Editorial YSUCA
Vulnerables
En todas las noticias aparece el dato: Este invierno será excepcionalmente lluvioso. En sus primeros tres meses hemos superado ya la pluviosidad anual promedio de los últimos años. Y para los próximos tres meses se anuncia el fenómeno de La Niña, caracterizado por un aumento sustancial de lluvias. En estos tres meses el agua ha inundado tierras, destruido viviendas y cosechas, acrecentado cárcavas. La posibilidad de que colapsen desagües, se formen deslaves o se produzcan verdaderas tragedias es en este invierno superior a la de otros años. Nuestra vulnerabilidad está ahora más a la luz. Y en tiempo de crisis internacional, de escasos rendimientos económicos y de falta de trabajo, el hecho de ser vulnerables pone en riesgo planes de desarrollo. Cualquier tragedia nos puede hacer retroceder. De hecho el número de pobres ya aumentó considerablemente en el país con la crisis internacional. Cualquier catástrofe interna, con sus costos, nos empujaría a una situación todavía peor.
Enfrentar la vulnerabilidad no es fácil. El país es geológicamente joven y en ese sentido su subsuelo, tierras, laderas y montañas están todavía en proceso de asentamiento y conformación. Nuestros pueblos fueron ubicados donde inicialmente la sabiduría indígena veía mayores signos de seguridad. Pero el crecimiento poblacional, la falta de una seria programación de la ubicación de la vivienda, así como la pobreza, que ha obligado a la gente a buscar lugares marginales donde ubicarse, ha multiplicado la vulnerabilidad de nuestros asentamientos humanos. La irresponsabilidad de los gobiernos y de algunos constructores ha sido grande. Y lo que es una vulnerabilidad propia debida a la ubicación geográfica en la que vivimos se ha potenciado por la poca seriedad institucional de años y por la falta de recursos dedicados a prevenir la vulnerabilidad, especialmente de la población en riesgo, que es la más pobre y ciertamente la mayoritaria.
Este invierno, pues, nos invita a preguntarnos qué hacer frente a la vulnerabilidad de nuestro país. Una pregunta que implica respuestas de largo y corto plazo, así como actitudes profundas de cambio, con respecto a los modos de proceder que han sido habituales hasta el presente. En el corto plazo es evidente que tiene que aumentarse drásticamente la cantidad de recursos que se dedican a la prevención del desastre. Pero además hay que comenzar a construir un verdadero mapa de la vulnerabilidad y un proceso adecuado de ordenamiento territorial. El trabajo de prevención del desastre y disminución de la vulnerabilidad puede ser lento en su conjunto, pero las decisiones de entrarle al tema tienen que ser urgentes e inmediatas.
En cuanto a las actitudes, los cambios tienen también que ser radicales. El país no puede seguir jugando al sálvese quien pueda individualista, ni a la ley del más fuerte que privilegia sólo a los que tienen mejor punto de partida, mayores recursos o simplemente mayor capacidad de abuso y trampa. Un sentido cooperativo más sólido y más imbuido de solidaridad es indispensable. Y no sólo en los momentos de desgracia, donde la respuesta suele ser generosa, sino en el día a día de construir la prevención y la mayor justicia social. Un país como el nuestro no tiene futuro si no se despierta una actitud de generosidad respecto a utilizar el propio tiempo y los recursos personales al servicio del bien común. Instituciones de voluntariado como “Un Techo para mi País”, nos dan ejemplo de generosidad en estos días de vacación estudiantil. Pero la generosidad para sacar el país adelante, prevenir el desastre y reducir la vulnerabilidad, tiene que ser de todos. Sin generosidad solidaria no hay futuro. El ser o no ser un Estado fallido tiene también mucho que ver con la generosidad. Y en el campo de la reducción de la vulnerabilidad esta virtud y actitud personal se necesita en abundancia.
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“Ningún límite histórico cierra el futuro esperanzado del seguidor de Jesús” (I. Ellacuría)
Un espacio de intercambio de opiniones, de debate, donde podamos compartir y expresarnos libremente. ¿Me acompaña a discutir?
