miércoles, 20 de junio de 2012

Las izquierdas en Latinoamérica: necesidad de repensarlas








Marcelo Coussi


mmcolussi@gmail.com






La región latinoamericana tiene características bastante peculiares en tanto bloque. Si bien hay diferencias, marcadas incluso, entre algunas zonas -el Cono Sur con Argentina, Chile y Uruguay es muy distinto a Centroamérica, por ejemplo; o sus países más industrializados, Brasil y México, difieren grandemente de las islas caribeñas-, en su composición hay más elementos estructurales en común que dispares.






Los rasgos comunes que unifican a toda la región son, al menos, dos: a) todos los países que la componen nacieron como Estado-nación modernos luego de tres siglos de dominación colonial europea; y b) todos se construyeron intengrando a los pueblos originarios en forma forzosa a esos nuevos Estados por parte de las elites criollas. Estas características marcan a fuego la historia y la dinámica actual del área.






En un sentido, toda la historia de Latinoamérica en sus ya más de cinco siglos como unidad político-social y cultural, es una historia de violencia, de profundas injusticias, de reacción y luchas populares. De las rebeliones indígenas a la actual propuesta del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) como proyecto de integración no salvajemente capitalista, las fuerzas progresistas han jugado siempre un importante papel. Las izquierdas políticas en sentido moderno (con un talante socialista podríamos decir, marxistas incluso) han estado siempre presentes en los movimientos del pasado siglo. De hecho, con diferencias en sus planteamientos pero con un mismo norte, en casi todas las sociedades latinoamericanas se dieron procesos populares de construcción de alternativas socialistas, o nacionalistas antiimperialistas, en búsqueda de mayores niveles de justicia. En algunas llegando a ocupar aparatos de Estado, con experiencias disímiles, pero siempre con un talante popular: Chile con el procso de Salvador Allende a la cabeza, Cuba y Nicaragua con sus revoluciones vía armada, Bolivia con un proceso particular de nacionalización y reforma agraria; Guatemala con una perspectiva similar de corte antiimperialista; Venezuela, Bolivia o Ecuador en la actualidad, con proyectos nacionales con matices de izquierda; en otras experiencias, peleando desde el llano: movimientos sindicales, reivindicaciones campesinas, insurgencias armadas.






Sin ánimo de hacer un balance de esta historia, lo que vemos entrado ya el siglo XXI es que la izquierda no está en franco ascenso, pero tampoco ha muerto como el omnímodo discurso neoliberal actual pretende presentar. Es más: luego de la furiosa y sangrienta represión de los proyectos progresistas de las décadas de los 70/80 y de la instauración de antipopulares políticas privatistas en los 90 del siglo pasado, después del derrumbe del campo socialista y un período donde las luchas por mayores cuotas de justicia parecían totalmente dormidas, en estos últimos años asistimos a un renacer de la reacción popular.






¿Estamos entonces realmente ante un resurgir de las izquierdas, de nuevos, viables y robustos proyectos de cambio social?






Hoy día suele hacerse la diferencia entre izquierdas políticas e izquierdas sociales. Hay, sin dudas, un cierto retraso de las primeras en relación a las segundas. Para decirlo de otro modo: los planteos políticos de fuerzas partidarias a veces han quedado cortos en relación a la dinámica que van adquiriendo movimientos sociales. Muchas veces las reacciones, protestas, o simplemente la modalidad que, en forma espontánea, han tomado las mayorías, no siempre se ven correspondidas por proyectos políticos articulados provenientes de las agrupaciones de izquierda. Con variaciones, con tiempos distintos, pero sin dudas como efecto generalizado apreciable en toda Latinoamérica, hay un desfase entre masas y vanguardias. Lo cierto es que desde hace algunos años la reacción de distintos movimientos sociales ha abierto frentes contra el neoliberalismo rampante que se extiende sin límites por toda la región.






Toda esta izquierda social ha tenido impactos diversos, con agendas igualmente diversas, o a veces sin agenda específica: frenar privatizaciones de empresas públicas, organización y movilización de campesinos sin tierra o de habitantes de asentamientos urbanos precarios, derrocamiento de presidentes como en Argentina, en Bolivia o en Ecuador, oposición a políticas dañinas a los intereses populares. Por ejemplo, la suma de todas estas movilizaciones impidió la entrada en vigencia del Area de Libre Comercio para las Américas -ALCA- tal como lo tenía previsto Washington para enero del 2005, o frenó la instalación de empresas multinacionales extractivas (mineras o petroleras) en más de una ocasión. Eso, por cierto, no es la revolución socialista, pero constituye momentos importantes de una larga lucha de resistencia popular.






El abanico de protestas es amplio, y a veces, por tan amplio, difícil de vertebrar. Los piqueteros en Argentina o los movimientos campesinos con un fuerte componente étnico en Bolivia, Ecuador, Perú o Guatemala, el zapatismo en el Sur de México o la movilización de los sem terra en Brasil, son formas de reacción a un sistema injusto que, aunque haya proclamado que "la historia terminó", sigue sin dar respuesta efectiva a las grandes masas postergadas. ¿Hay un hilo conductor, algún elemento común entre todas estas expresiones?






Hoy por hoy, diversas expresiones de la izquierda política, o al menos, expresiones que caen bajo el excesivamente amplio y difuso paraguas del denominado "progresismo" -la izquierda que en estos momentos es posible: moderada y de saco y corbata- tienen en sus manos el aparato del Estado en varios países: Brasil, El Salvador, Uruguay, Argentina. Habrá quien ni siquiera esté de acuerdo con considerar a estos gobiernos como expresiones de la izquierda. Tal vez no se equivoque quien así lo vea, pero para la derecha (nacionales, o para el discurso hegemónico de Washington, ese difuso abanico no deja de tener valor de "desafío". Con esos proyectos populares, con cierta preocupación social (más, al menos, que los gobiernos neoliberales abiertos), las posibilidades de transformaciones profundas, tal como están las cosas y dada la coyuntura con que arribaron a las administraciones estatales, son limitadas, o quizá imposibles. Más aún: son "izquierdas" que, en todo caso, pueden administrar con un rostro más humano situaciones de empobrecimiento y endeudamiento sin salida en el corto tiempo. En modo alguno podría decirse que son "traidores", "vendidos al capitalismo", "tibios gatopardistas". La izquierda constitucional hace lo que puede; y hoy, en los marcos de la post Guerra Fría, con el triunfo de la gran empresa y el unipolarismo vigente -más aún en la región latinoamericana, botín histórico del imperio estadounidense, cada vez más inundada de bases militares lideradas desde el Norte- es poco lo que tiene por delante: si deja de pagar la ominosa deuda externa, si piensa en plataformas de expropiaciones y poder popular y si se atreve a armar a sus pueblos, sus días están contados. Es más: ni siquiera es necesario pensar en tales extremos de radicalización: coquetear con propuestas con sabor a popular ya puede ser motivo de reacción, y en algunos países pequeños, como Honduras, Haití, Guatemala, puede llevar a golpes de Estado, disfrazados hoy por hoy, pero golpes al fin (Manuel Zelaya en Honduras o Jean-Bertrand Aristide en Haití fueron movidos de sus presidencias, y casi se logra lo mismo en un momento determinado con Álvaro Colom en Guatemala).






¿Es mejor, entonces, desechar de una vez la lucha en los espacios de las democracias constitucionales? Es un espacio más, uno de tantos; pero no más que eso, y deberíamos ser muy precavidos respecto a los resultados finales de esas luchas. La experiencia ya ha demostrado con innegable contundencia que cambiar el sistema desde dentro es imposible (los casos de Venezuela, Bolivia o Ecuador son una pregunta abierta al respecto: ¿hasta dónde pueden llegar sus transformaciones reales en tanto se mueven en la lógica delas democracias representativas clásicas?) Los movimientos insurgentes que, desmovilizados, pasaron a la arena partidista, no han logrado grandes transformaciones de base en las estructuras de poder contra las que luchaban con las armas en la mano (piénsese en las guerrillas salvadoreñas o guatemaltecas, por ejemplo, o el M-19 en Colombia). Todo lo cual no debe llevar a desechar de una vez el ámbito de la democracia representativa; debe abrir, en todo caso, la pregunta en torno a los caminos efectivos de las izquierdas. Algo así como la pregunta que se hacía Lenin hace más de un siglo en Rusia zarista: ¿qué hacer?






