente dicha.... no, eso no siento. Siento, o más bien: sé, sé racionalmente que todo lo que hice puede ser criticable. Pero mire, al fin y al cabo si uno se pone exquisito y empieza a analizar bien las cosas encuentra que todo es criticable. ¿Cómo se hacen las grandes fortunas? Trabajando, seguro que no. ¿Cómo se hace para volverse famoso? Por lo que yo he visto, vendiendo el alma al diablo. En fin: todo se puede criticar. ¡Mire los comunistas! Se llenan la boca hablando de pueblo, de igualdad, y los dirigentes viven en grandes palacios, con cuentas secretas en los bancos suizos.

Pero nos vamos del tema. Yo le decía, doctor, que no siento una particular culpa por todo lo que hice; en todo caso tengo que confesarle que tengo.... resentimiento. Sí, eso: re-sen-ti-mien-to. Por cómo me trataron, por cómo me usaron. Mire qué cínicos: ahora que paso a ser un estorbo me dejan en un hospital psiquiátrico y me hacen pasar por loco. ¡Y le aseguro que loco no estoy! Eso es lo que me molesta, lo que me encoleriza. Haber participado en acciones secretas.... bueno, en sí mismo eso no tiene nada de malo. Me encoleriza ver cómo se usa a la gente.

Será que uno, conforme se pone más viejo, busca reflexionar un poco más sobre las cosas. No sé, no me quiero hacer el filósofo, pero desde hace un tiempo vengo pensando, cada vez más, en lo terrible que podemos llegar a ser los seres humanos. No sólo que podemos llegar a ser; yo diría, peor aún: que somos. ¿Alguna vez se puso a pensar en eso, doctor? Es para llorar, realmente.

Pero entiendo que a usted no le interesan todas estas disquisiciones. Volviendo a mi caso, entonces, le cuento que a los 16 años ya trabajaba como pusher. Fue mi hermano mayor el que me dio esa responsabilidad; para ese entonces mi papá ya estaba muy enfermo y casi no se ocupaba de los negocios.

De joven a mí no me interesaba la política. Tampoco ahora, para ser franco. A decir verdad, si bien trabajé por años para la CIA, nunca me interesó la política. ¿Vio, doctor, eso que siempre se dice: que la política es sucia, es puro negocio? Bueno, es así. Rotundamente se lo aseguro, yo que estuve más de treinta años ligado a ese mundillo. Es lo peor que se puede concebir, peor que nosotros, los asesinos y mafiosos. Pero, ya ni sé cómo, entré a ese mundillo.

Sucede que la sensación que ahí se tiene es muy agradable. Es como con las drogas: una vez que uno entra ya no quiere salir; no es que no pueda salir. No quiere. Yo conocí don nadies que, una vez llegados a ese ámbito, daban su vida por seguir ahí. A mí, para serle franco, nunca me fascinó. Me gustaba porque me permitía ganar mucho dinero, ¡pero mucho!, sin tener que arriesgar tanto la vida como mis hermanos. Ellos siguieron siempre en el hampa; en el hampa no legal, digamos: drogas, juego, robo de vehículos. Yo, en cambio, hasta tuve pasaporte diplomático. Me acuerdo que estuve en situaciones que, cuando luego lo contaba en familia, no se podía creer: desayunos de trabajo con ministros de los paisuchos pobres, de Latinoamérica casi siempre, veladas de gala con la crema, hasta un par de veces cené con reyes: los de España y los de Suecia. Ah, también me vi algunas veces con reyes africanos; pero esos no son reyes de verdad. A más de uno –me daba risa– los nombramos reyes nosotros, con la Agencia.

Pero, bueno: todo eso no le interesa…. eso creo, ¿no, doctor? Si le interesa puedo contarle con lujo de detalles. De todos modos dejémoslo para después; supongo que tendremos mucho tiempo para conversar. Como le decía: he visto cada cosa en mi trabajo que si las cuento, estoy seguro que quien me escucha no las podría creer.

Claro, yo tenía un puesto muy particular: fui, por más de diez años, encargado de operaciones especiales. Le aseguro que no cualquiera llega a eso, no cualquiera. Y lo obtuve, ¡se lo aseguro, doctor!, por mérito propio. Nunca fui de buscar mucho las recomendaciones. Quizá pude subir tanto en la Agencia por un par de motivos que no todos pueden manejar: mi facilidad para los idiomas, y mi sangre fría.