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domingo, 25 de julio de 2010
lunes, 9 de noviembre de 2009
Vulnerables
Ética y Política
Vulnerables
José M. Tojeira
Desde hace años venimos insistiendo en que nuestro país es sumamente vulnerable. Pero en estos últimos 20 años, con aquello de que cualquier crítica social era un atentado contra el famoso sistema de libertades, se permitió y alentó este tipo de Estado donde la muerte se filtra por todos lados por ausencia de prevención del desastre, de la epidemia, o de cualquiera que sea el problema. No se quiere aceptar que las vulnerabilidades de El Salvador se previenen con una mayor inversión social, con un mejor sistema redistributivo de la riqueza, con una adecuada planificación y organización territorial. Y no se trata de inventar la pólvora. La prevención del desastre, al igual que la prevención de la delincuencia, son temas reflexionados y estudiados tanto fuera como dentro de El Salvador. Pero la palabra prevención sólo existió durante 20 años en el diccionario de los ricos y los poderosos de El Salvador para su uso exclusivo.
Las Universidades pueden preparar ingenieros que saquen sus doctorados fuera sobre deslaves y deslizamientos de tierras, pero acaban quedándose en el extranjero porque no ven que sus especializaciones puedan ser utilizadas adecuadamente en El Salvador. El desastre es parte de la vida y no faltan los hipócritas que consideran el desastre como algo habitual y natural, eliminando responsabilidades estatales.
Y todavía más: No se quiere soltar un centavo para encarar de una vez por todas los problemas de El Salvador. Quienes tienen dinero prefieren pagar su seguridad privada en vez de pagar más impuestos para mejorar la seguridad ciudadana común. Aquí da la impresión de que mientras no se caiga una torre de las que ahora construimos y de las que nos enorgullecemos, no habrá financiamiento para ordenar el territorio de un modo serio y previsor, ni mucho menos se dará apoyo para que quienes vivan en zonas vulnerables puedan construir viviendas seguras y decentes sin costos inalcanzables.
Y lo que acaba dando más cólera es el regateo miserable de impuestos ante una pequeña reforma fiscal, mientras la gente sigue muriéndose. Otra cosa sería si el edificio de FUSADES estuviera a las orillas de río Acelhuate en vez de estar en Santa Elena. Y es que mientras el proyecto común de convivencia social no sea realmente un proyecto común, negociado, dialogado y platicado todo lo que se desee, El Salvador no tiene demasiadas perspectivas de cambio. Porque hasta ahora lo que hay es simplemente un proyecto de unos pocos, que refugiados en sus colonias con seguridad privada, en sus residencias o en sus torres, no escuchan el gemido de los pobres. No hay realmente proyecto común salvadoreño. Y sin proyecto común no hay país que se desarrolle equitativamente.
Nuestro producto interno bruto (PIB), dicen en ocasiones los poderosos, se acerca ya al de Costa Rica. Pero nuestra inversión proporcional en educación es mucho menor. Nos queremos comparar con países que se han desarrollado rápidamente y no queremos invertir en la población lo indispensable para evitar los costos de tanta vulnerabilidad. Vulnerables a las lluvias, a los sismos, a la delincuencia y la violencia, a la corrupción, al abuso del volante y del alcohol. Vulnerables en todo y sin fondos para invertir adecuadamente en cada uno de los rubros en que somos vulnerables. El sistema de libertades, la crisis actual, el mercado desregulado, la amenaza de Chávez, todo es excusa válida para no aportar lo que entre todos deberíamos aportar al desarrollo, a la prevención del desastre, sea éste natural o provocado por el ser humano.
Hoy, ante tanta muerte después de seis horas de lluvia ininterrumpida, es tiempo de solidaridad y ayuda. Pero también tiempo de reflexión. El país debe cambiar. Nos lo pide la gente buena de El Salvador. Nos lo piden los más pobres, los preferidos de Dios, la gran mayoría en El Salvador. No sirven lamentos para escudar conciencias egoístas. Ni vale echarle la culpa a los gobiernos. Hay un proyecto de desarrollo en El Salvador que no mira al bien común. Un proyecto enfocado sistemáticamente al beneficio de minorías. Eso es lo que hay que cambiar. Y construir un verdadero proyecto de desarrollo común, nacional, en cuya construcción participemos todos, que mire al bien común, que apoye y defienda con mayor fuerza a los más débiles. Tanto la ciudadanía como el gobierno deben enfocar sus esfuerzos a la construcción de ese proyecto común de desarrollo solidario. De lo contrario, año con año estaremos lamentando lo mismo y teniendo que engañar a nuestra propia conciencia nacional con mentiras o con la frase igual de peligrosa que nos dice que El Salvador no tiene remedio y que lo mejor es emigrar.
