martes, 20 de febrero de 2018

Estados Unidos: país de Rambos




Marcelo Colussi

Rápida, potente, personalizable, adaptable, confiable y precisa

Calificación dada por la Asociación Nacional del Rifle al fusil semiautomático AR-15


Acaba de suceder otra masacre a manos de civiles en Estados Unidos, la tierra de la “libertad” y la “democracia”. ¿Por qué?

Ya no sorprende a nadie la comisión de una nueva matanza con algún arma de fuego realizada por un civil estadounidense, que luego se suicida o cae muerto por la policía. Las últimas décadas del siglo pasado ya ofrecían ese trágico panorama (el 1 de agosto de 1966 Joseph Whitman, un ex marine de 25 años, disparó contra estudiantes de la Universidad de Texas, en Austin, matando a 18 personas), pero paulatinamente el terror fue incrementándose, haciéndose casi “normal” al día de hoy: el 18 de julio de 1984 James Oliver Huberty abrió fuego en un restaurante McDonald's de California matando a 21 personas; el 16 de octubre de 1991 George Hennard, de 25 años, estrelló su vehículo contra una cafetería en Texas, saliendo luego de su camioneta disparando contra los clientes matando a 23 personas; el 2 julio de 1993 un hombre armado con dos armas semiautomáticas, un revólver y una bolsa con cientos de proyectiles mató en San Francisco a 9 personas y luego se suicidó; el 20 de abril de 1999 dos estudiantes adolescentes, Eric Harris y Dylan Klebold, armados con un fusil de asalto, dos escopetas y un revólver, mataron a 13 personas e hirieron a 23 en la escuela de Columbine, en Littleton, estado de Colorado, antes de suicidarse; el 16 de abril de 2007 el estudiante surcoreano Cho Seung Hui se suicidó luego de matar a 32 estudiantes y profesores en la Universidad Politécnica de Virginia; el 5 diciembre de 2007 un hombre de 20 años, en un centro comercial de Omaha, estado de Nebraska, mató con arma de fuego a 8 personas; el 3 de abril de 2009 un hombre armado entró en un centro de atención a inmigrantes y refugiados en Binghamton, estado de Nueva York, y mató a 13 personas para luego suicidarse; el 5 de noviembre de 2009 en la base militar de Fort Hood, estado de Texas, una balacera dejó 13 muertos y 12 heridos, siendo el autor de la matanza Nidal Malik Hasan, un comandante y psiquiatra de religión musulmana, condenado a muerte en agosto de 2013; el 7 agosto de 2011 en Copley Township, en el noreste de Ohio, un hombre con arma de fuego mató a 7 personas, antes de ser abatido por la policía; el 12 de octubre de 2011 en una peluquería en Seal Beach, California, 8 personas murieron y otra resultó gravemente herida cuando un hombre armado entró al establecimiento y comenzó a disparar a mansalva; el 2 abril de 2012 en un tiroteo en una universidad privada en Oakland, estado de California, murieron 7 personas y 3 más resultaron heridas; el 20 julio de 2012 12 personas perdieron la vida y 52 resultaron heridas en un tiroteo en un cine en la localidad de Aurora, cerca de Denver, estado de Colorado; el 14 de diciembre de 2012, Adam Lanza, de 20 años, entró a la escuela Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, y disparando terminó con la vida de 20 niños y 6 adultos, suicidándose finalmente; el 16 de setiembre de 2013 Aaron Alexis, ex reservista del Ejército, de 34 años, mató a 12 personas hiriendo a otras 14 al asaltar el Mando de Operaciones de la Armada en Washington (a cinco kilómetros de la Casa Blanca y dos kilómetros del Capitolio), muriendo en el ataque; el 2 de abril de 2014 Iván López, veterano de la guerra de Iraq, abrió fuego contra sus compañeros de filas en la base militar de Fort Hood, dejando 3 muertos y 15 heridos, perdiendo la vida en el ataque; el 18 de junio de 2015 en una iglesia de la comunidad afroamericana en Charleston, Carolina del Sur, un joven supremacista blanco disparó contra personas que leían la Biblia matando a 9 de ellas, incluido un senador estatal; el 1 de octubre de 2015 Chris Harper Mercer, de 26 años, mató a 10 estudiantes en la Universidad de Umpqua, Oregon, muriendo luego en un intercambio de disparos con la policía; el 2 de diciembre de 2015 14 personas perdieron la vida y 20 resultaron heridas luego de un tiroteo en un centro de servicios sociales de la ciudad de San Bernardino, California, en un ataque cometido por un matrimonio que murió horas después en un intercambio de disparos con la policía a varios kilómetros del lugar del ataque; el 12 de junio de 2016 murieron 49 personas y 53 resultaron heridas en un ataque con arma de fuego a un club de homosexuales en Orlando, Florida; el 1 de octubre de 2017 58 personas murieron en un tiroteo registrado durante un concierto frente al hotel casino Mandalay Bay en Las Vegas; el 5 de noviembre de 2017 27 personas murieron y 20 resultaron heridas en un iglesia bautista de Texas como resultado de un tiroteo iniciado por una persona no identificada; y el más reciente, el 14 de febrero del 2018 (¡día del cariño!) Nikolas Cruz, de 19 años, mató a 17 personas con un fusil semiautomático AR-15 en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas High School, en Parkland, estado de Florida.

Explicar esta casi interminable lista de masacres, que cada vez más frecuentemente enlutan a familias estadounidenses, simplemente por “desequilibrados mentales” que en algún momento entran en acción, queda corto.




