lunes, 23 de julio de 2012

Masacres en Estados Unidos: ¿por qué?






 Marcelo Colussi

“Prefiero despertar en un mundo donde Estados Unidos sea proveedor del 100 % de las armas mundiales”

Lincoln Bloomfield, funcionario del Departamento de Estado de EEUU

En estos días murieron 12 personas en una balacera en Estados Unidos, y alrededor de 50 resultaron heridas. Lo cierto es que ya no resulta novedad la noticia de una masacre en ese país. Lo curioso a tener en cuenta en estos casos es su modalidad: un “loco” que se pone a matar gente a diestra y siniestra, armado hasta los dientes, en medio de una escena de aparente tranquilidad ciudadana. Estamos tan habituados a eso que no nos sorprende especialmente. Si el mismo hecho ocurriera, por ejemplo, en una nación africana o centroamericana serviría para seguir alimentando su estigmatización como “países pobres y, fundamentalmente, violentos”. Allí, en el Sur del mundo, la violencia y la muerte cotidiana adquieren otras formas: no hay “locos” que se broten y produzcan ese tipo de masacres; la muerte violenta es más “natural”, está ya incorporada al paisaje cotidiano, recordando que muere más gente de hambre –otra forma de violencia– que por proyectiles de armas de fuego.

La repetición continuada de estos sucesos tremendamente violentos obliga a preguntarse sobre su significado. Si bien es cierto que en muchos puntos del planeta la violencia campea insultante con guerras y criminalidad desatada, luchas tribales o sangrientos conflictos civiles, no es nada común la ocurrencia de este tipo de matanzas, con esa forma tan peculiar que la potencia del Norte nos presenta casi con regularidad. Si ocurren, como sucedió hace un año en Noruega, constituyen una catástrofe nacional. En Estados Unidos, por el contrario, ya son parte de su estampa social “normal”.

Explicarlas sólo en función de explosiones psicopatológicas individuales puede ser una primera vía de abordaje, pero eso no termina de dar cuenta del fenómeno. Sin dudas que quienes la cometen, quienes terminan suicidándose en muchos casos, pueden ser personalidades desestructuradas, psicópatas o psicóticos graves; simplemente “locos” para el sentido común. ¿Pero por qué no ocurren también en los países del Sur plagados de guerras internas y armas de fuego, donde la cultura de violencia está siempre presente y las violaciones a los derechos humanos son el pan nuestro de cada día? ¿Por qué se repiten con tanta frecuencia en la gran potencia? Ello habla de climas culturales que no se pueden dejar de considerar. La violencia no es patrimonio de las “repúblicas bananeras”, en absoluto, aunque cierta versión peliculesca –estadounidense, por cierto– nos intente acostumbrar a esa visión.

Ese patrón de violencia fenomenal que desencadena periódicamente masacres de esta naturaleza no es algo aislado, circunstancial. Por el contrario, habla de una tendencia profunda. La sociedad estadounidense en su conjunto es tremendamente violenta. Su clase dirigente –hoy por hoy, clase dominante a nivel global– es un grupo de poder con unas ansias de dominación como jamás se vio en la historia, y el grueso de la sociedad no escapa a ese clima general de violencia, entronizado y aceptado como derecho propio.

Exultante y sin la más mínima sombra de duda o recato el por ese entonces candidato a representante de Washington ante Naciones Unidas John Bolton, en el 2005 y en medio del clima de “guerras preventivas” que se había echado a andar luego de los atentados de las Torres Gemelas, pudo decir que “cuando Estados Unidos marca el rumbo, la ONU debe seguirlo. Cuando sea adecuado a nuestros intereses hacer algo, lo haremos. Cuando no sea adecuado a nuestros intereses, no lo haremos”. Es decir: la gran potencia se arroga el derecho de hacer lo que le plazca en el mundo, y si para ello tiene que apelar a la fuerza bruta, simplemente lo hace. Esa es la cultura estadounidense. El vaquero “bueno” matando indios “malos” cuando lo desea; así de simple.

Estados Unidos ha construido su prosperidad sobre la base de una violencia monumental (por cierto, como todas las prosperidades de los imperios: a la base siempre hay un saqueo. La propiedad privada es el primer robo de la historia). La Conquista del Oeste, la matanza indiscriminada de indígenas americanos, el despojo de tierras a México, la expansión sin límites a punta de balas, el racismo feroz de los anglosajones blancos contra los afrodescendientes –con linchamientos hasta no hace más de 50 años y un grupo extremista como el Ku Klux Klan aún activo al día de hoy– o el actual racismo contra los inmigrantes hispanos legalizado con leyes fascistas, toda esa carga cultural está presente en la cultura estadounidense. Único país del mundo que utilizó armas nucleares contra población civil –no siendo necesarias en términos militares, pues la guerra ya había sido perdida por Japón para agosto de 1945, cuando se dispararon–; país presente en forma directa o indirecta en todos los enfrentamientos bélicos que se libran actualmente en el mundo, productor de más de la mitad de las armas que circulan en el planeta, dueño del arsenal más fenomenal de la historia con un poder destructivo que permitiría hacer pedazos la Tierra en cuestión de minutos y productor de alrededor del 80% de los mensajes audiovisuales que inundan el globo con la maniquea versión de “buenos” versus “malos”, Estados Unidos es la representación por antonomasia de la violencia imperial, del desenfreno armamentístico, del ideal de supremacía. Las declaraciones de Bolton citadas más arriba no pueden ser más elocuentes.

Su símbolo patrio, el águila de cabeza blanca, lo pinta de forma cabal: ave rapaz por excelencia, muchas veces se alimenta de carroña o robando las presas de otros cazadores, conducta “ladrona” que llevó al padre de la patria Benjamin Franklin a oponerse vehementemente a la designación de este animal como representación del país. [El águila blanca] “no vive honestamente. Por haraganería no pesca por sí misma. Ataca y roba a otras aves pescadoras”, escribió indignado fundamentando por qué no debía ser esa ave el símbolo nacional. Obviamente, sus ideales no triunfaron.

Lo que sucedió estos días en el estreno de la película de Batman, repetición de dramas más o menos similares en estos años, es consecuencia natural –y ¡obligada!, se podría decir– de una historia donde la apología de la violencia y de las armas de fuego está presente en los cimientos de su sociedad. “El derecho a poseer y portar armas no será infringido”, establece tajante la segunda enmienda de su Constitución. Para salvaguardar este derecho y “promover y fomentar el tiro con rifle con una base científica”, en 1871 se fundó la Asociación Nacional del Rifle, hoy día la asociación civil más vieja del país, con cuatro millones de miembros y treinta millones de allegados y simpatizantes. Por lo que puede apreciarse, la pasión por las armas (¿por la muerte?) no es nueva. Las masacres son parte fundamental de la historia de Estados Unidos.

De acuerdo con informaciones de la organización Open Secrets, en los últimos años distintas instancias que buscan restringir las armas de fuego han invertido alrededor de un millón y medio de dólares en sus campañas, en tanto la Asociación Nacional del Rifle para ese mismo período ha cabildeado gastando más de diez millones de dólares para mantener intocable la segunda enmienda.

Si es cierto, como dijera Freud, que no hay real diferencia entre psicología individual y social, porque en la primera está ya contenida la segunda, la “locura” del joven asesino de estos días no es sino la expresión de una cultura de violencia que permea toda la sociedad estadounidense haciéndola creer portadora de un “destino manifiesto”. Pero la realidad es infinitamente más compleja que vaqueros “buenos” contra indios “malos”.