Sí, no se ría. Las dos cosas ayudan, seguro. ¿Usted cuántos idiomas habla? Claro, me lo imaginaba: como todos los ciudadanos de este país sólo habla inglés. Está bien, no hay por qué buscar ser un erudito; ¡pero mire que somos cerrados los americanos! No pasamos del inglés, la Coca-Cola y el Mc Donald's. En verdad no sé si me considero un simple ciudadano americano. No, creo que no, aunque nací y me crié aquí. Bueno, pero como le decía: por diversos motivos tuve la suerte de aprender algunos idiomas, y nunca me costó. Ya en mi barrio, de chico, donde convivía con gente de todas partes del mundo, chapuceaba español y árabe, además del dialecto de mi familia. En realidad nunca fui buen alumno, para ninguna materia, pero con los idiomas sí era talentoso. Así aprendí también un poco de francés, y hasta algo de chino.

Y la otra cosa que me ayudó a subir, como le decía, es mi sangre fría, mi tranquilidad en los momentos difíciles. Así debe ser un agente encubierto; al menos eso nos repetían hasta el hartazgo en los cursos en la Agencia. Me acuerdo una vez, en Nicaragua, con el sandinismo, cuando tuve que neutralizar…… ¿cómo dice, doctor? Sí: neutralizar es matar. Bueno, cuando tuve que matar a un dirigente comunista de Cuba que estaba apoyando a los sandinistas, y se hospedaba en un hotel lujoso. Así disimulaban, claro. Él era un instructor militar, muy bien preparado, y como sabían que nosotros los veníamos siguiendo, para despistar, haciéndose pasar por diplomático, paraba en un hotel cinco estrellas. Recuerdo que me metí en su cuarto, lo ahogué en la tina del baño, y luego encargué la cena, tranquilamente, haciéndome pasar por él. El problema fue cuando vino la puta que había pedido a la habitación. Ya ni me acuerdo cómo manejé la situación; lo cierto es que hasta hicimos el amor con el cadáver en el baño, cenamos juntos, y luego pude despacharla sin que sospechara nada. Y nadie se enteró del asunto hasta cuando, a la mañana siguiente, después de dormir como un oso, yo ya había dejado el hotel. ¡Eso es sangre fría!

Me imagino que ustedes, psiquiatras y psicólogos, no dirán "sangre fría". Ustedes me llamarían, si no me equivoco, psicópata. Bueno, ¿qué le voy a decir? Si ese es mi nombre científico, bienvenido. Es como las plantas: pobrecitas, ellas no saben qué son. Son plantas nomás, aunque después las llamemos con nombres rarísimos en latín. Nosotros, los que hacemos los trabajos sucios, somos enfermos, pero ¿qué son los que firman los decretos para invadir un país, para bombardear, para dar luz verde a una operación secreta? A esos, ningún médico los diagnostica, ¿verdad?

Mire, doctor, le voy a decir algo, y no crea que me estoy enojando con usted: en el mundillo político que maneja este país, y me atrevo a decir aún: entre los empresarios multimillonarios que son los que realmente mandan, usted va a encontrar que está lleno de locos, maniáticos, sedientos de poder, insaciables. Se lo digo con certeza, porque yo trabajé treinta años para ellos.

¿Vio que siempre se dijo que Hitler era un chiflado, que eyaculaba de emoción escuchándose a sí mismo cuando pronunciaba sus discursos? Bueno, mis patrones son más locos todavía. Pero ellos son los que dirigen el mundo ahora, y nadie les va a hacer un diagnóstico de psicopatía, o como se llame eso.

Los locos somos nosotros, las pulguitas, los que hacemos los trabajos sucios. Somos locos cuando caemos en desgracia, como yo ahora; antes era "un glorioso defensor de la patria". ¡Da risa!

¿Cómo fue? Bueno, prepárese a escuchar algo inverosímil, doctor.

¿Se acuerda de Frank Carlucci? El fue Secretario de Defensa con Reagan, y antes, jefe de la CIA. Dado que los dos somos de origen italiano, él, al saber de mí en la Agencia, al saber de mi buena reputación laboral, de mi profesionalidad, me buscó. Para ese entonces –hace ya más de quince años– yo ya era conocido por mi prolijidad para los trabajos. Me tenía mucho aprecio, y tengo que reconocer que no me caía mal. Por lo menos no era un estúpido fanático de la comida rápida, y muchas veces compartíamos buena pasta con algún Chianti italiano. Sabía comer…

Bueno, como nos entendíamos, nació una cierta camaradería que se mantuvo por años. Fue con él, hace ya años, que conocí al que fuera Primer Ministro británico, John Mayor, cuando manejábamos la Guerra del Golfo. Ellos como políticos, yo como operador de la Agencia. Yo era el contacto para diagramar todas las noticias de CNN. ¡Qué manera de mentir! Bueno, así es mi trabajo.

