miércoles, 18 de mayo de 2016

Los políticos, ¿son unos enfermos? Política profesional y psicopatía



Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com 
https://www.facebook.com/marcelo.colussi.33

Al principio, sonríe y saluda a todo el que encuentra a su paso, niega ser tirano [léase: el político profesional], promete muchas cosas en público y en privado, libra de deudas y reparte tierras al pueblo y a los que le rodean y se finge benévolo y manso para con todos [...] Suscita algunas guerras para que el pueblo tenga necesidad de conductor [...] Y para que, pagando impuestos, se hagan pobres y, por verse forzados a dedicarse a sus necesidades cotidianas, conspiren menos contra él [...] Y también para que, si sospecha de algunos que tienen temple de libertad y no han de dejarle mandar, tenga un pretexto para acabar con ellos entregándoles a los enemigos [...] ¿Y no sucede que algunos de los que han ayudado a encumbrarle y cuentan con influencia se atreven a enfrentarse ya con él, ya entre sí [...] censurando las cosas que ocurren, por lo menos aquellos que son más valerosos? [...] Y así el tirano, si es que ha de gobernar, tiene que quitar de en medio a todos éstos hasta que no deje persona alguna de provecho ni entre los amigos ni entre los enemigos.

Platón (Politeia)


Normalidad (neurosis), psicosis y psicopatía

La cría humana, para humanizarse y llegar a ser un adulto más de la serie, bien integrado –lo que llamamos un “normal”–, debe pasar por un largo y complejo proceso. El mismo, nunca falto de tropiezos y que no tiene asegurado el “final feliz”, puede tomar diferentes vericuetos. Eso es la socialización. Por cierto, no es un camino fijado naturalmente por el instinto. Como dijera Jean Laplanche: “el instinto está “pervertido” transformado, tocado, enredado por lo social”.

En general, la gran mayoría de seres humanos, independientemente del medio cultural donde nos desenvolvemos, cumplimos con ese proceso, y con las dificultades del caso debidamente superadas, terminamos integrados a nuestro entorno. Eso, en definitiva, es ser un buen neurótico (que significa: “un buen normal”). Es decir: en términos estructurales, lo que predomina en cualquier cultura son sujetos funcionales a la misma, que la pudieron captar, procesar, viven en ella y la pueden reproducir. 

En otros términos, fuera de la noción vulgarizada que asimila “neurótico” con un tipo de “enfermo mental”, vivir como neurótico significa haber podido cumplir con el pasaje por los canales que nos impone la civilización donde nos movemos, asumiendo esas pautas y haciéndolas nuestras. En un determinado lugar se come carne vacuna; en otro, carne de serpiente: ninguno es “más” civilizado, “más” normal que el otro. Son, simplemente, posibilidades que el ser humano ha ido abriendo. Integrarse a cada respectivo colectivo sintiéndose parte de él (con carne de vaca o de serpiente, etc., etc.): eso es la normalidad. Ser un “normal” equivale a decir: ser un neurótico. Dicho en otros términos: poder aceptar y reproducir los códigos culturales que nos sobredeterminan, que nos hacen ser, entrar en un marco de reglas sociales de convivencia (los colores del semáforo, la prohibición del incesto, la propiedad privada o la adoración de determinada deidad, para poner algún ejemplo al azar).

Como dijimos: ese proceso ni es fácil ni está libre de problemas. Las inhibiciones varias, los síntomas de los más variados, la angustia como una posibilidad siempre presente, son elementos que hacen a la llamada normalidad. La Psiquiatría se apura a hacer de todo esos “desajustes” el listado justificatorio de las exclusiones: el que no entra en los cánones “normales” puede ir a parar al loquero (o, en la actualidad, ser excluido con métodos más sutiles). Con una visión más amplia de las cosas, puede verse que la normalidad es una construcción histórica, por tanto: cambiante.

Lo cierto es que la amplia mayoría de mortales entra en esas reglas. Pero por diversas razones, alguien no puede hacer ese proceso. Para ejemplificarlo: alguna vez una pareja de padres se ufanaba ante el psicoanalista de “haber tenido una sola relación sexual en su vida matrimonial, de lo que salió esta porquería” (señalando a su hijo psicótico, un adolescente que presentaba delirios y alucinaciones). ¿Por qué ese joven no pudo hacer el paso por los códigos normales y ser uno más? ¿Por qué se hizo psicótico? Su historia subjetiva, escrita con esos padres (¿quién “normalmente” mantiene una sola relación sexual en toda su vida con su pareja vanagloriándose de ello?, ¿quién ve una “porquería” en su hijo?), y no algún determinante bioquímico o alguna malformación a nivel de sistema nervioso central podrá explicar su actuar. Lo que hoy la ciencia psicológica puede decir es que para ser “normal” hay que adecuarse, entrar, integrarse a un código simbólico preexistente. Esas son las tres posibilidades que nos esperan en ese complejo proceso: en general somos neuróticos que podemos respetar las normas (el 99.9% de la población). Quien no puede cerrar ese tránsito es un psicótico. O un psicópata. De estas dos estructuras, los porcentajes son mínimos.

El psicótico vive en su mundo, cerrado en su delirio o en su alucinación. En su propia dimensión, el otro no existe; no puede establecer relación afectiva con el otro de carne y hueso. Dicho de otro modo: el sujeto psicótico vive en su mundo cerrado, impenetrable, más allá de toda norma social. Por eso podemos ver esas “sátiras”, esas “imágenes degradadas” de humanos que son los psicóticos, haciendo cualquier cosa por fuera de la normativa social: hablando solos, comiendo heces fecales, mostrándose desnudos sin ninguna preocupación. Es decir: haciendo “locuras”, cosas “extraviadas”.

Pero junto a quienes se integran (neuróticos) y quienes viven toda su vida en su mundo propio (psicóticos), existe un tercer grupo, que es sobre el que ahora se quiere llamar la atención: los psicópatas (o sociópatas, caracterópatas o perversos). Es decir: aquellos que se integran siempre a medias a la normativa social, quienes con un pie caminan sobre los códigos constituidos mientras que con el otro los transgreden. Dicho en términos descriptivos: son aquellas personas que viven sin sentido de culpa, viendo en el otro solo un instrumento útil para sus propios intereses. En ese sentido, la personalidad psicopática puede convivir “normalmente” en su entorno humano, en general usando al otro como su “herramienta”, dejando ver en cualquier momento conductas reñidas con toda prohibición social: pueden asesinar, violar, robar, estafar, mentir, engañar, torturar sin sentirse jamás culpables. De hecho, nadie con estas características se siente enfermo. 

Esta estructura, las psicopatías, son las que nos servirán para entender lo que presentaremos a continuación: los políticos profesionales.

¿Los políticos son todos psicópatas?

En el mundo moderno basado en la industria capitalista, el Estado pasó a ser una pieza clave; su complejidad y división especializada de funciones necesita, cada vez más, de tecnócratas eficientes. Para eso están lo que podríamos llamar “políticos profesionales”. En ese sentido la política fue pasando a tener un lugar preeminente en la modernidad, constituyéndose casi en una casta cerrada con su lógica propia. Salvando las distancias entre “corruptos” políticos del Sur y ¿transparentes? del Norte, pareciera que todos están cortados por la misma tijera. Es decir: responden a la caracterización del perfil psicológico descrito más arriba en relación a las psicopatías: manipuladores, mentirosos, aprovechados, maquiavélicos, no confiables…. por decir lo menos. “A veces la guerra está justificada para conseguir la paz” dijo Barack Obama al recibir el Nobel de la Paz (¡!). ¿Qué diferencia sustancial hay entre eso y cualquier promesa de campaña de cualquier político del Sur? Repitámoslo: manipulación, mentiras, justificaciones maquiavélicas; esas son las características distintivas del discurso político.

