miércoles, 19 de marzo de 2014

Linchamientos en Guatemala: una herencia de la guerra



Marcelo Colussi

Introducción

En Guatemala hace ya años que se firmó la paz entre Gobierno y movimiento guerrillero. Pero lejos está todavía de poder decirse que el proceso iniciado en ese entonces haya dado los frutos que se esperaba. Más aún: la situación actual nos confronta con un empeoramiento, un retroceso en las causas estructurales que dieron lugar a la guerra civil en la década del '60 del pasado siglo. La guerra hoy día formalmente terminó, pero la violencia sigue presente y se evidencia de otras maneras, tan o más crueles que en los peores años del enfrentamiento armado.

La post guerra que vivimos actualmente está marcada por una suma compleja de problemas, donde la violación a los derechos humanos sigue siendo una constante, si bien no con la intensidad de años atrás, pero con efectos sociales igualmente dañinos. Una herencia trágica –entre otras– de 36 años de conflicto armado está dada por la recurrencia de linchamientos.

Este fenómeno debe abordarse desde una perspectiva multicausal. Participan en él aspectos de diversas naturalezas: sociales, psicológicos, culturales. De hecho no son algo nuevo en la historia; se los conoce desde tiempos inmemoriales. Por supuesto, no son un patrimonio de la “violencia guatemalteca”. Actualmente deben su nombre al juez estadounidense Charles Lynch, quien organizó a contemporáneos suyos para actuar como ley local en un juicio sumario contra unos conspiradores pro-británicos hacia el año 1780. A partir de este hecho relativamente reciente se derivó el verbo linchar, y el sustantivo linchamiento, hoy ya universalmente aceptados.

Lo significativo en Guatemala es no sólo la crueldad de estos actos (con sus características muy propias: es costumbre quemar a la persona linchada), sino su sintomática recurrencia: desde el momento del inicio del proceso de paz hasta la fecha nunca desparecieron. Se dan en las comunidades rurales que fueron escenario del enfrentamiento armado, donde existieron redes de contrainsurgencia paramilitar que nunca se desmantelaron totalmente (y donde muchas veces no hay gasolineras, pero donde nunca falta gasolina para quemar al linchado), así como en áreas urbanas. Incluso –este es un dato que no puede minimizarse– hasta se dio uno, con saldo mortal para uno de los delincuentes linchados (fueron tres) ¡en el estacionamiento de una universidad católica de la ciudad capital, siendo sus estudiantes ¿católicos? quienes lo llevaron a cabo!

Quienes continúan poniendo los muertos siguen siendo los mismos que sufrieron lo peor de la represión en años pasados, y quienes históricamente han estado alejados de los beneficios de un desarrollo equitativo que hace de Guatemala un país de enormes contrastes: los indígenas de origen maya, por siempre pobres, o los pobres urbanos, en muchos casos de ascendencia maya, siempre excluidos (de esos sectores urbanos marginados surgen los ladrones que pululan por toda la sociedad, y que pueden robar un teléfono celular, una billetera, una cadenita de oro; nunca se lincha a un funcionario que roba parte del presupuesto, por ejemplo, o un personaje ligado al gran crimen organizado, todos los cuales no vienen de esos sectores marginados y empobrecidos. Y jamás –¡esto es impensable!– se lincharía a un empresario o a un patrón de finca, por más explotadores que sean). De hecho, como símbolo de lo grotescamente patético del asunto, valga decir que vez pasada se linchó a un par de jóvenes en el departamento de Quiché que habían robado… ¡unas zanahorias en un mercado!

De ninguna manera se debe buscar en la historia prehispánica o colonial el origen de los linchamientos. En todo caso sus causas se ligan al contexto particular que vive Guatemala hoy; contexto que, definitivamente, es consecuencia de siglos de historia conflictiva y violenta. Con esto se desvirtúa la opinión –profundamente racista– que los linchamientos son “prácticas de indios” (no debe olvidarse que la población indígena-maya del país es de alrededor del 60%, y la ideología racista dominante ve en ellos un factor de 'atraso' y 'pobreza'). Los linchamientos responden, en todo caso, a un horizonte histórico-social de violencia (de más de cinco siglos, reforzados por una guerra interna de casi cuatro décadas) que ha creado una cultura de violencia, en tanto dimensión de aceptación normal de fenómenos a todas luces violatorios de una coexistencia pacífica. Cultura de violencia que se refleja en un sinnúmero de conductas sociales no cuestionadas, como la aceptación generalizada del uso de armas de fuego, la resolución violenta de los pleitos, la aceptación –tanto por el Estado como por la sociedad civil– de la pena de muerte, la discriminación histórica de la población maya, una dinámica cotidiana de verticalismo y machismo, corrupción e impunidad a niveles escandalosos. Todo lo cual puede dar como resultado que entre un tercio de la población a nivel nacional haya total conformidad para con los linchamientos como una práctica correcta de “ejercicio de la justicia”.

Como en todo complejo fenómeno social, no hay “buenos” contra “malos”. Las cosas son infinitamente más enrevesadas, más complicadas. En todo caso, los linchamientos están originados en una sumatoria multifacética de causas:

·         Cultura de violencia vivida por años y asumida ahora como normal
·         Inseguridad pública: violación de los derechos humanos e impunidad
·         Muy bajo impacto del sistema formal de justicia y descrédito de la justicia consuetudinaria maya
·         Ruptura del tejido social, producto de las estrategias contrainsurgentes de la pasada guerra
·         Manipulación política de las poblaciones descontentas
·         Mantenimiento de la ingobernabilidad
·         Pobreza extrema, que redimensiona el valor de los bienes robados (¿linchar por un par de zanahorias?)
·         En algunos casos, fanatismo religioso con mensajes apocalípticos (sectas neoevangélicas, habiéndose dado casos donde pastores de estas denominaciones llamaron a linchar).

Buscando explicaciones

El texto “Guatemala: Nunca Más”, presentado en 1998 por la Iglesia Católica como informe final de su arduo Proyecto Interdiocesano Recuperación de la Memoria Histórica –REMHI–, el cual estudia la represión vivida en estas pasadas décadas, indica que “el aprendizaje social de la violencia que se ha inducido a través de los grupos paramilitares, las redes de inteligencia y los mecanismos de entrenamiento militar, implican la necesidad de una desmilitarización real que revierta el proceso desarrollado en la guerra. Sin acciones específicas en ese sentido y en un contexto de impunidad y graves problemas económicos en muchos sectores de la población, las consecuencias de la guerra se manifiestan ya en nuevas formas de violencia social” [tal como los linchamientos].

Con la destrucción de las autoridades tradicionales de origen maya también tambalean las normas morales construidas para regular la convivencia cotidiana así como para resolver los conflictos domésticos, intra e intercomunitarios. En esa lógica, los linchamientos vienen a ser la expresión más elocuente –y patéticamente descarnada– de la militarización cultural que ha sufrido la sociedad en estos últimos años, y que se sigue evidenciando de manera dramática.