San Salvador: Aniversario del 26 de Julio en Nuestra América


miércoles, 11 de julio de 2012

El consumismo: ¿una enfermedad?




Marcelo Colussi

En el corazón de las selvas del Petén, en lo que actualmente es Guatemala, en la cima del Templo IV, joya arquitectónica legada por los mayas del Período Clásico, dos jovencitas turistas estadounidenses -con ropa Calvin Klein, con calzado Nike, con lentes de sol Rayban, con teléfonos portátiles Nokia, cámaras fotográficas digitales Sony, videofilmadoras JVC y tarjeta de crédito Visa, hospedadas en el hotel Westing Camino Real y habiendo viajado con millas de "viajero frecuente" por medio de American Airlines, hiperconsumidoras de Coca-Cola, Mc Donald’s y de cosméticos Revlon- comentaban al escuchar los gritos de monos aulladores encaramados en árboles cercanos: "pobrecitos. Aúllan de tristeza, porque no tienen cerca un ‘moll’ donde ir a comprar".

Consumir, consumir, hiper consumir, consumir aunque no sea necesario, gastar dinero, hacer shopping… todo esto ha pasado a ser la consigna del mundo moderno. Algunos -los habitantes de los países ricos del Norte y las capas acomodadas de los del Sur- lo logran sin problemas.

Otros, los menos afortunados -la gran mayoría planetaria- no; pero igualmente están compelidos a seguir los pasos que dicta la tendencia dominante: quien no consume está out, es un imbécil, sobra, no es viable. Aunque sea a costa de endeudarse, todos tienen que consumir. ¿Cómo osar contradecir las sacrosantas reglas del mercado?

Podríamos pensar que el ejemplo de las jóvenes arriba presentado es una ficción literaria -una mala ficción, por cierto-; pero no: es una tragicómica verdad. El capitalismo industrial del siglo XX dio como resultado las llamadas sociedades de consumo donde, aseguradas ya las necesidades primarias, el acceso a banalidades superfluas pasó a ser el núcleo central de toda la economía. Desde la década de los 50, primero en Estados Unidos, luego en Europa y Japón, la prestación de servicios ha superado largamente la producción de bienes materiales. Y por supuesto los bienes masivos suntuarios o destinados no sólo al aseguramiento de la subsistencia física (recreación, compras no unitarias sino por cantidades, mercaderías innecesarias pero impuestas por la propaganda, etc., etc.) encabezan por lejos la producción general. ¿Por qué esa fiebre consumista?

Todos sabemos que la pobreza implica carencia, falta; si alguien tiene mucho es porque otro tiene muy poco, o no tiene. En una sociedad más justa, llamada socialismo, "nadie morirá de hambre porque nadie morirá de indigestión", dijo Eduardo Galeano. No es necesario un doctorado en economía política para llegar a entender esta verdad. Pero contrariamente a lo que podría considerarse como una tendencia solidaria espontánea entre los seres humanos, quien más consume anhela, ante todo, seguir consumiendo. La actitud de las sociedades que han seguido la lógica del hiper consumo no es de detener el mismo, repartir todo lo producido con equidad para favorecer a los desposeídos, detener el saqueo impiadoso de los recursos naturales. No, por el contrario el consumismo trae más consumismo. Un perro de un hogar término medio del Norte come un promedio anual de carne roja mayor que un habitante del Tercer Mundo.

Mientras mucha gente muere de hambre y no tiene acceso a servicios básicos en el Sur (agua potable, alfabetización mínima, vacunación primaria), sin la menor preocupación y casi con frivolidad se gastan cantidades increíbles en, por ejemplo, cosméticos (8.000 millones de dólares anuales en Estados Unidos), o helados (11.000 millones anuales en Europa), o comida para mascotas (20.000 millones anuales en todo el Primer Mundo). ¿Somos entonces los seres humanos unos estúpidos y superficiales individualistas, derrochadores irresponsables, vacíos compradores compulsivos? Responder afirmativamente sería parcial, incompleto. Sin ningún lugar a dudas todos podemos entrar en esta loca fiebre consumista; la cuestión es ver por qué se instiga la misma, o más aún: es hacer algo para que no continúe instigándosela.

Lo cual lleva entonces a reformular el orden económico-social global vigente. ¡Esta locura no puede seguir así!

Si bien es cierto que en las prósperas sociedades de consumo del Norte surgen voces llamando a una ponderada responsabilidad social (consumos racionales, energías alternativas, reciclaje de los desperdicios, ayuda al subdesarrollado Sur), no hay que olvidar que esas tendencias son marginales, o al menos no tienen la capacidad de incidir realmente sobre el todo.

Recordemos, por ejemplo, el movimiento hippie de los años 60 del pasado siglo: aunque representaba un honesto movimiento anti-consumo y un cuestionamiento a los desequilibrios e injusticias sociales, el sistema finalmente terminó devorándolo. Dicho sea de paso: las drogas o el rock and roll, sus insignias de las décadas de los 60 y 70, acabaron siendo otras tantas mercaderías de consumo masivo, generadoras de pingües ganancias (no para los hippies precisamente, por cierto).

Una vez fomentado el consumismo, todo indica que es muy fácil -muy tentador sin dudas- quedar seducido por sus redes. Por ejemplo: los polímeros (las distintas formas de plástico) constituyen un invento reciente en la historia; en el Sur recién se van conociendo a mediados del siglo XX, luego que ya eran de consumo obligado en el Norte, pero hoy ya ningún habitante de sus empobrecidos países podría vivir sin ellos, y de hecho, en proporción, se consumen más ahí que en el mundo desarrollado donde comienza a haber una búsqueda del material reciclado. Por diversos motivos (¿para estar a la moda que le impusieron?), es más probable que un pobre del Tercer Mundo compre una canasta de plástico que de mimbre. El consumismo, una vez puesto en marcha, impone una lógica propia de la que es muy difícil tomar distancia. Es "adictivo", podría decirse.

Del mismo modo, y siempre en esa dinámica, veamos lo que sucede con el automóvil. Actualmente es archisabido que los motores de combustión interna -es decir: los que le rinden tributo a la monumental industria del petróleo en definitiva- son los principales agentes causantes del efecto invernadero negativo; y sabido es también que producen un muerto cada dos minutos a escala planetaria por accidentes de tránsito, inconvenientes todos que podrían verse resueltos, o minimizados al menos, con el uso masivo de medios de transporte público, más seguros en términos de seguridad individual y ecológica (un solo motor puede transportar cien personas, por ejemplo, pero hasta no acabar la última gota de petróleo no habrá vehículos impulsados por energías limpias: agua o sol por ejemplo).

Un motor quemando combustibles fósiles por persona no es sostenible a largo plazo en términos medioambientales, pero curiosamente para los primeros veinticinco años del siglo en curso las grandes corporaciones de fabricantes de automóviles estiman vender mil millones de unidades en los países del Sur, y los habitantes de estas regiones del globo, sabiendo de las lacras arriba mencionadas y conocedores de los disparates irracionales que significa moverse en ciudades atestadas de vehículos, no obstante todo aquello están gozosos con el boom de estas máquinas fascinantes.