Sin dudas quien puede cometer estos “actos locos”, demenciales, desde todo punto de vista “insanos” en términos psicológicos, son personas con severos trastornos psíquicos. Pero para entender en su cabalidad el fenómeno hay que introducir dos elementos más: 1) el sentir nacional de Estados Unidos como potencia impune con su “destino manifiesto” de conducir al resto de la humanidad, y 2) la industria de las armas, la principal dentro de su economía, y vital en su cultura cotidiana.

Si es cierto que quienes cometen esos actos “locos” son, justamente, personas “locas” (psicóticos, en términos estrictos, delirantes), sus delirios hay que entenderlos en el ámbito de la cultura donde aparecen. Los delirios no son azarosos, antojadizos: comportan una lógica, tienen sentido, mantienen algún anudamiento con la realidad. En el Medioevo europeo los locos deliraban con apariciones de vírgenes, hablaban con el demonio y se movían en lo que la media cultural imponía (la Santa Inquisición persiguiendo brujas por todos lados). En el siglo XX –época de viajes espaciales– los locos deliran con platos voladores y marcianos. En un país como Estados Unidos, sus locos deliran con su imaginario dominante, con su representación icónica por excelencia: Rambo, un killer que “se las puede con todas”, el “muchachito” hollywoodense que, como se puede ver en alguna sátira burlona, de un solo disparo mata a diez “malos” (indios, comunistas, o ahora: musulmanes).

Un país de Rambos

En el imaginario cotidiano de cualquier ciudadano estadounidense, desde hace ya más de un siglo, está la idea de “ganador absoluto”. Nadie se les opone, y su impunidad es proverbial. Rambo, ese veterano de la guerra de Vietnam prácticamente invencible, “hombre de acero”, “macho” por antonomasia, es el representante más acabado de esa fantasía.

En Estados Unidos la guerra, sin dudas repudiada por muchos, sigue siendo un eje fundamental en torno al cual gira buena parte de la sociedad, su economía, su política, su cultura. Por eso mismo, apoyada por una amplia mayoría (¿por qué ganaría la presidencia un supremacista blanco, machista y guerrerista como Donald Trump si no?) Es el único país del mundo que prácticamente ha participado en todas las guerras habidas en los siglos XX y XXI; posee las fuerzas armadas más grandes del planeta, y los gastos militares de su presupuesto son colosales: de hecho, la mitad de todos los gastos mundiales invertidos en ese ámbito. País que no dudó en usar armas atómicas contra población civil no combatiente (las dos innecesarias bombas en Japón sobre el final de la Segunda Guerra Mundial), que ha desarrollado los más pérfidos y sanguinarios métodos de guerra, utilizándolos de hecho y enseñándolos a sus ejércitos subordinados (de Latinoamérica especialmente), poseedor de alrededor de 700 bases militares diseminadas por toda la geografía planetaria, su agresividad es monumental.

En el medio de esa violencia generalizada, sus locos reproducen en sus delirios lo que es moneda común en su cotidianeidad. Para evidenciar esa violencia, la cubana revista digital Cubadebate hizo un seguimiento de hechos violentos cotidianos en el país, ofreciéndose este patético panorama.

·       96 estadounidenses son asesinados con armas como promedio cada día.
·       13.000 estadounidenses mueren cada año como promedio por homicidios con armas de fuego.
·       2 personas son heridas por cada 1 asesinada.
·       7 niños y adolescentes son asesinados como promedio cada día por armas de fuego.
·       50 mujeres son asesinadas a tiros por sus parejas como promedio cada mes.
·       13 veces más probabilidades tienen los hombres negros de ser tiroteados y asesinados que los hombres blancos.
·       5 veces más riesgo tiene una mujer de ser asesinada en un episodio de violencia doméstica cuando en su hogar hay presencia de armas de fuego.
·       2.333 homicidios por armas de fuego más hubo en los primeros doscientos días de 2017 que en el 2014; una cifra que crece cada año.
·       42% de las armas en poder de civiles en el mundo están en manos de estadounidenses, a pesar de que ese país sólo tiene el 4,4% de la población mundial.
·       1.606 asesinatos masivos por armas de fuego han tenido lugar desde el asesinato de 20 niños y 6 adultos, en diciembre de 2012, en Sandy Hook Elementary School in Newtown, Connecticut, hasta febrero de 2018. En ellos han muerto al menos 1829 personas y 6447 han resultado heridas. El promedio es de más de un tiroteo masivo por día.
·       7.142 incidentes violentos con armas han ocurrido desde el 1 de enero al 19 de febrero de 2018.
·       1.977 son los muertos en esos incidentes.
·       3.424 personas has resultado heridas.
·       34 de los incidentes han sido asesinatos masivos

Una tremenda violencia doméstica define el american way of live, sin dudas.

La industria militar manda

El llamado complejo militar-industrial es la rama comercial más pujante de toda la economía estadounidense. Su influencia política es enorme; de hecho, es quien fija la estrategia nacional de política externa (léase: empresas como Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, Raytheon, General Dynamics, Honeywell, Halliburton, BAE System). Según datos confiables, en su cabildeo con las esferas del poder político este complejo gasta no menos de 100 millones de dólares al año, con lo que consigue establecer siempre sus negocios por sobre cualquier otra prioridad nacional. Y su negocio es… ¡la guerra!, es decir ¡¡la muerte!!