La psicología colectiva provee elementos para entender el problema; como dice el padre de la Psicología Social, el francés Gustave Le Bon en su ya clásica “Psicología de las multitudes”: “La masa no tiene conciencia de sus actos; quedan abolidas ciertas facultades y puede ser llevada a un grado extremo de exaltación. La multitud es extremadamente influenciable y crédula, y carece de sentido crítico”. Eso puede apreciarse en cualquier conducta masificada, donde desaparece la conciencia crítica y el individuo se ve transportado por la efusividad de la masa: para ejemplo, la moda, la conducta en un estadio de fútbol, el espíritu patriótico. En los fenómenos de los linchamientos siempre está presente este nivel de lo masivo, de lo tumultuario no racional. En el caso de Guatemala además se da un particular vínculo con la reciente historia de militarización vivida, que ha dejado marcas todavía muy frescas, y que confiere características especiales a la dinámica cotidiana. Durante el conflicto armado interno parte de las estrategias de la intervención contrainsurgente del Ejército fueron las de índole psicológica, junto con las acciones de violencia física. Esa especial metodología trajo consecuencias psicológicas y morales que se evidencian claramente en los linchamientos:

·         Las estrategias de las políticas contrainsurgentes fueron una escuela de crueldad. Estas acciones violentas permanecen en la memoria histórica de las poblaciones, manifestándose en lo que hoy se implementa en los linchamientos: tortura previa a la muerte, incineración de la víctima, posterior exhibición pública del cadáver. La crueldad de muchas acciones de la delincuencia cotidiana que hoy asola al país (el descuartizamiento, por ejemplo), o de los “honestos ciudadanos” incluso, que pueden quemar vivo a un ladrón capturado para lincharlo, no son connaturales a los guatemaltecos, no vienen en sus genes: son un reflejo de una historia vivida (“se repite activamente lo que se padeció pasivamente”, es una enseñanza de la Psicología). Valga decir que Guatemala fue el país de todo el continente americano donde la guerra contrainsurgente alcanzó los niveles más crueles (200.000 muertos, 45.000 desaparecidos, más de 600 aldeas destruidas en las campañas de “tierra arrasada”. Todo eso no pasó en vano: los linchamientos lo remedan.)

·         El terror tiene manifestaciones y secuelas sociales que no desaparecen automáticamente cuando la violencia desciende, sino que presenta efectos acumulativos y perdurables. A partir de la historia vivida, el terror se convierte en una amenaza que puede ser reactivada en cualquier momento, y el linchamiento es una de las formas de recordarlo. La actual “epidemia de violencia” que vive la sociedad Guatemala –que transforma al país en uno de los más inseguros y violentos del mundo, sin estar técnicamente en guerra– no nace sola. Se juegan ahí historias coaguladas que llevan a la colonia y a la fundación del Estado moderno como monumental opresión de clase justificada en una fenomenal cultura racista.

·         Se destruyeron los tejidos sociales de solidaridad y participación comunitaria. Lo cual ha dado como resultado una intensificación de la desconfianza contra cualquier desconocido, contra los “extraños”, frente a quienes se puede descargar entonces una tensión social, como ocurre en los linchamientos. La cultura de la desconfianza, de la paranoia, tan típicas de la guerra, se ha entronizado, y hoy día cualquiera puede ser sospechoso. Y ni se diga si la sospecha se asienta en estereotipos enraizados: joven con aire de marero, tatuado, con facciones no-blancas, proveniente de las zonas rojas de la ciudad, etc., etc. Es más fácil pedir el inmediato ajusticiamiento del ladrón (ladrón de celulares, claro está, no el del ladrón de millones del presupuesto nacional por ejemplo) que encontrar las causas por las que un joven delinque. La ética en juego es, como alguien dijo acertadamente, una ética de naufragio: “¡sálvese quien pueda!”

·         Se militarizó la implementación de justicia. La misma, por décadas durante el conflicto interno, se desenvolvió en el marco de una lógica militarizada. La transición a la justicia civil y su aceptación por parte de la población, sobre todo en cuanto al derecho al debido proceso y la correlatividad entre el delito y la pena, será un tránsito que requerirá de un trabajo de desaprender los códigos militarizados y el irrespeto a la vida. Pedir “mano dura” como supuesta solución de los problemas que aquejan a la ciudadanía no es sino la expresión de esa historia de guerra y de militarización, que incluso va más allá de los 36 años de guerra. La cultura militar anida en el imaginario social que recorre la sociedad: ¿por qué un colegio es “bueno”, según el extendido prejuicio que se repite frecuentemente, en tanto tiene mucha “disciplina”, mucho “rigor”, una excelente banda marcial?

·         Se buscó uniformar a la población a través de una manipulación maniquea de “nosotros buenos” y “ellos malos”. En los linchamientos, al igual que en las dinámicas militarizadas que se vivieron en años pasados, se da una pretendida cohesión de la comunidad considerándola como un todo. Así se instala la impunidad para los ejecutores que se convierten en justicieros, se valora la solidaridad interna de la comunidad que ha sido capaz de “resolver” por sí misma sus problemas, la conciencia de culpa que podrían producir en algunas personas el presenciar o ejecutar actos de crueldad se diluye en la euforia de la solidaridad colectiva y el sentimiento de omnipotencia adquirido en el supuesto triunfo contra la maldad. Con los linchamientos, que ya hace más de una década pasaron a integrarse en la normalidad cotidiana de la población guatemalteca, no se ha resuelto en modo alguno el acuciante problema de la inseguridad ciudadana (al igual que no se ha resuelto con la desproporcionada cantidad de policías privados que pueden encontrarse donde sea: en una panadería de barrio, en una iglesia, en un establecimiento educativo –hay 6 veces más agentes privados que de la Policía Nacional Civil–, pero que sí refuerzan el estereotipo de “ciudadanos buenos” y “sospechosos malignos”.

Aunque supuestamente los linchamientos constituyen una forma sumaria de hacer justicia, en realidad como procedimiento de presunto orden preventivo respecto a la delincuencia no traen ninguna consecuencia real, en tanto mecanismo disuasivo (al igual que la pena de muerte). Pese a haberse “ajusticiado” a numerosos delincuentes (insistamos: en general más cerca del robo de unas zanahorias que empresarios explotadores, funcionarios corruptos, militares acusados de delitos de lesa humanidad durante la pasada guerra o connotados representantes del crimen organizado), el índice de criminalidad en todo el país, y en las ex zonas de guerra también, continúa siendo alarmantemente alto. Si alguien osara tomarlos como presunta “justicia popular”, se equivoca de cabo a rabo.

Los linchamientos significan para la población un recordatorio de quién sigue mandando. Si bien no se puede afirmar categóricamente en la totalidad de casos registrados, al menos en las áreas rurales hay fuertes indicios indicativos de la participación de las estructuras paramilitares contrainsurgentes que tuvieron lugar en la guerra –aún activas, por cierto– que dan su cuota de aporte para la comisión de estos hechos tumultuarios con los que se perpetúa un clima no democrático. Dicho en otros términos: este fenómeno no es sino una expresión –grotesca, y por ello mismo trágica– de la impunidad que aún reina. Y en las áreas urbanas son un indicativo de la permanencia de esa cultura militarizada y de muerte (vale más un teléfono celular que una vida humana, aún para un estudiante de una universidad católica que puede linchar en defensa… ¡de la propiedad privada de un teléfono celular!).

Enfatizamos esta idea: los linchamientos no hablan sólo de una falta de justicia (en ese caso podrían llegar a entenderse entonces como una forma sumaria de justicia popular). Ahí radica el verdadero núcleo del problema: el linchamiento no es justicia sino, por el contrario, refuerza la falta de justicia que campea en este nunca terminado período de post guerra. El linchamiento refuerza la impunidad.

¿Qué hacer ante esto?

Desaprender la violencia, combatir la impunidad, no es fácil; en el caso de Guatemala es trágicamente evidente. Más de cinco siglos de explotación feroz de las grandes mayorías indígenas, y casi cuatro décadas de guerra interna con el resultado de muertos, torturados y desaparecidos más alto en toda América Latina, han dejado marcas. La muerte pasó a ser cosa cotidiana: al que “molesta” hay que sacárselo de encima (dicho sea de paso: hoy un sicario puede matar a alguien por unos escasos centavos, quizá no más de 100 dólares). Los linchamientos no son sino una recreación monstruosa de esa verdad: pobres quemando vivo a otro pobre que se robó algo, alimentando así la cultura de la violencia. Y el ciclo se repite: “el que manda, manda; y si se equivoca vuelve a mandar”.