Las izquierdas que hacen gobierno desde otra perspectiva (Cuba, o Venezuela con su Revolución Bolivariana, una izquierda bastante sui generis po cierto, o procesos como los de Bolivia o Ecuador, interesantes semillas de fermento popular sin dudas) son el blanco de ataque del gran capital privado, expresado fundamentalmente en la actitud belicosa y prepotente de la administración de Washington.






Lo que está claro es que en esta post Guerra Fría, con el papel hegemónico unipolar que ha ido cobrando Estados Unidos y su plan de profundización de poderío global, Latinoamérica es ratificada en su papel de reserva estratégica (léase: patio trasero). Ante la desaceleración de su empuje económico (el imperio no está muriéndose, pero comienza a ver amenazado su lugar de intocable a partir de nuevos actores como China o la Unión Europea), el área latinoamericana es una vez más un reaseguro para la potencia del Norte, apareciendo ahora como obligado mercado integrado donde generar negocios, proveer mano de obra barata y asegurar recursos naturales a buen precio, por supuesto bajo la absoluta supremacía y para conveniencia de Washington. De esa lógica se deriva la nueva estrategia de recolonización dada a través de la firma de los diversos Tratados de Libre Comercio -que, por supuesto, de "libres" no tienen nada-, acompañada por la ultra militarización de la zona, con una cantidad de bases como nunca había tenido durante el siglo XX.






La situación actual puede abrir la interrogante sobre cómo enfrentarse a ese poder hegemónico: ¿unirse como bloque regional quizá? Como dijera Angel Guerra Cabrera: "La victoria no concluye hasta conseguir la integración económica y política de América Latina y el Caribe. Y es que la concreción en los hechos del ideal bolivariano -como lo vienen haciendo Venezuela y Cuba en sus relaciones- es lo único que puede evitar la anexión de nuestra región por Estados Unidos y propiciar que se desenvuelva con independencia y dignidad plena en el ámbito internacional. Lograrlo exige la definición de un programa mínimo que agrupe en cada país a las diferentes luchas sociales en un gran movimiento nacional capaz de impulsar transformaciones antiimperialistas y socialistas". Seguramente ahí hay una agenda que las fuerzas progresistas no pueden descuidar: una integración real y basada en intereses populares, una posición clara contra mecanismos de ataque a la integridad latinoamericana como el Plan Patriota (ex Plan Colombia) o el Plan Mérida (para México y Centroamérica) y los nuevos demonios que circulan y pueden permitir el desembarco de más tropas: la lucha contra el narcotráfico y contra el terrorismo internacional, coartada perfecta para la geoestrategia del gobierno de Estados Unidos.






Esto nos lleva, entonces, a la reconsideración de las nuevas izquierdas en Latinoamérica, tarea impostergable y vital. La izquierda necesita hacerse un replanteamiento en tanto expresión de un pensamiento alternativo al capitalismo, a la lógica del libre mercado, a la sociedad de clases -crítica que no significa el desechar los ideales de cambio luego del derrumbe del socialismo europeo sino su profundización a partir de las lecciones aprendidas-. Preguntas, en definitiva, que podrán servir para reenfocar las luchas.






Si esa reformulación se hace genuinamente, deberá preguntarse qué es lo que está en juego en una revolución: ¿se trata de mejores condiciones de vida para la población, como se está dando en estos momentos en Venezuela con un reparto más equitativo de la renta petrolera, o hay que profundizar el poder popular y la construcción de una nueva ética? (en el país caribeño, por ejemplo, sigue siendo dominante la idea de los certámenes de belleza femenina, y el gobierno central destina 300 millones de dólares para apoyar a "su" piloto de Fórmula 1. ¿Eso es el socialismo del siglo XXI?) De tal forma, abriendo esos debates, deberá atreverse a buscar a tiempo los antídotos del caso contra los errores que nos enseña la historia; preguntarse qué, cómo y en qué manera puede cambiar lo que se intenta cambiar; hacer efectiva la máxima de "la imaginación al poder" del mítico Mayo Francés de 1968, hoy ya tan lejano y olvidado, como una garantía, quizá la única, de poder lograr cambios sostenibles.






En esa reconceptualización, sabiendo que nos referimos a Latinoamérica, es necesario retomar agendas olvidadas, o poco valorizadas por la izquierda tradicional. Heredera de una tradición intelectual europea (ahí surgió lo que entendemos por izquierda), los movimientos contestatarios del siglo XX ocurridos en Latinoamérica no terminaron de adecuarse enteramente a la realidad regional. La idea marxista misma de proletariado urbano y desarrollo ligado al triunfo de la industria moderna en cierta forma obnubiló la lectura de la peculiar situación de nuestras tierras. Cuando décadas atrás José Mariátegui, en Perú, o Carlos Guzmán Böckler, en Guatemala, traían la cuestión indígena como un elemento de vital importancia en las dinámicas latinoamericanas, no fueron exactamente comprendidos. Sin caer en infantilismos y visiones románticas de "los pobres pueblos indios" ("Al racismo de los que desprecian al indio porque creen en la superioridad absoluta y permanente de la raza blanca, sería insensato y peligroso oponer el racismo de los que superestiman al indio, con fe mesiánica en su misión como raza en el renacimiento americano", nos alertaba Mariátegui en 1929), hoy día la izquierda debe revisar sus presupuestos en relación a estos temas.






De hecho, entrado el tercer milenio, vemos que las reivindicaciones indígenas no son "rémoras de un atrasado pasado semifeudal y colonial" sino un factor de la más grande importancia en la lucha que actualmente libran grandes masas latinoamericanas (Bolivia, Perú, Ecuador, México, Guatemala). Sin olvidar que Latinoamérica es una suma de problemas donde el tema del campesinado indígena es un elemento entre otros, pero sin dudas de gran importancia, la actitud de autocrítica es lo que puede iluminar una nueva izquierda.






Pensar que las izquierdas están renaciendo con fuerza imparable, además de erróneo, puede ser irresponsable. Si el "progresimo" actual puede llevar a plantear un "capitalismo serio", eso no es más que un camino muerto, o sumamente peligro incluso para las grandes mayorías populares. Pero creer que todo está perdido, es más irresponsable aún. En ese sentido, entonces, la utopía de un mundo nuevo no ha muerto porque ni siquiera ha terminado de nacer.










Bibliografía






• Betto, Frei. "Desafíos a la nueva izquierda". Rebelión, 02-02-2005 www.rebelion.org


• Borón, Atilio. "La izquierda latinoamericana a comienzos del siglo XXI: nuevas realidades y urgentes desafíos". Rebelión, 11-08-2004 www.rebelion.org


• -------- "Actualidad del '¿Qué hacer?'". Rebelión, 27-12-2004 www.rebelion.org


• Caballero, Manuel. "La Internacional Comunista y la revolución latinoamericana". Editorial Nueva Sociedad. Caracas, 1988.


• Diercksens, Wim. "Los límites de un capitalismo sin ciudadanía". Editorial Universidad de Costa Rica. San José, 1997.


• Dussel, Enrique. "Praxis latinoamericana y filosofía de la liberación". Editorial Nueva América. Bogotá, 1994.


• Figueroa Ibarra, Carlos. "Notas para una reflexión sobre la izquierda guatemalteca". Ponencia presentada en el Encuentro Nacional por la Paz y la Democracia. Quetzaltenango, Guatemala, octubre de 2004.


• Galeano, Eduardo. "Las venas abiertas de América Latina". Siglo Veintiuno Editores. México, 1973.