Debería partirse por no identificar mecánicamente político profesional con “enfermo psicópata”. Por supuesto que en el gremio de los “políticos” hay de todo (como en todo gremio); pero justamente por las características antes apuntadas existe una relación que no es poca cosa.

¿Qué es hoy la “política profesional”? En otros términos: ¿qué significa esa casta de burócratas que hace funcionar las palancas del Estado moderno? En esta lógica, la política, según sarcástica –pero más que aguda– definición de Paul Valéry, es “el arte de hacer creer a la gente que toma parte en las decisiones que le conciernen”. Sin que eso sea ni remotamente cierto, debería agregarse. O sea: se presentifica el modelo manipulador, mentiroso, aprovechado y maquiavélico al que se hacía alusión (que tiene algo, o bastante, de psicópata). 

Más allá del interesado espejismo creado en relación a que es la casta política la causante de los males sociales, la verdad es muy otra: son las condiciones estructurales las que producen riqueza y bienestar para unos pocos sobre la base de la explotación y marginación de las grandes mayorías. Los políticos de profesión no hacen sino administrar ese estado de cosas, ratificándolo, haciéndolo funcionar aceitadamente. Piénsese en cualquier país, rico o pobre: más allá de la administración de turno, la situación de base no se modifica. Cambian los “gerentes” (los políticos profesionales), pero la distribución de la riqueza no cambia. Eso es lo que demuestra a sangre y fuego que el Estado es un mecanismo de dominación. Y el político, su empleado a sueldo. 

En este sentido el término “política” ha quedado indisolublemente ligado a la práctica desarrollada por ese grupo de burócratas servidores del sistema. Con el Estado moderno, defensor a ultranza de la sociedad capitalista, sus funcionarios más encumbrados, esos que se renuevan con el voto popular haciéndonos creer que “el pueblo decide”, representan por antonomasia lo que hoy entendemos por “política”. Pero la política es algo más que eso: no es solo práctica mañosa, corrupta, mentirosa y manipuladora. Es la posibilidad de que todos y todas, la comunidad en su conjunto, se involucre realmente en la toma de decisiones de los problemas que le conciernen. (Hay que aclarar rápidamente que eso solo funciona, muy puntualmente, en algunas experiencias asamblearias del socialismo. La preconizada “democracia” occidental, presunto “gobierno del pueblo”, tiene que ver con la artera manipulación donde la gente no tiene idea de las decisiones que definen su vida).

Ahora bien: ¿por qué todos los políticos profesionales tienen aproximadamente el mismo perfil?; es decir: son mentirosos, manipuladores, embaucadores, tramposos y demás bellezas por el estilo. Porque el ejercicio del poder, en cualquiera de sus formas, comporta una actitud psicopática.

Dicho de otro modo: la relación que se establece entro los humanos cuando se trata del poder (cualquiera sea: político, relaciones de género, relaciones intergeneracionales, etc., etc.) es siempre una relación instrumental: quien ejerce el poder “usa” al otro en tanto instrumento, en tanto palanca que le permite conseguir un fin.

Lo ejercido por los funcionarios del Estado moderno, capitalista en su versión globalizada actual, con cuotas de poder inconmensurables que asientan en los más descomunales ejercicios represivos (armamento nuclear, por ejemplo) y/o de control (guerra de cuarta generación, guerra mediático-psicológica), es un manejo del otro increíblemente sutil, profundo, absoluto. El otro (para el caso: la población) no tiene casi margen alguno para decidir, más allá del espejismo en que se le hace creer que “decide su destino”. 

Si la profesión de la política actual apela a esos manejos fabulosos, nunca faltará el sujeto particular que, por sus propias características psicológicas, se adecua a esa tarea. La gran mayoría (neurótica) no tiene esa avidez insaciable de poder que sí tienen algunos. Los que se dedican a la política “profesional” (esa práctica que requiere de saco y corbata, o tacones y buen maquillaje, y una enorme dosis de cinismo e hipocresía) tienen ese perfil –esas características, ese talante se podría decir– que un manual de Psiquiatría presentará como “psicopatía”.

Concluyendo: los políticos profesionales no son “enfermos mentales”, no son psicópatas, pero la política como quehacer humano especializado, como modo de administración de la cosa pública en sociedades tremendamente complejas, echa mano de un talante “psicopático” que permite engañar, manipular, tergiversar la realidad. Como corolario, permítasenos cerrar con una cita de un ideólogo estadounidense que pinta de cuerpo entero este proceder: “En la sociedad tecnotrónica el rumbo, al parecer, lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”. (Zbigniew Brzezinsky). 

domingo, 8 de mayo de 2016

¿Por qué caen los gobiernos de izquierda en Latinoamérica?



Marcelo Colussi

“Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro”.

Domitila Barrios, Bolivia

Introducción

Desde hace largos años, pero acrecentado a partir del 2015, asistimos a un proceso de reversión (roll back) de los gobiernos de centro-izquierda que venían desarrollándose en Latinoamérica. La simultaneidad de esas caídas así como el elemento básico que los pone en jaque a todos por igual –la corrupción– permite deducir que allí se juega una agenda determinada. Esta confluencia de elementos especialmente similares no es tan casual. No deja de llamar poderosamente la atención una serie de procesos más o menos similares, lo que autoriza a sacar algunas conclusiones. Por lo pronto, el que el fenómeno se nombre en inglés –“roll back”, pues así figura en manuales de política internacional de la academia estadounidense al igual que en muchos de sus tanques de pensamiento– deja entrever que allí se juegan políticas que no responden, como mínimo, a hispanohablantes. “El único país que realmente tiene un proyecto unificador coherente para todo el continente es Estados Unidos [que habla en inglés]. Aunque, claro está, no es el proyecto más conveniente para los pueblos latinoamericanos precisamente” expresó sarcástico, y con precisión, el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel.

¿Por qué caen o son puestos contra las sogas todos estos gobiernos? Como mínimo habría que apuntar dos grandes causas: 1) el capitalismo global, capitaneado por Estados Unidos, no tolera ningún experimento político-social que se pueda ir de sus manos; y 2) son procesos políticos muy débiles, populistas, con poco arraigo popular real más allá del “amor” amarrado al clientelismo en juego o a un líder carismático.


El capitalismo global, capitaneado por Estados Unidos, no tolera ningún experimento político-social que se pueda ir de sus manos

En estos momentos de la historia, caído el muro de Berlín y revertida dos de las más grandes experiencias socialistas del siglo pasado (la Revolución bolchevique en Rusia y la Revolución china), el capital entona su himno de gloria. El capitalismo salvaje imperante hoy día, que hizo retroceder importantes conquistas sociales históricas para el amplio campo de los trabajadores, se presenta triunfante, sin oponentes a la vista. El fin de la Guerra Fría –ganada por el campo capitalista– y la derechización más absoluta de la vida cotidiana, puso a los trabajadores del mundo en situación de enorme desventaja.