Hay que consumir armas, muchas armas, muchísimas. Entiéndase aquí por “armas” desde una pistola hasta un portaviones con energía nuclear con infinidad de aviones supersónicos dotados de las más letales bombas inteligentes. De ahí que los pedidos de renovación de armamento que le llegan a ese poderoso complejo militar-industrial no se terminan nunca, ya sea para sus propias fuerzas armadas o para los países que les adquieren equipos (tanques de guerra, aviones, barcos, cañones, misiles, minas y un interminable etcétera). Por otro lado, en lo interno, también los ciudadanos estadounidenses comunes (como los que cometen todas estas masacres a las que nos referimos) compran muchas armas, muchísimas.

Por lo pronto se calcula que en el país existen 319 millones de armas en poder de población civil; de ellas, 114 millones son pistolas, 110 millones son rifles y 86 millones son escopetas. La industria que produce esas mercancías mueve 43.000 millones de dólares al año. Ahí también se inscriben fusiles automáticos, como el AR-15, versión civil del militar M-16, (30 tiros por minuto), producido por Colt's Manufacturing Company, el arma más empleada en las masacres que nos ocupan. Valga decir que se lo adquiere con toda facilidad en cualquier tienda o supermercado por 475 dólares (un Iphone 7 cuesta 769 dólares). De acuerdo a la Segunda Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, se reconoce el derecho de todo ciudadano a poseer y portar armas de fuego, protegiendo así la “libertad”. La Asociación Nacional del Rifle (la asociación civil más vieja del país, con más de cinco millones de miembros) vela por la posesión de armas de fuego (gastando alrededor de 8 millones de dólares al año en cabildeo para lograr sus propósitos).

Dicho de otro modo: cualquiera en este país puede comprar un arma de fuego de altísimo poder y matar a mansalva a civiles. Eso es lo que cada vez sucede más frecuentemente, y sin dudas seguirá sucediendo, porque 1) la fantasía de sentirse Rambos no está en vías de desaparecer y 2) el negocio de las armas no da señales de agotamiento.

La combinación de esos explosivos factores siempre podrá encontrar un delirante que realmente se crea dueño de algún “destino manifiesto”, que se sienta ese personaje peliculesco, pudiendo adquirir el arma mortal en la esquina de su casa. La historia que sigue ya parece estar contada.

viernes, 9 de febrero de 2018

Imperialismo estadounidense: manotazos de ahogado por el petróleo




Marcelo Colussi

Así como los gobiernos de los Estados Unidos necesitan las empresas petroleras para garantizar el combustible necesario para su capacidad de guerra global, las compañías petroleras necesitan de sus gobiernos y su poder militar para asegurar el control de yacimientos de petróleo en todo el mundo y las rutas de transporte

James Paul, Informe del Global Policy Forum.


Para el capitalismo de Estados Unidos es imprescindible el petróleo. El oro negro es su savia vital. Todo su derrochador e insostenible american way of live se basa en el consumo inmisericorde de petróleo. Por lo pronto es el país del mundo que más hidrocarburos traga diariamente: 20 millones de barriles diarios. Quien le sigue, la República Popular China, llega apenas a la mitad de esa cifra: unos 10 millones de barriles diarios. Entre su inconmensurable parque industrial, la monumental cantidad de vehículos particulares y medios masivos de transporte que movilizan a su población y el gigantesco aparato militar de que dispone (más su reserva estratégica, calculada en 700 millones de barriles), su sed de este elemento es insaciable.



El negocio del petróleo es, de hecho, uno de los más grandes del orbe: el segundo tras la industria militar (35 mil dólares por segundo gastados en armas). Las compañías petroleras estadounidenses, todas privadas, están entre las más enormes del planeta: mega-monstruos de acción global como la Exxon-Mobil (cuarta compañía a nivel mundial), la Chevron-Texaco, la Conoco-Phillips, la Amoco, la Bush Energy, la Oxy, y otras algo menores (Koch Industries, Apache Corporation, PBF Energy, Alon USA), todas tienen facturaciones multimillonarias, y en buena medida son las que fijan la política exterior de Washington.

Podría decirse que la historia de Estados Unidos es la historia del petróleo, del que está en su subsuelo (60% de su consumo diario) y del que está en el subsuelo de otros países, pero que la clase dirigente de esa nación parece seguir considerando propio, con la pequeña diferencia –o “detalle molesto”– que no cae dentro de sus fronteras. ¿Por qué la geopolítica de la Casa Blanca pone tanto énfasis en Medio Oriente y el Golfo Pérsico, o más recientemente –desde la Revolución Bolivariana en adelante– en Venezuela? Porque ahí están las reservas de oro negro más grandes del mundo. Y porque, aunque no están en su propio subsuelo, las considera propias.

Dos son las causas por las que la política imperial de Washington se construye con olor a petróleo (y a armas: su complejo militar-industrial es el primer negocio de su economía). Por un lado, porque necesita seguir manteniendo la provisión de oro negro como oxígeno indispensable para su sistema económico capitalista (su parque industrial, todo el enorme campo de la petroquímica, el mundo del automotor, los transportes en general –aéreos, terrestres, marítimos–, su aparato militar, la carrera espacial… todo depende, directa o indirectamente, del petróleo). Asegurando el acceso a petróleo (40% de su consumo viene del exterior) mantiene su estándar de vida y, fundamentalmente, no permite que caigan las megaempresas petroleras que manejan ese fabuloso negocio.

Dato significativo: el actual Secretario de Estado, Rex Tillerson, fue anteriormente Director Ejecutivo de la mega-petrolera Exxon-Mobil, así como la ex Secretaria, Condoleezza Rice, fue antes una encumbrada directiva de la petrolera Chevron. ¿Qué significa eso? Que la alta política de la Casa Blanca no distingue mayormente entre funcionario público tomador de decisiones y personal jerárquico de sus corporaciones globales; en realidad, son prácticamente lo mismo. ¿Quién dirige a quién?