• Guzmán Böckler, Carlos. "Donde enmudecen las conciencias. Crepúsculo y aurora en Guatemala". GSPI. Guatemala, 1991.


• Katz, Claudio. "El porvenir del socialismo". Monte Ávila Editores. Caracas, 2006.


• Mariátegui, José. "Siete Ensayos sobre la realidad peruana”. Fundación Biblioteca Ayacucho. Caracas, 2007.


• Rodríguez Elizondo, José. "La crisis de las izquierdas en América Latina". Editorial Nueva Sociedad. Caracas, 1990.


• Sánchez Vásquez, Adolfo. "Entre la realidad y la utopía. Ensayo sobre política, moral y socialismo". UNAM / FCE. México, 1999.


• Varios autores. "Fin del capitalismo global. El nuevo proyecto histórico". Editorial Txalaparta. México, 1999.


viernes, 15 de junio de 2012

San Salvador: Sou un Futuro en Camino. Presentación de Libro en Nuestra América

jueves, 14 de junio de 2012

MADRE SELVA REPUDIO ATENTADO CONTRA YOLANDA OQUELÍ


Yolanda  Oquelí lidereza de la resistencia contra la minería de oro en San José el Golfo y San Pedro Ayampuc fue víctima de un vil atentado con arma de fuego

La tarde del miércoles 13 de junio de 2012 fue atacada a tiros la lidereza de la resistencia contra la minería de oro en San Pedro Ayampuc y San José del Golfo, Yolanda Oquelí, cuando se dirigía en su vehículo desde el plantón de La Puya hacia  su casa en San José del Golfo.
Yolanda, junto a otros líderes del movimiento antiminero de la zona norte metropolitana había venido sufriendo intimidaciones y  amenazas por parte de funcionarios de la empresa Servicios Mineros de Centro América S.A. que funciona en San Jose del Golfo bajo la dirección del Coronel Luis Aguirre y los también Coroneles Mario Figueroa Archila y Arias Mendez. Esta empresa se dedica a dividir y a amenazar a la población de estos dos municipios donde se ha planteado una fuerte resistencia a la instalación de proyectos mineros de oro como el llamado Progreso VII Derivada (la Puya) localizado en el municipio de San Pedro Ayampuc, cuyo representante legal es Selvin Antonio Morales Valdez, ex-Director de Minería del Ministerio de Energía y Minas.  
Yolanda Oquelí fue atacada a balazos cuando desconocidos le atravezaron una motocicleta en las inmediaciones del cementerio de San José del Golfo.  Diás antes Yolanda y otros líderes antimineros, presentaron una serie de denuncias ante el Ministerio Publico por intimidaciones, amenazas y criminalización por ejercer su derecho de resistencia pacífica.

Ante este repudiable crimen MANIFESTAMOS

·      Es inaceptable que el gobierno apoye y tolere a compañías mineras que pretenden imponer sus proyectos por medio de amenazas, intimidación y violencia contra mujeres y hombres que ejercen su legítimo derecho a la resistencia resistencia pacífica y legal contra actividades extractivas que atentan contra la vida, la, integridad física y moral, el derecho a un ambiente sano y seguro y el derecho humano al agua.

·      Exigimos a las instancias del sistema de justicia su inmediata intervención para que investiguen este vil ataque a Yolanda Oquelí e identifiquen a los autores intelectuales y materiales de este hecho los hechos y para que sean sancionados de acuerdo a su responsabilidad por este acto criminal.

·      Demandamos al poder ejecutivo que ponga un alto a su política de entregar a empresas mineras nuestro territorio y bienes naturales sin llevar a cabo la debida consulta previa, libre e informada a las poblaciones afectadas sobre las consecuencias que conllevan este tipo  de proyectos, tal como lo exigen el Código Municipal y el Convenio 169 de la OIT. La persistencia del gobierno de la mano dura en imponer autoritariamente estos proyectos extractivos esta llevando a nuestro país a una situación de violencia represiva que resulta absolutamente inaceptable.

·      Exigimos a los organismos responsables de velar por el respeto a los derechos humanos que se tomen medidas inmediatas de protección efectiva para garantizar la vida de la lidereza y defensora de derechos humanos: Yolanda Oquelí.

·      Que se emitan medidas de protección a las comunidades del municipio de San Jose el Golfo y San Pedro Ayampuc que permanecen a inmediaciones de las instalaciones del proyecto Minero Progreso VII Derivada (la Puya), pues ellas y ellos están ejerciendo su derecho constitucional enunciado en el ARTICULO 45 de la Constitución Política de la República de Guatemala.

o    “Es legítima la resistencia del pueblo para la protección y defensa de los derechos y garantías consignados en la Constitución.
Esta resistencia pacífica está siendo ejercida por hombres, mujeres niños y niñas, católicos, evangélicos, laicos, población indígena y campesina, comerciantes, agricultores e intelectuales que en ningún momento han sido consultados sobre la instalación de proyectos mineros. Las personas que resisten ante este tipo de proyectos identifican con claridad  los riesgos que la actividad minera representa para sostener una vida digna.
·      Repudiamos la violencia contra Yoli y las comunidades en resistencia que se han destacado por su valor y decisión en defensa de la vida, el agua y su territorio. Nos solidarizamos con la familia de Yoli y con el valeroso pueblo de San José del Golfo y San Pedro Ayampuc que están dando un ejemplo de dignidad con su lucha pacífica y legal contra la imposición autoritaria del gobierno y las empresas mineras. 
¡Todos somos Santa Cruz Barillas!
¡Todos somos La Puya!
¡Todos somos Yolanda!

Guatemala, martes 13 de junio de 2012.

        Colectivo Ecologista MadreSelva
Luchamos por la paz y una vida digna para las futuras generaciones.

¡Cultura para todos! Nace Libros Digitales Armonía




Marcelo Colussi

Pese a nuestra actual y omnipresente cultura iconográfica, que se expande cada vez más por todo el planeta con fuerza incontenible, la lectura continúa siendo la más eficaz via regia para promover el pensamiento crítico, profundo, integral.

Si bien es cierto que hoy por hoy la actitud humanística no abunda y, por el contrario, pareciera en vías de extinción, el placer de leer un libro por el gusto de leerlo, la reflexión serena, el análisis implacable, todo ello encuentra en la práctica de la lectura su mejor aliado. Tal vez, incluso, su único y verdadero aliado. La cultura de la imagen llegó para quedarse, sin dudas; los medios audiovisuales marcan el ritmo actual. Pero los libros aún viven.

Y el desafío es… ¡que sigan viviendo! Por eso surge la propuesta de Libros Digitales Armonía.

La misma trata de mantener la pasión por los libros, usando formato digital.

Y con un agregado más aún: ¡no es una propuesta comercial! Se trata de una iniciativa de corte popular, en el más cabal sentido de la palabra: para que la cultura llegue al pueblo, sea apropiada por la mayor cantidad de personas posibles, se difunda, se expanda.

Con precios bajos (entre dos y tres euros), se ofrecen libros digitales que podrán comprarse por medio de procedimientos electrónicos, abarcando una amplia gama de temáticas vinculadas a las humanidades: antropología, arte, biografías, cuentos, derechos humanos, ensayos políticos, geopolítica, historia, novelas, psicología social, poesía, sociología.

No es una iniciativa comercial por cuanto la “editorial” –con sede en Estocolmo, Suecia– no lucrará con estas ventas. Sólo mantendrá un mínimo porcentaje para gastos operativos, quedando la casi totalidad de lo vendido para cada uno de los autores. Contrariamente a otras iniciativas en la red de redes donde se propone a los trabajadores de la cultura, siempre desde una óptica empresarial, vender sus obras, en muchos casos teniendo que pagar por anticipado como cuota de inscripción o algún subterfugio por el estilo, para luego entregar sólo un mínima parte de lo recaudado en calidad de “salario” a los escritores, en este proyecto la página web oficia sólo de plataforma, de intermediaria entre autor y lector. La ganancia, en todo caso, es sólo para quien escribió (“de cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad”. Crítica del Programa de Gotha, 1875, ¿recuerdan el autor?).