Elementos impensables algunas décadas atrás –que hacen sentirse más en situaciones pre-capitalistas, con trabajo semi-esclavo en algunos casos, que en un mundo marcado por las tecnologías de avanzada– son cotidianos, se han normalizado, no se toman como severas afrentas. Los grados de explotación han subido en forma alarmante, y las posibilidades reales de respuesta ante tantos atropellos parecen ser pocas. Si bien puede haber reacciones ante tal estado de cosas, más viscerales que con proyectos articulados de mediano y largo plazo, no hay propuestas organizadas de cambio. Este desconcierto, esta desmovilización político-ideológica que sufre el campo popular, no es casual ni fortuito. Hay planes para que así suceda. “Nuestra ignorancia fue planificada por una gran sabiduría” (Scalabrini Ortiz), podría resumir perfectamente la actual fragmentación reinante.

El deporte profesional elevado a la categoría de “nuevo dios” (sabemos qué comió hoy Messi, o el color de calcetines que lleva, y desconocemos el plan de gobierno de, por ejemplo, nuestro Ministro de Salud), los cultos evangélicos que recorren Latinoamérica de extremo a extremo (parafernalia bien orquestada que solo sirve para embrutecer a las poblaciones creando fanatismos irreductibles), o el proceso de cooptación de los cuadros de izquierda (los que quedan vivos, claro) por la cooperación internacional con su discurso “políticamente correcto” pero donde desaparecen los articuladores básicos de las reivindicaciones (como, por ejemplo, las luchas de clases), todo ese paquete, debidamente amalgamado, da como resultado una sociedad dócil, manejada, conducida con relativa facilidad.

Esto es lo que está sucediendo en nuestros países desde hace algunas décadas, montándose en los miedos aterrorizantes que dejaron las feroces dictaduras militares y sus miles de muertos, torturados y desaparecidos: la desmovilización, el freno a las protestas populares y la búsqueda de sobrevivencia individual como bien supremo son la tónica dominante. Pero eso no significa que las injusticias terminaron, ni remotamente. Ahí están, como casusas profundas de los pesares de todo el continente (considerado como la región más desigual del planeta, con la mayor diferencia entre quienes tienen todo y los desposeídos). Las injusticias no terminaron, aunque se maquillen y se traten de disfrazar con las ideas de “desarrollo” que nos invaden, algunas tecnologías de punta que se nos obligan a consumir (la telefonía móvil, por ejemplo, para convertirnos en “ciudadanos globalizados”) o la posibilidad de la represión una vez más, que en realidad nunca terminó, sino que hoy adopta nuevas formas (auge desmedido de la delincuencia ciudadana, por ejemplo, que puede funcionar como coartada perfecta para seguir aterrorizando y, llegado el caso, “sacarse de encima” a cualquier “obstáculo molesto” para el sistema).

En ese marco de contención de toda protesta popular, el hecho que aparezcan gobiernos no completamente alineados con la lógica del capital dominante, gobiernos que “osen” levantar (un poco) la voz contra el amo imperial, ya es un peligro en este cuadro de situación. Ninguno de los gobiernos que recorrieron Latinoamérica en estas últimas décadas con talantes más o menos “progresistas” (palabra confusa que da para todo, aunque nunca se especifique qué es), se propusieron cambios estructurales profundos. No se lo propusieron porque las condiciones no dan para ello, como sí pudo haber ocurrido, por ejemplo, en la década de los 60 del pasado siglo, en plena Guerra Fría y con la posibilidad de un reaseguro en la Unión Soviética.

Hoy el escenario es muy otro. Los gobiernos de centro-izquierda que se vienen dando en Latinoamérica (Bachelet en Chile, Mujica en Uruguay, el PT en Brasil, los Kirchner en Argentina, Lugo en Paraguay, Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, Chávez o Maduro en Venezuela), si bien no se plantearon en ningún momento medidas radicales (expropiaciones, poder popular con milicias armadas, un Estado realmente socialista con proyectos de transformación a largo plazo, etc.), son una molestia para el proyecto neoliberal en curso.

Estados Unidos, capitaneando esa globalización, impide por todos los medios cualquier iniciativa que pueda cuestionar su hegemonía. Ello, por la sencilla razón de ser potencia dominante que pretende continuar su supremacía durante el presente ello, por lo que necesita de Latinoamérica como un territorio vital (fuente de materias primas indispensables, de petróleo, de agua dulce, de mano de obra barata para llevar allí mucha industria de ensamblaje, como mercado para sus productos, entre otros beneficios). Las oligarquías vernáculas, articuladas a ese proyecto capitalista, hacen las veces de aliados tácticos en esa dominación; de ahí que todas reaccionan por igual ante estos gobiernos “molestos”, con perfil populista.

La actual sucesión de caídas de gobiernos con propuestas reformistas (en Argentina ya “se fue” la “guerrillera montonera” Cristina Fernández viuda de Kirchner, en Brasil no sería nada improbable que pronto termine defenestrada y enjuiciada Dilma Roussef, en Ecuador la posibilidad de golpe palaciego contra Correa es siempre inminente, en Venezuela la Revolución Bolivariana pende de un delgado hilo) muestra una regularidad sorprendente. En todos los casos el “caballito de batalla” de la derecha (nacional o internacional) es la lucha contra la corrupción.

Curioso: un continente marcado por la más absoluta corrupción desde la época de la colonia (española o portuguesa) hasta nuestros días, donde siempre la política ha sido campo de acción de las más deshonestas e indecorosas conductas, levanta ahora esta pretendida cruzada contra lo que se dibuja como una nueva plaga bíblica, el peor de todos los males: la corrupción. El proyecto en ciernes parece bien concebido. Guatemala –como tantas veces en la historia: diversas pruebas biomédicas, desaparición forzada de personas, ahora este nuevo experimento social– es un laboratorio de Estados Unidos para ensayar nuevas técnicas, aplicables luego en otros contextos. La detención de ex presidente y ex vice-presidenta de ese país por actos de corrupción durante el año 2015 con la consiguiente “revolución democrático-ciudadana” que enmarcó los hechos, fue una prueba de fuego para esta nueva táctica. Ahora pareciera que esa monumental lucha contra el flagelo de la corrupción entra en escena con una fuerza descomunal. Ahí tenemos los Panama papers como una demostración de ese nuevo “espíritu de transparencia” que ahora pareciera derramarse sobre el continente, con Washington liderando esa “lucha titánica”, ayudando a nuestras “atribuladas” sociedades a salir de ese cáncer putrefacto. (Valga aclarar que en este “descubrimiento” no hay ninguna empresa estadounidense, maniobra que se podría interpretar como una jugada para intentar capturar los cuantiosos fondos depositados actualmente en paraísos fiscales tendiendo a trasladarlos a la potencia del Norte, ¡que también tiene bancas offshore!!).

Con ese caballito de batalla de la corrupción, los gobiernos “díscolos” de la región comienzan a ser bombardeados, perseguidos, hasta que la política de acorralamiento da sus resultados. ¿Alguien se podrá creer todo este montaje? No importa si el hecho en sí mismo es real o no. En la guerra (y esto es una guerra, absolutamente, sin miramientos: ¿quién dijo que terminaron las luchas de clases?) la primera víctima es la verdad. La corrupción es, al menos hoy día, algo absolutamente “normal” en las prácticas humanas, tanto entre los “fallidos” Estados del Sur como en los ¿bien organizados y respetuosos? países del Norte. Lo cierto es que, tocando fibras profundas de nuestra ética moralista y apelando a una nunca declarada morbosidad –que aunque no se declare, la tenemos–, azuzar estos fantasmas da resultados. Lo dio en Guatemala, lo que le costó el puesto a Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti; y a partir de esa exitosa prueba, puede verse que da resultados también en los países “molestos” para la lógica capitalista. ¿Cómo entender si no que la población boliviana, por ejemplo, beneficiada largamente en estos últimos años con el gobierno del MAS dirigido por Evo Morales con un claro talante popular, vote en contra de su reelección por una simple cuestión de su vida personal que a nadie le debería interesar? El trabajo de desprestigio, sin dudas, está muy bien hecho.