En esa lógica entonces, quien puede, aún endeudándose por años, hace lo imposible por llegar al "cero kilómetro". Todo lo cual nos lleva a dos conclusiones: por un lado pareciera que todos los seres humanos somos demasiado manipulables, demasiado fáciles de convencer (los publicistas lo saben a la perfección). No otra cosa nos dice la semiótica, o la psicología social de cuño estadounidense centrada en el manejo mercadológico de las masas. De no ser así George Bush hijo, un alcohólico recuperado bastante poco ducho en las lides políticas, no podría haber sido presidente de su país en dos ocasiones (gracias a un video sensacionalista en su segunda campaña presidencial, por ejemplo, que explotó los miedos irracionales del electorado); o el cabo del ejército alemán Adolf Hitler no podría haber hecho creer al "educado" pueblo alemán ser una raza superior y llevarlo a un holocausto de proporciones dantescas.

Pero por otro, como segunda conclusión -y esto es sin dudas el nudo gordiano del asunto- las relaciones económico-sociales que se han desarrollado con el capitalismo no ofrecen salida a esta encerrona de la dinámica humana. El gran capital no puede dejar de crecer, pero no pensando en el bien común: crece, al igual que un tumor maligno, en forma loca, desordenada, sin sentido. ¿Para qué la gran empresa tiene que continuar expandiéndose? Porque su lógica interna lo fuerza a ello; no puede detenerse, aunque eso no sirva para nada en términos sociales. ¿Por qué los millonarios dueños de sus acciones tienen que seguir siendo más millonarios? Porque la dinámica económica del capital lo fuerza, pero no porque ese crecimiento sirva a la población. Y ese crecimiento, justamente -como tejido canceroso- se hace a expensas del organismo completo, del todo social en este caso, haciendo consumir, consumir lo innecesario, depredando recursos naturales, y volviéndonos cada vez más tontos, manipulando nuestras emociones a través de las técnicas de mercadeo para que sigamos comprando. "Pobrecitos. Aúllan de tristeza, porque no tienen cerca un ‘moll’ donde ir a comprar"…

Dictando modas, fijando patrones de consumo, obligando a cambiar innecesariamente los productos con ciclos cada vez más cortos (obsolescencia programada), haciendo sentir un "salvaje primitivo" a quien no sigue esos niveles de compra continua, con refinadas -y patéticas- técnicas de comercialización (propaganda engañosa, manipulación mediática que no da respiro, crédito obligado), el gran capital, dominador cada vez más omnímodo de la escena económica-político-cultural planetaria, impone el consumo con más ferocidad que las fuerzas armadas que lo defienden lanzan bombas sobre territorios díscolos que se resisten a seguir ese guión.

Por cierto que, dadas ciertas circunstancias, el "consumismo" irrefrenable podría ser considerado como una conducta patológica. De hecho en la Clasificación Internacional de las Enfermedades -CIE- de la Organización Mundial de la Salud, así como en el Manual de Transtornos Mentales de la Asociación de Psiquiatras de Estados Unidos -DSM, versión IV- aparece como una posible forma de las compulsiones. Y desde esa matriz médico-psiquiatrizante pudo llegar a describirse la "compra compulsiva" como una categoría diagnóstica determinada. "Preocupación frecuente por las compras o el impulso de comprar, que se experimenta como irresistible, intrusivo y/o sin sentido. Compras más frecuentes de lo que uno se puede permitir y de objetos que no se necesitan, o sesiones de compras durante más tiempo del que se pretendía".

Sin negar que ello exista como variable psicopatológica ("Se calcula que la compra compulsiva afecta entre 1.1% y el 5.9% de la población general y es más común entre las mujeres que entre los hombres"), el consumismo voraz que nos impone el sistema es más que una conducta compulsivo-adictiva individual. En todo caso, nos habla de una "enfermedad" intrínseca al sistema mismo. Si las jovencitas del ejemplo con que se abría el presente texto son tan "estúpidas", frívolas y superficiales, no son sino el síntoma de un transtorno que se mueve a sus espaldas. Transtorno que, por cierto, no se arregla con ningún producto farmacéutico, con un nuevo medicamento milagroso, con otra mercadería más para consumir, por más bien presentada y publicitada que esté. Se arregla, en todo caso, cambiando el curso de la historia.

lunes, 9 de julio de 2012

GUATEMALA.- La respuesta a las negociaciones: instalación de bases militares



Por Marcial Rivera

Desde la firma de los acuerdos de paz entre el Estado de Guatemala y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), el papel del ejército ha sido uno de los temas que ha estado siempre en el tintero de la discusión. Sin embargo, han sido los últimos gobiernos quienes, con la premisa de los altos niveles de inseguridad, -generados principalmente por la delincuencia común, pandillas juveniles y narcotráfico- han utilizado cada vez de forma más acentuada al ejército nacional para labores de seguridad pública que corresponden a la Policía Nacional Civil.
Con el arribo al poder del General Otto Pérez Molina, distintas organizaciones de la sociedad civil, "analistas" e inclusive algunos tanques de pensamiento avizoraban un gobierno abiertamente represivo, incluso con la utilización del ejército para este propósito. Lo cierto es que a la fecha no se ha propiciado esta lógica; sin perder de vista que la dirección del Estado Guatemalteco, con un militar al frente, la reconfiguración de la institucionalidad del Estado es inequívocamente en función de un mayor protagonismo de la institución militar.
Estado civil con características militares
De manera que la instalación de la nueva base militar en San Juan Sacatepéquez no responde precisamente al combate a nichos de criminalidad y violencia, sino más bien al mantenimiento del status quo para un nivel de inversiones propicio para el empresariado nacional e internacional. Particularmente para Cementos Progreso, cuyas operaciones constituyen un enorme daño ambiental y ecológico para los y las habitantes de dicho municipio y para el Departamento de Guatemala en general. Evidentemente, es alta la cantidad de recursos financieros que se gastarán en la instalación de las distintas bases militares y en la de San Juan Sacatepéquez particularmente. Esto evidencia la doble moral que constituye uno de los hilos conductores de la vida política, pues por un lado existen exigencias hacia el Congreso de la República para la aprobación de algunas partidas presupuestarias, pero por otro estas son utilizadas en aperturar nuevos destacamentos militares.
Base en San Juan Sacatepéquez
La instalación de esta base militar constituye un retroceso en las negociaciones entre el gobierno y distintas organizaciones campesinas que realizaron la marcha de 9 días en abril. Dentro de los puntos en negociación, debía suspenderse la instalación de bases militares, cuya sola instalación jugaría un papel coactivo hacia la población, pero en lo práctico su rol sería el de acompañar los futuros procesos represivos, que se darán producto de las movilizaciones a raíz de la instalación de una planta productora de cemento de la empresa Cementos Progreso en ese lugar.
Si bien es cierto el coordinador del Sistema Nacional de Diálogo Permanente Miguel Ángel Balcárcel dijo que la deuda agraria quedaba condonada. No obstante esta condonación, la petición relacionada a la no instalación de la base militar de San Juan Sacatepéquez no fue escuchada, ni tomada en cuenta, ya que solo se reubicará, pero siempre será instalada. Esto acentúa los niveles de tensión y conflictividad social existentes con los actuales patrullajes del ejército. En palabras del Rafael González líder del Comité de Unidad Campesina "pretende intimidar a la población que se opone a la instalación de la cementera", y "defender los intereses de los empresarios".
Evidentemente la respuesta de la población ante la instalación de esta base militar fue la movilización masiva; más de seis mil personas marcharon en repudio a esta acción gubernamental. No debe perderse de vista que algunas de las acciones gubernamentales del General Pérez Molina van encaminadas a fortalecer la imagen del Estado de Guatemala a nivel internacional, y la presencia de éste en el Consejo de Seguridad de la ONU. En este orden de ideas, las políticas en materia de seguridad también se enmarcan en la reciente visita del Secretario de Estado adjunto para conflictos y operaciones de estabilización.
Listos para movilizarnos
Si bien es cierto no existe un proceso escalonado de represión hacia la población, no hay que dejar de mencionar que debe leerse entre líneas la instalación de las distintas bases militares. La población debe estar a la expectativa de cómo se desarrolla este proceso, estar listos para movilizarnos, y rechazar el papel que el gobierno da a la institución castrense, así como la supeditación de este a los intereses gringos.