Pero por otro lado –y esto hoy día es de capital importancia–, el negocio del petróleo, al menos hasta la fecha, se ha manejado en dólares. Esa moneda, impuesta por el imperialismo estadounidense, es la que rige las petro-transacciones internacionales. Cuando algunos países (Irán, Irak, Corea del Norte) manifestaron su alejamiento de la zona dólar para pasar a otras monedas (euro, rublo, yuan, yen, cesta combinada de divisas) en su comercio internacional, fueron declarados miembros del “eje del mal”, supuestamente por apoyar al siempre impreciso y nunca bien definido “terrorismo”. Está claro: Washington tiembla (¡y tiembla mucho!) cuando ve que su moneda puede perder valor. O, dicho en otros términos, cuando ve que su reinado puede empezar a caer.

Para la geoestrategia de la Casa Blanca perder la hegemonía del dólar para las transacciones petroleras marca el principio del fin de su supremacía. Es por eso que quiere asegurarse a toda costa las reservas petroleras mundiales (al menos la mayor cantidad) para no verse sujeta a un comercio donde no es Washington el que pone las condiciones.

¿Para qué salió el 1° de febrero el Secretario de Estado Rex Tillerson a una gira de una semana por países “amigos” de la región latinoamericana (México, Argentina, Perú, Colombia y Jamaica, todos con gobiernos de ultra derecha, neoliberales y completamente alineados con las políticas del amo del Norte)? Supuestamente para “promover un hemisferio seguro, próspero, con seguridad energética y democrático”. ¿Qué significa eso?

Preparar las condiciones para garantizar “su” seguridad energética, la de su país, la del american way of life que debe seguir teniendo la población estadounidense para no dañar la economía de sus grandes corporaciones. Es decir: recuperar las enormes reservas petrolíferas de Venezuela (las más grandes del mundo) para tener asegurada una provisión de oro negro a largo plazo (más de 200 años), pudiendo así seguir fijando los precios en dólar.

De las cinco petroleras más grandes del orbe actualmente (la estatal Saudi Aramco, de Arabia Saudita, la estatal National Iranian Oil Company –NIOC–, de Irán, la estatal China National Petroleum Corporation –CNPC–, de la República Popular China, la privada Exxon-Mobil, de Estados Unidos, y la estatal Petróleos de Venezuela –PDVSA–, de Venezuela), ya son varias las que se están escapando del primado del dólar: los iraníes, los chinos y los venezolanos están pasando a fijar sus transacciones en otras divisas. Obviamente, la clase dirigente estadounidense tiembla.

Por lo pronto China, segundo consumidor mundial de petróleo y gran potencia económico-industrial-financiera, comenzó a establecer los contratos a futuro de oro negro en petro-yuanes, debidamente respaldados en oro, y ya no en dólares. Eso se vincula con el lanzamiento que hará Rusia el próximo 5 de marzo del cripto-rublo (constituyendo ese país la mayor reserva petrolera fuera de la OPEP, también con ingentes reservas en oro), más la entrada en vigencia el 20 de febrero de la cripto-moneda Petro, en Venezuela, desvinculándose todos de la zona-dólar, al igual que también lo hace Irán.

La “seguridad energética” perseguida por Estados Unidos, machaconamente remarcada por el Secretario de Estado Rex Tillerson en su gira, no es otra cosa sino el intento (desesperado intento) de retomar las reservas energéticas de Venezuela (petróleo y gas, y eventualmente otros minerales estratégicos, pero en lo fundamental: el petróleo), que desde la Revolución Bolivariana han pasado a ser administradas por el propio Estado, con un proyecto nacional y popular con talante socialista.

De ese modo, ver perder PDVSA es inadmisible para la lógica imperial (que es la lógica de su clase dominante, y para el caso, de las grandes corporaciones petroleras). En otros términos, la gira del Secretario Tillerson busca crear un grupo regional alineado absolutamente con Washington –el Arcomepe: Argentina, Colombia, México, Perú– con el que pedir (y llevar a cabo) la intervención “humanitaria” en Venezuela. Todo lo cual hace más que evidente que en Venezuela no hay “narcodictadura asesina”, como pretende el envenenado discurso dominante promovido desde la Casa Blanca y sus usinas mediáticas: ¡hay mucho petróleo! ¡Hay una compañía petrolera estatal que ahora, desde la llegada de Chávez a la presidencia y la edificación de la Revolución Bolivariana, distribuye la renta que ese negocio da, de una manera más equitativa, popular, beneficiando a los sectores históricamente marginados! PDVSA, con el actual proceso político en curso, dejó de ser una filial estadounidense para pasar a ser una verdadera empresa venezolana con honda proyección social.

La idea del gobierno estadounidense es que el petro-secretario “ministro de colonias”, de gira por “ese pueblito que está al sur del Río Bravo llamado Latinoamérica”, pueda crear las condiciones para poder hacer de la Exxon-Mobil, hoy día la cuarta compañía petrolera del globo, la primera, recuperando la venezolana PDVSA.

El continuo acecho que ha tenido la Revolución Bolivariana durante toda su existencia se explica por eso: por tener las reservas de hidrocarburos más grandes del mundo. El lanzamiento de estas cripto-monedas por parte de otras potencias mundiales como China y Rusia y su abandono del dólar, encendieron peligrosamente las alarmas en Estados Unidos. Lo que pueda venir ahora para Venezuela no es muy simpático precisamente: si todo lo que se intentó hasta el momento para detener la Revolución Bolivariana –ayer con Hugo Chávez a la cabeza, hoy con Nicolás Maduro– no funcionó, en el momento actual, con el golpe que pueden significar estas medidas anti-dólar, el peligro para la hegemonía estadounidense se redobla. Y los animales heridos, lo sabemos, son los más peligrosos, porque lanzan los manotazos más letales, por una pura cuestión de sobrevivencia.