El capitalismo como sistema, y su principal exponente: Estados Unidos, no descansan un segundo en su lucha frontal contra cualquier elemento que pudiera cuestionarles. De ahí que, variando estilos –ya no se necesitan golpes militares sangrientos– sigue manejando los destinos de los países con mano de acero, impidiendo a toda costa la organización del pobrerío y las propuestas de cambio. La Revolución Bolivariana no es una revolución marxista; pero es un serio peligro para la dinámica capitalista, porque puede abrir caminos sin retorno (si se radicalizara, por ejemplo), y porque toca intereses estratégicos de Washington, tal como el detentar las reservas petrolíferas más grandes hoy conocidas. Ninguna de las experiencias de centro-izquierda mencionadas son revoluciones socialistas radicales, pero el solo hecho que hagan sombra ya es un peligro para los capitales. De allí esta encarnizada lucha contra la corrupción, que no es más que una lucha contra cualquier posibilidad de distribución un poco (¡apenas un poco!) más justa de la riqueza nacional.

Esta es una de las razones por las que ahora, casi como efecto dominó, vemos caer estos gobiernos. Pero hay más, y quizá más preocupante.

Procesos políticos muy débiles, populistas, con poco arraigo popular real más allá del “amor” amarrado al clientelismo en juego o a un líder carismático

Este es el otro elemento que, quizá de un modo indirecto, contribuye a la caída en serie de estos procesos. Más allá del espejismo de una revolución socialista triunfante que puede haberse tenido del proceso venezolano en estos últimos años, con Chávez vivo o incluso luego de su muerte, similar en algún sentido con lo que pasó en estos países con procesos populares, la realidad muestra que nunca se salió de esquemas capitalistas.

Todos estos países (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay, Venezuela, Ecuador, quizá en menor medida Bolivia) siguieron rigiéndose por modelos de mercado capitalista, con oligarquías nacionales dueñas de buena parte de la riqueza, con inversiones privadas multinacionales, y con Estados que siguieron defendiendo la propiedad privada de los grandes medios de producción (capital financiero, agrario, industrial, comercial). En todo caso, lo que pudo apreciarse en estos años pasados, son procesos de redistribución con algo más de sentido social (como puede haberlo sido, extremando las cosas, el gobierno de Manuel Zelaya en Honduras, o el de Álvaro Colom en Guatemala), pero no más. Es decir: administraciones que tuvieron algo más de “conciencia social”, pero que no pasaron de un capitalismo de rostro humano, capitalismo keynesiano si se quiere, con las características propias de la región (donde la corrupción es un hecho cultural enraizado, histórico).

En todos los casos, con diferencias de detalles pero con denominadores comunes, no fueron procesos de revolución popular; todos estos gobiernos llegaron a la casa presidencial a través de elecciones dentro de los cánones capitalistas, respetando su institucionalidad. Esto abre la pregunta sobre cómo construir formas alternativas reales a los marcos capitalistas: está claro –la experiencia de todos estos procesos lo demuestra, incluida la Revolución Bolivariana, supuestamente el más radical de estos estos emprendimientos– que en esos moldes es imposible cambiar algo en la estructura, en lo profundo.

Eso fueron estos gobiernos (o lo son, porque muchos aún se mantienen en el poder): procesos bienintencionados, con reformas superficiales que mejoran en algo las condiciones de vida de las grandes mayorías, pero que no tocan lo esencial en juego: la propiedad privada de los medios de producción. Si se quiere ver desde una perspectiva crítica, ninguno de estos procesos, si no se radicaliza, puede sobrevivir al embate de las fuerzas conservadoras del capital.

Experiencias al respecto hubo muchas a lo largo del siglo XX en diversos puntos del sub-continente latinoamericano. Podría comenzarse con la revolución agraria en México, entre 1910 y 1920, o el peronismo en Argentina, la presidencia de Getúlio Vargas en Brasil, distintas expresiones modernizadoras y progresistas como la de Velasco Alvarado en Perú o la de Omar Torrijos en Panamá. En esa línea, con diferencias si se quiere, pero siempre en el ánimo de un capitalismo con rostro humano y tintes nacionalistas, todos estos actuales presidentes se enmarcan en similares proyectos. El clientelismo político, con bastante de populismo, no falta. ¿Regalar cosas tiene que ver con el socialismo y la construcción de una sociedad nueva?

Ahora bien: ¿es posible construir alternativas reales de cambio con estas propuestas? ¿Se puede cuestionar el sistema desde dentro de él mismo navegando en su institucionalidad? Pareciera que no, porque cuando se intenta ir más allá de lo permitido, la represión aparece. El caso de Salvador Allende en Chile nos lo recuerda patéticamente. Pero ejemplos hay numerosos: Jean-Bertrand Aristide en Haití, o Maurice Bishop en Grenada, el mismo Mel Zelaya en Honduras. Si se pretende ir un poco más allá de lo que el sistema tolera, el sistema se encarga de recordar que no es posible.

Ninguno de los gobiernos ahora mencionados –nos atrevemos a incluir también a la Revolución Bolivariana, más allá de toda la parafernalia mediática levantada y las esperanzas de renovación con su preconizado (y nunca definido) socialismo del Siglo XXI– produjo un rompimiento real con las estructuras del capital. Obviamente ninguno de estos gobiernos pretendió sentirse revolucionario en sentido estricto. Todos llegaron a través de los canales de la democracia burguesa, sin promesas de cambio revolucionario. ¿Por qué exigírsele algo por el estilo entonces?

Está claro que ninguno de estos procesos cuestionó de raíz a las oligarquías de sus países, o a la cabeza imperial. Por el contrario, en el marco de la actual avanzada financiera que predomina en el mundo globalizado, los grandes capitales bancarios son los que más se han beneficiado, incluidos los de todos los países reformistas (los bancos del sistema nunca ganaron tanto como con estos planteos neoliberales, defendidos finalmente también por los gobiernos de centro-izquierda). Si alguien salió corriendo hacia Miami espantado por el “comunismo que se viene”, fue una timorata clase media, siempre manipulada y mal informada. Ninguno de los grandes grupos económicos de alguno de estos países en estos últimos años (multinacionales en muchos casos, expandidos por toda Latinoamérica y resto del mundo: Telmex o Televisa de México, Odebrecht o AmBev de Brasil, Techint o Arcor de Argentina, Falabella o CMPC de Chile, Grupo Polar en Venezuela, etc.) se vio perjudicado, amenazado de expropiación o enfrentando reclamos de sus trabajadores que hicieran pensar en un próximo paso al socialismo.

¿Por qué ahora van cayendo o pueden estar próximos a caer los planteos redistributivos? Porque se agotó la bonanza económica de algunos años atrás (la crisis capitalista mundial no perdona), y ahora hay menos para repartir. En el caso venezolano específicamente, porque hay proyectos globales para bajar los precios del petróleo, reduciendo de ese modo sus divisas, imponiendo climas de agobio económico. Van cayendo porque desde que nacen, estas iniciativas reformistas tienen sus días contados, más allá de la pasión que puedan mover, las esperanzas que puedan abrir. O se radicalizan, o caen. La experiencia lo demuestra. El único experimento socialista que se mantuvo y se amplió en Latinoamérica, porque realmente se radicalizó, fue Cuba. La Revolución Sandinista de Nicaragua, incluso, en su intento de convivencia pacífica con el imperio fue cediendo cada vez más. Ver dónde está Nicaragua en este momento es indicativo de lo que eso significó (con uno de los índices de pobreza más altos en el continente, aún con un ex comandante guerrillero de presidente).