miércoles, 27 de junio de 2012

Medios alternativos comunitarios desde la noción de servicio público



Entrevista a Marcelo Colussi

Meriem Choukroun

Una temática tan difícil como la lucha de clases, porque de eso se trata, con especificidades y necesidades que posibiliten aminorar el poder monopólico más un crecimiento en democracia real. Un proyecto contra-hegemónico, o sencillamente un espacio nuevo en la comunicación social. Medios alternativos como servicio público que encuentran su poder en el hecho de que la verdad repetida mil veces termina siendo una verdad, parafraseando al revés una consigna abominable que aún rige en el mundo.
Una extensa charla con el compañero Marcelo Colussi, psicólogo y filósofo argentino radicado hace varios años en Guatemala, que escribe regularmente en varios medios electrónicos, nos permitió un abordaje esencial como para saber, por ejemplo, que en la lógica de la guerra “cobran cada vez más protagonismo las modernas tecnologías de la información y la comunicación como expresión de un mundo digital que abren las tecnologías de punta a nivel global. Son entonces guerras, fundamentalmente mediático-psicológicas. Y el objetivo bélico es la población en su conjunto, que recibe mensajes sin saber que está siendo sometida a una campaña perpetua de “bombardeo”.

Pregunta: Se sabe que la lógica de los medios obedece a la lógica de la guerra. Hoy día parece que la principal guerra es la mediática.

Marcelo Colussi: Cuando cayeron el Muro de Berlín y el bloque soviético, ampulosamente se dijo que la historia había terminado y que entrábamos a un período de paz y prosperidad. Parece que ninguna de las dos cosas se alcanzó. La guerra, más que desaparecer, es un elemento importantísimo en la dinámica económica del mundo actual; la guerra está por doquier: en los campos de batalla –que hoy día ya no son sólo las trincheras donde se enfrentan soldados versus soldados–, está en la cotidianeidad de la vida, en la cultura dominante, que va haciendo de la cultura de la violencia y de la muerte algo cada vez más cotidiano, menos espantoso, algo común, naturalizado. La guerra está omnipresente en los medios masivos de comunicación. El paraíso del que alguna vez se nos habló, y que el fin de la Guerra Fría pudo hacer pensar que estaba cercano, no parece muy a la mano precisamente. En realidad, el único paraíso es el perdido. La guerra es una constante en el mundo globalizado contemporáneo. En un país como Estados Unidos, que sigue siendo la potencia que todavía marca el rumbo, la industria bélica y todo lo que tenga que ver con el campo de la guerra, ocupa alrededor de una cuarta parte de las iniciativas nacionales. Es decir: en buena medida vive de la guerra, que es decir: vive de la muerte (de los otros, por supuesto). La industria bélica es el negocio más redituable y monumental a escala planetaria; por segundo se gastan 30.000 dólares en ese ámbito. Sólo para graficarlo con un ejemplo quizá grotesco, pero evidente: hoy por hoy existen sobre la superficie del globo unos 15.000 misiles intercontinentales con ojivas nucleares múltiples. Cada uno de ellos representa unas 30 veces el poder destructivo que cayó en 1945 sobre Hiroshima o Nagasaki. De activarse todo ese poderío, el planeta colapsaría fragmentándose en miles de pedazos, provocándose una explosión tan fenomenal que haría que la onda expansiva concomitante llegue hasta la órbita de Plutón, en los confines de nuestro sistema solar. Sin dudas, una proeza técnica que ningún otro animal del planeta podría realizar. Proeza, sin embargo, que no puede impedir que la principal causa de muerte en el mundo siga siendo el hambre. ¿Podríamos llamarla “proeza” entonces? Nuestro mundo está basado en las guerras. ¿Proeza…. o patético?
Es decir: el oficio de la muerte, de las armas, de la guerra, sigue siendo lo que impone el ritmo a las relaciones entre los seres humanos, hoy igual que hace milenios. Dicho de otro modo: la fuerza bruta continúa presente, refinada, con prodigios técnicos espectaculares. Pero en definitiva: el que tiene el garrote más grande (hoy habrá que decir el misil nuclear más grande) gana. Es imposible deducir de eso que tenemos una constitución “natural” que nos arrastra a la violencia; pero dejando de lado esa discusión ahora, dado que nos llevaría por caminos muy alejados de la pregunta original (se pudo hablar, por ejemplo, de una “pulsión de muerte”), vemos que la guerra sigue estando presente de modo abrumador: alrededor de 40 frentes de batalla abiertos, todos en el llamado Tercer Mundo (en el Norte ya se arregló que no volverá a haber guerras. Se arregló entre los poderosos, claro está, entre los que deciden cuándo y dónde habrá guerras).
Las guerras ya no son de soldados contra soldados, cuerpo a cuerpo. Las tecnologías de vanguardia, siempre en manos de pocos grupos privilegiados, hacen de las guerras un campo en perpetuo movimiento y refinamiento, siempre en progreso, donde se dan los avances científico-técnicos más increíbles. Y en ese marco aparecen las nuevas guerras, las guerras comunicacionales. Desde 1989, con la publicación del libro "El rostro cambiante de la guerra: hacia la cuarta generación", de William Lind y un grupo de colaboradores del Ejército y la Infantería de Marina de los Estados Unidos, el perfil de las nuevas guerras ya quedó “oficialmente” establecido: junto a diversas modalidades “pesadas” –los misiles nucleares siguen siendo la roca dura, y apenas un selecto grupo de países los dispone– las guerras llamadas de “cuarta generación” van cobrando cada vez más protagonismo. Dicho muy rápidamente, en estas nuevas hipótesis de conflicto que empiezan a aparecer en la post Guerra Fría, juegan un papel preponderante novedosas metodologías y tácticas de combate: las guerras de baja intensidad, la guerra asimétrica, las estrategias contra-insurgentes. Es decir, modos de llevar adelante los enfrentamientos, ya no entre ejércitos que se combaten entre sí sino tomando como principal blanco a la población civil desarmada no combatiente. En esa lógica cobran cada vez más protagonismo las modernas tecnologías de la información y la comunicación, que son expresión del nuevo mundo digital que van abriendo las tecnologías de punta que trae la globalización. Son guerras, entonces, fundamentalmente mediático-psicológicas. Ahí el objetivo bélico es la población en su conjunto, que pasivamente recibe mensajes sin saber que está siendo sometida a una campaña perpetua de “bombardeo”. Las bombas son destructivas, pero están dadas por las tecnologías comunicacionales actuales. ¿Por qué “pensamos” que un musulmán es un “terrorista fundamentalista sediento de sangre”? ¿De dónde sacamos esa idea? ¿Te preguntaste alguna vez cómo es un submarino por dentro? Hagamos la prueba: pongámonos en un grupo de civiles que nunca jamás en su vida subió a un submarino y preguntémonos cómo es este aparato por dentro. Todos, sin dudas, daremos respuestas más o menos similares: tiene comandos, lucecitas, es cerrado, tiene un periscopio… Si nunca estuvimos dentro de uno de ellos, ¿de dónde sacamos la imagen? (que, por supuesto, damos por cierta): ¡de los medios masivos de comunicación! En síntesis: esos medios, sin que nos percatemos de ello, nos moldean, deciden buena parte de nuestros pensamientos, actitudes, creencias, sentimientos. La encuesta Gallup señaló en un estudio hacia el año 2000 que el 85% de lo que un adulto “sabe” –en realidad: repite– en términos políticos, lo saca de los medios masivos de comunicación, fundamentalmente la televisión. Es así como se moldean las opiniones, los saberes masificados en el orden de las creencias sociopolíticas: el bombardeo constante a que están sometidas las “poblaciones civiles no combatientes” termina por crear patrones, matrices, frases hechas contra las que es muy difícil oponerse. Así se crearon los climas necesarios para lanzar las guerras preventivas en las nuevas geoestrategias militares de Washington. La hollywoodense caída de las Torres Gemelas de Nueva York en el 2001 es un buen ejemplo de estas ofensivas mediático-psicológicas: es muy difícil, cuando no imposible, defenderse de estos ataques “mediáticos”. La totalidad de la población queda sometida a ese bombardeo, y la forma en que técnicamente están diseñadas las campañas las torna convincentes. Incluso atractivas, bonitas, subyugantes. En realidad el padre de todo esto no fue sino el ministro de propaganda nazi, allá por los años 30 del siglo pasado: Joseph Goebbels. Su máxima de “una mentira repetida mil veces termina por transformarse en una verdad” sigue siendo la esencia de esta nueva modalidad de guerra sin fusiles.
Respondiendo entonces puntualmente a tu pregunta: sí, efectivamente así es. Pareciera que la guerra que tiene el mayor impacto a nivel planetario es esta fenomenal manipulación mediática, que no es casual ni azarosa, sino que hace parte de estrategias fríamente calculadas: los “fundamentalistas islámicos” en el Medio Oriente, o los “narcotraficantes” en Latinoamérica, como los nuevos demonios que posibilitan la intervención de tropas salvadoras, no son sino engranajes de complejas maquinaciones que hacen parte de esa guerra mediática, de cuarta generación, guerra psicológica contra la que es muy difícil poner antídotos. Para ejemplo notorio: la hiper descomunal oferta de partidos de fútbol. ¿Alguien acaso puede quedar por fuera de esa fiebre futbolera que lo inunda todo, absolutamente todo, que no permite hablar de otra cosa, que tapona todas las faltas, los problemas y sinsabores de la vida haciéndonos partícipes obligados de un show planetario? ¿Qué antídoto oponer a esa marea mediática? La pregunta, no exenta de angustia para quienes tratamos de tomar distancia y denunciar estas manipulaciones desde otra propuesta informativa, es ¿qué hacer? ¿Cómo oponerse a estas fabulosas y bien equipadas fuerzas armadas? ¿Alcanzan en esta guerra los medios alternativos?