Terminar con los linchamientos significa terminar con la cultura de guerra que aún persiste en el país, la cual, como van las cosas, en vez de ir desapareciendo pareciera que tiende a perpetuarse. Sólo fomentando una profunda y genuina cultura del respeto por el otro, un afianzamiento de la justicia, un combate frontal a la impunidad, pueden ir descendiendo estos fenómenos que nos retrotraen a la lógica del conflicto armado. Para ello es imprescindible que el Estado genere y sostenga, con clara voluntad, políticas a largo plazo encaminadas a ir incidiendo en estos aspectos. Cosa que, preciso es aclararlo, no está sucediendo al día de hoy. Más allá de todas las pomposas declaraciones en torno a la edificación de la paz, hoy día los aplaudidos Acuerdos de Paz de 1996 son, antes bien –como alguien dijera mordazmente– “recuerdos de paz”.

De hecho se están desarrollando algunas iniciativas en el ámbito gubernamental tendientes a enfocar este fenómeno; de todos modos, hasta la fecha, en la agenda nacional no están visualizados claramente como un problema de alta prioridad. Son, en todo caso, un elemento más del clima de violencia imperante, pero no algo para lo que se destinan esfuerzos específicos desde las instancias estatales en tanto políticas públicas a largo plazo. En el imaginario colectivo –percepción muchas veces alentada también por los medios de comunicación masivos– pueden ser vistos como “justicia popular”; y desde el Estado poco contribuye a desdecir esa idea.

Por otro lado, desde la sociedad civil –ciertas organizaciones no gubernamentales, algunas iglesias– se han iniciado acciones concretas puntuales, en general enmarcadas en programas de prevención y manejo de la violencia. Su grado de impacto, sin embargo, es relativamente bajo, dado que no existe una estrategia nacional que las promueve y les otorgue real sostenibilidad en el tiempo.


Atacar de raíz el problema de los linchamientos debe pasar por una combinación inteligente de políticas nacionales con esfuerzos de base, todos comprometidos, con real voluntad de cambio, en una transformación de las secuelas del conflicto armado y una profundización de la ciudadanía democrática. Si no se modifica la cultura de violencia, si no se combate frontalmente la impunidad, si la justicia no pasa a ser un hecho concreto en la cotidianeidad de la población, es muy probable que los linchamientos persistan.

jueves, 6 de marzo de 2014

Centroamérica después de la Guerra Fría



Marcelo colussi

¿Qué es Centroamérica?

Para quienes viven fuera de Centroamérica, ésta representa una región bastante ignorada. Es, salvando las distancias, como el África negra: un área difusa, donde no se conocen con exactitud los países que la integran, y de la que existe una vaga idea del conjunto, siempre en la perspectiva de pobreza, atraso comparativo, condiciones de vida muy difíciles, impunidad y corrupción por parte de los Estados, con dinámicas sociales de alta violencia. Centroamérica, en esta lógica es, sin más, sinónimo de república bananera.

De alguna manera, efectivamente funciona como bloque. Además de los geográficos, existe una cantidad de elementos que le confiere cierta unidad económica, política, social y cultural. Los países que la conforman: Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Belice, Panamá y Costa Rica, con la excepción de este último, presentan los índices de desarrollo humano más bajos del continente, junto con Haití en las Antillas, una de las naciones más indigentes del mundo.
           
El área es muy pobre; si bien cuenta con muchos recursos naturales, su historia la coloca en una situación de postración y atraso muy grande. Básicamente es agroexportadora, con pequeñas aristocracias vernáculas –herederas en muchos casos de los privilegios feudales derivados de la colonia– que por siglos han manejado los países con criterio de finca. Entrado ya el tercer milenio y luego de las feroces guerras de las últimas décadas, nada de esto ha cambiado sustancialmente. Los productos primarios siguen siendo la base de la economía, tanto para la subsistencia (maíz y frijol) como para la generación de divisas en el extranjero: café, azúcar, frutas tropicales, maderas; recientemente palma africana destinada a la producción de agrocombustibles. En los últimos años se dieron tenues procesos de modernización, instalándose en toda la zona terminales industriales maquiladoras aprovechando la barata y poco o nada sindicalizada mano de obra. Por lo general los capitales comprometidos son transnacionales, no representando esta industria del ensamblaje un verdadero factor de desarrollo a largo plazo. En épocas recientes, con distintos niveles pero, en general, como común denominador de toda la región, se han ido incrementando los llamados negocios "sucios": lavado de narcodólares, y tráfico de estupefacientes. De hecho, hoy la zona es un puente obligado de buena parte de la droga que, proviniendo del sur, se dirige hacia los Estados Unidos. Esto ha dinamizado las economías locales, sin favorecer a las grandes masas obviamente, permitiendo el surgimiento de nuevos actores económicos y políticos ligados a actividades ilícitas, tolerados por los respectivos Estados, y a veces manejándolos desde su interior.
           
La población de toda la región es mayoritariamente rural; prevalece un campesinado pobre, que combina el trabajo en las grandes propiedades dedicadas a la agroexportación con economías primarias de autosubsistencia. La tenencia de la tierra se caracteriza por una marcada diferencia entre grades propietarios –familias de estirpe aristocrática, en muchos casos con siglos de privilegios en su haber, descendientes directos de los conquistadores españoles de cinco siglos atrás– y campesinos con pequeñas parcelas (de una o dos hectáreas, o menos incluso) que, con primitivas tecnologías, apenas si consiguen cubrir deficitariamente sus necesidades.
           
En toda la región hay presencia de población indígena, siendo Guatemala el país que presenta mayor porcentaje al respecto: alrededor de dos terceras partes –de hecho, la nación latinoamericana con mayor presencia de habitantes de etnias no europeas. En este caso particular –esto no se da con similar énfasis en los otros países del istmo– ello crea una dinámica social desvergonzadamente racista, siendo los mayas los grupos más excluidos y marginados en términos económicos, políticos y sociales. Similar fenómeno se repite con las minorías indígenas a lo largo de toda Centroamérica. Corresponde mencionar que también hay presencia de población negra, de ascendencia africana (los antiguos esclavos traídos a la fuerza a estas tierras como mano de obra semi-animal), pero no en un porcentaje particularmente alto como ocurre en las islas del Caribe.

La migración interna desde el campo hacia las ciudades en búsqueda de mejores horizontes, agravado ello por las devastadoras guerras internas registradas estas últimas décadas que forzaron a numerosos pobladores a marcharse de sus lugares de origen, constituye un fuerte elemento de las dinámicas sociales de todas las repúblicas centroamericanas, lo cual da como resultado el crecimiento desmedido y desorganizado de sus capitales y de las ciudades principales. Producto de ello es la alta proliferación de populosos barrios urbano-periféricos, sin servicios básicos, con poblaciones que sobreviven a partir de pobres economías subterráneas: comercio informal, niñez trabajadora, invitación a la delincuencia.
           
En términos generales (Costa Rica es la excepción) la situación de las mujeres es de gran desventaja respecto a la de los varones. Siguiendo pautas tradicionales, el número de embarazos es muy alto: con un promedio urbano de 5 (vale agregar que hay una alta mortalidad infantil), subiendo más en áreas rurales. Las tasas de analfabetismo, de por sí altas, se acentúan en las mujeres. Y su participación en la vida política es baja.
           
La situación medioambiental de todo el istmo es preocupante. Como consecuencia de la falta de planificaciones a largo plazo, de rapiñas de recursos naturales y de Estados corruptos que toleran todo tipo de saqueo, la zona muestra un marcado deterioro en sus aspectos ecológicos: desacelerada pérdida de bosques, falta de agua potable, polución generalizada. Ello crea una alta vulnerabilidad que, ante la ocurrencia de cualquier evento natural considerable –de los que la región lamentablemente posee muchos: zona sísmica, de paso de huracanes, con profusa actividad volcánica– los transforma en enormes catástrofes sociales.