No es, en sentido estricto, una cooperativa. Pero definitivamente no es una empresa privada con carácter lucrativo. Distinto a lo que suele hacerse en muchas iniciativas “progresistas” donde se pide el aporte voluntario de los trabajadores (sin decir quién se queda luego con la plusvalía), aquí claramente se pone en venta un producto, pero con carácter social, popular, colectivo. ¿O acaso los escritores no comen?

De momento hay unos pocos títulos. La perspectiva es ir aumentando rápidamente el número de autores y de libros. Ello dependerá de la cantidad de visitas y de compras que se vayan teniendo.

Invitamos a conocer este interesante proyecto: http://www.armonialibros.com/  http://www.armonialibros.com/

lunes, 4 de junio de 2012

La historia no había terminado…








Marcelo Colussi


mmcolussi@gmail.com






"Defiendo la construcción del Estado como uno de los asuntos de mayor importancia para la comunidad mundial, dado que los Estados débiles o fracasados causan buena parte de los problemas más graves a los que se enfrenta el mundo: la pobreza, el sida, las drogas o el terrorismo". Esta idea jamás podríamos asociarla al pensamiento neoliberal (o "capitalismo salvaje", para decirlo sin atenuantes), el cual se caracteriza por una apología fanática de la libre empresa y del achicamiento/desaparición del Estado.






Pero curiosamente es lo que nos dice Francis Fukuyama en su libro "State-Building: Governance and World Order in the 21st. Century", publicado en el año 2004 y llevado al español como "Construcción del Estado: gobierno y orden mundial en el siglo XXI".






Fukuyama se hizo famoso la década pasada cuando en 1992 (año del centenario del inicio de la conquista de América, casualmente) pronunció el grito triunfal en su libro El fin de la historia y el último hombre: "la historia ha terminado". Pero en realidad lo dicho por este pseudo-intelectual ni es pensamiento profundo ni encierra ninguna verdad científica. La historia ¡no había terminado! Años después de pronunciar esa frase de victoria (ideológica, visceral), se atempera y reconsidera el papel del Estado.






A inicios de la década pasada, caído el muro de Berlín y derrumbado el campo socialista de Europa del Este, el capitalismo se sintió exultante, triunfal. Todo parecía indicar que la economía planificada no llevaba a ningún lado, y que el mercado se imponía como modelo único e inevitable. Coadyuvaba a esta visión la idea de democracias parlamentarias como más "civilizadas" y dando más respuestas a los problemas sociales que las "dictaduras" del proletariado de partido único.






Fue tan grande el golpe –y en buena medida, el golpe mediático que el capital supo implementar al respecto– que el discurso dominante inundó toda la discusión. La izquierda misma quedó perpleja, sin argumentos. Parecía cierto que la historia nos dejaba sin respuesta. Pero la historia no había terminado (¿habían terminado acaso las causas que ponen en marcha la protesta social?, ¿habían terminado las asimetrías sociales basadas en la explotación y las injusticias?)






El término "globalización" se adueñó de los espacios mediáticos y del ámbito académico, pasando a ser sinónimo de progreso, de proceso irreversible, de triunfo del capital sobre el "anticuado" comunismo que moría, representado en autoritarios jerarcas de Comités Centrales que, sin duda, de comunistas no tenían más que el nombre. Y de verdad que nos lo hicieron creer. La siempre mal definida globalización pasó a ser el nuevo dios; según se nos dijo –siendo Fukuyama uno de sus principales difusores– la misma traería desarrollo y prosperidad para todo el planeta. La historia había terminado (mejor dicho: el socialismo había terminado), y el término que lo expresaba con elegancia, por no decir con refinado sadismo, era globalización. No se podía estar contra ella.






Por ese entonces el optimismo triunfalista del neoliberalismo en boga campeaba sobre el mundo. Después de las fracasadas experiencias socialistas (aunque habría que discutir más eso del "fracaso". ¿Cuba fracasó?, el sistema capitalista ¿triunfó y eliminó más pobreza?), o mejor dicho: después de la presentación mediática que hacía el capitalismo victorioso de los acontecimientos que marcan estos años, no quedaba mayor espacio para las alternativas. Con fuerza de moda, las políticas neoliberales barrieron el planeta. Según nos aseguraban sus mentores con convicción mesiánica, por fuerza traerían la paz y la felicidad.






Hoy, casi dos décadas después de este grito de guerra, la realidad nos muestra algo bastante distinto a paz y felicidad planetarias: buena parte de la población global pasa hambre, la miseria golpea con fuerza y la prosperidad es una palabra desconocida para la mayoría de los pueblos del mundo. El capitalismo creció, sin dudas, pero a condición de seguir generando más pobreza. La riqueza se reparte cada vez en forma más desigual, con lo que puede decirse que si algo creció, es la injusticia. Y las guerras no sólo no han desaparecido sino que pasaron a ser un elemento vital en la economía global; de hecho, en la dinámica de la principal potencia a escala planetari, los Estados Unidos, es su verdadero motor, ocupando alrededor de un cuarto de todo su potencial y definiendo su estrategia política tanto interna como internacional. Por lo que se ve, la historia no había terminado. La protesta social, aunque silenciada con nuevas y refinadas técnicas de control (¿medios de comunicación?, ¿nuevos fundamentalismos religiosos?), sigue estando.






Después de unos primeros años de impactante conmoción, tanto el campo popular como el análisis objetivo de los hechos fue saliendo del estado de shock, haciéndose evidente que este momento de euforia de los grandes capitales era un triunfo, enorme sin dudas, pero no más que eso: un triunfo puntual (una batalla) en una larga historia que sigue su curso. ¿Por qué iba a terminar la historia?






"Siéntate al lado del río a ver pasar el cadáver de tu enemigo", enseñó hace dos mil quinientos años el sabio chino Sun Tzu en el Arte de la Guerra. Parece que este asiático entendió mejor el sentido de la historia que este moderno oriental americanizado, Fukuyama. La historia no termina.






Después de observar los desastres que ocasionó el retiro del Estado en la dinámica económico-social de tantos países siguiendo las recetas (impuestas, por supuesto) de los organismos financieros internacionales en esta ola neoliberal absoluta, también hay gente pensante que reacciona. Este desastre –con éxodos imparables de inmigrantes desde el Sur hacia el Norte, con brotes desesperados de violencia tendenciosamente llamados "terrorismo", con un desastre medioambiental que pareciera ya irreversible de no cambiarse el curso de las cosas– torna al mundo cada vez más problemático, más invivible. Invivible, al menos, para las grandes mayorías. Y ahí aparece nuevamente Francis Fukuyama.






En realidad, en este otro libro al que nos referimos no se desdice radicalmente de lo dicho años atrás, pero lo matiza. Lo cual, en otros términos, no es sino expresión de una inconsistencia intelectual enorme. Un grito de guerra no es teoría. Y lo que 20 años atrás se nos presentó como formulación seria y sesuda –que la historia había terminado– no pasa del nivel de pasquín barato con visos de amarillismo. No hay en juego ningún concepto riguroso: sólo hay fanfarronería ideológica, pirotecnia verbal. Si algunos años después Fukuyama debe apelar a esta revalorización del papel del Estado, ello es lisa y llanamente porque la historia le demostró la inconsistencia del show propagandístico que nos lanzó años atrás. Además, pone el acento en el Estado y no en las relaciones estructurales que el mismo expresa. El problema no está en el Estado, si debe ser fuerte o débil: el problema siguen siendo las luchas de clases, la estructura real de la sociedad. Cuando el Estado debe salvar a los grandes capitales en bancarrota, como lo vimos recientemente ante la fenomenal crisis de las sub-primes en el 2008, crisis de la que aún las grandes masas no terminan de salir, ahí está inyectado millones y millones de dólares para rescatar a las empresas en dificultades (Glodman Sachs, Citigroup, General Motors, Wells Fargo, Bank of America), pero no así al pequeño ahorrista, al trabajador desamparado, al indigente. Y cuando tienen que reprimir la protesta social, aún en los maliciosamente llamados Estados "fallidos", no fallan, cumpliendo su cometido a la perfección.