El imperio norteamericano no ha caído ni está pronto a agonizar, pero da muestras de honda preocupación. Y en esas condiciones, puede hacer cualquier cosa para mantener su hegemonía. La idea de una guerra nuclear limitada da vuelta por muchas cabezas de ideólogos de Estados Unidos. Podrá ser un absurdo disparate en términos humanitarios, pero la desesperación puede llevar a cualquier insensatez, a cualquier imprudencia. Lo que puedan pergeñar para la República Bolivariana de Venezuela es incierto, aunque todo indica que, producto de la actual gira de Tillerson, es muy probable que se organicen países que “intervengan” para rescatar a la población de la “crisis humanitaria”.

Si habrá luego “acciones para salvar a la población de la sanguinaria dictadura madurista” no está claro aún, pero todo indica que eso es posible (quizá intervención de la OEA, o de la ONU, con fuerzas multilaterales lideradas por Estados Unidos). De ahí que debe condenarse con la más categórica energía todo intento injerencista. Venezuela es un país independiente, libre y soberano, y su petróleo y recursos naturales son de los venezolanos, de nadie más.

sábado, 6 de enero de 2018

Movimientos populares: entre el espontaneísmo y la manipulación



Marcelo Colussi

Los iraníes que se manifiestan contra su gobierno verán un gran apoyo de Estados Unidos en el momento adecuado”.

Donald Trump, con motivo de los actuales acontecimientos en Irán (enero 2018)

Partidos políticos en crisis

A partir de las dos últimas décadas del pasado siglo, y en lo que va del presente, asistimos a una gradual pero permanente decadencia de los partidos políticos tradicionales. Esto se da tanto en la derecha como en la izquierda. Las poblaciones van evidenciando un creciente hastío en relación a las formas tradicionales de la “política profesional”, dada por tecnócratas, burócratas siempre alejados de la gente, “mentirosos de profesión”. La política hecha a través de los partidos (farsante, embustera, manipuladora) sigue siendo la forma en que se maneja la institucionalidad de los Estados nacionales, pero cada vez más es la mercadotecnia, el manejo “de mentes y corazones” –como pedía Zbigniew Brzezinsky, maestro en estas artes–, la tecnología publicitaria, la que “hace” la política. O, al menos, la que se encarga de “manejar” a las grandes masas. Las decisiones fundamentales, por supuesto, se siguen haciendo en las sombras. Y no la hacen los “políticos de profesión” precisamente, sino los que les financian las campañas y para quienes, en definitiva, trabajan. Entonces, como acertadamente dijera el francés Paul Valéry: “La política es el arte de hacer creer a la gente que toma parte en los asuntos que le conciernen”. Deberíamos agregar: “pero sin permitirle que realmente se involucre en nada”.

De ningún modo esos partidos están agotados, pues continúan siendo correas de transmisión entre el poder económico –los verdaderos amos– y las grandes masas, ofreciendo las capas de burócratas que manejan los aparatos estatales. Pero la credibilidad de esos partidos está por los suelos. De todos modos, el “credo” fundamental de la politología oficial, de la llamada “democracia representativa”, está dado por la existencia de esos partidos. El resguardo de lo que la ciencia política de derecha funcional al sistema llama “gobernabilidad” son esos –aunque desacreditados y un tanto aborrecidos– partidos políticos. Por así decir: un mal necesario para el sistema.

En el campo de la izquierda las cosas también están complicadas. Caídas las primeras experiencias socialistas de la historia (desintegración de la Unión Soviética, extinción del bloque socialista europeo, reversión del socialismo chino) el avance de las fuerzas de cambio social quedó un tanto –o bastante– relegado. Hoy, una pregunta clave en el campo de la izquierda es ¿cómo construir alternativas válidas, consistentes, realmente efectivas? Los particos políticos clásicos, con un esquema leninista si se quiere, en el momento actual no están en crecimiento. Antes bien: han perdido credibilidad, no arrastran gente. Hoy por hoy todo lo que suene a confrontación, como consecuencia de décadas de bombardeo mediático-ideológico es visto como “peligroso”. O, cuando menos, como desconfiable. De ahí que los partidos políticos de izquierda, los tradicionales particos comunistas, no están hoy precisamente en crecimiento. Y si se trata de partidos socialdemócratas, es decir: fuerzas políticas que hablan un lenguaje capitalista “moderado”, no hay la más mínima diferencia con los partidos políticos de derecha.

A decir verdad, hoy no se ve muy claro ninguna propuesta real de transformación social. Ello no significa, en modo alguno, que el sistema capitalista esté blindado ante los cambios. Son incontestables los elementos que demuestran su inviabilidad a futuro: el solo ecocidio (la monumental catástrofe medioambiental) que ha producido con su alocado modelo de consumo, o el tener las guerras como una siempre posible válvula de escape cuando se traba, deja ver su insostenibilidad. Pero solo, por su propio peso, no case. Es necesario que alguien lo derribe. ¿Quién es el sujeto revolucionario entonces en la actualidad? ¿Es posible hoy levantar las banderas de partidos políticos revolucionarios?