Si bien toda Latinoamérica es, desde inicios del siglo XX, zona de influencia estadounidense, en el caso de América Central esto es groseramente más notorio. Sus presidentes llegan a tales con el beneplácito de la embajada norteamericana (llamada simplemente "la Embajada", lo cual dice mucho del panorama general). El imperio del norte, aunque es reconocido en su papel de amo dominante, no deja de ser al mismo tiempo foco de atracción de todas las poblaciones: de las clases altas, en tanto centro de referencia política y cultural; de las masas empobrecidas, como vía de salvación económica. De hecho el ingreso de divisas a partir de las remesas que cada mes envían los familiares emigrados (mano de obra barata y no calificada en los Estados Unidos) constituye para toda el área una de las principales fuentes de sobrevivencia (en algunos países, y dependiendo de circunstancias coyunturales, ocupa el primer lugar).
           
En tal sentido, dado que juega este papel de punto de referencia obligado en las lógicas cotidianas y de largo plazo, Norteamérica es un elemento decisivo para entender la historia, la coyuntura actual y el futuro del istmo centroamericano.

Centroamérica y la Guerra Fría


Los países que actualmente conforman la región centroamericana fueron colonias de España, con excepción de Belice, que fue un enclave británico. Hacia principios del siglo XIX, con la fiebre libertaria que barrió el continente, consiguen su independencia de la metrópoli. Pero rápidamente comenzaron sus problemas. Originalmente constituyeron una unidad, continuando su status de Capitanía General de la época colonial, donde reunidos conformaban un todo con Guatemala como capital. Al poco tiempo de constituida, se disolvió la Unión Centroamericana, dando lugar a los Estados que actualmente existen en la zona.
           
Formalmente independientes de España, en realidad nunca se constituyeron plenamente en repúblicas soberanas con proyectos nacionales propios. Ya hacia fines del siglo XIX eran, en mayor o menor medida, partes del círculo de interés geoestratégico que los Estados Unidos comenzaban a trazar. Desde ese entonces son –como se dice tan habitualmente– su "patio trasero".
           
Las aristocracias nativas siempre estuvieron alineadas con el poderoso del norte; se dio ahí un proceso de acomodamiento recíproco: oligarquías que producían a bajos costos productos para el mercado norteamericano, y que simultáneamente abrían las puertas a las inversiones estadounidenses para el saqueo de las riquezas nacionales. Al mismo tiempo –esto marcó la historia de todo el siglo XX– estos países aportaban mano de obra barata, siempre en situación migratoria ilegal, para los trabajos menos calificados en los Estados Unidos.
           
En todo el subcontinente latinoamericano, Centroamérica fue quedando relegada como la región más pobre, con estructuras más ligadas a la colonia, con un funcionamiento económico-social de corte quasi feudal, mientras otros países, también ex colonia españolas, seguían modelos de desarrollo industrial.
           
La injerencia política de Washington en la región fue notoria; más aún: desvergonzada, desde el '900 en adelante. Salvo Costa Rica –que merece un tratamiento aparte, siendo por ello la "Suiza centroamericana"– la historia política del istmo estuvo marcada por dictaduras militares a granel, siempre con Washington de por medio. Invasiones, complots y maniobras desestabilizadoras se pueden contar por docenas. La CIA hizo su debut de fuego con una campaña de acción encubierta en Guatemala, en 1954.

En esta lógica, sobre el horizonte de esa historia de explotación, pobreza e intervención extranjera, y a partir de la esperanza que abriera la Revolución Cubana de 1959, entre las décadas de los '60 y los '70 comienzan a generarse movimientos armados como reacción ante tal estado de cosas. Guatemala primero, luego Nicaragua, posteriormente El Salvador, desarrollaron expresiones guerrilleras que, paulatinamente, fueron creciendo. En Nicaragua, como Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), hacia 1979, terminaron por tomar el poder desplazando a la dictadura más vieja de Centroamérica: la de la familia Somoza, tristemente célebre por su crueldad, comenzando la construcción de una experiencia socialista y antiimperialista. En El Salvador, hacia fines de los '80, estuvieron a punto de hacer colapsar al gobierno. En Guatemala –el movimiento guerrillero más viejo del área y el segundo de toda Latinoamérica, luego del colombiano– fueron juntando fuerzas llegando a tener una presencia nacional.
           
Estas expresiones políticas, –de acción armada, con presencia fundamentalmente entre la población campesina– además de representar sin dudas el descontento histórico de las masas paupérrimas, fueron elemento constitutivo también de la lucha ideológica y militar que marcó buena parte de la segunda post guerra del siglo XX: la Guerra Fría. Guerra a muerte entre dos proyectos de vida, entre dos modelos de desarrollo y de concepción del mundo; guerra que se libró en numerosos frentes, y en la que Centroamérica fue un campo de batalla de gran importancia.
           
El bloque socialista se involucró fuertemente; Cuba, por su cercanía, fue el punto de referencia más cercano. Preparación política, ideológica y militar estuvieron presentes desde el inicio de estos movimientos, apareciendo Moscú siempre vigente como una instancia importante en esa dinámica entablada. Por el otro lado, como respuesta a estos proyectos de transformación social, las oligarquías locales, con sus respectivas Fuerzas Armadas, y la presencia omnímoda de la Casa Blanca en tanto referencia última, descargaron todo el peso represivo del caso para evitar que esas iniciativas revolucionarias pudieran crecer.

A las propuestas de cambio social levantadas por estos movimientos (en Nicaragua, incluso, habiendo llegado a adueñarse del poder, y comenzando efectivamente el proceso de transformación), le siguieron brutales represiones. Campañas de "tierra arrasada" en Guatemala, los "contras" en Nicaragua, guerra sucia en El Salvador, las bases de los contras en la región de la Mosquitia hondureña, y en su momento también en Costa Rica, ningún rincón del área centroamericana escapó a la maquinaria bélica. La zona se puso al rojo vivo. El discurso militarizado inundó la vida cotidiana.

La guerra nuclear de los misiles soviéticos y estadounidenses que nunca llegaron a dispararse se libró, entre otras formas, a través de las guerras de guerrillas y las tácticas contrainsurgentes en las montañas de Centroamérica. Los muertos, claro está, fueron centroamericanos.

Y ahora: ¿más de lo mismo?

La Guerra Fría terminó. El bloque soviético ya no existe. Los ideales socialistas, aquellos que pusieron en marcha a los movimientos guerrilleros, hoy están, si no desechados totalmente, al menos en proceso de observación (¿en terapia intensiva?). De todos modos las causas estructurales que motivaron aquellas respuestas armadas por parte de los grupos más avanzados políticamente en los distintos países de América Central, aún persisten. En Nicaragua incluso, donde uno de esos grupos fue poder y manejó el país por espacio de una década con un proyecto transformador, las causas profundas generadoras de pobreza –aunque ya no esté la familia Somoza – persisten. De aquel cambio iniciado en su momento, hoy ya casi nada queda, pese a que regresó a la presidencia el otrora comandante guerrillero Daniel Ortega.
           
Mucho ha cambiado en estos últimos años, desde la caída del muro de Berlín en adelante. Pero las razones que dieron lugar al surgimiento del socialismo como visión contestataria del mundo, como forma de lucha contra las injusticias sociales, aún se mantienen.
           
La Guerra Fría que se expresó en Centroamérica a través de las guerras que desangraron sus países por años, ya es parte de la historia; pero las secuelas de esas guerras ahí están todavía, y seguirán estando por mucho tiempo.
           