La historia sigue su curso. En todo caso, no sabemos bien cuál es ese curso. Pero sigue, inexorable. La historia no es otra cosa que movimiento, cambios, revoluciones, violencia para cambiar lo que se resiste a morir ("la violencia es la partera de la historia"), avances y retrocesos, un meneo perpetuo. Pero de quietud, de fase final: nada.






Como atinadamente dijo Jorge Gómez Barata: "Lo que demonizó a Carlos Marx e hizo de él un adversario formidable, no fue haber predicado la revolución, sino haber demostrado su inevitabilidad, aunque tal vez ocurra de manera diferente a como lo soñó."






Para expresarlo en clave hegeliana: el amo tiembla aterrorizado delante del esclavo porque sabe que inexorablemente tiene sus días contados. Por más que el amo lo reprima, lo llene de "opios" varios –televisión, religiones fundamentalistas, Hollywood, guerra de cuarta generación mediático-psicológica–, por más que lo trate de anular y le muestre los dientes con arsenales de la más mortífera y sofisticada tecnología, sabe que en algún momento el esclavo puede abrir los ojos. ¿Qué otra cosa, si no esa guerra formidable, es la historia de las sociedades de clase?


martes, 29 de mayo de 2012

Derechos del trabajador, ¿un tema para arqueólogos?




Eduardo Galeano
Escritor, Poeta e Historiador Uruguayo para El Mundo  

Más de noventa millones de clientes acuden cada semana a las tiendas Wal-Mart. Sus más de novecientos mil empleados tienen prohibida la afiliación a cualquier sindicato. Cuando a alguno se le ocurre la idea, pasa a ser un desempleado más. La exitosa empresa niega sin disimulo uno de los derechos humanos proclamados por las Naciones Unidas: la libertad de asociación. El fundador de Wal-Mart, Sam Walton, recibió en 1992 la medalla de la Libertad, una de las más altas condecoraciones de Estados Unidos.
Uno de cada cuatro adultos norteamericanos y nueve de cada diez niños engullen en McDonald's la comida plástica que los engorda. Los trabajadores de McDonald's son tan desechables como la comida que sirven: los pica la misma máquina. Tampoco ellos tienen el derecho de sindicarse. En Malasia, donde los sindicatos obreros todavía existen y actúan, las empresas Intel, Motorola, Texas Instruments y Hewlett Packard lograron evitar esa molestia. El Gobierno de Malasia declaró union free (libre de sindicatos) el sector electrónico. Tampoco tenían ninguna posibilidad de agremiarse las 190 obreras que murieron quemadas en Tailandia, en 1993, en el galpón trancado por fuera donde fabricaban los muñecos de Sesame Street, Bart Simpson y los Muppets.
Bush y Gore coincidieron, durante la campaña electoral del año pasado, en la necesidad de seguir imponiendo en el mundo el modelo norteamericano de relaciones laborales. 'Nuestro estilo de trabajo', como ambos lo llamaron, es el que está marcando el paso de la globalización que avanza con botas de siete leguas y entra hasta en los más remotos rincones del planeta. La tecnología, que ha abolido las distancias, permite ahora que un obrero de Nike en Indonesia tenga que trabajar cien mil años para ganar lo que gana en un año un ejecutivo de Nike en Estados Unidos, y que un obrero de la IBM en Filipinas fabrique computadoras que él no puede comprar.
Es la continuación de la época colonial en una escala jamás conocida. Los pobres del mundo siguen cumpliendo su función tradicional: proporcionan brazos baratos y productos baratos, aunque ahora produzcan muñecos, zapatos deportivos, computadoras o instrumentos de alta tecnología, además de producir, como antes, caucho, arroz, café, azúcar y otras cosas malditas por el mercado mundial.
Desde 1919 se han firmado 183 convenios internacionales que regulan las relaciones de trabajo en el mundo. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), de esos 183 acuerdos, Francia ratificó 115; Noruega, 106; Alemania, 76, y Estados Unidos... 14. El país que encabeza el proceso de globalización sólo obedece sus propias órdenes. Así garantiza suficiente impunidad a sus grandes corporaciones, lanzadas a la cacería de mano de obra barata y a la conquista de territorios que las industrias sucias pueden contaminar a su antojo. Paradójicamente, este país, que no reconoce más ley que la ley del trabajo fuera de la ley, es el que ahora dice que no habrá más remedio que incluir 'cláusulas sociales' y de 'protección ambiental' en los acuerdos de libre comercio. ¿Qué sería de la realidad sin la publicidad que la enmascara?
Esas cláusulas son meros impuestos que el vicio paga a la virtud con cargo al rubro relaciones públicas, pero la sola mención de los derechos obreros pone los pelos de punta a los más fervorosos abogados del salario de hambre, el horario de goma y el despido libre. Desde que Ernesto Zedillo dejó la presidencia de México, pasó a integrar los directorios de la Union Pacific Corporation y del consorcio Procter & Gamble, que opera en 140 países. Además, encabeza una comisión de las Naciones Unidas y difunde sus pensamientos en la revista Forbes: en idioma tecnocrático, se indigna contra 'la imposición de estándares laborales homogéneos en los nuevos acuerdos comerciales'. Traducido, eso significa: arrojemos de una buena vez al tacho de la basura toda la legislación internacional que todavía protege a los trabajadores. El presidente jubilado cobra por predicar la esclavitud. Pero el principal director ejecutivo de General Electric lo dice más claro: 'Para competir, hay que exprimir los limones'. Los hechos son los hechos.
Ante las denuncias y las protestas, las empresas se lavan las manos: yo no fui. En la industria posmoderna, el trabajo ya no está concentrado. Así es en todas partes, y no sólo en la actividad privada. Los contratistas fabrican las tres cuartas partes de los autos de Toyota. De cada cinco obreros de Volkswagen en Brasil, sólo uno es empleado de la empresa. De los 81 obreros de Petrobrás muertos en accidentes de trabajo en los últimos tres años, 66 estaban al servicio de contratistas que no cumplen las normas de seguridad. A través de 300 empresas contratistas, China produce la mitad de todas las muñecas Barbie para las niñas del mundo. En China sí hay sindicatos, pero obedecen a un Estado que, en nombre del socialismo, se ocupa de la disciplina de la mano de obra: 'Nosotros combatimos la agitación obrera y la inestabilidad social para asegurar un clima favorable a los inversores', explicó recientemente Bo Xilai, secretario general del Partido Comunista Chino en uno de los mayores puertos del país.
El poder económico está más monopolizado que nunca, pero los países y las personas compiten en lo que pueden: a ver quién ofrece más a cambio de menos, a ver quién trabaja el doble a cambio de la mitad. A la vera del camino están quedando los restos de las conquistas arrancadas por dos siglos de luchas obreras en el mundo. Las plantas maquiladoras de México, Centroamérica y el Caribe, que por algo se llaman sweat shops (talleres del sudor), crecen a un ritmo mucho más acelerado que la industria en su conjunto. Ocho de cada diez nuevos empleos en Argentina están 'en negro', sin ninguna protección legal. Nueve de cada diez nuevos empleos en toda América Latina corresponden al 'sector informal', un eufemismo para decir que los trabajadores están librados a la buena de Dios. La estabilidad laboral y los demás derechos de los trabajadores, ¿serán de aquí a poco un tema para arqueólogos? ¿No más que recuerdos de una especie extinguida?
En el mundo al revés, la libertad oprime: la libertad del dinero exige trabajadores presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El dios del mercado amenaza y castiga; y bien lo sabe cualquier trabajador, en cualquier lugar. El miedo al desempleo, que sirve a los empleadores para reducir sus costes de mano de obra y multiplicar la productividad, es, hoy por hoy, la fuente de angustia más universal. ¿Quién está a salvo del pánico de ser arrojado a las largas colas de los que buscan trabajo? ¿Quién no teme convertirse en un 'obstáculo interno', para decirlo con las palabras del presidente de la Coca-Cola, que hace año y medio explicó el despido de miles de trabajadores diciendo que 'hemos eliminado los obstáculos internos'? Y en tren de preguntas, la última: ante la globalización del dinero, que divide al mundo en domadores y domados, ¿se podrá internacionalizar la lucha por la dignidad del trabajo? Menudo desafío.
Eduardo Galeano

lunes, 28 de mayo de 2012

Desde Guatemala, entrevista a Marco Antonio Garavito



“El tema de la niñez desaparecida tiene trasfondo político, pero básicamente es un problema humano”