Vulnerables
José M. Tojeira
Desde hace años venimos insistiendo en que nuestro país es sumamente vulnerable. Pero en estos últimos 20 años, con aquello de que cualquier crítica social era un atentado contra el famoso sistema de libertades, se permitió y alentó este tipo de Estado donde la muerte se filtra por todos lados por ausencia de prevención del desastre, de la epidemia, o de cualquiera que sea el problema. No se quiere aceptar que las vulnerabilidades de El Salvador se previenen con una mayor inversión social, con un mejor sistema redistributivo de la riqueza, con una adecuada planificación y organización territorial. Y no se trata de inventar la pólvora. La prevención del desastre, al igual que la prevención de la delincuencia, son temas reflexionados y estudiados tanto fuera como dentro de El Salvador. Pero la palabra prevención sólo existió durante 20 años en el diccionario de los ricos y los poderosos de El Salvador para su uso exclusivo.
Las Universidades pueden preparar ingenieros que saquen sus doctorados fuera sobre deslaves y deslizamientos de tierras, pero acaban quedándose en el extranjero porque no ven que sus especializaciones puedan ser utilizadas adecuadamente en El Salvador. El desastre es parte de la vida y no faltan los hipócritas que consideran el desastre como algo habitual y natural, eliminando responsabilidades estatales.
Y todavía más: No se quiere soltar un centavo para encarar de una vez por todas los problemas de El Salvador. Quienes tienen dinero prefieren pagar su seguridad privada en vez de pagar más impuestos para mejorar la seguridad ciudadana común. Aquí da la impresión de que mientras no se caiga una torre de las que ahora construimos y de las que nos enorgullecemos, no habrá financiamiento para ordenar el territorio de un modo serio y previsor, ni mucho menos se dará apoyo para que quienes vivan en zonas vulnerables puedan construir viviendas seguras y decentes sin costos inalcanzables.
Y lo que acaba dando más cólera es el regateo miserable de impuestos ante una pequeña reforma fiscal, mientras la gente sigue muriéndose. Otra cosa sería si el edificio de FUSADES estuviera a las orillas de río Acelhuate en vez de estar en Santa Elena. Y es que mientras el proyecto común de convivencia social no sea realmente un proyecto común, negociado, dialogado y platicado todo lo que se desee, El Salvador no tiene demasiadas perspectivas de cambio. Porque hasta ahora lo que hay es simplemente un proyecto de unos pocos, que refugiados en sus colonias con seguridad privada, en sus residencias o en sus torres, no escuchan el gemido de los pobres. No hay realmente proyecto común salvadoreño. Y sin proyecto común no hay país que se desarrolle equitativamente.
Nuestro producto interno bruto (PIB), dicen en ocasiones los poderosos, se acerca ya al de Costa Rica. Pero nuestra inversión proporcional en educación es mucho menor. Nos queremos comparar con países que se han desarrollado rápidamente y no queremos invertir en la población lo indispensable para evitar los costos de tanta vulnerabilidad. Vulnerables a las lluvias, a los sismos, a la delincuencia y la violencia, a la corrupción, al abuso del volante y del alcohol. Vulnerables en todo y sin fondos para invertir adecuadamente en cada uno de los rubros en que somos vulnerables. El sistema de libertades, la crisis actual, el mercado desregulado, la amenaza de Chávez, todo es excusa válida para no aportar lo que entre todos deberíamos aportar al desarrollo, a la prevención del desastre, sea éste natural o provocado por el ser humano.
Hoy, ante tanta muerte después de seis horas de lluvia ininterrumpida, es tiempo de solidaridad y ayuda. Pero también tiempo de reflexión. El país debe cambiar. Nos lo pide la gente buena de El Salvador. Nos lo piden los más pobres, los preferidos de Dios, la gran mayoría en El Salvador. No sirven lamentos para escudar conciencias egoístas. Ni vale echarle la culpa a los gobiernos. Hay un proyecto de desarrollo en El Salvador que no mira al bien común. Un proyecto enfocado sistemáticamente al beneficio de minorías. Eso es lo que hay que cambiar. Y construir un verdadero proyecto de desarrollo común, nacional, en cuya construcción participemos todos, que mire al bien común, que apoye y defienda con mayor fuerza a los más débiles. Tanto la ciudadanía como el gobierno deben enfocar sus esfuerzos a la construcción de ese proyecto común de desarrollo solidario. De lo contrario, año con año estaremos lamentando lo mismo y teniendo que engañar a nuestra propia conciencia nacional con mentiras o con la frase igual de peligrosa que nos dice que El Salvador no tiene remedio y que lo mejor es emigrar.
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