En realidad, terminada la gran puja entre los dos modelos en disputa con el triunfo de uno de ellos y la desaparición del otro, no se resolvieron los problemas de fondo que mantuvieron enfrentadas a esas dos cosmovisiones. Terminó la guerra de estos años, pero no su motor. A partir de ese final en concreto se siguieron las agendas de paz de diversas regiones del planeta, América Central entre ellas. Agendas que, en todo caso, no hablan tanto de los procesos de superación de diferencias en los espacios locales donde los conflictos se expresaban abiertamente (como en Oriente Medio, o en el África subsahariana), sino de la necesidad y/o conveniencia de las potencias –Estados Unidos a la cabeza– de eliminar zonas calientes, problemáticas. A su vez las guerrillas firmaron la paz, en realidad, porque no tenían otra salida ante el nuevo escenario abierto. Como se dijo burlescamente: se pasó de Marx a Marc’s: métodos alternativos de resolución de conflictos. La idea de lucha de clases salió de la discusión… ¡pero no de la realidad! Las políticas neoliberales amarradas a esas agendas de pacificación profundizaron las contradicciones e injusticias históricas de la región.
           
Decir que Centroamérica entró en un período de paz es, cuanto menos, equivocado. Quizá: exagerado, pues oculta la realidad cotidiana. Desde ya, el hecho de no convivir diariamente con la guerra es un paso adelante. Hoy siguen muriendo niños de hambre, o mujeres en los partos sin la correspondiente atención, pero ya nadie muere en una emboscada, pisando una mina, de un cañonazo. Esto no es poco. Pero si se mira el fenómeno a la luz del análisis histórico es evidente que las guerras vividas en la región tienen como su causa el hambre, la desprotección, la exclusión en definitiva. Y esto no ha cambiado. Sin vivir técnicamente en guerra, la zona sigue siendo de las más violentas del mundo. Nuevos actores (crimen organizado, narcotráfico, pandillas juveniles), sobre la base de un transfondo de inequidades históricas que nunca se modificó, son los elementos que hacen de la región un lugar problemático, difícil, complejo.

¿Qué le espera ahora a Centroamérica?

Como primera tarea, resolver los problemas inmediatos derivados de los conflictos armados: los materiales, los psicológicos, los culturales. Desde hace algunos años, dependiendo de los tiempos en cada caso, se está trabajando sobre ello. Sin embargo, la magnitud de lo invertido para la reconstrucción post bélica es inconmensurablemente menor a lo que se destinara a las guerras, por lo que las heridas y las pérdidas no parecen poder superarse con gran éxito de seguirse esta tendencia. No ha habido –ya pasó el tiempo para ello– un equivalente al plan Marshall europeo para reactivar las economías. Se contó con apoyos de la comunidad internacional, pero no mucho más grandes que los que podrían haber llegado luego de cualquier catástrofe natural. En definitiva, no hubo un genuino proceso de reconstrucción sobre nuevos parámetros: todo siguió no muy distinto a lo que siempre fue y las ayudas no sirvieron para poner en marcha ninguna transformación de base.
           
Pacificada el área (o, al menos, sin el fragor de las guerras declaradas que se vivieron años atrás), la estructura económica no ha tenido ningún cambio sustancial: no se modificó la tenencia de la tierra, no se salió de los modelos agroexportadores, no comenzó ningún proceso sostenible de modernización industrial. Las grandes mayorías continúan siendo mano de obra no calificada, barata, con escasa o nula organización sindical. En otros términos: más de lo mismo.
           
En el plano de lo político y cultural las cosas no han cambiado especialmente. Sigue predominando la impunidad. Ese es el elemento principal que define la situación general luego de los conflictos bélicos sufridos. Las aristocracias se han reposicionado luego de este período, sin mayores inconvenientes en el mantenimiento de sus privilegios. En Nicaragua retornaron abiertamente al control del poder, luego de la primavera sandinista –que terminó siendo más bien, por diversos motivos, un borrascoso temporal, y la nueva llegada al gobierno de un equipo que levanta las banderas del sandinimo no tiene nada que ver con el proyecto revolucionario de la década de los 80 del siglo pasado. En Guatemala han tenido que compartir algunas cuotas de poder, a su pesar sin dudas, con las fuerzas armadas que le cuidaron sus fincas años atrás, quienes devinieron ahora nuevos ricos con el manejo de las economías "calientes": narcotráfico, contrabando, crimen organizado.

En toda la región centroamericana la pauta dominante sigue siendo la impunidad. Luego de las atrocidades a que dieron lugar las guerras cursadas, no ha habido juicios a los responsables de tanto crimen, de tanta destrucción. Incluso muchos de los asesinos de guerra siguen detentando cargos públicos sin la menor vergüenza. La millonaria indemnización fijada por la Corte Internacional de Justicia (17.000 millones de dólares) contra Washington como monto a resarcir a Nicaragua por los daños de guerra ocasionados por haber financiado a la Contra durante casi una década, quedaron en el olvido. De hecho, su anulación fue una de las primeras medidas tomadas por el gobierno de Violeta Barrios viuda de Chamorro al asumir luego de la partida de los sandinistas en 1990. Y si en Guatemala, luego de años de espera, se llegó a condenar a la cabeza visible de las políticas de tierra arrasada que enlutaron a esa nación en los años 80, el general José Efraín Ríos Montt, los factores de poder del país hicieron que dos días después de emitida la condena dieran marcha atrás con la misma. En otros términos: terminadas las guerras internas, la impunidad sigue siendo lo dominante.

La construcción de la paz como proceso sostenible e irreversible no es, hasta el momento, un hecho indubitable. Mientras no se revise seriamente la historia, no se comiencen a mover las causas estructurales que están a la base de los enfrentamientos armados y no se haga justicia contra los responsables de los crímenes de guerra –como pasó, por ejemplo, en Europa con la jerarquía nazi– es imposible pacificar realmente las sociedades. Hay, como es el caso actual, algunos paños de agua fría, pero las heridas profundas que ocasionaron el odio y las posiciones irreconciliables no podrán desaparecer si no se abordan con seriedad esas agendas pendientes. La violencia galopante que se vive en la zona –criminalidad, persistencia de escuadrones de la muerte, delincuencia callejera, linchamientos en algunos casos, todo lo cual convierte a la región en una de las zonas más peligrosas del planeta– son expresiones de esa historia no elaborada. Puede haber "agendas de la paz", pero no se vive realmente en paz.

El papel jugado por los Estados Unidos sigue siendo el mismo: hegemónico, dominador total para la región. Incluso se da el caso paradójico en que, terminadas las guerras locales, la gran potencia se permite impulsar programas de apoyo a las víctimas de toda esa crueldad que ellos mismos fomentaron. Valga decir que no por sentimientos de culpa precisamente, sino como parte de la misma estrategia de dominación de siempre, actualizada hoy, y adecuada a las circunstancias correspondientes.

Los distintos movimientos revolucionarios signatarios de los procesos de paz que se siguen en el área (la URNG en Guatemala, el FMLN en El Salvador, el FSLN en Nicaragua) –que en todo caso, preciso es decirlo, siguieron procesos prácticamente impuestos por la comunidad internacional– una vez pasados a la lucha política desde el plano civil no han podido elaborar estrategias de impacto para las mayorías, estando en estos momentos lejos de constituirse en alternativas con posibilidades reales de generar cambios profundos, más allá que puedan ocupar la administración central del país, como el caso salvadoreño. El caso del sandinismo, viniendo de un proceso donde sí detentaron el poder político, nos confronta con una debilidad de propuesta programática que –todo pareciera indicar– más allá de declaraciones oficiales, ya no tiene ninguna relación con la vena revolucionaria de décadas atrás.