Marcelo Colussi


mmcolussi@gmail.com






Durante la pasada guerra interna en Guatemala, la desaparición forzada de personas constituyó una estrategia que incluyó adultos y también niñas y niños. La Comisión para el Esclarecimiento Histórico, en las Recomendaciones del libro “Guatemala. Memoria del Silencio”, Tomo V, pág. 28 “constata con particular preocupación que gran cantidad de niños y niñas también se encontraron entre las víctimas directas de ejecuciones arbitrarias, desapariciones forzadas, torturas y violaciones sexuales, entre otros hechos violatorios de sus derechos elementales. Además, el enfrentamiento armado dejó un número importante de niños huérfanos y desamparados, especialmente entre la población maya, que vieron rotos sus ámbitos familiares y malogradas sus posibilidades de vivir la niñez dentro de los parámetros habituales de su cultura”. Dicho informe señala que una quinta parte de las víctimas durante el conflicto armado fueron niñas y niños. De ese grupo, un 11% corresponde a niñez desaparecida. De hecho una idea bastante extendida en el cuerpo social es que el fenómeno de la desaparición forzada de personas es algo privativo de los adultos. Pero tanto ese informe como el de “Guatemala: Nunca más”, del Proyecto Interdiocesano REMHI de la Iglesia Católica, evidencian que fue una práctica bastante extendida la desaparición de menores a partir de las sustracciones a sus familias de origen que tuvieron lugar durante los años de guerra así como de las posteriores retenciones ilegales que se hicieron de los niños y niñas sustraídos. De los casos documentados, al menos un 85% corresponde a desapariciones forzadas, es decir: acciones explícitas donde se perseguía claramente ese objetivo. El restante 15% obedece a distintas circunstancias que se dieron a lo largo de la guerra. De esos casos documentados (véase ODHAG, “Hasta Encontrarte”, 2002) se “señala como responsable directo al ejército (92%), las Patrullas de Autodefensa Civil -PAC- (3%) y, finalmente, la guerrilla (2%) de las mismas. En el restante 3% no está definida la responsabilidad”. Lo anterior significa que hubo una política específica en el tema de la desaparición de menores, que no fueron casos aislados circunstanciales. Si vemos que son las fuerzas de seguridad del Estado o fuerzas paraestatales el principal actor que las llevó a cabo, ello habla de patrones, de lógicas debidamente concebidas. Si lo que alentó las masacres de comunidades mayas era “quitarle el agua al pez” al movimiento insurgente para cortarle su vinculación con las bases campesinas, la desaparición de niñas y niños durante el conflicto (fundamentalmente en familias mayas, en el área rural) tenía como motor “acabar con las semillas”, impedir que se criaran “futuros guerrilleros”, tanto en los hechos concretos, eliminando las “semillas” de carne y hueso, como en la psicología colectiva, enviando mensajes desmovilizadores, que apuntan básicamente a romper los tejidos sociales y a inmovilizar a las poblaciones.


Desde hace ya 13 años la Liga Guatemalteca de Higiene Mental, bajo la dirección del psicólogo Marco Antonio Garavito, viene desarrollando un trabajo de búsqueda de niños/as desaparecidos, promoviendo el reencuentro con sus familias biológicas, llamado “Todos por el reencuentro”.


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Pregunta: ¿Qué es y para qué se hace la búsqueda de niñez desaparecida? Y concretamente, ¿qué es el programa “Todos por el reencuentro”?






Marco Antonio Garavito: Luego de la Firma de los Acuerdos de Paz en el año 1996 se abrió la posibilidad de empezar a hablar sobre algunos temas que anteriormente, durante la época del conflicto armado, habían estado prohibidos. Se comienza a hablar entonces de los horrores de lo que fue la guerra; salen a luz temas como las masacres, la tierra arrasada, las desapariciones forzadas. Pero en ese marco hay un tema del que se ha hablado y al día de hoy aún se habla muy poco: la niñez desaparecida durante el conflicto. En la gran tragedia que fue la guerra, los niños desaparecidos no son una prioridad. En los informes de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico y del REMHI aparece tocado el tema, pero siempre de un modo secundario. Es por eso que desde la Liga Guatemalteca de Higiene Mental, en el año 1999 iniciamos un esfuerzo para saber si en el país podía haber niños desaparecidos que pudieran estar vivos, o que sus familias quisieran buscarlos. Concretamente entonces, el 20 de mayo de ese año iniciamos el programa que ahora se llama “Todos por el reencuentro”.


No fue fácil el inicio, porque cuando nace la propuesta se levantaron voces contrarias a desarrollar un trabajo de este tipo. Había quien decía que no valía la pena hacer esa búsqueda, porque en Guatemala no podía haber niños desaparecidos puesto que las campañas de tierra arrasada desarrolladas por el ejército habían acabado con todo. Y además, se consideraba que las familias de los eventuales niños desaparecidos estarían con mucho miedo por lo sucedido, y por tanto no se querrían involucrar en un esfuerzo de esta naturaleza. Pese a esas dos premisas negativas decidimos irnos a trabajar al campo, y luego de un año de búsqueda teníamos 86 casos bien documentados donde las familias querían seguir el proceso de esclarecimiento de lo ocurrido. Algo que ayudó mucho en nuestra propuesta y que la misma fuera ampliamente aceptada fue que no lo hicimos desde un discurso político-ideológico ni azuzando a la población con quien nos contactábamos para una búsqueda de castigo a los responsables de las desapariciones. Aunque la propuesta, obviamente, tiene un trasfondo político e ideológico muy claro, lo que priorizamos fue la parte humana. Nuestra intención fue movilizar a quien tenía un familiar desaparecido, un hijo o un hermano por ejemplo, y quería saber qué había pasado. Al haberlo planteado desde ese lado humano, como forma de intentar superar el dolor con que vivían, las personas contactadas se comenzaron a involucrar en el programa.


El programa “Todos por el reencuentro” es un proceso de acompañamiento psicosocial de familiares que tienen desaparecidos, estando junto a ellos brindando un apoyo para superar el dolor de la pérdida mientras se desarrolla la búsqueda, con la idea que si se llega a un feliz término puede haber un reencuentro. El programa, en ese sentido, tiene una acción beneficiosa para quienes se acercan a él, porque aún si no se encuentra el familiar desaparecido, poder trabajar el duelo congelado que soporta cada familia tiene un alto valor en términos de salud. De los más de 80 casos que contactamos en el año 99, al día de hoy la gran mayoría continúa siendo parte del programa, aún cuando muchas veces no hayan encontrado a sus hijos desaparecidos. De hecho, los participantes encuentran aquí una serie de beneficios colaterales, como por ejemplo estar con otras personas que han pasado o están pasando similares penurias. Eso les ha sido de gran utilidad, por eso desde el programa fuimos buscando la implementación de espacios donde pudieran confluir personas que estaban en situaciones similares para que pudieran compartir y ayudarse mutuamente a partir de experiencias similares. Eso llevó a que en el 2006 se pudiera inscribir legalmente en Santa María Nebaj, en el departamento de Quiché, la Asociación de Familiares de Niñez Desaparecida. La misma tiene hoy una estructura a nivel nacional y despliega un importante trabajo en el tema. La organización de los familiares en su búsqueda de sus desaparecidos constituye de hecho una estrategia de salud mental.