Recuerdo que unos meses antes de la guerra tuve ocasión de conocer en persona a Osama Bin Laden, pero no por cuestiones militares directamente, sino por algo en relación a un embarque de goma arábiga que hacía él para la Coca-Cola. Me acuerdo bien, porque años después me volvería a llamar la atención la coincidencia, ya que todo eso del embarque tenía que ver con una megaempresa, el Grupo Carlyle, a quien también pertenecen Mayor y Carlucci. Y Bin Laden. Bueno, más bien el Grupo Bin Laden, con sede en El Riad, Arabia Saudita, que está muy cerca, aunque usted no me lo crea, doctor, de los republicanos.

Sí, doctor: así como lo escucha. Creo que usted no me cree mucho de lo que le digo. Ahora bien: ¿qué interés tendría yo en engañarlo a usted ahora? Sé que no estoy loco, pero usted, de todas formas, va a tener que certificar que soy un demente, porque grandes poderes se lo van a solicitar. Todo lo que le cuento es la pura y descarnada verdad; pero como eso no conviene a peces gordos, yo tengo que salir de escena. ¿Y qué mejor que internarme en un manicomio?

Sin embargo, ahora que ya empecé a contarlo, quiero decírselo todo, doctor. Usted me cae bastante bien, me parece un buen tipo: es de los que hablan sólo inglés y lleva a sus hijos los domingos a comer a Mc Donald's. Pero, créame: me gusta la manera que tiene de escucharme.

Bueno, este Grupo Carlyle, al menos hasta donde yo sé, es un monstruo valuado en alrededor de catorce mil millones de dólares. Se ocupa de todo un poco: lo forman otros monstruos no menos enormes, como las United Defense Industries, de Virginia, la Raytheon, con sede en Massachusetts, y la Bush Energy Oil Company, de Texas. Ah, y también la Enron, esta empresa que acaba de estar en el tapete con motivo de los famosos fraudes, ¿se acuerda, verdad?

Ya ve, doctor: no es para andar jugando toda esta gente. Además, como le dije, están los árabes del Grupo de Bin Laden. Estos, que no son ningunos estúpidos para hacer negocios, son socios de la familia Bush; de hecho el hermano mayor de Osama, que se llamaba Salem –y lo recuerdo porque a mí me tocó supervisar el peritaje que se hizo cuando cayó el avión en que viajaba, y murió, en Houston, en el '93, porque se pensaba que podía ser un atentado– fue el fundador de la Bush Energy Oil, con el viejo Bush, el que fue vicepresidente con el vaquero Reagan, antes de ser presidente y atacar Irak, allá en los '90. No sé exactamente de qué manera, pero esa petrolera es algo así como subsidiaria de la Chevron/Texaco. ¡Todo en grande, muy en grande!

Bueno, ese Grupo Carlyle, come le decía, maneja mucha plata, y mucho poder, pero mucho. Para que vea: fabrican, por medio de la Raytheon, los sistemas de guía para los misiles Tomahawk, los sistemas de posicionamiento global por satélite, y también sistemas integrados de radar para todas las fuerzas armadas del país. Se imagina los dólares que puede mover todo eso, ¿verdad?

Además, la United Defense, otro de sus brazos, fabrica los sistemas de lanzamiento de misiles para la Marina y la Fuerza Aérea. O sea que los misiles Tomahawk, de Raytheon, se lanzan desde plataformas fabricadas por United Defense instalados en cada barco y submarino de la Marina y en la mayoría de los bombarderos B-52, B-1 Lancer y B-2 Spirit de la Aeronáutica.

¿Entiende, verdad? Todo queda en casa. Además el Grupo Bin Laden fue el principal contratista civil para la reconstrucción de Kuwait tras la Guerra del Golfo, y es en la actualidad el contratista de ingeniería civil más grande en Medio Oriente, siendo muy probable –ya no tengo esos datos– que quede como una de las principales empresas encargadas de la reconstrucción de Irak.