Para las poblaciones pobres, marcharse a los Estados Unidos a trabajar en cualquier cosa y acumular algunos dólares, sigue siendo la meta dorada.

Como una herencia novedosa que deja el final de la Guerra Fría en el área centroamericana –proceso que en realidad se extiende a toda Latinoamérica, pero que en la zona adquiere ribetes muy marcados– es la proliferación de iglesias evangélicas fundamentalistas. Nacidas como estrategia política encubierta de los Estados Unidos para oponerse a la creciente Teología de la Liberación católica de los '60 y los '70 con su "opción por los pobres", estos grupos inundaron la región llevando un mensaje de desinterés por lo terrenal y de total apatía política. Hoy, a partir de una dinámica de autonomía que fueron adquiriendo, representan un factor de alta incidencia en la vida cotidiana de las comunidades de todos los países del istmo, repitiendo siempre aquellos patrones de proyecto vital: no preocuparse, dejar todo en manos de dios. Su incidencia es alta: se calcula en no menos de un tercio de la población total.

Centroamérica participa hoy de los procesos de integración en bloque que imponen los Estados Unidos en su estrategia continental. Ahí están el Tratado de Libre Comercio (TLC) o el Plan Puebla-Panamá, preparando el camino para tratados bilaterales entre la potencia del norte y los distintos países. En esta lógica se inscribe el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos, (CAFTA, por sus siglas en inglés).

El ex presidente George Bush hijo anunció en su momento que el CAFTA constituye una prioridad de primera línea para su administración. El valor global de las relaciones comerciales entre la economía norteamericana y la centroamericana es de unos 20.000 millones de dólares anuales, cifra que no representa, precisamente, una cantidad como para ser considerada "prioridad de primera línea". ¿Por qué esta decisión de Washington entonces?

Este acuerdo de libre comercio con Centroamérica pretendió ser el punto focal principal de cara al objetivo de crear el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), acuerdo que nunca llegó a ponerse en marcha, pero que se vio reemplazado operativamente por tratados bilaterales, los cuales, en definitiva, cumplen el mismo papel. La implementación del ALCA se le complicó a la Casa Blanca por diversos motivos de protesta política, fundamentalmente por la lucha de la sociedad civil (sindicatos, grupos de oposición, partidos de izquierda) contra un acuerdo leonino, lesivo de los intereses de los trabajadores y atentatorio contra el medio ambiente. En esa geoestrategia hemisférica de Washington, Centroamérica se convierte así en territorio de expansión natural del Tratado de Libre Comercio (que ya vincula a Canadá, Estados Unidos y México). Estando la región amarrada ahora por el Plan Puebla-Panamá, cuyas inversiones cobran sentido en el marco jurídico de un TLC que subordine las legislaciones nacionales de cada uno de los países centroamericanos al acuerdo supranacional con los Estados Unidos que estimule y garantice los intereses de las empresas transnacionales que operan en el área –la inmensa mayoría estadounidenses–, el CAFTA pasa a ser así una pieza de gran importancia en su "patio trasero".

Buena parte del tráfico de bienes derivado de los tratados de libre comercio de países latinoamericanos con Estados Unidos, tiene que pasar por la región mesoamericana. Por lo tanto el CAFTA es un paso vital para expandir el acuerdo continental. Sin el endoso de dirigentes empresariales y funcionarios de los gobiernos centroamericanos, los tratados de libre comercio que subordinan las débiles economías latinoamericasnas a los dictaods de las corporaciones estadounidenses sería prácticamente imposible. Todo indica que las eventuales ganancias derivadas de un tal mecanismo de concertación económica no representan verdaderos beneficios para todos sino que, una vez más, hipotecan el bienestar de los pueblos en favor del gran capital, en especial el norteamericano. Es decir: aunque con términos nuevos, más de lo mismo.

La vulnerabilidad de los países centroamericanos y la propensión al vasallaje de sus actuales gobiernos (infame herencia histórica que nos condena, malichismo mediante), son reconocidos por funcionarios de la misma Casa Blanca como elementos que favorecen esa estrategia expansionista del "paso a paso", para debilitar la oposición que en su momento se hiciera al ALCA en el bloque regional del Sur que encabeza Brasil, y al mismo tiempo favorecer la posición estadounidense en las negociaciones multilaterales de la ronda de Doha, que se llevan a cabo en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sin ambages el otrora Representante de Comercio de Estados Unidos Robert Zoellick pudo subrayar que el CAFTA es el mejor escudo del que dispone la industria textil norteamericana para sobrevivir a la competencia de China, eliminadas las tarifas en ese sector desde el año 2004 bajo el Acuerdo Multifibras de la Organización Mundial de Comercio.

En resumida síntesis, el CAFTA consiste en nueve temas puntuales de negociación: 1) Servicios: todos los servicios públicos deben estar abiertos a la inversión privada, 2) Inversiones: los gobiernos se comprometen a otorgar garantías absolutas para la inversión extranjera, 3) Compras del sector público: todas las compras del Estado deben estar abiertas a las transnacionales, 4) Acceso a mercados: los gobiernos se comprometen a reducir, y llegar a eliminar, los aranceles y otras medidas de protección a la producción nacional, 5) Agricultura: libre importación y eliminación de subsidios a la producción agrícola, 6) Derechos de propiedad intelectual: privatización y monopolio del conocimiento y de las tecnologías, 7) Subsidios, "antidumping" y derechos compensatorios: compromiso de los gobiernos a la eliminación progresiva de barreras proteccionistas en todos los ámbitos, 8) Política de competencia: desmantelamiento de los monopolios nacionales, 9) Solución de controversias: derecho de las transnacionales de enjuiciar a los países en tribunales internacionales privados.

Una vez más, analizando lo que allí está en juego, todo parece indicar que para los pobres y por siempre postergados banana countries (para el grueso de sus crónicamente pobres poblaciones, obviamente) habrá más de lo mismo.

La nueva industria extractivista que las potencias occidentales, con Washington a la cabeza, están desarrollando a pasos agigantados en todo el continente –y por supuesto también en el istmo centroamericano– en afanosa búsqueda de recursos imprescindibles para su expansión (petróleo, minerales estratégicos para las tecnologías de punta y la industria militar, agua dulce para consumo humano o para la generación de energía hidroeléctrica, biodiversidad de las selvas tropicales), en realidad no cambia la estructura de base en cuanto a dependencia y subdesarrollo. En todo caso, modificando externamente la forma de despojo, la relación de subordinación se mantiene inalterable. El rosario de bases militares estadounidenses que acordonan la región deja ver cuál es el verdadero interés de Washington para Centroamérica: un botín que seguirá expoliando con beneplácito de las burguesías locales, en muchos casos socios menores en esa rapiña. O sea: más de lo mismo.

Conclusión

Ante todo este panorama, los escenarios a futuro que se vislumbran para la región no son muy alentadores por cierto. Pasó la Guerra Fría, pasaron los conflictos armados locales, las sociedades se desangraron, los países sufrieron enormes pérdidas materiales.... pero no cambiaron su estatus de "bananeros". El área sigue siendo la más pobre de América, estando entre las más pobres del mundo. Los procesos de paz, a veces, pueden funcionar como mordaza para la búsqueda de la justicia. Los procesos de integración impuestos por Washington no se ven como oportunidades para un desarrollo genuinamente armónico y equilibrado para todos. Las democracias se muestran más bien raquíticas, y la impunidad y la corrupción siguen dominando lo cotidiano. Y quizá lo peor: no se ven alternativas ciertas a todo esto. Al menos, no destacan propuestas sólidas desde el campo de las izquierdas.