Cuando arrancamos con el programa, en 1999, nos preguntábamos si efectivamente íbamos a poder encontrar a alguien, y en el año 2001 tuvimos nuestro primer reencuentro -don Tomás Choc con su hija Julia- en la comunidad de Santa María Samacox, en el sur del Ixcán. Hoy, 13 años después, ya vamos por el reencuentro número 351, y tenemos varios más ya programados, con 11 reencuentros que en este momento están en preparación. Sin dudas podemos decir que el programa es muy exitoso en términos de resultados. La cantidad de personas vinculadas al programa, es decir: familiares y declarantes, son alrededor de 1,300. Casi un tercio de los casos emprendidos se han logrado resolver. Eso, creemos, es un gran éxito.






Pregunta: ¿Qué valor tienen estos reencuentros tanto a nivel individual y/o familiar, para el desaparecido que reencuentra a su familia, o para ésta que se reencuentra con su niño desaparecido hace tantos años, y qué valor tiene todo esto en términos sociales, para toda la sociedad guatemalteca?






Marco Antonio Garavito: Desde el punto de vista de las familias hay dos fenómenos, que serían las reacciones más típicas. Por un lado, las familias que perdieron al pequeño, desde el momento mismo de la desaparición tienen un sentimiento de culpa muy fuerte. Eso es lo que más se trabaja desde que se documenta el caso, y en general siempre se logran recuperar de esa culpa. Eso crea mucha sanidad. Por el lado del desaparecido también encontramos, casi con un valor de patrón que se repite, el sentimiento de haber sido abandonado. Un niño, con o sin memoria del hecho puntual, no puede entender por qué sus padres lo abandonaron. Todos los niños, ya adultos cuando trabajamos, presentan ese sentimiento de haber sufrido mucho, aunque no puedan dimensionar lo que fue la guerra y el por qué se dio su separación de los padres. Quedan, por tanto, con esa sensación de haber sido abandonados, que no los querían. Eso lo encontramos siempre, aún con los casos de niños que están viviendo ahora en Europa, donde se los llevaron durante la guerra en condición de adoptados. Siempre aparece la pregunta de por qué sus padres los dieron, no los protegieron. Todo esto, entonces, tiene un gran valor para ambas partes: para la familia, poder trabajar el sentimiento de culpa que le acompañó por años, y para el menor desaparecido, poder trabajar su síndrome de abandono. Trabajar eso tiene un valor restitutivo en términos de salud mental.


Por otro lado, además del gran valor que tiene el programa en términos de subjetividad personal, es un gran aporte para trabajar el tema de ciudadanía. Antes del inicio de nuestro programa, en muchas comunidades donde estamos trabajando ahora no había ningún interés por participar en términos políticos-sociales-comunitarios; a veces ni sabían que en la comunidad había un niño desaparecido durante la guerra. Por eso, cuando avanzamos con un proceso y se llega a un reencuentro, participa la comunidad entera; todos se involucran. Lo que queremos transmitir es que estos no son problemas individuales, sólo del o de los familiares del desaparecido, sino que es un problema de todos, de toda la sociedad. Esto debería interesar y tocar a todos, al Estado, a los medios de comunicación, a la sociedad en su conjunto. Por eso el nombre del programa es “Todos por el reencuentro”; eso tiene un sentido muy claro. Es un símbolo. Si una familia puede reencontrarse 30 años luego de su sufrimiento, la sociedad también puede hacerlo. Por eso trabajamos fuertemente por la recuperación del concepto de ciudadanía. En las reuniones en las comunidades no hablamos solamente de los hijos desaparecidos: hablamos de los problemas concretos del país. Eso es participación ciudadana.






Pregunta: Por supuesto que trabajar sobre la niñez desaparecida, además del valor subjetivo personal que puede tener en el ámbito familiar, tiene ese valor social, de restitución de ciudadanía, de volver a participar colectivamente, todos y sin miedo. Y en muchos casos llegando a buen términos con un reencuentro, que es un logro para toda una comunidad. Ahora bien: ¿qué hacer con todos los desaparecidos que no se van a poder encontrar? ¿Qué hacer con todas esas familias, o con todo un tejido social, que nunca tendrá un reencuentro con la persona desaparecida durante la guerra?






Marco Antonio Garavito: Hay varias líneas de acción. Es públicamente conocido que en Guatemala existen muchos miles de desaparecidos: 45,000 para ser más exactos. Y también es conocido que las agendas de la paz no hicieron mayor cosa respecto a este punto. Hay varios elementos que pueden ayudar en este campo: por un lado, en el Informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, en su Recomendación N° 24 se propone que el Estado cree una Comisión Nacional de Búsqueda de niñez desaparecida. Pero eso jamás se ha hecho. Incluso: al contrario. Pese a que se crearon algunas estructuras, como la Secretaría de la Paz o el Programa Nacional de Resarcimiento, donde hay mandato para el tema de niñez desaparecida, eso se usó sólo en términos clientelares. Nosotros, con un programa que sin dudas puede exhibir logros importantes, jamás recibimos apoyo del Estado, con ningún gobierno. Incluso nos han bloqueado. También la Corte Interamericana de Derechos Humanos dijo algo sobre el tema: cuando salió la condena por la masacre de las 2R, recomendó crear una página web para la búsqueda de niños desaparecidos. Pero de nuevo vemos que no se ha hecho nada, siendo eso algo tan simple de implementar.






Pregunta: ¿Por qué el Estado no tiene ningún interés en apoyar el tema?






Marco Antonio Garavito: Porque, por supuesto, hay un trasfondo político-ideológico en esto. Pero además está la idea que mejor dejar el pasado y pensar en el presente y en el futuro: no andar revolviendo lo que sucedió. Incluso la gente supuestamente de izquierda que ocupó los espacios de la Secretaría de la Paz y del Programa Nacional de Resarcimiento, no han apoyado para nada nuestro programa. Nos hemos mantenido exclusivamente de la cooperación de pueblo a pueblo, de iglesias de base, de organizaciones populares de otros países; casi no hemos recibido nada de la gran cooperación internacional.


Otro elemento importante a considerar aquí es la Comisión Nacional de Búsqueda de Desaparecidos. Hay un proyecto de ley al respecto, que se llevó al Congreso en su momento, pero que hasta el día de hoy está engavetado. Y algo más en este tema es que en el año 2006 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Convención Internacional contra la Desaparición Forzada. 103 países la aprobaron, incluyendo a Guatemala; pero eso no ayudó a desentrampar el tratamiento de la ley en el Congreso. Eso llevó a crear una Coalición Internacional contra la Desaparición Forzada desde las organizaciones populares; nosotros, como Liga Guatemalteca de Higiene Mental, hacemos parte de ese esfuerzo, para promover en los parlamentos de cada país la aprobación de estas leyes, que ahora están detenidas. Aquí la ley está parada, pese a que hemos intentado moverla. En su oportunidad logramos reunir unas 4,000 firmas, fundamentalmente en el interior, pidiendo que se desentrampara la iniciativa. En otros países latinoamericanos ya se ratificó. Aquí no. La Convención entró en vigencia, porque ya fueron más de 20 países los que la ratificaron. Hoy creemos que más que crear la Comisión de Búsqueda de Desaparecidos es importante ratificar esta Convención. La misma no tiene efecto retroactivo, pero de todos modos es muy importante, porque con eso se puede asegurar que el país no entre de nuevo en la lógica de las desapariciones forzadas. Es decir: tiene un efecto preventivo hacia el futuro.






Pregunta: Hablando de los reencuentros propiamente dichos, ¿qué sucede a partir del momento que se vuelven a ver los familiares luego de años de separación? ¿Cómo funciona la dinámica del reencuentro?