Hugo Chávez movió pasiones (y las sigue moviendo, en tanto “Comandante eterno”… ¿Comandante eterno dentro de un modelo socialista?, no cuadra, ¿verdad?). Pero no se trata de mover pasiones, de clientelismo político, de campañas asistencialistas. Con eso se puede mantener durante un cierto período la ilusión de cambio, de “preocupación” por los humildes y excluidos…, pero eso tiene sus límites. Incluso, los tiene muy cercanos. De ahí que todos estos procesos, sabiendo que se desenvuelven en el medio de una fabulosa, sangrienta, tremenda guerra llamada “lucha de clases”, no pueden remontar vuelo y proponerse cambios sustanciales si no es tomando distancia de sus raíces, de su pasado histórico.

Hoy pareciera que estamos tan ganados por el omnímodo discurso neoliberal privatista que nos cuesta creer en nuestras propias fuerzas como campo popular. La fuerza de la cooptación, indudablemente, no es poca: nos ha torcido el brazo en muy buena medida, y para algunos tener un gobierno “decente” es ya un avance. Quizá…, pero seguramente podemos ir más allá.

Hacer la consideración de “posibilismo”, de ubicación con “los pies sobre la tierra”, pareciera una forma de justificar el reformismo en ciernes, negador de cambios más profundos. Si seguimos pensando que un cambio real es algo más que lo cosmético, algo más que repartir con alguna equidad las migajas que no consumen los sectores acomodados; si seguimos pensando que, como dijera Marx: “no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”, estos pasos tibios son apenas una puerta de entrada. Si pensamos que la dignificación del ser humano es algo más que cobrar un salario “decente”, hagamos nuestra aquella máxima del Mayo Francés de 1968 que reclamaba: “Seamos realistas: pidamos lo imposible”.


Estos gobiernos de centro-izquierda caen, en definitiva, porque no tienen la más mínima posibilidad de imponerse, y más temprano que tarde el sistema tiene cómo sacudírselos. Antes, con golpes militares; ahora, con este nuevo ardid de la lucha contra la corrupción. En Latinoamérica la corrupción nos envuelve culturalmente, por eso es tan fácil señalarla siempre. Por eso, para un cambio genuino, el auténtico enemigo a vencer no es la corrupción, sin la injusticia. Para la construcción de alternativas es bastante evidente que tenemos que ir más allá de la institucionalidad fijada: dentro de estos estrechos márgenes parece que no es posible más que un “capitalismo mejorado, abuenado”. Y eso no lleva muy lejos parece. Una vez más: “Seamos realistas: pidamos lo imposible”.

domingo, 17 de abril de 2016

Entrevista a dos trabajadores cañeros revolucionarios en la Costa Sur de Guatemala


“Hay temor, pero debemos volver a trabajar para organizarnos”

Marcelo Colussi
mmcolussi@gmail.com 
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Hoy día Guatemala es una economía próspera (para algunos, claro). De hecho, la duodécima en volumen en Latinoamérica, con un crecimiento interanual sostenido del orden del 3%. Los tradicionales grupos de poder –herederos de esa historia de despojo que inicia en el siglo XVI, siempre ligados a la agroexportación, hoy diversificados también con nuevos negocios– siguen manteniendo inalterables sus privilegios. En la actualidad el azúcar es el primer producto de exportación, y unos cuantos pocos grupos económicos lo manejan. Las riquezas que atesoran son realmente enormes. Cuarto exportador mundial de azúcar (con 55 millones de quintales anuales) y una enorme acumulación de riqueza, la canasta básica de los trabajadores guatemaltecos es cubierta apenas en un 50% con el salario mínimo fijado por ley, cuando éste se cobra. De hecho, en muchísimos casos no se cobra. De acuerdo a datos de una investigación publicada por el Comité de Desarrollo Campesino -CODECA-, el 90% de trabajadores rurales recibe un salario inferior al mínimo establecido. El Estado históricamente jugó, y sigue jugando, el papel de legitimador de ese estado de cosas.


La situación de los trabajadores cañeros, los fijos y oriundos de la Costa Sur -el lugar por excelencia de la producción de caña de azúcar- así como los estacionarios que llegan para la zafra, especialmente del Altiplano, de origen indígena, es patética. Pese a lo dicho por el sector patronal cañero con su preconizada “responsabilidad social empresarial”, las condiciones de vida de los trabajadores son paupérrimas, y el grado de explotación crece año con año. Hoy por hoy, la producción cañera ha subido en forma considerable, pero siempre a costa de los trabajadores. Nuevas formas de explotación, con aumento de la intensidad del trabajo, se han instalado. La patronal induce a consumir ciertos estimulantes para que los trabajadores cumplan con su cuota de producción. Todo eso es producto de las nuevas condiciones que siguieron a la Firma de la Paz, en 1996, cuando se instalan abiertamente las políticas neoliberales. 
Los trabajadores están desorganizados, manipulados, asustados. Ya no existen sindicatos, y la familia campesina pasa enormes penurias. Pero la lucha por mejores condiciones no termina. En ese marco platicamos con dos luchadores históricos de la región, quienes hoy día, pese a sus largos años y a esta situación de retroceso, siguen impulsando la organización con miras a cambios estructurales en el largo plazo. Por razones de seguridad, y a pedido de ellos, no damos sus nombres. Solo indicamos que pertenecen al departamento de Escuintla.

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Pregunta: ¿Cómo está la situación de los trabajadores cañeros en la Costa Sur de Guatemala? 

Respuesta: Hace mucho que vivimos por aquí. Mi padre, que estaba sindicalizado, por ese motivo fue golpeado en su momento. Andrés Botrán, [de la familia fabricante de rones, un gran productor azucarero] que no quería sindicatos ni a los trabajadores más viejos, hizo que la Alcaldía estuviera a su favor. Y lo mismo hizo con algunos trabajadores, que finalmente se terminaron vendiendo a la patronal y poniéndose contra otros trabajadores. Así, poco a poco fue deshaciéndose de los sindicalistas. Ya para los años 60 los comisionados militares estaban bien organizados. Para ese entonces fue surgiendo la reacción política por parte de nosotros. La explotación de los trabajadores ha estado desde siempre. En las fincas azucareras, ni se diga: ahí siempre hubo una presión tremenda contra el trabajador. El único momento en que los trabajadores se empezaron a sentir apoyados fue cuando estaba el movimiento guerrillero. Cuando se firmó la paz la gente se preguntaba que para qué se había hecho eso, porque así los ricos iban a volver a montase sobre nosotros. Los ricos de siempre, desde que se firmó la paz, van de nuevo contra los pobres. 
Nosotros en su momento trabajamos con el movimiento revolucionario, en el Partido Guatemalteco del Trabajo, el PGT. 

Pregunta: Ustedes conocieron la explotación de décadas atrás. Y hoy día siguen viendo algo no muy distinto. ¿Qué cambió en todo este tiempo? 