Pregunta: ¿Qué une a un periódico comunitario de una barriada pobre de Mumbay con un canal televisivo como Catia TVe, de Caracas, cuya consigna es "no mire televisión: ¡hágala!"?

Marcelo Colussi: Los une la convicción respecto a que se puede y se debe ofrecer otra cosa al público. Los une, más allá de las enormes diferencias que pueda haber en contextos, historias y situaciones concretas, un proyecto contra-hegemónico, la confianza en que “otro mundo es posible”. Si algo tienen en común todos estos medios llamados alternativos son dos cosas básicamente: por un lado, que no están concebidos ni se mueven desde una lógica mercadológica. Es decir: no los alienta el espíritu lucrativo como en cualquier empresa comercial. Tienen que sobrevivir, por supuesto, y para eso pueden apelar –y de hecho así lo hacen– a mecanismos de mercado, tal como la venta de publicidad por ejemplo. Pero en su quintaesencia no está la búsqueda de la ganancia económica como su principio rector, como su fin último. Cumplen, en todo caso, un cometido social. Representan, tal como lo decía el ya mítico Informe McBride de la UNESCO de los años 80 del pasado siglo, una forma de “darle voz a los que no tienen voz”. Por ello mismo, porque no son empresas comerciales puestas a funcionar y empujadas por la búsqueda del lucro, su objetivo final no es el mismo de todos los medios del sistema. Es decir: mantenerlo. Por el contrario, al ser alternativos, contra-hegemónicos, su fin es promover la crítica del sistema, cuestionarlo, intentar su transformación. Por tanto, su esencia misma no es ser conservadora.
Ese es el sentido de una comunicación alternativa dentro del sistema: decir otra cosa, llevar otro mensaje, mostrar la cara oculta de lo que dicen los medios funcionales al statu quo. Dado que la historia la escriben los que ganan, la cuentan según su proyecto hegemónico de dominación, los medios alternativos buscan contar la otra historia, la silenciada, la negada.

Pregunta: Ya en la década del 80 se consideró al lector/oyente/televidente como receptor pasivo frente a la concentración de los medios masivos de comunicación. ¿Cómo lo ves en la actualidad?

Marcelo Colussi: Retomando el Informe McBride que recién mencioné, que significó un parteaguas en la historia institucional de la UNESCO, sin dudas que la actual situación monopolizada de los grandes medios masivos de comunicación ya se veía con toda claridad por aquel entonces. En efecto, esa tendencia fue lo que motivó la realización misma del Informe, que intentó ser un freno para ese fenomenal proceso de concentración que ya se vivía hace 30 años atrás, y que siguió adelante con fuerza arrolladora. Por eso mismo, dado que ese documento significaba una voz crítica contra la concentración comercial de los medios, una denuncia de esa tendencia monopólica y, consecuentemente, el peligro que entrañaba para las grandes masas mundiales una visión única (recordemos aquello de “la historia la escriben los que ganan”), la aparición del Informe McBride buscó crear multiplicidad, abrir y romper la concentración. Su nombre ya lo deja ver: “Un mundo único: voces múltiples”. Fue por eso que el Informe provocó revuelo en la agencia de Naciones Unidas, a tal punto que Estados Unidos –y sus acólitos– se fueron dando un portazo, “ofendidos” porque, según su parecer, se atentaba contra la “libertad de expresión”, exasperados además porque la propuesta fortalecía al Movimiento de Países No-Alineados y, según la lectura de Washington, a la Unión Soviética en definitiva. Seamos claros: el Informe denunciaba la concentración monopólica y profundamente asimétrica de lo que ya se avizoraba como un fabuloso mecanismo de control político-cultural. Por supuesto que en nombre de la sacrosanta, y nunca definida, libertad de expresión se puede esconder la más rancia ideología de la libre empresa. Eso, nada más y nada menos, fue lo que hizo la Comisión McBride cuando investigó la situación de los medios masivos de comunicación y produjo sus conclusiones: se mostró con evidencia cómo se daba esa tendencia, convirtiendo a la población mundial en sujeto pasivo y masificado frente a poderes que ya consolidaban como monumentales.
Lamentablemente el proceso de concentración siguió adelante, y considerando lo que decía más arriba: que los grandes poderes globales han hecho de la comunicación masiva un arma de control planetario (¡guerra de cuarta generación!, no lo olvidemos), esa concentración llevó la comunicación a un punto de importancia toral para el mantenimiento del sistema. Podríamos decir incluso que ya la prensa (o, si se prefiere, los medios masivos, los mass media, como suele decírseles) desde hace tiempo no son ya el “cuarto poder”. Por el contrario, subieron de categoría, y hacen parte indisoluble y fundamental del entramado de poderes que rigen el mundo. Las grandes corporaciones de este fabuloso emporio de la “industria comunicacional” manejan cada vez más, con mayor fuerza y mayor profundidad, la cultura, la ideología, el pensamiento de la población planetaria. ¿Por qué, si no, sólo para tomar un ejemplo, ese bombardeo impresionante con partidos y más partidos y más campeonatos y más ligas y más partidos, dos o tres por día, de fútbol? Hace 30 años teníamos un partido por semana televisado; ahora tenemos varios cada día. No es casual, no es algo meramente circunstancial: los medios globales manejan a la población global, así de simple… ¡O de patético! Esos emporios concentran todo: los medios audiovisuales, la llamada industria del entretenimiento, la distribución mundial de los mensajes, los satélites geoestacionarios que sirven para el tráfico de esas imágenes, los estereotipos con que nos bombardean, crean las modas, deciden qué misil nuclear es “legítimo” y cuál es un “peligro para la humanidad” (los de Irán o los de Corea del Norte, por ejemplo). Por eso es tan importante, fundamental, primordial para pensar en una democracia real, tener otros medios, que digan otra cosa, que puedan abrir una ventana alternativa, que puedan dar otra opción ante esa guerra comunicacional a la que se nos tiene sometidos. La cuestión es ¿cómo plantear un mínimo pie de igualdad, o mejor dicho, cómo plantear cierta simetría cuando las diferencias son tan monumentales? Podemos tomar ahí el ejemplo que dabas en tu anterior pregunta: ¿cómo pueden trabajar, ya no digamos en un pie de igualdad, pero al menos llevando mensajes en forma relativamente proporcionada, ese periódico comunitario de un barrio pobre o ese canal local de una barriada de lugares del Tercer Mundo junto a, digamos, la CNN? La diferencia de poderíos es abismal: ¿de dónde sacan los recursos esos medios populares? ¿Cómo hacen para sobrevivir y “competir” con monstruos de dimensión planetaria?