Movimientos populares espontáneos

En ese sentido, en distintas latitudes del planeta, y sin dudas en Latinoamérica con una considerable fuerza, lo que sí se van dibujando como alternativas antisistémicas, rebeldes, contestatarias, son los grupos (en general movimientos campesinos e indígenas) que luchan y reivindican sus territorios ancestrales.

Quizá sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto (al menos como la concibió el marxismo clásico, como han levantado los partidos comunistas tradicionales a través de los años en el siglo XX), estos movimientos constituyen una clara afrenta a los intereses del gran capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales. En ese sentido, funcionan como una alternativa, una llama que se sigue levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más llamas. De hecho, en el informe “Tendencias Globales 2020 – Cartografía del futuro global”, del consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, dedicado a estudiar los escenarios futuros de amenaza a la seguridad nacional de ese país, puede leerse: “A comienzos del siglo XXI, hay grupos indígenas radicales en la mayoría de los países latinoamericanos, que en 2020 podrán haber crecido exponencialmente y obtenido la adhesión de la mayoría de los pueblos indígenas (…) Esos grupos podrán establecer relaciones con grupos terroristas internacionales y grupos antiglobalización (…) que podrán poner en causa las políticas económicas de los liderazgos latinoamericanos de origen europeo. (…) Las tensiones se manifestarán en un área desde México a través de la región del Amazonas”.[1] Para enfrentar esa presunta amenaza que afectaría la gobernabilidad de la región poniendo en entredicho la hegemonía continental de Washington cuestionando así sus intereses (¿quizá también la lógica capitalista en su conjunto?), el gobierno estadounidense tiene ya establecida la correspondiente estrategia contrainsurgente: la “Guerra de Red Social” (guerra de cuarta generación, guerra mediático-psicológica donde el enemigo no es un ejército combatiente sino la totalidad de la población civil), tal como décadas atrás lo hiciera contra la Teología de la Liberación y los movimientos insurgentes que se expandieron por toda Latinoamérica.

Hoy, como dice el portugués Boaventura Sousa Santos refiriéndose al caso colombiano en particular y latinoamericano en general, escrito antes de la desmovilización de la principal fuerza guerrillera de Colombia pero igualmente válido ahora, “la verdadera amenaza no son las FARC. Son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos indígenas y campesinos. La mayor amenaza [para la estrategia hegemónica de Estados Unidos, para el capitalismo como sistema] proviene de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios donde se encuentran estos recursos [biodiversidad, agua dulce, petróleo, riquezas minerales], o sea, de los pueblos indígenas”.[2] Anida allí, entonces, una cuota de esperanza si de transformación se trata. ¿Quién dijo que todo está perdido?

No hay dudas que la contradicción fundamental del sistema sigue siendo el choque irreconciliable de las contradicciones de clase, de trabajadores y capitalistas. Eso continúa siendo la savia vital del sistema: la producción centrada en la ganancia empresarial. En ese sentido, las premisas de trabajo asalariado y capital siguen siendo absolutamente determinantes: los trabajadores generan la riqueza que una clase, la poseedora de los medios de producción, se apropia. Esa contradicción –que no ha terminado, que sigue siendo el motor de la historia, amén de otras contradicciones sin dudas muy importantes: asimetrías de género, discriminación étnica, adultocentrismo, homofobia, etc.– pone como actores principales del escenario revolucionario a los trabajadores, en cualquiera de sus formas: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola, campesinos pobres, trabajadores clase-media de la esfera de servicios, intelectuales, personal calificado y gerencial de la iniciativa privada, amas de casa, subocupados varios, trabajadores precarizados e informales. Lo cierto es que, con la derrota histórica de estos últimos años luego de la caída del Muro de Berlín y los retrocesos habidos en el campo socialista, con el tremendo revés que la clase trabajadora ha sufrido a nivel mundial con el capitalismo salvaje de estos años, eufemísticamente llamado “neoliberalismo” (precarización de las condiciones generales de trabajo, pérdida de conquistas históricas, retroceso en la organización sindical, tercerización, etc., etc.), los trabajadores, quienes viven de su ingreso, los verdaderos y únicos productores de la riqueza humana, quedaron desorganizados, vencidos, quizá desmoralizados.

De ahí que estos movimientos campesinos-indígenas que reivindican sus territorios son una fuente de vitalidad revolucionaria sumamente importante.

La pregunta sigue siendo: ¿por dónde ir si hablamos de transformación, de cambio social? Evidentemente la potencialidad de este descontento, que en buena parte de América Latina se expresa en toda la movilización popular anti-industria extractivista (minería, centrales hidroeléctricas, monoproducción agrícola destinada al mercado internacional), puede marcar un camino.

Inmediatamente surge una pregunta, una preocupación, si se quiere ver así: por todo el mundo están apareciendo movimientos populares. El abanico es amplio y da para mucho: junto a estos movimientos campesinos-indígenas que vemos en Latinoamérica aparecen otros grupos, habitualmente urbanos y más de sectores medios que, curiosamente, levantan banderas “pro-democráticas”. Pero, por supuesto, no son lo mismo.

Movimientos “democráticos”

No todos estos movimientos “de masas” son iguales. Aquellos que son visualizados en la geoestrategia de Washington como un peligro –por ejemplo en Latinoamérica todos los que se oponen a la industria extractivista– tienen una lógica totalmente distinta a aquellos que se levantan como “defensores de la democracia”, con un contenido más clasemediero.