Respuesta: Durante el tiempo que existió la guerrilla, los trabajadores la tenían más favorable. Teníamos ese apoyo. Pero desde que se firmó la paz, en 1996, ya se nos volteó de nuevo la suerte. Hemos ido para atrás, porque las fincas cañeras ahora hacen lo que quieren. ¿Qué hacen ahora los ingenios para aumentar la producción? Le dan droga a la pobre gente; los muchachos trabajan drogados. La finca no se los exige directamente, pero se los induce con engaño.
Por aquí el gobierno de Jacobo Arbenz, más o menos por 1952, repartió parcelas para la gente. Y ahí los trabajadores sembraron caña; con eso más o menos se mantenían. Pero llegó un momento en que ya no les rendía, y tuvieron que ir a trabajar a las fincas como empleados. Así fueron vendiendo sus parcelas. Hoy día ya prácticamente ningún campesino pudo mantener su parcela, que era de 6 manzanas. Están empleados en las fincas y los ingenios, cuando pueden. Aquí todos dependen del corte de caña. Los grandes cañeros se fueron comiendo a los pequeños propietarios. Hoy día casi no quedan fincas ganaderas: todo es caña. Y muchos que ya no consiguen trabajo por aquí tienen que salir a trabajar en fábricas. Pero la gran mayoría trabaja en la caña. 
Yo trabajé con la Organización Internacional del Trabajo, la OIT, hace algunos años atrás. Y ahí comprobamos que en las fincas les dan droga a los trabajadores. Es una bolsita como de refresco. Con eso los trabajadores trabajan y trabajan sin descanso. A veces hasta las 8 de la noche los tenían trabajando, iluminados por los tractores. Los hacían trabajar sin descanso hasta sacar toda la tarea. El Ministerio de Trabajo está siempre ausente de estos asuntos. Y los finqueros, cuando sabían que iba venir la OIT a investigar, preparaban todo. Incluso tenían comprados a sus trabajadores para que no dijeran nada. O traían trabajadores de por allí para pasar la inspección, que no hablaran y contaran las condiciones reales en que trabajan. 
Para después de la firma de la paz en 1996, para 1997 vino por aquí Elizabeth Orlovic, de la Universidad de California, para hacer su trabajo de tesis. Y producto de ese trabajo publicó un libro: “En el umbral del nuevo siglo”, que sacó AVANCSO. Después de entrevistar a mucha gente presentó ese informe sobre la situación del trabajo en los cañales. Después de eso, por las denuncias que salían allí, los de los ingenios cambiaron su estrategia. Ahora pusieron oficinas de Recursos Humanos; pero esas son estrategias para seguir siempre con la explotación más tremenda, pero más refinada.
La explotación sigue siendo enorme. Hay ingenieros, economistas y no sé cuántas personas más: administradores de empresa, etc., etc., que están al servicio de los finqueros. 

Pregunta: En el medio de esa panorama, bastante desolador por cierto, ¿cómo defienden sus derechos los trabajadores? 

Respuesta: Está muy difícil. Los azucareros no permiten que se organicen sindicatos. Al trabajador lo tienen agarrado por varios lados. En primer lugar, porque todos los trabajos son temporales. Muchos vienen desde el Altiplano, pero eso es solo para la época de corte. En el libro que mencionábamos de esta compañera estadounidense está bien estudiada la situación: la patronal cambió su estrategia a partir de una gran huelga de trabajadores cañeros del año 1980. Fue una movilización de 80,000 trabajadores que se declararon en huelga; entonces los finqueros y los ingenios tuvieron que cambiar de estrategia. Empezaron a hacer cambios, aparentemente favorables para los trabajadores, pero que no eran eso. El ingenio que empezó con esas reformas fue el Ingenio Concepción. Los otros azucareros, al ver esa nueva estrategia, no entendían nada, y los llamaron comunistas a estos del Ingenio Concepción. Era un cambio, pero totalmente superficial, surgido solo por la huelga que les forzó cambiar un poco la cara. Era todo aparente: empezaron a cambiar un poco las condiciones de trabajo. Por ejemplo, dieron mascarillas y botas, porque antes era más rústico. Pero la verdad es que ahora, pese a esos aparentes cambios, es peor. Ahora, cada tiempo, vienen reduciendo personal. Por ejemplo: antes agarraban más gente para regar. En este momento es todo mecanizado, entonces mucho personal queda sin trabajo. 

Pregunta: ¿Y qué hace toda esa gente sin trabajo? 

Respuesta: Es una maniobra que se la tienen bien pensada. Mucha gente queda sin nada que hacer. Ellos piden un determinado tonelaje que cada trabajador tiene que cortar, y si alguien no lo consigue, lo dejan sin trabajo. Si alguien está enfermo, no le dan trabajo. Si alguien ya tiene 40 años, no le dan trabajo. Por otro lado están los monitores o caporales, que vienen a supervisar cómo se corta la caña. El trabajador no sabe cuánto gana por día. ¿Por qué no sabe? Porque ahora recogen la caña con un tractor que se llama cameco; el trabajador va dejando la caña que cortó tendida ahí, y el tractor la recoge. El trabajador no sabe cuánto cortó exactamente; entonces el día de pago le dan lo que la finca quiere. El trabajador no sabe la cantidad que cortó. La máquina agarra parejo, y no puede saber lo que cada quien hizo. Ahí está el robo. Siempre le ponen de menos en relación a lo que realmente cortó. Si el trabajador, por ejemplo, cortó 14 toneladas, le apuntan 10. Es un robo descarado. Y encima, para producir de esa manera –hay algunos que cortan hasta 18 toneladas– deben comprar pastillas para que les dé fuerza. El mismo trabajador debe pagarlas, porque es él quien las compra, y se gasta hasta 35 quetzales diarios 4 dólares. Antes se la daban, pero ahora la tiene que comprar. Y de esa manera, entre ese ritmo de trabajo que le imponen y la droga que consume, se termina fundiendo. No siente el esfuerzo, pero al poco tiempo está agotado. 
Además están los monitores, siempre viendo cómo beneficiar a los finqueros, descontando todo lo que puedan al compañero trabajador. Es un robo terrible que le hacen por todos lados. 

Pregunta: Entonces, ¿realmente se está peor que años atrás? 

Respuesta: ¡Por supuesto! Antes el campesino tenía su milpita maíz con qué comer; se las podía arreglar de algún modo. Ahora no. Solo son seis meses de trabajo en el año; después tiene que ver qué hace. Antes uno sabía lo que iba a ganar; eso se lo puedo asegurar porque nosotros trabajamos por años en el tema del azúcar: hoy el trabajador no lo sabe. Antes uno echaba 6 toneladas al camión, y las veía, sabía cuánto había cortado. Hoy día no, con la quema de la caña que se hace. El campesino ya perdió el control sobre eso y solo se limita a cortar, sin saber cuánto está cortando. 
Por otro lado, el trabajador está tragando todo el tiempo la ceniza de la caña que se quema. Eso es insalubre. Pero quien lleva la peor parte en todo esto es la mujer. Ella se levanta a las 3 de la mañana para preparar la masa para comer; pero esta mujer no está tenida en cuenta por los señores de los cañales. Además, le queda todo el cuidado de los niños y todo el trabajo doméstico. Y también está el problema de las fumigaciones con tóxicos. Eso es muy dañino para la salud, y también para los techos de las casas, o para la ropa que queda tendida. 

Pregunta: En definitiva, podría decirse que la industria de la caña de azúcar, para la población trabajadora, no trae mayores beneficios, sino problemas, desgracias. ¿Es así? 