Por supuesto que la imagen de Osama es la del demonio tras los atentados del 9/11; pero es parte del espectáculo, doctor, como siempre. Los negocios pueden tolerar –y hasta necesitan– un poco de circo. Eso les da sabor.

Bueno, en realidad esto de Bin Laden, aunque sabemos que puede estar bien montado, no fue algo tan simple de digerir. Y ahí vienen mis problemas.

Los negocios son una cosa, pero jugar con las personas es algo distinto. Y le quiero decir, doctor, que han jugado con la CIA. Yo entiendo y acepto que el jefe es el jefe. Alguien tiene que mandar, ¿no? Y los que no somos jefes tenemos que cumplir las órdenes. Eso es general, no sólo dentro de la disciplina militar. También vale para usted, doctor, que es un buen ciudadano y paga sus impuestos sin hacerle daño a nadie. Mire: los poderosos ordenan, y la mayoría silenciosa cumplimos los mandatos. Claro, cuando uno es agente encubierto de la CIA tiene la sensación que es parte del mecanismo de poder, que las órdenes y el manejo del mundo pasa por las manos de uno. Pero si se pone a pensar un poco ve que es un minúsculo engranaje de una máquina tan compleja, tan enorme, tan despiadada, que termina por asustarse. Lo que se ve, doctor, es que el poder es tan pero tan lejano a nosotros, que mejor ni preguntarse esas cosas, para no terminar llorando, o pegándose un tiro.

En un tiempo yo pensaba que efectivamente todos éramos parte de la cadena, que cada uno de nosotros ponía su granito de arena para la grandeza del país, y que todos gozábamos los beneficios. ¡Qué complicado todo esto!, ¿no le parece? Pero los que ya peinamos canas, si nos detenemos a pensar un poco, podemos ver la otra cara de la moneda: vivimos para tomar Coca-Cola, comer Mc Donald's, y no pensar. Fundamentalmente eso: no pensar. Por supuesto, mientras tengamos la refrigeradora llena y el carro parqueado frente a la casa, ¿quién necesita pensar?

Pero a veces, en los momentos difíciles, es bueno ponerse a pensar. Yo, ahora, estoy pasando un momento muy difícil, como se dará cuenta. Por tanto, he estado reflexionando mucho; estuve pensando cosas que antes jamás en toda mi vida había considerado. Por ejemplo: ¿para qué y para quién trabajé treinta años?

Me entiende, ¿no, doctor? ¿Para quién trabajé toda mi vida? Para un grupo de ricachones que, cuando les servía, me trataban bien, y cuando ya no les interesé, me neutralizan metiéndome en una casa de locos. Es triste, pero es así.

Resulta que en la Agencia teníamos información acerca de los atentados que se venían el once de septiembre; lo sabíamos. Por mis manos pasaron los nombres de varios de los suicidas. Creo que todos lo sabían. Mire, para darle un ejemplo, y siempre hablando de negocios: la firma Morgan, Stanley, Dean, Witter & Compañía, que me imagino debe conocer, ganó 1.2 millones de dólares, y más todavía ganaron los de Merril Lynch –creo que como cinco millones y medio– mediante la ejecución de una herramienta bursátil llamada Put Option con acciones de American Airlines, dos semanas después de los atentados.

¿No entiende? Bueno, le explico. El Put Option es una opción que cubre riesgos, así de simple. Si uno compra una acción a un dólar y una semana después se la regresa al emisor y la acción vale, digamos, ochenta centavos de dólar, el emisor está obligado a pagarte los dos centavos de diferencia más el dólar que le costó la acción. Este es una herramienta financiera usada por muchas compañías dentro de NASDAQ y la NYSE para agenciarse de capital fresco. Pero aquí viene lo sorprendente: ambas compañías que le mencioné, doctor, estaban localizadas en las torres gemelas –una en cada torre–. Curiosamente ambas habían comparado acciones de American Airlines entre el 6 y el 10 de septiembre mediante Put Options, y ambas se las volvieron a vender a la aerolínea mediante la ejecución del contrato entre el 29 de septiembre y el 10 de octubre, cuando el valor de la acción había caído casi un cuarenta por ciento. Otra cosa llamativa es que el día del atentado, ninguno de los altos ejecutivos de ninguna de las dos compañías se encontraban en sus oficinas a la hora del ataque. Llamativo, demasiado coincidente, ¿verdad?