Marco Antonio Garavito: El programa “Todos por el reencuentro” tiene cinco áreas de trabajo. Desde el inicio vimos que la cuestión no era solo buscar y reencontrar. Eso, así solo, no tiene mayor sentido. El proceso es mucho más complejo. El programa tiene un área de investigación, que se encarga de buscar documentación y hacer las averiguaciones necesarias. Luego hay un área que llamamos de organizaciones de base, puesto que para funcionar, el programa necesita tener vínculos con muchas organizaciones comunitarias, unas 80 aproximadamente, que son las que en definitiva posibilitan la tarea. Son las organizaciones primarias de la comunidad. Hay luego una tercer área que es organización, que es la que derivó en la creación de la Asociación de Familiares; hay ahí una dinámica organizacional que va más allá del trabajo puramente investigativo. Tiene su estructura y se reúne periódicamente. Luego tenemos un área específica de reencuentros, que es la que se encarga puntualmente del proceso mismo de los reencuentros, y que trabaja con la familia biológica, la familia adoptiva, el desaparecido, preparando todas las condiciones necesarias para llevar adelante el proceso. Pero llegar a un reencuentro, cosa que por supuesto es muy importante, quedaría corto si ahí se deja el trabajo: sólo con el reencuentro físico en un momento determinado del desaparecido y su familia de origen. En el momento mismo del reencuentro, que son siempre episodios muy emotivos, no surgen cosas que luego sí van a aparecer. En general el desaparecido es el primogénito o primogénita. Luego del momento de emoción de volver a verse, pueden surgir los problemas. Por ejemplo: el pedazo de tierra que le correspondía al desaparecido, el padre ya lo repartió con los otros hermanos, y al aparecer el desaparecido se cambian las cosas en relación a la herencia de esa porción de tierra. Es decir: con el reencuentro se abre una cantidad de temas que antes no aparecían, como el de la herencia que comento, y muchísimos otros más. Todo eso hay que comenzar a trabajarlo sanamente luego de pasada la primera emotividad. Hoy día, los reaparecidos ya son todos adultos, y el panorama familiar ya es algo muy distinto a 30 años atrás, cuando se dio la desaparición; todo eso hay que trabajarlo. En general no vuelven a vivir juntos. Por eso, ante todo este nuevo panorama, hay que hacer un abordaje especial; es ahí donde entra la quinta área del programa, que es la que llamamos de integración. El programa busca que luego del reencuentro se mantengan los vínculos, que se sigan visitando entre esas familias. El vacío generado por varias décadas de distanciamiento sólo se puede llenar por medio de un proceso de comunicación. Quizá nunca se llene, pero se ayudan a trabajar todos los sufrimientos que eso trajo aparejado. ¿Quién sufrió más: el desaparecido o la familia que lo perdió? Es complejo, por supuesto, y hay que abordarlo.


En algún momento del programa hicimos un encuentro nacional de reencontrados. Estuvimos cuatro días interactuando y sacando conclusiones a partir de las experiencias de muchas familias que se habían reencontrado, tratando de ver cómo habían funcionado, qué había pasado luego de los reencuentros. Producto de eso, y de una sistematización que ya veníamos haciendo, salió un libro: “Corazones en fiesta”. Ahí tratamos de elaborar teóricamente las conclusiones de qué pasa luego de los reencuentros. En un momento había mucho interés en apoyar todo esto, y la cooperación internacional financiaba generosamente. Llegó a haber 11 organizaciones que se ocupaban del tema de niñez desaparecida. Ahora ya no quedó ninguna, salvo nuestro programa. Y es necesario decir que muchas veces se cayó en eso de buscar y reencontrar, y punto. Pero la cuestión más importante es qué pasa después de ese reencuentro.


En todo el trabajo que hacemos desde las tres áreas tenemos tres ejes: uno es el de salud mental. Esa no es una parte puntual del programa sino un eje que lo atraviesa completamente: la salud mental de la población está siempre implicada, en todo momento. Hay otro eje transversal que es de comunicación social, hay un tercer eje que tiene que ver con lo jurídico. El programa tiene toda una integralidad, pues todos los componentes están unidos y van de la mano. Ahora tenemos algunos problemas financieros, por eso hemos perdido algunos colaboradores. Pero seguimos adelante, por supuesto. Hay mucho compromiso con lo que estamos haciendo, y hay mucha respuesta de la gente en las comunidades.






Pregunta: ¿En qué principios se base el programa “Todos por el reencuentro”?






Marco Antonio Garavito: El programa creó desde sus inicios algunos principios éticos e ideológicos. Entendemos que el tema de la niñez desaparecida es una responsabilidad del Estado. Muchas veces las ONG’s terminamos ocupándonos de problemas como éstos, dado que nadie lo está atendiendo; pero es el Estado quien verdaderamente debe responsabilizarse por esto. Otro principio que tenemos es que esto es un problema eminentemente humano. Esto parece obvio, pero no lo es tanto. Lo decimos porque muchas veces las mismas víctimas han sido instrumentalizadas para fines políticos, dejando de lado su sufrimiento como personas. Nosotros jamás manipulamos a un familiar ni lo hemos llevado a algún lado para protestar. Hay un trasfondo político muy fuerte en todo esto, por supuesto, pero básicamente es un problema humano. Como es eso lo que nosotros priorizamos, eso ha hecho que la gente en las comunidades siga enganchada al programa durante tantos años, porque ve que no hay manipulación política sino que se atiende su dolor como seres humanos que sufren.


Otro principio que nos alienta es saber que estos son temas de largo plazo, a veces de toda la vida. Estas cosas no se pueden resolver con proyectos puntuales de un año, como muchas veces se alientan. No se trata sólo de documentar una desaparición; eso, en definitiva, no sirve para mucho. La cuestión es reencontrar, y fundamentalmente, trabajar lo que comienza a pasar después. Por eso nosotros trabajamos con humildad lo que podemos y hasta donde podemos, sabiendo lo que sí verdaderamente estamos en condiciones de acompañar en el tiempo. Por eso también trabajamos sólo en algunas áreas del país, no en todas. No se trata sólo de ir a documentar y sacarle información a la gente. Eso no sirve. Lo importante es acompañar todo un proceso, que por supuesto toma mucho tiempo, mucho esfuerzo. Nosotros estamos en el área norte de Huehuetenango, el Ixcán, la región ixil, la zona reina en el departamento del Quiché y la Alta Verapaz. Y también tenemos algunos casos dispersos por todo el país. Por supuesto que resta muchísimo trabajo por hacer, porque el tema de la niñez desaparecida es un problema a nivel nacional. Pero para eso se necesitan fondos. Y debería ser el Estado quien se involucre. Pero aún esto es un tema muy silenciado, muy prejuiciado.


Es importante destacar que en el ámbito jurídico hemos comenzado recientemente la presentación ante la Corte Suprema de Justicia de algunos casos bajo el recurso de habeas corpus, cuando tenemos pruebas suficientes para decir quién fue el que secuestró a estos niños. Por eso decimos que tiene que ser el Estado el que dé respuesta en esos casos, explicando qué pasó con esas desapariciones. Ya presentamos un primer caso, el de Baudilio Monzón, en el Ixcán, que fue llevado por el ejército. A fines del año pasado presentamos otro caso, el de la niña Elvia Gómez, secuestrada en San Pablo El Baldío. Pero de momento la Corte Suprema de Justicia no ha dado ninguna respuesta. Y ahora estamos por presentar un caso colectivo, el de la Finca Sacol, en Alta Verapaz, donde secuestraron 60 niños al mismo tiempo. Algunos de ellos ya aparecieron, y fueron adoptados viviendo ahora en Italia, con adopciones legalmente cuestionables; pero 9 de esos niños no aparecen. Ahora, por esta vía del habeas corpus, estamos buscando que el Estado dé respuestas. El programa busca y reencuentra, y luego jurídicamente va hasta donde los familiares quieran llegar. Nosotros no imponemos ninguna decisión a la familia; es ella que la decide qué quiere hacer, si quiere accionar legalmente, y hasta dónde. Y si quiere desistir de hacerlo, se respeta su decisión.