Respuesta: Claro que sí. Se explota a los trabajadores, se les reprime si protestan, está el problema de las fumigaciones con tóxicos. Por otro lado, el cultivo desmedido de la caña de azúcar quitó prácticamente todo el terreno que antes había para el maíz de las familias campesinas. Aquí, por ejemplo, era zona de mangos, y por culpa de las fumigaciones de la caña, ya no está dando este fruto del mango. En definitiva: el campesino ya se jodió. Ahora ni siquiera tiene su tierrita para cultivar el maíz para comer. Ahora tiene que comprarlo. Hemos ido para atrás.
Ahora no es raro ver mujeres con su atadito de leña que tratan de venderlo por ahí para ganarse sus centavos con lo que medio comer. Y para los varones no hay trabajo. La cosa está seria. A partir del 2018 los cañeros solo van a contratar a un 10% del personal, por lo que la situación se va a poner peor de lo que está ahora. En lugares como California, por ejemplo, donde se está produciendo mucha caña, se corta solo con máquina. Con eso se le quitó trabajo a una gran cantidad de gente. 
Nuestros derechos están totalmente pisoteados el día de hoy. Es cierto que tenemos una Procuraduría de Derechos Humanos; pero eso no alcanza. Ahí se pueden presentar algunas denuncias a nivel personal; tal vez algo en relación a violencia contra la mujer. Eso está bien, pero no alcanza para mejorar las cosas.
A todos esos problemas habría que agregar lo de las fumigaciones. Eso es otro gran problema para la población de la zona y para los trabajadores, porque se hace con productos tóxicos, muy malos para los pulmones. Y está también el problema de las cenizas de las quemas, que viene a dañar los techos de nuestras casas y la ropa que tendemos para que se seque. Esas cenizas las estamos respirando todo el tiempo, y eso es muy nocivo. 
Algo más importante todavía: el campesino que vive del azúcar, hoy día tiene trabajo apenas seis meses al año. El otro tiempo tiene que ver qué hace. Por eso la gente anda cazando iguanitas para medio comer. 

Pregunta: Como militantes revolucionarios de toda una vida, ¿cómo ven el futuro: qué podemos o qué debemos hacer para revertir esta situación, para construir alternativas reales de cambio? ¿Cómo hacemos para movilizar de nuevo 80.000 personas en aquella histórica huelga de 1980?

Respuesta: La cuestión es cómo organizarnos. La derecha, los finqueros, los ricos saben qué quieren hacer. Están bien organizados, saben dónde van. Nos tienen maniatados por todos los lados. Por ejemplo con un distractor como el trago. No hay medicinas en los centros de salud, pero nunca dejan de autorizar una cantina para ir a tomar. Cuesta lo mismo una libra de frijol que una cerveza. Es decir: mantienen drogada a la juventud para que nadie se organice. Descabezaron nuestra movimiento, nos mataron gente indiscriminadamente, rompieron el tejido social para frenar al movimiento revolucionario. Así nos detuvieron, y después pusieron esto de las drogas, cosa que antes no se veía. Hoy día por aquí, en las aldeas, ya estamos llenos de jóvenes mariguaneros. Eso no se veía algunos años atrás. Hoy día en ningún ingenio hay organización sindical. Hay temor. Pero debemos volver a trabajar para organizarnos. 

Pregunta: Las nuevas iglesias evangélicas lo hacen: van casa por casa convenciendo gente para que se les unan. ¿Por qué no hacer lo mismo en nombre de una causa popular y revolucionaria?

Respuesta: Por supuesto que se puede, pero es un proceso muy lento. Hace algunos años atrás pudimos organizarnos porque todavía estaba cercano el proceso revolucionario de 1944-1954. La gente que conoció ese período, o los hijos que habían heredado todo eso, sabía que solo con una revolución social así podíamos mejorar nosotros, los campesinos, los pobres. Nos podíamos mirar en ese espejo. Pero desde 1954 para acá, con la contrarrevolución, el pueblo de lo único que sabe es de ataques, de desorganización y de muertes. El pueblo está atemorizado con todo eso, y el pastor de estas iglesias evangélicas le dice que no hay que preocuparse, que todo esto ya está escrito, pero que si va a la iglesia se va a salvar. Eso desorganiza. Y por otro lado la gente está desesperada buscando cómo sobrevivir. El que tiene trabajo, lo cuida como el oro. La gente está atemorizada, y la juventud no se quiere meter en nada. Nadie confía en nadie, porque no se sabe quién trabaja para los ingenios. La gente está desunida. Uno va a hablarle a la gente sobre estos temas, sobre la explotación, y nadie le hace caso. La gente solo está pensando en el fútbol y en Messi y en esas cosas. Nos han desarmado, desarticulado. Si uno le habla de política y de nuestros derechos, nos ven como locos. La gente solo está hablando de fútbol, y anda en las cantinas o en los cultos. La juventud no se interesa por nada, y muchos se quieren meter a policías. 
Sin embargo no hay que quedarse con una imagen negativa, pesimista. Hoy día estamos mal, nos pueden tratar de locos, estamos desorganizados…, pero la lucha no ha terminado.

domingo, 10 de abril de 2016

Papeles de Panamá: más dudas que respuestas



Marcelo Colussi

“Robar un banco es delito; pero más delito aún es fundarlo.”

Bertolt Brecht

Dado que empezamos con una cita de Bertolt Brecht, aprovechemos a recordar una famosa obra suya: “Preguntas de un obrero que lee”, para hacer lo mismo en el tema que ahora nos convoca: los “Papeles de Panamá”. En esa poesía, un lector anónimo se pregunta con toda la “ingenuidad” del caso sobre asuntos de importancia capital. Repitamos la operación: “inocentemente”, como neófitos del mundo financiero, preguntémonos qué está pasando con todo esto. ¿Por qué ahora la corrupción pasa a ser el monstruo más terrible que nos ataca? ¿Es cierto eso, o ahí hay “gato encerrado”? ¿Por qué los “Panama’s Papers” son tan tremendamente importantes?

Por lo pronto, veamos quién dice que son tan, pero tan importantes: es la gran corporación mediática global, la encargada de deformar nuestra percepción de la realidad, aquella que hace parte de lo que los estrategas del Pentágono llaman “guerra de cuarta generación” (guerra mediático-psicológica). Esa poderosa industria de la (des)información presenta ahora esta nueva plaga bíblica que es la corrupción.



Es curioso: el capitalismo actual, en su versión neoliberal global, es estructuralmente mafioso, corrupto, parásito. El capital dominante es el financiero (¡qué acertado es el epígrafe de Brecht!). Es decir: el capital parásito, que se mueve desde hace décadas a través de oscuras transacciones bancarias, en muchos casos a través de esa infamia que es la banca llamada off-shore, es quien domina el sistema mundial. Los organismos del Consenso de Washington (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional), representantes de la gran banca capitalista de las grandes potencias, marca el rumbo de la Humanidad. Esos parasitarios capitales han superado con creces al capital productivo (industrial manufacturero, agrario, de la industria de servicios). Los bancos son los dueños de las finanzas globales; por tanto, son los que realmente deciden la marcha de los acontecimientos.

Junto a esos mafiosos megacapitales, dos de los grandes negocios que dinamizan la economía capitalista son la fabricación y venta de armas (primer negocio a escala planetaria), y la narcoactividad. Los flujos de capital que estas ramas económicas inyectan a las finanzas internacionales son monumentales. En otros términos, las industrias de la muerte (armas para matar: la destrucción de países y su posterior reconstrucción, la fabricación de guerras en cualquier rincón del Tercer Mundo, o psicotrópicos para envenenar y cegar vidas), son los principales negocios, junto al petróleo (¿otra industria con un buen potencial de muerte?), negocios que se mueven con lógicas corruptas, oscuras, gangsteriles.