Estos últimos deben ser vistos y entendidos en su contexto. Como mínimo, podrían apuntarse varias experiencias que se han venido dando desde hace algún tiempo: 1) las revoluciones de color que surgieron en estos últimos años, básicamente en las ex repúblicas soviéticas, más algunos movimientos similares en Medio Oriente; 2) lo que se llamó la Primavera Árabe, y 3) los movimientos supuestamente “cívicos” que se dan en Latinoamérica (“estudiantes democráticos” en Venezuela, movilizaciones anti-corrupción en distintos países –Guatemala fue el primer laboratorio, en el 2015, seguido de iniciativas más o menos similares en distintas latitudes: Brasil, Argentina, Bolivia–, “Damas de blanco” en Cuba).

¿Qué representan, en realidad, estos movimientos? No son, en sentido estricto, movimientos populares. Con las diferencias del caso, todos tienen líneas comunes. Las llamadas revoluciones de colores (revolución de las rosas en Georgia, revolución naranja en Ucrania, revolución de los tulipanes en Kirguistán, revolución blanca en Bielorrusia, revolución verde en Irán, revolución Twitter en Moldavia, revolución azafrán en Birmania, revolución del Cedro en Líbano, revolución de los jazmines en Túnez, así como los “movimientos de estudiantes democráticos antichavistas” en la República Bolivariana de Venezuela) son fuerzas aparentemente espontáneas, que tienen siempre como objeto principal oponerse a un gobierno o proyecto contrario a los intereses geoestratégicos de Estados Unidos.

Inspirado de alguna manera en los sucesos de Tiananmen, de China en 1989, el primer laboratorio que sirvió a los estrategas estadounidenses para darle cuerpo y definición conceptual a estas operaciones de clara intervención injerencista, siempre disfrazados de revueltas populares pacíficas espontáneas, fue el derrocamiento del primer mandatario servio Slobodan Milosevic, en Serbia y Montenegro en el año 2000.

Son notas distintivas de estos movimientos supuestamente espontáneos su gran impacto mediático (llamativamente amplio, por cierto, y que no tienen los movimientos de defensa territorial como los mencionados más arriba), siempre de nivel mundial cubiertos espectacularmente (llamativamente) por cadenas internacionales, la participación de grupos juveniles, en la gran mayoría de los casos estudiantes universitarios. Y también –esto es fundamental– el hecho de recibir, directa o indirectamente, fondos de agencias gubernamentales estadounidenses, tales como la USAID, la NED, la CIA o, en algunos casos, de organismos no gubernamentales, como la Fundación Soros o la Freedom House, financiamientos en general negados o escondidos. Y si se niega, obviamente por algo será.

El ideólogo que le dio forma a este tipo de intervenciones es el estadounidense Gene Sharp, profesor y escritor visceralmente anticomunista, autor de los libros “La política de la acción no violenta” y “De la dictadura a la democracia”, nominado en el 2015 al Premio Nobel de la Paz. Paradojas del destino: inspirándose en los métodos de lucha no-violenta del hindú Mahatma Ghandi, este intelectual orgánico al statu quo estadounidense sentó las bases para que la CIA desarrollase sus intervenciones en distintas partes del mundo, siempre en función de la geoestrategia de dominación de Washington (¡en modo alguno alejada de la violencia!). Las mismas, según Sharp, consisten en tres pasos:

·         Generación de protestas, manifestaciones y piquetes, persuadiendo a la población (léase: manipulando) de la ilegitimidad del poder constituido, buscando la formación de un movimiento antigubernamental.

·         Fomento del desprestigio de las fuerzas de seguridad oficiales (policía o fuerzas del orden), instigación a huelgas, a la desobediencia social, a los disturbios y la provocación de sabotaje.

·         Llamado al derrocamiento no violento del gobierno.

En esta línea podría inscribirse mucho de lo que sucedió en algunas de las ex repúblicas soviéticas (no siempre con éxito, los planes a veces fallan), o con la Primavera Árabe, que barrió el norte de África y buena parte del Medio Oriente, o lo que está sucediendo en este momento en Irán (de ahí el epígrafe con que abrimos el texto), que pueden haber iniciado como auténticas protestas populares, espontáneas y con energía transformadora pidiendo algunas determinadas modificaciones puntuales, o al menos de denuncia crítica, pero que rápidamente degeneran (porque son cooptadas) por esta ideología “democrática” –manipulada desde este proyecto injerencista de dominación ligado a las tristemente célebres agencias mencionadas–. O, es preciso no perderlo de vista, arrancan directamente como plan urdido y financiado por potencias extranjeras, en secreto obviamente, buscando la reversión (roll back) de un gobierno “molesto”.

A todos estos procesos de “rebeldía ciudadana”, a estas llamadas “revoluciones de colores”, le suceden luego sistemáticamente gobiernos de “conciliación y apertura”, en los que quedan excluidas las distintas fuerzas políticas que apoyaron a la administración gobernante derrocada. Todo eso, la forma ordenada y metódica que comportan estas “iniciativas”, permiten colegir que no son tan espontáneas sino que, por el contrario, obedecen a guiones muy bien trazados. Luego de las destituciones, de los cambios buscados, que nunca son estructurales, que solo se quedan en el reemplazo de algún funcionario, el supuesto “villano de la película”, –cambio realizado supuestamente a partir de esos sentidos reclamos populares– continúan medidas económicas neoliberales, produciéndose una fragmentación del espectro político del país o la zona donde se intervino (balcanización), pudiéndose suceder también estallidos o rebeliones territoriales de corte separatista, todo lo cual sirve para sumir así al país en cuestión en complejos y prolongados estados de ingobernabilidad. Nunca más oportuna que ahí la máxima maquiavélica de “divide y reinarás”.