Bueno, por lo que se ve, había mucha gente que sabía lo que iba a suceder. Yo, varios meses atrás, cuando veía que se venía encima el atentado, hice algo que –ahora me doy cuenta– fue muy osado: al no encontrar todo el eco que esperaba en mis jefes de la Agencia, acudí a Carlucci. Pensaba que, dada la confianza que había y el aprecio que él me tenía, iba a sorprenderse con lo que le contaba, e iba a reaccionar haciendo algo. Pero no sabía lo que me esperaba.

Él, como le dije hace un rato, es un alto ejecutivo del Grupo Carlyle, por lo que sabía, o supongo que sabía, lo que se había tramado. Algún tiempo después me di cuenta de todo; recuerdo que un año atrás, más o menos, había leído un documento de una Fundación que apoya a los republicanos donde decía que necesitamos "algún hecho catastrófico y catalizador, como un nuevo Pearl Harbor". Ya estaba todo planificado, doctor, ¡todo!

¿Que no entiende? Pero si está clarito: un atentado terrible, la imagen de un monstruo asesino como Osama Bin Laden que puede justificar cualquier cosa, una buena campaña mediática, y las circunstancias están preparadas para lo que viene después. Como dijo la Secretaria de Estado, Madeleine Albrigth: "Mc Donald's no puede expandirse sin Mc Douglas, el fabricante de los aviones F-15." Es decir: ya tenemos el nuevo Pearl Harbor para ir a buscar el petróleo de Hussein; y de paso, en la operación, se gastan unos cuantos milloncitos en los equipos que fabrican los amigos. ¿Entiende ahora, doctor?

Mire: en realidad no es ni mejor ni peor que tantas acciones en las que me tocó intervenir. La diferencia, quizá, está en el volumen de dinero que se mueve aquí; pero en lo sustancial no es muy distinto de lo que hice toda mi vida, o de lo que siguen haciendo mis hermanos en el Bronx. El error de cálculo que tuve fue pensar que la Agencia tiene más poder del que tiene. Hasta el momento en que fui a ver a Carlucci pensaba que de verdad importábamos como mecanismo de control, que éramos una policía especializada muy tenida en cuenta. Pero me encontré con que no es así.

Cuando los que mandan de verdad –gente como los del Grupo Carlyle– nos necesitan, nos llaman urgente. Pero nosotros no contamos en la fiesta. Ahora que yo creía que estaba cumpliendo a la perfección mi trabajo de detective, que habíamos descubierto un plan delictivo y lo podíamos detener a tiempo, veo que los delincuentes no son los árabes terroristas, sino mis propios jefes. ¡Me indignó, doctor! Sí, me indignó profundamente. Y no pude contener la cólera. Recuerdo que ya me empecé a desesperar luego de la entrevista con Carlucci; me recibió apenas unos minutos en su oficina, y hasta llegó a decirme que yo estaba exagerando. ¡Se imagina! Alguien que fue director de la Agencia, que conoce a cabalidad el trabajo, que sabe que en estas cosas ninguna exageración es grande…. Ya desde ese momento algo me olió mal, y empecé a adentrarme un poco más en el tema. Cuando tuve más claro de qué se trataba, no pude evitarlo y generé esa entrevista con los periodistas franceses para contarles todo.

Mire, a esta altura de mi vida y habiendo trabajado tres décadas en la CIA, ya no me puedo tomar en serio eso de la defensa de la patria. ¿Qué es la patria, doctor? Se puede defender –como dijo la Albrigth– a Mc Donald's; eso es concreto. Y para eso están los F-15, y todos los arsenales que se le puedan ocurrir. Y para eso estamos nosotros, los asesinos bien preparados de la Agencia, fríos y calculadores. Pero ¿defender la patria? Alguna vez me lo creí en serio, se lo juro. Yo combatí en Vietnam, y me sentía orgulloso de defender la bandera patria. Pero ya estoy viejo, ya mentí mucho en mi vida, ya vi lo que es el poder, y no puedo tomarme en serio todo eso, doctor. Está bien para enseñárselo a los niños en la escuela, pero no a los 57 años de edad.

Además…. no me aguanté que se menospreciara de tal forma nuestro trabajo, mi trabajo. Menos aún por uno de los nuestros, por un tipo que fue jefe de la Agencia. ¡No lo soporté!, y decidí hablar.

Aquí están las consecuencias.

Marcelo Colussi es argentino de origen. Actualmente radica en Guatemala. El presente relato está tomado de su libro de cuentos “Rubicunda”.




TOMADO DE AGENPRESS CULTURAL