Pregunta: ¿Cómo debieran resolverse los financiamientos a los medios de comunicación comunitarios y alternativos por parte de instituciones del Estado?

Marcelo Colussi: Pregunta complicada… Por supuesto que un Estado ecuánime, equilibrado para todos, debería apoyar fuertemente a estos medios comunitarios, alternativos, medios sin mayores o sin ningún recurso. Pero sucede que los Estados no son ecuánimes. Los Estados supuestamente regulan la vida del colectivo social sin favorecer a nadie en particular. Aunque sabemos que eso no es así. “El Estado es el producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase”, dijo un tal Uliánov allá por 1917 en la Rusia zarista (más conocido como Lenin). Y eso es así, inexorablemente. Cuando se toca lo medular del conflicto social, cuando llegamos al conflicto de base, ahí está el Estado defendiendo a la clase dominante. Hoy por hoy, ya lo dijimos abundantemente, los medios masivos de comunicación son una parte fundamental del entramado de los poderes dominantes, por tanto los Estados no se oponen a ellos. Por el contrario: ¡en buena medida están manejados por ellos! Manejados, en el sentido que el discurso mediático crea las matrices de opinión con que se prepara a la opinión pública para intervenir sobre esos Estados, destruyéndolos o privatizándolos, por ejemplo. Por tanto, y más aún en nuestros pobres países latinoamericanos donde los Estados descarnadamente sólo sirven a los intereses de los grupos dominantes, muy poco o nada pueden esperar los medios alternativos de las estructuras estatales. En todo caso, pueden esperar palos, represión. A duras penas mantienen esos espacios de contrapoder, contra-hegemónicos, por lo que se ve muy difícil que los Estados de cualquier país no-socialista apoyen abiertamente esas voces disidentes. Quizá en Cuba, en Venezuela, en Bolivia podemos ver algo así. En otros contextos, no. Si nos atenemos a la letra de las recomendaciones del Informe McBride, objetivo y con pretensiones de ecuánime justamente, los Estados deben apoyar financieramente a estas instancias alternativas. La realidad, por el contrario, es muy distinta. No hay que ser demasiado agudo para ver que todo lo que cuestione el estado general de cosas es mal tolerado, si acaso es tolerado. Y ahí viene la pregunta básica: ¿cómo hacen estos medios alternativos, surgidos de colectivos populares, que no se plantean como empresas lucrativas, cómo hacen para sobrevivir? Simplemente: como puedan. Y eso, obviamente, es un límite bastante infranqueable. ¿Habrá que decir que estos medios, como cualquier acto de militancia, están condenados a hacerse desde la marginalidad, desde la otra acera, desde la barricada? Quizá sí. No hay otra alternativa. Además, si algún Estado apoya, lo sabemos por experiencia, pone condiciones. Y esas condiciones son, nada más y nada menos, que comprar el silencio.

Pregunta: Dame una noticia en versión alternativa y en versión dominante.

Marcelo Colussi: Esta pregunta es más linda, permite más creatividad. Permitime empezar con una metáfora: una botella de un litro de capacidad que tiene medio litro de contenido, ¿está medio vacía o medio llena? Está… ¡las dos cosas! Es decir: la realidad no es algo único, dado de una vez e igual para todos: depende de quién la aprehende, desde el proyecto desde donde la aprehende. Por tanto, para un borracho estará medio vacía, y para un abstemio será medio llena. La realidad es eso: la lógica aristotélica creo que ya nos quedó pequeña; la lógica dialéctica dio un paso al frente en ese sentido. Las cosas pueden ser y no ser al mismo tiempo. Aunque aclaremos de entrada algo fundamental: “la” realidad oficial está concebida siempre desde el discurso hegemónico. Lo cual es decir con otros términos lo que habíamos adelantado antes: que la historia la escriben los que ganan. O si queremos expresarlo de otro modo: “la ideología dominante en un momento determinado es la ideología de la clase dominante”, según expresó un judío-alemán hoy bastante demonizado, bastante olvidado. Denunciar ese discurso dominante, abrirle un cuestionamiento crítico, desenmascararlo, esa es la esencia, en definitiva, de estos medios alternativos, no comerciales, antisistema, sea una página electrónica como Argenpress o Rebelión, de mucha difusión por cierto, o un diario comunitario, un radio comunal que transmite en algún idioma local, o un canal de televisión como éste que mencionaste hace un rato, de un barrio popular de Caracas: decir/denunciar lo que los medios del sistema no dicen. Todo, absolutamente todo puede conllevar las marcas de la ideología dominante, hegemónica, o de su versión alternativa, contra-hegemónica. La verdad se construye según el proyecto que la alienta: la botella puede ser medio vacía o medio llena según lo que queramos remarcar. De ese modo, entonces, pero sin caer en tontos y nihilistas relativismos, puede afirmarse que no hay “la” verdad. Por tanto, según lo que se quiera decir por un medio masivo, sin dudas creador de opinión pública, se podrá hablar de “la proeza heroica de los Aliados que derrotaron a los nazis asesinos”, o de “la barbaridad sin par del gobierno de Estados Unidos que arrojó armamento nuclear sobre población civil no combatiente”. Así, según se presente una realidad, una noticia para decirlo más específicamente, se merecerán los Juicios de Nürenberg… o la apología como “paladines de la justicia”. En esa lógica, entonces, los ejemplos se pueden prolongar infinitamente: “terroristas toman carretera” o “protesta popular en demanda de mejoras”, “reajuste en el precio de los combustibles” o “tarifazo sin anestesia”, etc., etc. Y si queremos, también: el “gol ayudado «con la mano de dios»” o el “gol ilegal que ratifica una cultura mafiosa de la que nadie se avergüenza”.