Lo que sí se van dibujando como alternativas antisistémicas, rebeldes, contestatarias, son los grupos (en general movimientos campesinos e indígenas) que luchan y reivindican sus territorios ancestrales. Quizá sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto, constituyen una clara afrenta a los intereses del gran capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales. En ese sentido, funcionan como una alternativa, una llama que se sigue levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más llamas. De hecho, en el informe "Tendencias Globales 2020 – Cartografía del futuro global", del consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, dedicado a estudiar los escenarios futuros de amenaza a la seguridad nacional de ese país, puede leerse: "A comienzos del siglo XXI, hay grupos indígenas radicales en la mayoría de los países latinoamericanos, que en 2020 podrán haber crecido exponencialmente y obtenido la adhesión de la mayoría de los pueblos indígenas (…) Esos grupos podrán establecer relaciones con grupos terroristas internacionales y grupos antiglobalización (…) que podrán poner en causa las políticas económicas de los liderazgos latinoamericanos de origen europeo. (…) Las tensiones se manifestarán en un área desde México a través de la región del Amazonas".[1] Para enfrentar esa presunta amenaza que afectaría la gobernabilidad de la región poniendo en entredicho la hegemonía continental de Washington y afectando sus intereses, el gobierno estadounidense tiene ya establecida la correspondiente estrategia contrainsurgente, la "Guerra de Red Social" (guerra de cuarta generación, guerra mediático-psicológica donde el enemigo no es un ejército combatiente sino la totalidad de la población civil), tal como décadas atrás lo hiciera contra la Teología de la Liberación y los movimientos insurgentes que se expandieron por toda Latinoamérica.
           
Hoy, como dice el portugués Boaventura Sousa Santos refiriéndose al caso colombiano en particular y latinoamericano en general, obviamente aplicable también a Centroamérica, "la verdadera amenaza no son las FARC. Son las fuerzas progresistas y, en especial, los movimientos indígenas y campesinos. La mayor amenaza [para la estrategia hegemónica de Estados Unidos] proviene de aquellos que invocan derechos ancestrales sobre los territorios donde se encuentran estos recursos [biodiversidad, agua dulce, petróleo, riquezas minerales], o sea, de los pueblos indígenas".[2] Anida allí, entonces, una cuota de esperanza. ¿Quién dijo que todo está perdido?

Aunque suene a pesimista, hoy por hoy todo muestra que, en la coyuntura actual al menos, la historia no ha cambiado en lo sustancial en la región centroamericana. Con Guerra Fría o sin ella la pobreza crónica, el atraso comparativo y la represión de toda expresión de descontento siguen siendo las constantes. De todos modos confiemos en lo que dicen los ancianos mayas: que pronto vendrán tiempos de renacimiento para los ahora excluidos. Ojalá no se equivoquen.

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[1] En Yepe, R. “Los informes del Consejo Nacional de Inteligencia”. Versión digital disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=140463
[2] Boaventura Sousa, S. “Estrategia continental”. Versión digital disponible en https://www.uclouvain.be/en-369088.html

martes, 4 de marzo de 2014

Breve reflexión sobre el poder



Marcelo Colussi

Que el poder está en el centro de la vida humana no es ninguna novedad. La historia de la Humanidad, al menos hasta donde hay registro, es una continua lucha en torno a él. Es, siguiendo a Hegel, una prolongada, interminable “mesa sacrificial” donde, en su búsqueda, mueren y mueren cantidades interminables de seres humanos. Y como van las cosas, analizando con toda atención nuestro mundo y las primeras experiencias socialistas desarrolladas en el siglo XX, nada indica con certeza que estemos prontos a entrar en un paraíso libre de conflictos no regido por asimetrías, donde las luchas por espacios de poder desaparezcan.

Esta aseveración, por cierto, no invalida de ningún modo la búsqueda de un mundo donde las relaciones interhumanas pueden dejar de ser tan sanguinaria como las actualmente conocidas. El ideal socialista de una sociedad planetaria de “productores libres asociados” que viven solidariamente en mancomunidad, no puede ser invalidada de antemano, si no se demuestra con total determinación su imposibilidad. Si esas primeras experiencias socialistas (entiéndase así: ¡primeras!, nadie dijo que no pueda haber más, corregidas y aumentadas en un futuro mediato. Valga recordar que los primeros balbuceos del capitalismo nacen en el siglo XII con la Liga Hanseática, en el norte de Europa, habiendo sido necesarios siglos para que madurara y se convirtiera en lo que es hoy), si esos primeros pasos del socialismo no dieron todos los resultados que se esperaba en relación a la creación de un mundo con relaciones más horizontalizadas, ello no significa que esa búsqueda no siga siendo válida. Resignarse a que ello no es posible no está demostrado. La historia, en todo caso, va evidenciando que, lenta pero invariablemente, esos poderes se van democratizando: ya no hay faraones omnipotentes que deciden arbitrariamente la vida de sus esclavos, los reyes medievales son rémoras payasescas, la equidad de género o étnica están ya puestas como infaltable tema de agenda y las democracias representativas del capitalismo, aunque no solucionan los problemas cruciales de la Humanidad, son una avanzada (muy parcial, pero avanzada al fin) con respecto a los regímenes autoritarios unipersonales. El mundo sigue siendo terrible, injusto, sanguinario…, pero hay cuotas de mayor civilización. Los poderes omnímodos pueden comenzar a ser cuestionados. “En la Edad Media me hubieran quemado a mí; hoy queman mis libros. ¡Eso es progreso!”, dijo Freud sarcástico ante la entrada de los nazis en su Austria natal. Sarcástico, pero al mismo tiempo muy agudo.

La constatación de lo que es el mundo actual y la historia que lo precede tiene al poder como un eje determinante. Las relaciones entre los seres humanos, sea que las querramos ver como relaciones interindividuales de tú a tú o como relación entre grupos, entre grandes masas, entre colectivos de escala planetaria, se organizan siempre como relaciones de poder. La solidaridad existe, a veces. Y también el amor (¿cuánto dura el amor eterno? Quizá el de la madre con su hijo lo sea). Existen, pero siempre en una compleja relación de tensión con su contrario: con la explotación, con la no-consideración del otro (fácilmente el otro puede ser “el enemigo”), incluso con el aprovechamiento del otro, con el más abierto y descarnado odio (¿por qué, si no, se repite siempre la guerra como una constante en nuestra historia?).

No estamos diciendo que la “esencia” última del ser humano está dada por una maldad originaria. Así planteado, el acertijo no tiene solución. ¿Nacemos o nos hacemos violentos, codiciosos, egoístas? No importa, amén de ser imposible dar una respuesta acabada. Lo constatable es que, como dijo Marx, “la violencia es la partera de la historia”. Si nos quedamos con una visión biologista, fatalista, están demás todas estas reflexiones. Pero creemos firmemente que se pueden buscar alternativas. ¿Qué otra cosa es, si no, el socialismo?

Es constatable que desde que hubo sociedades con una producción más allá del llenado de las necesidades primarias, es decir: desde que hubo agricultura, los seres humanos se hicieron sedentarios. Y fue desde allí que claramente podemos encontrar relaciones de poder entre grandes grupos. Surgen entonces las clases sociales, vertebradas en torno a la tenencia y acceso a los medios de producción. La historia de estos últimos diez mil años es la historia de las luchas en torno al manejo de los mismos. El poder que marcó estos milenios gira en torno a quién decidía la producción: el productor real queda ajeno al producto producido y, paradójicamente, se lo apropia quien no lo ha producido, el dueño de los medios productivos.

Pero los poderes que atraviesan al ser humano, si bien se anudan en torno a cómo se resuelve la sobrevivencia diaria (la lucha de clases entre productores y dueños de los medios de producción), son más. También se dan entre géneros, entre jóvenes y viejos, entre grupos distintos: entre quien sabe y no sabe, entre normales adaptados a las reglas de convivencia consensuadas y desadaptados, entre modos culturales diversos, etc. Es decir que las relaciones entre los distintos estamentos, grupos y subgrupos humanos vienen estando marcadas por un amplio entrecruzamiento de relaciones de poder. La pregunta de fondo en todas estas relaciones sería: ¿quién manda?