Movimientos “democráticos” versus movimientos populares auténticos

Estas supuestas movilizaciones espontáneas de grupos civiles (revoluciones de colores) tienen una agenda clara: servir a los intereses desestabilizadores favorables a la Casa Blanca (secundariamente también a los grandes capitales europeos), siempre boicoteadores / obstaculizadores de proyectos con un tinte socializante o popular. En ese sentido, están muy lejos de poder ser equiparados a los movimientos populares antisistémicos a los que nos referíamos más arriba, los cuales reivindican territorios ancestrales sentidos como propios y se oponen a esta nueva camada de rapiña capitalista de recursos estratégicos que lideran capitales globales en concordancia con capitales y/o gobiernos nacionales de los países periféricos.

Esas movilizaciones “democráticas” constituyen, en definitiva, un arma de dominación del sistema capitalista, muy bien pergeñada, muy efectiva por cierto, que sirve casi sin violencia (nunca son totalmente pacíficas, porque también apelan a actos violentos llegado el caso, como pudo verse el año pasado en Venezuela, con 110 muertos) a los fines espurios de mantener el estado de cosas. Si se quiere decir así: con la apariencia de un gran cambio en las formas, quitando supuestas “dictaduras” o gobiernos indeseables, esas iniciativas ciudadanas son un puro gatopardismo: hacer como que se cambia algo para que, en sustancia, no cambie nada. O, peor aún, cambiar un gobierno díscolo a los dictados de los grandes capitales globales. Pero ningún otro cambio más, haciéndole creer a la población que fue artífice de una genuina transformación (“arte de hacer creer a la gente que toma parte en los asuntos que le conciernen”). Justamente por eso, porque se trata de un arma de control social, tienen tanta pomposidad en las cadenas mediáticas de impacto global. Por el contrario, todos los movimientos espontáneos indígenas-campesinos (y también los urbanos, si los hay) son criminalizados, presentados siempre como “cuerpos extraños”, molestias que vienen a interrumpir la “vida normal”. De ahí a actos terroristas, un paso.

Por otro lado, los movimientos populares mencionados en principio, en muchos casos indígenas y campesinos, en general espontáneos, no tienen claramente un contenido clasista, y no en todos los casos hablan un lenguaje marxista. Son, por el contrario, una expresión de un descontento que alberga en las grandes masas de damnificados, en general rurales –en atención a la principal dinámica de los países latinoamericanos, que son en muy buena medida agroexportadores con un fuerte peso de lo rural en su composición económico-política, social y cultural–. Pero si bien no encajan en lo que la teoría marxista clásica podría haber visto como el necesario fermento revolucionario: un proletariado industrial urbano, o una masa de trabajadores explotados que reivindica sus derechos mínimos, constituyen una marea de protestas y rebeldía que perfectamente puede ayudar a encender ánimos, mechas de transformación, calores revolucionarios. No se debe olvidar que las revoluciones socialistas ocurridas durante el siglo XX: la mexicana que no llegó a consustanciarse, la rusa, la china, la vietnamita, la cubana, la nicaragüense fueron, en definitiva, movimientos populares con una fuerte composición campesina, direccionadas luego por un partido (vanguardia) con principios comunistas.

En ese sentido, no se puede reivindicar ciegamente el espontaneísmo. Eso solo no conduce a ningún lado. Ejemplos al respecto sobran. Solo para citar alguno, valga el trágico diciembre de 2001 en Argentina. Allí, ante una brutal crisis económica, la gente salió a la calle enardecida, espontáneamente, y al grito de “¡Que se vayan todos!”, cinco presidentes desfilaron por la Casa de Gobierno en unos pocos días. La furia popular los sacó. Se podría decir que había allí una incendiaria situación ¿pre-revolucionaria?, pero la falta de conducción no pudo aprovechar ese estallido de descontento popular. La gente en la calle espontáneamente no necesariamente es sinónimo de cambio. De ahí la necesidad de poder articular movimientos espontáneos, furias desatadas y ánimos honestamente caldeados por situaciones de injustica con propuestas de largo aliento que tengan claro contenido político revolucionario. Si no, no se pasa del descontento que, lamentablemente, puede terminar en pillaje y saqueos, no más.

Ahora bien: sabiendo el potencial que anida en esos auténticos movimientos populares de descontento que se han venido dando en Latinoamérica, fundamentalmente contra la producción extractivista (por explotadora, por ecocida, por atentar con los territorios tradicionales), no hay que perder de vista la llama encendida que puede significar la “Declaración de Quito” con la que concluyó el encuentro continental “500 Años de Resistencia India”, realizada en julio de 1990, preparatorio de la contra-cumbre de celebraciones que tuvieron lugar con motivo del “encuentro” (¿o encontronazo?) de dos mundos en 1492: “los pueblos indios además de nuestros problemas específicos tenemos problemas en común con otras clases y sectores populares tales como la pobreza, la marginación, la discriminación, la opresión y explotación, todo ello producto del dominio neocolonial del imperialismo y de las clases dominantes de cada país”.

Si la política tiene algo de arte, entonces de lo que se trata no es de “engañar”, de “hacer creer a la gente que toma parte en los asuntos que le conciernen” sino en propiciar realmente su inclusión como verdadero, como único agente real de transformación. “Los libertadores no existen”, dijo el Che Guevara. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos.



[1] En Yepe, R. “Los informes del Consejo Nacional de Inteligencia”. Versión digital disponible en la página: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=140463
[2] Boaventura Sousa, S. “Estrategia continental”. Versión digital disponible en https://saberipoder.wordpress.com/2008/03/13/estrategia-continental-boaventura-de-sousa-santos/