Pregunta: Hay un lenguaje instalado, ¿verdad? Palabras como “errores”, “daños colaterales”, “el azar”, “no quedó más remedio”, “todo irá mejor mañana”, “este es el camino”. Y junto a eso, ¿qué te sugiere lo de “redes sociales”, como Facebook, Twitter etc.?

Marcelo Colussi: Si decimos que los medios masivos de comunicación son parte fundamental de la estructura de poder, lo decimos porque sin la menor duda reproducen ideología, crean opinión pública favorable al sistema, son la argamasa misma del sistema. Como lo establecía la encuesta Gallup (nada sospechosa de izquierda, antisistémica o cosa que se le parezca): la mayor parte de lo que la población “sabe” (repite, mejor dicho) de temas sociopolíticos, lo condicionan/determinan esos medios. Y son justamente esas frases hechas, ese lenguaje instalado, como bien decís, lo que va creando, va moldeando las matrices de opinión. La familia, la iglesia, la escuela, son los centros donde se reproducen esas matrices ideológicas. Los medios masivos de comunicación tienen la virtud de hacer lo mismo pero con un poder de penetración mucho más alto. Nadie los controla (los Estados, que deberían regir esto si efectivamente trabajaran en nombre del bien común, no lo hacen), y además, tienen la ventaja de ser atractivos, fascinantes en muchos casos. ¿Quién puede resistirse a un mensaje audiovisual cautivante? Somos, en definitiva, no muy distintos de nuestros parientes en la escala zoológica, los insectos voladores: las imágenes, las lucecitas de colores nos atrapan. Cuando se establece ese “lenguaje instalado” es muy difícil cambiar el curso establecido. Los medios alternativos tienen ante sí ese desafío. Pero ya vemos lo terriblemente difícil que es.
Desde hace un tiempo, y tomando tu pregunta puntual, venimos hablando de “redes sociales”. La sensación que se transmite es que ahí sí, efectivamente, hay redes. Es decir, hay una interacción entre distintos individuos, y que todos juntos, cohesionados, organizados incluso, funcionan como colectivo. Si queremos extremar el análisis, podríamos decir que esto funciona como el espejismo del nacionalismo: todos los miembros de un colectivo cantamos el mismo himno nacional, nos cobijamos bajo un mismo pabellón, supuestamente tenemos los mismos proyectos, por tanto nos igualamos en una misma idea de nación. Pero, ¿realmente todos los habitantes de una nación tenemos el mismo proyecto? “Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”, cantaba don Atahualpa Yupanqui. El mecanismo en juego es una manipulación bastante hipnótica: todos gritamos el gol de la misma selección nacional, por tanto todos somos iguales. Así, a partir de ese espejismo, funciona esto de las llamadas “redes sociales”. En realidad, no son ningún elemento organizativo. Pueden ser un instrumento útil, sin dudas. Pueden ayudar muchísimo para pasar información, y los ejemplos de la “primavera árabe” recién vivida, con los casos de Túnez o Egipto, pueden mostrarlo: son una herramienta definitivamente importante. Pero no reemplazan la movilización real, de carne y hueso, la gente en la calle. La ilusión, sin dudas artificial y tendenciosamente creada, es que la comunicación individual que podemos tener en el silencio de la soledad, reemplazaría a la movilización popular. Creo que no es así. Lo cierto es que llegó el estandarte de “las redes sociales”, y con eso pareciera que todo el mundo ahora está conectado. Pero cuidado: las tecnologías son importantes ayudas, preciosos instrumentos, pero no reemplazan al ser humano concreto. ¿O habrá que pensar que la robótica y el sexo virtual terminarán con los humanos corpóreos? Facebook, Twitter y demás redes pueden ser útiles, pero no organizan nada. ¿O podemos llamar organización a una persona en solitario que se comunica y protesta desde su casa? Es discutible, muy discutible. Lo cierto es que, para redondear tu pregunta, esas frases hechas se imponen con una fuerza que es muy difícil contrarrestar. Pero ahí está el desafío: ¿cómo oponemos otro discurso a los poderes hegemónicos? ¿Cómo ofrecemos una propuesta alternativa a los poderes fácticos? ¿Cómo hacemos, en definitiva, para que esas alternativas puedan pasar del nivel de la crítica o la protesta a la construcción de algo nuevo? Y más aún: desde los medios de comunicación alternativa, ¿cómo podemos hacer todo eso sin recursos, y muchas veces con el solapado o no tan solapado ataque de los poderes estatales? Ése es el reto.

Pregunta: Donald Rumsfeld, jefe del Pentágono, dijo con ocasión de la invasión a Irak: “Las páginas web y las nuevas redes son sistemas de armas”. ¿Qué te parece eso?

Marcelo Colussi: Fue muy claro, ¿no? Esto que mencionábamos hace un rato de la guerra de cuarta generación no es una fantasía: responde a proyectos geoestratégicos de dominación global, con perspectivas de largo plazo. La guerra de cuarta generación, la guerra mediático-psicológica, es un hecho. Estamos siendo atacados día a día por estas estrategias bélicas sin que lo sepamos. Y peor aún: esos ataques, esos bombardeos constantes… ¡hasta nos gustan! Hoy por hoy es atractivo, fascinante, seductor tener tu cuenta de Facebook o de Twitter. Pero como se ha dicho insistentemente, ¿dónde va a parar toda esa información? ¿Quién la utiliza, y para qué? Definitivamente las tecnologías digitales de vanguardia están en manos de los grandes poderes, y las usan para seguir manteniendo sus privilegios, por tanto, su dominación. ¿Te imaginás qué fabuloso el potencial que abre el internet y los teléfonos inteligentes? ¿Te imaginás todo lo que se podría hacer si eso estuviera dedicado a fines más creativos, más productivos, con un proyecto de justicia e igualdad para todos? Pero esa magia tecnológica en muy buena medida sirve para controlar. Hace unos años atrás el polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinsky, asesor presidencial de James Carter y uno de los ideólogos más perspicaces de la línea dura de la Casa Blanca, retomando las enseñanzas de Goebbels a las que nos referíamos hace un momento, sin ningún tapujo pudo decir que “las sociedades del futuro serán manejadas con técnicas de manipulación social por medio de elaboraciones muy sutiles donde personalidades magnéticas sabrán implementar esos instrumentos de control masivo para manejar las inteligencias y las pasiones de las grandes masas”. No cabe la menor duda que todas las tecnologías las usan, antes que nadie, los poderosos. Esta entrevista probablemente saldrá por alguna página web que llamamos alternativa. Sin dudas estará hiper monitoreada por los grandes poderes. ¿Y quién maneja el tráfico cibernético? ¿Quién dispone de los servidores y los satélites geoestacionarios que permiten el funcionamiento de estos medios alternativos? Insisto: la guerra comunicacional, la guerra cibernética, hace años que está librándose. Y nosotros, como campo popular, como antisistema, como discurso alternativo, no vamos ganando esa guerra. No quiere decir que no hay que pelearla. Esa es la historia de la humanidad en definitiva: pero tenemos que tener claro que en esta guerra que vivimos, los medios alternativos, los medios pobres con escasos recursos no tenemos más remedio que hacer como dice la Zamba a Burela: “¿Con qué armas, señor, lucharemos? ¡Con las que les quitaremos!, dicen que gritó”. La lucha de clases se expresa en infinidad de terrenos, y la lucha no terminó (¡la historia no terminó!). El campo comunicacional ¿por qué no habría de ser también un ámbito más de esa lucha?

miércoles, 20 de junio de 2012

Mejicanos, San Salvador: Protesta Anti-WalMart

Lugar: jueves 21 junio, 8 a.m.,


Plaza Schafik Handal, boulevard Constitucion Mejicanos










COMUNICADO PÚBLICO


Walmart Mejicanos y el peligro a nuestras vidas






En las últimas semanas, nos hemos enterado con preocupación de que la Alcaldía Municipal de Mejicanos ha concedido los permisos necesarios para la construcción de sus instalaciones a la empresa trasnacional Walmart. La construcción ya ha comenzado y estarían finalizadas en diciembre de este año1.