¿Quién controla el flujo de armas? (desde una pistola personal hasta un portaviones con energía nuclear). ¿Por qué los narcotraficantes, los “malos de la película”, nunca son estadounidenses? Si Estados Unidos es el principal consumidor mundial de sustancias psicoactivas, ¿por qué nunca aparecen redes mafiosas de narcotráfico en su territorio? Estudios consistentes dicen que la DEA es el principal cartel de narcotráfico del mundo. Y el narcolavado es una de las actividades financieras más “exitosas” en la actualidad.

Todo eso, ¿no es altamente corrupto? Por otro lado, la llamada desregulación laboral (léase: traslado de plantas industriales desde el Norte próspero hacia el Sur pobre), maniobra artera que busca mano de obra más barata y exclusión de controles fiscales y medioambientales: ¿no es un prácticamente infinitamente corrupta?

En síntesis: el capitalismo actual se basa cada vez más en prácticas corruptas, mafiosas, infames. ¿Por qué ahora surge esta cruzada mundial contra la corrupción?

La corrupción es una conducta socialmente deleznable. ¿Quién en su sano juicio podría justificarla, mucho menos aplaudirla? Tal como la caracterizó hace algunos años un sínodo de obispos (Ecuador, 1988, caracterización que sigue siendo absolutamente válida al día de hoy), la corrupción es un mal que corroe las sociedades y las culturas, se vincula con otras formas de injusticia e inmoralidades, provoca crímenes y asesinatos, violencia, muerte y toda clase de impunidad; genera marginalidad, exclusión y miedo (…) mientras utiliza ilegítimamente el poder en su provecho. Afecta a la administración de justicia, a los procesos electorales, al pago de impuestos, a las relaciones económicas y comerciales nacionales e internacionales, a la comunicación social. (…) Refleja el deterioro de los valores y virtudes morales, especialmente de la honradez y la justicia. Atenta contra la sociedad, el orden moral, la estabilidad democrática y el desarrollo de los pueblos”. Sin la más mínima sombra de duda, la corrupción es una práctica abominable, como tantas otras que realizamos a diario los seres humanos. Pero, ¿no será una coartada –una más entre tantas– que intenta alejarnos de las verdaderas causas de las injusticias y la exclusión social? La corrupción es consecuencia, ¡no causa! Nunca debemos perder de vista esto.

Como al lector en la poesía de Brecht, me quedan muchas preguntas sin respuestas en esta affaire de los Papeles de Panamá. ¿No hay agenda oculta aquí? El año pasado, en abril de 2015 –hace exactamente un año– se comenzó a desarrollar una furiosa campaña anticorrupción en Guatemala, promovida por la “ciudadanía democrática” (así, en abstracto). Ello sirvió para quitar del poder al entonces binomio presidencial de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. Todo indicaría que eso fue un banco de pruebas, un laboratorio para lo que vendría luego: al poco tiempo la lucha contra la corrupción emergió como una gran cruzada del “espíritu democrático”. Al poco tiempo, esa lucha frontal contra el cáncer de la corrupción, elevado a la categoría de nuevo pandemonio universal, dio resultado a una lógica imperial proveniente de Washington: gobierno díscolos a los dictados de la potencia del Norte comenzaron a verse atacados bajo las denuncias de hechos corruptos. Así fueron sacados del poder Cristina Fernández, en Argentina, se bloqueó la posibilidad de reelección de Evo Morales en Bolivia, se prepararon las condiciones para un derrocamiento de Dilma Roussef en Brasil. Curiosamente, todas administraciones molestas para la geopolítica estadounidense. Y valga agregar que pese a la “democrática” y “políticamente correcta” lucha contra la corrupción en Guatemala, las cosas no cambiaron en sustancia, porque en el país centroamericano al menos un 11% de su producto interno bruto sigue dado por la narcoactividad y el crimen organizado.

Sugestivamente también, si seguimos en las preguntas al modo del obrero lector de Brecht, se denuncian meses atrás casos de corrupción en la FIFA (¿intento de bloquear el próximo mundial de fútbol en Rusia?) ¿Por qué ahora esta práctica que sigue dominando las finanzas mundiales preocupa tanto? Pero, ¿a quiénes preocupa?

Evidentemente este “espíritu democrático” anticorrupción cala en la moral común. Atacar a otro por “degenerado corrupto” reconforta. ¿Por qué no se ataca con similar virulencia el hambre y la explotación, el racismo o el patriarcado? ¿No son todos estos elementos igualmente lacras que deberían desecharse? Acusar de corrupto a otro satisface a una ramplona y morbosa moralina clasemediera. El poder saber implementarla a su favor (véanse los casos de recientes derrotas electorales en los países con gobiernos de centro-izquierda a partir del bombardeo mediático contra la corrupción).

El combate monumental contra las prácticas corruptas que parece haberse desatado huele raro. Huele mal, diríamos. En definitiva, puede servir como mecanismo de control político-social. ¿Por qué es corrupto el presidente de Venezuela y no así el de Colombia o el de México? (países estos últimos donde, es sabido, la corrupción campea libremente). ¿Gato encerrado? Tanto revuelo en la corporación mediática global suena llamativa. ¿Acaso terminó la corrupción en Guatemala luego del encarcelamiento de presidente y vicepresidenta, o puede verse ahora, a la distancia, que allí hubo un fabuloso montaje mediático?

Ahora aparecen los sugestivos Papeles de Panamá. Uno de los principales acusados, si no el principal, llamativamente es el presidente ruso Vladimir Putin. Se hace cargo de la investigación el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, instancia que tiene su base en Washington (¿curiosa casualidad?) Y en un santiamén la noticia de ese estudio panameño: Mossack Fonseca, sospechoso de opacidad, se difunde por todo el mundo (¿otra curiosa casualidad?)

“El escándalo de los llamados 'papeles de Panamá' es un intento de redirigir los grandes flujos financieros de las zonas 'off shores' o paraísos fiscales hacia Estados Unidos”, declaró recientemente el experto financiero alemán Ernst Wolff en entrevista concedida al medio germano Sputnik. Según apreciaciones del referido analista, es significativo que ninguna empresa estadounidense aparezca en la lista de corruptos. “Lo que está sucediendo ahora es que Estados Unidos está tratando de 'secar' ciertos paraísos fiscales para presentarse a sí mismo como el nuevo y mayor paraíso fiscal del mundo”, afirma Wolff. “En estos 'off shores' hay distribuidos alrededor de 30-40 billones de dólares. Y Estados Unidos, claramente, está interesado en redirigir estos fondos a su país”, indica el estudioso.

Por lo pronto no puede desconocerse que los estados de Nevada, Dakota del Sur, Wyoming y Delaware, en territorio estadounidense, funcionan como paraísos fiscales, rigiendo ahí un secreto bancario ilimitado, similar al de Suiza, o al de los enclaves off shore. La jugada podría consistir en intentar desacreditar a los actuales puntos financieros incontrolados (como Panamá, y tantos otros países que viven en buena medida de esas prácticas corruptas) para redirigir esos cuantiosos fondos a la economía de la potencia americana.


Maniobra financiera o maniobra política para control de “indeseables peligrosos”, la actual cruzada anticorrupción no parece destinada a terminar realmente con ese tumor canceroso. En realidad, el capitalismo es en esencia un robo legitimado; la corrupción es simplemente un efecto secundario de su estructura. El problema no está en la corrupción sino en el sistema que la produce.