Decir que esa búsqueda afanosa de poder está en la naturaleza humana es, en todo caso, atrevido. Podría argumentarse que, con el advenimiento de la agricultura, cuando hubo más producción de la necesaria para sobrevivir, esa presunta naturaleza se expresó, y alguien (el más listo, el más fuerte, ¿quién sabe?) se la apropió, lo cual indicaría que en vez de una espontánea solidaridad horizontal de base lo que surgió fue un afán de poderío, una voluntad de imposición. Ello, de todos modos, no pasa de la hipótesis. Hoy, con un mundo que ha entrado en la producción industrial masiva donde se inventan a diario necesidades artificiales, esa misma productividad abre las posibilidades para plantearse un mundo de iguales, de “productores libres asociados”, como reclamaba Marx. Esa es la propuesta socialista. Y de hecho, en varios puntos del planeta, esos ideales se materializaron en proyectos sociopolíticos concretos en el pasado siglo.

Pero la búsqueda de poder no terminó en esos primeros laboratorios sociales con la proclamación de una nueva sociedad. Lo cual se evidencia en la forma que fueron asumiendo esos experimentos. En todos los casos, más allá de las reales y profundas mejoras que experimentaron las mayorías populares, siguieron presentes camarillas con amplios, amplísimos en algunos casos, excesivos si se quiere, cuotas de poder político. Más aún: en todas las experiencias socialistas siempre apareció una figura mesiánica en el lugar de conductor de ese proceso transformador: el líder heroico, el comandante, ¿el superhombre? Curiosa figura que impone más aún reflexionar en torno al poder.

Como hipótesis podría pensarse que la magnitud del cambio en ciernes es tan grande, tan monumental (¡cambiar la sociedad!, ¡cambiar la historia!) que se hace necesaria la aparición de un héroe titánico que pueda conducirlo. Y, por supuesto, el culto a su personalidad no se hace esperar. Las democracias capitalistas (esto nos las excluye de ser sanguinarias maquinarias explotadoras y trituradoras de personas) no necesitan de estos “héroes” casi mitológicos. El mercado (¡dios mercado!, por cierto) se encarga de regular la vida social.

Los poderes, decíamos, vertebran las relaciones entre los seres humanos. El poder político, el Estado en su acepción moderna como consustanciación última de ese poder, es en muy buena medida sinónimo de poder sin más, más aún que la misma clase dominante (para quien el Estado es su instrumento de dominación). Aunque, lo decíamos, no lo agota: el poder político no es todo el poder. Es su expresión más descarnada, pero no la única. E incluso en los primeros pasos socialistas del pasado siglo, esas distintas expresiones de otros poderes (el patriarcado, el adultocentrismo, el eurocentrismo racista) no dejaron de seguir estando presentes.

El poder no es intrínsecamente “malo”. Plantearlo así es un reduccionismo simplista, un maniqueísmo empobrecedor. El poder es, en definitiva, expresión de asimetrías, de las distintas diferencias que pueblan la vida humana. No es malo ni tampoco bueno. Es una demostración de la dinámica que nos constituye, que nos aleja del instinto animal y nos hace seres simbólicos, sociales.

Dado que somos humanos, somos finitos, incompletos. La muerte es el límite por excelencia. Y también la sexualidad; las diferencias sexuales anatómicas conllevan un límite insalvable: o se es macho o hembra, lo cual, humanizados que somos, nos fuerza a tomar una identidad, o caballero o dama (en realidad, somos esto último, sabiendo que esa construcción cultural nunca está libre de raspaduras y cicatrices). Esos límites: la muerte y la sexualidad, atraviesan nuestra vida de cabo a rabo, recordándonos día a día que no somos absolutos, completos, totalidades monolíticas y eternas. El ejercicio del poder es un fabuloso antídoto contra esto. No contra la finitud, contra la incompletud (esos son nuestros límites absolutos contra los que no podemos ir). ¡Son un antídoto contra la angustia que los límites nos provocan!

¿Por qué el poder fascina tanto? ¿Por qué el ejercicio de cualquier poder (también los micropoderes: el del basurero más viejo sobre el basurero más joven, el del conductor de autobús que decide si se detiene en una parada o no, el del profesor que califica al alumno, etc., etc.) se torna subyugante? ¿Por qué, incluso, entre los militantes de izquierda, de los partidos socialistas que decididamente buscan una transformación en las relaciones humanas, se repite este circuito? ¿Por qué esta sorda, nunca declarada pero real y constante necesidad de mostrar quién es “más revolucionario”, por ejemplo? Pues porque el poder nos hace sentir dioses, completos, sin faltas, plenos. La experiencia de la vida nos enseña que las luchas por poder no son una quimera, una elucubración filosófica: están en todos lados, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en la toma de decisiones de una corporación transnacional, en el Vaticano, en un rancho precario en el seno de una humilde familia, en un prostíbulo, en la tienda de barrio.

El poder es una posibilidad humana que atraviesa, constituye y dinamiza toda relación. Lo encontramos, con diversos grados de jerarquía y distintas formas de presentación, en todos los escenarios humanos. Sentir que se lo posee, que se lo ejerce, nos convierte en deidades. Perderlo, no importando la “cantidad” de poder de la que se trate, es la muerte. De ahí que los poderes son tremendamente conservadores, no se comparten, se autodefienden, tienden a perpetuarse.

¿Es posible construir otra cosa? ¿Podemos zafarnos de estas ataduras y dejar de estar constreñidos por lo que pareciera una perpetua búsqueda: el poder como imán que nos atrae? Los ideales socialistas, que más allá de los primeros pasos ahora revertidos (cae la Unión Soviética, retorna el capitalismo en China) o puestos en duda (¿hasta dónde resistirá Cuba?), siguen estando vigentes como norte, son una apuesta en ese sentido. Es decir: constituyen una crítica de los poderes. No sólo de los económicos políticos, sino de todos. Las consignas del Mayo Francés del 68 lo dijeron de modo profundo y artístico: “Prohibido prohibir”, “Nosotros somos el poder”, “La imaginación al poder”.

El ser humano no puede vivir si no es en sociedad. El mito del individuo aislado (¿Tarzán quizá?) no es sino eso: mito. Lo humano implica la relación, lo social, la cultura. Fuera de esa matriz, no hay ser humano. Pero eso implica también una tensión originaria, una carencia primera que nunca se termina de colmar: la relación con el otro nunca es de absoluta solidaridad amorosa. El conflicto, la tensión, la diferencia están en la base de lo humano. De aquí que nuestra vida nunca pueda ser la regularidad, la “tranquilidad” asegurada por lo instintivo. La búsqueda perpetua de algo que no sabemos qué es, es lo que nos mueve, por siempre jamás. Y así llevamos ya dos millones y medio de años.


Que la búsqueda del poder esté en nuestros genes, es imposible afirmarlo. Quizá, incluso, sea irresponsable decirlo así, porque no hay forma fehaciente de demostrarlo. Pero sí es incontestable que, por lo menos el sujeto histórico del que podemos hablar, afincado en la sociedad de clases y con idea de propiedad privada, se recorta en relación a él. La apuesta es construir una sociedad de pares, de iguales, donde no existan estas luchas interminables en torno al poder. A ningún poder, que es siempre opresor: el de género, el étnico, el etáreo. Ello debería implicar que podemos soportar sin angustiarnos la finita condición humana, el sabernos limitados. Puede resultar quimérico, pero el desafío está abierto.