Las gestiones municipales anteriores habían negado el permiso de construcción del edificio de Walmart debido a que, a vista de la municipalidad, tal empresa no cumplía con los requisitos de gestión ambiental. Sin embargo, con la entrada del nuevo gobierno municipal, presidido por Juana Lemus de Pacas, los permisos de construcción han sido otorgados sin previa consulta con las y los ciudadanos, sin sopesar el riesgo ambiental y humano que tendrá la construcción de tales instalaciones.














Walmart es una empresa transnacional de origen estadounidense que, en diferentes países, se ha visto vinculada con procesos de corrupción, vulneración de derechos laborales y compra de voluntades para favorecer sus intereses corporativos2. Algunos de los procesos judiciales en su contra siguen abiertos y en espera de resolución sin que Walmart haya esclarecido públicamente las acusaciones.














En el caso concreto de nuestro país, existen fuertes indicios de que la concesión de los permisos de construcción tuvo a la base un proceso de compra de voluntades de altos funcionarios de la Alcaldía del municipio de Mejicanos.














Nuestra preocupación se debe a que la construcción de las instalaciones de Walmart en Mejicanos es proclive a profundizar la vulnerabilidad ambiental del municipio, poniendo en riesgo la vida de miles de personas y de barrios enteros de Mejicanos, Ayutuxtepeque, Cuscatancingo y el Centro de San Salvador. Cabe mencionar que Mejicanos es el tercer municipio con mayor incidencia de Asentamientos Urbanos Precarios a nivel del Área Metropolitana de San Salvador, y donde el 45.5% de los hogares tiene dos o más necesidades básicas insatisfechas3. Con la construcción de Walmart, miles de niñas, niños y adolescentes, miles de personas adultas mayores, que habitan en viviendas precarias estarían aún más expuestas a desastres ambientales provocados por inundaciones y deslizamientos de tierra. Ni la empresa ni la Alcaldía Municipal deben obviar estos hechos pues existen estudios que ubican a nuestro país como uno de los más vulnerables a sufrir desastres ambientales4.














Los 8 mil metros cuadrados que ocupará la empresa están poniendo en riesgo la relativa estabilidad ambiental de la zona. La deforestación y la construcción de superficies de concreto alterarán el microclima del sector, alterarán la capacidad de absorción de agua del acuífero de San Salvador y, por ende, dicho líquido será más escaso. El agua lluvia se convertirá en escorrentía superficial y se desplazara hacia la zona baja del territorio sumándose a las obstrucciones de tuberías de aguas negras, canaletas y puntos de desagüe de aguas servidas; esto aumentara las inundaciones, deslizamientos y otros efectos relacionados.














Además de los graves impactos en el ambiente que implica la construcción de estos mega-establecimientos comerciales, es de sobra conocido que, en países como Estados Unidos, Walmart ha sido fuertemente criticado por sus políticas laborales. De hecho, Walmart es una de las multinacionales que más acumula violaciones a los derechos laborales de sus trabajadores. En cualquier caso, los 500 empleos directos que ha anunciado la empresa no contrarrestarán, en ninguna medida, la quiebra de miles de pequeños establecimientos que se dedican al comercio minorista. Tal ha sido el caso en los mismo Estados Unidos, donde miles de comercios han cerrado mientras Walmart ha aumentado sus ganancias en un 132.7% en los últimos seis años.














La Responsabilidad Social Corporativa (RSC) que Walmart tanto ha anunciado como uno de sus programas que beneficiarán a la población, no es más que un método publicitario que permite a las empresas vender una imagen amigable a la sociedad. Recientemente Walmart ha anunciado, dentro de su programa de responsabilidad social, un proyecto denominado “Mujeres, manos a la obra”5, un programa supuestamente orientado a dar asistencia técnica a un grupo de 15 mujeres para el cultivo de hortalizas, en el municipio de Suchitoto. El negocio de este programa está en que el mismo Walmart será el comprador de esas hortalizas, lo que significa que tendrán el control sobre el qué, cómo y cuánto producir, y fijará los precios de compra; en otras palabras servirá para aumentar su ganancia a través de la expoliación del trabajo de éste grupo de mujeres. Obviamente no les interesa fomentar la soberanía alimentaria en la zona, y mucho menos potenciar la articulación en redes de la producción campesina.














Como jóvenes, estamos conscientes que las empresas transnacionales del tipo Walmart vienen a nuestros países a precarizar nuestras condiciones ambientales, a explotar a nuestros trabajadores y trabajadoras, a poner en riesgo nuestras vidas, entre otras cosas. Exigimos que el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, la Oficina de Planificación para el Área Metropolitana de San Salvador y la Alcaldía de Mejicanos transparenten y hagan pública la información técnica que compruebe la viabilidad de la construcción de Walmart en la zona. Exigimos que se consulte a las comunidades que, por ver amenazada su seguridad ante inundaciones y deslaves, durante años han insistido sobre la inviabilidad de la construcción del referido supermercado.














¡¡Por la vida en Mejicanos: NO a la construcción de Walmart!!










Colectivo Juvenil Feliciano Ama, Encachimbados,


Jóvenes x el ½ Ambiente, Asociación de Estudiantes de Economía,


Asociación de Estudiantes de Sociología, Movimiento Estudiantil Cristiano,


Colectivo Papalota Negra, Común de Estudiantes de Santa Marta,


Red Uniendo Manos ES, Unidad Ecológica Salvadoreña,


Ciudades Hermanas, Colectivo Ceiba.






1 La prensa gráfica. “Walmart Mejicanos abriría en diciembre”. Mayo, 2012. Ver nota: http://www.laprensagrafica.com/economia/nacional/260999-walmart-mejicanos-abriria-en-diciembre.html.






2 La jornada. “Anticipa Wal-Mart costos por escándalo de corrupción”. Mayo, 2012. http://www.jornada.unam.mx/2012/05/19/economia/027n4eco






3 FLACSO. Mapa de pobreza urbana y exclusión social. FLACSO-MINED. 2008.






4 UNDAC, 2010. http://www.opinandoenelsalvador.com/wp-content/uploads/2010/10/informenacionalcapacidadrespuestadesastres2010.pdf










5 LPG, “Walmart beneficia a grupo de mujeres”, 22 de mayo de 2012, en: http://www.laprensagrafica.com/economia/nacional/264266-walmart-beneficia-a-grupo-de-mujeres.html